El último Perón


El 1º de julio de 1974 fallece Juan Domingo Perón, sus restos son despedidos por una muchedumbre triste en una jornada gris y lluviosa. Su deceso deja el poder en manos de Isabel Perón, quien se va a apoyar abiertamente en las bandas terroristas de la Triple A -creadas por orden del fallecido presidente- y la burocracia sindical.

Rodolfo Walsh supo describir magistralmente el sentir de ese día en la conciencia de los trabajadores argentinos: “El general Perón, figura central de la política argentina en los últimos treinta años, murió ayer a las 13:15. En la conciencia de millones de hombres y mujeres, la noticia tardará en volverse tolerable. Más allá del fragor de la lucha política que lo envolvió, la Argentina llora a un líder excepcional”

Perón fue sin ninguna duda una de las figuras fundamentales de la política nacional durante el siglo XX. Fue el líder de un movimiento nacional burgués que concentró la adhesión de la mayoría de la clase trabajadora. Sin embargo pese al apoyo de las mayorías populares, su función fue mantener intactos los cimientos del país burgués y terrateniente.

Perón apareció en la escena política como uno de los cabecillas e ideólogos del GOU (Grupo de Oficiales Unidos) que harán la llamada Revolución de 1943, poniendo fin al gobierno conservador de Ramón Castillo. A la cabeza de la Secretaria de Trabajo y Previsión, Perón estableció lazos con los sindicatos reformistas de aquellos años de origen socialista y sindicalista e impulsó leyes progresistas que le permitieron ganar el apoyo de los trabajadores. Expulsado del gobierno del Gral. Edelmiro Farrell por presión de la oligarquía, las masas obreras protagonizaron una histórica huelga general y desde las grandes barriadas del Gran Buenos Aires se avanzó hasta ocupar la capital, hasta entonces inmaculado centro político de la oligarquía, obligando a su liberación y dando lugar al mito fundador del peronismo: el 17 de octubre de 1945.
Vale aclarar que el peronismo siempre buscó evitar que este tipo de acontecimientos se repitiera. Perón se enfrentó a un frente burgués pro-imperialista auspiciado por el embajador norteamericano Spruille Braden, que integraban conservadores, radicales, socialistas y el Partido Comunista. El peronismo constituyó un movimiento nacionalista burgués que logró la adhesión obrera otorgandoles innumerables conquistas sociales y políticas, además de el papel de columna vertebral del movimiento peronista.

Integrando los sindicatos al Estado burgués, alentó la formación de una burocracia dirigente, reprimió toda disidencia por izquierda e impuso la idea de que el objetivo central del Estado burgués debía ser lograr la armonía entre obreros y patrones.

Perón logró liquidar la independencia política e ideológica de los trabajadores. Ese fue su principal contribución a la perpetuación del orden capitalista en Argentina. Su nacionalismo consistió en aprovechar la retirada del imperialismo británico para negociar el status semicolonial del país ante el imperialismo yanqui. Pero en septiembre de 1955, cuando el imperialismo norteamericano impulsa el golpe contra su gobierno, Perón es derrocado sin luchar. La única resistencia a la Revolución Libertadora fue la de la clase obrera que enfrentó a los golpistas sin directivas y sin armas debido a la defección de la burocracia dirigente de los sindicatos.

Con su salud deteriorada, Perón retorna del exilio en 1973, convocado como tabla de salvación por las FF.AA y la burguesía, para poner fin a la insurgencia obrera y popular que desde la semiinsurrección del 29 de mayo de 1969 en Córdoba, el Cordobazo, había herido de muerte a la dictadura de la Revolución Argentina. Perón vuelve para desviar ese poderoso movimiento de masas que tuvo a la clase obrera como protagonista y que cuestionó al conjunto del país burgués. Para ello utilizó a las organizaciones guerrilleras del peronismo como Montoneros a fin de contener por izquierda a la juventud, alentándolas como “formaciones especiales” para luchar por el “socialismo nacional” mientras se apoyaba en la burocracia sindical para contener a la clase obrera.

Domingo Perón, se propuso un Pacto Social que favorecía a las patronales para lo que era necesario restaurar la disciplina en las fábricas. Para ello se valió primero del engaño de tinte frente populista con Héctor Cámpora – 25 de mayo-13 de junio de 1973- primero, y tras el golpe de palacio que dio la derecha peronista luego de la Masacre de Ezeiza – 20 de junio de 1973 – , de las bandas armadas de las Tres A.

Perón retornó al poder y dio vía libre a las bandas terroristas de la ultraderecha que tuvieron como blanco privilegiado de sus crímenes a los militantes de la clase obrera y la izquierda -incluidos y sobre todo de su propio movimiento- para restaurar el orden del país burgués.

Al poco tiempo de asumir su tercer mandato, Perón recibió con todos los honores al genocida Augusto Pinochet que acababa de llevar adelante la contrarrevolución en Chile. Y poco antes de morir, expulsó a los Montoneros de la Plaza de Mayo calificándolos de “estúpidos e imberbes”, amenazando con dejar a los matones de la burocracia sindical “hacer tronar el escarmiento”.

Bajo su gobierno y mucho más, luego de su muerte cuando el poder quede en manos de Isabel, los crímenes desembozados de la Triple A y el anticomunismo visceral serán sello de marca del gobierno peronista.

Perón solía decir frente a los embates insurgentes de la clase obrera en los tiempos combatientes de la resistencia peronista, que entre la sangre y el tiempo elegía el tiempo (una elección que favorecía a la burguesía y el imperialismo en sus intentos por derrotar a los trabajadores). Sin embargo, en aquellos años finales de su vida como Presidente, y frente a la insurgencia de la clase obrera, claramente eligió la sangre.

27 de junio de 1975, primer paro general contra un gobierno peronista (Ruth Werner, Facundo Aguirre)


El 27 de junio de 1975 más de 100.000 obreros ocuparon la Plaza de Mayo contra el gobierno de Isabel Perón y llevaron a cabo el primer paro general del conjunto de la clase obrera argentina contra un gobierno peronista. Aquel acontecimiento, enmarcado como una respuesta al Rodrigazo, fue el primer capítulo de una acción de masas que quebró al gobierno de la Triple A.

El 4 de junio de 1975 Celestino Rodrigo, ministro de Economía, anuncia un paquete de medidas que trascendería bajo el célebre apodo de “Rodrigazo”. Se termina así con el “Pacto Social” que desde 1973 regía la relación entre los patrones, el Estado y los trabajadores. Se trataba de un ajuste que beneficiaba al capital local y financiero más concentrado, una política de shock para revertir la crisis económica.

Entre las medidas tomadas se encuentra una devaluación del peso con relación al dólar que oscila entre el 80 y el 160% y un aumento sideral de los precios que en algunos casos llega al 180% como en las naftas o el 75% en las tarifas de colectivos. Otra medida que exacerbará el ánimo obrero y predispuso a los sindicatos dirigidos por la burocracia peronista contra el plan fue el anuncio del congelamiento de las paritarias y el establecimiento de los topes salariales.

La respuesta de los trabajadores no se hizo esperar y corrió por cuenta de la base obrera y el activismo. La punta del conflicto fue la IKA Renault de Córdoba donde el 2 de junio los obreros en asamblea deciden contestar a los todavía rumores sobre el plan económico con un abandono de tareas. El ejemplo ganará a las fábricas del interior del país –esencialmente Córdoba y Santa Fe– y del Gran Buenos Aires. Pese a las derrotas previas sufridas por las vanguardias que venían del Cordobazo, del primer clasismo (Sitrac-Sitram), de Luz y Fuerza Córdoba (Agustín Tosco), del SMATA Córdoba (René Salamanca) y de la combativa UOM Villa Constitución (Alberto Piccinini), la clase obrera de Córdoba, Santa Fe y Mendoza jugará un papel de primer orden en los acontecimientos.

Las medidas de lucha se multiplican y se imponen paros por gremios a escala provincial que en algunos casos toman el carácter de paros regionales. El movimiento se va extendiendo a nivel nacional y el enfrentamiento con la burocracia cobra presión. En la zona norte del Gran Buenos Aires –donde se distinguen por su combatividad los obreros de las automotrices y de los Astilleros de Tigre y San Fernando– se inicia en dos oportunidades la marcha hacia la Capital, intentando llegar a las sedes del SMATA y de la UOM para demandar directamente a los dirigentes. En el primer caso, el intento es liderado por los obreros de la Ford y de astilleros Astarsa, en el segundo por los trabajadores de General Motors. Se producen además ocupaciones de fábricas en la misma Astarsa y, en Córdoba. Grandes Motores Diesel.

La burocracia sindical –encabezada por Lorenzo Miguel– se ve obligada a cambiar su actitud y exige a Isabel la homologación de los convenios. Para ello convoca para el 27 de junio a una jornada contra el plan Rodrigo, en apoyo a la presidente y por la rápida homologación. Sin embargo, el empuje de la base transforma la movilización dominguera de la burocracia en un virtual paro general donde más de 100.000 manifestantes desafían la militarización y el Estado de Sitio, copando la Plaza de Mayo reclamando la renuncia de Rodrigo y López Rega. “Dame una mano, dame la otra, dame a Rodrigo que lo hago pelota” o “queremos la cabeza de los traidores Isabel, Rodrigo y López Rega”, son algunas de las consignas que se agitan entre los manifestantes. Por primera vez en toda su historia la clase trabajadora levantará demandas políticas enfrentando al gobierno peronista.

A pesar de la extraordinaria movilización, el 28 de junio Isabel anuncia su negativa a homologar los convenios. El ministro de Trabajo, Ricardo Otero, hombre de la UOM, renuncia a su cargo luego de correr alrededor de la mesa de reunión del gabinete al ministro Rodrigo para propinarle una golpiza. La burocracia quedará enfrentada, a su pesar, al gobierno aunque no toma medidas para ahondar la lucha. La actitud de los dirigentes es de prescindencia. Casildo Herrera (Secretario General de la CGT) y Lorenzo Miguel (UOM) se van a Ginebra al Congreso de la OIT, de donde regresarán recién el 1º de julio.

La situación política pega un giro brusco y desde el 27 de junio existirá en el país una huelga general de hecho que supera a la burocracia sindical peronista que no logra contener la movilización ni con el matonaje de sus gangsters integrantes de las bandas fascistas de las Tres A. Desde las comisiones internas y cuerpos de delegados se gestarán las coordinadoras interfabriles, que serán organizadoras de todo este proceso. Se llamaban Coordinadoras de Gremios, Comisiones Internas y Cuerpos de Delegados en lucha y expresan un fenómeno antiburocrático del corazón del movimiento obrero. Las fábricas que las constituyen venían de un proceso de lucha contra el pacto social bajo el gobierno de Perón en donde se va descabezando a las direcciones burocráticas poniendo al frente a delegados combativos. Organizadas por zona, nucleaban a las fabricas y al activismo más combativo de la clase trabajadora. En las coordinadoras de las zonas norte, sur, oeste, del Gran Buenos Aires y de la zona de La Plata, Berisso y Ensenada, participaban 129 fábricas y 11 seccionales sindicales que agrupaban a más de 120.000 trabajadores.

La clave serán las comisiones internas recuperadas, de distintas fábricas que se unen traspasando la frontera de los gremios. Desde allí partirán los piquetes para extender el movimiento y consolidar la nueva organización que se está gestando. Serán las asambleas de fábrica donde actúan las coordinadoras las que marcarán, en gran parte, el ritmo de los acontecimientos. Así tomaba nota la burguesía argentina del fenómeno: “Las fábricas de la Capital y alrededores quedaron en su mayoría paralizadas cuando sus operarios resolvieron detener actividades, algunos permanecieron en los establecimientos, otros se encaminaron a la sede de la CGT (…). En ningún caso quedó constancia de decisiones tomadas por la respectivas conducciones gremiales” (La Opinión, 1º de julio de 1975).

Las coordinadoras representan además una tendencia a la ruptura con el peronismo y por ello las corrientes de izquierda tienen gran peso en su interior. En primer lugar la JTP (Montoneros), el PRT, el Peronismo de Base, el PST y otras corrientes menores como Vanguardia Comunista o Política Obrera. Las coordinadoras constituyeron un verdadero poder fabril a nivel de las empresas y cuestionaban el poder de la burocracia sindical. El peronismo de izquierda y el PRT-ERP desde entonces intentarán limitar el alcance de las coordinadoras negándose a plantear que el objetivo debía ser la caída revolucionaria del gobierno de Isabel Perón mediante la huelga general y las ocupaciones (el PST tampoco planteó esta política).

Más tarde, las Coordinadoras realizarán su primer plenario nacional y votarán realizar una movilización el 3 de julio en la Capital Federal, preludio de la extraordinaria huelga general del 7 y 8 de julio que la burocracia sindical se verá obligada a llevar a cabo terminado con el Plan Rodrigo y obligará a la renuncia de López Rega (estos hechos serán objeto de próximas notas). Pero el 27 de junio, será el primer gran capítulo de esta página gloriosa de los trabajadores argentinos.

*Autores de Insurgencia obrera en la Argentina (1969-76), Ediciones IPS, Bs. As., mayo de 2009.

Cara a cara con la revolución (Juan Forn)


En julio de 1966, el viejo Mao estaba supuestamente jubilado en provincias pero, ante las inequívocas señales de que China se recuperaba luego del catastrófico Gran Salto Hacia Adelante que él mismo había puesto en marcha en 1958 (con un saldo de veinte millones de muertos por inanición), decidió lanzarse a las aguas del Yangtzé durante un acto público en su honor y nadar quince kilómetros. En realidad sólo se dejó flotar en la mansa corriente del río durante una hora, pero el rumor que corrió por toda China fue que el Gran Conductor se había revitalizado y, a los setenta y tres años, volvía a escena. Dos días después Mao entraba en Pekín, obligando a renunciar a Liu Xaoqi, el sucesor que él mismo había dejado, y dando vía libre a los jóvenes rabiosos de las Guardias Rojas para motorizar la hoy tristemente célebre Revolución Cultural. El viejo zorro que había dicho “La política es la guerra por otros medios” iniciaba ahora una guerra total contra su propio partido, con la consigna: “Muerte a todo lo viejo”.

En cada comuna de China, todos sus habitantes debían asistir, diariamente y en horario de trabajo, a las sesiones de acusación pública en que una persona, parada o arrodillada arriba de una silla, con la cabeza baja y un humillante bonete de papel donde él mismo había escrito de puño y letra su crimen político, era denunciada por sus amigos, vecinos o familiares y recibía los insultos de toda la comuna. Las sesiones duraban horas y podían repetirse cientos de veces y, entre sesión y sesión, se les daba a los acusados las dos peores tareas que existían: romper a puño limpio la capa de hielo sobre la tierra que había que arar o vaciar a mano las letrinas.

Cada una de las sesiones de aquellos tribunales populares se cerraba con un vibrante ballet de milicianas en trajes Mao celebrando la sabiduría del Gran Conductor. Gran parte del trabajo de un fotógrafo de prensa en esos años era registrar estos actos. Había, en la jerga del oficio, dos tipos de fotos: las “positivas” (es decir, las que podían publicarse) y las “negativas”. Por cada toma “positiva” que salía publicada, los fotógrafos recibían un rollo de negativo virgen. Pero aquel que, al volver al diario, entregaba para revelar más imágenes “negativas” que “positivas” en sus rollos se cavaba su propia fosa. Al joven Li Zhensheng, por ser el novato de su sección en el Diario de Heilongjiang, le tocaba revelar los rollos de todos sus compañeros, además de salir a la calle a fotografiar. Cuando estaba en la calle, el joven Li creía de verdad en la Revolución Cultural, pero en el cuarto de revelado se fue dando cuenta de que en realidad estaba registrando la locura colectiva del país en estado puro.

Li había querido estudiar cine, originalmente. De chico, cuando traían una película a su pueblo y él no tenía para pagar la entrada, se sentaba en la calle, lo más cerca posible del lugar donde instalaban los altavoces, y “escuchaba” las películas. La primera cámara que tuvo la consiguió a cambio de una colección de estampillas que le robó a su padre, que había sido cocinero en un barco de carga. Le alcanzó para pagarla pero no para comprar película. Cada rollo de fotos costaba un yuan, así que sus compañeros de escuela hacían una vaquita para que él les sacara fotos y en recompensa le cedían la última toma. Li hacía en quince minutos las primeras once fotos y se pasaba el resto del día con la restante. Al entrar en el diario años después, se encontró con una mecánica de trabajo inesperadamente similar: lo primero que le enseñaron sus colegas fue que no terminara el rollo en el lugar al que lo mandaban, sino que se dejara una o dos exposiciones por si se topaba con algo a su retorno de cada asignación. Li lo entendió a su manera: la última foto era para él.

Noche a noche, en la soledad del cuarto de revelado, tenía el cuidado de recortar de sus rollos las fotos más “negativas” que le salían y dejar sólo las positivas a secar. Para no tirar las otras, se las llevaba a escondidas a su casa y las enterraba, en una lata envuelta en hule, debajo de las maderas del piso de su habitación. Nunca lo descubrieron, pero igual terminó en los campos de reeducación, acusado de falta de espíritu revolucionario (la condena fue por querer “crear su propio reino en el cuarto de revelado”). En 1969, Li y su esposa fueron enviados a un campo cerca de la frontera con la URSS donde nacieron sus dos hijos: al varón lo llamaron Xiaohan (“riendo frente al frío”) y a la menor Xiaobing (“riendo frente al hielo”). Sólo les permitieron regresar en 1976, con la caída en desgracia de la viuda de Mao y la Banda de los Cuatro, y el fin de la Revolución Cultural.

Con los años, Li logró un puesto como maestro en una academia de fotografía de provincia pero nunca volvió a trabajar como fotoperiodista. En 1988, cuando creía que el mundo se había olvidado de él, recibió un inesperado encargo desde Pekín: le pedían, como a todos los fotoperiodistas de los viejos tiempos, imágenes para una gran muestra revisionista sobre la Revolución Cultural. Soplaban vientos de cambio y Li se atrevió a mandar diez fotos “positivas” y diez “negativas”. El inglés Robert Pledge las vio, logró contactarlo y le mandó decir que quería hacerle un libro para la exquisita Editorial Phaidon. Tardó siete años en recibir casi treinta mil negativos en entregas azarosas y clandestinas, y esperó otros siete años hasta que Li logró salir de China y por fin pudo publicarse el libro sin que él sufriera las consecuencias. Se llamó Soldado rojo de las noticias, porque eso decía en el brazalete escarlata que se había inventado Li, en lugar del brazalete blanco y negro de prensa, así podía acercarse a sus objetivos más que los demás fotógrafos sin que las Guardias Rojas lo apartaran.

Nadie le vio la cara tan de cerca a la Revolución Cultural como él. Nadie la vio tan panorámicamente tampoco: Li nunca logró hacerse de un gran angular, así que cuando necesitaba captar las escenas de masas a las que asistía iba disparando su cámara y girando milimétricamente el foco, y luego, en el cuarto de revelado, iba uniendo las tomas como si fueran una sola. Sus colegas de entonces decían que nadie lograba tanta efectividad malgastando tan poco rollo. El confesó que, cuando enfrentaba los rostros de los condenados en la soledad del cuarto de revelado, les decía en voz baja: “Por favor, si sus almas están embrujadas, no me embrujen a mí. Yo sólo quiero que la gente sepa algún día lo ocurrido”.

Cuando Li nació en 1940, se le pidió a su abuelo que le pusiera nombre. El abuelo era campesino, pero era conocido y respetado en diez pueblos a la redonda como hombre instruido. A la partícula Zhen que correspondía a la familia, la completó con el nombre por el que hoy conocemos al nieto. A los vecinos del pueblo les pareció un nombre absurdamente presuntuoso. Li Zhensheng, en chino, significa: “Como una canción que se eleva por el aire, lo que veas será visto en las cuatro esquinas del mundo”.

Roberto Levingston: otro enemigo del pueblo que se fue impune


http://www.laizquierdadiario.com/Roberto-Levingston-otro-enemigo-del-pueblo-que-se-fue-impune

El último 17 de junio falleció a los 95 años de edad el ex dictador de la autoproclamada Revolución Argentina, Roberto Marcelo Levingston.

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    Levingston llegó a la presidencia de facto siendo un absoluto desconocido para la población. El proyecto de la Revolución Argentina impulsado por las FF.AA. se había hecho del poder luego de derrocar al radical Arturo Humberto Illia en 1966.

    Proclamada como un gobierno refundacional y de largo plazo, la dictadura del General Juan Carlos Ongania fue herida de muerte por esa gran insurrección obrera y popular que fue el Cordobazo de mayo de 1969.

    La “Morsa”, tal el apodo popular que se había dado a Ongania, agonizaba acorralado por la creciente insurgencia obrera y popular, la crisis económica y los intentos del ala liberal del Ejercito encabezada por el General Alejandro Agustín Lanusse, que buscaba conseguir una salida política a la delicada situación nacional.

    El secuestro del General Pedro Eugenio Aramburu por un comando de Montoneros -bautismo de fuego de la organización- el 29 de mayo de 1970, fue la estocada mortal que decidió al lanusissmo a terminar con el gobierno del dictador.

    El 8 de junio de 1970 la Junta de Comandantes en Jefe compuesta por Lanusse, el Brigadier Carlos Rey y el Almirante Pedro Gnavi, destituyo a Ongania y nombro en su lugar a Levingston quien ocupaba el cargo de agregado militar en la Embajada Argentina en Washington y era un verdadero ignoto para el conjunto de la población.

    Según relataban testigos de la época, Levingston debió enviar su C.V. a la prensa escrita de entonces para hacerse conocer. El nombramiento de un desconocido como Levingston respondía a la irresuelta interna militar entre liberales e integristas, agravada frente a la amenaza de la movilización popular.

    El nombrado Presidente estaba llamado a jugar el papel de títere de la Junta de Comandantes, que encabezada por Lanusse buscaba una liberalización económica y una negociación política con el peronismo con el objetivo de operar un desvió de la lucha de clases hacia la institucionalización democrática burguesa.

    Levingston en cambio vio la oportunidad de erigirse como el nuevo jefe político de los militares y perpetuarse en el poder llevando adelante un programa económico de tintes nacionalistas para atraer hacia su figura el apoyo de sectores del peronismo. El emblema de su política económica que elaboro el slogan de “compre nacional” fue Aldo Ferrer, figura reivindicada por el kirchnerismo, de quien supo ser Embajador en Francia.

    A su vez Levingston intento poner fin a la movilización obrera y popular con la represión y el enfrentamiento contra los trabajadores, lo que produjo una serie de paros generales convocados por la CGT con el objetivo de obligar a la dictadura a negociar con Perón, que luego de la muerte de Augusto Timoteo Vandor era encabezada por José Ignacio Rucci. Sin embargo, lo que produjo el final de su dictadura fue el llamado Viborazo del 12 de marzo de 1971.

    Levingston había nombrado como interventor al conservador Camilo Uriburu quien asumió con estas palabras: “Confundida entre la múltiple masa de valores morales que es Córdoba por definición, se anida una venenosa serpiente cuya cabeza pido a Dios me depare el honor histórico de cortar de un solo tajo”. La respuesta de los trabajdores encabezados por Luz y Fuerza dirigida por Agustín Tosco y el clasismo del SITRAC-SITRAM.

    Estos últimos, ocuparan la localidad de Ferreyra y alredderor de 550 manzanas de la Ciudad de Córdoba, mientras las fuerzas represivas se concentran en el centro de la ciudad, obligando a la renuncia de Uriburu y poniendo fin a los sueños de perpetuación de Levingston quien renuncia el 23 de marzo por un golpe orquestado por la Junta de Comandantes.

    Levingston que fue además durante años jefe de la Inteligencia militar, murió en una cama del Hospital Militar de Palermo, sin haber sido juzgado jamás por los crímenes de la dictadura de la Revolución Argentina, como un orgulloso militar golpista y furibundo anticomunista.

    En una entrevista del 2005 del diario La Nación el fallecido ex dictador aclaraba que en los golpes las FF.AA. nunca estuvieron solas y que contaban con el apoyo de los partidos civiles de la burguesía, desnudando la continuidad entre dictadura militar y democracia burguesa como formas alternativas de dominio de la burguesía argentina: “Los golpes militares han sido siempre realizados con sectores políticos de la oposición que buscaban una alianza. Nunca han sido golpes militares químicamente puros. Lo que pasa es que a lo largo del tiempo los supuestos demócratas tienen la costumbre de querer responsabilizarnos”.

    Carlos Zannini: de monje negro a vice del menemista Daniel Scioli


    Con la designación de Carlos Zannini como compañero de formula de Daniel Scioli, Cristina ha ocupado el centro de atención política nombrando a un kirchnerista de paladar negro como signo de continuidad.

    Fotografía: wikimedia

    Se debe a Girolamo Savonarola (1452-1498) la imagen del monje negro, que en la política argentina se utiliza para designar a los que ejercen el poder escudados en las sombras de algún gobierno o del liderazgo político personal.

    Mientras que Girolamo Savonarola era un sacerdote que predicaba contra las elites de su época y por eso concito el odio del Papado y la aristocracia, en la tradición política argentina y latinoamericana el monje negro esta despojado de su carácter de enemigo de las élites. Se caracteriza por ser un leal entre los leales al jefe y de donde adquiere su autoridad indiscutible y temida entre los partidarios y enemigos.

    Carlos “el Chino” Zannini, es sindicado como el “monje negro” del matrimonio Kirchner. Los medios del establishment comienzan a agitar el fantasma de Zanini como compañero de formula de Daniel Scioli, liquidando la posibilidad de un kirchnerismo blanco y moderado para dar lugar a un radicalizado de la causa K.

    Como dijo su novel compañero de formula: “Zannini es un hombre que viene de las bases fundacionales de este proyecto”. Como tal es garantía de continuidad para las bases kirchneristas y para los empresarios que durante la década ganada han gozado de los subsidios del Estado y los techos salariales en paritarias como una de las fuentes de sus ganancias.

    Digámoslo claramente: el papel de Zannini en la fórmula presidencial es hacer digerible al estomago de los partidarios progresistas del kirchnerismo al intragable sapo menemista y conservador de Daniel Scioli.

    Zannini se ganó la fama de “monje negro” porque lo viene ejerciendo desde el 2003 en la Secretaria de Legal y Técnica de la Presidencia, como tal dándole forma legal y conforme a derecho a las iniciativas políticas del oficialismo. Es el arquitecto legal de la multimillonaria indemnización a Repsol, cuestión que defendió personalmente a capa y espada en el Congreso de la Nación. Como secretario legal y técnico también podemos intuir que fue quien dio forma legal a los acuerdos de expoliación con la firma imperialista Chevron para el fracking en Vaca Muerta o del pago de la deuda externa ilegal, ilegitima y fraudulenta al Club de París.

    Más allá de las garantías que ha dado a los capitalistas durante su gestión, el gobierno no cuenta con su visto bueno y esperaban que Scioli no se viera acompañado por una figura tan del kirchnerismo de paladar negro y es por eso que todas las biografías apuntan a mostrar el pasado maoista del candidato vicepresidencial, que en la década del 70 militaba en las filas del extinto grupo Vanguardia Comunista.

    Este partido se caracterizaba por predicar, como buenos seguidores del Gran Timonel, una revolución nacional y democrática de hegemonía campesina en alianza con la burguesía nacional, en un país eminentemente industrial, con una clase capitalista que colaboraba en la penetración y saqueo del imperialismo. Por esta militancia, Carlos Zannini será detenido poco antes del golpe del 24 de marzo de 1976 y debió sufrir cuatro años en la cárcel de La Plata.

    De regreso a Córdoba se va a recibir de abogado en 1981, luego se mudará a Río Gallegos donde va a trabajar en la Fiscalía de estado de Santa Cruz. En esta época Zannini se pasara directamente a las filas del movimiento político que reivindica a la burguesía nacional, el peronismo, y no tardara en hacer carrera de la mano del fallecido Néstor Kirchner.

    Cuando Néstor Kirchner apoyaba la privatización de YPF -otro de los kirchneristas de pura cepa – Oscar Parrilli era uno de los informantes en el Congreso donde Zannini era ya para esa época la mano derecha del ex presidente y ministro de gobierno provincial.

    El exfiscal Andrés Vivanco cuenta: “Siendo intendente Néstor Kirchner, la primera denuncia que recibí en la Fiscalía fue a partir de una noticia periodística que daba cuenta que en la municipalidad de Río Gallegos se habían comprado estacas de álamo a un vivero particular por un valor de aproximadamente 100 mil pesos/dólares, siendo que el Consejo Agrario Provincial los venía a un precio infinitamente menor. Pero el mayor problema era que el proveedor de las plantas no tenía un vivero, es decir, que a todas luces era una maniobra falsa. Ni bien apreció la denuncia, Zannini que era funcionario de Néstor, me llama por teléfono y me dice que la municipalidad va a colaborar en esta investigación periodística y el expediente se caratuló “ZANNINI, CARLOS/ DENUNCIA”. Es decir que el mismo Zanini se iba a auto investigar sobre la presunta comisión de un delito. Esta fue la primera denuncia que tuvo Néstor Kirchner en Santa Cruz”.

    Según el exfiscal: “Desde ahí hasta el tema de las regalías mal liquidadas, que a mi criterio es el origen de la fortuna de los Kirchner, en todas esas denuncias intervine como Fiscal y del otro lado estaba Zanini operando para distraer la atención o sobre los jueces para archivar las causas y que no se pudiera investigar absolutamente nada”.

    Mientras la oposición y los multimedios anti K agitan el fantasma de la continuidad y la radicalización, los kirchneristas puros celebran la fórmula que les permite votar a Scioli sin culpa. La realidad es que el Frente para la Victoria se prepara para consagrar a un hijo directo del menemismo, acompañado de un ajustador como Miguel Bein y de los impresentables intendentes del conurbano que La Cámpora recondujo del Frente Renovador al “proyecto nacional y popular”.

    A sesenta años de los bombardeos a Plaza de Mayo


    A sesenta años de los bombardeos a Plaza de mayo

    El bautismo de fuego de la aviación naval argentina.

    El 16 de Junio de 1955 la Aviación Naval bombardeaba la Plaza de Mayo repleta de trabajadores con el objetivo de quebrar al gobierno de Juan Domingo Perón. Ese día, entre las bombas arrojadas desde los aviones Gloster y la metralla de la Infantería de Marina que intentaba copar Casa Rosada, las Fuerzas Armadas masacraron a 364 personas y dejaron más de 800 heridos.

    En 1955 toda una parte del Ejército y la burguesía, con el auspicio del imperialismo norteamericano, se había lanzado a una conspiración golpista para derrocar a Perón, que contaba aún con el apoyo mayoritario de los trabajadores. La Iglesía Católica, que había cultivado excelentes relaciones con el régimen peronista, se pasó a la oposición. El fracaso del Congreso de la Productividad de 1952 y las causas crecientes de la crisis económica, más el espectáculo de la corrupción estatal, habían convencido al frente golpista de avanzar en su objetivo.

    El 11 de junio de ese año miles de manifestantes de las elites porteñas desfilaron en apoyo a la Iglesia y en oposición a Perón en la celebración del Corpus Christi, donde supuestamente se quemó una bandera argentina.

    El clima estaba caldeado y la conspiración militar se había puesto en marcha. El objetivo era asesinar a Perón. En caso de no lograrlo, se proponían quebrar su poder político. Quienes se pusieron a la cabeza de la operación fueron el contraalmirante Samuel Toranzo Calderón, jefe del Estado Mayor de la Infantería de Marina y los jefes de la aviación naval, capitanes de fragata Néstor Noriega y Jorge Bassi y el capitán de navío Juan Carlos Argerich. El plan era bombardear la Casa Rosada en un momento donde Perón estuviera reunido con su Estado Mayor y aprovechar el caos para ocupar la Plaza de Mayo y rodear la Casa de Gobierno por un grupo de 300 infantes de marina apoyados por comandos civiles formados por jóvenes de las familias bien.

    El 16 de junio estaba programada una exhibición aérea en homenaje a José de San Martín, que fue aprovechada por los golpistas para ejecutar el plan. Desde la Base Naval de Morón partieron los primeros aviones que bombardearían la plaza. Luego serían acompañados por aviones Gloster salidos de la Base Aérea de Punta Indio.
    Apenas pasado el mediodía las bombas comenzaron a llover sobre Plaza de Mayo y comenzaron a correr las víctimas. Una de las primeras descargas dio de lleno sobre un trolebus repleto de pasajeros. Los comados de infantes y civiles avanzaron sobre sus objetivos siendo repelidos primero por los Granaderos de guardia en la Rosada y más tarde por las multitudes de trabajadores que, convocadas por la CGT, se lanzaron a defender al gobierno poniendo su cuerpo en Plaza de Mayo.

    En totoal se lanzaron 14 toneladas de explosivos. Pero el mayor número de víctimas de esa gris jornada no se produjo por las bombas, sino por el ametrallamiento deliberado sobre grupos de civiles cerca de la CGT y frente al Ministerio de Marina rebelde.

    Los comandos civiles tomaron Radio Mitre y desde allí lanzaron su proclama: “Argentinos, argentinos, escuchad este anuncio del cielo volcado por fin sobre la tierra. El tirano ha muerto. Nuestra patria desde hoy es libre. Dios sea loado. Compatriotas: las fuerzas de la liberación económica, democrática y republicana han terminado con el tirano. La aviación de la patria al servicio de la libertad ha destruido su refugio y el tirano ha muerto”.

    La resistencia de los trabajadores que se movilizaron masivamente armados de lo que tuvieran a mano para defender a Perón y las divisiones de los militares provocaron la derrota de la sublevación. El elevado número de víctimas, la saña criminal contra el pueblo y los cadáveres que poblaban la plaza provocaron la furia popular que esa misma noche salío a quemar iglesias como revancha.
    Perón intentó calmar los ánimos y bajar el tono de la confrontación, consciente de que si el proletariado se movilizaba y se armaba estaba en peligro la continuidad del capitalismo argentino.

    Perón trató de limitar las consecuencias del ataque criminal. “Prefiero que sepamos cumplir como pueblo civilizado y dejar que la ley castigue -sentenció-. No lamentemos más víctimas. Nuestros enemigos cobardes y traidores merecen nuestro respeto, pero también merecen nuestro perdón. Por eso, pido serenidad una vez más”, y decretó el fin de la “revolución peronista”. Sus llamados a la conciliación cayeron en saco roto y pronto se vería obligado a radicalizar sus discursos contra la conspiración golpista.

    El 31 de agosto de 1955, desde el balcón de la Casa Rosada, dijo “desde ya, establecemos como una conducta permanente para nuestro movimiento que aquel que en cualquier lugar intente alterar el orden en contra de las autoridades constituidas, o en contra de la ley o la Constitución, puede ser muerto por cualquier argentino […] La consigna de todo peronista, esté aislado o dentro de una organización, es contestar a una acción violenta con otra más violenta. ¡Y cuando uno de los nuestros caiga caerán cinco de ellos!”.

    Perón se negó sistemáticamente a armar a los trabajadores para tal objetivo. La dirección de la CGT acompañó esta política de desmovilización.

    El bombardeo de Plaza de Mayo fue además el bautismo de fuego de la aviación naval argentina, lanzando bombas contra su propio pueblo.

    El 16 de septiembre de 1955 Perón capitularía, sin luchar, al golpe de Aramburu y Rojas. La clase obrera desde entonces pasó a la resistencia y a protagonizar una de las grandes experiencias de lucha del proletariado argentino.

     

    El origen de la “fusiladora”


    l 9 de junio de 1956, un grupo de civiles y militares peronistas protagonizaron un frustrado levantamiento contra la dictadura de la Revolución Libertadora, encabezada por el General Pedro Eugenio Aramburu y el Contraalmirante Isaac Rojas.

    El origen de la “fusiladora”

    Facundo Aguirre

    Encabezado por el General Juan José Valle y el General Raúl Tanco, el levantamiento fue un intento del nacionalismo militar peronista por retomar el poder.

    Concebido como un “putch”, sin participación de las masas, más allá de algunos comandos civiles, su objetivo era provocar una reacción de los militares favorable a Perón.

    Los sublevados fueron abandonados a su suerte por el propio Perón y los burócratas peronistas quienes se desentendieron de la sublevación.

    Puestos sobreavisos de la inminencia de un levantamiento militar, Aramburu y Rojas habían ordenado el arresto de cientos de sindicalistas y militantes peronistas para restarle base de apoyo a la intentona. Apurados por las circunstancias, Valle y Tanco deciden poner en movimiento la rebelión antes de que fuera tarde.

    La señal para lanzarse a la acción se daría con la lectura de la proclama revolucionaria, a las 23 horas del 9 de junio durante las transmisiones de las peleas de box en la noche del sábado en el Luna Park.

    El comando encargado de interferir en las transmisiones de radio era encabezado por el coronel José Irigoyen. El equipo radial para lograr el objetivo debía instalarse en la Escuela Técnica N° 5 “Salvador Debenedetti” en Avellaneda. Sin embargo, todos los miembros del comando fueron detenidos por tropas del gobierno sin lograr cumplir su objetivo.

    Cuenta la periodista María Seoane que la rebelión abarcaba originalmente “Campo de Mayo, sublevado por los coroneles Ricardo Ibazeta y Eduardo Cortínez; el Regimiento II de Palermo, bajo la dirección del sargento Isauro Costa; la Escuela de Mecánica del Ejército, comprometida por el mayor Hugo Quiroga; el Regimiento 7 de La Plata, responsabilidad de Cogorno y el grupo de civiles, entre otros, que debía operar en Florida, en la calle Hipólito Yrigoyen 4519, donde se reunieron los Lizaso, Carranza, Garibotti, Brión y Rodríguez y Troxler, entre otros. Además, hubo civiles armados y militares que intentaron sublevarse en Santa Fe- Rosario y Rafaela-, Río Negro-Viedma-, para citar algunos.

    Excepto en La Pampa, la mayoría de los jefes de la sublevación fueron apresados. Ante el fracaso del levantamiento, el general Tanco se dirige a Berisso para lograr apoyo, inútilmente, y debe luego huir y esconderse. Mientras el general Valle se oculta en la calle Corrientes, en la Capital, en la casa del político mendocino amigo, Adolfo Gabrielli, ante la certeza de que el movimiento había sido delatado y había fracasado”.

    La dictadura estableció la Ley Marcial en un decreto que llevó la firma de Aramburu, Rojas, los ministros de Ejército, Arturo Ossorio Arana, de Marina; Teodoro Hartung; de Aeronáutica, Julio César Krause y de Justicia, Laureano Landaburu y ordenó el fusilamiento de sus protagonistas.

    Valle y sus seguidores fueron asesinados por orden directa de Aramburu e Isaac Rojas. A ellos Valle les escribió: “Con fusilarme a mí bastaba. Pero no, han querido ustedes escarmentar al pueblo”.

    El 10 de junio entre las 2 y las 4 de la madrugada son fusilados los detenidos en Lanús. Poco más tarde, cinco civiles serán asesinados en los basurales de José León Súarez, por la policía bonaerense a cargo del teniente coronel Desiderio Fernández Súarez y por mano del comisario Rodolfo Rodríguez Moreno. De los doce originales detenidos, siete huirán intrépidamente, entre ellos el mítico militante de la resistencia asesinado por las Tres A en los setenta, Julio Troxler. Uno de los sobrevivientes, Juan Carlos Livraga, será el “fusilado que vive” a partir del cual Rodolfo Walsh escribió la célebre obra Operación Masacre.

    El 12 de junio, Valle se entrega a cambio de que se ponga fin a la represión y se le respetara la vida. Detenido por el furibundo antiperonista, capitán de navío Francisco “Paco” Manrique (quien supo ser diputado alfonsinista en los 80), Valle ingresa con su amigo Gabrielli a la Penitenciaría Nacional de la calle Las Heras donde va a ser fusilado.

    “Se acabó la leche de la clemencia” declarara en aquellos días el dirigente “socialista” Américo Ghioldi, padre de los Binner y Lifschitz del presente.
    La clase obrera rebautizó a aquel gobierno como la revolución fusiladora.

    La parábola del peronismo, en el aniversario del levantamiento de Valle, el kirchnerismo enfrenta a la clase obrera que pide por su salario mientras coquetea con las FF.AA, herederas de los fusiladores, encabezadas por un genocida como César Milani.