La revolución y el mundo musulmán. (George Friedman. STRATFOR)


Traducción
del camarada Guillermo Crux. Goerge Friedman es el CEO de
Stratfor, una empresa privada muy conocida que hace inteligencia para
gobiernos y empresas. Según internet, Friedman es sovietólogo y experto
en marxismo, húngaro de nacimiento y anticomunista por vocación. Presten
atención cómo el tipo constantemente separa gobierno de régimen, y la
importancia que da a la división de las FFAA. Ambas cosas que no son
tomadas en absoluto por la izquierda y que llevan a caracterizaciones de
“revoluciones de febrero” sin caída de regímenes y, peor, con gobiernos
militares como en Egipto (G.Crux)
La revolución y el mundo musulmán
22 de febrero, 2011 | 0949 GMT

George Friedman

STRATFOR

El
mundo musulmán, desde el norte de África hasta Irán, ha experimentado
una ola de inestabilidad en las últimas semanas. Aún no se han derrocado
regímenes, aunque, al momento de escribir esto, Libia se tambalea al
borde del abismo.

Ha
habido momentos en la historia en que la revolución se fue extendiendo
en una región o en todo el mundo como un incendio en un bosque. Estos
momentos no ocurren a menudo. Los que vienen a la mente son 1848, donde
un levantamiento en Francia se extendió por Europa. También estuvo 1968,
donde las manifestaciones de lo que podríamos llamar la nueva izquierda
barrieron el mundo: Ciudad de México, París, Nueva York y otros cientos
de ciudades fueron el escenario de revoluciones antiguerra organizadas
por marxistas y otros izquierdistas. En Praga se vio a los soviéticos
aplastar un gobierno de la Nueva Izquierda. Incluso se podría incluir,
durante un tramo, a la Gran Revolución Cultural Proletaria china. En
1989, una ola de disturbios, provocados por los alemanes del este que
quieren llegar a Occidente, generaron un levantamiento en el este de
Europa que derrocó el régimen soviético.

Cada
uno de ellos tuvo un motivo básico. Los levantamientos de 1848 trataron
de establecer democracias liberales en las naciones que habían quedado
sumergidas bajo la reacción contra Napoleón. 1968 fue una reforma
radical en la sociedad capitalista. 1989 fue el derrocamiento del
comunismo. Todos estos procesos eran más complejos de todas formas, y
variaban de país a país. Pero al final, las razones que los movían se
pueden condensar razonablemente en una o dos frases.

Algunas
de estas revoluciones tuvieron un gran impacto. 1989 cambió el
equilibrio global del poder. 1848 terminó en un fracaso en aquél momento
– Francia volvió a la monarquía tras cuatro años -, pero sentó las
bases para los cambios políticos posteriores. 1968 produjo pocas cosas
duraderas. La clave es que en cada país en el que se llevaron a cabo,
había diferencias significativas en los detalles -, pero compartían
principios fundamentales en momentos en que otros países estaban
abiertas a esos principios, al menos hasta cierto punto.

El levantamiento actual en contexto

Al
observar el actual levantamiento, el área geográfica es clara: los
países musulmanes del norte de África y la Península Arábiga han sido el
foco principal de estos levantamientos, y en particular en África del
Norte, donde Egipto, Túnez y ahora Libia ya han tenido crisis profundas.
Por supuesto que muchos otros países musulmanes también han tenido
acontecimientos revolucionarios que, al menos hasta ahora, no se han
transformado en acontecimientos que amenazan a regímenes o incluso
personalidades dominantes. Ha habido señales de esos eventos en otros
lugares. Hubo manifestaciones pequeñas en China, y por supuesto, las de
Wisconsin, que está en crisis por los recortes presupuestarios. Sin
embargo, estos en realidad no se conectan con lo que está ocurriendo en
el Oriente Medio. Las primeras fueron pequeñas y las segundas no se
inspiran en El Cairo. Así que lo que tenemos es un aumento en el mundo
árabe que no se ha extendido más allá por el momento.

El
principio fundamental que parece estar impulsando los levantamientos es
la sensación de que los regímenes, o un grupo de individuos dentro de
esos regímenes, han privado a los ciudadanos de los derechos políticos
y, más importante aún, de los económicos – en resumen, que se
enriquecieron más allá de lo permitido por el decoro. Esto se ha
expresado de diferentes maneras. En Bahrein, por ejemplo, el
levantamiento fue de la población principalmente chií contra una familia
real predominantemente sunita. En Egipto, fue contra la persona de
Hosni Mubarak. En Libia, es contra el régimen y la persona de Muamar
Gadafi y su familia, y lo alimenta una hostilidad tribal.

¿Por
qué ahora ocurren todos juntos? Una de las razones es que hubo una
enorme cantidad de cambios de regímenes en la región desde la década de
1950 a la del ‘70, cuando los países musulmanes creaban nuevos regímenes
para sustituir a los de las potencias imperiales extranjeras y sufrían
las consecuencias de la guerra fría. Desde la década de 1970, la región,
con la excepción de Irán en 1979, se ha estabilizado bastante en el
sentido de que los regímenes – e incluso las personalidades que
surgieron en la fase inestable – estabilizaron sus países e impusieron
regímenes que no podían ser removidos fácilmente. Gadafi, por ejemplo,
derrocó a la monarquía de Libia en 1969 y ha gobernado continuamente
durante 42 años desde entonces.

A
medida que pasa el tiempo, en cualquier régimen dominado por un pequeño
grupo de personas, se ve que ese grupo utiliza su posición para
enriquecerse. No son pocos los que pueden resistir durante 40 años. Por
ejemplo, es importante reconocer que Gadafi, alguna vez, fue un
revolucionario pro-soviético verdadero. Pero, con el tiempo, el ardor
revolucionario disminuye y surge la avaricia junto con la arrogancia del
poder ampliado. Y en las áreas de la región donde no ha habido cambios
de régimen desde el fin de la Primera Guerra Mundial, este principio se
mantiene fiel, aunque, curiosamente, con el tiempo los regímenes parecen
aprender a repartir un poco la riqueza.

Por
lo tanto, lo que surgió en toda la región fueron regímenes y personas
que eran cleptócratas clásicos. Más que nada, si queremos definir esta
ola de disturbios, sobre todo en el norte de África, es un levantamiento
contra los regímenes – y en particular contra las personas – que han
estado en el poder durante períodos extraordinariamente largos. Y
podemos agregar a esto que son personas que tenían previsto mantener el
poder y el dinero familiar mediante la instalación de sus hijos como
herederos políticos. El mismo proceso, con variantes, se está realizando
en la Península Arábiga. Este es un levantamiento contra los
revolucionarios de las generaciones anteriores.

Las
revoluciones se han venido forjando durante mucho tiempo. El
levantamiento en Túnez, sobre todo cuando triunfó, hizo que se
propaguen. Al igual que en 1848, 1968 y 1989, similares condiciones
sociales y culturales generan eventos similares y son accionados por el
ejemplo de un país y luego se extienden de manera más amplia. Eso ha
sucedido en 2011 y continúa.

Una región particularmente sensible

Sin
embargo, esto ocurre en una región que es particularmente sensible en
este momento. La guerra norteamericano-yihadista hace que, al igual que
con las anteriores oleadas revolucionarias, tengan posibles implicancias
geopolíticas más amplias. 1989 significó el fin del imperio soviético,
por ejemplo. En este caso, la cuestión de mayor importancia no es por
qué estas revoluciones están ocurriendo, sino quiénes se aprovecharán de
ellas. No vemos a estas revoluciones como una vasta conspiración de
islamistas radicales para tomar el control de la región. Una
conspiración tan vasta se detecta fácilmente, y las fuerzas de seguridad
de cada país han destruido las conspiraciones rápidamente. Nadie
organizó las oleadas anteriores, aunque ha habido teorías conspirativas
sobre ellas. Surgieron a partir de ciertas condiciones, siguiendo el
ejemplo de un incidente. Sin embargo, determinados grupos han intentado,
con mayor o menor éxito, aprovecharse de ellas.

En
este caso, sea cual sea la causa de los levantamientos, no hay duda de
que los islamistas radicales tratarán de tomar ventaja y controlarlas.
¿Por qué no lo harían? Se trata de un curso lógico y racional para
ellos. Si van a ser capaces de hacerlo es un problema complejo e
importante más, pero es obvio que quieren y que están tratando de
hacerlo. Se trata de un amplio grupo, transnacional y dispar, que creció
usando métodos conspirativos. Esta es su oportunidad de crear una
amplia coalición internacional. Así, como pasó con los comunistas
tradicionales y la nueva izquierda en la década de 1960, no crearon los
levantamientos, pero serían unos necios si no trataran de aprovecharse
de ellos. Agregaría que no hay duda que los Estados Unidos y otros
países occidentales están tratando de influir en la dirección de los
levantamientos. Por ambos lados, este es un juego difícil de jugar, pero
es especialmente difícil para los Estados Unidos, como jugadores desde
afuera como desde afuera, en comparación con los islamistas nativos que
conocen su país.

Pero
aunque no hay duda de que a los islamistas le gustaría tomar el control
de la revolución, eso no significa que lo harán, ni tampoco significa
que estas revoluciones serán un éxito. Recordemos que 1848 y 1968 fueron
un fracaso y los que trataron de aprovecharse de ellas no tenían un
vehículo para montar. Recordemos también que tomar el control de una
revolución no es cosa fácil. Pero, como vimos en Rusia en 1917, el grupo
que gana no es necesariamente el más popular, sino el mejor organizado.
Y con frecuencia no se sabe quién es el mejor organizado sino hasta
después.

Las
revoluciones democráticas tienen dos fases. La primera es el
establecimiento de la democracia. La segunda es la elección de los
gobiernos. El ejemplo de Hitler es útil como advertencia sobre el tipo
de los gobiernos que puede producir una democracia joven, dado que llegó
al poder a través de medios democráticos y constitucionales – y
posteriormente, abolió la democracia ante las vivas de las multitudes.
Así que hay tres corrientes que se cruzan aquí. La primera es la
reacción contra los regímenes corruptos. La segunda es la elección
misma. ¿Y la tercero? Estados Unidos debería recordar, mientras aplaude
el surgimiento de la democracia, que el gobierno electo puede no ser el
que espera.

En
cualquier caso, la verdadera cuestión es si estas revoluciones tendrán
éxito en sustituir a los regímenes existentes. Vamos a considerar el
proceso de la revolución, por el momento, empezando por distinguir una
manifestación de un levantamiento. Una manifestación es simplemente una
aglomeración de gente que pronuncia discursos. Esto puede desestabilizar
el régimen y sentar las bases para acontecimientos más graves, pero por
sí sola, no es significativa. A menos que las manifestaciones sean lo
suficientemente grandes como para paralizar una ciudad, son eventos
simbólicos. Ha habido muchas manifestaciones en el mundo musulmán que
han llevado a ninguna parte, y si no veamos Irán.

Es
interesante observar que los jóvenes con frecuencia dominan las
revoluciones, como 1848, 1969 y 1989 en un primer momento. Esto es
normal. Los adultos con familias, maduros, rara vez salen a las calles
para hacer frente a las armas y los tanques. Se necesita a los jóvenes,
que tienen el valor o la falta de juicio como para arriesgar sus vidas
en lo que podría ser una causa perdida. Sin embargo, para tener éxito,
es vital que en algún momento otras clases de la sociedad se unan a
ellos. En Irán, uno de los momentos clave de la revolución de 1979 fue
cuando los comerciantes se unieron a los jóvenes en la calle. Una
revolución sólo de los jóvenes, como vimos en el 1968 por ejemplo, rara
vez tiene éxito. Una revolución requiere una base más amplia que eso, y
que ésta debe ir más allá de las manifestaciones. En el momento en que
va más allá de la manifestación es cuando se enfrenta a las tropas y la
policía. Si los manifestantes se dispersan, no hay revolución. Si se
enfrentan a las tropas y la policía, y si continúan incluso después de
que se abrió fuego contra ellos, entonces estamos en una fase
revolucionaria. Por lo tanto, las imágenes de los manifestantes
pacíficos no significan tanto, como los medios de comunicación tratan de
hacernos creer; son mucho más significativas las imágenes de los
manifestantes que siguen en su lugar incluso después de que los
ametrallaron.

El evento clave de una revolución

Esto
nos lleva al evento clave en la revolución. Los revolucionarios no
pueden derrotar a hombres armados. Pero si los hombres armados, en su
totalidad o en parte, se pasan al bando revolucionario, la victoria es
posible. Y este es el evento clave. En Bahrein, las tropas dispararon
contra los manifestantes y mataron a algunos. Los manifestantes se
dispersaron y luego se les permitió manifestarse – con los recuerdos
frescos de los disparos. Esta fue una revolución contenida. En Egipto,
la policía y los militares se opusieron entre sí y los militares tomaron
partido por los manifestantes, por razones complejas, obviamente. Era
inevitable, si no el cambio de régimen, por lo menos el cambio de
gobierno. En Libia, el ejército se ha dividido de par en par.

Cuando
esto sucede, es como llegar a un ramal que se desprende de una ruta. Si
la división en el ejército es más o menos igual y profunda, esto podría
conducir a una guerra civil. De hecho, un camino para el éxito de una
revolución es pasar a la guerra civil, convirtiendo a los manifestantes
en un ejército, por así decirlo. Es lo que hizo Mao en China. Mucho más
común es que los militares se dividan. Si la división crea una fuerza
anti-régimen abrumadoramente mayoritaria, esto conduce al éxito de la
revolución. Siempre, el punto que hay que buscar es que la policía se
una a los manifestantes. Esto sucedió mucho en 1989, pero casi nada en
1968. Sucedió en ocasiones, en 1848, pero la balanza estuvo siempre del
lado del Estado. Por lo tanto, la revolución fracasó.

Es
este acto, cuando el ejército y la policía se pasan hacia el lado de
los manifestantes, lo que hace o no la revolución. Por lo tanto, para
volver al tema anterior, el problema más importante sobre el papel de
los islamistas radicales no es su presencia en la multitud, sino su
penetración en el ejército y la policía. Si hubiera una conspiración, se
centraría en unirse a los militares, esperar las manifestaciones y
luego la huelga.

Aquellos
que argumentan que estos levantamientos no tienen nada que ver con el
islam radical pueden tener razón en el sentido de que los manifestantes
en las calles pueden ser estudiantes enamorados con la democracia. Pero
no ven el punto de que los estudiantes, por sí solas, no pueden ganar.
Sólo pueden ganar si el régimen quiere que así sea, como en Egipto, o si
otras clases y por lo menos parte de la policía o los militares –
personas armadas con pistolas que saben cómo usarlas – se unen a ellos.
Por lo tanto, mirar a los estudiantes en la televisión dice poco. Ver a
los soldados dice mucho más.

El
problema con las revoluciones es que las personas que las comienzan
rara vez las terminan. Los demócratas idealistas en torno a Alexander
Kerensky en Rusia no fueron los que terminaron la revolución. Los
matones bolcheviques fueron los que lo hicieron. En estos países
musulmanes, poner el centro en los jóvenes manifestantes hace perder el
sentido, como pasó en la Plaza Tiananmen. Lo que importaba no eran los
manifestantes, sino los soldados. Si cumplieran órdenes, no habría
ninguna revolución.

No
sé el grado de penetración islamista que hay entre los militares en
Libia, por poner un ejemplo de los levantamientos. Sospecho que el
tribalismo es mucho más importante que la teología. En Egipto, sospecho
que el régimen se ha salvado por ganar tiempo. En Bahrein pasaba por la
influencia iraní en la población chiíta que por el trabajo de los
yihadistas suníes. Pero así como los iraníes están tratando de aferrarse
al proceso, también tratarán de hacerlo los yihadistas suníes.

El peligro del caos

Sospecho
que algunos regímenes van a caer, en la mayoría de los casos llevando
al país en cuestión hacia el caos. El problema, como estamos viendo en
Túnez, es que con frecuencia no hay nadie del bando revolucionario
preparado para tomar el poder. Los bolcheviques tenían un partido
organizado. En estas revoluciones, las partidos están tratando de
organizarse durante la revolución, que es otra forma de decir que los
revolucionarios no están en condiciones de gobernar. El peligro no es el
Islam radical, sino el caos, seguido por la guerra civil, los militares
tomando el control simplemente para estabilizar la situación, o el
surgimiento de un partido radical islámico para tomar el poder –
simplemente porque son los únicos en la multitud que tienen un plan y
una organización. Así es como las minorías toman el control de las
revoluciones.

Todo
esto es especulación. Lo que sí sabemos es que esta no es la primera
oleada revolucionaria mundial, y la mayoría de las oleadas fracasan,
para que luego se observen sus efectos décadas más tarde en los nuevos
regímenes y culturas políticas. Sólo en el caso de Europa del Este vimos
un éxito revolucionario amplio, pero fue contra un imperio que estaba
por colapsar, así que de allí son pocas las enseñanzas que se pueden
extraer para el mundo musulmán.

Mientras
tanto, cuando usted mire a la región, recuerde no mirar a los
manifestantes. Mire a los hombres con armas. Si se mantienen firmes en
el bando estatal, los manifestantes han fracasado. Si algunos se pasan
de bando, hay alguna posibilidad de victoria. Y si la victoria llega, y
se declara el comienzo de la democracia, no dé por hecho que lo que se
viene sea en modo alguno algo a favor de Occidente – la democracia y la
cultura política pro-occidental no significan lo mismo.

La
situación sigue siendo fluida, y no hay certezas amplias. Ahora se
trata de un problema de país a país, con la mayoría de los regímenes
logrando mantenerse en el poder hasta el momento. Hay tres
posibilidades. Una es que pase como en 1848; un amplio levantamiento que
fracasará por falta de organización y coherencia, pero que resonará por
décadas. La segunda es como 1968, una revolución que no derroque a
ningún régimen ni siquiera temporalmente, y deje algunos resabios
culturales de mínima importancia histórica. La tercera es como 1989, una
revolución que derroque al orden político en una región entera, y que
cree un nuevo orden en su lugar.

Si
tuviera que adivinar en este momento, yo diría que estamos frente a
1848. El mundo musulmán no experimentará un cambio de régimen masivo
como en 1989, pero tampoco los efectos serán tan efímeros como en 1968.
Al igual que 1848, la revolución no logrará transformar el mundo
musulmán o incluso el mundo árabe. Pero va a plantar las semillas que
germinen en las próximas décadas. Creo que esas semillas serán
democráticas, pero no necesariamente liberales. En otras palabras, las
democracias que surgirán con el tiempo producirán regímenes que tendrán
sus puntos de referencia en su propia cultura, es decir, en el Islam.

Occidente celebra la democracia. Debería tener cuidado con lo que anhela: puede llegar a conseguirla.

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