elogio de un intelectual


Leo sorprendido a aquel que contabilizaba y guardaba en su heladera milanesas de soja, gaseosas baratas y queso crema para consumo propio y exclusivo. Que comia en platos de camping para lavar menos. Que lloraba por las monedas que no encontraba, que cobraba con presición milimetrica cada centavo que gastaba a quien lo acompañara, que se quejaba del enorme peso de los aparatos de la izquierda en la vida de los hombres y su incapacidad para ver lo que él si tenia claro, mientras chupaba preocupado el humo de su pipa. Que predicaba la necesidad de una intelectualidad lucida y precisa en la elaboración de un pensamiento puro, descontaminado de todo dogma que no fuese aquel que saliera de su cabeza, cuya verdad eterna estaba asegurada por su conocimiento adquirido en las aulas de la universidad, por su esfuerzo ciclopeo en leer libros comprados en bibliotecas de saldo a los cuales catalogaba con dedicación de contador, conocimiento que la revolución deberia reconocer porque después de todo, aquello que predicaba el viejo bolchevique de que hasta la ultima cocinera supiera gobernar era pura utopia anarquista, ya que solo los sabios pueden ejercer el poder sabiamente y las masas solo son barbaras sino tienen un estado que las controle y eviten su caida en el mundo de naturaleza que tanto ha costado a la humanidad desterrar. Pero no un Leviatan producto del estado absolutista, sino un estado de sabios donde los obreros trabajen en armonia con el dirigente que, por supuesto democráticamente, jamás cedera el poder a la incultura, ya que aquello que el estado desaparezca jamás va a acontecer. Y por lo tanto el muy buen intelectual de izquierda, independiente, para garantizar la asepsía del pensamiento y del lenguaje (siempre y cuando no se tratara de juzgar a las mujeres aquellos simbolos del mal que en el feminismo germinan el huevo del fascismo), que no limpiaba a la espera que los demás lo hicieran por él. Que no discutia con quien cobra el alquiler a la espera de hacer buena letra con el propietario o de que otros den la cara. Que no figuraba en las declaraciones publicas de la militancia a la espera de no ofender ni perturbar sus relaciones con sus jefes academicos. Que no buscaba romances ante el temor al juicio o el dolor. Que solo buscaba el reconocimiento de sus pares y el silencio de sus oyentes, ya que el resto de los mortales jamás estarian a su altura. Portador de verdades que nacieron y fueron incriptas en los estandartes de la humanidad y recuperados por su verba. Leo, ‘recordar a la burguesía su pasado revolucionario es una provocación‘ y me alegro que lo diga y lo comparto. Pienso, estara cambiando para bien y me alegro de no pensar aquello que decia Guy Debord sobre que ‘la regla fundamental que juzga a todos los intelectuales‘ es que lo que ‘ellos respetan da la medida exacta (de) su propia realidad despreciable’.

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