De Alfonsín a Stolbizer


El fundador del socialismo argentino, Juan B. Justo, supo plantear a finales del siglo XX, como hipótesis que el desarrollo del movimiento obrero solo podía ser concebido mediante una continua línea de reformas sociales y democráticas que dieran ciudadanía a los trabajadores en la sociedad burguesa.

Para ello llamaba a organizar a la clase obrera en sindicatos y cooperativas que serían la carnadura del proyecto socialista, mientras se erguía como defensor del librecambismo en la economía. No se diferenciaba en ello del socialismo reformista que se imponía en Europa en oposición al marxismo revolucionario y que en 1914 votaría los créditos de guerra haciendo de la Segunda Internacional, un instrumento político del patrioterismo imperialista.

No es el objetivo de este articulo rastrear la suerte del socialismo reformista argentino, pero es necesario recordar que el mismo se transformo con el surgimiento del peronismo en un paraguas progresista de la UCR, el frente gorila antiperonista y de los gobiernos dictatoriales que se sucedieron desde 1955 en adelante – incluído el genocidio – bajo la dirección de (Norte) Américo Gioldhi (similar devenir tuvo el Partido Comunista Argentino, donde militaba Orestes Gioldhi, hermano del dirigente socialista). Y que ya desde entonces abandono todo intento de ser un reformismo obrero para transformarse en una fuerza anclada en el pequeño-burguesía.

Con la caída de la dictadura genocida y la restauración democrática de 1983, todo un sector de la intelectualidad que se paso de la apología de la guerrilla a la construcción de la teoría de los dos demonios y la profesión de fe democrática, surge la idea de superar definitivamente al peronismo con una UCR social democratizada que es lo que expresaba el alfonsinismo y su idea del tercer movimiento histórico.

“Con la democracia se come, se educa y se cura”, eran las módicas banderas que ofrecía el viejo partido gorila en su faceta progresista. Su impacto fue tal que influyo incluso dentro del peronismo que con la Renovación cafierista intento su propia social democratización y destaco un progresismo de origen peronista que va a ser protagonista del Frepaso en los ’90. El alfonsinismo hizo agua capitulando frente a los carapintadas y los grupos económicos.

En la década menemista el progresismo argentino expreso una oposición al llamado menemato que actuaba como agente directo del imperialismo en nuestro país, desde las banderas de la transparencia y honestidad administrativa, sin cuestionar la entrega nacional, la destrucción de los derechos laborales o la convertibilidad.

El progresismo argentino, encarnado en el Frepaso, paso a autotitularse centroizquierda y tuvo su hora de gloria luego de la capitulación del alfonsinismo con el Pacto de Olivos. Sin embargo esta centroizquierda progre nutrida de ex dirigentes peronistas y stalinistas reciclados, expreso entonces una oposición servil a los intereses del gran capital y el imperialismo.

Su suerte fue sellada porque que termino coronando a un radical conservador y neoliberal como Fernando De la Rúa, quien pagaba sobornos para lograr la flexibilización laboral y huyo en helicóptero de una rebelión popular provocada por el hambre del pueblo pobre y el saqueo de los ahorros de las clases medias, el 20 de diciembre del 2001.

Muchos de los dirigentes del viejo FrePaSo militan ahora en las filas del kirchnerismo quien atrajo a su seno a una gran parte de las fuerzas desperdigadas del centroizquierda. Hoy el centroizquierdismo kirchnerista fogonea a un menemista como Scioli como continuidad del “proyecto”. El centroizquierdismo de origen radical-socialista, con Elisa Carrió a la cabeza, siguió un curso de fracasos y acuerdos oportunistas que los condujo al curso actual donde se encuentran como fogoneros ideológicos del republicanismo de la nueva derecha argentina.

Margarita Stolbizer y su frente con Libres del Sur y el PS no es la excepción. Acompaño todos y cada uno de los zigzagueos del centro izquierdismo opositor al kirchnerismo y solo se alzó contra la derechización cuando vieron que los acuerdos con el PRO amenazaba con borrarlos para siempre del mapa político. Aún así no se salvaron. Stolbizer apenas estuvo por encima del FIT quien viene en ascenso como fuerza política y el Frente de Víctor De Gennaro y Patria Grande, que se proponían bloquear el crecimiento de la izquierda clasista, quedaron fuera de juego.

Stolbizer centro su campaña en la consigna “Igualdad y transparencia”, buscando recuperar parte del voto radical anti-PRO. Pero dicha campaña en poco se diferencia de los discursos ideológicos de Carrió y su republicanismo de la nueva derecha. Se alío con el PRO en varios distritos, su máximo punto de apoyo fue el socialismo de Santa Fe salpicado por sus estrechas relaciones con el narcotráfico y la policía de gatillo fácil, acepto el apoyo electoral de Martín Lousteau un hombre que es parte del frente Cambiemos, llamo a acordar con los fondos buitres y fue ajena a todo movimiento de protesta social de la clase obrera y el pueblo pobre. Su objetivo era llegar a una franja del radicalismo que como bien dice el periodista Pablo Stefanoni, es más mítico que real en la cultura política de las clases medias argentinas.

El centroizquierdismo argentino sello su suerte con una combinación de cobardía política y capitulaciones frente a la derecha. La incapacidad histórica del pensamiento progresista argentino se basa en esperar transformar a los viejos partidos de la burguesía argentina. De esta manera siempre termino al servicio de políticas reaccionarias.

La insurgencia obrera en el corazón de la industria


http://www.laizquierdadiario.com/ideasdeizquierda/la-insurgencia-obrera-en-el-corazon-de-la-industria/

A 40 AÑOS DEL RODRIGAZO: LAS COORDINADORAS INTERFABRILES DE JUNIO Y JULIO DE 1975

RUTH WERNER y FACUNDO AGUIRRE

Número 21, julio 2015.

Entre el 2 de junio y el 8 de julio de 1975 el país se vio conmovido por una creciente movilización obrera contra las medidas anunciadas por el ministro de Economía Celestino Rodrigo. Empujado por la crisis económica internacional y sus efectos en la arena local, el gobierno de Isabel Perón debió recurrir a un golpe contra el nivel de vida de los trabajadores y las clases medias ante la bancarrota económica. El Pacto Social1, con el que Perón había pretendido controlar al movimiento de masas, estaba quebrado. La decisión de no homologar los Convenios Colectivos de Trabajo2 y congelar los salarios, la liberalización de los precios del combustible y de los artículos de primera necesidad, la escalada inflacionaria inaudita y el ajuste en la planta del personal del Estado para endeudarse con el FMI, fueron el núcleo de lo que se conoció como “Rodrigazo”3.

La oposición obrera se expresará con toda su fuerza en las jornadas revolucionarias de junio y julio de 1975, el punto más alto en el enfrentamiento de la clase obrera argentina con su dirección histórica: el peronismo y su burocracia sindical. En ese período surgirá un doble poder, embrionario, en el terreno de la producción, expresado en las Coordinadoras Interfabriles de la Capital Federal y el Gran Buenos Aires.

El 3 de Julio de 1975

Desde los anuncios del Plan Rodrigo la oposición obrera crece del plano sindical al político. No hay provincia, ciudad o localidad del país que no estuviera conmovida por la enorme resistencia. En Gran Buenos Aires, Capital y La Plata se da el fenómeno más avanzado de autoorganización obrera que desafía a la burocracia peronista. El 27 de junio la CGT convoca a un paro. Ese paro, se convirtió –en gran medida por el rol de las Coordinadoras Interfabriles– en un paro general de 24 horas y una movilización de masas que elevó sus demandas al terreno político del enfrentamiento abierto al gobierno de Isabel. Pero será el 3 de julio de 1975 cuando las coordinadoras mostrarán su gran poder de movilización cercando la ciudad de Buenos Aires.

En la zona norte del Gran Buenos Aires, desde el mediodía las columnas obreras de Pacheco arriban a la Panamericana. Eran 10.000 obreros de Ford, Terrabusi, Alba, Editorial Abril, Matarazzo, Laboratorio Squibb, IBM, astilleros de San Fernando y Tigre y las principales metalúrgicas de la zona norte. La Prensa relata los hechos de la siguiente manera:

…volvieron a repetirse las movilizaciones con la modalidad de los días anteriores, asambleas (…), huelga de brazos caídos y abandono del lugar al promediar la tarde. Pero esta vez los trabajadores de diversas plantas metalúrgicas, textiles, alimentación, mosaístas y otros sectores se concentraron (…) en la ruta Panamericana frente a Fanacoa, con el propósito de marchar encolumnados hacia Plaza de Mayo (…) El objetivo de la movilización era solicitar la vigencia de la ley 14.250. (…) Los manifestantes coreaban (cantos) agresivos contra los ministros de Bienestar Social y Economía (…)4.

 

En General Paz, la manifestación será detenida por un cordón de carros hidrantes y tanquetas de la policía. Las columnas eran custodiadas por escuadras de militantes del ERP y Montoneros, aunque los obreros tenían sus propios métodos y grupos de autodefensa equipados con molotovs, caños y miguelitos. En la zona sur del Gran Buenos Aires:

…vehículos cuyos choferes responden a la comisión coordinadora interlíneas fueron utilizados para trasladar trabajadores de las fábricas de la zona sur (…) que habían hecho abandono de tareas. El operativo fue montado por las comisiones internas de esos establecimientos y tenía como objetivo llegar a Plaza de Mayo (…). En la zona sur, 5.000 manifestantes, con fuerte presencia de los choferes de colectivos agrupados en la UTA, se enfrentaron a la policía en Puente Pueyrredón5.

 

En la zona oeste del Gran Buenos Aires la movilización agrupó otros tantos trabajadores, centralmente metalúrgicos y estatales, que fueron impedidos a su vez de marchar sobre la Capital. En La Plata también se vivía un clima de tensión y los obreros movilizados por la coordinadora enfrentan a la dirigencia burocrática regional. Un delegado del Astillero Río Santiago de ese entonces relata: “la calle que desemboca al camino hacia La Plata se empezaba a llenar de compañeros. Más de 5.000 trabajadores del Astillero iniciaban una histórica marcha”6. Otro testigo recuerda que:

La llegada de las columnas a los límites de La Plata fue recibida con algarabía por importantes grupos de estudiantes secundarios y de trabajadores (…). Por el Centenario y el Gral. Belgrano llegaban Siap, Ofa, Indeco y Corchoflex; desde Berisso aparecían los trabajadores del Swift, por el otro acceso que une Ensenada con La Plata se movilizaban juntos los trabajadores de Petroquímica Mosconi y los obreros de la construcción (…). La Av. 44 era atravesada por los obreros de Kaiser Aluminio y los textiles de Petroquímica Sudamericana; a todos ellos se le sumaron trabajadores de los talleres aledaños, judiciales, de sanidad y municipales (…). A la una y media de la tarde diez mil obreros manifestaban frente a la sede de la UOCRA (sede provisoria de la CGT regional) (…). Rubén Diéguez de la UOM salió al balcón para atribuirse la paternidad de los “triunfos” paritarios. Los de Propulsora (…) lo chiflaron. Uno de los representantes de esta fábrica propone: “Si estamos todos de acuerdo en la vigencia de la ley 14.250, entonces le pedimos que salgan de atrás de estas rejas para que podamos formar una comisión única de lucha” (…). Un miembro del Secretariado de la CGT afirma que estudiarán la propuesta. Mientras esperan (…) la policía provincial (…) comienza a tirar gases a los manifestantes (…). Cientos de grupos se enfrentaron con la policía, dieron vuelta coches, quemaron gomas. Había comandos del ERP y Montoneros; había muchos que, sin ser guerrilleros, habían llevado “el 22”. Desde un edificio en construcción al lado de la UOCRA, varios tiradores hostigaban a la policía. La lucha en las calles duró hasta las 6 de la tarde (…). Ese día, (…) se lo recuerda en La Plata como uno de los hitos más importante de la historia del movimiento obrero7.

La acción coordinada de la policía y el rol de la burocracia sindical impide que ese 3 de julio una enorme manifestación obrera arribase a la Capital. Sin embargo no podrán evitar que la fuerza de la movilización de las bases avance por otra vía. La burocracia acorralada deberá convocar a la huelga general contra el Rodrigazo.

 

El fantasma de un 17 de octubre proletario contra el gobierno peronista

El peronismo tiene como fecha inaugural el 17 de octubre de 1945, una huelga general política organizada por algunos sindicatos de base que superaron a los dirigentes burocráticos. El proletariado va a irrumpir en Plaza de Mayo apoyando, paradójicamente, el liderazgo de un coronel nacionalista burgués. Treinta años después, los hechos que describimos muestran que el fantasma del 17 de octubre hacía su aparición, pero esta vez, contra el peronismo en el poder. El 3 de julio de 1975, el desafío del cruce a la Capital, tenía un blanco: Isabel Perón y sus odiados ministros, Celestino Rodrigo y José López Rega, el jefe de las Tres A. Había que frenarlo y lo lograron. Pero la astucia de la historia dará toda su vigencia a esa famosa frase pronunciada por el mismo Perón en 1946: “el pueblo marchará con los dirigentes a la cabeza o con la cabeza de sus dirigentes”. El 4 de julio la dirección de la CGT y las 62 Organizaciones peronistas debieron ceder y para evitar ser desbordados convocarán a un paro nacional por 48 horas para los días 7 y 8 de julio. Se iba a producir la primera huelga general política contra un gobierno peronista.

Venus de las olas

La huelga política estaba decretada en las fábricas y en las calles, mucho antes que en las oficinas de los dirigentes. Rosa Luxemburgo escribió que: “del huracán y la tormenta, del fuego y la hoguera de la huelga de masas y de la lucha callejera surgen, como Venus de las olas, sindicatos frescos, jóvenes, poderosos, vigorosos”8. Las comisiones internas, los cuerpos de delegados, las coordinadoras interfabriles fueron la “Venus de las olas” que organizaban el ascenso obrero, en la tormenta social de las Jornadas de junio y julio de 1975. En ellas estaba lo más combativo de la vanguardia obrera que tenía su base en las comisiones internas y cuerpos de delegados de fábricas y establecimientos que se contaban entre los más importantes del país.

Las coordinadoras aglutinaron a una importante fracción de los trabajadores industriales y de los servicios, cerca de 130.000 teniendo en cuenta su representación fabril, y disputaron en el territorio de la fábrica el poder a los capitalistas. Divididas territorialmente agrupaban a 129 comisiones internas y cuerpos de delegados de las principales empresas de la industria, en las zonas Norte, Sur, Oeste, La Matanza del Gran Buenos Aires, La Plata-Berisso-Ensenada y Capital, sin contar su peso relevante en la región de San Lorenzo y Córdoba. Su influencia se extiende aún más si se tiene en cuenta la presencia de delegaciones en los dos plenarios nacionales realizados.

Estas organizaciones eran una novedad en el conurbano bonaerense, centro político y estratégico de la gran industria. Participaban fábricas emblemáticas por su peso en la producción y de tradición combativa. La Ford, Astilleros Astarsa, la autopartista Del Carlo o la cerámica Lozadur en la zona norte. En la coordinadora de la zona oeste, el corazón estaba en la metalurgia destacándose fábricas como Indiel, Santa Rosa, Man, además de la papelera Mancuso y Rossi o la automotriz Mercedes Benz. En la zona sur del gran Buenos Aires tenían peso metalúrgicas como Saiar, empresas del vidrio como Rigolleau y Cattorini y las líneas de colectivos. En Capital los subtes tenían su propia coordinadora, once comisiones internas de los bancarios participaban de los plenarios nacionales; entre las fábricas más importantes destacaban las de la alimentación como Noel y Águila. En La Plata-Berisso y Ensenada participaban gigantes como Hilandería Olmos, Propulsora Siderúrgica, Swift y Astilleros Río Santiago. En Córdoba la coordinadora tomó el nombre de Mesa de Gremios en lucha, tenía mayor peso de los sindicatos combativos y se destacaba el cuerpo de delegados de Luz y Fuerza, Perkins, el Smata Córdoba y el sindicato de periodistas.

En las comisiones internas y cuerpos de delegados ocupaban sus posiciones las corrientes de izquierda armada y política, peronistas y socialistas. Sin embargo, era preponderante la presencia de la Juventud Trabajadora Peronista, brazo sindical de Montoneros y tenía mucha influencia el PRT-ERP, aunque otras corrientes de izquierda como el PST, OCPO, Vanguardia Comunista y Política Obrera –entre otras– participaban del movimiento.

Las jornadas de junio y julio y el golpe

Isabel logró impedir que el 3 de julio se convirtiera en un 17 de octubre contra su propio gobierno. Sin embargo, no pudo evitar que la imponente huelga política del 7 y 8 de julio la obligara a dar marchar atrás, satisfacer algunas de las exigencias económicas de la clase trabajadora y sobre todo expulsar al odiado Ministro de Bienestar Social, José López Rega.

El movimiento huelguístico de junio y julio había surgido de lo profundo del movimiento obrero y había sobrepasado la voluntad de sus dirigentes. Las movilizaciones del 3 de julio prepararon la huelga política, un acontecimiento histórico que abrió una crisis revolucionaria y planteó seriamente quién era el dueño del poder. Pero aunque las coordinadoras impusieron la huelga, no fueron quienes la dirigieron. Representaban a la fracción más avanzada de los trabajadores pero la burocracia peronista mantenía su ascendencia sobre la mayoría. La conducción quedó en manos de la CGT que actuó como bloque de contención de la clase obrera. Ni bien terminó la huelga Lorenzo Miguel se apresuró a socorrer al gobierno de Isabel.

Sin embargo, las jornadas de junio y julio de 1975 habían prendido la alarma en la burguesía argentina. Era patente la incapacidad del peronismo para cumplir su rol de contención de la clase trabajadora en un momento donde la crisis capitalista exigía respuestas urgentes para salvar a la clase dominante. El fracaso del peronismo para ejercer esta misión, de un lado, y la incapacidad de la vanguardia obrera para asumir la dirección del movimiento y llevarlo hasta las últimas consecuencias, el derrocamiento revolucionario de Isabel, del otro, dejó al gobierno “en el aire”, y terminó de decidir a la burguesía por la salida de fuerza.

En el caso de las coordinadoras, la inmadurez se debió a un problema de dirección. Ninguna de las corrientes que actuaron en su seno, ni la JTP, ni el PRT-ERP ni el PST (por nombrar las más importantes), tenían una política para desarrollarlas como organismos de doble poder. Ninguna atinó a plantear la caída revolucionaria del gobierno. La orientación de la JTP, brazo sindical de Montoneros, fue un gran impedimento para que las coordinadoras desplegaran todo su potencial. La JTP reivindicaba la continuidad –y el papel revolucionario– del nacionalismo burgués. Montoneros se adaptó a los lineamientos de la burocracia de la CGT, centralmente, al carácter corporativo de los reclamos. El PRT no acertó a levantar una política específica. Durante la huelga, su máximo dirigente, Mario Roberto Santucho, se encontraba en la compañía de Monte en Tucumán y carecieron de orientación ante la crisis revolucionaria9. El PST no tuvo en este período una estrategia de independencia obrera ya que fue parte del Grupo de los 8, cediendo a una línea “democratizante”. Como salida a la crisis de junio y julio levantaron la consigna de vicepresidente obrero, en un claro guiño a que el cargo sea ocupado por un senador de extracción sindical, proveniente de la UOM10.

La burocracia sindical y el peronismo tienen la responsabilidad histórica, en tanto dirección de masas, de la derrota de los trabajadores a manos de la Junta Militar. El peronismo que gobernó el país en los ‘70 fue primero “partido de la contención” y de desvío del proceso revolucionario abierto con el Cordobazo entre 1969 y 1973; posteriormente, “partido del orden” y de las Tres A contra la vanguardia militante obrera, juvenil y popular; y luego “partido del ajuste” con el Plan Rodrigo. Luego de las jornadas revolucionarias de 1975, la burocracia sindical peronista sostuvo a un gobierno quebrado, criminal y antiobrero condenando al movimiento obrero al fracaso. Los partidos “democráticos” como la UCR, que en palabras de su dirigente Ricardo Balbín llamaban a la represión contra la “guerrilla fabril” fueron a golpear la puerta de los cuarteles.

La clase obrera argentina pagó con su sangre la falta de independencia política y la ausencia de una dirección que actuara con una estrategia revolucionaria. El 24 de marzo, 200 fábricas pararon contra el golpe. Eran las comisiones internas y cuerpos de delegados de las coordinadoras y otras fábricas combativas del país realizando su último gesto heroico contra la avanzada golpista.

1. El 8/6/1973 el gobierno de Héctor Cámpora, la Confederación General del Trabajo y la Confederación General Económica firman el Pacto Social. Sus medidas apuntaban a contener la inflación y aumentar la “productividad” de las empresas. Establecía el congelamiento general de precios y salarios, suspendía las negociaciones colectivas de trabajo durante dos años y se prohibían las medidas de fuerza por reclamos salariales. Ver nota de A. Schneider en IdZ 19.

2. Ley 14250: conocida como la ley de “paritarias”, regula los acuerdos de empleadores y trabajadores en las Convenciones Colectivas de Trabajo.

3. Las medidas económicas anunciadas el 4/6/75 por el Ministro Celestino Rodrigo trascenderán bajo la denominación de “Rodrigazo” (término usado por el diputado Juan Carlos Cárdenas del Partido Federalista Popular).

4. Clarín, 4/7/1975.

5. Ídem.

6. Testimonio de José Chacón (enero, 2005). Chacón fue delegado del ARS entre 1970/75, militante de la izquierda peronista, miembro de la Coordinadora de La Plata, Berisso y Ensenada, preso durante varios años bajo la dictadura (publicado en Werner, Ruth y Aguirre Facundo, Insurgencia Obrera en la Argentina, Bs. As., IPS, 2009).

7. Montes, José (coordinador), Astillero Río Santiago, su historia y su lucha, Bs. As., Ediciones La Verdad Obrera, 1999, pp. 30-2.

8. Luxemburgo, Rosa, Huelga de masas, partido y sindicato, Bogotá, Ediciones Pluma, 1976, p. 210.

9. Luis Mattini, miembro de la Dirección nacional del PRT-ERP, que en 1975 formaba parte del Comité de lucha de la Ford, reconoce que no supieron “ver o mejor dicho prever, que habría necesidad de una respuesta política coyuntural que fuera ‘algo más’ que el ‘poder dual’ y ‘algo menos’ que la ‘toma del poder’”. Mattini, Luis, Hombres y Mujeres del PRT-ERP/De Tucumán a La Tablada, 4ª edición, La Plata, Editorial De la Campana, p. 409.

10. El Grupo de los 8 surge en 1974. Lo integraban partidos con los que Perón, siendo presidente, mantenía un diálogo directo, UCR, PC, PI, PRC, PSP, UDELPA y el propio PST. En 1975 se sumará el Peronismo Auténtico. En ambas ocasiones se va a pronunciar contra la represión estatal y paraestatal y contra “toda forma de violencia política” y por la defensa del “orden institucional”.

La muerte de Mario Santucho


http://laizquierdadiario.com/La-muerte-de-Mario-Santucho

El 19 de julio de 1976 un Grupo de Tareas del Ejército argentino, encabezado por el capitán Juan Carlos Leonetti, irrumpía en el departamento de la calle Venezuela 3149, de Villa Martelli, donde caerá asesinado el líder del Ejército Revolucionario del Pueblo, Mario Roberto Santucho.

El Grupo de Leonetti había sido designado por el jefe de la inteligencia militar General Carlos Alberto Martínez con la tarea exclusiva de capturar a la dirección del PRT-ERP.

Sin embargo, la mayoría de los testimonios tienden a pensar que Leonetti llegó al domicilio del jefe del ERP siguiendo la pista del recibo de alquiler de un nebulizador donde figuraba la dirección del departamento, encontrado entre las ropas de Domingo Menna, miembro de la dirección del grupo guerrillero, secuestrado mientras esperaba a un representante de la dirección de Montoneros.

A partir de los datos obtenidos, el Grupo de Tareas llegó al domicilio de la calle Venezuela 3149, en Villa Martelli, donde luego de un intercambio de disparos caerán muertos, el propio Leonetti, Santucho y Benito Urteaga, mientras que los militares secuestraran a Liliana Delfino, compañera de Santucho, el hijo de dos años de Urteaga y la compañera de Menna, Ana María Lanzillotto embarazada de seis meses.

Los cuerpos de Santucho, Urteaga, Lanzillotto, Menna y Delfino jamás fueron encontrados y según testimonios de algunos militares que actuaron en Campo de Mayo, el cuerpo de Santucho fue exhibido como trofeo de guerra por los jefes militares.

El vil asesinato de Santucho y Urteaga fue la estocada final para la ya diezmada y en retirada organización del PRT-ERP cuya derrota política-militar había ocurrido en el Operativo Independencia en Tucumán, verdadera avanzada del genocidio, y en el desastroso intento de copamiento del Batallón de Arsenales 601 General Domingo Viejobueno del Ejército Argentino, donde cayeron 62 combatientes guerrilleros, la flor y nata del PRT-ERP.

Santucho sera el máximo referente de una tendencia política radicalizada que surgirá bajo el impacto directo de la revolución cubana y la guerra de guerrillas predicaba por Ernesto Che Guevara, quién planteaba hacer de toda la cordillera de los Andes, la nueva Sierra Maestra. El PRT- El Combatiente surgirá en 1968 de la escisión del PRT unificado que conformaron en 1965 el Frente Revolucionario Indoamericano Popular de los hermanos Santucho y del grupo trotskista Palabra Obrera dirigido por el legendario Nahuel Moreno, quien intentaba influir, sin mucha delimitación programática y estratégica, en el surgimiento de la vanguardia castrista en la Argentina.

Los partidarios de Moreno plantearan la idea de construir un partido revolucionario íntimamente ligado a la lucha y organización de la clase obrera industrial de las grandes concentraciones como vía de la revolución argentina. El sector de Santucho se propuso hacer un Ejército revolucionario que siguiendo los lineamientos generales de Ernesto Che Guevara enfrentara a las FF.AA. de la burguesía, a quien consideraban una fuerza militar de ocupación, postulando en sus comienzos que la vanguardia de la revolución era el proletariado rural del norte argentino.

Ocho días antes del Cordobazo, recordemos una fantástica acción insurreccional obrera y popular, el PRT- El Combatiente, aconsejaba llevar adelante acciones masivas solo donde “hubiera fuerza militar” para enfrentar la represión y proponía realizar “escaramuzas” para debilitar al régimen (El Combatiente, 21 de mayo 1969).

El Ejercito Revolucionario del Pueblo se fundara definitivamente en 1970, un año después del Cordobazo con el objetivo de constituir una guerrilla que llevé a cabo “la guerra popular como estrategia para la toma del poder” – poder burgués, poder revolucionario- entendiendo la misma no como la extensión de la insurrección mediante la auotorganización y armamento obrero y popular, sino como la constitución de una fuerza guerrillera que separe a los combatientes de la lucha de clases real y lleve adelante una lucha militar de aparatos contra las FF. AA. de la burguesía.

El ERP era concebido como una fuerza antiimperialista de carácter amplio que tenía por objetivo la liberación nacional. Complementariamente el PRT planteara la necesidad de un Frente de Liberación Nacional con las fuerzas progresistas del peronismo, el radicalismo y la izquierda reformista se hiciera cargo del poder.

Santucho en persona será protagonista de la mítica fuga del penal de Rawson de agosto de 1972, juntó a Enrique Gorriaran Merlo, Marcos Osatinsky y Fernando Vaca Narvaja, entre otros. Los sobrevivientes serán fusilados por la marina en la base naval de Trelew, sentando el precedente de lo que sucederá poco tiempo después. Herida de muerte por la movilización popular, la dictadura de la Revolución Argentina buscara concretar el Gran Acuerdo Nacional ideado por el General Alejandro Agustín Lanusse.

El resultado fue el fin de la proscripción del peronismo y el retorno de Perón con la finalidad de desviar el proceso revolucionario argentino. El PRT-ERP se abstuvo de dar una batalla político electoral por la independencia política de la clase trabajadora en las elecciones de 1973, contra la trampa del peronismo, llegando a tener incluso una fracción pro peronista, ERP-22 que llamó abiertamente a votar a la formula Campora-Solano Lima.

Luego de la asunción de Hector Campora y más tarde de Perón, quienes contaban con amplio respaldo entre las masas populares, el PRT-ERP en lugar de volcar su esfuerzo a luchar contra el Pacto Social y permitir que la clase obrera y el pueblo pobre pudieran romper con sus ilusiones y enfrentar al peronismo, el PRT-ERP siguió llevando a cabo su guerra de bolsillo contra los militares.

De esta forma brindó la excusa, con el copamiento del cuartel de Azul a principios de 1974, al recrudecimiento del Código Penal, impulsado por el propio Perón que aprovecho para echar a la Tendencia de su bloque de diputados por Televisión y para dar vía libre al accionar de las bandas terroristas de la Triple A.

Si bien el PRT-ERP logró gran inserción en fábricas, barrios y universidades, el eje de su accionar será la lucha guerrillera contra las FF.AA. por fuera de las necesidades de organización de los trabajadores, la lucha por influir en su conciencia y la autodefensa de la vanguardia obrera contra las bandas fascistas de la derecha peronista. Santucho consideraba que la consigna de milicias obreras para enfrentar a los fascistas una política espontaneísta que debía estar subordinada a la construcción del ejército guerrillero (Poder burgués, poder revolucionario).

Todo el esfuerzo del PRT-ERP y Santucho durante el periodo del gobierno peronista estuvo concentrado en organizar la Compañía del Monte Ramón Rosa Jiménez, en Tucumán, donde quería establecer una zona liberada que a imitación del Vietcong provocara la intervención militar imperialista y un consiguiente levantamiento nacional contra el enemigo. La respuesta de Isabel Perón fue la implementación del Operativo Independencia que llevo adelante un brutal plan de exterminio de la guerrilla y los militantes obreros y populares tucumanos, cuyo símbolo más tenebroso fue la Escuelita de Famaillá.

Frente a la prueba de la lucha de clases, el PRT-ERP siempre aposto al acuerdo con la izquierda peronista y el reformismo. Cercanos a Agustín Tosco, dirigente de Luz y Fuerza de Córdoba, fueron parte del sector que se negó a impulsar una Coordinadora Nacional para enfrentar el Pacto Social en el legendario plenario nacional del sindicalismo combativo y clasista convocado por la UOM Villa Constitución, en marzo de 1974. Frente al segundo Villazo, en marzo de 1975, cuando las bandas fascistas y la represión habían tomado de rehenes a los dirigentes de la UOM y sembraban terror en la población obrera de Villa Constitución, el PRT-ERP apostó todo a la carta militar ajusticiando al jefe de la policía rosarina Telemaco Ojeda por fuera de toda consulta con los dirigentes de la huelga y las asambleas obreras.

Pero el punto más alto del divorcio entre la estrategia y política del PRT-ERP y la lucha de clases real se produce en las huelgas generales de Junio y Julio de 1975, primer huelga general contra el peronismo en la historia, que dieron lugar a las Coordinadoras Interfabriles, derrotaron al plan Rodrigo y echaron a López Rega del gobierno.

En dicha ocasión el PRT-ERP careció de política propia y Santucho fue completamente ajeno a esta gran acción del movimiento de masas, al punto tal que estuvo durante todo ese tiempo de crisis y convulsión de la base obrera con el peronismo en el monte tucumano. A su regreso, cuando el gobierno de Isabel aún pendía de un hilo, se celebro la reunión del Comité Central, Vietnam liberado, que votó como resolución proponer un frente democrático a los Montoneros, que impulsaban la reconstrucción del FREJULI con el Partido Autentico y el Partido Comunista que predicaba una gabinete cívico-militar con Isabel.

La muerte de Santucho y la desaparición de sus restos, confesada por el mismisimo Jorge Videla, habla de la saña del genocidio como plan de exterminio de todo un grupo nacional, una masacre perpetrada contra la militancia obrera, juvenil y popular con el objetivo de recomponer el orden burgués y reconstruir sobre las bases dictadas por el imperialismo al capitalismo semicolonial criollo. Pero también ofrece la oportunidad de extraer lecciones de las generaciones que han combatido y de sus batallas.



PRT: Partido Revolucionario de los Trabajadores

ERP: Ejército Revolucionario del Pueblo

Un fantasma recorre Europa (Juan Forn)


Un caballo cruza a todo galope la frontera entre Rusia y Mongolia. A pesar de los veinte grados bajo cero, el jinete va con el torso desnudo, salvo por una túnica amarilla hecha jirones y un puñado de talismanes que cuelgan de su cuello. Su única posibilidad de salvación es extenuar a sus perseguidores y perderse en la estepa, porque tanto el Ejército Rojo como el Ejército Chino han puesto precio a su cabeza. El año es 1921. El nombre del fugitivo es Roman Nikolai von Ungern-Sternberg. Es austríaco de nacimiento y ruso por educación, pero en la estepa mongola se lo conoce como Mahakala, Señor de la Ira. Budista, sádico, antropófago, antisemita y antibolchevique furioso, Ungern-Sternberg parece un villano de historieta (Hugo Pratt le dedicó un episodio fulminante en Corto Maltés en Siberia), pero existió en la vida real y fue una desgracia para todos los que tuvieron la mala suerte de cruzárselo.

De no haberse producido la Guerra Ruso-Japonesa, Ungern-Sternberg habría ido a parar a un manicomio, donde su delirio místico y su sed de sangre hubiesen permanecido confinados a las cuatro paredes de su celda. Pero su familia era de la aristocracia del Volga y durante generaciones había servido en los ejércitos del zar así que, para sacárselo de encima, lo enviaron pupilo a sucesivos internados hasta que logró graduarse (último de su camada, y algunos dicen que amenazando con un cuchillo a su tutor) en el Liceo Pavel de Petersburgo a comienzos de 1904, cuando el ejército zarista necesitaba desesperadamente oficiales para la guerra contra Japón.

En los sangrientos campos de batalla siberianos encontró Ungern-Sternberg su lugar en el mundo. Se destacó muy pronto por su demente temeridad (pensar era sinónimo de cobardía, para él) aunque nadie se atrevía a poner tropas a su cargo, por su incapacidad para respetar la cadena de mandos. El general Wrangel dice en sus memorias que, para no ascenderlo (“No es un soldado profesional, es una máquina de matar, sólo útil en la guerra”), optó por estacionarlo en una remota guarnición de Siberia hasta que volvieron a necesitarlo en 1914, cuando estalló la Primera Guerra. Para entonces, Ungern-Sternberg se había fascinado con el coraje y el salvajismo de los buriatos, nómades mongoles en quienes confiaba más que en sus soldados rusos. Se casó con una princesa tártara, aprendió a hablar la lengua, estudió las tácticas de guerra de Genghis Khan y se hizo budista, vertiente buriata, porque una leyenda decía que un Iván llegado del Norte llegaría a sangre y fuego a salvar a buriatos y mongoles de sus dominadores chinos. Ungern-Sternberg se enteró del triunfo de la Revolución de Octubre en el extremo oriente siberiano y, junto con su superior inmediato en la región, el coronel Grigori Semenov (tan antisemita y antibolchevique como él), ofreció sus tropas al Ejército Blanco, pero su fidelidad hacia el uno y el otro duraría muy poco.

Con la sola ayuda de su regimiento de salvajes, Ungern-Sternberg decidió emprender desde Siberia la conquista de la Unión Soviética y de China, con el propósito de erigir un nuevo imperio tártaro. Su única victoria militar fue la toma de Urka (hoy Ulan Bator, capital de Mongolia) cuando sus seiscientos hombres pasaron a degüello a los cinco mil soldados chinos armados de ametralladoras que defendían la ciudad. Durante el sitio previo envió a la ciudad chamanes que predecían la llegada de un dios blanco inmune a las balas, que podía aparecer y desaparecer a voluntad.

En los meses siguientes se erigió en figura suprema de la región a través del terror. Arrasó primero con todos los judíos rusos que se habían establecido en la frontera con Mongolia huyendo de los pogroms, y prosiguió su cacería con bolcheviques, soldados blancos, lamas y cualquier otra presencia humana que se le pusiera en el camino. En su regimiento había adivinos y brujos, en quienes confiaba más que en sus lugartenientes militares. La mitad de sus hombres estaban siempre al borde de la deserción. Aliados y enemigos temían por igual su sadismo y sus dementes decisiones. Su actividad favorita era comprobar cuánto duraba vivo un hombre que había sido despellejado. Sus campamentos dejaban pilas de cadáveres putrefactos. Mantenía a su tropa con raciones industriales de hachís y vodka, que bebían usando como copas los cráneos de sus víctimas.

Luego de que soviéticos y chinos pusieran precio a su cabeza, Ungern-Sternberg fue traicionado por sus propias huestes. Hay quien sostiene que su locura fue inducida por envenenamiento progresivo. Hay quien sostiene que era él quien iba envenenando a sus lugartenientes con pócimas que producían pérdida de memoria (uno de sus oficiales, el príncipe Malinovski, logró huir parcialmente paralizado y terminó suicidándose en un hospital de Niza, enloquecido por sus pesadillas). Lo cierto es que ni siquiera sus fieles buriatos querían seguirlo en el proyecto suicida de llegar hasta el Tíbet para destronar al Gran Lama e iniciar desde allí la conquista del mundo. Cuando Ungern-Sternberg olió en el aire la traición que se avecinaba, logró huir hacia la estepa en su caballo, pero fue perseguido durante dos días con sus noches por los bolcheviques y un puñado de jinetes buriatos que habían formado parte de su tropa hasta que él los echó.

Fueron ellos quienes al fin lograron atraparlo. Aun desarmado y de a pie, Ungern-Sternberg mató a seis de ellos antes de que lo redujeran. Los bolcheviques supieron mantenerse a distancia hasta que Ungern-Sternberg estuvo encadenado y procedieron entonces a matar a los jinetes buriatos y trasladar a su prisionero hasta Novosibirsk. En el trayecto lo exhibieron, encadenado y semidesnudo en una jaula, en cada pueblo por donde pasaba el tren. Su aspecto era tan aterrador que ni los más curiosos se atrevían a mirarlo a los ojos. Sentenciado a muerte luego de un juicio sumario en Novosibirsk, Ungern-Sternberg enfrentó al pelotón de fusilamiento. Como su cabeza era muy pequeña, se ordenó a los soldados que le apuntaran al pecho. Varios disparos dieron contra los medallones que colgaban de su cuello y el rebote de la metralla mató a dos miembros del pelotón. Ungern-Sternberg tuvo tiempo de soltar una carcajada final antes de morir.

Cuando en Mongolia se supo de su muerte, los sacerdotes ordenaron ayuno y plegarias a todos sus fieles para que el espíritu de Mahakala no volviera nunca a la tierra. En Austria y Alemania, en cambio, según una carta que escribe desde allá Christopher Isherwood en 1921, “todos leen con fascinación Bestias, hombres y dioses, un libro que cuenta las correrías de un austríaco de nombre Ungern-Sternberg, que pregona el espíritu tártaro de todos los eslavos y germanos y su unión contra judíos y bolcheviques”. Uno de los tantos lectores austríacos de Bestias, hombres y dioses en aquel 1921 fue un cabo retirado y por entonces orador nacionalista en alza llamado Adolf Hitler, según lo demuestra el ejemplar profusamente subrayado del libro hallado en el bunker del Führer después del derrumbe del Reich. Así lo detalla Timothy Ryback en su ensayo La biblioteca privada de Hitler y los libros que moldearon su vida.

La Cruz comunista y el Papa populista


Muchos se preguntan como un Papa como Jorge Bergoglio, hombre de la derecha peronista y colaborador de los genocidas, puede ser quien conduzca un giro de la política vaticana hacia el acompañamiento de gobiernos populistas o progresistas de América Latina, hacia el apoyo diplomático a los Castro para abrir las negociaciones con EEUU o incluso pueda abandonar su anticomunismo visceral para recibir como regalo una cruz comunista.

La respuesta radica en el retroceso social de la Iglesia y la necesidad de recuperar terreno perdido sobre todo en América Latina apoyándose como siempre en aparatos de estado quienes a su vez están dispuestos a dar cabida al líder de los católicos a cambio de la “legitimidad” de contar con el apoyo papal. Si los gobiernos progresistas y populistas aparecieron en su momento como el desvió de una situación de rebeliones populares contra el neoliberalismo, la asistencia del Papa les promete una fuerza de contención extra e históricamente efectiva frente las amenazas de quiebre en el tejido social. El máximo ejemplo de esta orientación es el papel de Francisco como mediador entre Cuba y la Casa Blanca, como doble agente de los intereses de la restauración del capital y de contención a cualquier oposición social a la orientación castrista.

En este contexto, la cruz comunista que Evo Morales obsequio a Francisco, tallada por el sacerdote jesuita español Luis Espinal Camps, que fue asesinado por paramilitares en La Paz en 1980, muestra más una capitulación de los gobiernos populistas y progresistas que un abandono del antiocomunismo visceral que profesan Bergoglio y las jerarquías católicas. Mientras estos últimos pueden utilizar la ofrenda como una cubierta para su utilización conservadora y reaccionaria de algunos postulados del catolicismo progresista; para los gobiernos como el de Evo, expresa su capitulación a ser una fuerza laica y democratizadora en defensa del interés popular, para ser correa de transmisión de los intereses de la Iglesia Católica y de los particulares que siempre han estado al servicio de capitalistas y terratenientes. Es un abandono de la izquierda embarcada en administrar el estado burgués del ateísmo como condición del pensamiento libre y la renuncia a denunciar los crímenes del cristanismo y el oscurantismo religioso. Amén que un regalo del “cielo” para un Papa que fue colaborador del mayor genocidio de la historia argentina. Ciertamente Bergoglio pidió perdón por los abusos católicos contra los pueblos originarios de hace 500 años en el marco de un Estado pluricultural y un gobierno que se reivindica como burgués indigenista. Es como si se hubieran estrechado la mano los descendientes de Tupac Amaru y Torquemada.

A cuarenta años de la huelga general contra Isabel Perón y López Rega


El 7 y 8 de julio de 1975 Argentina se ve conmovida por la primer huelga general contra un gobierno peronista. A cuarenta años de la huelga general contra Isabel Perón y López Rega.

El 4 de junio de 1975 el ministro de Economía de Isabel Perón, Celestino Rodrigo, anuncia las medidas que trascenderían bajo el célebre apodo de “Rodrigazo”. En un contexto de crisis mundial que desató un escenario catastrófico en Argentina, Isabel pretendía ganar apoyo burgués e imperialista lanzando un brutal ataque contra los trabajadores. El “Pacto Social” con el que el gobierno de Juan Domingo Perón buscó contener el ascenso obrero y popular parido con el Cordobazo, estaba quebrado. El “Rodrigazo” incluía una devaluación del peso que oscilaba entre el 80 y el 160% y un aumento sideral de precios que en algunos casos llega al 180% como en las naftas. El ánimo obrero terminará por exacerbarse ante el congelamiento de paritarias y el establecimiento de topes salariales.

La respuesta al “Rodrigazo” corrió por cuenta del activismo y de la base obrera que le fue imponiendo a la burocracia y a los sindicatos una huelga general histórica. Los combativos trabajadores de la IKA Renault de Córdoba inician la oposición obrera con un abandono de tareas. El ejemplo se extiende en todo el país y los paros se multiplican. La insurgencia obrera se dirige desde las fábricas a los sindicatos y del plano sindical al político. En Gran Buenos Aires y Capital se dan cita los fenómenos más avanzados. El enfrentamiento con los dirigentes burocráticos de los gremios y de la CGT cobra presión.

La burocracia sindical –encabezada por Lorenzo Miguel de la UOM- se ve obligada a cambiar su actitud y a exigir a Isabel la homologación de los convenios. Para ello convoca el 27 de junio a una jornada contra el plan Rodrigo, en apoyo a la Presidenta y por la rápida homologación. Sin embargo, por presión de la base esta medida se convierte en un virtual paro general y más de 100.000 personas acuden a Plaza de Mayo para exigir la renuncia de Rodrigo y López Rega.

La huelga general política

El 28 de junio Isabel anuncia su negativa a homologar los convenios. La burocracia sindical quedará enfrentada al gobierno, aunque busca no crispar el enfrentamiento. Pero las movilizaciones obreras espontáneas se extienden en todo el país. Sin que nadie la haya convocado la huelga general es un hecho. La mayoría de las movilizaciones, asambleas y paros son impulsados en el Gran Buenos Aires, en la zona de La Plata y en la Capital por nuevas organizaciones donde anida la democracia de base, las coordinadoras interfabriles. En el interior, no son pocos los casos donde se sobrepasa a la burocracia. En Rosario se ocupa la CGT Regional y lo mismo sucede en Santa Fe. Las fábricas de Rosario y Córdoba están prácticamente paralizadas. Al edificio histórico de la CGT nacional en Azopardo llegan manifestaciones obreras con la consigna “14.250 o paro nacional”. En todo el país se grita contra Isabel y López Rega, el ministro fascista impulsor de las Tres A, exigiendo sus renuncias. El 3 de julio las coordinadoras interfabriles mostrarán su gran poder de movilización cercando la ciudad de Buenos Aires. En la zona norte la policía impide el acceso de decenas de miles de obreros que buscan cruzar a la capital para manifestar en Plaza de Mayo. Lo mismo sucede en la zona sur. En La Plata una gigantesca manifestación se dirige hacia la sede central de la CGT donde se producirán enfrentamientos violentos con la burocracia y la policía.

Jaqueada por el desafío del gobierno y la movilización de las bases, la CGT se ve obligada a convocar a un paro de 48 horas para el 7 y 8 de julio. La primera huelga general contra un gobierno peronista. El paro es completo y antes que finalice, el gobierno cede y otorga la homologación de los convenios. Así lo sintetiza un protagonista: “en mi vida vi una cosa así. Las radios no tenían programa, cada tanto un locutor que decía: la sociedad argentina de locutores se adhiere a la huelga general. No había nada. No te enterabas de nada. Sabías que había huelga nada más”.[1]

Un doble poder fabril

Durante las jornadas de junio y julio surgirán las coordinadoras interfabriles. Estas organizaciones expresaban un doble poder fabril basado en las comisiones internas y cuerpos de delegados que disputaban a la patronal el control del lugar del trabajo y a la burocracia la dirección de un sector del movimiento obrero. Organizadas zonalmente (norte, sur, oeste, La Plata-Berisso y Ensenada, y Capital Federal), nuclearán a los obreros de las industrias más concentradas, de fábricas como la Ford, General Motors, Astilleros Astarsa, Del Carlo, Tensa, Editorial Abril, La Hidrófila en la zona norte; Indiel, Santa Rosa, Man, entre otras, en oeste; Rigolleau, Saiar, Alpargatas, Cattorini, frigorífico Serna y las grandes líneas de colectivos en la zona sur; Propulsora Siderúrgica, Astilleros Río Santiago, Peugeot, Petroquímica Sudamericana, el frigorífico Swift, en La Plata Berisso y Ensenada. En Capital los trabajadores del subte y los choferes organizarán la coordinadora Interlíneas, mientras que comisiones internas de la Asociación Bancaria, coordinarán su actividad y demandas.

Las coordinadoras fueron las organizadoras del ascenso obrero en las Jornadas de Junio y Julio y aglutinaron a una importante fracción de los trabajadores industriales y de los servicios, cerca de 130.000, agrupando territorialmente a 129 comisiones internas y cuerpos de delegados, sin contar su peso relevante en la región de San Lorenzo y Córdoba. En las coordinadoras actuaban la mayoría de las corrientes de izquierda aunque la más impòrtante era la Juventud Trabajadora Peronista, brazo sindical de Montoneros.

El intelectual Adolfo Gilly, reflexionando sobre el papel de las comisiones internas argentinas en momentos de auge obrero, describió que: “Nadie ha considerado nunca un hecho revolucionario la constitución local o nacional de sindicatos o una central sindical. Por el contrario, nadie ha dejado nunca de considerar un hecho revolucionario la constitución de una federación local o nacional de consejos de fábrica o la formación de un consejo central de delegados de consejos de fábrica”. En esta afirmación radica la extraordinaria importancia de las coordinadoras interfabriles: en el corazón de la industria, eran el inicio de una “federación” de las organizaciones de base del movimiento obrero que disputaba en las fábricas el poder a los capitalistas y a la dirigencia sindical burocrática.

La huelga y el golpe

La huelga política del 7 y 8 de julio fue un acontecimiento histórico que abrió una crisis revolucionaria en la Argentina. El gobierno debió ceder y los odiados ministros Lopez Rega y Rodrigo renunciaron. Pero la debilidad de Isabel era patente. La huelga no se elevó a un plano más ofensivo que impusiera la caída del gobierno de forma revolucionaria. La burocracia correrá a sostener a la presidenta y dar sobrevida a un gobierno criminal y antiobrero. En las coordinadoras interfabriles ninguna de las corrientes que las integraban tuvo una política para desarrollarlas como organismos de doble poder y sus direcciones se abstuvieron de plantear el objetivo de tirar al gobierno. La orientación de la JTP, la corriente más importante, que reivindicaba el papel revolucionario del nacionalismo burgués y se adaptó a los lineamientos de la burocracia de la CGT, centralmente, al carácter corporativo de los reclamos, fue un gran impedimento para que las coordinadoras desplegaran todo su potencial.

Las jornadas de junio y julio terminaron de prender la alarma en la burguesía argentina. El peronismo era impotente para cumplir su rol de contención de la clase trabajadora cuando la crisis capitalista exigía respuestas inmediatas. La burguesía terminará de decidir su opción por la salida golpista.

La burocracia sindical y el peronismo tienen la responsabilidad, en tanto dirección de masas, de la derrota de la clase obrera a manos de la dictadura militar. Partidos que se reivindicaban “democráticos” como la UCR fueron cobardemente a golpear la puerta de los cuarteles. Aunque en febrero y marzo de 1976, un nuevo movimiento –dirigido por las Coordinadoras – iniciaba desde las fábricas su oposición en las calles al Plan Mondelli, las cartas ya estaban echadas. El 24 de marzo la junta militar se hará del poder para acabar con la etapa revolucionaria abierta con el Cordobazo. La amenaza profunda que significaba la insurgencia obrera para los intereses capitalistas explica el nivel de represión que tuvo como objeto no sólo terminar con la guerrilla, ya debilitada antes del golpe, sino doblegar a una clase que desde 1969 se mostraba indomable.

Libro recomendado: Insurgencia Obrera en Argentina 1969-76, de Ruth Werner y Facundo Aguirre.

Reseña sobre el libro de Héctor Löbbe, Coordinadoras interfabriles: Clase obrera e izquierda en los ’70. Acerca de La guerrilla fabril.

[1] Gilly, Adolfo, “Consejos obreros y democracia socialista”. En AAVV, Movimientos populares y alternativa de poder en América Latina, Puebla, Universidad Autónoma de Puebla, p. 146.

El último Perón


El 1º de julio de 1974 fallece Juan Domingo Perón, sus restos son despedidos por una muchedumbre triste en una jornada gris y lluviosa. Su deceso deja el poder en manos de Isabel Perón, quien se va a apoyar abiertamente en las bandas terroristas de la Triple A -creadas por orden del fallecido presidente- y la burocracia sindical.

Rodolfo Walsh supo describir magistralmente el sentir de ese día en la conciencia de los trabajadores argentinos: “El general Perón, figura central de la política argentina en los últimos treinta años, murió ayer a las 13:15. En la conciencia de millones de hombres y mujeres, la noticia tardará en volverse tolerable. Más allá del fragor de la lucha política que lo envolvió, la Argentina llora a un líder excepcional”

Perón fue sin ninguna duda una de las figuras fundamentales de la política nacional durante el siglo XX. Fue el líder de un movimiento nacional burgués que concentró la adhesión de la mayoría de la clase trabajadora. Sin embargo pese al apoyo de las mayorías populares, su función fue mantener intactos los cimientos del país burgués y terrateniente.

Perón apareció en la escena política como uno de los cabecillas e ideólogos del GOU (Grupo de Oficiales Unidos) que harán la llamada Revolución de 1943, poniendo fin al gobierno conservador de Ramón Castillo. A la cabeza de la Secretaria de Trabajo y Previsión, Perón estableció lazos con los sindicatos reformistas de aquellos años de origen socialista y sindicalista e impulsó leyes progresistas que le permitieron ganar el apoyo de los trabajadores. Expulsado del gobierno del Gral. Edelmiro Farrell por presión de la oligarquía, las masas obreras protagonizaron una histórica huelga general y desde las grandes barriadas del Gran Buenos Aires se avanzó hasta ocupar la capital, hasta entonces inmaculado centro político de la oligarquía, obligando a su liberación y dando lugar al mito fundador del peronismo: el 17 de octubre de 1945.
Vale aclarar que el peronismo siempre buscó evitar que este tipo de acontecimientos se repitiera. Perón se enfrentó a un frente burgués pro-imperialista auspiciado por el embajador norteamericano Spruille Braden, que integraban conservadores, radicales, socialistas y el Partido Comunista. El peronismo constituyó un movimiento nacionalista burgués que logró la adhesión obrera otorgandoles innumerables conquistas sociales y políticas, además de el papel de columna vertebral del movimiento peronista.

Integrando los sindicatos al Estado burgués, alentó la formación de una burocracia dirigente, reprimió toda disidencia por izquierda e impuso la idea de que el objetivo central del Estado burgués debía ser lograr la armonía entre obreros y patrones.

Perón logró liquidar la independencia política e ideológica de los trabajadores. Ese fue su principal contribución a la perpetuación del orden capitalista en Argentina. Su nacionalismo consistió en aprovechar la retirada del imperialismo británico para negociar el status semicolonial del país ante el imperialismo yanqui. Pero en septiembre de 1955, cuando el imperialismo norteamericano impulsa el golpe contra su gobierno, Perón es derrocado sin luchar. La única resistencia a la Revolución Libertadora fue la de la clase obrera que enfrentó a los golpistas sin directivas y sin armas debido a la defección de la burocracia dirigente de los sindicatos.

Con su salud deteriorada, Perón retorna del exilio en 1973, convocado como tabla de salvación por las FF.AA y la burguesía, para poner fin a la insurgencia obrera y popular que desde la semiinsurrección del 29 de mayo de 1969 en Córdoba, el Cordobazo, había herido de muerte a la dictadura de la Revolución Argentina. Perón vuelve para desviar ese poderoso movimiento de masas que tuvo a la clase obrera como protagonista y que cuestionó al conjunto del país burgués. Para ello utilizó a las organizaciones guerrilleras del peronismo como Montoneros a fin de contener por izquierda a la juventud, alentándolas como “formaciones especiales” para luchar por el “socialismo nacional” mientras se apoyaba en la burocracia sindical para contener a la clase obrera.

Domingo Perón, se propuso un Pacto Social que favorecía a las patronales para lo que era necesario restaurar la disciplina en las fábricas. Para ello se valió primero del engaño de tinte frente populista con Héctor Cámpora – 25 de mayo-13 de junio de 1973- primero, y tras el golpe de palacio que dio la derecha peronista luego de la Masacre de Ezeiza – 20 de junio de 1973 – , de las bandas armadas de las Tres A.

Perón retornó al poder y dio vía libre a las bandas terroristas de la ultraderecha que tuvieron como blanco privilegiado de sus crímenes a los militantes de la clase obrera y la izquierda -incluidos y sobre todo de su propio movimiento- para restaurar el orden del país burgués.

Al poco tiempo de asumir su tercer mandato, Perón recibió con todos los honores al genocida Augusto Pinochet que acababa de llevar adelante la contrarrevolución en Chile. Y poco antes de morir, expulsó a los Montoneros de la Plaza de Mayo calificándolos de “estúpidos e imberbes”, amenazando con dejar a los matones de la burocracia sindical “hacer tronar el escarmiento”.

Bajo su gobierno y mucho más, luego de su muerte cuando el poder quede en manos de Isabel, los crímenes desembozados de la Triple A y el anticomunismo visceral serán sello de marca del gobierno peronista.

Perón solía decir frente a los embates insurgentes de la clase obrera en los tiempos combatientes de la resistencia peronista, que entre la sangre y el tiempo elegía el tiempo (una elección que favorecía a la burguesía y el imperialismo en sus intentos por derrotar a los trabajadores). Sin embargo, en aquellos años finales de su vida como Presidente, y frente a la insurgencia de la clase obrera, claramente eligió la sangre.