Jean Cocteau y el opio (José Cueli)


Espléndido es el libro de Jean Cocteau, Diario de una desintoxicación, escrito en la clínica de Saint Claud, entre diciembre de 1918 y abril de 1929. Traducido y sintetizado por mi colega Lilia Arranz, propone elementos para reflexionar sobre la farmacodependencia y las dificultades de la desintoxicación.

Y es que como dice Cocteau, el papel del poeta no es probar, sino afirmar sin aportar ninguna prueba. Así, los niños tienen un poder mágico para transformarse en lo que quieren. Los poetas en que la infancia se prolonga sufren mucho en perder ese poder, esa es, o era, sin duda, una de las razones que impulsaron al poeta a emplear el opio. El efecto de una pipa es inmediato, proviene de un pacto. Si nos seduce, ya no se puede abandonar.

Cocteau estaba convencido, a pesar de su fracaso de que el opio puede ser bueno y que de nosotros depende hacerlo grato. Uno de los enigmas del opio es que permite al fumador no aumentar nunca las dosis.

El drama del opio no es otro, para Cocteau que el de la comodidad y la incomodidad. La comodidad mata, la incomodidad crea. Tomar opio, sin abandonarse a la comodidad absoluta que proporciona es evitarse los trastornos. Para el poeta todos los proyectos le parecían insensatos.

El vicio no era más que un lujo de la naturaleza. Fumar era bajarse del tren en marcha hacia la muerte, era ocuparse de otras cosas que no fueran la vida y la muerte. O sea, paciencia de la adormidera, quien la ha fumado, fumará.

El opio sabe esperar. El opio transforma al mundo y sin el opio un cuarto siniestro sigue siendo un cuarto siniestro. Uno de los prodigios del opio es convertir instantáneamente un cuarto siniestro en uno tan familiar, tan lleno de recuerdos que uno cree haberlo ocupado siempre.

El opio es una decisión de adopción. El único error de los fumadores es querer fumar y compartir los privilegios de los que no fuman. Decir las drogas, hablando del opio, es como confundir el Pommard con el Pernod. Dicho de otra manera, el alcohol provoca actos de locura. El opio provoca actos de cordura. (Tomar en cuenta esto último en la reciente semana que más que santa es infernal.)

Desde el punto de vista de la percepción corporal el despertar de la privación de opio produce en la mujer síntomas morales y en el hombre no adormece el corazón, sino el sexo. En la mujer despierta el sexo y adormece el corazón. Ya que el opio alimenta un semisueño, adormece lo sensible, exalta el corazón y consuela el ánimo. Su único defecto es hacer enfermar a la larga.

El opio se torna trágico en la medida que afecta a los centros nerviosos que gobiernan el alma. Si no fuera esto, sería un antídoto, un placer, una siesta extraordinaria.

El opio es una estación, los fumadores no sufren ya con los cambios de tiempo, tiene sus propios fríos y calores que no corresponden al frío o calor. Sin opio se tiene frío, catarro, se pierde el hambre, se está impaciente. Al fumar se tiene calor, se desconocen los catarros, se tiene hambre, la impaciencia desaparece. Cocteau pide a los médicos meditar sobre este enigma. El opio al despojar de toda obsesión sexual, no sólo no provoca ninguna impotencia, sino que sustituye ese género de obsesiones bajas por uno de obsesiones elevadas, singularísimas y desconocidas para un organismo sexualmente normal: por una sexualidad trascendental.

El semisueño del opio nos hace doblar pasillos, cruzar vestíbulos y empujar puertas. Nos hace un poco visibles a lo invisible. Espectros que espantan a sus espectros en su morada. Al fumar, el cuerpo piensa, sueña, se desmembra, vuela. Uno se observa a vuelo de pájaro. Lo que quiere decir que no soy yo quien me intoxico sino el cuerpo. El opio es la única sustancia vegetal que nos comunica al estado vegetal y nos da una idea de la velocidad de las plantas.

Dentro de los síntomas patológicos el opio lleva al organismo a la muerte eufóricamente. Las torturas provienen de un retorno a contrapelo a la vida. No soporta a los impacientes, a los torpes, se aparta de ellos, les deja la morfina, la heroína, la cocaína, el alcohol, el tabaco, las tachas, el suicidio, la muerte. Si se ha oído decir que se ha matado fumando opio, es imposible, esa muerte oculta otra cosa.

Para los organismos que nacen para ser presa de las drogas es una suerte que el opio los equilibre y proporcione a esas almas de corcho un traje de buzo. El mal producido por el opio es menor que el de las otras sustancias y la debilidad que intentan curar. Los nerviosos “‘normales” se apagan de noche. Los nerviosos opiómanos se encienden de noche.

Como en todas las farmacodependencias lo difícil es la desintoxicación. La intención de Cocteau no es defender la droga, sino ver con claridad en lo oscuro, penetrar en la entraña de la cuestión, abordar de frente problemas que se abordan de soslayo. Y es que es casi imposible vivir sin el opio, después de haberlo conocido, tomar al mundo en serio.

Los médicos nos entregan lealmente al suicidio en el resurgimiento de la memoria y el sentido del tiempo. Se regresa al opio, porque es preferible un equilibrio artificial a la falta absoluta de éste. Ante esos fenómenos de la desintoxicación no puede la medicina.

Es tal la maestría de Jean Cocteau para convencer de la belleza de su interioridad que se pierde en lo siniestro.

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