Jean Cocteau y el opio (José Cueli)


Espléndido es el libro de Jean Cocteau, Diario de una desintoxicación, escrito en la clínica de Saint Claud, entre diciembre de 1918 y abril de 1929. Traducido y sintetizado por mi colega Lilia Arranz, propone elementos para reflexionar sobre la farmacodependencia y las dificultades de la desintoxicación.

Y es que como dice Cocteau, el papel del poeta no es probar, sino afirmar sin aportar ninguna prueba. Así, los niños tienen un poder mágico para transformarse en lo que quieren. Los poetas en que la infancia se prolonga sufren mucho en perder ese poder, esa es, o era, sin duda, una de las razones que impulsaron al poeta a emplear el opio. El efecto de una pipa es inmediato, proviene de un pacto. Si nos seduce, ya no se puede abandonar.

Cocteau estaba convencido, a pesar de su fracaso de que el opio puede ser bueno y que de nosotros depende hacerlo grato. Uno de los enigmas del opio es que permite al fumador no aumentar nunca las dosis.

El drama del opio no es otro, para Cocteau que el de la comodidad y la incomodidad. La comodidad mata, la incomodidad crea. Tomar opio, sin abandonarse a la comodidad absoluta que proporciona es evitarse los trastornos. Para el poeta todos los proyectos le parecían insensatos.

El vicio no era más que un lujo de la naturaleza. Fumar era bajarse del tren en marcha hacia la muerte, era ocuparse de otras cosas que no fueran la vida y la muerte. O sea, paciencia de la adormidera, quien la ha fumado, fumará.

El opio sabe esperar. El opio transforma al mundo y sin el opio un cuarto siniestro sigue siendo un cuarto siniestro. Uno de los prodigios del opio es convertir instantáneamente un cuarto siniestro en uno tan familiar, tan lleno de recuerdos que uno cree haberlo ocupado siempre.

El opio es una decisión de adopción. El único error de los fumadores es querer fumar y compartir los privilegios de los que no fuman. Decir las drogas, hablando del opio, es como confundir el Pommard con el Pernod. Dicho de otra manera, el alcohol provoca actos de locura. El opio provoca actos de cordura. (Tomar en cuenta esto último en la reciente semana que más que santa es infernal.)

Desde el punto de vista de la percepción corporal el despertar de la privación de opio produce en la mujer síntomas morales y en el hombre no adormece el corazón, sino el sexo. En la mujer despierta el sexo y adormece el corazón. Ya que el opio alimenta un semisueño, adormece lo sensible, exalta el corazón y consuela el ánimo. Su único defecto es hacer enfermar a la larga.

El opio se torna trágico en la medida que afecta a los centros nerviosos que gobiernan el alma. Si no fuera esto, sería un antídoto, un placer, una siesta extraordinaria.

El opio es una estación, los fumadores no sufren ya con los cambios de tiempo, tiene sus propios fríos y calores que no corresponden al frío o calor. Sin opio se tiene frío, catarro, se pierde el hambre, se está impaciente. Al fumar se tiene calor, se desconocen los catarros, se tiene hambre, la impaciencia desaparece. Cocteau pide a los médicos meditar sobre este enigma. El opio al despojar de toda obsesión sexual, no sólo no provoca ninguna impotencia, sino que sustituye ese género de obsesiones bajas por uno de obsesiones elevadas, singularísimas y desconocidas para un organismo sexualmente normal: por una sexualidad trascendental.

El semisueño del opio nos hace doblar pasillos, cruzar vestíbulos y empujar puertas. Nos hace un poco visibles a lo invisible. Espectros que espantan a sus espectros en su morada. Al fumar, el cuerpo piensa, sueña, se desmembra, vuela. Uno se observa a vuelo de pájaro. Lo que quiere decir que no soy yo quien me intoxico sino el cuerpo. El opio es la única sustancia vegetal que nos comunica al estado vegetal y nos da una idea de la velocidad de las plantas.

Dentro de los síntomas patológicos el opio lleva al organismo a la muerte eufóricamente. Las torturas provienen de un retorno a contrapelo a la vida. No soporta a los impacientes, a los torpes, se aparta de ellos, les deja la morfina, la heroína, la cocaína, el alcohol, el tabaco, las tachas, el suicidio, la muerte. Si se ha oído decir que se ha matado fumando opio, es imposible, esa muerte oculta otra cosa.

Para los organismos que nacen para ser presa de las drogas es una suerte que el opio los equilibre y proporcione a esas almas de corcho un traje de buzo. El mal producido por el opio es menor que el de las otras sustancias y la debilidad que intentan curar. Los nerviosos “‘normales” se apagan de noche. Los nerviosos opiómanos se encienden de noche.

Como en todas las farmacodependencias lo difícil es la desintoxicación. La intención de Cocteau no es defender la droga, sino ver con claridad en lo oscuro, penetrar en la entraña de la cuestión, abordar de frente problemas que se abordan de soslayo. Y es que es casi imposible vivir sin el opio, después de haberlo conocido, tomar al mundo en serio.

Los médicos nos entregan lealmente al suicidio en el resurgimiento de la memoria y el sentido del tiempo. Se regresa al opio, porque es preferible un equilibrio artificial a la falta absoluta de éste. Ante esos fenómenos de la desintoxicación no puede la medicina.

Es tal la maestría de Jean Cocteau para convencer de la belleza de su interioridad que se pierde en lo siniestro.

La Campora: La épica de una nueva burocracia del estado capitalista (LVO 424)


Tengo una amiga que es militante k (y ella debe decir, tengo un amigo trotskista).

Ella piensa – a su favor, siempre pensó lo mismo- que el capitalismo es imbatible y que hay que tratar de mejorarlo, impedir que la derecha gane y hacer una batalla cultural que cambie la hegemonía de “la corpo”. Cuando uno le señala los aliados del gobierno de la derecha real del peronismo que tiene de aliados el gobierno, contesta con su latiguillo : “ustedes trotskistas le hacen el juego a la derecha” y retruca, “el peligro es Macri, Duhalde, Clarín, a estos los tenemos controlados”. Si bien es una persona honesta, opina que la corrupción es un tema menor y perdona los excesos de sus compañeros, cuando les señalas los salarios de 30.000 pesos de sus dirigentes.

Por su novio, consiguió trabajo en el Ministerio de Educación para llevar adelante un proyecto de talleres culturales para los detenidos en los penales juveniles. Ella piensa que la educación y la difusión de la cultura son las herramientas fundamentales del cambio social y que para ello hay que usar al estado.

Ella se declara abiertamente como reformista y enemiga de la lucha de clases -horror, dice textualmente cuando se la nombra- aunque sensiblemente en las confrontaciones sociales tome partido por los débiles. Nunca explica la represión, aunque justifique al gobierno diciendo que no le quedaba otra. Preferiría a Yasky antes que Moyano -y lamenta que De Genaro se haya hecho sojero-, pero opina que hay que tranzar con la CGT y que no es lo mismo Moyano que los gordos. Cuando se le habla de Pedraza y Amriano Ferreyra, se llama a silencio (supongo que por no pelearse conmigo pero no me cabe duda que con otros usa el argumento de que la izquierda lo mando al muere).

Ella desea ser una burócrata del estado. Considera que hay que desestigmatizar al estado como un ente burocrático ajeno a las necesidades sociales y que para eso, hay que hacerse burócrata del estado y cumplir el papel del buen funcionario publico.

Ella no entiende que el estado es de clase, la burocracia una loza sobre la sociedad y kirchnerismo la representación política de la dominación de la burguesía sobre los trabajadores.

Ella es una excepción porque, a diferencia de sus dirigentes y compañeros que son carreristas, honestamente cree en el papel del burócrata publico, en la épica gris de la oficina y la gestión.

Ella es de La Campora.

El camporismo

El “camporismo” es un invento mas o menos reciente y consiste en reivindicar la figura de Hector Campora, alias El Tío, y en presentar los hechos históricos a conveniencia para decir que hubo una oportunidad democrática perdida, una alternativa a la violencia revolucionaria, que la izquierda peronista no supo apoyar con fuerza en 1973. Campora fue electo presidente en marzo de 1973 luego de 18 años de proscripción del peronismo. El eje de su campaña fue “Campora al gobierno, Perón al poder”. La campaña de Campora fue sostenida principalmente por la JP y los Montoneros que se habían sumado a la política electoral acordada entre Perón y Lanusse para contener a la clase obrera que había quebrado a la dictadura con el cordobazo de mayo de 1969. Abandonaron así momentáneamente la linea guerrillera y convencieron a un sector de la s juventudes de las clases medias y de los trabajadores que el peronismo era el instrumento para luchar por la “Patria Socialista” y que Perón iba a hacer el “socialismo nacional”.

A pesar del apoyo de la JP, el gabinete de Campora no tuvo funcionarios montoneros, salvo algunos amigos, pero si muchos burócratas de los sindicatos y derechistas encabezados por el brujo López Rega. El gobierno de Campora en definitiva, fue un producto del desvío del cordobazo, su función era desmontar el proceso de movilización obrera y popular y salvaguardar el estado capitalista. Campora fracaso por dos motivos. Uno que no pudo contener las movilizaciones; el 25 de mayo de ese año luego de su asunción se produjo el “devotazo” una movilización popular que obligo a liberar esa noche a los presos políticos de la dictadura y durante junio de 1973 se produjeron centenares de tomas de edificios públicos, empresas, escuelas y universidades. El segundo fue el boicot abierto de la burocracia sindical y la derecha peronista -representada en el gabinete de Campora por el mismísimo López Rega- que lo ve pegado a la JP y le da un golpe de palacio luego de la masacre de Ezeiza. El tío renuncia sin resistir, el 13 de julio de 1973 y le entrega la banda presidencial a Raúl Lastiri, yerno de López Rega.

En conclusión, el camporismo no fue un instrumento político de la “Patria Socialista”, sino el resultado del fracaso del apoyo político de la izquierda peronista a Perón, que termino en una capitulación frente a la derecha peronista.

La Campora

La Campora es la agrupación cuyo líder formal es Máximo Kirchner y esta dirigida por funcionarios y profesionales que ocupan altos cargos en el estado capitalista. La épica del burócrata de mi amiga k es funcional a la idea de que gestionar y ocupar puestos en el aparato estatal es luchar por el poder real. No son cuadros representativos de las luchas sociales y la organización popular, como era el caso de la JP setentista, sino carreristas que carentes de toda fuerza política y electoral propia se acobachan bajo la protección de Cristina para ocupar espacios. Algunos provienen del peronismo de los ’80 y el centroizquierdismo de los ’90, otros son ex stalinistas sumados a la causa. No pelean por la Patria Socialista sino por la gestión del estado capitalista y la jugosa renta como funcionarios públicos. Es el intento de construir una juventud no mediante su organización como fuerza de oposición contra las injusticias del sistema, sino como gestores de las instituciones que sostienen el régimen social que provoca esas injusticias.

Sus jefes políticos ocupan cargos en la dirección de Aerolíneas Argentinas, la corporación Puerto Madero, la Ansses, la Superintendencia de Seguros, entre otros, y ahora van por un puesto en el directorio de Siderar, para disputar para el “proyecto nacional y popular”, una tajada de las rentas del monopolio.

No tienen empacho en apoyar a Insfran el asesino de los Qom o a Moyano el jefe de la burocracia corrupta y gangsteril que dirige los sindicatos y de donde salieron los Pedraza.

Difieren de los militantes setentistas en que, aunque aquellos sostenían una política equivocada de colaboración con la burguesía nacional era movida por su deseo de acabar con la dominación imperialista y el capitalismo. Son lo contrario a Mariano Ferreyra y Polo Denaday, ejemplos de jóvenes militantes socialistas revolucionarios, que para terminar con la explotación capitalista, buscaron organizar a los trabajadores y luchar por su independencia política.

El Frente de Izquierda presentó sus candidaturas


Jorge Altamira del PO y Christian Castillo del PTS conforman el binomio presidencial

El Frente de Izquierda que conformaron el Partido Obrero, el Partido de los Trabajadores Socialistas e Izquierda Socialista presentaron hoy la fórmula presidencial y principales candidaturas de ese espacio para las próximas elecciones en la Ciudad de Buenos Aires y en Provincia de Buenos Aires. El binomio presidencial estará integrado por el dirigente del PO Jorge Altamira como candidato a presidente y el intelectual marxista y docente universitario Christian Castillo, dirigente del PTS, como vice. En el evento el Frente de Izquierda y de los Trabajadores convocó a un acto para este domingo 1º de mayo a las 15:30 horas en Plaza de Mayo, en homenaje al Día Internacional de los Trabajadores.

En la conferencia de prensa realizada en el Hotel Castelar, también se presentó a quien será la candidata a Jefe de Gobierno por la Ciudad: Myriam Bregman, abogada querellante en los juicios contra Etchecolatz, Von Wernich y ahora en la mega causa de la ESMA, miembro del Centro de Profesionales por los Derechos Humanos y del PTS. La acompañará en la fórmula José Castillo, de Izquierda Socialista, que es economista y docente universitario. El primer candidato a legislador de la Ciudad será Marcel Ramal del PO, quien estará secundado Claudio Dellecarbornara, delegado de la línea B del Subte y miembro del flamante sindicato del sector, militante del PTS. Ramal también será el primer candidato a diputado nacional, seguido en la lista por la referente del movimiento de mujeres Andrea D’Atri, dirigente de la Agrupación Pan y Rosas y del PTS.

El delegado de los trabajadores del Astillero Río Santiago y dirigente del PTS José Montes será el candidato a gobernador por la provincia de Buenos Aries, mientras que Néstor Pitrola del PO será el primer candidato a diputado nacional por este distrito, secundado por Carla Lacorte, víctima del gatillo fácil de la Bonaerense y miembro del PTS. El primer candidato a Senador Nacional será Edgardo Reynoso, miembro del cuerpo de delegados del ferrocarril Sarmiento, opositor a Pedraza en el gremio ferroviario.

El Frente de Izquierda postulará candidatos en 19 provincias. En Neuquén la lista de legisladores está encabezada por dos referentes históricos de la principal fábrica recuperada y bajo gestión obrera de la Argentina, Zanon-Fasinpat, Alejandro López y Raúl Godoy. Las docentes Patricia Jure y Angélica Lagunas también son parte de la lista, una como gobernadora y la otra como tercera candidata a la legislatura.

“La izquierda que va de frente”

Christian Castillo, que fue uno de quienes hizo uso de la palabra durante la conferencia de prensa señaló que “vamos a realizar una gran campaña militante en todo el país para desenmascarar ante la mayoría obrera y popular el doble discurso del gobierno nacional, que se reclama progresista pero se sostiene con la burocracia sindical y los gobernadores e intendentes más retrógrados y conservadores, como Insfrán de Formosa, el represor de los QOM, Gioja, Urtubey o Scioli”.

Castillo también afirmó que “esta es la izquierda que va de frente contra las patronales, el gobierno, la oposición sojera y la burocracia sindical, la que ha jugado un papel relevante en las principales luchas protagonizadas por la clase trabajadora en el último período, como en ferroviarios, en Kraft, en el subte o en Zanon”.

SECRETARÍA DE PRENSA DEL PTS

PARTIDO DE LOS TRABAJADORES SOCIALISTAS

Contactos:

Christian Castillo: 15 5881 9565 Twitter: @chipicastillo

Myriam Bregman: 15 4170 2398

José Montes: (0221) 15 4081 467

Claudio Dellecarbonara: 15 5592 7546

Andrea D’Atri: 15 6464 6906

Marcela Soler (sec. de prensa): 15 5470 9292

Virginia Rom (sec. de prensa): 15 5006 4242


La noticia en Clarín:

Política/ Elecciones2011

La izquierda presentó sus candidatos y competirá en 19 distritos en octubre

27/04/11 – 17:03 El frente está compuesto por el Partido Obrero, el Partido de los Trabajdores Socialistas e Izquierda Socialista.

Finalmente y tras el anuncio de la semana pasada, el Frente de Izquierda que conformaron el Partido Obrero, el Partido de los Trabajadores Socialistas e Izquierda Socialista presentaron hoy en el Hotel Castelar los candidatos que, de obtener el 1,5 por ciento de los votos en las primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias del 14 de agosto, representarán el espacio poítico en las presidenciales de octubre.

La fórmula presidencial, de acuerdo al consenso que hubo en reiteradas reuniones, estará formada por el histórico dirigente del PO Jorge Altamira como candidato a presidente junto a Christian Castillo, dirigente del PTS y docente universiatrio. En total, el frente presentará candidatos en 19 distritos.

También se aprovechó la ocasión para anunciar el acto para este domingo 1º de mayo a las 15:30 horas en Plaza de Mayo, en homenaje al Día Internacional de los Trabajadores.En el resto de los cargos estarán: la candidata a Jefe de Gobierno por la Ciudad, Myriam Bregman, quien es abogada querellante en los juicios contra Etchecolatz, Von Wernich y ahora en la mega causa de la ESMA, quien estará secundada por José Castillo, de Izquierda Socialista.

El primer candidato a legislador de la Ciudad será el economista Marcelo Ramal, del PO, quien estará secundado Claudio Dellecarbornara, delegado de la línea B del Subte, del PTS.

En la provincia de Buenos Aires la fórmula estará conformada por el delegado de los trabajadores del Astillero Río Santiago y dirigente del PTS José Montes será el candidato a gobernador por la provincia de Buenos Aries, mientras que Néstor Pitrola del PO será el primer candidato a diputado nacional por este distrito, secundado por Carla Lacorte, miembro del PTS.

Los peligros profesionales del poder (Christian Rakovsky)


Los peligros profesionales del poder

Por Christian Rakovsky
(6 de agosto de 1928)

— I —

Querido camarada Valentinov:

En sus “Meditaciones sobre las masas”, fechada el 8 de julio, examinando el problema de la “actividad” de la clase obrera, usted trata una cuestión fundamental: la de la conservación por el proletariado de su papel dirigente en nuestro Estado.

A pesar de que todas las reivindicaciones de la Oposición tienden hacia ese fin, estoy de acuerdo con usted en que no ha sido todo dicho sobre esa cuestión. Hasta el presente, nosotros la hemos examinado siempre en relación con el conjunto del problema de la toma y la conservación del poder político, mientras que, para esclaracerlo más, habría sido necesario tratarla separadamente, como asunto especial de valor propio. En el fondo, los mismos acontecimientos se han encargado de colocarla en primer plano.

La oposición exhibirá siempre, como uno de sus méritos ante el partido, del cual nadie podría despojarla, el de haber dado la alarma a tiempo sobre la terrible declinación del espíritu de actividad de las masas trabajadoras, y sobre su indiferencia creciente hacia el destino de la dictadura del proletariado y del Estado soviético.

Lo que caracteriza la ola de escándalos que acaban de ser revelados, lo que constituye el más grande peligro, es, precisamente, esta falta de actividad de las masas trabajadoras, y su indiferencia creciente hacia el destino de la dictadura del proletariado y del Estado soviético.

Lo que caracteriza la ola de escándalos que acaban de ser revelados, lo que constituye el más grande peligro, es precisamente esta pasividad de las masas (pasividad superior aún entre las masas comunistas que entre las sin partido) hacia las manifestaciones de despotismo sin precedentes que se han producido. Los obreros han sido testigos, y las han dejado pasar sin protesta, o bien se han contentado con murmurar un poco, por temor de aquellos que estaban en el poder, o por indiferencia política. Desde el asunto de Chubarovsk (para no remontarnos más arriba) hasta los abusos de Smolensk, de Artiemovsk, etc., Usted escucha siempre la misma canción: “Nosotros lo sabemos ya desde hace tiempo…”.

Robos, prevaricaciones, violencias, garrafas de vino, increíbles abusos de poder, despotismo ilimitado, ebriedad, desocupación: se habla de todo esto como de hechos ya conocidos, no desde hace meses sino desde hace años, y también hay cosas que todo el mundo tolera sin saber por qué.

Sólo tengo necesidad de explicar que cuando la burguesía mundial vocifera sobre los vicios del Estado Soviético, nosotros podemos ignorarla con tranquilo desprecio. Conocemos muy bien la pureza moral de los gobiernos y de los parlamentos burgueses del mundo entero. No podemos tomarlos como modelos. Entre nosotros se trata de un Estado obrero. Nadie puede ignorar los terribles daños ocasionados por la indiferencia política en la clase obrera.

Además, la cuestión de las causas de esta indiferencia y de los medios para eliminarla se revela esencial. Pero esto nos obliga a tratarla de una manera fundamental, científica, sometiéndola a un análisis profundo. Tal fenómeno merece que le acordemos toda nuestra atención.

Las explicaciones que usted da son, sin ninguna duda, correctas. Cada uno de nosotros las ha ya expuesto en sus discursos. Ya han encontrado en parte su lugar en nuestra Plataforma (1). Y sin embargo, estas interpretaciones y los remedios propuestos para salir de la penosa situación, han tenido y tienen aún un carácter empírico; se refieren a cada caso en particular sin ordenar el fondo de la cuestión.

A mi juicio, esto se produce porque la cuestión misma es una cuestión nueva. Hasta el presente hemos sido testigos de un gran número de casos en que el espíritu de iniciativa de la clase obrera se ha debilitado y ha declinado hasta el punto de llegar al nivel de la reacción política. Estos ejemplos no habían aparecido, tanto aquí como en el extranjero, mientras duró el período en que el proletariado seguía combatiendo por la conquista del poder político.

Carecemos de ejemplos de declinación del ardor del proletariado una vez conquistado el poder, por la simple razón de que el nuestro es el primer caso en la historia en que la clase obrera lo conserva durante tan largo tiempo. Sabíamos hasta ahora qué podía ocurrirle al proletariado, cuales podían ser las oscilaciones de su estado de espíritu, cuando es una clase oprimida y explotada; pero recién ahora podemos evaluar en base a hechos los cambios de su estado de espíritu cuando toma en su manos la dirección.

Esta posición política como clase dirigente no está exenta de peligros; antes bien, los encierra muy grandes. No me refiero a las dificultades objetivas que emergen del conjunto de la situación histórica (el cerco capitalista exterior y la presión pequeño burguesa en el interior del país), sino a las que son propias de toda clase dirigente, a consecuencia de la toma y el ejercicio del poder mismo, de la capacidad o incapacidad de usarlo.

Usted comprende que estas dificultades continuarían existiendo, hasta cierto punto, aún si el país se compusiese exclusivamente de masas proletarias, y sólo hubiera Estados Obreros en el exterior. Estas dificultades podrían ser denominadas “los peligros profesionales” del poder.

— II —

En verdad, la situación de una clase que lucha por el poder difiere de la de una clase que ya lo tiene entre sus manos. Repito que, al hablar de peligros, no aludo a las relaciones con las otras clases, sino, más bien, a las que se crean en las filas mismas de la clase victoriosa.

¿Qué representa una clase cuando ha pasado a la ofensiva? Un máximo de unidad y de cohesión. Todo espíritu de oficio o de grupo, sin hablar de los intereses personales, pasa a segundo plano. Toda la iniciativa está en manos de la masa militante misma y de su vanguardia revolucionaria, ligada a esa masa del modo más intimo y orgánico.

Cuando una clase toma el poder, un sector de ella se convierte en el agente de este poder. Así surge la burocracia. En un Estado socialista, a cuyos miembros del partido dirigente les está prohibida la acumulación capitalista, esta diferenciación comienza por ser funcional y a poco andar se hace social.

Pienso aquí, en la posición social de un comunista que tiene a su disposición un automóvil, un buen departamento, vacaciones regulares y recibe el salario máximo autorizado por el Partido; posición que difiere de la del comunista que trabaja en las minas de carbón y recibe un salario de 50 ó 60 rublos por mes. En lo que concierne a los obreros y a los empleados, usted sabe que ellos están divididos en dieciocho categorías diferentes …

Otra consecuencia es que algunas de las funciones cumplidas en el pasado por el Partido en su conjunto y por la clase entera, se han convertido en atribuciones del poder, es decir, solamente de un cierto número de gente de ese Partido y de esa clase.

La unidad y la cohesión, que antes eran la consecuencia natural de la lucha de clases revolucionaria, no pueden conservarse ahora sino por una serie de medidas destinadas a preservar el equilibrio entre los diferentes grupos de dicha clase y del partido, subordinando esos grupos al fin fundamental.

Pero esto constituye un proceso largo y complicado. Consiste en educar políticamente a la clase dominante, de manera de volverla capaz de manejar el aparato estatal, el Partido y los sindicatos, y de dirigir esos organismos.

Repito: es una cuestión de educación. Ninguna clase ha venido al mundo en posesión del arte de gobernar. Dicho arte se aprende por la experiencia únicamente, como lección de los errores cometidos. Ninguna constitución soviética, aunque sea ideal, puede asegurar a la clase obrera el ejercicio sin obstáculos de su dictadura y de su control gubernamental, si el proletariado no sabe utilizar los derechos que le acuerda esa Constitución.

La falta de armonía entre la capacidad política y la destreza administrativa de determinada clase y la forma jurídica-constitucional que ella establece para su uso después de conquistado el poder, es un hecho histórico comprobable en la evolución de todas las clases, y en parte, también, en la de la burguesía. La burguesía inglesa, por ejemplo, libró varias batallas no solamente para rehacer la Constitución conforme a sus propios intereses, sino también para colocarse en situación de aprovechar sus derechos y de participar plenamente del sufragio. La novela de Carlos Dickens, “El Club de Pickwick”, incluye varias escenas de esta época del constitucionalismo inglés, cuando el grupo dirigente, asistido de su aparato administrativo, volcaba el coche que conducía a las urnas a los electores de la oposición para que estos no pudiesen llegar a tiempo al comicio.

Este proceso de diferenciación es perfectamente natural en la burguesía triunfante o que está a punto de triunfar. En efecto, tomado en el sentido más amplio del término, ella está constituida por una serie de agrupamientos y aún de clases económicas. Nosotros conocemos la existencia de la grande, de la media y de la pequeña burguesía industrial y de una burguesía agraria. Sucesos como las guerras y las revoluciones producen reagrupamientos en las filas de la propia burguesía. Nuevas capas aparecen y comienzan a desempeñar su papel, por ejemplo, los propietarios, los adquirentes de bienes nacionales, los llamados “nuevos ricos”, que suelen surgir tras una guerra que ha durado cierto tiempo. durante la Revolución Francesa, en el período del Directorio, estos “nuevos ricos” constituyeron uno de los factores de la reacción.

Examinada en su conjunto, la historia del triunfo del Tercer Estado en Francia, en 1789, es sumamente ilustrativa. En primer lugar, este Tercer Estado era considerablemente heterogéneo. Englobaba a todos aquellos que no pertenecían a la nobleza o al clero; no sólo a las diversas variedades de la burguesía, sino también a los obreros y a los campesinos pobres.

Sólo gradualmente, tras larga lucha y sucesivas intervenciones armadas, el Tercer Estado adquirió, en 1792, grandes posibilidades de participar en la administración del país. La reacción política iniciada aún antes del Thermidor consistió en que el poder comenzó a pasar, tanto formal como materialmente, a manos de un número de ciudadanos cada vez más restringido. Poco a poco, primero por la fuerza de las cosas, y, en seguida, legalmente, las masas populares fueron eliminadas del gobierno del país.

Verdad es que, en aquel caso, la presión de las fuerzas reaccionarias se hizo sentir ante todo sobre las ligaduras que vinculaban en un gran conjunto a las diversas clases del Tercer Estado. Y es seguramente cierto que, al examinar las diferenciaciones internas de la burguesía, no encontraremos contornos de clase tan acentuada como los que separan, por ejemplo, a la burguesía y al proletariado, es decir, dos clases que juegan un papel enteramente diferente en la producción.

Además, en la Revolución Francesa, durante el período de declinación, el poder no intervino solamente para eliminar, siguiendo las líneas de diferenciación, grupos sociales que, ayer aún, marchaban juntos, unidos por un mismo fin revolucionario, sino que, además, desintegró masas sociales más o menos homogéneas. Por un proceso de diferenciación funcional, la nueva clase dirigente destaca de su seno a los círculos de altos funcionarios. Tales fisuras, ante la presión de la contrarrevolución, convirtiéronse en verdaderos abismos. Añádase a ello que la misma clase dominante engendra contradicciones en el curso de la lucha.

— III —

Los contemporáneos de la revolución francesa, quienes participaron en ella y, más aún, los historiadores de la época siguiente, se interesaron acerca de las causas de la degeneración del Partido Jacobino.

Más de una vez, Robespierre puso en guardia a sus partidarios sobre las consecuencias de la intoxicación del poder. Dueños de él, los previno no volverse demasiado presuntuosos, no “inflarse”, cómo él decía, no contagiarse de vanidad jacobina, como diríamos ahora nosotros. Pero, como abajo veremos, Robespierre mismo contribuyó grandemente al desplazamiento de la pequeña burguesía, que gobernaba con el apoyo de los obreros parisinos.

Omitimos aquí los testimonios contemporáneos acerca de la descomposición del Partido Jacobino, por ejemplo, su tendencia a enriquecerse, su participación en los contratos, abastecimientos, etc. Mencionemos, más bien, un hecho extraño y conocido: la opinión de Babeuf, para quién la caída de los jacobinos se vio grandemente estimulada por la fascinación que sobre ellos ejercieron las damas de la nobleza. Babeuf se dirigía a los jacobinos en estos términos: “¿Qué hacéis pues, plebeyos pusilánimes? Hoy, ellas os estrechan en sus brazos, mañana, os estrangularán”. Si hubieran existido automóviles en el tiempo de la Revolución Francesa, habríamos encontrado también el factor del “haren-automovil” indicado por el camarada Sosnovsky como uno de los que desempeñan un papel de primer orden en la formación de la ideología de la burocracia del Partido.

Lo que juega el papel más serio en el aislamiento de Robespierre y del Club de los Jacobinos, aquello que los separa completamente de las masas de obreros y pequeños burgueses, es, además de la liquidación de todos los elementos de la izquierda, comenzando por los “rabiosos”, los hebertistas y los chaumettistas, y la Comuna de París en general, la eliminación gradual de todo principio electivo y su reemplazo por el de los nombramientos.

El envío de comisarios de los ejércitos a ciudades donde la contrarrevolución levantaba cabeza, no sólo era legítimo sino indispensable. Pero cuando, poco a poco, Robespierre comenzó a reemplazar los jueces y los comisarios en las diferentes secciones de París que, hasta entonces, habían designado mediante elección a dichos funcionarios, cuando llegó a nombrar presidentes de Comisión Revolucionarios e, incluso, llegó a sustituir por funcionarios a toda la dirección de la Comuna, todas estas medidas tuvieron por resultado reforzar el poder de la burocracia y matar la iniciativa popular. Así, el régimen de Robespierre, en lugar de impulsar la actividad revolucionaria de las masas —ya oprimidas por la crisis económica y, ante todo, por la crisis alimenticia— agravó el mal y facilitó el trabajo de las fuerzas antidemocráticas.

Dumas, el presidente del Comité Revolucionario, se quejaba ante Robespierre de no encontrar jurados para el Tribunal; nadie quería cumplir esas funciones.

Pero Robespierre concluyó por sufrir en carne propia esta indiferencia de las masas parisinas cuando, el 10 de Thermidor, lo llevaron por las calles de París, herido y sangrando, sin ningún temor de que las masas populares intervinieran en favor del dictador de la víspera.

De toda evidencia, sería ridículo atribuir la caída de Robespierre y de la democracia revolucionaria al principio de los nombramientos.

Sin embargo, sin ninguna duda, esto aceleró la acción de los otros factores. De todos ellos, el decisivo fueron las dificultades de aprovisionamiento causadas, en gran parte, por 2 años de malas cosechas. Añádanse las perturbaciones originadas por el traspaso de la gran propiedad rural de la nobleza al pequeño productor campesino, y el alza constante de los precios del pan y de la carne, debido a que, al comienzo, los jacobinos no quisieron recurrir a medidas administrativas para reprimir a los campesinos ricos y a los especuladores. Cuando, finalmente, y presionados por las masas, se resolvieron a sancionar la “Ley del Máximun”, las condiciones del mercado libre y de la producción capitalista, impidieron que ella jugase otro papel que el de simple paliativo.

— IV —

Pasemos ahora a la realidad que vivimos. Creo, ante todo, que es necesario indicar que, cuando empleamos expresiones tales como “el Partido”, “las masas”, etc., no debemos perder de vista el contenido que la historia de los últimos diez años ha puesto en estos términos.

La clase obrera y el Partido —no ya físicamente, sino moralmente— ya no son lo que eran hace diez años. No exagero cuando digo que el militante de 1917, habría tenido dificultad para reconocerse en la persona del militante de 1928. Un cambio profundo ha tenido lugar en la anatomía y en la fisiología de la clase obrera.

A mi juicio, es necesario concentrar nuestra atención sobre el estudio de las modificaciones de los tejidos y de sus funciones. El análisis de los cambios sobrevenidos logrará mostrarnos el mejor modo de salir de la situación creada. No tengo la intención de presentar aquí este análisis; me limitaré solamente a algunas observaciones.

Hablando de la clase obrera, es necesario encontrar respuestas a toda una serie de preguntas, por ejemplo:

¿cuál es la proporción de obreros y empleados que trabaja actualmente en nuestra industria que ha entrado después de la revolución, y cuál la de aquellos que trabajaban desde antes?

¿cuál es la proporción de obreros y empleados de la industria que trabaja sin interrupción? ¿Y cuál la de quienes sólo trabajan accidentalmente?

¿Cuál es la proporción en la industria de los elementos semiproletarios, semicampesinos, etc.?

Si descendemos y penetramos en las profundidades mismas del proletariado, del semiproletariado y de las masas trabajadoras en general, sólo encontraremos sectores enteros de la población de los cuales nadie se ocupa entre nosotros. No quiero hablar aquí únicamente de los desocupados, que constituyen un peligro siempre creciente y que, en todo caso, es un sector que ha sido claramente indicado por la Oposición. Pienso en las masas reducidas a la mendicidad, en los semi-pauperizados que, gracias a los subsidios irrisorios entregados por el Estado, están en el límite del pauperismo, del robo y de la prostitución.

No podemos imaginar cómo la gente vive, a veces a unos pasos apenas de nosotros. Llega la ocasión en que enfrentamos fenómenos cuya existencia no habría podido sospecharse en el Estado soviético y que dan la impresión de descubrirnos súbitamente, un abismo. No se trata de defender la causa del Poder de los Soviets invocando el hecho de que no ha logrado desembarazarse de la triste herencia legada por el régimen zarista y capitalista. No, pero en nuestra época, bajo nuestro régimen, descubrimos la existencia de fisuras en el cuerpo de la clase obrera, a través de las cuales la burguesía podría introducir una cuña.

En ciertos períodos, bajo el régimen burgués, la parte conciente de la clase obrera arrastraba, detrás suyo, a esta masa numerosa, comprendida en los semivagabundos. La caída del régimen capitalista debía llevar la liberación al proletariado entero. Los elementos semivagabundos consideraban a la burguesía y al estado capitalista responsables de su situación. Estimaban que la revolución debía aportar un cambio a su condición. Estas gentes, ahora, están lejos de estar satisfechos; su situación no ha mejorado ni poco menos. Comienzan a considerar con hostilidad el poder de los Soviets, y a aquella parte de la clase obrera que trabaja en la industria. Se transforman, sobre todo, en los enemigos de los funcionarios de los Soviets, del Partido y de los Sindicatos. Se los escucha hablar a veces de la clase obrera como de la “nueva nobleza”.

No me detendré aquí en la diferenciación que el poder ha introducido en el seno del proletariado, y que he calificado más arriba de funcional. La función ha modificado el órgano mismo, es decir, la psicología de aquellos que se han encargado de diversas tareas de dirección en la administración y la economía del Estado ha cambiado hasta tal punto que no sólo objetiva, sino también moralmente, han cesado de formar parte de esta misma clase obrera.

Así, por ejemplo, un director de fábrica hace de “sátrapa”. A pesar del hecho de que es un comunista, a pesar de su origen proletario, a pesar de que aún trabajaba en la fábrica hace unos años, no encarna ante los ojos de los obreros las mejores cualidades del proletariado.

Molotóv puede, con el corazón alegre, establecer un signo de igualdad entre la dictadura del proletariado y nuestro Estado, con sus instituciones burocráticas, y, lo que es peor, con los brutos de Smelensk, los estafadores de Tashkent y los aventureros de Arniemovsk. Al hacer esto, no logra más que desacreditar la dictadura sin desarmar el legítimo descontento de los obreros.

Si, prescindiendo de los demás matices de la clase obrera, pasamos ahora al Partido mismo, nos encontraremos con los elementos provenientes de las otras clases sociales. La estructura social del Partido es más heterogénea que la del proletariado. Esto ha sido siempre así, naturalmente, con esta diferencia: que cuando el Partido tenía una vida ideológica intensa, la amalgama social se fundía en una sola aleación gracias a la lucha de la clase revolucionaria en movimiento.

— V —

Pero, el poder, tanto en el Partido como en la clase obrera, opera diferenciaciones sociales semejantes a las que separan a las diversas capas de la sociedad.

La burocracia de los Soviets y del Partido constituye, de hecho, un nuevo orden. No se trata de casos aislados, de desfallecimientos en la conducta de un camarada, sino más bien de una nueva categoría social, a la que debería consagrársele un estudio específico. A propósito del Proyecto de Programas de la Internacional Comunista, yo escribía a León Davidovich (Trotsky) entre otras cosas:

“En lo que concierne al capítulo 4º (el período transitorio). La manera con que ha sido formulado el papel de los partidos comunistas en tal período de la dictadura del proletariado es bastante débil. Sin la menor duda, esta manera vaga de hablar del papel del Partido hacia la clase obrera y el Estado no es un efecto del azar. La antítesis existente entre la democracia burguesa y la democracia obrera está claramente indicada; pero no se dice una sola palabra para explicar lo que el Partido debe hacer para realizar, concretamente, está democracia proletaria. ‘Atraer las masas y hacerlas participar en la construcción’, reeducar su propia naturaleza (Bujarín se complacía en desarrollar este último punto, entre otros, más especialmente en ligazón con la revolución cultural); son afirmaciones verdaderas desde el punto de vista de la historia y conocidas desde hace mucho tiempo; pero se reducen a simplezas si no introducimos la experiencia acumulada en el curso de los diez años de dictadura del proletariado.

“Es aquí que se plantea el problema de los métodos de dirección, que juegan un rol tan importante.

“Pero nuestros dirigentes no sienten agrado en hablar del asunto; bajo el temor de que resulte evidente que ellos mismos están lejos aún de haber ‘reeducado’ su propia naturaleza”.

Si yo fuera el encargado de escribir un proyecto del programa de la Internacional Comunista, habría consagrado buen lugar, en este capítulo, a la teoría de Lenin sobre el Estado durante la dictadura del proletariado y el rol del Partido y su dirección en la creación de una democracia proletaria, tal como debería ser, y no de una burocracia de los Soviets y del Partido como la que existe actualmente.

El camarada Preobrayenski ha prometido consagrar un capítulo especial en su libro Las conquistas de la dictadura del proletariado en el año II de la Revolución a la burocracia soviética. Espero que él no olvidará el papel de la burocracia del Partido, que es mucho mayor en el Estado soviético que el de su hermana, la burocracia de los Soviets. He expresado la esperanza de que él estudiaría este fenómeno sociológico específico, bajo todos sus aspectos. No hay un folleto comunista que, relatando la traición de la socialdemocracia alemana del 4 de agosto de 1914, no indique al mismo tiempo el papel fatal que las cumbres burocráticas del Partido y de los sindicatos jugaron en la historia de la caída de ese Partido. Por su parte, muy poco ha sido dicho, y esto en términos muy generales, sobre la función desempeñada por nuestra burocracia de los Soviets y el Partido, en la disgregación del Partido y del Estado Soviético. Es un fenómeno sociólogico de la máxima importancia que no puede, sin embargo, ser comprendido y profundizado en toda su gravedad si no examinamos las consecuencias que ha tenido el cambio de la ideología del partido de la clase obrera.

— VI —

¿Usted pregunta qué ha sido del espíritu de actividad revolucionaria del Partido y de nuestro proletariado? ¿A dónde ha ido a parar su iniciativa revolucionaria? ¿Dónde están sus intereses ideológicos, su valor revolucionario, su orgullo proletario? ¿Está usted sorprendido de que haya tanta apatía, tanta mezquindad, pusilanimidad, arribismo y otras muchas cosas que podría añadir yo mismo?¿Qué ha ocurrido para que gente que tiene un pasado revolucionario estimable, cuya honestidad personal no arroja ninguna duda y que ha dado pruebas de su devoción a la Revolución en más de un caso, se encuentren convertidos en lastimosos burócratas? ¿De dónde viene esta horrible Smerkiakovstchina (2) de la cual habló Trotsky en su carta sobre las declaraciones de Antonov-Ovseenko?

Pero si se puede esperar cualquier cosa de aquellos procedentes de la burguesía y de la pequeña burguesía, intelectuales, “individuos” en general, desde el punto de vista de las ideas y de la moralidad, ¿cómo explicar el mismo fenómeno cuando se trata de la clase obrera? Muchos camaradas, han observado esa pasividad y no pueden disimular su decepción.

Es verdad que otros camaradas han visto, en el curso de una cierta campaña llevada por la cosecha de trigo, síntomas de una robustez revolucionaria, probando que los reflejos de clase viven aún en el Partido. Muy recientemente, el camarada Ischenko me ha escrito (o, más exactamente, ha escrito en tesis que debió haber enviado igualmente a otros camaradas) que la cosecha de trigo y la autocrítica se deben a la resistencia de la sección proletaria de la dirección del Partido. Desgraciadamente, es preciso decir que esto no es exacto. Los dos hechos, resultan una combinación urdida en las altas esferas, y no son debidos a la presión de la crítica de los obreros; es por razones políticas, y, a veces, por razones de grupo o —digámoslo— de fracción, que una parte de las cumbres del Partido pone en práctica esta línea. No se puede hablar más que de una sola presión proletaria: la dirigida por la Oposición. Pero, es preciso decirlo claramente, esta presión no ha sido suficiente para mantener la Oposición en el interior del Partido; más bien, ella no ha logrado modificar su política.

León Davidovich ha demostrado con toda una serie de ejemplos irrefutables el rol revolucionario, verdadero y positivo que ciertos movimientos revolucionarios jugaron con su derrota: la comuna de París, la insurreción de diciembre de 1905 en Moscú. La primera aseguró el mantenimiento de la forma republicana de gobierno en Francia, la segunda abrió la vía a la reforma constitucional en Rusia. Sin embargo, los efectos de estas derrotas conquistadoras son de corta duración si no están reforzadas por una nueva ola revolucionaria.

Lo más triste es que ningún reflejo se produce dentro del Partido y de la masa. Durante dos años, se ha venido librando una lucha excepcionalmente áspera entre la Oposición y las altas esferas del Partido. En el curso de los dos últimos meses, se han desarrollado acontecimentos que habrían debido abrir los ojos a los más ciegos. Sin embargo, nadie hasta el presente advierte que las masas del Partido estén interviniendo.

— VII —

También es comprensible el pesimismo de algunos camaradas, que percibo igualmente a través de su pregunta.

Babeuf, al salir de la prisión de la Abadía, echando una mirada a su alrededor se preguntaba qué había sido del pueblo de París, de los obreros de los barrios de Saint-Antoine y Saint-Marceu, aquellos que el 14 de julio de 1789 habían tomado la Bastilla, el 10 de agosto de 1792, las Tullerías, que habían sitiado la Convención el 30 de mayo de 1793, sin hablar de tantas otras intervenciones armadas. Resumía sus observaciones en una sola frase, donde se siente la amargura del revolucionario: “Es más difícil reeducar al pueblo en el amor a la libertad, que conquistarla”.

Nosotros hemos visto por qué el pueblo de París olvidó la atracción de la libertad. El hambre, la desocupación, la liquidación de los cuadros revolucionarios (numerosos dirigentes habían sido guillotinados), la eliminación de las masas de la dirección del país, todo esto llevó a tan gran lasitud moral y física de las masas, que el pueblo de París y del resto de Francia tuvo necesidad de 37 años de respiro antes de comenzar una nueva Revolución.

Babeuf formuló su programa en dos palabras (me refiero a su programa de 1794): “La libertad y la Comuna elegida”.

Debo hacer aquí una confesión: no me he dejado nunca arrullar por la ilusión de que era suficiente para los líderes de la Oposición presentarse en los mítines del Partido y en las reuniones obreras para hacer pasar a las masas al campo de la Oposición. Siempre he considerado tales esperanzas, que provenían sobre todo de los dirigentes de Leningrado (3), como cierta sobrevivencia del período en que ellos tomaban las ovaciones y los aplausos oficiales como expresión del verdadero sentimiento de las masas, y los atribuían a su popularidad imaginaria.

Iré aún más lejos: esto explica, para mí, el brusco viraje de su conducta.

Ellos pasaron a la Oposición esperando tomar rápidamente el poder. Es con ese fin que se unieron a la Oposición de 1923 (4). Cuando alguien del “grupo sin dirigentes” reprochó a Zinoviev y Kamenev haber dejado caer a su aliado Trotsky, Kamenev les respondió: “Nosotros teníamos necesidad de Trotsky para gobernar; para reingresar al Partido es un peso muerto”.

Sin embargo, el punto de partida, la premisa, habría debido ser que la obra de educación del Partido de la clase obrera, es una tarea larga y difícil, tanto más cuanto que los espíritus deben limpiarse de todas las impurezas introducidas en ellos por la práctica de los Soviets y del Partido, y por la burocratización de esas instituciones.

No se ha de perder de vista que la mayoría de los miembros del Partido (sin hablar de los jóvenes comunistas) tiene la concepción más errónea de las tareas, de las funciones y de la estructura del Partido, debido a la concepción que la burocracia les enseña con su ejemplo, su conducta práctica y sus fórmulas estereotipadas. Todos los obreros que ingresaron al Partido después de la Guerra Civil, entraron, en su mayor parte, después de 1923 (la promoción Lenin); ellos no tienen ninguna idea de lo que era en otro tiempo el régimen del Partido. La mayoría entre ellos está desprovista de esa educación revolucionaria de clase, vivida durante la lucha, en la vida, en la práctica conciente. En el pasado, esta conciencia de clase se adquiriría en la lucha contra el capitalismo. Hoy, ella debe formarse por la participación en la construcción del Socialismo. Pero nuestra burocracia ha reducido dicha participación a una frase hueca, y los obreros no pueden adquirir en ninguna parte esta educación. Se entiende que excluyo como medio anormal de educar a la clase el hecho de que nuestra burocracia, bajando los salarios reales, empeorando las condiciones de trabajo, favoreciendo el desarrollo de la desocupación, empuja a los obreros a la lucha que eleva su conciencia de clase; pero, entonces, ella es hostil al Estado socialista.

Según la concepción de Lenin y de todos nosotros, la tarea de la dirección del Partido consiste, precisamente, en preservar al Partido y a la clase obrera de influencias corruptoras de los privilegiados, de los favores y de las tolerancias inherentes al poder, en razón de su contacto con los restos de la antigua nobleza y pequeño burguesía, habría debido premunirse contra la influencia nefasta de la NEP (5), contra la tentación de la ideología y de la moral burguesas.

Al mismo tiempo, nosotros teníamos la esperanza de que la dirección del Partido llegaría a crear un nuevo aparato, verdaderamente obrero y campesino, nuevos sindicatos, realmente proletarios, una nueva moral en la vida cotidiana.

Debe reconocerse francamente, claramente, en voz alta e inteligible: el aparato del Partido no ha cumplido esa labor. En esta doble tarea de preservación y educación, ha demostrado la incompetencia más completa; ha fracasado; es insolvente.

— VIII —

Desde hace tiempo estamos convencidos de que lo pasado en estos últimos ocho meses pone en evidencia para todos que la dirección del Partido avanza por el más peligroso de los caminos. Aún hoy sigue por esa ruta.

Los reproches que le dirigimos no conciernen, por así decirlo, al aspecto cuantitativo de su trabajo, sino. más bien, al cualitativo. Subrayamos esto pues, de otro modo, volveríamos a sumergirnos en cifras con los éxitos innumerables e integrales obtenidos por los aparatos partidario y soviético. Ha llegado el momento de poner fin a este charlatanerismo estadístico. Oíd las versiones del XV Congreso del Partido. Leed el informe de Kossior sobre la actividad organizativa. ¿Qué se encuentra? Cito literalmente: “El prodigioso desarrollo de la democracia del Partido … la actividad organizativa del Partido se ha extendido grandemente”.

Y luego, por supuesto, para reforzar todo esto: cifras, cifras y aún cifras. Y esto era dicho en el momento en que había en los expedientes del Comité central documentos que probaban la terrible desintegración de los aparatos del Partido y los Soviets, la sofocación de todo control de las masas, la opresión horrible, persecuciones y un terror jugando con la vida y la existencia de militantes y obreros.

He aquí como la Pravda caracteriza nuestra burocracia: “Elementos arribistas, hostiles, perezosos e incompetentes, se empeñan en arrojar a los mejores inventores soviéticos más allá de las fronteras de la URSS. Si no se lanza un gran golpe contra estos elementos, con toda nuestra fuerza, nuestra determinación, nuestro coraje, etc. …”

No obstante, conociendo nuestra burocracia, yo no estaría sorprendido de escuchar a alguien hablar nuevamente del desarrollo “enorme” y “prodigioso” de la actividad de las masas y del Partido, del trabajo organizativo del Comité Central implantando la democracia, etc.

Estoy persuadido de que la burocracia partidaria y soviética que hoy existe, seguirá cultivando con el mismo éxito abscesos supurantes a su alrededor, a pesar de los ardientes procesos que han tenido lugar en el mes último. Esta burocracia no cambiará por el hecho de haberse sometido a una depuración. No niego, quede bien claro, la utilidad relativa y la absoluta necesidad de tal depuración. Deseo señalar, simplemente, que no es únicamente una cuestión de cambio personal, sino ante todo de cambio de métodos.

A mi juicio, la primera condición para devolver a la dirección del Partido la capacidad de ejercer un papel educativo, es reducir la importancia de las funciones de esa dirección. Las tres cuartas partes del aparato deberían ser licenciadas. Las tareas del cuarto restante deberían tener límites estrictamente determinados. Análogo criterio debería aplicarse a las tareas, a las funciones y a los derechos de los organismos centrales.

Los miembros del Partido deben recobrar sus derechos, que han sido pisoteados, y recibir garantías válidas contra el despotismo de los círculos dirigentes que ya conocemos.

Es difícil imaginar lo que pasa en los niveles inferiores del Partido. Es especialmente en la lucha contra la Oposición donde se ha puesto en evidencia la mediocridad ideológica de eso cuadros, así como la influencia corruptora que ejercen sobre las masas proletarias del Partido. Si en las cumbres, existe aún una cierta línea ideológica, una línea especiosa y errónea, mezclada, es verdad, a una fuerte dosis de mala fe, en los niveles inferiores, en cambio, la demagogia más desenfrenada se ha empleado contra la Oposición. Los agentes del Partido no han vacilado en utilizar el antisemitismo, la xenofobia, el odio a los intelectuales, etc. Estoy persuadido de que toda reforma del Partido que se apoye sobre la burocracia se revelará utópica.

— IX —

Resumo: observando, como usted, la falta de espíritu de actividad revolucionaria en las masas del Partido, yo no veo nada sorprendente en este fenómeno. Es el resultado de todos los cambios que han tenido lugar en el Partido y en el proletariado mismo. Es necesario reeducar a las masas trabajadoras y a las masas del Partido, en el cuadro del Partido y de los sindicatos. Este proceso es largo y difícil; pero es inevitable; ya ha comenzado. La lucha de la Oposición, la lucha de centenares y centenares de camaradas, las detenciones, las deportaciones, a pesar de que no hayan hecho mucho por la educación comunista de nuestro Partido tienen, en todo caso, más efecto que todo el aparato tomado en su conjunto. En el fondo, los dos factores no pueden ser comparados. El aparato ha despilfarrado el capital del Partido legado por Lenin, no solamente de una manera inútil sino también nociva. Ha demolido, mientras la Oposición construía.

Hasta ahora, he razonado por “abstracción”, a partir de los hechos de nuestra vida económica y política que han sido analizados en la Plataforma de la Oposición. Lo he hecho deliberadamente, pues mi tarea era señalar los cambios que se han producido en la composición y la psicología del proletariado y del Partido en relación con la toma del poder misma. Estos hechos quizás han dado un carácter unilateral a mi exposición. Pero, sin proceder a este análisis preliminar, resultaría difícil comprender el origen de los errores económicos y políticos cometidos por nuestra dirección en lo que concierne a los campesinos y los problemas de la industrialización, del régimen interior del Partido, y, finalmente, de la administración del Estado.

Astrakán, 6 de agosto de 1928

NOTAS SOBRE LOS CUADROS PARISINOS DE BAUDELAIRE (Walter Benjamin)


El estudio de una obra lírica frecuentemente se propone como fin hacer entrar al lector en ciertos estados poéticos del alma, hacer participar a la posteridad de los sentimientos que habría conocido el poeta. De cualquier manera, parece admisible concebir para tal estudio una finalidad un poco diferente. Para definirla de forma positiva, podemos recurrir a una imagen. Supongamos que una ciencia ligada al devenir social tenga derecho a considerar cierta obra poética –un mundo autosuficiente en sí mismo, en apariencia– como una suerte de llave [clé], confeccionada sin la menor idea de la cerradura en la que un día podría ser introducida. Esta obra se vería revestida de una significación completamente nueva a partir de la época en la que un lector, o mejor, una generación de lectores nuevos, se apercibiera de esta virtud clave [clé]. Para ellos, las beldades esenciales de dicha obra se integrarán en un valor supremo. Les permitirá apresar, a través de su texto, ciertos aspectos de una realidad que no será tanto la del poeta difunto, sino la suya propia. Ciertamente, tales lectores no se privarán de esa utilidad suprema de la cual, para ellos, la obra en cuestión dará testimonio. Tampoco se privarán del proceso de análisis que va a familiarizarlos con ella.

El ciclo de los Cuadros parisinos de Baudelaire es el único que figura en Las flores del mal solamente a partir de la segunda edición. Quizás nos esté permitido buscar allí aquello que en Baudelaire ha madurado más lentamente, aquello que para salir a la luz ha demandado una mayor cantidad de experiencias sustanciales. Mejor que ningún otro texto, este ciclo de poemas nos hace sentir la repercusión de los hogares de la vida moderna, de las grandes ciudades, en una sensibilidad de las más delicadas y de las más severamente conformadas. Tal era la sensibilidad de Baudelaire. Ella le ha valido una experiencia que lleva la marca de la originalidad esencial. Es el privilegio de aquel que, en primer lugar, ha pisado una tierra inexplorada, de la que ha sacado para sus anotaciones poéticas una riqueza no solamente singular, sino también de un alcance sorprendente. Tal alcance no ha sido de ninguna manera previsible desde el comienzo. Podemos tomar como prueba algunos trazos no menos bellos que significativos, que apenas deben de haber sorprendido al lector del siglo XIX. Tan cierto es que toda experiencia original guarda como encerrados en su seno ciertos gérmenes que prometen un desarrollo ulterior.

En estas pocas notas, se tratará menos de hacer revivir al poeta en su medio que de volver visible, por medio del conjunto de algunos poemas, la actualidad extraordinaria de ese París que Baudelaire fue el primero en experimentar poéticamente.

Para acercarse al fondo del problema, se podría partir de un hecho paradójico del que Paul Desjardins realiza una constatación sutil: “Baudelaire –dice él– está más ocupado por deshacer la imagen en el recuerdo que por ornamentarla y pintarla”. 1 En efecto, Baudelaire, cuya obra está profundamente impregnada por la gran ciudad, no la pinta. Tanto en Las flores del mal como en esos Poemas en prosa que, sin embargo, en su título original El Soleen de París y en otros tantos pasajes, evocan la ciudad, buscaremos en vano el menor rastro de las descripciones de París tal como abundan en Victor Hugo.

Se recordará el rol que la descripción minuciosa de la gran ciudad juega en ciertos poetas más recientes, sobre todo de inspiración socialista, y se notará que su ausencia constituye un fundamento de la originalidad baudelairiana.

Estas descripciones de la gran ciudad concuerdan fácilmente con una cierta fe en los prodigios de la civilización, con un idealismo más o menos sombrío. La poesía de Verhaeren abunda en trazos de este género:

Y qué importan los males y las horas dementes

Y las cubas de vicio donde la ciudad fermenta

Si algún día, del fondo de las brumas y velos

Surge un nuevo Cristo, en luz esculpido

Que eleva hacia él la humanidad

Y la bautiza al fuego de nuevas estrellas . 2

  Nada de eso hay en Baudelaire. Incluso reconociendo el prestigio de la gran ciudad, “donde todo, incluso el horror, se dirige a los encantamientos”, guarda algo de desencantado. París es para él “esta gran planicie donde el frío viento juega”, es “las casas en las que la bruma alargaba la altura”, simulando “los dos muelles de un río crecido”, es el amontonamiento de “palacios nuevos, andamiajes, edificios, viejos suburbios”, es, sobre todo, la ciudad en vías de desaparición:

El viejo París no existe más (la forma de una ciudad

Cambia más rápido ¡ay! que el corazón de un mortal). 3

La forma de la ciudad cambiaba, en efecto, con una velocidad prodigiosa en el tiempo de Baudelaire. No hay que olvidar que la obra de Haussmann, sus largos trazados que no se integraban en ninguna consideración histórica, fueron hechos para constituir un tremendo memento mori a la intención y al corazón de París misma. Esta obra destructiva, por más pacifica que fuera, ilustraba por primera vez y sobre el cuerpo mismo de la ciudad el poder de la fuerza de un hombre para hacer desaparecer aquello que durante generaciones había sido erigido. Un sentimiento premonitorio de la insigne precariedad de los grandes centros urbanos está presente en los Cuadros parisinos . El estremecimiento nuevo con el que Baudelaire, según Hugo, habría dotado a la poesía es un estremecimiento de aprensión.

El París baudelairiano es, por así decirlo, una ciudad minada, una ciudad desfalleciente, endeble. No hay allí nada bello como en el poema El sol , que la muestra atravesada de rayos como un viejo tejido precioso y raído. El anciano, imagen con la que termina ese canto a la decrepitud que es El crepúsculo de la mañana, que día tras día con resignación vuelve al trabajo, es la alegoría de la ciudad:

  Y el París sombrío, frotándose los ojos

Empuñaba sus útiles, viejo laborioso . 4

Para París, incluso los seres elegidos son decrépitos. En la multitud inmensa de los ciudadanos, las viejas mujeres son las únicas que transforman su debilidad y su abnegación.

Solamente un lector que haya comprendido lo que significa el borramiento de la ciudad en la poesía urbana de Baudelaire podrá entrever la significación de algunos versos que van al encuentro de este procedimiento. En Baudelaire, la discreción en la evocación de la ciudad no excluye el trazo cargado ni la exageración. Tal el comienzo del soneto A una transeúnte:

La calle ensordecedora a mi alrededor aullaba. 5

No se trata solamente de un acento absolutamente nuevo en la poesía lírica (acento cuyo vigor es redoblado al ser colocado al comienzo del poema), sino que además esta frase, tomada como un simple enunciado, parece de una audacia provocante. Ciertamente, esta constatación, para nosotros, habituados a los ruidos ininterrumpidos de las bocinas de nuestras calles, no tiene nada de extraño. Pero cuán grande debe de haber sido su extrañeza para los contemporáneos del poeta, y cuán extraña esta concepción del París de 1850 de donde ella se derivaba. En este poema, la singularidad de la concepción va de par con la maestría poética. Tenemos derecho a ver en él una poderosa evocación de la multitud. Por otra parte, no hay en esta poesía ningún pasaje que haga alusión a ella, a menos que se la quiera encontrar en su enigmática frase inicial. Tan verdadero es que Baudelaire no pinta.

Podemos hablar en los Cuadros parisinos de una presencia secreta de la multitud. Danza macabra , El crepúsculo de la tarde, Las pequeñas viejas, son evocaciones de ella. La multitud innombrable de sus transeúntes constituye el velo en movimiento a través del cual el transeúnte parisino ve la ciudad.

  Además, las referencias a la multitud, inspiradora soberana, fuente de embriaguez para el transeúnte solitario, no faltan en los Diarios íntimos . Más que referirse a estos pasajes, valdría la pena quizás releer el entorno magistral en el que Poe evoca la multitud. Allí encontraremos el valor adivinatorio de la exageración de estas primeras tentativas de restituir la fisonomía de las grandes ciudades. “La mayoría de los transeúntes tenía un porte convencido propio de los negocios, y no parecían ocupados más que en abrirse camino entre la multitud.

Fruncían el ceño y jugaban vivamente con sus ojos; cuando eran atropellados por algún otro transeúnte, no mostraban ningún síntoma de impaciencia, sino que acomodaban sus vestimentas y se apresuraban. Otros, un grupo incluso más numeroso, se movían inquietamente, se hablaban a sí mismos y gesticulaban, como si se sintieran en soledad por el hecho mismo de la multitud incontable que los rodeaba. Cuando detenían su marcha, cesaban bruscamente de mascullar pero redoblaban sus gesticulaciones, esperando con una sonrisa distraída y exagerada el paso de las personas que los obstaculizaban.

Si eran empujados, saludaban abundantemente a las personas que los golpeaban, y parecían abrumados por la confusión”. 6

Difícilmente podríamos considerar este pasaje como una descripción naturalista. La carga es demasiado brutal. Pero este transeúnte en una multitud expuesta a ser empujada por la gente que se apresura en todas direcciones es una prefiguración del ciudadano de nuestros días, cotidianamente apurado por las novedades de los diarios y de la T.S.F. y expuesto a una sucesión de shocks que alcanzan los cimientos de su misma existencia. Baudelaire ha hecho suya esta apercepción adivinatoria que se encuentra en la descripción de Poe.

Ha ido incluso más lejos: ha sentido la amenaza que las multitudes de las grandes ciudades constituyen para el individuo y su entorno. Una pieza singular y desconcertante, Pérdida de aureola, releva estas angustias:

“Conoces el miedo que me producen los caballos y los coches. Hace un momento, al cruzar la calle de forma apresurada saltando el lodo, a través de este caos en movimiento en el que la muerte llega a galope de todos los costados a la vez, mi aureola, en un movimiento brusco, cayó de mi cabeza en el fango del macadam. No tuve el valor de recogerla. Juzgué menos desagradable perder mis insignias que romperme los huesos”. 7

Algunas observaciones de los críticos más sagaces podrían insertarse aquí. Gide, y luego Jacques Rivière, han insistido sobre algunos shocks íntimos, ciertos desajustes estructurales de los versos baudelairianos. “Extraño encadenamiento de palabras”, dice Rivière, “a veces como una fatiga de la voz, una palabra llena de fragilidad”:

¿Y quién sabe si las flores nuevas que sueño

Encontrarán en este suelo lavado como un arenal

El místico alimento que les daría vigor? 8

O bien

Cibeles, que los ama, aumenta sus verdores . 9

 

Podríamos agregar el célebre comienzo de poema:

La sirviente de gran corazón, de la que estabas celosa . 10

Si pareciera azaroso vincular estas deficiencias métricas a la experiencia del transeúnte solitario en la multitud, podríamos referirnos al poeta mismo.

Leemos, en efecto, en la dedicatoria de los Pequeños poemas en prosa : “¿Quién es aquel de nosotros que, en sus días de ambición, no ha soñado el milagro de una prosa poética, musical sin ritmo y sin rima, lo bastante flexible y lo bastante golpeada como para adaptarse a los movimientos líricos del alma, a las ondulaciones del ensueño, a los sobresaltos de la conciencia? Es sobre todo de la frecuentación de las grandes ciudades, del cruzamiento de sus innombrables relaciones, que nace este ideal obsesivo”. 11

Hablamos aquí de un transeúnte solitario. Baudelaire ha sido solitario en la acepción más atroz de la palabra. “Sentimiento de soledad, desde mi infancia. A pesar de la familia, y en medio de los camaradas, sobre todo, sentimiento de destino eternamente solitario”. Este sentimiento lleva, más allá de su significación individual, una impronta social. Una digresión la identificará brevemente.

En la sociedad feudal, disfrutar del ocio –estar exento de trabajar– constituía un privilegio. Privilegio no sólo de hecho, sino también de derecho.

Las cosas no son más así en la sociedad burguesa. La sociedad feudal podía fácilmente reconocer el privilegio del ocio a algunos de sus miembros ya que disponía de los medios para ennoblecer esta actitud, incluso de transfigurarla.

La vida de la corte y la vida contemplativa servían como dos moldes en los cuales las distracciones del gran señor, del prelado y del guerrero podían ser vertidas. Estas actitudes, tanto la representación como la devoción, convenían al poeta de esta sociedad, y su obra las justificaba. A través de la escritura, el poeta guardaba un contacto, al menos indirecto, con la religión o la corte, o bien con las dos. (Voltaire, el primero de los literatos que rompe deliberadamente con la Iglesia en vida, arregla retratarse junto al rey de Prusia).

En la sociedad feudal, las distracciones del poeta son un privilegio reconocido.

Al contrario, una vez que la burguesía asume el poder, el poeta se encuentra siendo el ocioso por excelencia. Esta situación no ha tenido lugar sin provocar una angustia notable. Numerosas fueron las tentativas de escaparle.

Los talentos que se sentían más cómodos en su vocación de poeta fueron los que más se desarrollaron: Lamartine, Victor Hugo, se encontraron investidos de una dignidad totalmente nueva. Eran de alguna manera los sacerdotes laicos de la burguesía. Otros –Béranger, Pierre Dupont– se contentaron con solicitar el concurso de la melodía fácil para asegurar su popularidad.Otros, como Barbier, hicieron suya la causa del cuarto estado. Otros, finalmente, Théophile Gautier, Leconte de Lisle, se refugiaron en el arte por el arte.

  Baudelaire no se comprometió con ninguna de esas vías. Esto lo ha expresado muy bien Valéry en la famosa Situación de Baudelaire, donde se lee: “El problema de Baudelaire debería plantearse de la siguiente manera: ser un gran poeta, pero no ser ni Lamartine, ni Hugo, ni Musset. No digo que éste haya sido un propósito consciente, pero ocurrió necesariamente en Baudelaire –e incluso esencialmente en Baudelaire–. Era su razón de Estado”. 12 Se podría decir que Baudelaire, enfrentado a este problema, toma la decisión de llevarlo delante del público. Toma la resolución de anunciar su existencia ociosa, desprovista de identidad social; hace de su aislamiento social una insignia, se transforma en flâneur. Aquí, como en todas las actitudes esenciales de Baudelaire, parece imposible y vano distinguir entre lo que ellas comportan de gratuito y de necesario, de escogido y de sufrido, de artificioso y de natural.

Este encabalgamiento señala que Baudelaire elevó la ociosidad al rango de un método de trabajo, de su método propio. Es sabido que en muchos períodos de su vida no conoció, por así decirlo, un escritorio de trabajo. Es en tanto flâneur que construyó y, sobre todo, modificó interminablemente sus versos.

A lo largo del viejo suburbio, donde penden de las casuchas

Las persianas, abrigo de secretas lujurias,

Cuando el sol cruel golpea en trazos redoblados,

Sobre la ciudad y los campos, sobre los techos y los trigales

Voy a ejercitarme solo en mi antojadiza esgrima,

Husmeando en los rincones los azares de la rima,

Tropezando en las palabras y en el empedrado,

Chocando a veces con versos largamente soñados. 13

  Es el flâneur Baudelaire quien ha hecho la experiencia de las masas de la que nos habla. Volvemos a ella para valorar otro de estos sondeos hacia las profundidades de la vida colectiva. Una de las primeras reacciones que provocó la formación de las multitudes en el seno de las grandes ciudades fue la moda de lo que se llamó las “fisiologías”. Ellas eran pequeños folletines en los que el autor se entretenía clasificando tipos según su fisonomía y captando al vuelo tanto el carácter como las ocupaciones y el rango social de un transeúnte cualquiera. La obra de Balzac contiene miles de muestras de esta manía.

Tenemos aquí, diríamos, una perspicacia bien ilusoria. Ilusoria, en efecto. Pero existe una pesadilla que le corresponde, que aparece como mucho más substancial.

Esta pesadilla consistiría en ver los trazos distintivos que en un primer abordaje parecen garantizar la unicidad, la individualidad estricta de un personaje, como reveladores a su vez de los elementos constitutivos de un tipo nuevo que establecería una subdivisión nueva. De esta manera se manifestaría, en el corazón de la flânerie, una fantasmagoría angustiante. Baudelaire la ha desarrollado vigorosamente en Los siete viejos:

De golpe, un viejo cuyos harapos amarillos

Imitan el color de este cielo lluvioso,

Y cuyo aspecto habría hecho llover las limosnas,

Sin la maldad que relucía en sus ojos,

Apareció […]

Su igual lo seguía: barba, ojos, espalda, bastón, andrajos

Ningún trazo diferenciaba, del mismo infierno venido

Este mellizo centenario y sus espectros barrocos

Marchaban al mismo paso con rumbo desconocido

¿De qué complot extraño era yo la víctima,

o qué malvado azar así me humillaba?

¡Pues conté siete veces, de minuto en minuto,

ese siniestro viejo que se multiplicaba! 14

El individuo que es así presentado, siempre idéntico en su multiplicación, sugiere la angustia que siente el ciudadano por no poder, a pesar de sus singularidades más excéntricas, romper el círculo mágico del tipo. Círculo mágico que es ya sugerido por Poe en su descripción de la multitud. Los seres que la componen aparecen como sujetos a automatismos. La conciencia de este automatismo estrictamente reglado, de este carácter rigurosamente típico, lentamente adquirido, solidamente establecido, va a permitirles luego de un siglo jactarse de una inhumanidad y de una crueldad inéditas. Parece que, por momentos, Baudelaire ha captado ciertos rasgos de esta inhumanidad por venir. Leemos en Fusées : “El mundo se va a acabar… Demando a todo hombre que piensa que me muestre lo que subsiste de la vida… La ruina universal no se manifestará particularmente en las instituciones políticas… Lo hará en el envilecimiento de los corazones. ¿Tengo necesidad de decir que lo poco que quedará de política se debatirá penosamente en la opresión de la animalidad general y que los gobernantes serán forzados, para mantenerse y crear un fantasma de orden, a recurrir a medios que estremecerán nuestra humanidad actual, que es sin embargo tan avezada?… Esta época está, quizás, muy próxima; ¿quién sabe si no está ya sucediendo, y si el espesamiento de nuestra naturaleza no es el único obstáculo que nos impide apreciar el medio en el que respiramos?” 15

Nosotros nos encontramos ya mejor ubicados como para convenir en la justeza de estas frases. Hay muchas posibilidades de que se vuelvan más siniestras. Quizás la clarividencia que ellas muestran sea menos un don cualquiera de un observador que el irremediable desamparo del solitario en el seno de la multitud. ¿Es demasiado audaz pretender que sean estas mismas multitudes las que en nuestros días sean moldeadas por las manos de los dic tadores? La facultad de entrever en estas multitudes sojuzgadas núcleos de resistencia –núcleos que forman las masas revolucionarias del cuarenta y ocho y los partidarios de la Comuna – no estaba destinada a Baudelaire. La desesperanza fue el precio de esta sensibilidad, la primera en abordar la gran ciudad, la primera en ser apresada por un escalofrío que nosotros, enfrentados a amenazas múltiples, no sabemos ya sentir por ser éstas demasiado precisas.  


NOTAS
1. Desjardins, Paul, “Poètes contemporains. Charles Baudelaire”, en Revue Bleu, 3era serie, tomo 14, año 24, 2da serie, N° I, 2, julio de 1887.
2. “Et qu’importent les maux et les heures démentes / Et les cuves de vice où la cité fermente / Si quelque jour, du fond des brouillards et des voiles / Surgit un nouveau Christ, en lumière sculpté / Qui soulève vers lui l’humanité / Et la baptise au feu de nouvelles étoiles”. Verhaeren, Émile, “L’âme de la ville”, en Les villes tentaculaires , Edición presentada, establecida y anotada por Maurice Piron, Gallimard / NRF, París, 1982, p. 95.
3. “Le vieux Paris n’est plus (la forme d’une ville / Change plus vite, hélas! Que le coeur d’un mortel)”. «Le Cygne» (El cisne), en Baudelaire, Charles, Les fleurs du mal , édition de Claude Pichois, Collection Follio Classique, Gallimard, 1996, p. 119.
4. “Et le sombre Paris, en se frottant les yeux / Empoignait ses outils, vieillard laborieux”. «Le Crépuscule du matin» (El crepúsculo de la mañana), en Baudelaire, C., op. cit. , p. 139.
5. “La rue assourdissante autour de moi hurlait”. «Á une passante» (A una transeúnte), Ibid., p. 127.
6. Benjamin cita la traducción al francés de The man of the crowd hecha por el propio Baudelaire. Véase “L’homme des foules”, en Oeuvres completes de Charles Baudelaire. Traduction: Edgar Poe, Nouvelles histories extraordinaires, edición a cargo de Jacques Crepet, París, Louis Conard, 1933.
7. «Perte d’aureole» (Pérdida de aureola), en Baudelaire, C., Petits Poèmes en Prose (Le Spleen de Paris), edición establecida por Robert Kopp, Gallimard / NRF, Paris, 1999, p. 139.
8. “Et qui sait si les fleurs nouvelles que je rêve / Trouveront dans ce sol lavé comme une grève / Le mystique aliment qui ferait leur vigueur?” «L’ennemi» (El enemigo), en Baudelaire, C., op. cit., p. 43.
9. “ Cybèle, qui les aime, augmente ses verdures” «Bohémiens en voyage» (Bohemios en viaje), ibid., p. 45.
10. “ La servante au grand coeur dont vous étiez jalouse”. Ibid., p. 135.
11. “À Arsène Houssaye”, en Baudelaire, C., op. cit, p. 21.
12. Valéry, Paul., “Situation de Baudelaire”, en Varieté II, Gallimard / NRF, Paris, 1950,
p.132-133. Traducción española: “Baudelaire y su descendencia”, en Revista de Occidente, Tomo IV, abril-junio 1924,Madrid, p. 265.
13. “ Le long du vieux faubourg, où pendent aux masures / Les persiennes, abri des secrètes luxures, / Quand le soleil cruel frappe à traits redoublés / Sur la ville et les champs, sur les toits et les blés, / Je vais m’exercer seul à ma fantasque escrime, / Flairant dans tous les coins les hasards de la rime, / Trébuchant sur les mots comme sur les pavés, / Heurtant parfois des vers depuis longtemps rêvés” «Le soleil» (El sol), en Baudelaire, C., op. cit., p. 116.
14. “Tout à coup, un vieillard dont les guenilles jaunes / Imitaient la couleur de ce ciel pluvieux, / Et dont l’aspect aurait fait pleuvoir les aumônes, / Sans la méchanceté qui luisait dans ses yeux, / M’apparut. / (…) / Son pareil le suivait : barbe, oeil, dos, bâton, loques, / Nul trait ne distinguait, du même enfer venu, / Ce jumeau centenaire, et ces spectres baroques / Marchaient du même pas vers un but inconnu. / À quel complot infâme étais-je donc en butte, / Ou quel méchant hasard ainsi m’humiliait ? / Car je comptai sept fois, de minute en minute, / Ce sinistre vieillard qui se multipliait!” «Les sept vieillards» (Los siete viejos), en Baudelaire, C., op. cit. p. 121.
15. Fusées XXII, en Baudelaire, C., OEuvres II, texto establecido y anotado por Yves-Gérard Le Dantec, Paris, 1931.

Trotsky y la Revolución Francesa (Pierre Broué)


Trotsky y la Revolución Francesa 

           

CEIP – Boletín Nº 12 (julio/agosto 2009) – Aniversario de la Revolución Francesa

22 07 2009

Pierre Broué

Traducción por Rossana Cortez especialmente para este boletín de “Trotsky et la Révolution française”, Cahiers Leon Trotsky N.º 30, junio de 1987, París, Institut León Trotsky, p. p. 49-68. Las citas utilizadas por Broué en este artículo se tomaron de traducciones al español de las obras. Las notas biográficas fueron preparadas especialmente para esta edición.

 

Trotsky no ha dedicado ningún trabajo específico a la Revolución Francesa, y es lamentable. La estudió de cerca, conocía los trabajos de Alphonse Aulard, incluida su recopilación de Documentos para la historia de la Sociedad de Jacobinos, la Historia de Francia de Michelet, la Historia socialista de Jean Jaurès, por la que confesaba una especial admiración, y a lo largo de las vicisitudes de su vida política, no dejó de mantenerse al tanto de los trabajos científicos. Conoció la obra de Mathiez, cuya importancia apreciaba, y utilizó los primeros trabajos de divulgación que se conocieron  de Georges Lefebvre. Este mérito, por supuesto, es suyo, pero también de sus colaboradores y colaboradoras –Denise Naville, por ejemplo- que le copiaron centenares de páginas en las bibliotecas parisinas cuando los libros no estaban disponibles.

Según sabemos, a pesar de la abundancia de materiales que disponía sobre la historia de la Revolución Francesa, Trotsky nunca pensó en escribir sobre ella. Sin embargo, en los índices bien hechos, es fácil darse cuenta de que la Revolución Francesa –a la que casi siempre denominaba la Gran Revolución Francesa- constituía una de sus referencias más constantes y que no concebía un trabajo sobre la revolución que no se refiriera a ella, esbozando al menos una comparación. Se encontraron las primeras referencias importantes a la Revolución Francesa en el folleto polémico de 1904, dirigido contra Lenin, titulado Nuestras tareas políticas, con respecto al jacobinismo. Vuelve a esto en su 1905, sobre la Revolución Francesa como “revolución nacional” y “clásica”. Luego se encontrarán elementos de analogía en el conjunto de la obra de Trotsky, por supuesto en primer lugar en su Historia de la Revolución Rusa y su Stalin, pero también en todos sus textos polémicos y programáticos de la época de la Oposición de Izquierda, luego de la IV Internacional, contra Stalin y los epígonos. Respecto a esto, hay que destacar el importante lugar que tienen las referencias al “Termidor” y al “bonapartismo” en estos trabajos que, por cierto, son trabajos militantes circunstanciales, pero son también muy cuidados en el plano de esta teoría, que eminentes críticos los bautizan, con una evidente incomprensión, como su “sociología”.

En consecuencia, no se encontrará en la obra de Trotsky un análisis original de la Revolución Francesa en sí misma y por sí misma. Se podrá notar una evolución importante que le hace pasar el acento de la burguesía en su conjunto a los “sans-culottes”, como motor revolucionario. El lector se arriesga a veces a sentir que Trotsky maltrata un poco las categorías establecidas por Marx y que el “proletariado” constituye para él una noción un poco elástica, ya que llena sus páginas con los que llama los “oprimidos”, los “explotados”, las capas más pobres. Pero no se trata de aquellos que, como escribe Marat[1], no tienen otra riqueza que su progenie (proles en latín) y a los que los romanos con su cinismo de opresores y explotadores bautizaron “proletarios”.

Tratando de abstraernos de la utilización contemporánea del análisis con un objetivo teórico o polémico –volveremos a esto más tarde- hemos intentado sustraer de la obra de Trotsky, por una parte, su visión general del movimiento y del desarrollo de la revolución, y por otra, la imposibilidad de la Revolución Francesa de ir hasta el final en su tiempo y las nuevas formas políticas que originó en su reflujo inevitable.

Entonces nos será posible intentar una apreciación de fondo: en su tratamiento de la Revolución Francesa. ¿Trotsky era historiador o “sociólogo”, teórico o militante revolucionario, todo esto a la vez, o bien finalmente vio mucho más allá este tema que lo apasionaba y que creía comprender a través de su propia experiencia?

Las analogías

En el momento en que dejaba por segunda vez el territorio de la Unión Soviética, expulsado por decisión del mismo partido en nombre del que, doce años antes, había dirigido la insurrección victoriosa por el poder, Trotsky se indignaba:

Habría que ser un servil sin remedio para negar la importancia histórica mundial de la Gran Revolución Francesa.[2]

No disimulaba los motivos que lo animaban y destacó la validez del método de las “analogías”, no solamente para el historiador, sino ante todo para el político revolucionario:

Existen rasgos comunes a todas las revoluciones los cuales permiten la analogía, y aun la exigen imperiosamente, si es que hemos de basarnos en las lecciones del pasado y no reiniciar la historia desde cero en cada nueva etapa.[3]

Sin embargo, la analogía no podría ser perfecta y en 1935 observa que sería “de un pedantismo ciego tratar de hacer coincidir las distintas etapas de la Revolución Rusa con los acontecimientos análogos de fines de siglo XVIII en Francia”[4]. Efectivamente, la historia se desarrolla en el tiempo, y las transformaciones que se dieron se vuelven datos de base. En sus observaciones preliminares a su análisis sobre el carácter de la Revolución Rusa en el siglo XX, Trotsky, en 1909, destacaba el carácter original de la gran Revolución Francesa, o más bien, su doble carácter, “burgués” y “nacional”, escribiendo:

En la época heroica de la historia de Francia, contemplamos una burguesía que todavía no es consciente de los contrastes de que está llena su situación, tomando la dirección de la lucha por un nuevo orden de cosas, no solamente contra las instituciones anticuadas de Francia, sino incluso contra las fuerzas reaccionarias de toda Europa. Progresivamente, la burguesía, representada por sus fracciones, se considera como el jefe de la nación y de hecho se convierte en ello, arrastra a las masas a la lucha, les da un lema, les enseña una táctica de combate. La democracia introduce en la nación el lazo de una ideología política. El pueblo –pequeñoburgueses, campesinos y obreros- elige como diputados a burgueses y las instrucciones que entregan los municipios a sus representantes están escritas en el lenguaje de la burguesía que toma conciencia de su papel de Mesías.[5]

La burguesía, en su combate, ha arrastrado a las demás capas de ese Tercer Estado, del que ella sólo era el estrato superior:

[…] La poderosa corriente de la lucha revolucionaria expulsa, uno tras otro de la vida política a los elementos más estacionarios de la burguesía. Ninguna capa es arrastrada antes de transmitir su energía a las capas siguientes. La nación en su conjunto sigue combatiendo por los fines que se había asignado, por medios cada vez más violentos y decisivos […] La Gran Revolución Francesa es realmente una revolución nacional. Todavía más. En ella, dentro de los marcos nacionales encuentra su expresión clásica la lucha mundial de la clase burguesa por la dominación, por el poder, por un triunfo indiscutible[6].

Ya en 1848, la burguesía se volvió incapaz de jugar un rol similar, al igual que sus capas intermedias, la pequeña burguesía, la clase campesina, la democracia intelectual. El proletariado todavía era muy débil.

Pero precisamente porque la Revolución Francesa se desarrolló según un esquema “clásico”, y de alguna manera, químicamente puro, como una experiencia de laboratorio, el observador puede aprehender en su desenvolvimiento las leyes de su desarrollo, y verificarlas para su generalización en condiciones concretas necesariamente diferentes.

La Revolución como explosión de contradicciones

Nuestro lector conoce, esperemos, el paralelo fascinante establecido por Trotsky, en su Historia de la Revolución Rusa, entre Luis XVI y María Antonieta y Nicolás II y la zarina Alejandra[7]. Rechazando las explicaciones psicológicas absolutas que desfiguran la historia al disimular las fuerzas sociales, muestra cómo las “personalidades” de los soberanos eran poca cosa comparadas a las contradicciones sociales acumuladas y a las explosiones en cadena comandadas por las explosiones de la crisis en las alturas. Trotsky recuerda que Robespierre, en la Asamblea Legislativa, advertía a sus colegas contra las ilusiones de un desarrollo revolucionario rápido en Europa, al recordar la experiencia francesa entrada ahora en las conciencias: en Francia, fue “la oposición de la nobleza, que debilitó a la monarquía” la que “puso en movimiento a la burguesía y tras ella, a las masas populares”. Rechazando la idea que dan los historiadores liberales según la cual el rey había cavado su propia tumba aliándose a la contrarrevolución, lo que, recuerda no sin humor, “no lo salvó de la guillotina ni a él primero, ni más tarde a los Girondinos”, afirma:

Las contradicciones sociales acumuladas tenían que brotar al exterior, y al hacerlo, llevar a término su labor depuradora. Ante la presión de las masas populares, que sacaban por fin a combate franco sus infortunios, sus ofensas, sus pasiones, sus esperanzas, sus ilusiones y sus objetivos, las combinaciones tramadas en las alturas entre la monarquía y el liberalismo no tenían un valor meramente episódico y podían ejercer a lo sumo una influencia sobre el orden cronológico de los hechos, y acaso sobre su número, pero nunca sobre el desarrollo general del drama, ni mucho menos sobre su inevitable desenlace.[8]

Hace falta el talento literario de Trotsky para mostrar el carácter dinámico y explosivo de estas contradicciones en movimiento, que pesan desde hace años, y pueden, bajo el peso de otras nuevas, resultar en compromisos concluidos en algunas horas (los Mirabeau[9] y los La Fayette[10] se volvieron campeones de esta monarquía, de la que habían dinamitado su autoridad), pero también de las contradicciones que, invisibles en los primeros tiempos, pronto se revelan gigantescas e irreconciliables, las de los “sans-culottes” contra la aristocracia y los burgueses acomodados y ricos, las de los campesinos contra los mismos, las de los burgueses contra la Iglesia, etc. Trotsky escribe:

¡Qué espectáculo más maravilloso -y al mismo tiempo más bajamente calumniado- el de los esfuerzos de los sectores plebeyos para alzarse del subsuelo y de las catacumbas sociales y entrar en la palestra, vedada para ellos, en que aquellos hombres de peluca y calzón corto decidían de los destinos de la nación! Parecía que los mismos cimientos, pisoteados por la burguesía ilustrada, se arrimaban y se movían, que surgían cabezas humanas de aquella masa informe, que se tendían hacia arriba con las manos encallecidas y se percibían voces roncas, pero valientes. Los barrios de París, ciudadelas de la revolución, conquistaban su propia vida y eran reconocidos […] y se transformaban en secciones. Pero invariablemente rompían las barreras de la legalidad y recibían una avalancha de sangre fresca desde abajo, abriendo el paso en sus filas, contra la ley, a los pobres, a los privados de todo derecho, a los sans-culottes. Al mismo tiempo, los municipios rurales se convierten en manto del levantamiento campesino contra la legalidad burguesa protectora de la propiedad feudal. Y así, bajo los pies de la segunda nación, se levanta la tercera.[11]

Exalta “la energía, la valentía y la unanimidad de esta nueva clase que se había alzado del fondo de los distritos parisinos y hallaba su asidero en las aldeas más atrasadas”[12].

¿Existe un “deterioro del poder”?

En este recorrido, Trotsky se venga de las frases de café que los autores de divulgación e incluso algunos especialistas siguen utilizando hoy. Evidentemente, se trata de fórmulas fatalistas como la “revolución que devora sus hijos” o el poder “que deteriora”. La realidad es que las circunstancias cambian con el desarrollo histórico y que los hombres y grupos políticos no pueden más que sufrir las consecuencias de estas modificaciones, lo que Trotsky llama “la ruptura de la correlación entre lo objetivo y lo subjetivo”. Escribe:

Los hombres y los partidos no son heroicos o ridículos en sí y por sí sino por su actitud ante las circunstancias.[13]

Especialmente atento al descrédito que golpeó uno tras otro a los grupos de valientes revolucionarios que habían sido los héroes de las primeras etapas de la revolución, constata:

Cuando la revolución francesa entró en su fase decisiva, el más eminente de los Girondinos parecía una figura lamentable y ridícula al lado del más común de los Jacobinos. [14]

Es así que un Roland, que fue un ministro brissotin [15], como se decía entonces e inspector de las manufacturas, lo que constituía para la época una calificación técnica y científica excepcional, “personaje respetable”, aparece en un momento como “una viva caricatura sobre el fondo de 1792”.

Dedicándose luego a un fenómeno ya antiguamente constatado, ya que los romanos lo tradujeron en términos de destino –“Quos vult perdere Jupiter dementat” (a los que van a perder, Júpiter los vuelve locos) –intenta explicarlo:

En un determinado momento de la Revolución, los jefes Girondinos perdieron totalmente la brújula. A pesar de su popularidad e inteligencia, sólo cometen errores y torpezas. Parecen participar activamente en su propio fracaso. Más tarde, es el turno de Danton y sus amigos. Los historiadores y los biógrafos no dejan de asombrarse de la actividad desordenada, pasiva y pueril de Danton en los últimos meses de su vida. Lo mismo para Robespierre y los suyos: desorientación, pasividad e incoherencia en los momentos más críticos. La explicación es evidente. En un momento dado, cada uno de estos grupos ha agotado sus posibilidades políticas y ya no podía avanzar contra la poderosa realidad: condiciones económicas internas, presión internacional, nuevas corrientes que tenían consecuencias en las masas, etc. En estas condiciones, cada paso comenzaba a producir el resultado contrario al esperado. Pero la abstención política ya no era favorable.[16]

Sin pronunciar la palabra, está claro que Trotsky considera el desarrollo revolucionario bajo el ángulo de la revolución permanente que da cuenta del desarrollo político, incluidas la grandeza y la decadencia de los hombres, de las fuerzas sociales y políticas, de los clubes y de los partidos. Esto es lo que desarrolla en La revolución traicionada:

La continuidad de las etapas de la Gran Revolución Francesa, tanto en su época ascendente como en su etapa descendente, muestra de una manera indiscutible que la fuerza de los ‘jefes’ y de los ‘héroes’ consistía, sobre todo, en su acuerdo con el carácter de las clases y de las capas sociales que los apoyaban; sólo esta correspondencia, y no superioridades absolutas, permitió a cada uno de ellos marcar con su personalidad cierto periodo histórico. Hay, en la sucesión al poder de los Mirabeau, Brissot, Robespierre, Barras, Bonaparte, una legítima objetividad infinitamente más poderosa que los rasgos particulares de los protagonistas históricos mismos[17].

Se sabe suficientemente que hasta ahora todas las revoluciones han suscitado reacciones y aun contrarrevoluciones posteriores que, por lo demás, nunca han logrado que la nación vuelva a su primitivo punto de partida, aunque siempre se han adueñado de la parte del león en el reparto de las conquistas. Por regla general, los pioneros, los iniciadores, los conductores, que se encontraban a la cabeza de las masas durante el primer periodo, son las víctimas de la primera corriente de reacción, mientras que surgen al primer plano hombres del segundo, unidos a los antiguos enemigos de la revolución. Bajo este dramático duelo de corifeos sobre la escena política abierta, se ocultan los cambios habidos en las relaciones entre las clases y, no menos importante, profundos cambios en la psicología de las masas, hasta hace poco revolucionarias.[18]

¿Se puede hacer una revolución a medias?

La misma explicación vale para este otro fenómeno observado por Saint-Just[19] y expresado por él como una ley del desarrollo de las revoluciones. Según él “los que hacen la revolución a medias no hacen más que cavarse su propia tumba”. Nadie podría discutir que Mirabeau fue en una época el brillante representante de la revolución en ascenso. Nadie podría negar tampoco que ha desaparecido sin pena ni gloria después de haber intentado reconciliar la revolución con la monarquía, es decir, de haber intentado detener la revolución mientras que ella recién había comenzado y estaba lejos de haber agotado sus fuentes de energía, renovadas sin cesar por la movilización de nuevas capas. Menos brillante orador y escritor, pero dotado de una sólida y prestigiosa leyenda, La Fayette no fue menos para la Francia de esa época: “el héroe de dos mundos”, antes de pasarse al bando del ejército extranjero. Respecto a esto, Trotsky aporta una explicación:

El 17 de julio de 1791 La Fayette ametralló en el campo de Marte a una manifestación pacífica de republicanos que intentaba dirigirse con una petición a la Asamblea nacional que amparaba la perfidia del poder real […] La burguesía realista confiaba liquidar, mediante una oportuna represión sangrienta, al partido de la revolución para siempre. Los republicanos, que no se sentían aún suficientemente fuertes para la victoria, eludieron la lucha, lo cual era muy razonable, y se apresuraron incluso a afirmar que nada tenían que ver con los que habían participado en la petición, lo cual era, desde luego, indigno y equivocado. El régimen de terrorismo burgués obligó a los Jacobinos a mantenerse quietos durante algunos meses. Robespierre buscó refugio en casa del carpintero Duplay, Desmoulins se ocultó, Danton pasó algunas semanas en Inglaterra. Pero, a pesar de todo, la provocación realista fracasó […]. [20]

Trotsky, al pasar, pone de relieve un aspecto del desarrollo de las revoluciones: todo intento de detener la revolución por la mitad es, independientemente de las intenciones de sus instigadores y autores, el inicio de una empresa de contrarrevolución, a través de la lucha contra la revolución que continúa.

En realidad, son las fuerzas sociales las que dictan esta continuación de la revolución en Francia a partir de 1789 y que actuarán, finalmente, para una sociedad francesa que será, a fines del siglo XVIII, más avanzada en su transformación social que la Alemania luego de la revolución de 1918 o España luego de abril de 1931, cuando ambos monarcas, en los dos casos, habían tomado el camino de Varennes [21], y habían tenido suerte de que no los detuvo un Drouet [22].

La Revolución Francesa es la resultante de una alianza objetiva duradera entre las masas campesinas, levantadas contra los aristócratas y el viejo régimen feudal, y los sans-culottes de las ciudades, y especialmente de París. No son las masas campesinas las que empezaron el combate sistemático contra la aristocracia y sus privilegios en los campos, aunque de una manera u otra, no han dejado de llevarlo adelante durante siglos. Sino que es la burguesía la que ha desatado el verdadero proceso de liberación. Trotsky escribe:

En Francia, la lucha contra el absolutismo de la Corona, la aristocracia y los príncipes de la Iglesia obligó a la burguesía, representada por sus diferentes capas, a hacer, a finales del siglo XVIII, una revolución agraria radical. La clase campesina independiente salida de esta revolución fue durante mucho tiempo el sostén del orden burgués. [23]

Sin embargo, el desarrollo concreto lo lleva a hacer algunos retoques y matices a este cuadro general, en las páginas del mismo volumen. Efectivamente, la lucha contra la detención de la revolución en su mitad, contra el renacimiento de la contrarrevolución es lo que ha anudado la alianza que le ha permitido a la revolución ir hasta el final en el terreno social y la destrucción del antiguo Régimen.

Durante cinco años, los campesinos franceses se sublevaron en todos los momentos críticos de revolución, oponiéndose a un acomodamiento entre los propietarios feudales y los propietarios burgueses. Los sans-culottes de París, al derramar su sangre por la república, liberaron a los campesinos de las trabas del feudalismo. [24]

Entonces, fundamentalmente “los municipios rurales se convierten en manto del levantamiento campesino contra la legalidad burguesa protectora de la propiedad feudal” [25]. Pero al mismo tiempo, este empuje del campesinado sólo podía tener sentido porque en las puertas del poder, en París, los sans-culottes combatiendo por la república, les ofrecían un régimen político que los protegía de las tentativas de restauración (contrarrevolución).

Las contradicciones y la dualidad de poder

La principal característica del desarrollo revolucionario destacada por Trotsky con respecto a la Revolución Francesa, se deriva muy probablemente de su propia observación y experiencia de la Revolución Rusa, en la que fue actor ¡y qué actor! Es la constatación que las contradicciones sociales, en el desarrollo de la revolución, se estabilizan y se desestabilizan bajo la forma de situaciones de “doble poder” en una curva ascendente, primero, descendente, luego. En cada caso, la cuestión de la hegemonía entre los dos poderes en conflicto está dirigida por la fuerza o, si se prefiere, por una “guerra civil”, por breve que ella sea.

En este punto, nos gustaría dejarle casi exclusivamente la palabra. Escribe:

En la gran Revolución Francesa, la Asamblea Constituyente, cuya espina dorsal eran los elementos del “Tercer Estado”, concentra en sus manos el poder, aunque sin despojar al rey de todas sus prerrogativas. El período de la Asamblea Constituyente es un período característico de la dualidad de poderes, que termina con la fuga del rey a Varennes y no se liquida formalmente hasta la instauración de la República.

La primera Constitución francesa (1791), basada en la ficción de la independencia completa de los poderes legislativo y ejecutivo, ocultaba en realidad, o se esforzaba en ocultar al pueblo, la dualidad de poderes reinante: de un lado, la burguesía, atrincherada definitivamente en la Asamblea Nacional, después de la toma de la Bastilla por el pueblo; del otro, la vieja monarquía, que se apoyaba aún en la aristocracia, el clero, la burocracia y la casta militar, sin hablar ya de las esperanzas en una intervención extranjera. Este régimen contradictorio albergaba la simiente de su inevitable derrumbamiento. En este atolladero no había más salida que destruir la representación burguesa poniendo a contribución las fuerzas de la reacción europea, o llevar a la guillotina al rey y a la monarquía. París y Coblenza tenían que medir sus fuerzas en este pleito. [26]

De hecho una segunda dualidad de poder está por surgir incluso antes de la guerra y de la caída del rey:

Pero antes de que las cosas terminen en este dilema: la guerra o la guillotina, entra en escena la Comuna de París, que se apoya en las capas inferiores del “Tercer Estado” y que disputa, cada vez con mayor audacia, el poder a los representantes oficiales de la nación burguesa. Surge así una nueva dualidad de poderes, cuyas primeras manifestaciones observables ya en 1790, cuando todavía  la gran y mediana burguesía se hallan instaladas a sus anchas en la administración del Estado y en los municipios […]

En un principio, las secciones de París mantenían una actitud de oposición frente a la Comuna, que se hallaba todavía en manos de la honorable burguesía. Pero con el gesto audaz del 10 de agosto de 1792, las secciones se apoderan de ella. En lo sucesivo, la Comuna revolucionaria se levanta primero frente a la Asamblea Legislativa y luego frente a la Convención; ambas rezagadas con respecto a la marcha y a los fines de la revolución, registraban los acontecimientos, pero no los promovían […].[27]

Y es por este avance de la dualidad de poder que Trotsky llega a la conclusión del Terror y a la dictadura del Comité de Salvación Pública.

Los explotadores han empantanado tanto el carro de la sociedad que, para destrabarlo, hace falta una obstinada energía y esfuerzos verdaderamente revolucionarios. Los Jacobinos nos han ofrecido, hace ciento cuarenta años, un ejemplo formidable. Son los pobres, la plebe, los explotados los que han creado el gobierno de la Montaña, el gobierno más fuerte que haya conocido Francia y es ese gobierno el que ha salvado a Francia en las circunstancias más trágicas. [28]

La ley del desarrollo revolucionario a través de las dualidades de poder no deja de jugar y Trotsky continúa:

La necesidad de la dictadura, tan característica lo mismo de la revolución que de la contrarrevolución, se desprende de las contradicciones insoportables de la dualidad de poderes. El tránsito de una forma a otra se efectúa por medio de la guerra civil. Además, las grandes etapas de la revolución, es decir, el paso del poder a nuevas clases o sectores, no coinciden de un modo absoluto con los ciclos de las instituciones representativas, las cuales siguen, como la sombra al cuerpo, a la dinámica de la revolución. Cierto es que, al fin de cuentas, la dictadura revolucionaria de los sans-culottes se funde con la dictadura de la Convención; pero ¿de qué Convención? Una Convención de la cual han sido eliminados por el Terror los Girondinos, que todavía ayer dominaban en sus bancas; una Convención cercenada, adaptada al régimen de la nueva fuerza social. [29]

Pero verdaderamente se trata de una ley general de desarrollo de la revolución y de la contrarrevolución. Trotsky concluye:

Así, por los peldaños de la dualidad de poderes, la Revolución Francesa asciende en el transcurso de cuatro años hasta su culminación. Y desde el 9 Termidor, la revolución empieza a descender otra vez por los peldaños de la dualidad de poderes. Y otra vez la guerra civil precede a cada descenso, del mismo modo que antes había acompañado cada nueva ascensión. [30]

La dictadura jacobina y el Terror

En estas condiciones, se entiende que Trotsky no haya podido ser, en ningún caso, un admirador de los Jacobinos [31], aunque sea capaz de rendirle el homenaje que merecen según su opinión. Para él, el mérito de Robespierre [32] y de los suyos ha residido en la proclamación del principio revolucionario y en su defensa encarnizada contra la Europa feudal. Pero comparte íntegramente la apreciación de Engels –de acuerdo con Marx en este punto- en su carta a Kautsky del 20 de febrero de 1887, en la cual él explica que el Terror sólo tiene sentido en tiempos de guerra:

Una vez preservadas las fronteras gracias a las victorias militares y después de la destrucción de esta fanática Comuna que había querido llevar la libertad a los pueblos a punta de bayoneta, el Terror, como arma de la Revolución, se sobreviviría a sí mismo. Es verdad que Robespierre estaba entonces en la cima de su poder, pero, dice Engels, ‘a partir de ahora el Terror se volvió para él un medio para su propia preservación y, de repente, se convertía en un absurdo’. [33]

En su polémica contra Lenin quien, como sabemos, había intentado asociar “jacobinismo” con “socialismo” en un famoso párrafo de su folleto Un paso adelante, dos pasos atrás, Trotsky ha pintado un fresco despiadado del “jacobinismo” como fenómeno histórico situado en el pasado, y aunque haya reconocido equivocarse en el contenido en la polémica contra Lenin, nunca volvió a esto -y sin ninguna duda, no tenía ninguna razón para volver. Detrás del ardor y las fórmulas tajantes de la polémica dentro del movimiento socialista, más allá del duro discurso, se oculta el siguiente análisis que presentamos:

El jacobinismo, escribe él, es el apogeo en la tensión de la energía revolucionaria en la época de la autoemancipación de la sociedad burguesa. Es el máximo de radicalización que podía producir la sociedad burguesa, no por el desarrollo de sus contradicciones internas, sino por su retroceso y su represión; en la teoría, el llamado a los Derechos del Hombre, abstracto, del ciudadano, abstracto, en la práctica, la guillotina. [34]

Aquí también, los Jacobinos no se comportan de acuerdo con principios abstractos, aunque los agiten, sino que se comportan como hombres en un callejón sin salida, porque el contexto económico y social de la época no da ninguna base para la perduración de su poder y el desencadenamiento del Terror es para ellos un medio de violar las leyes de la Historia que deben sufrir:

La Historia debía detenerse para que los Jacobinos pudiesen conservar el poder, porque todo movimiento en avance debía oponer unos a otros los diversos elementos que, activa o pasivamente, sostenían a los Jacobinos y debía así, por sus fricciones internas, debilitar la voluntad revolucionaria que encabezaba la Montaña. Los Jacobinos no creían y no podían creer que su verdad -la Verdad- se apoderará cada vez más de las almas a medida que el tiempo avance. Los hechos le demostraron lo contrario: de todas partes, de todas las fisuras de la sociedad salían intrigantes, hipócritas, ‘aristócratas’ y moderados […] Mantener el apogeo del empuje revolucionario al instituir el ‘estado de sitio’ y determinar las líneas de demarcación con el filo de la guillotina, tal era la táctica que se dictaba a los Jacobinos por su instinto de conservación política. (35)

Capaces, en el momento del peligro supremo de “hacer encolerizar” a los sans-culottes y de movilizar las masas en defensa de la “nación” por medio de ese “patriotismo” que creaban sobre la base del principio revolucionario y la defensa incondicional contra el extranjero, los jacobinos de 1793 no tenían un programa susceptible de inscribirse en la realidad de su tiempo:

Los Jacobinos eran utopistas. Se fijaban como tarea ‘fundar una república sobre las bases de la razón y la igualdad’. Querían una república igualitaria sobre la base de la propiedad privada; querían una república de la razón y de la virtud en el marco de la explotación de una clase por la otra. Sus métodos de lucha no hacían más que derivarse de su utopismo revolucionario: ubicados en el filo de una gigantesca contradicción, apelaban en su ayuda al filo de la guillotina. [36]

Trotsky muestra luego cómo esta situación objetiva cortaba a los jacobinos de toda salida política y les cortaba la hierba bajo los pies a pesar de todas sus declamaciones voluntaristas llamadas a desaparecer en el más negro de los pesimismos:

Los Jacobinos eran puros idealistas […] Creían en la fuerza absoluta de la Idea, de la ‘Verdad’ y consideraban que ninguna hecatombe de seres humanos sería superflua para construir el pedestal de esa verdad. Todo lo que se apartaba de los principios que ellos proclamaban de la moral universal no era más que el fruto del vicio y de la hipocresía. ‘Sólo conozco dos partidos -decía Maximilien Robespierre en uno de sus últimos grandes discursos, el famoso discurso del 8 Termidor- el de los buenos y el de los malos ciudadanos’.

A una fe absoluta en la idea metafísica se correspondía una desconfianza absoluta con respecto a los hombres reales. La ‘sospecha’ era el método inevitable para servir a la ‘Verdad’ al mismo tiempo que el deber supremo del ‘verdadero patriota’. Ninguna comprensión de la lucha de clases, de ese mecanismo social que determina el choque ‘de las opiniones e ideas’, y así, ninguna perspectiva histórica, ninguna certeza que algunas contradicciones en el terreno de las opiniones e ideas se profundizarían inevitablemente mientras que otras se atenuarían a medida que se desarrollara la lucha de las fuerzas liberadas por la revolución. [37]

El veredicto de Trotsky sobre la acción heroica de los jacobinos es tan severo como el de la Historia, según él:

La historia tenía que detenerse para que los Jacobinos pudieran conservar su posición por más tiempo; pero no se detuvo. Ya no quedaba más que pelearse despiadadamente contra el movimiento natural hasta su agotamiento total. Toda pausa, toda concesión, por mínima que fuese, significaba la muerte.

Esta tragedia histórica, este sentimiento de lo irreparable, animan el discurso que pronunció Robespierre el 8 Termidor en la Convención y que retomó esa misma noche en el Club de los Jacobinos: ‘En la carrera en que estamos, detenerse antes del final, es morir y habremos retrocedido vergonzosamente. Ustedes han ordenado el castigo de algunos criminales, autores de todos los males, que se atreven a resistir a la justicia nacional, y se los sacrifica por los destinos de la patria y de la humanidad: atengámonos entonces a todos los flagelos que pueden acarrear las facciones que se agitan impunemente […] Dejen flotar las riendas de la revolución por un momento, verán al despotismo militar apoderarse de ella y a los jefes de las facciones derrocar a la representación nacional civil; un siglo de guerras civiles y de calamidades desolará a nuestra patria y moriremos por no haber querido apoderarnos de un momento determinado en la historia de los hombres para fundar la libertad; someteremos a nuestra patria a un siglo de calamidades y las  maldiciones del pueblo se fijarán en nuestra memoria ¡que debía ser querida para el género humano! [38]

Finalmente, es a Trotsky a quien debemos una de las descripciones más severas de la obstinación terrorista en el poder:

Los Jacobinos levantaban entre ellos y el moderantismo el filo de la guillotina. La lógica del movimiento de clase iba contra ellos y se esforzaban en decapitarla. Delirio: esta hidra siempre tenía muchas cabezas; y las cabezas consagradas a los ideales de virtud y de verdad eran cada vez más raras. Los Jacobinos se ‘purificaban’ debilitándose. La guillotina no era más que el instrumento mecánico de su suicidio político, pero el propio suicidio era la salida fatal de su situación histórica sin esperanza, situación en la que se encontraban los representantes de la igualdad sobre la base de la propiedad privada, los profetas de la moral universal en el marco de la explotación de clase.

‘Se necesitan grandes crisis para purificar un cuerpo engangrenado: hay que cortar los miembros para salvar el cuerpo. Mientras tengamos malos dirigentes, podremos estar equivocados; pero cuando sepamos cuáles son los verdaderos Jacobinos, serán nuestros guías, nos uniremos a Danton, a Robespierre y salvaremos al Estado’. Un año y medio más tarde, en el momento en que Danton y muchos otros de los ‘auténticos jacobinos’ habían sido decapitados, como miembros atacados por la gangrena, en el mismo club, empleando casi las mismas palabras, otro jacobino hablaba y volvía a hablar de ‘depuración’: ‘Si nos purgamos, es para tener el derecho de purgar a Francia. No dejaremos ningún cuerpo heterogéneo en la República: los enemigos de la libertad deben temblar, porque el arma está levantada; será la Convención quien la arrojará. Nuestros enemigos no son tan numerosos como se nos quiere hacer creer; pronto serán puestos en evidencia, y aparecerán en la escena de la guillotina. Se dice que queremos destruir la Convención: no, ella permanecerá intacta; pero queremos cortar las ramas muertas de ese gran árbol. Las grandes medidas que tomamos se parecen a ráfagas de viento que hacen caer los frutos agusanados y dejan los frutos buenos en el árbol; después de esto, ustedes podrán recoger los que queden: estarán maduros y sabrosos; llevarán la vida a la República. ¿Qué me importa que las ramas sean muchas si están podridas? Vale más que queden unas pocas, con la condición que sean verdes y fuertes. [39]

Los límites de la gran Revolución

A Trotsky le gusta citar a Jean-Paul Marat, lúcido analista de la revolución que se despliega ante él y con él. Para él, Marat ha sido “tan calumniado por los historiadores oficiales” -y lo es todavía en gran medida-, porque él ha sentido el “cruel revés social” de las revoluciones sociales. Lo cita casi de memoria cuando escribía en julio de 1792:

La revolución se realiza y se sostiene por las clases bajas de la población, por estos seres heridos que la insolente riqueza trata de canallas […] Después de ciertos éxitos al inicio, el movimiento finalmente es derrotado: siempre le faltan conocimientos, recursos, armas, jefes, un plan de acción, se queda indefenso frente a los conspiradores que tienen experiencia, astucia y habilidad.[40]

Indiscutiblemente, a fines del siglo XVIII, “las clases oprimidas” no tienen ni los conocimientos, ni la experiencia, ni la dirección capaces de llevarlas a la victoria. Sin embargo, en el momento de mayor peligro, han demostrado tensar toda su energía, en nombre de las perspectivas que se presagian –pero semejante esfuerzo, tanto para un individuo como para cientos de miles, colectivamente, está forzosamente limitado en el tiempo y da lugar a un relajamiento o a un reflujo, la desilusión ante la flaqueza de los resultados, la apatía ante la ausencia o la confusión de las perspectivas. Y esto estaba en un contexto tal que Robespierre había intentado mantener el poder de los restos del partido jacobino y había fracasado.

Trotsky subraya, por otra parte, que las causas de lo que podemos llamar la “impotencia del jacobinismo” hay que buscarlas no solamente en el terreno de la subjetividad de las masas, sino en la objetividad de las relaciones sociales. Escribe:

El cansancio de las masas y la desmoralización de los cuadros contribuyeron también en el siglo xviii a la victoria de los termidorianos sobre los jacobinos. Pero bajo estos fenómenos, en realidad temporales, se realizaba un proceso orgánico más profundo. Los jacobinos estaban apoyados por las capas inferiores de la pequeña burguesía, alzadas por la poderosa corriente, y como la revolución del siglo xviii respondía al desarrollo de las fuerzas productivas, no podía menos que llevar al fin y al cabo a la gran burguesía al poder.[41]

Algunos años antes, había expresado la misma idea en una forma algo diferente, quizás un poco más detallada, al escribir:

La caída de los jacobinos estaba predeterminada por la falta de madurez de las relaciones sociales: la izquierda (artesanos y comerciantes arruinados), privada de la posibilidad de desarrollo económico no podía constituir un apoyo firme para la revolución; la derecha (burguesía) crecía inevitablemente; además, Europa, económica y políticamente más atrasada, impedía que la revolución se extendiera más allá de los límites de Francia.[42]

Sigue su verdadero veredicto sobre el balance de Robespierre y de los suyos:

La política de los jacobinos, a pesar de ser la más clarividente, era incapaz de modificar radicalmente el curso de los acontecimientos.[43]

En realidad, pasado el peligro exterior e interior, aparentemente asegurada la obra esencial de la revolución, la burguesía, momentáneamente apartada por el empuje de los sans-culottes, sólo podía surgir de nuevo. Para “encolerizar” a estos últimos, hubiera sido necesario satisfacer sus reivindicaciones más urgentes, asegurar, en palabras muy significativas, su “subsistencia”. Pero las medidas de orden económico, “la igualdad jacobina burguesa”, escribe Trotsky, “que reviste la forma de la reglamentación de lo máximo, restringía el desarrollo y la extensión del bienestar burgués”. Ahora bien, la burguesía aspiraba a ese bienestar social. La caída de Robespierre, en el 9 Termidor, es, en un sentido, la revancha de la burguesía en sus aspiraciones reprimidas en nombre de las necesidades políticas:

Termidor se basa en un fundamento social. Es una cuestión de pan, de carne, de vivienda, y en lo posible, de lujo. La igualdad jacobina burguesa, que reviste la forma de la reglamentación de lo máximo, restringía el desarrollo de la economía burguesa y la extensión del bienestar burgués. Sobre este punto, los termidorianos sabían lo que querían: en la Declaración de los Derechos del Hombre, excluyeron el párrafo esencial: ‘Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos’. A quienes pedían el restablecimiento de este importante párrafo jacobino, los termidorianos les dirán que eso estaba equivocado y, en consecuencia, era peligroso; naturalmente, los hombres eran iguales en derechos, pero no en sus actitudes y en sus bienes. Termidor es una protesta directa contra el carácter espartano y contra el esfuerzo hacia la igualdad.[44]

Termidor

Indiscutiblemente, Trotsky ha consagrado al fenómeno del Termidor las reflexiones y los análisis más importantes de su estudio de la Revolución Francesa, en la medida en que constituían inevitablemente la fuente de referencia analógica pero también la hipótesis de trabajo sobre la génesis de la burocracia privilegiada, de la nueva “aristocracia roja”, nacida sobre las conquistas de la Revolución de Octubre y el poder del Estado obrero soviético. No faltan textos y estudios –y sin dudas, el golpe de piqueta de Mercader nos ha privado de los desarrollos anunciados por las primeras reflexiones, en el Stalin inacabado, sobre Los Termidorianos de Georges Lefebvre[45].

Sobre el significado del Termidor, las bases del análisis de Trotsky se indicaron más arriba relativas a la impotencia de la dictadura espartana y por el esfuerzo por la igualdad de los jacobinos.

La primera eta­pa en el camino de la reacción fue el Termidor. Los nue­vos funcionarios y propietarios querían gozar en paz de los frutos de la revolución. Los viejos Jacobinos intran­sigentes constituían un obstáculo en su camino; pero los nuevos estratos propietarios no osaban aparecer con su bandera propia. Necesitaban esconderse detrás de los jacobinos. Durante un lapso breve utilizaron a algu­nos Jacobinos de segundo o tercer orden.[46]

Trotsky destaca que el 9 Termidor fue concebido, organizado y llevado adelante por los “Jacobinos de izquierda” levantados contra el terror que también amenaza a un cierto número de bandidos de la Convención. Cita a Georges Lefebvre mostrando que “la tarea de los termidorianos consistía en representar al 9 Termidor como un episodio secundario, una simple purga de elementos hostiles para preservar el núcleo fundamental de los Jacobinos y para continuar su política tradicional”. También indica, siempre según Georges Lefebvre, que “en el primer período del Termidor, el ataque no fue dirigido contra los Jacobinos, como un todo, sino solamente contra los terroristas”:

Los Jacobinos no fueron golpeados como Jacobinos, sino como terroristas, como robespierristas.[47]

Recalca que Barère[48] afirma a la Convención, en nombre del Comité de Salvación Pública, que nada importante ha ocurrido durante el 9 Termidor.

Quizás los actores de los hechos lo sentían así y sin duda el acontecimiento, y sobre todo, sus consecuencias, no respondieron concretamente a sus expectativas. Pero fueron superados rápidamente por la reacción que, en realidad, no habían provocado, sino encarnado:

El Termidor francés, desencadenado por los Jacobinos de izquierda, se volvía finalmente en reacción contra los Jacobinos. Terroristas, Montagnards, Jacobinos se volvieron términos injuriosos. En las provincias, los árboles de la Libertad fueron talados y la insignia tricolor fue pisoteada.[49]

Los propios termidorianos culpan al pasado, y, como ya lo notaba Aulard, no se conforman con “haber matado a Robespierre y sus amigos”, sino que los calumnian, presentándolos ante Francia como leales al rey y traidores vendidos al extranjero, “agentes de Pitt y Cobourg[50]”. “El temor a la crítica, escribe Trotsky, es el miedo a las masas”.

¿Termidor no es más que una “reacción”? ¿Y con qué límites? ¿O es la primera etapa de la “contrarrevolución”? A la segunda pregunta, Trotsky responde claramente:

La respuesta depende la extensión que le demos, en cada caso concreto, al concepto de “contrarrevolución”. El cambio social que se dio entre 1789 y 1793 fue de carácter burgués. En esencia se redujo a la sustitución de la propiedad feudal fija por la “libre” propiedad burguesa. La contrarrevolución “correspondiente” a esta revolución tendría que haber significado el restablecimiento de la propie­dad feudal. Pero el Termidor ni siquiera intentó tomar esta dirección. Robespierre buscó apoyo entre los artesanos, el Directorio entre la burguesía mediana. Bonaparte se alió con los banqueros. Todos estos cambios, que por supuesto no sólo tenían un sentido político sino también un sentido social, se dieron sin embargo sobre la base de la nueva sociedad y el nuevo estado de la burguesía.[51]

Precisa más, por otra parte:

El vuelco del 9 de Termidor no liquidó las conquis­tas básicas de la revolución burguesa pero traspasó el poder a manos de los jacobinos más moderados y conservadores, los elementos más pudientes de la sociedad burguesa.[52]

De lo que se trata finalmente en el Termidor, es del “reparto de ventajas del nuevo régimen social entre las diferentes fracciones del Tercer Estado victorioso”, y este reparto está hecho en detrimento de las capas más desfavorecidas que habían sido el agente de la continuación y la profundización de la revolución, en detrimento de los que Jean-Paul Marat llamaba “las clases oprimidas”. En ese sentido, como en el sentido de la democracia política, Termidor constituye una profunda reacción.

Bajo las formas de esa reacción, Trotsky escribe en las últimas páginas de su Stalin:

Los Jacobinos se mantuvieron sobre todo gracias a la presión de las calles sobre la Convención. Los termidorianos, es decir, los Jacobinos desertores, intentaron emplear el mismo método, pero con fines opuestos. Comenzaron a organizar a los hijos bien vestidos de la burguesía, a los ex sans-culottes. Estos miembros de la juventud dotada, o simplemente los ‘jóvenes’ como los llamaba con indulgencia la prensa conservadora, se convirtieron en un factor muy importante de la política nacional que, a medida que los Jacobinos fueron expulsados de sus puestos administrativos, estos ‘jóvenes’ ocupaban su lugar […]

La burguesía termidoriana se caracterizaba por su profundo odio a los Montagnards, porque sus propios dirigentes habían sido tomados entre los hombres que habían dirigido a los sans-culottes. La burguesía, y con ella, los termidorianos, temían ante todo una sublevación popular. Es precisamente durante este período que se formaba plenamente la conciencia de clase en la burguesía francesa: ella detestaba a los Jacobinos y a los semi Jacobinos con un odio rabioso –como los traidores a sus intereses más sagrados, como los desertores que se pasaron al bando enemigo, como renegados.[53]

Restan los límites que Trotsky asigna al Termidor en el pasado

Termidor, es la reacción después de la revolución, pero una reacción que no llega a cambiar la base social del nuevo orden.[54]

El bonapartismo

Desde el punto de vista de las tendencias fundamentales, en la pluma de Trotsky, no es fácil hacer la distinción entre “termidor” y “bonapartismo”, cada vez que el tema es abordado indirectamente. Es que uno surge del otro con tan pocas conmociones que el golpe de estado del 18 Brumario, perfectamente logrado con éxito como se sabe, presenta todas las características del golpe de estado fallido… Trotsky escribe que esta continuidad es perceptible a través de los hombres de entonces:

Muchos termidorianos salieron antiguamente del partido Jacobino del que Bonaparte mismo fue miembro; y entre los antiguos Jacobinos, el Primer Cónsul, más tarde Emperador de los Franceses, encontró sus más fieles servidores.[55]

En realidad, la situación abierta por iniciativa de los termidorianos ha sido, en las condiciones dadas, el glacis para la instalación del bonapartismo. La inestabilidad política amenazaba por ambos lados al nuevo régimen social y el remedio fue la dictadura del sable, que aportó la estabilidad deseada. Todavía era necesario que esto fuera posible concretamente. Trotsky escribe:

Para que el pequeño corso pudiera levantarse por encima de la joven nación burguesa, era preciso que la revolución hubiera cumplido previamente su misión fundamental: que se diera la tierra a los campesinos y que se formara un ejército victorioso sobre la nueva base social. En el siglo xviii, la revolución no podía ir más allá: lo único que podía hacer era retroceder. En este retroceso se venían abajo, sin embargo, sus conquistas fundamentales. Pero había que conservarlas a toda costa. El antagonismo, cada día más hondo, pero sin madurar todavía, entre la burguesía y el proletariado, mantenía en un estado de extrema tensión a un país sacudido hasta los cimientos. En estas condiciones, se precisaba un “juez nacional”. Napoleón dio al gran burgués la posibilidad de reunir pingües beneficios, garantizó a los campesinos sus parcelas, dio la posibilidad a los hijos de los campesinos y a los desheredados de robar en la guerra. El juez tenía el sable en la mano y desempeñaba personalmente la misión del alguacil. El bonapartismo del primer Bonaparte estaba sólidamente fundamentado.[56]

Sin embargo, no habría que hacerse una idea falsa del “arbitraje” del Bonaparte[57] que “concilia” los intereses divergentes, sino solamente los que se basan en una misma base social y dirige, en consecuencia su fuerza, su poder más concentrado contra las capas más oprimidas. Trotsky escribe:

Llevando hasta sus últimas conse­cuencias la política del Termidor, Napoleón no só­lo combatió al mundo feudal sino también a la “chus­ma” y a los círculos democráticos de la pequeña y mediana burguesía; de esta forma concentró los frutos del régimen nacido de la revolución en manos de la nueva aristocracia burguesa[58].

En una de sus brillantes fórmulas –y muy bien traducidas por Maurice Parijanine-, se extiende para demostrar la concentración real del poder del supuesto “árbitro”:

El guardia no está en la puerta, sino en el tejado de la casa; pero la función es la misma. La independencia del bonapartismo es, en un grado extraordinario, exterior, demostrativa, decorativa: su símbolo es el manto imperial.[59]

Pero con el manto imperial se termina así la historia de la Gran Revolución Francesa.

Algunos puntos de vista interesantes

La lectura o la relectura de los pasajes de la obra de Trotsky que tocan al pasar a la Revolución Francesa aviva el disgusto por la ausencia de un trabajo específico que podría haber consagrado y permite, dicho sea de paso, medir la cortedad de vista de los editores de los años de 1930 que no le encomendaron, luego de haber leído Historia de la Revolución rusa, una obra sobre ella. Página tras página, una brillante observación o una rutilante dosis de humor, un resumen, muestran lo que se ha perdido con esta laguna.

Levanta su voz con un éxito particular contra los representantes de las clases o los grupos que buscan en la maldad o en la deshonestidad de su pretendido adversario la causa de sus propias derrotas y siempre ven su mano como la del malvado. Así, ironiza sobre los Girondinos[60] imputando a los Jacobinos “la responsabilidad de las masacres de septiembre, la desaparición de un colchón en un cuartel y la propaganda a favor de la ley agraria”[61]. Así, filosofa sobre la necesidad de las clases amenazadas de consolarse de sus males encontrando una explicación al alcance de su nivel de conciencia: de Fersen asegurando que el dinero prusiano fluye suavemente en los Jacobinos y que es así como ellos “compran” a la plebe y la arrojan a las calles a manifestar[62].

Un análisis fino de las condiciones de la preparación de la insurrección del 10 de agosto lo lleva a constatar que se trata de una insurrección cuya fecha fue citada de antemano por… la lógica de las cosas, cita para la ocasión una frase de Jaurès, en donde subraya la enorme pertinencia respecto a esto:

Las secciones, al someter la cuestión al examen de la Asamblea Legislativa, no se entregaban para nada a una ‘ilusión constitucional’; allí no había más que un método para preparar la insurrección asegurando así su camuflaje legal. Para apoyar sus peticiones, las secciones, lo sabemos, se sublevaron al son del clarín, con las armas en la mano.[63]

En otro momento, constatando el contraste entre la Revolución Francesa y la revolución inglesa que la había precedido, indica que porque Francia había “saltado por encima la Reforma”, “la iglesia católica en calidad de iglesia del Estado logra a vivir hasta la revolución” y que esta encontró “expresión y justificación” no “en los textos bíblicos, sino en las abstracciones democráticas”. Tendrá intenciones, por otra parte, de destacar esta patada dirigida a los patrones, de derecha o de izquierda, de la III República francesa, cuando está escribiendo su Historia de la Revolución Rusa:

Y por grande que sea el odio que los actuales directores de Francia sientan hacia el jacobinismo, el hecho es que, gracias a la mano dura de Robespierre, pueden permitirse ellos hoy el lujo de seguir disfrazando su régimen conservador bajo fórmulas por medio de las cuales se hizo saltar en otro tiempo a la vieja sociedad.[64]

Y es sobre esta ironía a los regentes de la III República que ahora vamos a esforzarnos a responder a las preguntas planteadas al comienzo de este estudio.

¿Trotsky historiador de la Revolución Francesa?

El 22 de agosto de 1917, criticando en Proletari a los “conciliadores” mencheviques y SR, Trotsky trazaba al pasar este resumen memorable:

A fines del siglo XVIII, hubo en Francia una revolución que se llamó, correctamente, “la gran Revolución”. Fue una revolución burguesa. En el transcurso de una de sus fases, el poder cayó en manos de los Jacobinos que eran apoyados por los “sans-culottes”, es decir, los trabajadores semi proletarios de las ciudades, y que interpusieron entre ellos y los Girondinos, el partido liberal de la burguesía, los cadetes de esa época, el rectángulo neto de la guillotina. Solamente es la dictadura de los Jacobinos la que dio a la Revolución Francesa su importancia histórica, que hizo de ella la “gran Revolución”. Y sin embargo, esta dictadura fue instaurada no solamente sin la burguesía, sino también contra ella y a pesar de ella. Robespierre, a quien no le fue dado iniciarse en las ideas de Plejanov, invirtió todas las leyes de la sociología y, en lugar de darle la mano a los Girondinos, les cortó la cabeza. Esto era cruel, sin dudas. Pero esta crueldad no impidió que la Revolución Francesa se vuelva “grande” en los límites de su carácter burgués. Marx […] ha dicho que ‘el terrorismo francés en su conjunto no fue más que una manera plebeya de terminar con los enemigos de la burguesía’. Y, como esta burguesía tenía miedo de sus métodos plebeyos para terminar con los enemigos del pueblo, los Jacobinos no solamente privaron a la burguesía del poder, sino que también le aplicaron una ley de hierro y de sangre cada vez que ella hacía el intento de detener o “moderar” el trabajo de los Jacobinos. En consecuencia, está claro que los Jacobinos han llevado a término una revolución burguesa sin la burguesía”.

A pesar de muchos desarrollos destacables, sin embargo es imposible responder a la pregunta de saber si Trotsky fue formalmente un historiador de la Revolución Francesa, como lo fue de la Revolución Rusa, y una respuesta negativa no podría aportar nada al conocimiento de Trotsky o de la Revolución Francesa.

Por el contrario, estamos interesados en saber si, al abordar la historia de la “gran Revolución Francesa” como un elemento comparativo en varias obras dedicadas a otro tema, Trotsky, ha hecho la labor de historiador, es decir, ha contribuido a nuestra comprensión de este fenómeno histórico capital, en el comienzo de la época contemporánea. Por lo demás, sabemos –y ya hemos destacado- que nunca trató este tema en sí mismo, que la información que utiliza ya está a disposición de todos en los libros y en los archivos de documentos, lo que hace de su trabajo lo que la Universidad acuerda en calificar de trabajo de “segunda mano” y que nosotros preferimos considerar como una “interpretación”.

Desde este punto de vista, no nos detendremos a discutir largamente la crítica publicada en noviembre de 1938 en el American Journal of Sociology, por Louis Gottschalk sobre Trotsky y “la historia natural de las revoluciones”[65], no más que su afirmación según la cual habría en Trotsky un conflicto entre el historiador y el sociólogo, perceptible a través del frecuente recurso a lo que el historiador norteamericano de la Revolución Francesa llama “la necesidad objetiva”. Para Gottchalk, en efecto, el historiador, en la medida en que da cuenta de un acontecimiento verdaderamente “único”, no podría sucumbir a la tentación de jugar al sociólogo, es decir, a generalizar. El profesor de la Universidad de Chicago, fiel a la regla de la división y de la separación de las actividades académicas, juega el rol que le incumbe en un informe para una revista especializada. Solamente destacaremos que Gottchalk, para su severa amonestación, se apoya esencialmente en el empleo que hace Trotsky de las analogías históricas, y en particular de las referencias a la Revolución Francesa, que encuentra que algunas son argumentos forzados.

La crítica de Isaac Deutscher, aparentemente, es muy parecida. Quien es sucesivamente el biógrafo de Stalin y de Trotsky y no vaciló en dirigir tanto a uno como al otro sus amonestaciones tardías, encuentra en especial que la analogía con el Termidor de la Revolución francesa es totalmente “oscura”[66]. Más aún, lleva directamente su crítica al centro de nuestro tema afirmando que, como ocurre frecuentemente cuando “una analogía histórica se convierte en una consigna política”, “ninguno de los que la debaten tienen una idea clara del precedente al que hacen referencia”[67]. Y asegura que Trotsky debía “revisar su interpretación” varias veces, mientras que no es la interpretación del Termidor francés lo que Trotsky revisa formalmente -¡sino la del Termidor soviético! Haciéndose el maestro de escuela en nombre de la ciencia y de la lucha contra el oscurantismo (“lo muerto aprehende lo vivo”), el brillante periodista amonesta vigorosamente a Trotsky, responsable de tan horrible confusión. No saldrá nada de esta amonestación, Isaac Deutscher no ha tenido el cuidado de indicarnos en qué era falsa la idea que Trotsky se hacía del Termidor de la Revolución Francesa. Y es necesario agregar, con respecto a ese gusto por las correcciones que manifiesta aquí, que un muy fuerte trabajo universitario, desgraciadamente inédito, ha estudiado de cerca la crítica de Deutscher sobre la cuestión del Termidor en Trotsky y concluye correctamente:

En realidad, si Isaac Deutscher no adhiere a la interpretación trotskista del Termidor soviético, no es a causa de los errores históricos que contendría. La refuta porque se inscribe en una política general a la que él no suscribe.[68]

El profesor israelí Baruch Knei-Paz no tiene las pretensiones de Gottschalk ni de Deutscher. Así, se abstiene totalmente de criticar los “errores históricos”, contentándose con asegurar, por ejemplo, que las cualidades de la Historia de la Revolución Rusa en historia pura son “solamente menores”[69], pero al mismo tiempo rinde un gran homenaje a su poder de imaginación, a la evocación de escenas, de la atmósfera y del drama. Su conclusión nos deja insatisfechos: “El se identificaba a sí mismo con la Historia y, en ese sentido dramático, identificaba la historia a sí mismo”…[70] Pero entonces, ¿y la Revolución Francesa?

Tratemos de buscar nosotros mismos los recursos para calificar y caracterizar las notas históricas con las que Trotsky ha sembrado su obra y que conciernen a la Revolución Francesa, ya que sus críticos más determinados finalmente han eludido el obstáculo. Hemos apreciado, en los pasajes que hemos releído de la pluma de Trotsky sobre la gran Revolución Francesa, trozos de bravura que traza su escritura brillante, que en la atmósfera revolucionaria, es fuente de la mejor inspiración, y urgente solicitud de su capacidad de comprender y explicar, su gusto y su don del fresco gigantesco, del movimiento, de lo que él llama “el desarrollo histórico”. Trotsky es evidentemente la pluma, el gran escritor, el lírico, que un Knei-Paz o un Deutscher no han podido reconocer para nada.

Y luego existe Trotsky como revolucionario –y no como “sociólogo”, según los términos de Gottschalk: el hombre que reflexiona en una perspectiva histórica, que busca precedentes en la historia, que quiere descubrir y verificar en la acción de las leyes del desarrollo histórico, del movimiento –ese movimiento que anima el fresco y se llama revolución. Existe el hombre que compara, identifica, distingue, evalúa, proyecta, porque no quiere “recomenzar eternamente la Historia desde el principio”, porque es un hombre de acción comprometido en la transformación del mundo. Trotsky quiere hacer de la Historia, a través del estudio del pasado, una herramienta de la comprensión del presente para su transformación. Esto es probablemente lo que le reprochen sus críticos atados a la representación de un “acontecimiento único”, y para quienes el ejercicio de la profesión de historiador no es, sin duda, más que un medio de ganarse la vida.

En lo que nos concierne, modestamente, y sin buscar rebajar a los historiadores profesionales –que somos- que buscan y encuentran documentos y testimonios y explican acontecimientos únicos o encadenados, mentalidades o modos de vida, no podemos más que constatar cuán viva es la imagen de la Revolución Francesa escrita al pasar por Trotsky. Quizás haya que agregar que este inmenso episodio de la historia de la humanidad que él denominaba “la gran Revolución Francesa”, ha aportado al revolucionario ruso elementos para comprender las batallas que ha librado, ganadas o perdidas. Al menos en un terreno en donde la pregunta puede obtener una respuesta, es en el del Ejército Rojo. Por lo que Trotsky ha concluido de la historia de la Revolución Francesa y de sus guerras, los volúmenes de Escritos militares permiten entender que el fundador y jefe del Ejército Rojo de 1918 hasta el fin de la guerra civil siempre tuvo puesta la mirada en los soldados de 1793. Ya se trate de la utilización de “comisarios políticos” sobre el modelo de “representantes en misión”, del empleo masivo de oficiales profesionales –por lo tanto, del Antiguo Régimen- castigados con la muerte en caso de derrota, de la combinación entre elección y promoción de los jóvenes jefes que se revelaban como entrenadores de hombres, y finalmente, de la cobertura de la moral de los combatientes por la resplandeciente retórica del “pacto con la muerte”, está claro que aquí, conscientemente, se ha hecho el lazo entre las dos revoluciones. Esta constatación no bastará para hacer de Trotsky un miembro de la Academia de Ciencias Históricas con título póstumo, pero al menos tendrá el mérito de subrayar la importancia de la historia escrita para los hombres que tienen la ambición de hacer historia sin más.

Notas:

[1] Jean Paul Marat (1743-1793). Revolucionario francés, nacido en Suiza, era dirigente del ala radicalizada de la Revolución Francesa. Estudió medicina en París y se doctoró en Londres, donde en 1774 publicó en inglés The Chains of Slavery, obra en la que critica a la monarquía ilustrada. Durante la Revolución publicó el periódico L’Ami du Peuple, plataforma de sus ideas sobre la libertad de expresión y la condena del Antiguo Régimen. En 1792 fue elegido miembro de la Convención y de la Comuna de París. Fue asesinado por Charlotte Corday, una joven que pertenecía al partido girondino, el ala moderada de la Revolución.

[2] “¿Adónde va la república soviética?”, 25 de febrero de 1935. Escritos, CD CEIP León Trotsky.

[3]  Ibídem.

[4] “Estado obrero, Termidor y bonapartismo”, 1 de febrero de 1935. Escritos, CD CEIP León Trotsky

[5] 1905, Ed. CEIP León Trotsky, p. 58.

[6] Ibídem.

[7] Historia de la Revolución rusa, tomo 1, p. 67-70.

[8] Historia de la Revolución rusa, tomo 1, p. 70.

[9] Honoré Gabriel Riquetti, conde de  Mirabeau. (1749-1791). Importante activista y teórico de la Revolución Francesa, fue partidario e impulsor de la monarquía constitucional.

[10] Marie-Joseph Paul Yves Roch Gilbert du Motier, Marqués de La Fayette, se lo conoció también como Marqués de La Fayette o Lafayette (1757-1834). Fue general en la revolución de Estados Unidos y dirigente de la Guardia Nacional durante la Revolución Francesa.

[11] Historia de la Revolución rusa, tomo 1, p. 131.

[12] Ídem.

[13] Histoire de la Révolution Russe, éd. Rieder, 4 vol, III, 14 (citada por Pierre Broué).

[14] Ídem.

[15] Republicano durante la Revolución Francesa.

[16] Carta a Denise Naville y Jean Rous, Œuvres 17, p. 225.

[17] La revolución traicionada, Ed. Antídoto, p. 78.

[18] Ídem.

[19] Louis Antonie León Saint-Just (1767-1794). Fue un político revolucionario francés, varias veces miembro del Comité de Salvación Pública y adversario de los girondinos. Durante la reacción termidoriana, la Convención decidió ejecutarlo sin juicio, junto a Robespierre.

[20] Historia de la Revolución rusa, tomo 2, p. 48.

[21] Hace referencia a la huida de la familia real, desde París hasta Varennes, que ocurrió el 21 de junio de 1791.

[22] Jean Baptiste Drouet (1763-1824) se encargó de detener y vigilar el carruaje del rey Luis XVI en Varennes hasta la llegada del ayudante de campo de La Fayette. Posteriormente, los reyes fueron arrestados. Luis XVI fue guillotinado el 21 de enero de 1793 y María Antonieta de Austria el 16 de octubre del mismo año.

[23] Historia de la Revolución rusa, tomo 1, p. 42.

[24] Historia de la Revolución rusa, tomo 2, p. 196.

[25] Historia de la Revolución rusa, tomo 1 p. 131.

[26] Historia de la Revolución rusa, tomo 1, p. 130-131.

[27] Historia de la Revolución rusa, tomo 1, p. 131

[28] “Por un programa de acción”, Œuvres, 4, p. 94.

[29] Historia de la Revolución rusa, tomo 1, p. 131

[30] Historia de la Revolución rusa, tomo 1, p. 131

[31] Los jacobinos, cuyo nombre proviene de sus reuniones en el convento de la orden de los jacobinos, eran extremistas, duros y estaban muy bien organizados, respaldados por el Consejo y el pueblo de París. Estaba principalmente integrado por profesionales y modestos propietarios que querían abolir definitivamente la monarquía y proclamar una República democrática, con derecho a voto para todas las clases sociales.

[32] Maximilien de Robespierre (1758-1794). Político de la Revolución francesa, fue uno de los principales dirigentes de los jacobinos. Instauró el régimen del terror para salvar a la Revolución de las múltiples amenazas que se cernían sobre ella: el ataque militar de las monarquías absolutistas europeas coligadas contra Francia, la amplitud de la insurrección contrarrevolucionaria en el interior (conocida como la Vendée), la quiebra de la Hacienda Pública y el empobrecimiento de las masas populares.

[33] “La burocracia se mantiene por el terror”, Oeuvres, 6, p. 261.

[34] Nos tâches politiques, Ed. Belfond, p. 184.

[35] Nos tâches politiques, p. 184-185.

[36] Nos tâches politiques, p. 185.

[37] Nos tâches politiques, p. 185-186.

[38] Nos tâches politiques, p. 188.

[39] Ídem, p. 188.

[40] Citado en Historia de la revolución rusa, tomo 1.

[41] La revolución traicionada, Ed. Antídoto, p. 87

[42] El nuevo curso. Tomado de Naturaleza y dinámica del capitalismo y la economía de transición. Ediciones del CEIP León Trotsky, p. 289-290.

[43] El nuevo curso. Tomado de Naturaleza y dinámica del capitalismo y la economía de transición. Ediciones del CEIP León Trotsky, p. 290.

[44] “La Réaction thermidorienne”, Staline, p. 44.

[45] George Lefebvre (1854-1959). Historiador francés, considerado una eminencia en el tema de la Revolución Francesa.

[46] “¿Adónde va la república soviética?”, 25 de febrero de 1935. Escritos, CD CEIP León Trotsky

[47] “La Réaction thermidorienne”. Staline, p. 551.

[48] Bertrand Barère de Vieuzac (1755-1841), diputado a la Convención, de la que fue elegido presidente en 1792. Fue miembro del Comité de Salvación Pública y no abandonó a Robespierre hasta última hora.

[49] “La Réaction thermidorienne”. Staline, p. 562.

[50] Se refiere a William Pitt, primer ministro de Inglaterra en los períodos 1783-1801 y 1804-1806 El Príncipe de Cobourg comandaba el ejército del Sacro Imperio de los Países Bajos durante la época.

[51] “Estado obrero, termidor y bonapartismo”, 1 de febrero de 1935, Escritos, CD CEIP León Trotsky.

[52] Ibídem.

[53] “La Réaction thermidorienne”. Staline, p. 318-319.

[54] The case of Leon Trotsky, p. 122.

[55] La revolución traicionada, Ed. Antídoto, p. 84

[56] Historia de la revolución rusa, tomo 2, p. 87-88.

[57] Napoleón Bonaparte (1769-1821). Militar y gobernante francés, ideólogo del golpe de Estado del 18 Brumario en 1799. Durante la Revolución Francesa y el Directorio fue general republicano.

[58] “Estado obrero, termidor y bonapartismo”, 1 de febrero de 1935, Escritos, CD CEIP León Trotsky.

[59] Historia de la revolución rusa, tomo 2, p. 89.

[60] Los girondinos eran patrones y grandes comerciantes que integraban la gran burguesía. Provenían de una zona situada al sur de Francia, denominada Gironda, de la tomaron su nombre. Eran moderados, tenían el apoyo de las provincias y su objetivo era hallar un acuerdo con la monarquía y la nobleza, limitando el poder real, pero sin permitir el derecho a voto a las clases pobres, que no pagaban impuestos. Temían perder sus privilegios por obra de los movimientos populares. Constituían el ala derecha de la Revolución Francesa.

[61] Historia de la revolución rusa, t. 3

[62] Historia de la revolución rusa, t. 3

[63] Historia de la revolución rusa, t. 4

[64] Historia de la revolución rusa, 1, p. 21.

[65] Louis Gottschalk, “Leon Trotsky and the Natural History of Revolutions”, American Journal of Sociology, Noviembre de 1938, p. 338-354.

[66] I. Deutscher, Trotsky, III, p. 313.

[67] I. Deutscher, Trotsky, II, p. 311. En realidad, Trotsky manifiesta oscilaciones bastante importantes en el análisis del Termidor francés. El ejemplo más extremo, en contradicción con textos posteriores como anteriores, se encuentra en La defensa de la URSS y la Oposición, escrito en 1929, en donde dice que Termidor “indica una transferencia de poder a manos de otra clase” (Escritos). Por otra parte, la comprensión de la confusión que nace de una definición insuficientemente rigurosa lo que lleva a Trotsky a rectificar el tiro en 1935 y decir que el Termidor ya se ha realizado, pero que no será necesaria la revolución social, sino una revolución política, para retomar el poder la clase revolucionaria.

[68] Jacques Caillosse, La cuestión del Termidor soviético en el pensamiento político de León Trotsky, D.E.S. de Ciencia política, Rennes, 1972, p. 60.

[69] Baruch Knei-Paz, The Social and Political Thought of Leon Trotsky, p. 511.

[70] Ibidem, p. 512.