cucarachas crujientes


Era una lucecita roja del hotel la que indicaba que aquel era el lugar indicado. Los zapatos pisaban crujientes cucarachas que llenavan las suelas de tripas blancas, pero los ojos de él solo podían mirar las tetas de ella que peleaban por salir contra el aire pesado y el vestido que las aprisionaba (madres del mundo que hacen del seno alimento y pajas turcas). En el descanso del hotel ella dijo -me gustan los juguetitos (antes le había dicho que solo quería mimos y besos). El no dudo, simplemente se arrojo al culo, dedo, dedos, mano, puño, la otra mano y se zambullo a la pileta de mierda navegando por los intestinos hasta encontrar una vía de salida a la garganta. Salio de allí chorreado mierda, flujo y sangre mientras ella le comía las pelotas y las sazonaba con ketchup y saliva sobre un plato de plata (dejate los anteojos puestos así lucís más intelectual).

En Rivadavia y Río de Janeiro, peinaban sobre la calzada las maricas anchas rayas de cocaína y ofrecían mamadas deliciosas a los porteros que acababan gritando ¡viva franco viva perón! Y las señoras madres de caballito -cuyas tetas no dan ya leche pero le encantan ser eyaculadas- se masturbaban en silencio pensando que ricky fort y mister musculo irían en su rescate.

En once la luna se tiraba pedos de rojas estrellas rojas que pintaban en el firmamento el lema -santucho vive y desaparecían entre sollozos de ex guerrilleros devenidos profesionales y funcionarios que manoseaban a las alternadoras de la perla (donde tanguito pedía una balsa y conseguía a cambio una bolsa) y la historia (vieja cruel de piel ajada) mostraba a los transeúntes de piel morena su brillante concha cavado profundo entre el revoloteo de los cuervos que devoraban chipa y dedos sangrantes de los borrachos que la ignoraron o la poseyeron y fueron derrotados.

Tuerce el trapo para sacarle la mugre, limpia el vidrio del espejo, el baño, las cagadas que salpican la taza. Cuelga el papel higiénico, hecha el desodorante. Se mira al espejo y ha perdido la sonrisa.

Ni olvido ni perdón para quien alguna vez estuvo enamorado. Limpia los rastros de la sangre derramada.

En las penumbras del cuarto el recuerdo hecha un trago mientras una cucaracha se instala dentro de su oído para comenzar el rito de la locura.

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