“Kapuscinski es un género literario en sí mismo” (presentación de una biografia desmitificadora)


A los que nos gusta el periodismo  de vieja escuela -por fuerza del oficio y no por formación académica- nos encanta Kapuscinski tanto como os fascisnan Walsh o arlt. Es el descaro de un tipo que llego a ser un corresponsal de guerra simplemente porque era el único que escribía sin faltas de ortografía. Sin embargo, cimento una carrera extraordinaria e hizo escuela con su famoso consejo de entrar al palacio por la cocina. Un gusto personal.

 

La obra del “prócer” polaco Ryszard Kapuscinski podría ser interpretada como una Biblia incómoda del siglo XX, esquiva a las clasificaciones que clausuran las ventanas de la curiosidad. Aquellos lectores que han buceado por sus mejores páginas como si estuvieran ante una palabra santa, una verdad más que revelada comprobada in situ –en Angola, Chile, México o en la ex Unión Soviética, algunas escalas de un periplo vital y profesional descomunal–, quizá se sientan desconcertados después de leer Kapuscinski non fiction (Galaxia Gutenberg), la exhaustiva y polémica biografía del periodista polaco Artur Domoslawski.

Si desde el rigor periodístico, la luz arrojada por su biógrafo desplaza el centro de la escena, la precisión de los sucesos narrados en varios libros con ese lenguaje y prosa tan plásticos que nunca dejarán de cautivar, lejos está de sumarse a la ola de detractores que aprovechan el envión del debate para plantear la cuestión en términos de traición, engaño o mentira. A la hora de escudriñar en vida y obra, camina por la cuerda floja de la admiración por su “maestro”, colega y amigo sin perder un gramo de respeto ni las calorías de un espíritu inquisitivo necesario para no precipitarse en la hagiografía de trazo grueso. La pregunta más productiva que se hace –y nos hace– consiste en resolver un dilema con resonancia leninista: qué hacer con Kapuscinski, dónde colocar sus textos. ¿En la estantería de “periodismo” o en la de “literatura”? Un amigo del “mito puesto en cuestión” –que murió en 2007– aporta una pista al biógrafo: “¿El emperador? ¡La mejor novela polaca del siglo XX!”. Pero, como sugiere Domoslawski a Página/12, literatura y periodismo son orillas del mismo río con normas y pactos diferentes con el lector.

Domoslawski propone, después de haber entrevistado a más de cien personas y explorar hasta con lupa cientos de páginas del autor de Ebano, acomodar la estantería mental –vaya empresa compleja– para poder ubicar a Kapuscinski en el lugar que se merece: la literatura. Ante todo, más allá de su formidable trabajo periodístico, era un gran escritor. Y recuerda el argumento de Albert Chillón, teórico del periodismo y la literatura, que aparece citado en esta monumental biografía de más de 600 páginas. “Kapuscinski cultiva un tipo de periodismo literario inclasificable –diferente tanto del new journalism como de los nuevos periodismos europeos–, que conjuga en una simbiosis inédita las técnicas documentales propias del periodismo de investigación, el ejercicio de observación característico de la crónica y la búsqueda de una especie de verdad poética que trasciende, mediante procedimientos de fabulación más próximos a la leyenda, el apólogo y el cuento que a la novela realista, las limitaciones inherentes de la simple veracidad documental.”

Una de las columnas vertebrales de la controversia que desató en Polonia la biografía es la revelación acerca de los vínculos de Kapuscinski con el régimen comunista y la colaboración “inocua” con los servicios secretos. Pero otro aspecto medular atiza la leña que se echa al fuego: las licencias poéticas o inexactitudes con la materia prima de la información para “intensificar la realidad”, según proclamaba el escritor polaco, amén de un puñado de leyendas heroicas ahora desmentidas: los cuatro intentos de fusilamiento –difíciles de comprobar– y su amistad con Ernesto “Che” Guevara, error de un editor que se multiplicó en varias solapas de sus libros. “Comprendía muy bien que no existe literatura sin leyendas, supo jugar en este juego –esgrime el biógrafo–. Cuando llegó al punto más alto de su fama, fue difícil discutir esas leyendas porque nosotros, los lectores, las alimentábamos también.”

–Cuando Jon Lee Anderson estaba escribiendo la biografía sobre el Che Guevara le preguntó a Kapuscinski si lo había conocido y él admitió que fue un error de su editor. ¿Por qué nunca hizo nada para modificarlo?

–Tal vez es difícil corregir algo así, cuando todo el mundo está acostumbrado a asociar a Kapuscinski como “amigo” del Che. Pudo encontrarse en una trampa, aunque admitió que no lo había conocido. La leyenda era muy bonita y estaba acostumbrado a convivir con ella. Cuando estamos cerca de un hecho importante, empezamos a identificarnos. El siguió la ruta del Che por Bolivia y quedó fascinado con el personaje. Es un mecanismo muy humano, pero no estoy dispuesto a subrayar juicios éticos. No uso expresiones como mentira porque sería injusto.

–Usted prefiere hablar de la capacidad de “fabular” de Kapuscinski. ¿Qué consecuencias podría tener ese exceso de fabulación en cuanto a la lectura de sus libros?

–En el fondo son detalles interesantes, pero debemos tener cuidado. No hablamos de Kapuscinski porque fabuló; era un gran escritor y un gran reportero, a pesar de algunos aspectos que un biógrafo no puede ni debe omitir. Escribió más de veinte libros y fue testigo de la caída del mundo colonial en Africa, de varios movimientos sociales y políticos en Latinoamérica, de las revoluciones en Angola, de las guerras de independencia, de las revoluciones en Etiopía y en Irán, de la caída de la Unión Soviética. Todos estos acontecimientos históricos del siglo XX están en sus libros. Kapuscinski es un “gran descifrador” de los mecanismos del poder, como lo llama Salman Rushdie. Pero tal vez algo más importante aun: muestra al hombre del Occidente que algo importante pasó en el sur. Y que eso que pasó cambió el mapa del mundo. El aportó descripciones que salen del patrón del esquema eurocentrista. Esa es una de las contribuciones más importantes de su obra. Y su mirada desde los oprimidos, excluidos, marginalizados que muy a menudo, no-sotros periodistas o los académicos intelectuales, perdemos de vista.

–¿Qué opina sobre la idea de Kapuscinski de “intensificar la realidad”?

–Me gusta si consideramos algunos libros suyos como literatura. Pero no creo que sea bueno amplificar la realidad desde el punto de vista del periodismo. A veces releo algunos textos y digo: ¡Qué magníficos! Me encuentro en una contradicción porque me parecen muy bien escritos, pero ciertos detalles no son ciertos. Me imagino que habrá personas que podrán decir: “¡Esto es mentira, no puedo admirarlo más!”. Si sigo admirando al texto, además de al hombre, pongo al libro en la estantería de literatura y no lo considero como periodismo. No quiero decir que no se pueda usar recursos literarios en una crónica periodística. En alguna parte he leído que el periodismo es como un vaso de agua: si ponés una gota de tinta, va a cambiar el color. Y ya no es más periodismo. Esto no significa que el texto periodístico contaminado por la ficción no sea bueno. Puede ser magnífico, pero no es periodismo. Si la literatura usa recursos periodísticos no paga ningún precio: puede ser bueno o malo para la misma literatura. Pero si el periodismo asume algunas partes de ficción, paga un precio muy alto. Si se descubre una ficción dentro de un texto, se pone en duda la credibilidad del autor. No lo estoy condenando a Kapuscinski; pero nosotros, los periodistas, debemos sacar una conclusión: si incluimos ficción, hay que avisar al lector.

–A partir de esta biografía, ¿cree que el pacto de lectura de las obras de Kapuscinski se rompió?

–Sí, podría ser una lectura legítima de mi biografía. No me parece que sea malo para el periodismo que gracias a este trabajo se pueda reflexionar sobre los recursos que usamos los periodistas, el pacto con los lectores y la credibilidad. Yo disfrutaba de la amistad con Kapuscinski y leía su obra como non fiction. Pero cuando descubrí ciertos aspectos de ficción tuve que repensar cómo manejar ese conocimiento. Resolví este problema en el libro al sugerir que las obras que tienen una cantidad importante de ficción sean colocadas en el estante de literatura. La obra de Kapuscinski tiene algo de crónica, de investigación periodística, de narrativa, y también una especie de verdad poética que captura el espíritu de distintas situaciones. La mezcla de todos esos factores la hace inclasificable. Algunos libros son periodismo, pero a la vez son literatura… Tal vez valga la pena crear otra estantería que se llame “Kapuscinski”. Me gusta mucho esta idea: Kapuscinski es un género literario en sí mismo.

–¿Cuáles son las obras de Kapuscinski en que la ficción se excede y se podría interpretar que no cumple el pacto de lectura periodístico?

–Hay un período en su obra en el que podemos hablar de periodismo, de crónica periodística, pero sus libros evolucionan hacia formas más literarias, por ejemplo Viajes con Heródoto o Ebano, en los cuales el recurso más importante es su propia memoria. ¿El rompe el pacto con el lector? No creo. Lo que hay que hacer es clasificar su obra de una manera distinta. Estoy más cerca de decir que Kapuscinski era escritor, mucho más que reportero; un escritor que tenía pasado de reportero, pero que en su esencia era escritor. Nuestro error es considerar los libros de Kapuscinski como pura non fiction.

–En Polonia, después de la publicación de su biografía, ¿se lo considera más un escritor que un periodista?

–En Polonia este libro provocó un revuelo enorme, como muy pocos libros en los últimos veinte años. Unos están a favor de la biografía, otros plantean que es un desprestigio para Kapuscinski y dicen que lo acuso de cosas que no son justas porque es un gran reportero. A veces tengo aliados que no deseo tener, como lectores que dicen: ¡qué bien que descubrí mentiras! (risas). Realmente ése no fue mi propósito. La pregunta sobre si se lo considera más escritor o periodista se pierde de vista porque se habló poco del contenido de su obra. No podría contestar en qué estante quedó Kapuscinski. Algunos críticos polacos dicen que vamos a discutir sobre este libro en los próximos veinte años. Lo que me incomoda es que el debate se concentra demasiado en el enfoque ficción-no ficción, cuando es una biografía de un hombre que fue testigo de los principales acontecimientos del siglo XX y que tenía una mirada muy original en el mundo occidental. Para mí el tema ficción o periodismo era secundario, no estaba entre mis prioridades. Pero el autor no puede controlar las lecturas de su libro. El tema le interesa a los medios de comunicación y a los periodistas. Sabemos muy bien que la noticia es cuando el hombre muerde al perro y no al revés. Entonces llama la atención si Kapuscinski mintió o exageró. No quise ocultar nada de lo que descubrí, pero mi intención no fue desprestigiar a Kapuscinski.

–En un momento se pregunta si la admiración y la amistad que tuvo con Kapuscinski podían atentar contra el espíritu inquisitivo. ¿Cómo manejó este equilibrio cuando se encontraba con hallazgos incómodos?

–Escribí este libro porque admiro a Kapuscinski, no hice nada contra él para capturarlo in fraganti. ¿Por qué tengo que temer por descubrir cuestiones incómodas? No entiendo por qué en Polonia muchos esperaban encontrarse con un santo y no con un ser humano con sus claroscuros. Si no tuviera sombras, qué aburrido sería. No oculté nada porque mi obligación como biógrafo es tratar de entender las circunstancias en las que actuó Kapuscinski y los dilemas que tuvo que enfrentar.

–Pero cuando descubrió que Kapuscinski disparó en Angola, por ejemplo, ¿cómo reaccionó ante ese hallazgo?

–Guauu, vaya descubrimiento… era realmente raro. Descubrí esta historia cuando viajé a Angola y me encontré con el comandante Ferrusco, el personaje de Un día más con vida. Al principio sospechaba si recordaba bien el hecho. Pero después encontré una entrevista en los años ’70 en la que Kapuscinski mismo contaba el episodio. Si el hecho se lo analiza como parte de su militancia ideológica y política, obviamente el periodista cruzó la frontera que no debería haber cruzado. Pero también se puede entender el peligro que atravesaba y que disparó para defender su vida. Estas dos miradas no se excluyen: que disparó por causas en las que creía, pero también para defender su vida. Mi dilema no pasaba por poner o no lo que descubría, sino por cómo contar esas historias para mantener el respeto que siento por Kapuscinski y ser justo con el lector. El autor no es un buen juez de su propia obra, pero creo que encontré un equilibrio.

–¿Se imagina a Kapuscinski leyendo esta biografía?

–Tengo un doble pensamiento sobre cómo hubiera reaccionado Kapuscinski. Se habría molestado ante ciertos detalles sobre sus leyendas y fabulaciones, pero estoy convencido de que estaría muy contento sobre cómo planteo su pensamiento y su manera de mirar al mundo. Una biografía sólo se puede escribir después que murió el personaje biografiado. Para contar la historia de una vida hay que estar libre de la presión que pudieran ejercer el personaje y sus familiares. Nadie está libre de tratar de corregir su propia vida…

 

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En tiempos de la colonia, Farrusco, hijo de un campesino del sur de Portugal, había servido en el cuerpo de paracaidistas destacado en Africa. Al licenciarse del ejército se quedó en Angola y trabajó como mecánico de coches. Cuando estalló la sublevación contra los portugueses, se presentó en el Estado Mayor del MPLA (organización independentista de corte socialista) y ofreció su ayuda (…) Kapuscinski, que lo había conocido en el frente sur de la guerra angoleña, lo describió primero en una serie de reportajes y, más tarde, en el libro Un día más con vida. Dejó a los lectores con Farrusco gravemente herido: cuando se marchaba de Angola, no sabía que su camarada de trinchera iba a sobrevivir, ni que le iban a hacer prisionero, ni que le iban a proponer cambiar de bando y pasarse a los adversarios del MPLA, tentándolo con curarle las heridas en una clínica de lujo en Sudáfrica. Como rechazó la oferta, lo metieron entre rejas. En cuanto se puso bien organizó dos cosas: la fuga de la cárcel y, más tarde, en el sur del país, una guerrilla leal al gobierno socialista del MPLA en Luanda. (…)

–¿Cómo era el Ricardo que usted recuerda?

–Estuvo con nosotros durante nuestros combates en el sur. No lo tratábamos como a un simple periodista.

–Entonces, ¿cómo?

–Como a uno de los nuestros.

–¿Porque era de un país socialista? ¿Porque pensaba igual que vosotros?

–No sólo por eso, sino porque, cuando era necesario, también disparaba.

Por unos instantes sospecho que Farrusco ha hecho volar la imaginación. Las simpatías políticas de Kapuscinski, tanto en tiempos de aquélla como de otras guerras, en todos los conflictos y revoluciones en pos de la liberación, ya en Africa, ya en América latina, siempre estaban meridianamente claras, nunca dejaron lugar a dudas. Sin embargo, entre simpatizar y disparar hay una enorme diferencia. En unas entrevistas a Kapuscinski de los años setenta encuentro fácilmente las confesiones que disipan mis dudas acerca de la memoria del general.

–¿Se vio usted en algún momento en una situación en la que tuvo que disparar?

–Sí, por ejemplo, en Angola. Cuando se está en el frente, a menudo se producen situaciones en que es imposible no incorporarse al combate.

–¿Llegaste a pegar tiros?

–Sí, pero eran excepciones que confirman la regla. Siempre es mejor ir al frente sin nada, pues si te cogen puedes defenderte con tu indefensión, fingir haberte perdido y encontrarte allí por casualidad, esbozar sonrisas estúpidas y mostrar las mejores intenciones. Más vale no llevar nada, ni siquiera una navaja.

–¿Por qué, entonces, te desviaste de esta regla?

–El periodista, cuya especialidad es la de corresponsal de guerra, a veces acompaña a un destacamento en una acción y entonces se siente ligado a esos hombres. Incluso doblemente ligado. Apoya su causa, se solidariza con ellos; éste es el primer vínculo. En segundo lugar, cuando la situación se vuelve peligrosa, realmente grave, lo que más desea es prestar apoyo a sus compañeros y no ser para ellos una carga, alguien de quien tienen que ocuparse y a quien deben proteger. En medio del fuego todo lo demás pierde importancia. Nadie tiene cabeza para pensar en salvar a un corresponsal para que, luego, dé fe de ese combate. El tiene que responsabilizarse de sí mismo, disparar para no ser abatido a tiros. Uno lucha por sobrevivir.

 

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Muchos personajes de Africa y de América latina fueron “ídolos” de Ryszard Kapuscinski, como el Che Guevara, Salvador Allende y Helder Cámara. “En el marco político de la Guerra Fría, tenía muy claro de qué lado estaba; militó en el Partido Comunista, estuvo por sus convicciones, nunca por cinismo –subraya Domoslawski–. Fue estalinista por convicción, como muchos de su generación, pero asumiendo siempre su simpatía por los rebeldes del sur. Muchos de estos héroes de Kapuscinski no estuvieron de acuerdo con la línea política de Moscú, como el Che Guevara o Helder Cámara. En la Polonia comunista consiguió publicar el Diario de Bolivia del Che Guevara, él único libro que Kapuscinski tradujo. Y lo hizo gracias a sus buenos vínculos con el partido.”

–¿Qué lecciones le dejó Kapuscinski como maestro?

–Kapuscinski solía repetir que lo más importante en esta vida es la pasión. Si sientes pasión por algo, tienes que seguir. Sus palabras eran como un alimento para mí. Cuando empecé a interesarme por Latinoamérica, que no es una región prioritaria para los medios polacos, mucha gente me decía que no siguiera con el tema, que tomara otro camino. Pero a mí me apasiona Latinoamérica. En lo profesional, Kapuscinski me permitió acercarme a mi pasión desde la perspectiva de los que no tienen voz. Lo importante es cruzar las fronteras de nuestros propios mundos y experiencias para ir adonde normalmente no vamos. Escuchar lo que piensan las personas que no participan de la vida intelectual y política, que en muchos países es una gran mayoría. Contar la historia desde las perspectivas de las elites es un gran error o una falsificación de la realidad. Eso me lo enseñó Kapuscinski.

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