Hacia un nuevo mundo árabe


Luego de semanas de levantamientos tanto en Medio Oriente como en el Magreb, las rebeliones en curso encierran aún muchos enigmas. Entrevista con Gilles Kepel, politólogo y especialista en el Islam. La intervención occidental en Libia, ¿no modifica acaso la idea de la “primavera árabe”? En Libia, el objetivo estricto de la coalición militar es neutralizar la capacidad de acción del ejército de Gadafi, permitiendo sin embargo que las mismas estructuras libias del poder lo obliguen a partir -como sucedió con Ben Ali y Mubarak- sin lo cual se cambia de centro y se rota hacia una intervención occidental con los calamitosos legados ya experimentados en Irak y Afganistán, como trasfondo. El problema es que Libia no es, a diferencia de Túnez y de Egipto, una sociedad altamente institucionalizada en la que un Jefe de Estado Mayor puede cambiar y ser obedecido por sus tropas para derrocar, asociado a las fuerzas sociales, al presidente. Solamente la caída del coronel provocada por los dirigentes de las grandes tribus convencidos de que Gadafi y su familia son personas no gratas en el mundo y de que será difícil comerciar el petróleo libio, puede asegurar el proceso, solo así puede pensarse que lo derrocarían. ¿A quiénes impactará próximamente el efecto dominó? ¿A Yemen? ¿ A Siria? Yemen es un híbrido entre civilización urbana y redes tribales, entre los modelos egipcio y libio, si se quiere. La rebelión urbana en Sana y en Aden se parece a la de la “plaza Tahir” (también hay una con ese nombre en Sana) pero la clave del equilibrio militar sigue en manos de los líderes tribales que aún no han cambiado La situación de Yemen, como la de Bahrein, es una fuente de inquietud especialmente para la vecina Arabia Saudí, frágil gigante petrolero, lo que explica la poca diligencia de los Estados importadores de petróleo en sostener transiciones que pondrían en riesgo el suministro cotidiano. Allí está el corazón de las contradicciones que articulan las revoluciones árabes con la renta petrolera y que corren el riesgo de hipotecarles el porvenir. En Siria, que parecía protegida por su papel de campeona de la resistencia árabe contra Israel, los acontecimientos de Deraa y los que eventualmente podrían seguir, ponen de manifiesto que los cambios podrían surgir en el marco de la sacrosanta unidad impuesta por el conflicto con el Estado judío. Por otra parte Irán y sus aliados, incluido Hamás, que no están cómodos con las reivindicaciones democráticas que se les reclaman, tienen interés en que este frente entre en actividad. Es lo que quieren también los halcones israelíes que de este modo se evitan enfrentar la perspectiva de un Estado palestino reconocido por la Asamblea general de la ONU, en setiembre próximo, calificando a los palestinos como socios no fiables y siempre prestos a la violencia. Reavivar el conflicto armado, lanzar nuevas acciones terroristas, es interés de los regímenes favorables al statu quo y contra la aspiración de la sociedades civiles. ¿Cuáles son las primeras lecciones que nos dejan estas semanas de la “primavera árabe”? En este momento las revoluciones árabes no están más que en los comienzos. Las consecuencias que provocarán en el ambiente, en el suministro de petróleo, en la inmigración y en la relación con Israel están por verse. Sin embargo se puede afirmar que ya han abierto una nueva fase que cierra la secuencia abierta el 11-S. ¿En qué? En que el movimiento islámico ve que su franja más radical pierde la partida y que su franja “participacionista”, la que acepta actuar en el seno de la sociedad (contrariamente a aquellos que practican la resistencia armada como el GIA o al-Qaida) está condenada a adaptarse a la realidad democrática. En Egipto los Hermanos Musulmanes constituyen la fuerza política más estructurada y con una inmensa red de asociaciones. Pero es interesante señalar que en relación con los recientes acontecimientos todos hablan localmente de la “revolución popular”. Aparecen corriendo en pos de un movimiento cuya iniciativa no les pertenece. En realidad estas dos tendencias vienen dividiendo al movimiento islámico desde 1990, cuando el enfrentamiento de los islamistas con el poder argelino. Los atentados del 11-S dieron nuevo impulso a los radicales que así ocuparon la agenda internacional durante una década. Pero el ejemplo del martirio ha demostrado que resulta un medio insuficiente para movilizar a las masas a su favor. Por el contrario, el panorama posterior al 11-S otorgó un indulto a los regímenes autocráticos que se presentaron como los únicos baluartes contra al-Qaida. Es la obsolescencia del modelo al-Qaida la que puso fin, por extensión a ese indulto. ¿Cuales son los factores que despertaron la aspiración a la democracia en esos países? Uno de ellos tiene como modelo la situación turca. La pequeña burguesía piadosa llegada del campo que forma la base social del AKP (Partido de la Justicia y del Desarrollo) demostró que había logrado la eliminación de los militares. El régimen de Ankara es el producto de una alianza entre esa clase media piadosa en ascenso y la gran burguesía cosmopolita de Estambul. Pero hay que cuidarse de ver en el AKP solo un partido islamista puro atraído por Irán. La amenaza nuclear iraní lo es también para la vecina Turquía y el AKP esta tenso entre tendencias contradictorias radicales o secularizadas. En síntesis lo que refleja la situación turca es que la marcha hacia la democratización tiene su lógica, que puede entrar en contradicción con la habitual ideología de los “Hermanos musulmanes”. Generalizando, estamos asistiendo a una transformación del sistema estructural de las sociedades árabes. Los islamistas no han logrado controlar el lenguaje de los actuales levantamientos. Existe una considerable diferencia con la revolución iraní de hace treinta años. En esa época el ayatolá Jomeini logró imponer su retórica y su lenguaje, para subvertirla, a la revuelta democrática contra el sha. A la inversa los islamistas “participacionistas” egipcios no han logrado hacer prevalecer la suya, lo que está por producirse. Hasta los chiíes de Bahrein usan un vocabulario “derechos humanos” y democrático. Y si ha habido un fracaso en nuestra diplomacia es el de no haber sabido captar lo que de autónomo y universal tenía este movimiento. Tampoco es seguro que este movimiento siga siendo solo musulmán o árabe. ¿Es característico de todas las revueltas este “cambio de sistema”? Con toda seguridad, es preciso tener también en cuenta las situaciones locales. El vocabulario es ciertamente común. Pero la sintaxis puede cambiar. Este movimiento nació así en Túnez, en una sociedad culturalmente muy mixta caracterizada por la fusión entre las clases urbanas y la juventud pobre. Si el este se trasladó a Libia es porque había muy poca transferencia de la riqueza petrolera hacia una región de la que Gadafi desconfiaba… En revancha, el fenómeno común a todos estos países, es la omnipresencia de la policía secreta (Mukhabarat). Y en tal sentido, uno se pregunta como es que regímenes tan autocráticos y policiales han sido tomados desprevenidos por los levantamientos. La respuesta es simple. No vieron llegar la generación Twitter, la juventud rebelándose contra las gerontocracias reinantes que ya se habían beneficiado, repitámoslo, de un plazo adicional de diez años a causa de Osama Bin Laden. ¿Podemos temer vueltas atrás o situaciones como la de Libia? ¿Serán suficientes las movilizaciones generadas a partir de Facebook o Twitter para instalar democracias estables? La cara sombría de estas revoluciones es que siguen a décadas de tal represión que han inhibido la capacidad de formar élites de sustitución. No existen, como sucedió en Europa del este, disidentes que salían de las prisiones. Hay que cuidarse de convertir en fetiches las redes sociales formadas alrededor de la Red. En cuanto a la televisión, de la que sabemos cuál ha sido su papel, tiene sus límites. Al Jazeera ha sido criticada por su tibieza desde que Bahrein, Arabia saudí y Hamás han sido cuestionados, y en Egipto ha sufrido la competencia de la emergencia de televisoras satelitales. Los medios egipcios liberados han reconquistado poco a poco el espacio del que se había adueñado la cadena qatari. Los opositores exiliados por lo general no tienen experiencia política. En Egipto fue el Consejo supremo de las fuerzas armadas el que reemplazó a Mubarak. Esta vez no se ha nombrado ningún nuevo “Mameluco” (a la inversa de lo que sucedió luego de Naguib y de Nasser, y después con Sadat y Mubarak). Los contrapoderes no se apoyan en ninguna institución. Las élites políticas en gestación deben salir imperativamente del mundo virtual para afianzarse en el terreno. El ciberespacio puede servir de coadyuvante pero no puede ser sustitutivo. El escenario más negro se produciría si las revoluciones no lograran madurar en el espacio interior. ¿Qué consecuencias pueden vislumbrarse en el conflicto árabe-israelí? Durante largo tiempo ha reinado en Israel la tesis según la cual el Estado judío tendría más interés en tratar con autócratas que con regímenes democráticos. Sin embargo viendo los resultados se puede dudar. Tratar con dictaduras árabes solo ha llegado hasta ahora a construir un muro y a vivir en un gueto con respecto a la región. Obviamente llegar a un proceso como el de Oslo, que buscaba impulsar la paz desde arriba, podría tener a primera vista sus ventajas. Sin embargo ese proceso finalmente abortó por que no fue aceptado por las sociedades. Por el contrario la situación actual ofrece una histórica ocasión de diálogo entre las sociedades árabe e israelí ¡Lástima! La vuelta de los enfrentamientos indica que los adversarios de los procesos democráticos se hallan siempre bien presentes. Gilles Kepel es profesor de Ciencias Políticas, miembro del Instituto Universitario de Francia, autor de numerosos libros sobre el mundo árabe y musulmán contemporáneo. Dirige la colección “Proche Orient” en el PUF, que ha publicado las obras del profesor Yadh Ben Achour, encargado de redactar la ley y la Constitución tunecina Fuente: http://www.lemonde.fr/idees/article/2011/04/04/gilles-kepel-vers-un-nouveau-monde-arabe_1502761_3232.html

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