Giorgio Agamben: Guy Debord y la clandestinidad de la vida privada


1. Resulta curioso cómo en Guy Debord una coincidencia de la insuficiencia de la vida privada estaba acompañada por la más o menos consciente convicción de que existía, en su propia existencia o en la de sus amigos, algo único y ejemplar, que exigía ser recordado y comunicado. Ya en Critique de la séparation Debord evoca, como a algo de cierto modo intransmisible, “esa clandestinidad de la vida privada sobre la cual nunca se poseen más que documentos irrisorios”. Y sin embargo, en sus primeras películas y aún en Panégyrique, no cesan de desfilar los rostros de sus amigos uno tras otro, el de Asger Jorn, el de Maurice Wyckaert, el de Ivan Chtcheglov, y finalmente su propia cara, junto a la de las mujeres que amó. Y no sólo eso, en Panégyrique surgen también las casas que habitó, el nº 28 de la via delle Caldeie en Florencia, la casa de campo en Champot, el Square des missions étrangères en París (en realidad el nº 109 de la rue du Bac, su último domicilio parisiense, en cuya sala una fotografía de 1984 lo retrata sentado en un diván de cuero inglés que parecía gustarle).

Aquí se da una contradicción central, que los situacionistas no conseguirán superar, y, simultáneamente, algo precioso que exige ser retomado y desarrollado: tal vez la oscura e inconfesada consciencia de que el elemento genuinamente político consiste exactamente en esta incomunicable y casi ridícula clandestinidad de la vida privada. Puesto que incluso ésta —la vida clandestina, nuestra forma de vida— es tan íntima y próxima, que si tratamos de capturarla apenas nos deja en las manos la impenetrable y tediosa cotidianidad. Pero sin embargo, tal vez sea esta misma homónima, promiscua y sombría presencia lo que custodia el secreto de la política. La otra cara del arcanum imperii en la que naufraga toda la biografía y toda la revolución. Y Guy, que era tan hábil y perspicaz cuando tenía que analizar y describir las formas alienadas de la existencia en la sociedad espectacular, es entonces así tan franco e impotente cuando intenta comunicar la forma de su vida y cuanto intenta mirar a la cara y hacer estallar la clandestinidad con la que comparte el viaje hasta el último momento.

 

2. In girum imus nocte et consumimur igni (1978) abre con una declaración de guerra contra su tiempo y prosigue con un análisis inexorable de las condiciones de vida que la sociedad mercantil en el estadio supremo de su desenvolvimiento instauró sobre la totalidad del planeta. Inesperadamente, en medio de la película, la descripción detallada y despiadada cesa para dar lugar a una evocación melancólica y casi tenue de las memorias y acontecimientos personales que anticipan la intención declaradamente autobiográfica de Panégyrique. Guy recuerda el París de su juventud, que ya no existe, en cuyas calles y cafés tenía fiesta con sus amigos en la búsqueda obstinada de ese “Grial nefasto, que nadie quiere”. A pesar de que el Grial en cuestión, “fugazmente vislumbrado”, pero nunca “encontrado”, tuviera indiscutiblemente un significado político, ya que los que lo procuraban “estarán en condiciones de comprender la vida falsa a la luz de la verdadera”, el tono de celebración, marcado por citas de Eclesiastés, Omar Jayam, Shakespeare y Bossuet, es, no obstante, indiscutiblemente nostálgico y sombrío: “a la mitad del camino de la verdadera vida, estábamos rodeados de una sombría melancolía, que expresaron muchas palabras tristes y burlonas, en el café de la juventud perdida”. De esta juventud perdida, Guy recuerda el desorden, los amigos y los amores (“cómo no acordarme de los encantadores granujas y las chicas arrogantes con quienes habité en esos barrios bajos”), mientras en la pantalla surgen imágenes de Gil J Wolman, Ghislain de Marbaix, Pinot-Gallizio, Attila Kotanyi y Donald Nicholson-Smith. Pero es al final de la película que el impulso autobiográfico reaparece con más fuerza y la visión de Florencia cuando era libre se entrecruza con las imágenes de la vida privada de Guy y de las mujeres con las que vivió en esa ciudad en la década de los 70. Tras esto se ven pasar rápidamente las casas donde Guy vivió, el Impasse de Clairvaux, la rue St. Jacques, la rue St. Martin, una iglesia en Chianti, Champot y, aunque una vez, los rostros de los amigos, mientras se escuchan las palabras de la canción de Gilles en Les Visiteurs du soir: “Tristes enfants perdus, nous errions dan la nuit…”. Y, pocas secuencias antes del final, los retratos de Guy a los 19, 25, 27, 31, y 45. El nefasto Grial, del que los situacionistas partirán en busca, concierne no sólo la política, sino de cierto modo también a la clandestinidad de la vida privada, de la cual la película no duda en exhibir, aparentemente sin pudor, sus “documentos ridículos”.

 

3. La intención autobiográfica estaba, por lo demás, ya presente en el palíndromo que da nombre a la película. Poco después de invocar su juventud perdida, Guy añade que nada expresa mejor el gasto de ello que esta “antigua frase construida letra por letra como un laberinto sin salida, para recordar perfectamente la forma y el contenido de la perdición: In girum imus nocte et consumimur igni, ‘Damos vueltas por la noche y somos consumidos por el fuego’”.
La frase, definida a veces como el “verso del diablo”, proviene, en realidad, según una indicación en cursiva de Heckscher, de la literatura emblemática, y se refiere a las polillas inexorablemente atraídas por la flama de la vela que las consumirá. Un emblema se compone de una firma —una frase o un lema— y una imagen; en los libros que pude consultar, la imagen de la polilla devorada por el fuego surge frecuentemente, nunca asociada en el libro en cuestión sino a frases que se refieren a pasión amorosa (“así el placer vivo conduce a la muerte”, “así tanto amar lleva a la tempestad”) o, en casos más raros, a imprudencia en la política o en la guerra (“non temere est cuiquam temptanda potentia regis”, “temere ac periculose”). En los Amorum emblemata de Otto van Veen (1608), en el contemplar de las polillas que se precipitan en dirección a la flama de la vela está un amor alado, y la firma dice: brevis et damnosa voluptas.
Es probable, entonces, que Guy, escogiendo el palíndromo como título, se compare a sí mismo y a sus compañeros a las mariposas, que amorosa y temerariamente atraídas por la luz están destinadas a perderse y a consumirse en el fuego. En La ideología alemana —una obra que Guy conocía perfectamente— Marx evoca críticamente la misma imagen: “y es así como las mariposas nocturnas, cuando el sol de lo universal se pone, procuran la luz de la lámpara de lo particular”. Tanto más singular es que, a pesar de esta advertencia, Guy haya continuando siguiendo esta luz, curioseando obstinadamente la flama de la existencia singular y privada.

 

4. A finales de los años noventa, en las mesas de una librería parisiense, el segundo volumen de Panégyrique, que contiene la iconografía, estaba expuesto —por casualidad o por intención irónica del librero— al lado de la autobiografía de Paul Ricœur. Nada es más instructivo de esto que comparar el uso de las imágenes en ambos casos. En cuanto a las fotografías del libro de Ricœur retratan al filósofo exclusivamente en el transcurso de convenios académicos, como si no hubiera tenido otra vida fuera de ellos; las imágenes de Panégyrique pretendían un estatuto de verdad biográfica que observara la existencia del autor en todos sus aspectos. “La ilustración auténtica —advierte la corta promesa— ilumina el discurso verdadero… sabremos finalmente entonces cuál es mi apariencia en diferentes edades; y qué tipo de rostros siempre me rodearon; y qué lugares habité…”. Una vez más, a pesar de la evidente insuficiencia y banalidad de sus documentos, la vida —la vida clandestina— está en primer plano.

 

5. Una noche, en París, Alice, tras decirle que muchos jóvenes en Italia continuaban interesados en los escritos de Guy y que esperaban de él una palabra, respondió: “Existimos, debería serles suficiente”. ¿Que quería decir “existimos”? En esos años vivían aislados y sin teléfono entre París y Champot, de cierto modo con los ojos puestos en el pasado, y su “existencia” estaba, por así decir, totalmente aplastada en la “clandestinidad de la vida privada”.
Sin embargo, incluso un poco antes de su suicidio en noviembre de 1994, el título de su última película preparada para el Canal+: Guy Debord, son art, son temps no parece —a pesar de ese su arte realmente inesperado— del todo irónico en su intención biográfica y, antes de concentrarse con extraordinaria vehemencia en el horror de “su tiempo”, esta especie de testamento espiritual reitera con la misma sinceridad y las mismas viejas fotografías la evocación nostálgica de la vida transcurrida.
¿Qué significa entonces “existimos”? La existencia —este concepto fundamental en la filosofía primera de Occidente— tendrá tal vez constitutivamente que ver con la vida. “Ser —escribe Aristóteles— para los vivos significa vivir”. Y, algunos siglos después, Nietzsche precisa: “ser: no tenemos otra representación que vivir”. Traer a la luz —fuera de cualquier vitalismo— el íntimo cruzamiento de ser y existir: ésta es ciertamente hoy la tarea del pensamiento (y de la política).

 

6. La sociedad del espectáculo abre con la palabra “vida” (“Toda la vida de las sociedades en las que reinan las condiciones modernas de producción se anuncia como una inmensa acumulación de espectáculo”) y hasta el último momento los análisis del libro no cesan de poner en causa la vida. El espectáculo, donde “todo lo que era directamente vivido se aleja en una representación”, es definido como una “inversión concreta de la vida”. “En la medida en que la vida del hombre se vuelve su producto, tanto más separado está de su vida”. La vida en las condiciones espectaculares es una “falsa vida”, una “supervivencia” o un “pseudo-uso de la vida”. Contra esta vida alienada y separada, es postulado algo que Guy llama “vida histórica”, que surge tras el Renacimiento como una “ruptura alegre con la eternidad”: “En la vida exuberante de las ciudades italianas… la vida se conoce como un goce del paso del tiempo”. Años antes, en Sur le passage de quelques personnes y en Critique de la séparation, Guy afirma de sí mismo y de sus compañeros, que “querían reinventar todo todos los días, volverse jefes y dueños de su propia vida”, y que sus encuentros eran como “señales provenientes de una vida más intensa, que nunca fue verdaderamente encontrada”.
Lo que fuera esta vida “más intensa”, lo que era arruinado o falsificado en el espectáculo o simplemente lo que debe ser entendido por “vida en la sociedad” no es esclarecido en ningún momento; y sin embargo, sería demasiado fácil censurar al autor de incoherencia e imprecisión terminológica. Guy no hace más que repetir una postura constante en nuestra cultura, en la cual la vida no es nunca definida en cuanto tal, sino que es recurrentemente dividida en Bios y Zoé, vida política cualificada y vida nuda, vida pública y vida privada, vida vegetativa y vida de relación, en un modo en que ninguna de las particiones es determinable sino en su relación con la otra. Y es tal vez en última instancia exactamente lo indecidible de la vida lo que hace que ella sea siempre de nuevo decidida singular y políticamente. Y la indecisión de Guy entre la clandestinidad de su vida privada —que, con el pasar del tiempo, debía parecerle más elusiva e indocumentable— y la vida histórica, entre su vida individual y la época oscura e irrenunciable en la que ella estaba inscrita, traduce una dificultad que, por lo menos en las condiciones presentes, nadie se puede eludir de haber resuelto de una vez por todas. De cualquier modo, el Grial obstinadamente procurado, la vida que inútilmente se consume en la flama, no era reducible a ninguno de los términos opuestos, ni a idiotez de la vida privada ni al incierto prestigio de la vida pública, suprimiendo así la cuestión de la propia posibilidad de distinguirlas.
Iván Illich observó que la noción corriente de vida (no “una vida”, sino “la vida” en general) es percibida como “hecho científico”, sin tener ya ninguna relación con la experiencia de lo viviente singular. La vida es algo anónimo y genérico, que puede designar tanto un espermatozoide, una persona, una abeja, un oso o un embrión. De este “hecho científico”, tan genérico que la ciencia renunció a procurarle una definición, la Iglesia hizo el último receptáculo de lo sagrado, y la bioética el término clave de su impotente absurdidad.
Así como en esa vida se insinuó un residuo sacro, la otra, la clandestina, que Guy seguía, se hizo aún más indescriptible. La tentativa situacionista de restituir la vida a política choca con una dificultad posterior, pero no por eso menos urgente.
¿Qué significa que la vida privada nos acompañe como una vida clandestina? Encima de todo, que está separada de nosotros como está un clandestino, y asimismo que es inseparable de nosotros en el modo en que, como clandestino, comparte subrepticiamente la vida con nosotros. Esta escisión e inseparabilidad definen tenazmente el estatuto de la vida en nuestra cultura. La vida es algo que puede ser dividido — y, no obstante, siempre articulado y reunido en una máquina médica, filosófico-teológica o biopolítica. De este modo ni siquiera es la vida privada lo que nos acompaña como clandestina en nuestro breve o largo viaje, sino la propia vida corpórea y todo lo que tradicionalmente se inscribe en la esfera de la llamada “intimidad”: la nutrición, la digestión, el orinar, el defecar, el sueño, la sexualidad… Y el peso de esta compañera sin rostro es tan fuerte que todos procuramos compartirla con otro — y todavía la extrañeza y la clandestinidad nunca desaparecen y permanecen irresolubles hasta en la más amorosa de las convivencias. La vida aquí es verdaderamente como la zorra robada que el niño esconde bajo sus ropas y ni siquiera puede confesar que le rasga atrozmente la carne.
Es como si cada uno sintiera oscuramente que la propia opacidad de la vida clandestina encierra en sí misma un elemento genuinamente político, y como tal por excelencia compartible — y todavía, si lo intentamos compartir, huye obstinadamente a su prisión y no deja sino un residuo ridículo e incomunicable. El castillo de Silling, en el cual el poder político no tiene otro objeto que la vida vegetativa de los cuerpos, es en este sentido la figura de la verdad y, del mismo modo, el fracaso de la política moderna — que es en realidad una biopolítica. Viene a la mente mudar la vida, llevar la política a lo cotidiano — y sin embargo, en lo cotidiano, lo político no puede sino naufragar.
Pero cuando, como sucede hoy, el eclipse de la política y de la esfera pública no deja subsistir sino lo privado y la vida nuda, la vida clandestina, que se vuelve la única dueña del campo, debe, en cuanto privada, publicitarse e intentar comunicar sus propios ya no risibles (y sin embargo tales) documentos que conducen ahora inmediatamente con ella, con sus jornadas indistintas filmadas en vivo y transmitidas por las pantallas a los otros, una tras otra.
Y, no obstante, apenas el pensamiento fuera capaz de encontrar el elemento político que se esconde en la clandestinidad de la existencia singular, apenas, más allá de la escisión entre público y privado, política y biografía, Zoé y Bios, fuera posible delinear los contornos de una forma de vida y de un uso común de los cuerpos, la política podrá salir de su mutismo y la biografía individual de su idiotez.

Ricardo Ragendorfer: “Lo que me atraía de esta historia era el tema de la traición”


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Facundo Aguirre y Tom Mascolo

Los Doblados, editado por Sudamericana-Planeta, trata de la infiltración del Batallón 601 en la izquierda en general y las organizaciones guerrilleras en los ’70.

Fotos: Martín Alberto Cossarini / Enfoque Rojo

El periodista enciende un cigarrillo tras otro mientras relata buscando la palabra precisa, la fascinante trama, los móviles y los entretelones que lo llevaron a publicar su último libro. Antes de comenzar Ragendorfer nos cuenta que el libro ha tenido un enorme éxito de ventas como efecto no buscado. Toma como un eje el ataque al Regimiento de Infantería del Monte 29 en Formosa, se ha transformado en una especie de libro anti-Ceferino Reato, que gusta ser interprete de los intereses de la derecha peronista y militar en el relato de los años setenta.

Puesto a describir el tema de la traición, Ragendorfer recuerda que Marx sostenía que “la historia de la traición atraviesa la historia de la humanidad como un fantasma apenas disimulado”.

A la altura de sus antecedentes como periodista y escritor, Ragendorfer nos ofrece en Los Doblados, al ritmo de un policial negro espeluznante, una trama imprescindible para conocer la infiltración de la inteligencia militar y los mecanismos represivos del terrorismo de Estado.

Los doblados trata el tema de la infiltración a las organizaciones guerrilleras y de izquierda y la traición. ¿Cómo fue concebido el libro?

La idea surgió específicamente a raíz de una serie de entrevistas que tuve con un represor del Batallón 601, el mayor Carlos Antonio Es panadero, que ahora está condenado a 15 años de prisión por delitos de lesa humanidad. Este personaje me interesaba por la historia del Oso Rainer. A raíz de la entrevista publiqué un artículo sobre esta historia en la revista Caras y Caretas, lo que de algún modo fue el germen del libro. Comencé a investigar en profundidad esta historia y también sentí la necesidad de perfeccionar el conocimiento que yo tenía sobre el ejercicio y las estructuras que tuvo el terrorismo de estado en nuestro país.

Lo que me atraía de esta historia era el tema de la traición, un tema no muy explorado por la profusa bibliografía que hay sobre la dictadura. Me interesaba fundamentalmente porque de algún modo como diría Marx “la historia de la traición atraviesa la historia de la humanidad como un fantasma apenas disimulado”, en ese sentido es una figura universal y que por otra parte marca uno de los aspectos más oscuros de la condición humana.

El libro se centra fundamentalmente en un espacio temporal preciso, desde octubre de 1975 cuando los Montoneros copan el cuartel de Formosa, hasta el copamiento de Monte Chingolo por el ERP. ¿Por qué elegiste ese momento preciso de la historia?

La hipótesis es que fue a partir de la firma de los decretos de aniquilamiento en octubre de 1975 cuando los militares tomaron el control operacional del país, fue a partir de ese momento cuando el poder real pasó de la Casa Rosada al edificio Libertador. Yo pienso que justamente en ese momento empezó el Golpe de Estado, y lo del 24 de marzo fue apenas una mudanza. Esta hipótesis también me lanzó a desmenuzar la parte fáctica del asunto y marcar la diferencia con lo que sostienen algunos autores sobre que el ataque de Montoneros a Formosa fue lo que decidió hacer el golpe, en una versión tipo Billiken de la historia. Pude encontrar testimonios y documentos que demostraban que los decretos que se firmaron a raíz de lo de Formosa estaban redactados desde antes, o sea todo indica que esos decretos fueron redactados con el propósito de oficial izarse ni bien la guerrilla cometiera un hecho de envergadura y resultó que ese hecho fue Formosa.

Vos describís la estructura de mando del 601. ¿Quiénes la integraban y que papel cumplían?

Carlos Alberto Martínez era el jefe de la Jefatura 2 de la inteligencia, era la inteligencia del Estado Mayor y el Batallón 601 era el órgano operativo. En ese sentido, Carlos Alberto Martínez era un tipo muy importante que recién fue descubierto por la justicia hace poco años, poco tiempo antes de morir, y fue uno de los arquitectos del golpe de estado. Era un tipo que había sido entrenado en la Escuela de las Américas, con relaciones con el ejército y la inteligencia norteamericana, que logró sobrevivir a varios comandantes en jefe sin que eso escaldara su carrera. Martínez desayunaba con Videla todas las mañanas en la cuales les resumía las novedades en el marco de la inteligencia.
El Coronel José Osvaldo Ribeiro era el Segundo Jefe del Batallón 601, sobre él estaba el Coronel Valín. Balita (tal era el apodo de Ribeiro) fue uno de los propulsores del Plan Cóndor a nivel continental. Ribeiro participó en el secuestro y los interrogatorios en Paraguay, de uno de los hermanos de Santucho y de Fuentes Alarcón, alias el Trosko, que era un alto dirigente del MIR que habían sido capturados en las afueras de Asunción, el último de ellos fue llevado a Chile para ser interrogado y el otro Santucho, no se supo más del él.
El mayor Carlos Antonio Españadero, alias Peirano, pese a su baja jerarquía, era una especie de cerebro en la sombras, el oficial pensante del Batallón 601. Estaba a cargo de la Sala de Situación, pero en realidad era el estratega de lo que al Batallón 601 le competía en el ejercicio del terrorismo de Estado en Argentina, y sus evaluaciones y recomendaciones eran muy influyentes en relación a los pasos a seguir. Por otra parte, el tipo tenía a su cargo una red de soplones e infiltrados en diferentes organizaciones políticas armadas o no, que el mismo había reclutado y entrenado.

¿El asesinato del General Prats, donde colabora Ribeiro, es la primera acción del Plan Cóndor en Argentina?

El asesinato de Prats y su mujer sucede en 1974. En realidad fue una operación efectuada por la DINA con el visto bueno tanto del batallón 601 como de la policía que liberó la zona. Pero digamos que fue un operativo chileno que contó con el apoyo solidario de los represores argentinos. Yo no lo describiría taxativamente como un antecedente oficial del Plan Cóndor, más que en la medida de que actuó una fuerza de un país limítrofe con el visto bueno de fuerzas locales. Yo estoy inclinado a creer que el primer operativo del plan Cóndor en Argentina fue el secuestro de Jean Claude Fernández, militante del MIR chileno, el primer acto del Plan Cóndor. En ambos hechos, en el de Prats y Claudet, hay un denominador común que es Enrique Arancibia Clavel, el agente de la DINA que era enlace entre la dictadura pinochetista y el Batallón 601.

¿Cuál es la responsabilidad del gobierno de Isabel Perón en los hechos narrados?

Es difícil determinar con exactitud cuál era su grado de responsabilidad. De hecho era un gobierno que hacía uso de ciertas formas primarias del terrorismo de Estado. Digo primarias, porque es constatable que en la instancia previa a un golpe militar o en la instancia previa a la represión militar es usual la profusión de grupos parapoliciales, como la Triple A o Comando Libertadores de América. En se sentido haciendo una analogía roquera, podemos decir que la Triple A fueron teloneros del terrorismo de estado.

Y hay relación concreta entre la Triple A y el Batallón 601

Había determinados cuadros del Batallón 601 que tenían relación o participación en la Triple A, pero la Triple A era una especie de copyright. Se juntaban 4 fachos, mataban a alguien, firmaba la Triple A y estaba permitido. Pero digamos que la Triple A tenía más bien una pata policial con Villar, Margaride, Almirón Sena y el comisario Morales. Había una pata militar y una pata de la ultraderecha peronista. La Triple A era una cosa bastante lumpen y los métodos eras distintos a los de los militares.

La llave del terror para la Triple A era secuestrar gente y acribillarlos de 100 balazos puesto que el resorte escénico del terror que querían inyectar estaban depositados en la exhibición de la víctima, en cambio la estética del terrorismo de Estado que vino después estaba situado en la desaparición de la víctima.

La figura del Oso Rainer juega un papel central en tu libro. Resulto una de las piezas fundamentales de Españadero

El Oso Rainer era un tipo que se movía en la zona sur del Gran Buenos Aires y merodeaba las Fuerzas Armadas Peronistas, pero mantenía también muchos contactos con la ultraderecha sindical. El tipo era un lumpen. En tres ellos el general Miguel Ángel Iñiguez, que era un conspirador de opereta. Cuando Rainer le cuenta a Iñiguez que su grupo de la disuelta FAP de 17 de Octubre va a ingresar al ERP, Iñiguez le dice que quizás no es mala idea que ingrese al ERP a condición que le permita presentarle una persona, Españadero quien lo reclutara en su escuadrón de soplones. Ahí Rainer se suma por dinero.
El Oso era un tipo harto limitado, pero entrenado en ver, oír y contar. En el ERP estaba destinado al área de logística como chofer y eso le permitía tener acceso a mucha información sobre lugares y escuchar conversaciones, que luego informaba a Españadero que lo utilizaba para orientar a los grupos de tareas del Batallón. A pesar de sus limitaciones el Oso Rainer fue funesto, a él se le atribuyen casi cien caídas de militantes del ERP.

Según narras, el ex presidente Eduardo Duhalde tuvo posibilidad de conocer el objetivo del ERP en el cuartel de Chingolo.

Efectivamente era así. En vísperas del ataque a Monte Chingolo, mientras el Oso llevaba en su camioneta armas de un lugar a otro, hacia escalas en un taller tomado por los milicos donde boicoteaban y saboteaban las armas. En esos lapsos el Oso tenía lo que podíamos llamar una hora libre, entonces visita a un puntero sindical ligado a Duhalde que era intendente de Lomas de Zamora, llamado Illescas. Ahí el Oso se va de boca y le cuenta el plan del ERP. Illescas se lo transmite a Duhalde y le dice: jefe, estuve con fulano y me contó esto. Duhalde le dice que le contara personalmente al Gobernador, entonces Illescas le pide que lo mencione a Calabró. Duhalde frente a Calabró en lugar de mencionar su fuente le dijo “un muchacho que anda en la joda me contó esto”, mandado al muere a Illescas. Entonces Calabró se lo comunica al coronel Valin y Duhalde le pide, “no se olvide de decirle que le di yo la información”.

En los últimos años sobre todo con la asunción de Cesar Milani hubo un intento de reconstrucción de la inteligencia militar para uso interno, como el Proyecto X. ¿Existen hilos de continuidad?

Mira hay muchos hilos de continuidad, uno por ejemplo es el personaje de Stiusso. Porque Stiusso es un tipo que entra en la SIDE a principios de la década del setenta bajo el manto protector del Coronel Martínez. Stiusso ahora es una especie de figura intocable de la inteligencia argentina. Es un ejemplo de la continuidad porque ninguna de las Fuerzas Armadas, de seguridad o de espionaje que intervino en la dictadura ha sido debidamente democratizada. La SIDE es el único organismo intacto, ninguna unidad de investigaciones estatal sobre terrorismo de Estado pudo obtener jamás un solo documento de la dictadura.
Por otro lado, Milani fue entrenado en el Batallón 601. Pero la inteligencia que se intentó montar es un experimento nuevo, un proyecto más amoldado a los requerimientos de las hipótesis de conflicto del presente que en cierto modo, desde luego, siempre se asemejan a las del pasado.

¿Consideras que existen aún los archivos de inteligencia que aporten nuevas revelaciones sobre el genocidio?

De la SIDE no sé si existen pero los que si existen son los del Batallón 601. Hace unos años salto el tema de los archivos y el capitán Héctor Vergez declaró a la prensa que los archivos los había comprado Carlos Menem por 250 mil dólares, pero todo indicaría que es un verso.

¿Que opinión te merece la política de derechos humanos del macrismo?

Es un retroceso en todo sentido. Desarticuló determinadas estructuras que tienen que ver con la política de Memoria, Verdad y Justicia. Freno de cuajo el avance de las causas sobre la complicidad civil con la dictadura. Es atemorizante la idea de restaurarles ciertas atribuciones que fueran imprescindibles para que en el pasado fueran una especie de partido militar. Incluso meterse con los desaparecidos. La concepción que tiene Macri del terrorismo de Estado es que no existió y hubo una guerra sucia. Para él y su clase social hubo un solo demonio.

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