Olavarria: Cuando el amo juega al esclavo


Los responsables de los sucesos en el recital del Indio Solari en Olavarría son claros: el Estado y sus funcionarios corruptos, el gobierno de Maria Eugenia Vidal, el intendente Galli del PRO, la productora que organizó el evento, el músico principal beneficiario del show montado. Es necesario denunciar y señalar a los responsables de dos muertes y de la desatención y el maltrato de medio millón de personas.
Dicho esto hay que centrarse en el otro foco, el fenómeno ricotero, las multitudes humanas movilizadas para realizar su ceremonia y participar de los recitales. Miles de jóvenes, y no tanto, que encuentran en las celebraciones ricoteras un lugar donde reina cierta idea del caos y una posibilidad de reventarse sin el control represivo cerca. Un poco de libertad, o mejor dicho, una ficción de libertad -que ciertamente es mejor que ninguna libertad- que esconde los intereses materiales que hacen al mito de Patricio Rey el hecho cultural de masas por excelencia del rock argentino.
Guy Debord solía decir que “El espectáculo es el discurso ininterrumpido que el orden presente mantiene consigo mismo, su monólogo elogioso. Es el autorretrato del poder”. El espectáculo ricotero tuvo su bautismo de fuego con la muerte de Walter Bulacio en manos de la Policía Federal, contratada para la ocasión por la banda, y su silencio brutal frente a un crimen del estado que los manchaba. Autorretrato del poder: la complicidad con la impunidad policial, que en los ’90 hacia ejercicio de gatillo fácil. 4000 jóvenes asesinados en democracia así lo atestiguan.
La atracción de los Redondos y el Indio se debía, sin embargo, a que su discurso exaltaba la tribu, las bandas, la intoxicación de los sentidos, un supuesto desafío a los parámetros morales y sociales impuestos por la cultura dominante. Mientras tanto los músicos se convertían en producto de consumo masivo, en popes de un negocio que tras alguna pincelada de critica social, escondía su deseo de ser habilitados como parte del establishment rockero, de la casta de burgueses y millonarios que la componían. Su particularidad es que ascendían como empresarios de su propia iniciativa. Su aceptación como parte de los valores del capital fue tal que hasta hubo un ministro de educación macrista en la Ciudad y un ministro kirchnerista cómplice en los asesinatos de Maximiliano Kostequi y Dario Santillan que se ufanaban de ricoteros, incluso uno de ellos, hasta se congratula de su amistad con el Indio Solari.
A pesar de lo evidente, un grupo de multimillonarios que son la representación de un hecho de masas de la cultura popular, la multitud ricotera daba rienda suelta a adhesión a la banda. En palabras del autor de La sociedad del espectáculo: “La alienación del espectador en beneficio del objeto contemplado (que es el resultado de su propia actividad inconsciente) se expresa así: cuanto más contempla menos vive; cuanto más acepta reconocerse en las imágenes dominantes de la necesidad menos comprende su propia existencia y su propio deseo. La exterioridad del espectáculo respecto del hombre activo se manifiesta en que sus propios gestos ya no son suyos, sino de otro que lo representa”. La multitud de las barriadas, buscando en ella una imagen de si misma, como si pretendiera dar un mensaje distorsionado por la voz del mensajero. Un bufón del rey incapaz de darle profundidad e iluminar con una critica implacable del orden social, del cual busca sus recursos, las conciencias, siquiera estremecer; y que tras la reivindicación del tribalismo y del individualismo social del reviente, se apropia de la voz de cientos de miles de personas hambrientas de justicia, derechos y aspiraciones de una vida mejor. Multitudes que en ese ratito de ficción de libertad donde no rigen las normas se entrega caoticamente a ser reconducidas y representadas por el amo que juega al esclavo.

Cambiemos, La Nación y el negacionismo del genocidio


 

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Las declaraciones de Gómez Centurión, Darío Lopérfido o el mismo Macri niegan la existencia de 30 mil desaparecidos y de un plan genocida. La Nación escribe el libreto negacionista que levanta Cambiemos.

 

Como suscribe un editorial del oligárquico y ultrarreaccionario diario La Nación: “Los constituyentes de 1853, en circunstancias históricas de graves enfrentamientos internos, supieron elevar la mirada y proponer la unión nacional como pauta programática para la convivencia de los argentinos (…) En el marco de la Guerra Fría, la Argentina, como otros países de la región, se vio sometida a la acción de grupos armados empeñados en imponer la revolución con orientación marxista leninista. El modelo era Cuba y sus operaciones no tomaban en cuenta la institucionalidad como valor a respetar. Enfrentaban tanto a gobiernos constitucionales como de facto”.

Se reabre un debate sobre el pasado que no está resuelto e incomoda a la clase capitalista, que fue la que colaboró, sustentó y aprovechó el genocidio llevado a cabo por el llamado Proceso de Reorganización Nacional.

El golpe militar del 24 de marzo de 1976 no fue esencialmente la respuesta al accionar de la guerrilla, que había sido diezmada luego del pase a la clandestinidad de Montoneros, y el ERP derrotado con el Operativo Independencia y el asalto a Monte Chingolo. La finalidad de la Junta Militar fue poner fin a un ascenso obrero y popular que amenazaba con llevarse puesta a la burguesía argentina en medio de una catástrofe económica. Para lograrlo debía aniquilar a toda una generación de obreros, estudiantes, intelectuales, militantes políticos de algunas fracciones del peronismo combativo y la izquierda que se plantearon la lucha política abierta contra el imperialismo y el capitalismo. Esta generación no surgió de la nada, sino que fue la expresión más radicalizada del estallido de la insurgencia obrera y popular el 29 de mayo de 1969, conocida como el Cordobazo, que hirió de muerte al Gobierno de facto de Juan Carlos Onganía y al régimen de dominio que había surgido luego de la revolución fusiladora de obreros de 1955. Esta generación cuya fuerza motora era la clase obrera protagonizó una verdadera lucha de clases en el sentido estricto del término, con insurrecciones locales, huelgas salvajes, ocupaciones de fábricas y establecimientos, manifestaciones violentas y hasta una huelga general política entre junio y julio de 1975 que desbandó a los líderes de los grupos fascistas que actuaban bajo el amparo del Gobierno peronista. Los obreros pusieron en pie sindicatos clasistas, comisiones internas combativas, grupos de autodefensa y coordinadoras interfabriles. El movimiento estudiantil se lanzó a la unidad activa con la clase obrera y la izquierda comenzó a crecer exponencialmente. Fue el momento de mayor cuestionamiento al capitalismo argentino de la segunda mitad del siglo XX. Por eso la burguesía y su Estado le declararon la guerra.

El dictador Alejandro Lanusse, responsable de la Masacre de Trelew, puso fin a la proscripción del peronismo, con el objetivo de lidiar con las masas mediante el desvío electoral, lo que permitió el retorno de un Perón que prometía la “patria socialista” y daba vía libre a los pistoleros de la Triple A. Muerto Perón en 1974, Isabel Perón y José López Rega fracasaran en su intento de poner fin a la insurgencia por la vía de las bandas paramilitares que reclutaban policías, matones de la burocracia sindical y lúmpenes. Las huelgas del ‘75 fueron las que le pusieron fin al intento de ajuste salvaje para salvar al capitalismo argentino del ministro Celestino Rodrigo y al reinado de “Lopecito”. El peronismo se agotó como fuerza para lidiar con los trabajadores, y la clase capitalista dio vía libre al golpe militar, con el que colaboraron posteriormente tanto radicales, como peronistas y el Partido Socialista, entre otros. Si en aquel momento la clase obrera no avanzó más fue responsabilidad exclusiva de su dirección, el peronismo y su burocracia sindical, que sostuvo a una Isabel Perón odiada por las mayorías populares. Pero también porque la guerrilla peronista jugó el papel de contener dentro de la alianza policlasista del peronismo a los jóvenes trabajadores y estudiantes radicalizados y junto con el ERP, encarnaron una estrategia pequeñoburguesa que separaba de la lucha real de las masas a sus militantes para llevar a cabo una guerra de aparatos que despreciaba la auténtica guerra de clases. Fueron los grupos de tareas de las Fuerzas Armadas, los que llevaron a cabo el plan de exterminio, siguiendo los mandatos del imperialismo y los consejos de Pío Laghi y la Iglesia Católica.

Decíamos que es un debate que se reabre sobre un pasado no resuelto porque el “Pacto de Impunidad” que condicionó a la democracia burguesa argentina desde la restauración democrática de 1983 intenta ser reconstruido luego de que la movilización popular lo socavara. Fue ella quien logró la condena de algunos centenares de criminales de la dictadura e impuso a la justicia burguesa el reconocimiento de la existencia un plan sistemático de exterminio desde el Estado contra todo un grupo nacional, que constituye la base jurídica de la definición de genocidio.

Luego de la crisis del 2001, el kirchnerismo expropió discursivamente las reivindicaciones de justicia de los movimientos de Derechos Humanos, cooptó a sus dirigentes, y lo convirtió en parte del relato expiando al peronismo por los crímenes de la Triple A y sin que se juzgue a todos los responsables militares, civiles, empresariales y eclesiásticos. Luego intentó una política de reconciliación con las Fuerzas Armadas que tuvo como protagonistas a genocidas como César Milani y represores como el también ex carapintada Sergio Berni, que redundó en el espionaje político a través del Proyecto X.

Decíamos que el debate era incómodo porque fueron los grandes grupos capitalistas -a los que el kirchnerismo permitió, según sus propias expresiones, levantarla en pala- los principales beneficiarios y promotores del golpe. Fueron los partidos de la burguesía los principales colaboradores.

Como sentenciaba Balzac, “detrás de cada fortuna hay un crimen”, y las manos chorreantes de sangre de las patronales argentinas y el imperialismo son las que digitan el discurso de la derecha en el poder. Veamos a los protagonistas: Juan José Gómez Centurión, un falso combatiente de Malvinas, un carapintada que se alzó en armas contra Raúl Alfonsín para exigir la impunidad de los criminales que participaron en la represión. Darío Lopérfido, hoy miembro de la oligárquica familia Mitre, a quienes los militares entregaron parte de Papel Prensa, y ex funcionario de un Gobierno de la Unión Cívica Radical como el de Fernando De la Rúa, que plagó de cadáveres los alrededores de la Plaza de Mayo en diciembre del 2001 para intentar aplastar una rebelión popular. Mauricio Macri, el hijo de Franco, el empresario que esquilmó al Estado y es recompensado, había salido de la dictadura genocida como uno de los grupos económicos más importante de la Argentina. Como cuenta Gabriela Cerruti: “Los Macri transitaron los últimos meses del gobierno peronista reunidos con Licio Gelli de la Logia P2 y José López Rega acordando construir el ‘Altar de la Patria’ que resguardaría los restos de Juan Domingo Perón y Eva Perón y unos meses después del golpe militar eran parte de la mesa chica del equipo económico y político de los militares. Con la llegada del gobierno peronista al poder, en 1973, el grupo tenía siete empresas. Finalizada la dictadura militar, el holding tenía 47 empresas”.

Los argumentos de Cambiemos buscan reinstalar la idea de la reconciliación nacional y vuelve a ser el diario mitrista quien escribe el libreto: “Tras una cifra falsa del número de muertos y desaparecidos para que alcanzara la categoría de genocidio”. Intentan deslegitimar las reivindicaciones históricas de los movimientos de los derechos humanos. Unos mediante la restauración de la “Teoría de los dos demonios”, que pone un signo igual entre el terrorismo de Estado y la violencia ejercida por las clases subalternas y los grupos guerrilleros, exculpando al Estado de sus crímenes. Otros reivindicando a los represores como luchadores que cometieron excesos dentro de una “guerra sucia”, según la doctrina contrarrevolucionaria francesa, contra una subversión sin dios, ni patria. Esta última es un calco del discurso videlista.

Si el kirchnerismo se reapropió de retazos de “memoria” para su operación de restaurar la autoridad del Estado y pasivizar al país convulsionado en el pos 2001, el macrismo busca borrar toda memoria de un genocidio de clase, legitimar un nuevo relato reaccionario de “los dos demonios”, como un aviso claro: son representantes de una clase que puede volver a hacerlo si las condiciones lo requieren.

El relato kirchnerista siempre rechazó que haya habido un genocidio de clase, lo consideraba un golpe contra un Gobierno “popular” y un proyecto “industrialista”. La lucha contra el negacionismo macrista hay que encararla desde el punto de vista de recuperar para el presente la memoria revolucionaria de nuestra clase obrera, señalando a sus enemigos, reivindicando en la lucha contra el imperialismo y el capitalismo a nuestros hermanos caídos.

Illan Pape: Trump, Israel y el fin de la doctrina de los dos Estados


Reproduzco entrevista del diario Clarín al historiador israelí Illan Pappe. Más allá de sus ilusiones sobre una izquierda burguesa y reformista, señala muy bien el motivo del crecimiento del nacionalismo ultrarreaccionario y advierte sobre los peligros para el pueblo palestino de la nueva doctrina Trump hacia Medio Oriente.  
Ilan Pappe: "El Brexit,como Trump, es consecuencia de los males de la globalización"

 

Ilan Pappe es uno de los historiadores israelíes más críticos del presente de su país y de las acciones en los territorios palestinos. Es además un observador necesario de la realidad mundial. Socialsita tenaz, todo ese panorama se combina en su reflexión. Hace años que decidió un exilio voluntario en Gran Bretaña, donde trabaja como profesor de historia en la Universidad de Exeter.

Son contadas las ocasiones en que este hombre criticado internamente por los gobiernos israelíes, pero aclamado fuera de sus fronteras, viaja a su ciudad natal, Haifa, una de las pocas urbes israelíes donde conviven de forma relativamente pacífica árabes y judíos. En este entorno de convivencia creció el autor de su polémico “La limpieza étnica de Palestina”, una obra ingente con la que Pappe quiso demostrar que la mayoría de los palestinos que abandonaron sus propiedades fueron expulsados por la fuerza y no se marcharon voluntariamente, tal y como recogió durante décadas el relato fundacional del Estado de Israel.

Pappe está preocupado por el destino de la crisis de Oriente Medio debido a la llegada al poder estadounidense de Donald Trump. Esta nueva presencia internacional puede generar un mayor desequilibrio en la región a raíz de sus propuestas que entusiasman a los halcones de la coalición gobernante en Israel. El historiador acaba de estar en Haifa impartiendo su última conferencia: “La izquierda, Israel, Palestina y el Mundo Árabe en 2017”, después de la cual habla con Clarín.

Usted vive en el Reino Unido, que aún sigue siendo miembro de la UE. ¿Cuál es su opinión con respecto a la unidad de Europa si el propio embajador de Trump dice que el nacionalismo destruirá la unidad europea en cuestión de meses?

Creo que hay varias definiciones modernas de nacionalismo, las cuales pueden ser disociadas de la realidad de la economía neoliberal en la que vivimos. El nacionalismo del tipo Trump, (la ultraderechista francesa Marine) Le Pen o (la alianza ultranacionalsita británica) UKIP, prospera cuando el sistema económico arrasa no sólo con la clase obrera, sino también con la clase media-baja. Así que el problema, a mi juicio, es mucho menos ideológico que el hecho de que la gente quiera una Gran Bretaña “independiente” o una América aislacionista. Lo que no quieren es ser dejados atrás económica y socialmente.

¿Ahí es donde radica el problema?

Es en el declive de la socialdemocracia que tiene lugar a partir de la crisis económica y financiera que estalló en 2008, para la que la izquierda no ha encontrado una respuesta. Esto lo aprovechó la derecha para llenar ese vacío con su propia marca de nacionalismo. Ya estuvimos allí antes, en 1930, pero soy optimista. Creo que como sociedad humana aprendimos la lección y esperemos que este dilema extremo que se nos presenta –entre una Europa fragmentada y unos Estados xenófobos– se convierta más adelante en un conjunto de Estados orgullosos que mantengan la unidad como medio para avanzar en la promoción humana y social que aún es posible (por eso en Escocia el deseo de ser independiente va junto con el apoyo de ingreso en la UE).

¿El Brexit es un ejemplo de que Europa, como usted ha mencionado sobre el Holocausto, hace la vista gorda para deshacerse del “problema” de los refugiados?

El Brexit, como Trump, es la consecuencia de los males y deficiencias del sistema de la globalización y capitalización que rige nuestras vidas. Es, ante todo, una voz de protesta de la gente que este nuevo orden económico ha dejado atrás. No es que el Brexit les vaya a ayudar, pero esto lo van a aprender más tarde. El sistema no sabe cómo lidiar con las crisis sociales, y cuando surgen, hay un vacío. La izquierda está desorganizada en muchísimas partes del mundo, y por lo tanto, el vacío lo llenan movimientos políticos xenófobos de extrema derecha que no ofrecen ninguna solución, pero son populares porque culpan a las élites actuales de la inmigración –lo que es algo infundado–, pero apela a la fuerte frustración de la gente y se alimenta de la desinformación sobre el papel de la inmigración y los refugiados en la economía de los Estados.

¿Ese sentimiento de abandono de la gente es el alimento del rechazo a la case política y germen de los nuevos fascismos”?

Como le señalaba, todo se remonta a las lecciones que no aprendimos de la crisis económica de 2008. En vez de buscar en el papel venenoso que bancos, hipotecas y los fondos de inversión juegan en nuestra vida –como mediadores y facilitadores de las poderosas corporaciones multinacionales– se les ayudó para volver sobre sus pasos y jugar el mismo papel negativo que causó que compañías enormes colapsaran y con ella la desaparición de comunidades enteras. El poder principal de tales fuerzas económicas es la deshumanización. Es un poco como matar personas con drones. No ves directamente a tus víctimas hasta que deciden volver con venganza y este es el ascenso hoy de esta derecha en gran parte de Europa.

En América Latina la izquierda democrática ha desaparecido también y ha sido superada por una nueva forma de populismo que está supuestamente inspirado por el socialismo que en casos como los de Venezuela y Argentina, por nombrar solo un par de ejemplos, ha incrementado la crisis social y ha traído una enorme pobreza. ¿A qué le atribuye a este oscurantismo político e ideológico?

La izquierda en América Latina pierde por dos razones, las mismas por las que perdió su poderosa posición en el Oriente Medio de los años 70. La derecha económica e ideológica occidental, liderada por EE.UU., no puede tolerar democracias socialistas exitosas por mucho tiempo. Es malo para los negocios, incluyendo su industria militar y de seguridad. En segundo lugar, el poder te emborracha especialmente si es la gente quien te ha llevado hasta él. El papel de la izquierda es siempre recelar de los líderes carismáticos e intentar en todo lo posible tener un liderazgo colectivo, representativo y auténtico que pueda afrontar el primer reto.

Miembros del ya formado ejecutivo de Donald Trump han propuesto mudar la embajada norteamericana de Tel Aviv a Jerusalén, modificando una antigua doctrina. El Parlamento local también está preparando una ley para anexionar a Jerusalén territorios como la colonia de Maale Adumim y la llamada área E-1 que lo separa de Cisjordania. ¿Qué otra cosa podemos esperar de estos anuncios?

Es muy difícil de decir. Este hombre es impredecible. Permítame solo señalar lo siguiente: incluso la mitad de lo que él y su gente proponen hacer con respecto a Israel/Palestina ayudará a acabar con la (doctrina internacional para resolver la crisis crónica de Oriente Medio) “solución de los dos Estados” para siempre, crear un estado de Apartheid en Israel y darle lugar a una nueva lucha palestina y a diversas acciones internacionales contra Israel… Así que son malas noticias porque significa más colonización en Israel y en los territorios ocupados, pero la parte buena es que abre el camino para una nueva movilización para crear un Estado democrático en toda Palestina.

En los últimos meses la Autoridad Nacional Palestina ha marcado algunos logros diplomáticos en lo que se llama estrategia de internacionalización del conflicto: la última Cumbre de París o la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU condenando los asentamientos. ¿Cree que esa estrategia va a funcionar a pesar de la llegada de Trump a la Casa Blanca?

Depende de lo que la Autoridad Nacional Palestina quiera hacer. Hay pocoaesperanza de que lidere el movimiento de liberación palestino hacia una nueva era pero aún será capaz de mantener la ley y el orden y ayudar a las luchas locales en Cisjordania. Hacen lo que pueden tanto local como internacionalmente pero hay una necesidad de replantear el proyecto de la liberación de Palestina y adaptarlo a las nuevas realidades sobre el terreno.

Usted dejó Israel en 2007 después de algunos desacuerdos con la Junta de la Universidad de Haifa debido a su apoyo abierto al movimiento Boicot, Desinversiones y Sanciones (el movimiento inernacional que llama a no comprar productos fabricados en territorios ocupados palestinos). Sin embargo, sigue regresando a Israel de vez en cuando. ¿Siente que puede expresar sus opiniones aún hoy en su propia casa?

Siempre sienta bien estar en casa, incluso si no puedo trabajar aquí. El activismo no puede hacerse sólo desde el extranjero, así que me alegro de poder ir al terreno. Mis únicas dificultades son que no puedo llegar fácilmente al mundo académico, el sistema educativo o a los medios de comunicación de aquí, pero hay formas alternativas de hacer llegar los mensajes.

Usted es uno de los de los llamados “nuevos historiadores” que re-escribieron de una forma crítica lo que fue el éxodo palestino en 1948 tras el que se creó el Estado de Israel. Sin embargo, pasados unos años, hubo una escisión entre ustedes, girando unos más a la izquierda, como usted o Avi Shlaim, y otros más a la derecha. ¿Qué ocurrió?

Algunas voces críticas en Israel tras el estallido de la segunda Intifada dieron un giro de 180 grados por decirlo así. Sentían que habían ido demasiado lejos criticando a su sociedad, tenían miedo de pagar el precio y de ser llamados “traidores” por lo que decidieron acogerse a la calidez del consenso.

Usted ha dicho: “En el pasado, el antisemitismo consistió en odiar a los judíos por ser judíos”. Ahora desde algunos sectores en Israel se intenta extender esto para decir que cualquier crítica que venga del mundo académico, la prensa o la política sobre lo que se está haciendo también es antisemitismo. ¿Hasta qué punto están teniendo éxito?

Lo suficiente como para intimidar a la élite política, a los medios e incluso a los académicos. Muchos en Israel están del lado de los palestinos pero no se atreven a decirlo en público.

En Israel muchas personas están preocupadas ahora por la manipulación de los medios de comunicación. Ha habido revelaciones de esos manejos. ¿Cuál es su gravedad?

La manipulación de los medios de comunicación a que se refiere no es sobre la ideología o el tratamiento de los palestinos. No hay censura, pero sí auto-censura en cuanto que la mayoría de los periodistas comparten las opiniones y percepciones de los políticos sobre este tema. Hay muy poca predisposición a cuestionar la ideología hegemónica.

PO: catastrofismo y pacifismo contra el PTS


Una berretada teórica y muy vulgar es la critica del PO al PTS sobre la estrategia. Oponer el concepto de política como economía concentrada, al de la guerra como continuación de la política no tiene sustento. Para el PO no son necesarios los estrategas sino los analistas económicos, la propaganda no esta puesta al servicio de preparar los cuadros para la ser combatientes de la lucha de clases que preparen la insurrección sino para predicar la inevitavilidad de la caída del capitalismo. Solo se trata de anunciar catástrofes, señalar todas las tendencias a la catástrofe, limitarse a agitar un programa que en su caso casi siempre es con finalidad electoral, acompañando las luchas tal cual son. Un partido a lo Testigo de Jehova, predicando la catástrofe del capital, que no piensa ni un instante como acumular fuerzas para hacer un partido estratégicamente anclado en los lugares centrales que hacen decisiva la lucha de clases. Es de perogullo decir que son las crisis revolucionarias (concepto que el PO no tiene más que desde un punto de vista economicista), las oportunidades del paso de la defensiva a la ofensiva. Y también es de perogullo decir que una de las condiciones revolucionarias en las crisis nacionales están dadas por las penurias de las masas. Lo que se trata de definir es como preparar el paso hacia una crisis revolucionaria desde las fuerzas combatientes de la vanguardia proletaria. La estrategia es precisamente el nexo entre crisis y revolución. La política del frente único la plantean Lenin y Trotsky, frente a la estabilidad del capitalismo que había sobrevivido a la primer oleada pos revolución rusa; y más tarde Trotsky frente a la amenaza del fascismo contra el catastrofismo stalinista del tercer periodo, cuya consigna era soviets en todas partes.
El PO desdeña un análisis objetivo de la subjetividad y solo acepta hablar de ella tal como un deber ser al señalar que si las tendencias son catastróficas, la subjetividad es revolucionaria y por eso se niegan a combatir al reformismo mediante el frente único. Pero además niegan la preparación teórica de la insurrección como parte de la confirmación de la subjetividad de la vanguardiaproletaria. Este punto es el más patente, el PO renuncia siquiera a pensar teóricamente la insurrección, a organizar la construcción del partido en la hipótesis de prepararse para la contraofensiva, en definir los batallones centrales y las tácticas correspondientes al ascenso y el retroceso. Es decir que PO es solo una fuerza de propaganda y agitación sin objetivos revolucionarios, no un partido de combate. Para el PO delimitarse de las grandes estrategias alternativas al bolchevismo en el siglo XX y del posmodernismo y su pensamiento antiestrategico, es evidentemente una perdida de tiempo.
Ovbiamente la critica a Syriza y Podemos no puede ser más que ninguneada por PO ya que apunta contra su adaptación a la consigna de gobiernos de izquierda, negándose a diferenciar las formas gubernamentales de la ruptura con la burguesía (la consigna de gobierno obrero y campesino).
El PO, y sobre todo la fracción altamirista del PO, esta girando nuevamente hacia el lambertismo originario. La reivindicación de la discusión sobre la Revolución Cubana es una chantada. El PO se divide entre seguidores de la burocracia castrista (Kane) y apologistas de una revolución por etapas al estilo del Nuevo MAS (Altamira). Ambos, desde polos opuestos, reivindicando la potencialidad revolucionaria de la pequeñoburguesía como agente involuntario del socialismo o del logro de conquistas anticapitalistas. Ambos renunciando a la revolución política contra la burocracia y de luchar, por alinearse con la burocracia o por sumarse a un anticastrismo antidefensista; renunciando a luchar por la dictadura revolucionaria del proletariado entendida como el gobierno de los consejos de obreros, campesinos y soldados, dirigidos por un partido marxista revolucionario.
Esto es lo que me surge de la lectura del articulo de Becerra.
Saludos revolucionarios

Comer y descomer trabajadores: la honestidad brutal de un CEO


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Comer y descomer trabajadores: la honestidad brutal de un CEO

Miguel Ángel Punte, viceministro de Jorge Triacca y hombre de Techint, desbocado declarara el carácter desechable de la clase trabajadora, comparándolo con las funciones del sistema digestivo.

 

“La posibilidad de entrada y salida del mundo laboral es una esencia del sistema laboral. Como en el organismo lo es comer y descomer”. Con estas palabras descarnadas el secretario de Empleo, Miguel Ángel Punte, definió la visión de las grandes patronales sobre la función y el carácter desechable de los individuos que componen la clase trabajadora.

Honestidad brutal. Punte no ha hecho más que manifestar el principio de la clase capitalista que como citara Karl Marx enunció Thomas Hobbes: “El valor o el mérito de un hombre es, como en las demás cosas, su precio, es decir, lo que se daría por el uso de su fuerza”. La fuerza de trabajo no es más que una mercancía que el capital usa y descarta a su antojo. Triturados por la maquinaria capitalista, los cuerpos proletarios pueden ser desechados como población sobrante y de esa manera presionar sobre el obrero empleado a aceptar las condiciones patronales para fijar el precio de la fuerza de trabajo. La condición para lograrlo es mantener desunida a las filas obreras, enfrentadas entre sí, compitiendo de ser posible por el puesto de trabajo. Si en los momentos de crisis y ofensiva patronal, las dirigencias burocráticas renuncian a la lucha de clases y pactan con las patronales, queda una clase desorganizada obligada a ceder derechos y someterse a la más descarnada dictadura del capital. Es esta relación la que se presenta como del orden natural de las cosas.

El hombre que hizo esta definición es filósofo y, según se cuenta en los pasillos de la Secretaria de Empleo, además de maltratar a sus subordinados, se dedica a provocar a los sociólogos dedicados a los estudios laborales en el Ministerio recordando la idea de primacía de la praxis de Karl Marx. Punte reivindica “una gestión de la disciplina laboral y que se respeten las pautas legales, los códigos de comportamiento y los valores de la empresa”, es decir el Gobierno pleno de la dictadura patronal en las unidades de producción y de trabajo.

No extraña, Punte es un cuadro internacional del Grupo Techint, cuyo origen hay que rastrearlo en los años ’30 cuando el fundador del Grupo, Agostino Rocca, encabezaba el Instituto para la Reconstrucción Industrial, en la Italia fascista de Benito Mussolini. Fue salvado de ir a la cárcel o de enfrentar a pelotón de fusilamiento, por los aliados y el stalinismo italiano. El colaborador del Duce y los nazis en la República de Saló, recordara amargamente y autoexculpandose: “Dejé Italia después de la guerra, ofendido y resentido por una expurgación basada en el hecho que, habiendo realizado como técnico cosas serias, había favorecido los valores del fascismo. Y entonces, el disgusto por esa situación me llevó a emigrar al exterior bajo cualquier condición y para siempre”.

Banalidad del mal que, parafraseando a Hannah Arendt, caracteriza a los capitalistas y burócratas beneficiarios de los regímenes totalitarios. Los valores del fascismo de Techint volvieron a hacerse ver durante los tiempos del peronismo de la Triple A: “En enero de 1976 el “Pampa” Delaturi y Carlos Scafide, dirigentes obreros, fueron secuestrados y asesinados por la Concentración Nacional Universitaria (CNU) en el Camino Negro de Punta Lara” y la dictadura: “Los números fríos dicen 275 trabajadores desaparecidos del grupo Techint, en Dalmine/Siderca 60 compañeros fueron marcados, secuestrados y desaparecidos”.

En los corrillos ministeriales sobre las internas entre los funcionarios se comenta que Punte es un paria ya que como representante de Techint no seria del agrado de los funcionarios del PRO, cuyo presidente Mauricio Macri solía ser competidor en los negocios de la obra publica. Techint, además, es quien alienta a Sergio Massa y el Frente Renovador. El acuerdo flexibilizador de Vaca Muerta, donde el Sindicato Petrolero de Guillermo Pereyra entregó a los trabajadores, interesa a Techint no solo por sus expectativas de inversión en el petróleo no convencional, sino porque el acuerdo se presenta como un modelo para todas las ramas.

Punte dice descarnadamente, sin bozal, lo que esta en boca de las grandes patronales; y los enfrentamientos políticos y comerciales de los antiguos rivales de negocios, son dejados de lado en pos de un interés común. Techint, Macri y el gran capital se unen en una declaración de guerra contra la clase trabajadora: flexibilizar las condiciones laborales y el mercado de trabajo, liquidar los convenios colectivos, planchar los salarios y aumentar la productividad y la explotación de la mano de obra, son sus consignas.

Como hombre formado en los manejos de los recursos humanos de una empresa de origen fascista, siente desprecio por los trabajadores, opina, con fundadas razones, que los burócratas sindicales son fáciles de comprar y desdeña de la capacidad de los trabajadores en la lucha de clases. No la ven venir. Punte, que desprecia los estudios sobre conflictividad laboral, no capta que la clase obrera argentina tiene, más allá y a pesar de la burocracia sindical, un nivel de acumulación de lucha, experiencia y organizaciones de base combativas y clasistas, que son la punta de lanza de una fuerza aún mayor. Imaginémonos por un instante el temor visceral que este personaje grotesco va a sentir cuando las fuerzas gigantescas de la clase trabajadora se pongan en movimiento, declare su derecho a emanciparse y toda su prepotencia se esfume en un instante.

El año I de la Revolución Rusa (Victor Serge)


En vísperas del 100 aniversario de la revolución Rusa, la fantástica obra de Victor Serge. Ver a continuación.

Prólogo
He procurado presentar en este libro un cuadro verídico, vivo y razonado, de las primeras
luchas de la revolución socialista rusa. Siendo mi principal deseo el poner de relieve ante los
ojos de los proletarios las enseñanzas de una de las épocas más grandes y decisivas de la
lucha de clases en los tiempos modernos, no me era posible hacer otra cosa que exponer el
punto de vista de los revolucionarios proletarios. Esta actitud mía tendrá para el lector
ajeno a las doctrinas comunistas la ventaja de darle a conocer cómo comprendían y cómo
comprenden la revolución quienes la hicieron.
La pretendida imparcialidad de los historiadores no pasa de ser una leyenda,
destinada a consolidar ciertas convicciones útiles. Bastarían para destruir esta leyenda, si
ello fuese necesario, las obras que se han publicado acerca de la gran guerra. El historiador
pertenece siempre “a su tiempo”, es decir, a su clase social, a su país, a su medio político.
Sólo la no disimulada parcialidad del historiador proletario es hoy compatible con la mayor
preocupación por la verdad. Porque únicamente la clase obrera obtendría toda clase de
ventajas, en toda clase de circunstancias, del conocimiento de la verdad. Nada tiene que
ocultar, en la historia por lo menos. Las mentiras sociales siempre han servido, y sirven
todavía, para engañaría. Ella las refuta para vencer, y vence refutándolas. No han faltado,
sin duda, algunos historiadores proletarios que han acomodado la historia a ciertas
preocupaciones de actualidad política. Al hacerlo se han plegado a tradiciones que no son
las suyas y han sacrificado los intereses superiores y permanentes de su clase a ciertos
intereses parciales y pasajeros. Me he guardado mucho de imitarlos. Si acaso he llegado a
deformar la verdad en algunos puntos, lo que es probable, ha sido sin darme cuenta, por no
disponer de datos suficientes o por error.
Tal cual es este libro resultará, sin duda alguna, muy imperfecto. Absorto en otros
trabajos, entregado a la vida de militante en una época bastante accidentada, no he
dispuesto nunca del ocio tranquilo que es necesario para el estudio de la historia. Por
idénticas razones, no suelen, los que hacen la historia, tener la oportunidad de escribirla.
Por otra parte, tampoco la materia se encuentra a punto. Los hechos son demasiado
recientes, demasiado palpitantes; las cenizas del brasero están calientes todavía, queman si
se acerca a ellas la mano… Existe en Rusia, acerca de la revolución de octubre, una literatura
más abundante que rica. Memorias, relatos, notas, documentos y estudios parciales salen
profusamente a la luz pública. Pero es necesario confesar que no hay nada más difícil que
sacar partido de esta inmensa documentación, demasiado subordinada a propósitos de
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agitación, y en la que faltan casi por completo las obras sistemáticas, de conjunto. La
historia de los partidos, de la guerra civil, del Ejército rojo, del terror, de las organizaciones
obreras, no ha llegado siquiera a esbozarse. No se ha publicado en la URSS -y no hay por
qué sorprenderse de ello- una historia a fondo de la revolución, aparte de algunas obras que
sólo son un compendio de la misma. Los únicos que han abordado a fondo algunos de los
problemas que a ellos les afectan son los escritores militares. En estas condiciones, las
memorias, a las que es indispensable recurrir, presentan grandes fallas. Los revolucionarios
no pasan de ser, en el mejor de los casos, unos medianos cronistas; además, casi siempre
han tomado la pluma con un fin preconcebido, a saber: conmemorar algún aniversario,
rendir homenajes, polemizar y aun deformar la historia de acuerdo con las conveniencias de
determinados intereses del momento. Los trabajos parciales, como, por ejemplo, las
monografías locales, presentan pocas garantías científicas. Trascrito por celula2.
Me he esforzado, pues, por buscar el rasgo característico aprovechando la mayor
parte de esta documentación. Para dar al lector elementos muy concretos de apreciación he
reproducido profusamente detalles y citas. Me he limitado a indicar mis fuentes de
información cuando he aprovechado ciertos trabajos anteriores que ofrecen un valor real, y
cuando he creído útil subrayar la autoridad de un testimonio, y, finalmente, con el
propósito de facilitar al lector el trabajo de investigación. Izquierda Revolucionaria
He de proseguir estos trabajos en cuanto me sea posible. Quedaré muy reconocido a
los lectores que reclamen mi atención sobre los puntos incompletos de esta obra, así como
sobre aquellos temas que crean conveniente esclarecer. Conviene que fijemos aquí lo que
representa el año I en la historia de la revolución.
El año I de la revolución proletaria -o sea, de la República de los Soviets- empieza el
7 de noviembre de 1917 (el 25 de octubre, según el antiguo-calendario) y se cierra, como es
natural, el 7 de noviembre de 1918, en el momento en que estalla la esperada revolución
alemana.
Existe una coincidencia casi perfecta entre el calendario y la primera fase del drama
histórico, que se inicia con la insurrección victoriosa y termina con la extensión de la
revolución a la Europa central. Vemos entonces plantearse, por primera vez, todos los
problemas que está llamada a resolver la dictadura del proletariado: organización de los
abastecimientos, organización de la producción, defensa interior y exterior, actitud hacia las
clases medias, los intelectuales, los campesinos, y vida del partido y de los Soviets.
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Propondríamos que se llamase a esta primera fase las conquistas del proletariado, a saber:
toma del poder, conquista del territorio, conquista de la producción, creación del Estado y
del ejército, conquista del derecho a la vida…
La revolución alemana abre la fase siguiente, la de la lucha internacional (o más
concretamente, la de la defensa armada -defensa agresiva en ciertos momentos- del hogar de la revolución
internacional). En 1919 se forma la primera coalición contra la República de los Soviets.
Pareciendo a los aliados insuficiente el bloqueo, fomentan la formación de Estados
contrarevolucionarios en Siberia, en Arkhangelsk, en el Mediodía, en el Cáucaso. Durante
el mes de octubre de 1919, al finalizar el año II, la República, asaltada por ejércitos blancos,
parece estar a punto de sucumbir. Kolechak avanza sobre el río Volga; Denikin, después de
invadir Ucrania, avanza sobre Moscú; Yudenich avanza sobre Petrogrado, apoyándose en
una escuadra inglesa. Un milagro de energía da la victoria a la revolución. Continúan
reinando el hambre, las agresiones, el terror, el régimen heroico, implacable y ascético del
“comunismo de guerra”. Al año siguiente, en el momento en que acaba de decretarse el fin
del terror, la coalición europea lanza a Polonia contra los Soviets. El Ejército rojo llega al
pie de las murallas de Varsovia, en el momento mismo en que la Internacional Comunista
celebra en Moscú su segundo congreso, y alza sobre Europa la amenaza de una nueva crisis
revolucionara. Termina este período en los meses de noviembre-diciembre de 1920 con la
derrota de Wrangel en Crimea y con la paz con Polonia. Parece haber terminado la guerra
civil, pero el levantamiento de los campesinos y la insurrección de Cronstadt ponen
brutalmente de manifiesto el grave conflicto entre el régimen socialista y las masas del
campo.
En 1921 se abre una tercera fase, que podríamos llamar la de la reconstrucción económica,
que se inicia con la nueva política económica (llamada, en abreviatura, la NEP) y que acaba
en 1925-26 con la vuelta de la producción al nivel de la anteguerra (aunque con una cifra de
población superior). Recordemos en breves palabras en qué consistía la NEP. Después de
las derrotas sufridas por las clases obreras de Europa, la dictadura del proletariado se vio
forzada a realizar determinadas concesiones económicas a la pequeña burguesía rural. Estas
concesiones fueron la abolición del monopolio del trigo, la libertad de comercio y la
tolerancia, dentro de ciertos límites, del capital privado. El Estado socialista conservó todas
las posiciones dominantes en el campo económico y no hizo concesión alguna en el terreno
de la política. Esta importante “retirada” -la palabra es de Lenin-, cuya finalidad fue la de
preparar el avance ulterior hacia el socialismo, pacificó el país e hizo más fácil su
reconstrucción.
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A partir de 1925~26 entra la historia de la revolución proletaria de Rusia en una
cuarta fase. Ha llegado a buen término la reconstrucción económica, lo que constituye un
triunfo admirable cuando apenas han pasado cinco años desde la terminación de la guerra
civil, en un país duramente castigado y abandonado a sus propias fuerzas. De allí en
adelante se hace necesario ampliar la producción, se impone alcanzar el nivel de la
producción de los grandes países capitalistas. Todos los problemas aparecen planteados a la
luz de un nuevo día. Estamos en la fase de la industrialización. Se reanuda, cada día con
mayor aspereza, la lucha de clases. Se agravan los males de una revolución proletaria
contenida dentro de las fronteras nacionales y rodeada de países capitalistas. Pero ése es el
presente, la vida, la lucha. Nada mejor para facilitar su comprensión que el conocimiento de
los comienzos heroicos de la revolución, en el curso de los cuales se templaron los
hombres, se concretaron las ideas y se crearon las instituciones.
Doce años han transcurrido desde que tuvieron lugar los acontecimientos que
estudiamos en este libro. La República proletaria fundada por la insurrección del 7 de
noviembre de 1917 vive aún. La clase obrera ha demostrado en Rusia que es capaz de
ejercer el poder, de organizar la producción, de resistir victoriosamente a los enemigos del
exterior y del interior, y que posee la perseverancia necesaria para el cumplimiento de su
misión histórica -que no es otra que la de construir una sociedad nueva-, y esto en las
condiciones más ingratas. Los tanteos y errores de los hombres, las disensiones y las luchas
políticas, lejos de esfumar ante nuestra mirada esta gran realidad, deben servir para
resaltaría más. La revolución proletaria sigue adelante. Este hecho impone un doble deber a
quienes no tienen intereses de clase opuestos a ella: en el interior -es decir, dentro de la
URSS y del movimiento obrero revolucionario internacional-, el de poner sus fuerzas al
servicio de la revolución, combatiendo los males que padece, aprendiendo a defenderla
contra sus propias faltas, esforzándose por contribuir a la elaboración y a la aplicación
incesante de una política inspirada en los intereses superiores del proletariado mundial; en
el exterior, el de defender a la primera República de los Trabajadores, el de velar por su
seguridad, seguir sus trabajos y sus luchas para extraer de ahí las enseñanzas que han de
iluminar mañana a otros pueblos los caminos que conducen a la transformación del
mundo.
Habiendo escrito la mayor parte de este libro en la URSS, lamento no haber podido
consultar las muchas obras importantes aparecidas recientemente en el extranjero. Me fue
completamente imposible tenerlas a la mano.
Enero de 1930.

Continuar aquí: el20ano20i20de20la20revolucion20rusa

En visperas de los 100 años de la revolución de febrero de 1917 en Rusia


En febrero se van a cumplir 100 años de la revolución obrera y campesina que derroco al Zar de Rusia y abrió el camino para la lucha victoriosa de los bolcheviques por el poder de los soviets. Me vino en mente la definición que hace Pedro Kropotkin sobre la Revolución Francesa, la única comparable por su alcance histórico a la revolución Rusa, sobre la fuerza de las revoluciones:
“Una revolución es infinitamente más que una una serie de insurrecciones en los campos y en las ciudades; es más que una simple lucha de partidos, por sangrienta que esta sea; más que una batalla en las calles y mucho más que un simple cambio de gobierno (…) Una revolución es la ruina rápida en pocos años, de instituciones que tardaron siglos en arraigarse y que parecían tan estables y tan inmutables que incluso los reformadores más fogosos apenas osaban atacarlas en sus escritos; es la caída y pulverización (…)
de todo lo que constituía la esencia de la vida social, religiosa, política y económica de una nación, el abandono de las ideas adquiridas y de las nociones corrientes (…) Es, en fin, la floración de nuevas concepciones igualitarias acerca de las relaciones entre ciudadanos, concepciones que pronto se convierten en realidades, comienzan a irradiar sobre las naciones vecinas, trastornan el mundo y dan al siglo siguiente su orientación, sus problemas, su ciencia, sus líneas de desarrollo económico, político y moral”.
El siglo XX fue marcado a fuego por la Revolución bolchevique, sus consignas, su horizonte, el ideal de una sociedad sin explotadores ni explotados. El proyecto de un Estado basado en los soviets que ha medida que la revolución avanzaba en todos los terrenos se iba extinguiendo. No se pueden entender sino los fenómenos aberrantes del siglo XX como el stalinismo, el fascismo, la Segunda guerra mundial, Auswitchz; o los intentos reformadores como el New Deal y el Estado de bienestar; o la violencia imperialista y las dictaduras genocidas en la periferia capitalista. Fueron distintas respuestas para contrarrestar el efecto de ese gran acto liberador que fue la toma del Palacio de Invierno.
Las gigantescas tareas del proyecto revolucionario bolchevique, su llamamiento libertario, sigue pendiente de resolución en el siglo XXI.
Si ellos se atrevieron, como dijo Rosa Luxemburgo sobre Lenin y Trotsky, nosotros también lo haremos.