Murió Videla, la clase genocida sigue en el poder


Cuenta la anécdota que el Coronel Jaime Cesio dijo que a Videla lo llamaban “el boludo del cuartel” ante el entonces jefe del ejército, el general Carcagno.  No fue el único boludo o personaje patético que se impuso la tarea de limpiar la sociedad de “marxistas”. Anteriormente José López Rega no era una persona muy agraciada que digamos, ni que hablar de Isabel Martinez de Perón.

Videla era un ser siniestro, no cabe ninguna duda. Pero los boludos a la Videla revelan su monstruosidad ante la oportunidad del poder.  Videla, el boludo del cuartel o la “pantera rosa” como también se lo denominaba por el personaje animado de Friz Freleng, fue el máximo jefe de los genocidas, de los golpistas, de los civiles colaboradores, de los grupos de tareas, de los que  llevaron adelante la tarea de aniquilamiento de toda una franja  de la sociedad –trabajadores, jóvenes militantes, intelectuales- que se habían levantado contra el mando del capital y el imperialismo. Murió defendiendo el genocidio que perpetró como un servicio a la sociedad “occidental y cristiana”. Ni siquiera en esto fue original porque la sociedad “occidental y cristiana” –uniendo en esa síntesis capitalismo y oscurantismo religioso- siempre se abrió paso entre “sangre y lodo” como dijera Karl Marx, asesinando cruelmente , saqueando, violando y destruyendo culturas enteras para conseguir su preciada propiedad. El capital crea los agentes de la barbarie de tipos como Videla u otros semejantes, fríos burócratas de la muerte., representantes de la banalidad del mal, como lo llamaba Hanna Arendt. Videla era un típico exponente de la casta militar y los terratenientes argentinos.  Representación de un tipo social  de seres grises y parasitarios, capaces de ser el brazo ejecutor de un genocidio por sus privilegios, sin por ello dudar de su fe. Y para tal fin, suelen invocar al temor y la obediencia de los seres grises que pueblan las elites y las clases medias de la sociedad burguesa espantadas por la subversión social y la amenaza de la bancarrota económica.

Sin embargo, que haya sido el jefe, no significa que fuera sido su ideólogo. Otro genocida, Roberto Viola, fue su cabeza pensante y por supuesto, los civiles, como José Alfredo Martínez de Hoz, hombre de la oligarquía diversificada que representaba los intereses de la patronal de Acindar y la Sociedad Rural, los Acevedo, los Mitre, los dueños de los campos, las fábricas, los diarios y los bancos. Quien fuera el caudillo radical, Ricardo Balbín, había llamado anteriormente a terminar con la “guerrilla fabril” y en consecuencia la UCR fue el partido civil que más funcionarios prestó a la dictadura, y en esto, salvo la izquierda revolucionaria y los Montoneros, todos los partidos burgueses, peronistas, democristianos, intransigentes, socialistas, pusieron sus cuadros al servicio de la dictadura; y otros como el Partido Comunista, su apoyo por izquierda a las palomas videlistas para impedir la amenaza pinochetista.  Los mismos partidos civiles –La UCR y el PJ- que dieron las leyes del perdón y sellaron un pacto de impunidad que aún persiste en la democracia burguesa argentina.

El kirchnerismo se vanagloria de que Videla murió preso (mientras la gran mayoría sigue libre o murió impune) pero sigue gobernando para los grupos económicos y las fracciones del capital que comandaron el golpe y se hicieron del dominio real de la sociedad argentina. Pero la verdad es que si Videla y una cantidad –limitada, por cierto- de genocidas fueron juzgados, ha sido por la movilización popular y no por las gestión “nacional y popular” del Estado capitalista; al kirchnerismo le debemos, en cambio, el hecho de que el máximo símbolo de la resistencia a la dictadura, las Madres de Plaza de Mayo, hayan sido liquidadas como movimiento de lucha democrático mediante la corrupción y la cooptación política.

Como militante trotskista estoy lejos de la “algarabía democrática” que hace alabanza de sus procedimientos judiciales y pide respeto por las muertes de los asesinos del pueblo. Lamento que el fin de Videla no haya sido frente a un paredón de fusilamiento dictado por tribunales populares. Que no fuera retomada la vieja consigna de la Revolución francesa de que todo aquel que haya cometido un crimen contra el pueblo merece su juicio y castigo. Que la clase social que la dictadura preservo en el poder siga siendo la clase dominante. Pero ya llegara nuestra hora, la de los trabajadores y el pueblo pobre,  y pagaran por todos sus crímenes.

Sobre Nestór Kirchner por Caetano


Leyendo esta nota de Horacio Verbitsky (http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-219829-2013-05-12.html) me pico la curiosidad y me dedique durante una hora y cuarenta y un minutos a ver la película de Israel Adrián Caetano sobre Néstor Kirchner  (para el que quiera verla acá: http://www.youtube.com/watch?v=IF6FTAAZzk8). Reconozco que el hecho de que fuera un documental de Caetano reforzó mi curiosidad ya que me gusta su cine o al menos parte de él. Esta versión de la película fue producida por el Chino Navarro del Movimiento Evita pero por diferencias en el criterio quedo fuera del proyecto de la que se estrenara anteriormente  (reconozco que ni la vi ni recuerdo el nombre ni tengo ganas de buscarlo y como esto es un post me voy a dar el derecho de no hacerlo).

El asunto es que ni siquiera el impecable trabajo cinematográfico de Caetano logra hacer del kirchnerismo una épica histórica y a su pesar deja al desnudo que es poco lo que tiene para ofrecer.  El director rescata imágenes de archivo a lo largo de la vida y la carrera política del ya fallecido ex Presidente  y lo combina con recursos simbólicos bien logrados(fantástica la imagen contrapuestas del sacerdote hablando y los dos jóvenes norteños besándose en el tramo del matrimonio igualitario), que hacen llevadero el relato. Caetano, que fue acompañado en el guión por Ricardo Foster y Carlos Polimeni, se centra en la figura de Kirchner, busca hacerlo un personaje carismático y coherente que a lo largo de toda su trayectoria mantuvo sus ideas de juventud y se enfrentó a las corporaciones económicas y políticas. Es una película que, en sintonía con Carta Abierta, rescata el discurso.

El director no cae que las ideas de la antigua “jotape” confundían la “patria socialista” con el liderazgo político de la burguesía nacional. Mientras que el kirchnerismo se plantea, en palabras del propio NK a lo largo de todo el documental como paladín de un capitalismo incluyente y del pluralismo social y democrático. Obviamente la lucha contra las corporaciones se presenta desde el relato estrictamente oficial en la secuencia de retiro de los retratos de la ESMA y perdón por el terrorismo de Estado; solución de los conflictos sociales; la 125; la lucha contra la Corpo (donde lo hace hablar a un Lanata de sus tiempos alejados del clarinismo); el matrimonio igualitario; la Cumbre de las Américas. El único hallazgo es que Caetano se anima a rescatar el NK como un outsider testimonial dentro del peronismo en tiempos de Menem (una joyita un discurso de NK reivindicando la convertibilidad y criticando la falta de inclusión social, a la vez y confiando en que la sensibilidad de Menem iba a corregir el rumbo) .

Obviamente no le vamos a pedir a un director que expresa con destreza profesional sus simpatías por el fallecido NK, que denuncie la connivencia con el menemismo y la privatización de YPF. Que ponga a luz sobre la cooptación corruptora de los movimientos sociales y democráticos: La persistente persecución a los luchadores obreros y populares. La sumisión al imperialismo en Haití o en el caso de Irán. Ni el papel del kirhnerismo gobierno de los mismos grupos económicos que dieron el golpe genocidas o de su alianza con las mineras imperialistas y el capital extranjero. Pero si al menos le podemos reclamar honestidad histórica. Para el director Jorge Julio López esta tan desaparecido que no aparece ni una mención sobre su caso en la película (suponemos porque el caso López pone en duda la lucha contra la impunidad que enarbola el kirchnerismo). Pero además el otro gran desaparecido es Mariano Ferreyra cuyo crimen en palabras de CFK había rozado el corazón de NK al punto de fallecer una semana después (pues hacerlo sería desnudar la complicidad del kirhcnerismo con una de las instituciones más retrogradas de la argentina como la burocracia sindical peronista).

La película de Caetano es un relato a lo Carta Abierta sobre un líder, busca fundar un mito sobre el “padre” del modelo “nacional y popular”.  Justo cuando hace agua y los personajes más parecidos al menemismo, lavadores de dineros y tránsfugas, son las figuras visibles de la nueva burguesía K. Caetano presta su talento para defender una política capitalista. Rompe con el principio de Dubuffet de que la misión del arte es subversiva.

El capitalismo como religión. (Walter Benjamin)


Hay que ver en el capitalismo una religión, es decir, el capitalismo sirve esencialmente a la satisfacción de las mismas preocupaciones, suplicios e inquietudes a las que daban respuesta antiguamente las llamadas religiones. Probar esta estructura religiosa del capitalismo, es decir, probar que no es sólo una formación condicionada por la religión como lo piensa Weber, sino un fenómeno esencialmente religioso, nos conduciría hoy al extravío de una polémica universal exagerada. No podemos estrechar la red en la cual nos sostenemos; sin embargo, este punto será apreciado posteriormente.
No obstante, podemos desde ahora reconocer en el tiempo presente tres rasgos de esta estructura religiosa del capitalismo.  En primer lugar, el capitalismo es una religión puramente cultual, quizás la más extrema que jamás haya existido. En él, todo tiene significación inmediata respecto del culto, no conoce ninguna dogmática específica, ninguna teología. El utilitarismo gana bajo este punto de vista toda su coloración religiosa.  El segundo rasgo del capitalismo está estrechamente ligado a esta concreción del culto: la duración permanente del culto. El capitalismo es la celebración de un culto sans rêve et sans merci.1 No existe en él ningún “día ordinario”, ningún día que no sea día de fiesta en el terrible sentido del despliegue de la pompa sacra, de la tensión extrema del adorador.  En tercer lugar, este culto es culpabilizante. El capitalismo es probablemente el primer caso de un culto que no es expiatorio sino culpabilizante. En esto, este sistema religioso se precipita en un movimiento colosal. Una conciencia monstruosamente culpable que no sabe expiarse se apodera del culto no para expiar en él esta culpa sino para hacerla universal, para hacerla entrar por la fuerza en la conciencia y, finalmente y sobre todo, para implicar a Dios en esta culpabilidad a fin de que él mismo tenga, finalmente, interés en la expiación. Esta última no hay que esperarla en el culto mismo, ni en la reforma de esta religión -ya que seria preciso que esta reforma pueda apoyarse sobre un elemento certero de esta religión-, ni en su rechazo.  En la esencia misma de este movimiento religioso que es el capitalismo yace la perseverancia  hasta el final, hasta la completa culpabilización final de Dios, hasta un estado del mundo afectado por un desesperanza que todavía se espera.  Lo que el capitalismo tiene de históricamente inaudito es que la religión no es ya la reforma del ser sino su destrucción.  Habría que esperar la salvación de la desesperanza que se extiende al estado religioso del mundo.  La trascendencia divina se ha derrumbado.  Pero Dios no ha muerto; está incorporado en el destino del hombre.  La transición del planeta hombre, siguiendo su orbita absolutamente solitaria en la casa de la desesperación, es el ethos que determina Nietzsche.  Este hombre es el superhombre, el primero  que comienza a cumplir, reconociéndola, la religión capitalista.  Su cuarto rasgo es que su Dios debe permanecer oculto;  sólo en el cenit de su culpabilización puede ser apelado. El culto se celebra ante una divinidad inmadura; toda representación, todo pensamiento consagrado a ella lesiona el secreto de su madurez.
La teoría freudiana pertenece también a la dominación sacerdotal de este culto; está pensada de forma completamente capitalista.  Según una analogía muy profunda que está aún por aclarar, lo reprimido, la representación culpable, es el capital que produce los intereses del infierno del inconsciente.
El tipo del pensamiento religioso capitalista se encuentra extraordinariamente expresado en la filosofía de Nietzsche.  La idea del superhombre desplaza el “salto” apocalíptico, no sobre la conversión, la expiación, la purificación y la contrición, sino sobre una intensificación [Steigerung] aparentemente continua, pero en el último momento, a saltos, intermitente, discontinua.  Por esto, la intensificación y el desarrollo, en el sentido de non facit saltum,2 son inconciliables.  El superhombre es el hombre histórico que ha llegado sin conversión, que ha crecido atravesando el cielo.  Nietzsche prejuzgó esta explosión del cielo provocada por el acrecentamiento de lo humano que es y permanece (incluso para Nietzsche) culpabilidad.  Y de forma semejante en Marx, el capitalismo inconverso devendrá socialismo por el interés simple y el interés compuesto que son función de la culpa/deuda [Schuld] (ver la ambigüedad demoníaca de este concepto).
El capitalismo es una religión puramente cultual, sin dogma.
El capitalismo se desarrolló en Occidente como un parásito en el cristianismo –como debe mostrarse no sólo respecto del calvinismo sino también de otras corrientes ortodoxas del cristianismo– de tal manera que, al final, la historia del cristianismo es esencialmente la historia de su parásito, el capitalismo.
Comparación entre las imágenes de los santos de diferentes religiones y los billetes de banco de diferentes Estados.  El espíritu que habla en la ornamentación de los billetes.
Capitalismo y derecho. Carácter pagano del derecho  Sorel Refléxions sur la violence, p. 262.3
Vencer el capitalismo a través del mercado móvil  Unger Politik und Metaphysik, p. 44.4
Fuchs, Struktur der kapitalistischen Gesellschaft o titulo vecino.5
Max Weber, Ges. Aufsätze zur Religionssoziologie, 2 Bd. 1919/20.6
Ernst Troeltsch, Die Soziallehren der chr. Kirchen und Gruppen (Ges. W. I 1912).7
Ver sobre todo la bibliografía de Schönberg, II.
Landauer, Aufruf  zum Sozialismus, p. 144.
Las preocupaciones: una enfermedad del espíritu propia de la época capitalista. Sin salida espiritual (no material) en la pobreza, monacato de la vagancia y la mendicidad.  Un estado de sin salida semejante es culpabilizante. Las “preocupaciones” son el índice de esta conciencia culpable de la sin salida. Las “preocupaciones” nacen por el miedo de que no haya salida, no material e individual, sino comunitaria.
El cristianismo en la época de la reforma no favoreció la llegada del capitalismo: se transformó en capitalismo.
Habría que investigar metódicamente los lazos que desde siempre el dinero ha establecido con el mito a lo largo de la historia hasta que haya extraído para sí del cristianismo suficientes elementos míticos para establecer su propio mito.
El precio de la sangre /Thesaurus de las buenas obras / El salario que se le debe al sacerdote / Pluto como dios de la riqueza.
Adam Müller, Reden über die Beredsamkeit 1816 p. 56 ss.8
Relación entre el dogma de la naturaleza resolutoria del saber, propiedad para nosotros que lo hace a la vez redentor y  verdugo, y el capitalismo: el balance como saber redentor y liquidador.
Se reconoce fácilmente una religión en el capitalismo si se recuerda que el paganismo originario concebía, en principio, la religión no como un interés “superior”, “moral”, sino como el interés más inmediatamente práctico; en otras palabras, el paganismo no tenía mas conciencia que el capitalismo de su naturaleza “ideal”, “trascendente”, y la comunidad pagana consideraba a los miembros irreligiosos o heterodoxos como incapaces9, exactamente como la burguesía de hoy considera a sus miembros improductivos.
 
NOTAS
 
1  N. del T. En francés en el texto original.
2 Cf. Leibniz, Nouveaux Essais sur l’entendement humain, Die philosophischen Schriften von G. W. Leibniz, Georg Olms Verlag, 1978, Bd. V, S. 49.
3 Cf. Georges Sorel, Réflexions sur la violence, éd. Michel Prat, Paris, Le Seuil, 1990, p. 262.
4 Cf. Erich Unger, Politik und Metaphysik (Die Theorie. Versuche zur philosophischer Politik), Berlin, 1921.
5 Cf. Bruno Archibald Fuchs, Der Geist der bürgerlich-kapitalistische Gesellschaft.  Eine Untersuchung über seine Grundlage und Voraussetzungen, Berlin/München, 1914.
6  Cf. Max Weber, Gesammelte Aufsätze zur Religionssoziologie, 2 Bde., Tübingen, 1920.
7 Cf. Ernst Troeltsch, Die Soziallehren der christlichen Kirchen und Gruppen, Gesammelte Schriften, Bd. I, Tübingen, 1911.
8 Cf. Adam Müller, Zwölf Reden über die Beredsamkeit und deren Verfall in Deutschland, gehalten zu Wien im Frühlinge 1812, Leipzig, 1816.
9 N. del T. Quizás sea preciso leer en el texto original alemán untüchtig (incapaz) en lugar de untrüglich (infalible) tal como lo han realizado los editores Tiedemann y Schweppenhäuser.  En ninguna de las notas referidas a las paginas 100-103 (Anmerkungen zu Seite 100-103) del volumen 6 de los Gesammelte Schriften de Benjamin se encuentran alusiones a esta dificultad de lectura.  Sin embargo, resulta más apropiado, de acuerdo con el contexto, considerar la lectura de untüchtig como la más pertinente en este caso.

 

Giorgio Agamben: “En Europa asistimos a un vaciamiento de la democracia” (La Nación 22/03/13)


El encuentro tuvo lugar una tarde de invierno soleado, en Roma. Dos días antes, Giorgio Agamben había dejado Venecia, donde vive habitualmente, para ir a Nápoles, donde sería homenajeado con un prestigioso premio a su carrera. Al regresar del sur, recibió a adncultura en su casa romana, situada en el antiguo Trastévere, frente al Jardín Botánico, uno de los lugares más sugestivos y exclusivos de la ciudad. Sorprende, al entrar, el contraste entre la magnificencia aristocrática del barrio, lejos del tumulto turístico, y la sobriedad de la decoración. Unos austeros sillones cubiertos por telas coloreadas y una mesa de madera, signada por el tiempo y por el uso cotidiano, se rinden frente al indiscutible triunfo de las bibliotecas que cubren todas las paredes. Apoyadas sobre los volúmenes, se alternan fotografías de filósofos y poetas. Mientras conversábamos, penetraban por las ventanas los últimos rayos del sol de Roma. En ningún momento Agamben encendió las luces, concentrado como estaba en sus palabras. Hacia el final, el ocaso ocre de la ciudad invadía la casa. En esa íntima penumbra, en que los lomos de los libros iban perdiendo toda reverberación, destellaban la inteligencia penetrante de su mirada y la armoniosa melodía de su voz. El coloquio se desarrolló en un clima de cortesía precisa, una suerte de gentileza antigua realmente inolvidable.

En los últimos años, Agamben ha elaborado una vasta obra, Homo sacer, que comprende cuatro partes, divididas a su vez en diversos volúmenes, en los que el filósofo italiano analiza la relación entre el hombre y el derecho en la modernidad (ver recuadro). En la Argentina, Adriana Hidalgo publicó recientemente un nuevo volumen de esa obra (Opus Dei) y durante este año saldrán Altísima pobreza (en julio) y Categorías italianas (en diciembre).

-En las primeras páginas de Altísima pobreza, usted anuncia la próxima conclusión de esa gran estructura que es Homo sacer.
La basílica San Francesco, en Asís. El pensador italiano sostiene que la orden franciscana propone un modelo de pobreza que implica un regreso a la naturaleza previa a la caída. Foto: Jean Daniel Hemis / Corbis
-En realidad, me gustaría anunciar a los lectores argentinos algo que saben muy pocos: en estos días estoy terminando la última parte de Homo sacer. Es una cuestión de semanas. El volumen se llamará El uso de los cuerpos. Acabo de decir que estoy “terminando”. Naturalmente es impreciso decir que uno pueda “terminar” un libro o una obra de estas proporciones. Ninguna obra poética o de pensamiento se termina. En un cierto sentido se diría que uno la abandona. Alberto Giacometti afirmaba: “Yo nunca termino mis obras, las abandono”. También Cézanne lo decía. Encuentro que esta afirmación es muy justa, porque no sabría muy bien qué significa sostener que un libro de esta entidad está terminado.

-¿Y en qué sentido Homo sacer llega a su fin?

-En general muchos esperan una parte construens, porque afirman que todo lo que he escrito hasta ahora sería una parte destruens, es decir, una arqueología crítica del pasado. Yo, por mi parte, creo que no es posible distinguir una parte destructiva de una parte constructiva, porque ambas coinciden perfectamente. Por otro lado, la parte construens consiste en el hecho de que aparecen cada vez menos las cosas criticadas, que se transforman en cosas naturalizadas, absorbidas por el conjunto. En estos días pensaba acerca de qué significa el fin de una obra. Tengo la impresión de que incluso en la literatura existe una escasa reflexión sobre el final. Habría que preguntarse por qué, en cierto momento, un autor decide poner fin a una obra. Muchas veces intervienen factores puramente contingentes. De cualquier manera, es un momento curioso de la creación. En el derecho romano, el auctor -de donde proviene la palabra actual autor- era el tutor que convalidaba un acto de una persona inválida o menor de edad. Como si el autor fuera quien convalida una obra inacabada y que, en el momento en que ese autor le pone fin, se vuelve autónoma. Es decir, mientras no está terminada una obra, es menor de edad. Terminada, ya es mayor y es abandonada.

-¿La última parte, entonces, ya no se apoya en la investigación arqueológica?

-Exactamente. Es una reflexión final acerca de una serie de conceptos con los que se cierra Homo sacer: uso, forma de vida, “inoperosidad”, exigencia, moda, conceptos que ya estaban presentes en el conjunto, pero que aparecen analizados en este volumen final.

-Justamente “uso” es uno de los conceptos en los que más se detiene Altísima pobreza, libro en el que usted analiza la curiosa relación entre derecho y creatura que se crea en el ámbito de los monasterios franciscanos [ver recuadro]. Es más, hacia el final del volumen hay una frase contundente: “La altísima pobreza, con su uso de las cosas, es la forma de vida que comienza cuando todas las formas de Occidente llegan a su consumación histórica”. ¿Puede explicar esta conclusión?

-Por empezar, la última frase del libro se centra en el concepto de uso. Como se sabe, los franciscanos emprendieron su lucha contra el derecho de propiedad, haciendo uso de las cosas, no sólo sin ser propietarios, sino incluso sin ningún derecho de uso. Se trataba de reivindicar la posibilidad de una vida fuera del derecho. La modernidad ya no tiene siquiera una huella de este tipo de experiencias históricas. Estamos a tal punto condicionados por el derecho que nos hemos acostumbrado a formular nuestras reivindicaciones como reivindicaciones de derecho. Para entender esa frase, hay que tener en cuenta otra de Olivi, uno de los más grandes líderes del movimiento franciscano, que dijo que la última edad del mundo es aquélla en que la vida de Cristo cumple y resume en sí misma todas las formas de vida posibles. Se trata de una frase enigmática. Lo que a mí me fascina es que nosotros deberíamos pensar un concepto de forma de vida distinto de todos los conceptos de forma de vida que hemos pensado hasta ahora.

-Ése es casi el principio que da lugar a toda su obra, ¿no es cierto?

-Sí, desde ya, ahí está el sentido de toda mi obra: no se olvide de que Homo sacer parte de la idea de poner en discusión el concepto de vida y su relación con el derecho.

-De alguna manera, el “edificio” Homo sacer es deudor de la fuerza propulsora de las ideas de Foucault, que usted mismo complementa, continúa o modifica, creando un sistema conceptual propio. Dado que Homo sacer es ampliamente discutido en todo debate actual acerca de la biopolítica o de la filosofía política, ¿cómo imagina el futuro de su obra, su integración o continuación? ¿Qué conceptos necesitan de un debate ulterior?

-Como principio metodológico que ha signado mi modo de trabajar, siempre he pensado en una cosa que dice Feuerbach. Para él, el elemento genuinamente filosófico de cualquier obra -ya sea literaria, económica o religiosa- es su capacidad de ser continuada, su capacidad de desarrollo ulterior. Siempre trabajé así, buscando en los autores amados el punto que me parecía no dicho, no desarrollado y que, por lo tanto, contenía el germen de una continuación. A mí me gustaría que alguien continuara mi obra siguiendo mi mismo criterio, pero no soy yo el que puede señalar dónde.
Pier Paolo Pasolini, director de El evangelio según San Mateo (1964).
-En su libro acerca de las violencias del siglo XX, Enzo Traverso dedica un capítulo entero a la biopolítica, analiza los conceptos que van de los libros fundacionales de Foucault a Homo sacer. Traverso reconoce la originalidad de sus reflexiones en Lo que queda de Auschwitz, pero se lamenta de que la interpretación historiográfica no dialoga con la interpretación filosófica, a tal punto que la filosofía corre el riesgo de utilizar los conceptos de la biopolítica sin un verdadero anclaje histórico. ¿Qué piensa de esta objeción?

-Desde un punto de vista general, es justa la objeción de Traverso, pero en realidad, más que una escisión entre filosofía e historia, yo pensaría en cómo Foucault concibió sus investigaciones. Si bien se presentan como históricas, no son propiamente tales. Las concibió como arqueológicas. Lo mismo sucede con mi libro sobre Auschwitz. En la introducción he aclarado este punto y muchas veces no he sido comprendido. No tengo la intención de continuar o completar las investigaciones históricas, yo hago otra cosa. En Lo que queda de Auschwitz emprendí una investigación arqueológica, por la cual Auschwitz se transforma en un paradigma para comprender la modernidad. No pretendo haber enunciado verdades históricas sobre Auschwitz, sino haber analizado el campo de concentración como paradigma de la modernidad.

-A estas alturas, pensando en lo que usted escribió en Signatura rerum, se trata de comprender la relación entre la arqueología del saber, como la concibió Foucault, y la historia…

-Sí, creo que esta relación necesita de un debate, en el que participen los historiadores. Pero tengo la impresión de que son los historiadores quienes se sustraen al debate. Lo que distingue a ambas disciplinas es el método. La arqueología del saber consiste en la búsqueda de un arjé (un origen, un principio) y es una investigación histórica, porque la arqueología del saber, si es seria, se debe valer de los criterios de la filología histórica, del análisis de los documentos. Ahora bien, la diferencia estriba en que la arjé que se busca no es un origen metahistórico, es un hecho histórico. Pero no un evento histórico, sino lo que Foucault llama un “a priori histórico”, es decir, aquel hecho histórico que posee la capacidad de condicionar y determinar el desarrollo y la inteligibilidad de una serie más vasta de fenómenos. Ahí está la diferencia. En el fondo, pienso que también los historiadores trabajan sobre esta idea, sólo que en la arqueología aparece explicitada. Un determinado hecho permite la inteligibilidad de una amplia red de hechos históricos. Los historiadores también lo hacen, sólo que ellos temen que ese elemento arqueológico sea un elemento extrahistórico. Para Foucault, en cambio, ese elemento es estrictamente histórico. Por ejemplo, el panóptico de Foucault es un hecho histórico que sirve para comprender una larga serie de hechos derivados o conexos.

-En todos sus trabajos es llamativo el hecho de que su propia investigación arqueológica sobre la contemporaneidad busque las raíces no tanto en el mundo antiguo, como hizo Foucault con la historia de la locura, o en los albores del pensamiento moderno, como en el pensamiento de la Antigüedad tardía o, a lo sumo, altomedieval, como en el caso de Opus Dei y Altísima pobreza. ¿No es éste un elemento original de su modo de proceder?
El escritor argentino Juan Rodolfo Wilcock, al que Agamben frecuentó.
-Yo siempre cito una imagen de Foucault: “Mis investigaciones del pasado son la sombra de mis interrogaciones sobre el presente”. En mi caso, la sombra retrocede. Por ejemplo, en los últimos años trabajé mucho sobre la teología, acerca de la cual Foucault trabajó menos. Estoy convencido de que la modernidad no se puede comprender sin los conceptos teológicos. La secularización moderna del pensamiento ha removido la teología. Pero para mí la modernidad se inicia con el pensamiento de la Antigüedad tardía. Lo mismo vale para el Renacimiento: la cuna no está en la Antigüedad clásica sino en la Antigüedad tardía. Basta pensar en el neoplatonismo. No podemos entender nada acerca de la modernidad si no indagamos en los presupuestos teológicos que se hallan escondidos en ella. En El reino y la Gloria, la parte de Homo sacer que yo dediqué al estudio de la economía, este principio es clarísimo.

-En el prólogo a la primera edición de Categorías italianas, usted recuerda cómo de algunas conversaciones con Claudio Rugafiori e Italo Calvino nació la idea de crear una nueva revista, que en cada número analizase, entre otras cosas, una categoría fundacional de la cultura italiana. Estas categorías debían enunciarse a través de binomios: comedia/tragedia, derecho/creatura, biografía/fábula, a las que usted agrega, en última instancia, lengua viva/lengua muerta. ¿Puede decirnos algo más de cómo nació ese proyecto?

-Si no recuerdo mal, fue Italo el que por primera vez habló de “categorías”. Las llamamos “italianas” porque nos proponíamos hacer una nueva lectura, análisis e interpretación de la cultura italiana. Hoy no usaría más la idea de “categoría”, sino que, como le decía antes, usaría el término foucaultiano de a priori histórico. No lo quise corregir en las nuevas ediciones porque el término original refleja claramente la discusión con Italo y Claudio. Estas categorías serían los conceptos que están presentes en la historia de la cultura italiana, condicionándola y determinándola, y haciéndola a la vez inteligible. El primero que pensó en ejes binómicos fue Italo. Rugafiori, en cambio, propuso el binomio arquitectura/vaguedad. La cultura italiana ha tenido, efectivamente, una fuerte vocación por los elementos arquitectónicos, matemáticos, prospectivos, y a la vez, como usted sabe, en italiano clásico para decir bello se decía vago, que conserva la acepción de indeterminado, incierto, informe. Lamentablemente esta categoría no la desarrollé, porque debía ser la contribución de Claudio. El proyecto, de alguna manera, quedó incompleto. Por lo tanto, mi libro no es más que un itinerario por aquellos conceptos, que revelan una visión absolutamente personal de la cultura italiana.

-Categorías italianas se ocupa, en primer lugar, del sentido que a partir de Dante adquiere en Italia la palabra “comedia”. Ahora bien, mientras la mayor parte de la crítica entendió la palabra “comedia” como una elección de género (en palabras pobres, una historia que empieza mal y termina bien) o como una marca estilística (la mezcla de lo alto, lo medio y lo bajo), usted propone una tercera interpretación y sostiene que la comedia es un recorrido que va de la culpa a la inocencia. En su libro, inocencia, sería la “justificación del culpable”, como si en Dante existiera la voluntad de imponer hacia el final “la inocencia natural de la criatura”. Eso, nada menos, sería lo primero que los italianos han dejado a la cultura occidental…

-Mire, tragedia y comedia no se refieren a los géneros literarios. Dante lee estas categorías, no sólo en sentido estilístico, sino también en sentido teológico. En la epístola a Cangrande della Scala, Dante dice “inicio triste, final feliz”, pero sus palabras tienen un claro sentido teológico, porque se refieren a la caída y a la redención. Este hecho condiciona toda la cultura italiana, que tiene una inmensa vocación antitrágica. Toda la cultura italiana es antitrágica si se la compara con la cultura alemana o francesa. No sólo desde el punto de vista literario, sino incluso como modo de ver la historia. Los alemanes siempre miraron trágicamente su propia historia. Los italianos no.

-¿Pero no le parece que el famoso prólogo de Guicciardini a su Historia de Italia, escrita en pleno Renacimiento, contiene fuertes elementos trágicos?
Comedia y tragedia, extremos opuestos de la identidad italiana.
-Sí, claro, existen excepciones. No es una vocación monolítica. Pero mire que yo he analizado sobre todo la literatura, que permanece fiel a Dante. Hay que pensar en esa imagen bellísima de Dante en el Convivio, donde escribe “es mejor volar bajo como la golondrina, que como el azor dar altísimas vueltas sobre las cosas vilísimas”. Esta vocación “cómica” de los italianos ha determinado, entre otras cosas, nuestra poesía del siglo XX. Para mí, ésta es una clave de lectura también en sentido negativo. ¿Cuál ha sido la mayor contribución de los italianos al teatro? La comedia del arte. Pero tampoco pierdo de vista el aspecto positivo. Yo pienso que lo cómico es más profundo que lo trágico. Cuando al final de El banquete, Platón hace salir a Sócrates rodeado por Agatón, poeta trágico, y por Aristófanes, poeta cómico, nos quiere decir que la filosofía está entre lo trágico y lo cómico. Sabemos, igualmente, que Platón nutría una cierta preferencia por lo cómico y tenía bajo la almohada una copia de los Mimos de Sofón. Nada menos que una pantomima.

-En su libro sorprende que la mayor parte de los autores analizados son poetas. A excepción de Elsa Morante, Carlo Emilio Gadda y Giorgio Manganelli, no hay menciones de otros narradores. ¿No le parece una operación selectiva excluyente?

-Aquí el canon y la visión personal convergen. Yo tengo una visión de la literatura italiana en la que prevalece el polo dantesco y, por lo tanto, profundamente antipetraquista. Y en lo moderno, a favor de la prosa de Leopardi y categóricamente antimanzoniana. Manganelli es para mí el mayor narrador italiano de la segunda mitad del siglo XX. Elsa Morante está presente también por razones íntimas. Ella, más que una amiga (yo tenía veintidós años cuando Juan Rodolfo Wilcock me la presentó), me inició no sólo en la literatura sino también en la vida.

-¿Y qué recuerda de Wilcock?

-Conocí a Wilcock en Roma en 1962 o 1963. Yo tenía veinte años y él era el primer escritor que conocía de cerca. El encuentro no fue fácil, porque Johnny -como lo llamaban los amigos- era el individuo más extravagante que conocí en mi vida. Te paralizaba tanto por su esnobismo como por sus silencios. Cuando lo conocí, estudiaba Wittgenstein (me contó que le había dado unas clases a Moravia) y se sentía a gusto con la literatura y con la filosofía. Su anticonformismo es significativo ya en el título de la revista que escribía casi solo: L’Intelligenza. Era un cuerpo ajeno al ambiente romano, pero conocía y frecuentaba a los escritores más importantes.

-Los dos participaron como actores en el El evangelio según San Mateo de Pasolini…

-Fue Elsa Morante quien me presentó a Pasolini. Cuando empezó la filmación del Evangelio, me pidió hacer el rol del apóstol Felipe. Wilcock hizo el rol de Caifás. Ninguno de los actores era profesional: la mitad eran intelectuales; la otra mitad, gente del pueblo romano o campesinos. Fue una experiencia curiosa, pero también irritante. Yo no toleraba las esperas y los tiempos muertos durante las tomas.
-Italia vive uno de sus períodos políticos y culturales más oscuros. ¿Qué análisis hace del presente italiano?

-El período oscuro no es exclusivo de Italia, es un problema europeo en general. Hay un texto de Walter Benjamin que se llama “El capitalismo como religión”. Se trata de una definición extraordinaria. Porque no es religión tal como la concibió Max Weber, sino en sentido técnico. No es una religión basada en la culpa y la redención, los dos pilares del cristianismo, sino sólo sobre la culpa. No existe una racionalidad capitalista, que puede ser contrastada con los instrumentos del pensamiento. Cuando uno abría los diarios en Italia hasta poco tiempo atrás, leía que el entonces primer ministro Monti decía que hay que salvar el euro “a cualquier costo”. Más allá de que “salvar” es un concepto religioso, ¿qué significa esa afirmación? ¿Que debemos morir por el euro? El capitalismo es una religión, y los bancos son sus templos, pero no metafóricamente, porque el dinero no es más un instrumento destinado a ciertos fines, sino un dios. La secularización de Occidente dio lugar paradójicamente a una religiosidad parasitaria. Yo he estudiado por años la cuestión de la secularización, que dio lugar a una nueva religión monstruosa, totalmente irracional. La única solución europea es salir de este templo bancario.

-¿Y su visión de América Latina? ¿Y de la Argentina en particular?

-Del todo positiva. Se respira un aire distinto. Cuando fui a Buenos Aires, me sorprendió que, a pesar de la catastrófica crisis económica de 2001, existía una sociedad en movimiento. En Europa, asistimos a un vaciamiento de la democracia que es sólo estadística y cálculo. En América Latina se vislumbra una alternativa a esta visión cansada del mundo.

Somos Femen, las desnudas tropas de choque del feminismo (Inna Shevchenko)


21/04/13
 
 
Femen está en guerra con un patriarcado que contempla a las mujeres como objetos sexuales. ¿De qué armas disponemos? De nuestros pechos desnudos.
Femen es nuestro intento de repensar la historia del feminismo en su conjunto. Creemos que si se les deja como propósito vital a las mujeres poco más que satisfacer deseos sexuales, entonces nuestra sexualidad debe politizarse. No estamos negando nuestro potencial de ser tratadas como objetos sexuales. Por el contrario, tomamos nuestra sexualidad en nuestras manos, volviéndola contra nuestro enemigo. Estamos transformando la subordinación sexual femenina en agresión, y empezando por tanto la guerra de verdad.
Que nadie se confunda: estamos en guerra. Es esta una guerra ideológica, una guerra del tradicionalismo contra la modernidad, de la opresión contra la libertad, de la dictadura contra el derecho a la libertad de expresión. Tomamos como blanco las tres manifestaciones principales del patriarcado: la religión, la industria del sexo y la dictadura.
“No tuve tiempo de ver si parecían o no atractivas, si eran rubias o no”, esas fueron las palabras de Putin después de nuestra acción más reciente de distracción, cuando las activistas de Femen se enfrentaron a él en Hannover, gritándole a la cara: “¡Que te jodan, dictador!”. Putin se apresuró a sonreír, pero un funcionario del Kremlin ya andaba pidiendo que Alemania castigara a nuestras activistas. En un lapso de media hora se abrieron cuatro procedimientos judiciales contra las asaltantes del dictador.
Esta es nuestra realidad. Las activistas de Femen sufren detenciones, palizas o incluso secuestros, como nos sucedió en Bielorrusia después de la protesta nuestra que ponían en ridículo al presidente Alexander Lukashenko en Minsk.
Al machismo se le puede derrotar mediante la rebelión femenina. Ningún líder autoritario está interesado en la opinión pública, que puede perjudicarle personalmente. Las tácticas de Femen se proponen justamente eso: lastimarle y humillarle personalmente. Tirarle zapatos a Bush no es nada comparado con nuestro ataque contra Putin. Antes nunca se había encontrado su cuerpo sagrado, protegido por docenas de guardas de seguridad profesionales, tan en peligro.
Éramos todavía unas aficionadas cuando nos manifestamos contra Putin en Kiev en 2011, a docenas de kilómetros de distancia de nuestro blanco. Pero mejoramos nuestras habilidades cuando sitiamos el colegio electoral en Moscú en 2012, sólo 20 minutos después de que se marchara Putin del lugar. Un año más tarde, nos enfrentamos a él desnudando nuestros pechos como desafío.
Putin es un homófobo y un oligarca que encarna la fusión de Iglesia y Estado, poniendo sus intereses personales por delante de los de 150 millones de personas en ese proceso. Recientemente anunció que  Rusia no es país para los gays, tal como George H. W. Bush afirmó en su día que los EE. UU. no son país para ateos. Putin no se para en eso, de modo que vamos nosotras a pararle a él.
¿Cómo, se preguntan ustedes? Sí, queridos lectores, ¡sólo con nuestros pechos desnudos! Respondemos tumbando al gran oligarca y sus payasos del servicio de seguridad, y con ellos, la imagen que tan cuidadosamente ha ido cultivando.
Femen constituye un inmenso experimento. Cada día encontramos nuevos modos de destruir el patriarcado, nuevas palabras con las que responder a nuestros oponentes. Apelamos a una revuelta sexual global contra el sistema. No podemos contarles nuestros planes más inminentes, o cuál será el resultado final de nuestra lucha, pero trabajamos en ellos las 24 horas del día. Lo único que puedo decirles con seguridad a todos aquellos contra los que luchamos es que no vamos a dejaros que consagréis como culto la mierda que sois.
Inna Shevchenko es activista y dirigente del movimiento internacional de mujeres Femen

La marica se desvanece


El buen sentido del perverso. Hay un atardecer violeta y se filtran tras las nubes y los techos los primeros destellos de estrellas. Pequeños estallidos iridecentes de viejos planetas consumidos por fuego y hartazgo. Sobre el lecho de enfermo

la marica se desvanece.

Sobre la larga cabellera ceniza la sombra se hace aún más sombría. Oscuridad y luz violeta, estrellas, sol (corre la marica detrás del sol que vuelve y vuelve por a sorprenderlo por su espalda).

Un poeta en Nueva York espía desde el borde de la Quinta Avenida el porte sobrio del cochero. La misma luna ilumina Granada. Y el buen ojo del culo de Allen Ginsberg clama por que den por culo a los buenos maricas de la CIA.

El medico hace su entrada en escena. Guardapolvo intachable, cabello blanco

-Estudiaremos.

-Explíquele a ellos por favor.

-Y quienes son ellos.

-Mi hija, mi ex mujer y mis dos novios.

Es una pequeña comedia de enredos, la figura del puto en la clínica católica. (Penélope: -La Esperanza, a qué clase de hijo de puta se le ocurre ponerle a una clínica La Esperanza? A un hijo de puta católico).

Caldo de verduras (en el caldero hierven las ultimas tripas de alguien que cayó por curiosidad, espiando a la sudorosa dama de la cofia y el cucharón entre el zapallo y las zanahorias. No tuvo tiempo de explicarse con la fuerza y precisión de un carnicero ella los destripo y vertió sus huesos y vísceras al aceite hirviendo).

El muchacho inflado y amarillo, los ojos desbordando las orbitas, la bilis de una vida insegura. Revienta el hígado, los vasos, mierda y veneno.

Hola señora morfina. Necesito de usted las dulces caricias de una nana que me lleve de viaje allá lejos, donde no hay tiempo ni espacio ni lugar ni color ni luz ni nada que se materialice. Un simple punto oscuro más pequeño que un grano de arroz.  Allí esculpido en letras góticas el Zaratustra de Nietzche.

La marica se desvanece

en prados donde yacen viejos ejércitos perdidos y recuerdos rotos de los desterrados. Pálidos rostros hambrientos con grietas y cicatrices, testigos que aún no han hablado.

Juguetean en el andamio aquellos obstinados constructores de sueños (la eternidad por los astros proclamo August Blanqui con tanta fuerza como la técnica de la barricada).

La marica se desvanece

El sexo de húmedo muchacha el orín los bronceados cuerpos de los hombres de mar. Tejen las manos fuertes del que hila redes puntos precisos y movimientos constantes. Es una escollera, un porro frente al viento frio del mar.

Teje el tejedor la mortaja del anciano y las ropas del recién nacido. Odra en la montaña sus recuerdos de cordillera. Su amante el viento, su odio su némesis su garabato de un tiempo perdido.

La marica se desvanece

El doctor la doctora el enfermero en escena. Tres pinchazos a la medula las lágrimas.

La marica se desvanece.

Se deja ir por un pedazo de almohada hacia un lugar donde todo dolor este perimido. Donde todo recuerdo proscripto todo deseo una estrella fugaz.