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Una campaña militante (Ruth Werner y Facundo Aguirre. LVO 428)


El juez Eduardo Quelín había ordenado el desalojo de los docentes que hacen piquetes en la refinería Las Heras 3. No les alcanzó con el envío de la Gendarmería a Pico Truncado ni con la amenaza de represión frustrada por la movilización hace una semana. Todo un símbolo. El gobierno “nacional y popular”, en la fecha que se conmemora el inicio del proceso independentista contra la corona española, amenaza con imponer el orden para defender los intereses de la Repsol y los monopolios petroleros que, gracias a las privatizaciones de los ’90, obtuvieron la expoliación de los recursos naturales, statu quo que el kirchnerismo se esfuerza por respetar.

Con los hechos de Santa Cruz y la represión a la marcha de la CGT y la CTA en Corrientes, todo el régimen democrático burgués se pone a tono con el discurso de la presidenta que semanas atrás había calificado de “extorsión” la acción directa de los trabajadores. Desde el Frente de Izquierda y de los Trabajadores condenamos la represión en Corrientes y nos sumamos a la exigencia del retiro inmediato de la Gendarmería y la satisfacción plena de los reclamos de los docentes y petroleros santacruceños.

Filmus-Tomada: un funcionario de Grosso y un amigo de Pedraza

El endurecimiento del régimen y el gobierno ante la protesta social se da en momentos en que se aceleran las definiciones de las candidaturas electorales de los partidos patronales. El kirchnerismo lanzó, por orden de Cristina, la fórmula Filmus-Tomada en la Ciudad de Buenos Aires. Con esta jugada, intenta ganarle a Pino Solanas el voto progresista. La decisión fue un castigo a la burocracia sindical moyanista que apoyaba al ex hombre de la UCeDe Amado Boudou, pero también un intento de preservar al ministro de Economía de lo que consideran una probable derrota en territorio porteño. Los intelectuales de Carta Abierta y los movimientos sociales K quieren ver en esta fórmula una alternativa progresista. Habría que recordarles que Filmus fue funcionario del corrupto menemista Carlos Grosso y uno de los autores intelectuales de una de las leyes que destruyeron la educación pública en los ’90. Con Tomada es más sencillo: alcanza mencionar el diálogo amistoso que el ministro mantuvo con el instigador del crimen de Mariano Ferreyra, José Pedraza. En esa comunicación telefónica, ambos conspiraron contra la organización de los trabajadores tercerizados (ver nota en página 3).

El dilema del centroizquierda

El resultado de las primarias santafesinas -que consagraron al kirchnerista Agustín Rossi, al candidato apoyado por Hermes Binner, Antonio Bonfatti, y al menemista Miguel del Sel por el PRO- volvió a sacudir las filas de la oposición patronal (ver nota en página 6). Binner se encuentra en la disyuntiva entre postularse a presidente por un frente de centroizquierda o ir como vice de Ricardo Alfonsín, aceptando los acuerdos de la UCR con el derechista De Narváez, algo difícil de tragar para su base electoral. De tomar la primera opción, rompería lanzas con su aliado histórico, el radicalismo, poniendo en riesgo la victoria del Frente sojero en Santa Fe que necesita del apoyo del radical Barletta para lograrlo. En el reciente acto en la ciudad de Córdoba Binner se mostró junto a Luis Juez, y también estuvieron De Gennaro, Victoria Donda (Libres del Sur) y Vilma Ripoll (MST), todos por Proyecto Sur, quienes presionaron por la candidatura del gobernador santafesino. “Alentamos categóricamente la potencia y la responsabilidad de Binner de encabezar esta esperanza. Creo que nos vamos a poder instalar con una ética intachable”, declaró el líder histórico de la CTA. Para De Gennaro esa “ética intachable” incluye que Binner, que gobierna la provincia para las patronales sojeras, fuera parte del Comité de crisis que comandó la represión policial en Rosario (él era intendente) en diciembre del 2001 cuando fueron asesinadas 8 personas, entre ellos el militante de la CTA Pocho Lepratti. Durante su gobernación Binner ha garantizado la impunidad de los responsables políticos y materiales de aquellos crímenes.

La izquierda de los sojeros

El derrotero del MST no deja de asombrar. No sólo abandonó todo principio de clase sino que ha dejado de lado todo vestigio de izquierda. Vilma Ripoll acaba de celebrar la alianza con Juez enfatizando la necesidad “construir una herramienta por fuera de los viejos partidos”, calificando como “una gran noticia para el proyecto popular un triunfo de Juez en Córdoba”.

Luis Juez es un defensor de los intereses de los explotadores. Su fanatismo hacia las patronales sojeras durante el lockout de 2008, como hacia los empresarios de la industria, es ampliamente conocido.

Actualmente cuenta entre sus “equipos técnicos” a representantes de los grandes grupos económicos cordobeses, como Claudio Giomi, gerente del Grupo Arcor, Raúl Hermida (ex Bolsa de Comercio) y Juan Grundy, vicepresidente de la Cámara de Industriales Metalúrgicos. No es algo nuevo. Ya el juecismo había consagrado en 2007 al vicepresidente segundo de la Unión Industrial de Córdoba, Eduardo Bischoff, en la legislatura provincial, y años atrás a Raúl Merino, representante de la multinacional Volkswagen, como diputado nacional.

Siempre criticamos al MST cuando impulsaba la “unidad de la izquierda” sin plantear la independencia política de la clase obrera. El tiempo nos dio la razón porque esa falta de delimitación política convirtió al MST en un grupo sin principios que ahora apoya, sin sonrojarse, directamente a los representantes de los explotadores.

Frente de Izquierda y lucha de clases

El Frente de Izquierda y de los Trabajadores se constituye sobre la base de la más absoluta independencia política de clase respecto a los partidos patronales y los carreristas pequeñoburgueses. Desde la formación del Frente, el PTS viene desarrollando una intensa campaña electoral militante, impulsando en primer lugar la formación de comités de base comunes de las organizaciones frentistas. Estamos promoviendo en el activismo obrero y juvenil y en los simpatizantes de la izquierda una militancia opuesta por el vértice a la de los partidos capitalistas que alienta el arribismo en busca de cargos en las listas y en la “gestión” del Estado de los patrones. Las actividades de campaña electoral que mostramos en las páginas de este periódico tienen el objetivo preciso de incidir en la conciencia y en la organización de los luchadores para que asuman una posición de clase en las elecciones, hoy el principal terreno de lucha política contra la burguesía y sus partidos. Por eso, nuestra “campaña militante” significa también intervenir activamente en la lucha de clases: impulsando la solidaridad internacionalista con el Mayo español; organizando el apoyo a los maestros santacruceños; en los conflictos de Procter, Donnelley y de la alimentación, contra los despidos y por el salario.

El PTS se propone impulsar la extensión de una izquierda militante entre los trabajadores y la juventud. Para defender y ampliar las posiciones conquistadas por el “sindicalismo de base” y los marxistas en la lucha de clases. La campaña electoral es una tribuna de denuncia y de agitación, pero debe servir a su vez para fortalecer la lucha por un partido revolucionario de la clase obrera.

La noche que me encontré con Bochini (Luciano Di Pietro)


Esa noche de mi inodoro caía agua sin parar. Yo era (y soy) un inútil para todo tipo de reparaciones. Fui a la casa de un amigo a pedir ayuda. El no estaba, me atendió su novia, y me dijo que no me podía venir a ayudar, pero me dio un montón de herramientas. Cabizbajo, las acepté y me dije que tal vez había llegado el momento de aprenderlas a usar. Y mientras me dirigía resignado a mi casa, el encuentro. Al principio pensé que no era cierto, después cuando le tuve más cerca no había dudas : era el mismísimo Bochini. El odiado y maldito Bochini. Cuando era un niño iba seguido a la cancha con mi papá a ver a Racing, y cuando nos tocaba con Independiente perdíamos. Todo culpa de Bochini. Me acuerdo una vez que Racing ganaba dos a cero y perdió tres a dos ; ese día Bochini nos hizo los tres goles, o dos, o uno, no importa, pero nos cagó la vida. Yo era un nene y me hizo llorar. Cuando salía de la cancha y me había calmado un poco, vi a otro nene con la camiseta de Racing que también lloraba y yo me puse a lagrimear de nuevo. Bochini era un monstruo, le arruinó la infancia a centenares o miles de chicos como yo, para los cuales el fútbol era una cosa muy importante. En la escuela me cargaban, por culpa de Bochini. Yo nunca creí en dios, pero si Satanas existía era ese pelado maléfico. ¿Por qué los chicos tenían que sufrir por culpa de ese guanaco ? ¿Qué le habían hecho los chicos a él ? Una vez que fui a la cancha, Racing le ganó a Independiente 2 a 1, pero el monstruo no había jugado, por lo tanto la alegría fue solo parcial. Cerca de mi casa, había una pizzeria que se llamaba « Bochini », a la cual, obviamente nunca entré. Yo le decía a mi papá que no había que ponerle una bomba, sino envenenar la muzzarella así se morían todos los que comían ahí. Mi papá me dijo que quizás el propietario se llamaba Bochini, y no tenía nada que ver, y yo le contesté que si no quería pasar por cómplice y tenía ese apellido, podría haberle puesto su nombre y llamarla pizzeria Carlitos o José, si le dejaba ese maldito apellido era porque le gustaba. Tiempo después, cuando ya era un poco mas grande, y comprendía un poco como se manejaba el mundo, vi al pelado enfermo hacer la publicidad… para la policía. ¡Y después de la dictadura ya nadie podía engañarse sobre el rol de la policía ! Ya no tenía dudas : se trataba de un ser maquiavélico que le quería hacer mal a chicos y grandes. A principios de los ’90 Bochini se retiró e Independiente volvió a ser el club de mierda que se merece, no ganaron prácticamente nada, basta de Libertadores, basta de festejos. Ya era de noche, miré hacia los costados y por la cuadra no pasaba nadie. Miré fijo al monstruo, y le dije : -Maestro, ¿me firma un autógrafo ? Metí la mano en la bolsa y agarré una llave inglesa, calculé el peso y pensé que si le daba en la pelada con un golpe seco lo dejaba frito.

Funcionales a la derecha (Fernando Krakowiak. P12)


Luego de la aplastante derrota que sufrió el Partido Socialista Español (PSOE) en las elecciones del domingo, algunas voces acusaron a los jóvenes que se concentran desde el 15 de mayo en la Puerta del Sol de ser funcionales a la derecha. El argumento es que ese movimiento inorgánico, que combina críticas indignadas hacia los políticos con frases utópicas heredadas del Mayo Francés, terminó sirviéndoles en bandeja el triunfo a los conservadores del Partido Popular (PP), al convertir las calles en cajas de resonancia de las críticas contra la gestión oficial. El supuesto implícito detrás de ese cuestionamiento es que la victoria del PP es peor para los intereses populares de lo que habría sido un triunfo del PSOE. Sin embargo, lo hecho por José Luis Rodríguez Zapatero en los últimos dos años pone en duda esa afirmación, ya que cuesta hallar al menos un rastro siquiera de progresismo en sus políticas.

Salarios y jubilaciones. El 12 de mayo de 2010, Zapatero anunció un recorte de 5 por ciento en los salarios públicos y su congelamiento durante 2011. A su vez, congeló todas las jubilaciones, salvo la mínima, poniendo fin a 25 años de subas garantizadas por ley. Para intentar compensar, redujo 15 por ciento el salario de los miembros de su gabinete. Las medidas formaron parte de un plan de ajuste más amplio destinado a reducir el déficit fiscal, que fue ratificado por el Parlamento el 22 de mayo de 2010 por apenas un voto de diferencia (169 a 168).

Empleo público. En julio de 2010, el gobierno anunció la supresión de 10.600 puestos de trabajo en el plazo de tres años para ahorrar 314 millones de pesos. Los únicos exceptuados fueron el personal de las fuerzas armadas y del resto de los cuerpos de seguridad, los empleados del Poder Judicial, del servicio penitenciario y los controladores aéreos.

Reforma laboral. El 16 de junio de 2010, Zapatero dictó un decreto-ley de flexibilización laboral, que en septiembre de ese mismo año fue ratificado por el Parlamento. La norma generalizó el contrato de fomento de empleo de 2001 que fija la indemnización por despido injustificado en 33 días por año trabajado, en detrimento de los 45 días establecidos en el Estatuto de los Trabajadores de 1980. Además, estableció como “justificado” el despido en las empresas con pérdidas y lo facilitó al reducir de 45 a 20 días la indemnización por año trabajado. El Estado también se comprometió a pagar parte de las indemnizaciones con un Fondo de Garantía Social ideado originalmente para afrontarlas en caso de quiebra. Por último, se autorizó a que empresarios y trabajadores pacten a nivel de empresa la suspensión del convenio laboral de su respectiva actividad en situaciones de crisis.

Política social. El 4 de julio de 2007, Zapatero anunció el otorgamiento de una asignación de 2500 euros por única vez por nacimiento o adopción. La iniciativa, conocida como “cheque-bebé”, fue aprobada por el Senado en noviembre de ese año. En el caso de madres solteras, familias numerosas o con hijos discapacitados, la ayuda subía a 1000 euros. No obstante, el 12 de mayo de 2010 se anunció la eliminación del “cheque-bebé” a partir de enero de este año como parte del plan de ajuste. Además, el gobierno dejó de pagar en febrero el Prodi, un subsidio de 426 euros destinado a los desocupados que, luego de cobrar el seguro de desempleo, siguieron sin trabajo. Lo reemplazó por el Prepara, una ayuda de 400 euros mensuales que se abona sólo durante seis meses y no puede ser percibida por quienes cobraron el Prodi, aunque sigan sin empleo.

Reforma jubilatoria. En enero de este año, el gobierno acordó con los sindicatos y las empresas elevar la edad jubilatoria de 65 a 67 años de manera progresiva a partir de 2013. La cantidad de años de aportes se elevará gradualmente de 35 a 38,5 y el período de la vida laboral que se toma para calcular el haber pasa de 15 a 25 años. También aumentó la edad para adherir a la jubilación anticipada prevista en situaciones de crisis (de 61 a 63 años).

Política migratoria. En junio de 2009, Zapatero aprobó una ley de extranjería más dura, que amplió de 40 a 60 los días que puede estar detenido un inmigrante indocumentado antes de ser deportado. Asimismo, para frenar la llegada de personas en edad de trabajar, se limitó la reagrupación familiar para los ascendientes (padres y abuelos), que sólo pueden ingresar a España si son mayores de 65 años y si el inmigrante que lo solicita acredita cinco años de residencia legal. El gobierno además firmó acuerdos con países africanos y latinoamericanos para facilitar la repatriación forzada de los “ilegales”. Incluso se implementó un insólito “incentivo” para repatriar inmigrantes desocupados. El gobierno les ofrece todo el subsidio de desempleo si abandonan el país comprometiéndose a no regresar por cinco años: 50 por ciento antes de partir y el otro 50 por ciento apenas llegan a sus países de origen.

Privatizaciones. En diciembre del año pasado, Zapatero dio luz verde a la venta del 49 por ciento de AENA (Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea) y al 30 por ciento de Loterías y Apuestas del Estado. Además, está evaluando la privatización de ferrocarriles, estaciones de trenes y televisoras públicas, tal como se desprende de los informes solicitados al Consejo Consultivo de Privatizaciones. El gobierno adelantó que el dinero recaudado será destinado a cancelar deuda.

Este es sólo un punteo de las principales medidas, pero alcanza para ver que no han sido precisamente los jóvenes de Puerta del Sol los funcionales a la derecha.

Trotski sigue dando que hablar (Hernán Camarero, Ñ)


A los centenares de ensayos e investigaciones acerca de la vida, las ideas y la obra del líder político y teórico marxista revolucionario ruso León Trotski, se han sumado recientemente nuevos aportes, que plantean la posibilidad de volver sobre viejas cuestiones y promover nuevas reflexiones. Sólo entre 2009-2010 aparecieron tres extensos libros sobre este tema. Dos de ellos son biografías completas, de más de seiscientas páginas cada una: Trotski. Revolucionario sin fronteras , del francés Jean-Jacques Marie; y Trotski. Una biografía , del británico Robert Service. Asimismo, El caso León Trotsky. Informe de las audiencias sobre los cargos hechos en su contra en los Procesos de Moscú , hasta entonces inexistente en idioma español, fue publicado por el Centro de Estudios, Investigaciones y Publicaciones “León Trotsky” y el Instituto de Pensamiento Socialista de Buenos Aires, como parte de su ambiciosa empresa de reedición de las obras de dicha figura.

El libro de Service, el más promocionado de todos, viene siendo respaldado en ciertos ámbitos periodísticos y académicos, por representar una corriente historiográfica hoy muy en boga, básicamente hostil a la revolución rusa, entre cuyos representantes se cuentan Orlando Figes, Richard Pipes, Geoffrey Swain e Ian Thatcher. Conviene pues detenerse en un examen específico y riguroso de dicha obra.

Como miembro de la British Academy y catedrático de Historia Rusa en la Universidad de Oxford, Service viene dedicándose al pasado soviético y, en menor medida, al despliegue de la experiencia comunista a nivel internacional, desde hace más de treinta años. En la última década se han traducido al castellano algunos de sus más importantes y voluminosos libros, como Historia de Rusia en el siglo XX (2000), Rusia: experimento con un pueblo (2004) y Camaradas: breve historia del comunismo (2009), y su trilogía biográfica, formada por Lenin (2001), Stalin (2006) y el texto en cuestión, Trotski (2010). La principal novedad de esta obra es la consulta de las cartas, informes y documentos depositados en los archivos de la Hoover Institution (Universidad de Stanford), vinculados al propio Trotski, a sus seguidores o a los procesos en los que estuvo involucrado; a ello, se le suma la revisión de los papeles, mayoritariamente ya explorados por otros investigadores, guardados en la Universidad de Harvard y en el Archivo Estatal Ruso de Historia Social y Política.

Service ofrece un relato detallado de la vida del revolucionario ruso, que se centra en algunas cuestiones consideradas secundarias por la historiografía tradicional. Lo distintivo es el peso que el autor le confiere a los rasgos más íntimos del personaje, intentando desbrozar sus rasgos psicológicos, carácter, hábitos y la relación con sus familiares, amigos y colaboradores.

La imagen personal de Trotski que se desprende del libro de Service, más allá de conceder que era fascinante y excepcional, es básicamente condenada. En el retrato se señalan su enorme cultura e inteligencia, su extraordinario talento como orador y escritor, su energía y capacidad de trabajo, así como su valentía y compromiso con su causa. Pero la lista de defectos es abrumadora: vanidad, autocomplacencia, arrogancia, soberbia, hipocresía, demagogia, cinismo, doble moral, torpeza en las tácticas políticas, brutalidad en el trato a sus enemigos de clase. Se plantea que fue ingrato con su padre, abandonó fríamente a su primera mujer, fue desaprensivo frente a la precaria situación de su hija Zina antes de su suicidio y hasta irresponsable frente a su hijo Lev (en cuya muerte participaron los dispositivos criminales de Stalin).

En algunos tramos, el libro asume un sesgo psicológico superficial que dificulta el estudio de la complejidad de los dramas históricos en los que Trotski participó. La dimensión social pasa a segundo plano ante la descripción superficial de una serie de intrigas políticas. Los colectivos “masas”, “proletariado”, “burguesía” o “burocracia” (casi siempre puestos así, entre comillas, pues parece que al autor no le consta su existencia), no cobran vida en los grandes eventos, sino como invocación de los propios individuos bajo análisis.

Todo tiende a quedar subordinado a la reconstrucción de trifulcas por el prestigio y el control de aparatos de poder o a la enumeración de disputas de palacio entre elites e individuos. Por ejemplo, con gran esmero, Service logró convertir la breve descripción de las apasionantes convulsiones históricas en las que el biografiado intervino (revoluciones de 1905 y 1917, guerra civil, luchas con la naciente burocracia soviética), en relatos apocados y monótonos.

Esta apatía se complementa con un examen poco sofisticado acerca del complejo mundo de las ideologías en juego. El libro no ofrece los aportes que puede brindar una biografía político-intelectual, lo cual es una paradoja, pues el personaje que debía estudiarse descolló políticamente en el plano de las ideas. Más aún, Service ostenta una mezcla de incomprensión y desinterés por el universo conceptual del socialismo marxista. Cuando alude a éste como filosofía, teoría e ideología en su versión rusa y en boca de sus actores, tiende a presentárselos al lector como un compendio de dogmas esotéricos.

Trotski realizó varios aportes al pensamiento socialista: desde análisis políticos en sus múltiples temporalidades y dimensiones hasta incursiones en el ensayo historiográfico, económico, sociológico, filosófico y la crítica literaria. No obstante, casi ninguno de sus textos es valorado por Service objetivamente en cualquiera de los sentidos posibles, más allá del conocido juicio de su versatilidad y belleza estética (que reconoce en Mi vida e Historia de la Revolución Rusa ). En general, se sirve de pocas palabras para condenarlos, ya sea por su insubstancialidad, o por su falta de rigor o de basamento empírico, o por su tergiversación de la realidad.

Un puñado de oraciones ramplonas le alcanzan para referirse a una de las principales contribuciones de Trotski al pensamiento marxista: su concepción de la revolución permanente y el papel conductor de la clase obrera en el proceso histórico de los países económicamente atrasados (sintetizada en la obra homónima de 1930, pero ya esbozada un cuarto de siglo antes).

Hay negligencia por desentrañar tanto los orígenes de dicha teoría (anclados en una discusión dentro de la socialdemocracia alemana y rusa, que parece ignorarse, pues va mucho más allá de la conocida influencia de Parvus y conducen a los propios Marx, Engels, Kautsky, Mehring, Riazanov y Luxemburgo), como sus implicaciones para la reconstrucción del pensamiento estratégico de Trotski. Por otra parte, son de una liviandad exasperante las escasas referencias respecto a la naturaleza del “gran debate”, desplegado en 1924-1926 entre éste último y los partidarios del “socialismo en un solo país” (Stalin y Bujarin). Lo mismo ocurre con los análisis y pronósticos que Trotski hizo sobre los problemas de la revolución china, los peligros del triunfo del nazismo, el exterminio de los judíos, el estallido de una nueva guerra mundial, los frentes populares (particularmente en la guerra civil española) o, más importante aún, la burocratización del estado soviético.

En el libro se articula una caracterización global que es indispensable discutir. El autor ya la había presentado en sus obras anteriores, ubicándolo, en un tronco común con la historiografía sobre la experiencia de la Revolución de Octubre antes aludida. Según Service, el bolchevismo fue una peculiar y quizás distorsionada interpretación y aplicación de las ideas marxistas al suelo ruso. Su resultado fue una revolución-conquista del poder, entendido como un acontecimiento más bien vacío de toda legitimidad popular y democrática, pues habría derrocado a un gobierno provisional que, si el lector se deja llevar por las bucólicas pinceladas de Service, bien hubiera merecido una mayor oportunidad histórica, dadas sus aparentes credenciales republicanas.

El autor advierte que lo que acabó moldeándose fue un despotismo totalitario, que no debió esperar al ascenso de Stalin para su desenvolvimiento, pues ya estaba inscrito en las raíces mismas del diagrama político pergeñado por Lenin (hay una manía casi infantil de siempre encontrar “terror” allí donde se planteaba la ineluctabilidad de la “dictadura del proletariado”). Se nos informa que Trotski compartía puntos comunes con aquella perversa matriz, sólo que disponía de libreto propio hasta 1917.

Desde ese entonces, fue un convencido aplicador de aquel sueño inevitablemente mutado en pesadilla, del que sólo comenzó a esbozar planteos críticos cinco o seis años después, al ser marginado de la toma de decisiones. Pero ya no pudo impedir que el sistema dictatorial en manos del más astuto Stalin lo derrotara, arrojándolo a la marginalidad y exterminándolo, con el beneficio, entonces, de otorgarle una imagen heroica que lo liberara de su responsabilidad en la creación del monstruoso experimento autoritario.

Service quiere justificar esta explicación y, en particular, ayudar a desmontar todo “falso retrato”, rompiendo el halo de simpatía que rodea a Trotski en la memoria colectiva. Asegura que antes de ser reprimidos, él y sus seguidores fueron parte del terrorismo de estado soviético. En definitiva: Trotski no fue una alternativa, sino una variante de un fallido y trágico experimento histórico; el estalinismo fue la continuación, realista y natural, del proceso iniciado en 1917, y no su negación burocrática, contrarrevolucionaria y antisocialista, como afirma el trotskismo.

Desde Service, la lucha de esta corriente (presentada como un itinerario de ilusiones, insensateces y necedades) y el intento de aniquilación por el estalinismo devienen en accidentes históricos inexplicables. Se acaban borrando y confundiendo los límites entre víctimas y verdugos. Aquí no hay ingenuidad: el objetivo es el de pulverizar la posibilidad de toda crítica de izquierda marxista al estalinismo.

Lo notable es que la mayor parte de las afirmaciones de Service acerca de las supuestas concepciones de Trotski a favor del terror de estado como política estratégica (y no de autodefensa) se hacen sólo con frases de ocasión de éste y con datos imprecisos sobre los hechos. Quedan desestimadas las tendencias históricamente violentas de la sociedad rusa y europea en el contexto de la gran guerra de 1914-1918 (también de todos los grandes procesos de revolución, contrarrevolución y guerra en la historia mundial) y empequeñecida la brutalidad de las acciones clasistas de los ejércitos blancos y extranjeros. De este modo, este elemento nodal en la argumentación de Service, queda neutralizado por esa anemia empírica e indolencia interpretativa.

Esta operación, antes que impulsar, obstaculiza el legítimo ejercicio de reflexión que le presenta a la propia tradición teórica y política generada por la revolución y por el mismo Trotski para dar cuenta de los fenómenos ocurridos desde los momentos posteriores a la toma del poder: la tendencia al cercenamiento de la democracia obrera y la vitalidad de los soviets , la uniformización política o la creciente sustitución de la clase por el partido, que los bolcheviques pusieron provisoriamente en práctica a fin de asegurar la existencia del régimen y sostener un inminente proceso revolucionario mundial (que finalmente no triunfó), y que de medidas de excepción devinieron en permanentes.

En cambio, el volumen de Service termina gobernado por el juego de corroborar, y de sancionar, cuán lejos se hallaba Trotski del universo liberal-republicano y del orden capitalista. Se asombra e inquieta al comprobar “hasta qué punto (Trotski) era hostil a las ideas e instituciones de la democracia liberal” y tenía “la aguja del compás fija en la perspectiva del comunismo revolucionario”.

Es obvio: el personaje histórico en cuestión, precisamente, era marxista. No había que esperar a leer más de 600 páginas para enterarse de ello. ¿Para qué juzgar exclusivamente al biografiado según convicciones extrañas a él, en vez de contrastar la eventual correspondencia o distancia entre sus ideas y las de la tradición ideológico-política en la que se inspiraba o entre aquellas y sus efectivos comportamientos y conductas? Como puede advertirse, el libro no se caracteriza por su originalidad conceptual ni por la proposición de planteos disruptivos. El uso de nuevas fuentes primarias y el exhaustivo relato condujo al autor al mismo lugar al que ya habían llegado hace mucho decenas de historiadores anticomunistas, liberales y conservadores (y ex estalinistas).

La finalidad parece ser la de interpelar a un lector no muy especializado en la materia, el cual no debería estar desprevenido de las intenciones ideológicas del investigador británico, convenientemente revestidas de desapasionada “objetividad histórica”.

Los “indignados” y la Comuna de París (Por Atilio A. Boron)


Tal vez por una de esas sorpresas de la historia el gran levantamiento popular que hoy conmueve a España (y que comienza a reverberar en el resto de Europa) estalla en coincidencia con el 140º aniversario de la Comuna de París, una gesta heroica en la cual la demanda fundamental también era la democracia. Pero una democracia concebida como gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo y no como un régimen al servicio del patronato y en el cual la voluntad y los intereses populares están inexorablemente subordinados al imperativo de la ganancia empresarial. Por eso las demandas de los “indignados” tienen resonancias que evocan inmediatamente aquellas que con las armas en la mano salieron a defender las parisienses y los parisienses en las heroicas jornadas de 1871. La comuna descreía con razón en la institucionalidad burguesa, insanablemente tramposa porque sólo le preocupaba consolidar la riqueza y los privilegios de las clases dominantes; exigía una democracia directa y participativa y la derogación del parlamentarismo, esa viciosa deformación de la política convertida en hueca charlatanería y ámbito de todo tipo de transas y negociaciones ajenas al bienestar de las mayorías; demandaba la creación de un nuevo orden político, ejecutivo y legislativo, a la vez, basado en el sufragio universal y con representantes revocables y directamente responsables ante sus mandantes; y reclamaba una democracia genuina, no ficticia, en la que tanto los representantes del pueblo como los burócratas del estado tendrían una remuneración equivalente a la del salario obrero, entre otras medidas.
Basta con echar una mirada a los documentos de los “indignados” para comprobar la asombrosa actualidad de las demandas de los comuneros y lo poco que ha cambiado la política del capitalismo. Los jóvenes y no tan jóvenes que revientan unas 150 plazas de España se rebelan en contra de la falsa democracia, surgida de las entrañas del franquismo y consagrada en el tan aplaudido Pacto de la Moncloa, exhibido ante los pueblos latinoamericanos como el seguro camino hacia una verdadera democracia. Una democracia que los acampados denuncian como un simulacro que bajo sus edulcorados ropajes oculta la persistencia de una cruel dictadura que descarga el peso de la crisis desatada por los capitalistas sobre los hombros de los trabajadores. Lo que la “ejemplar” democracia de la Moncloa propone para enfrentarla es facilitar los despidos de los trabajadores, reducir sus salarios, recortar los derechos laborales, congelar las pensiones y aumentar la edad requerida para jubilarse, disminuir empleo público, recortar los presupuestos en salud y educación, privatizar empresas y programas gubernamentales y, coronando toda esta estafa, reducir aún más los impuestos a las grandes fortunas y a las empresas para que con el dinero sobrante inviertan en nuevos emprendimientos.
La respuesta de la falsa democracia española –en realidad, una sórdida plutocracia– ante la crisis provocada por la insaciable voracidad de los capitalistas es profundizar el capitalismo, aplicando las recetas del FMI hasta que la sociedad se desangre y hundida en el desánimo y la miseria acepte cualquier solución. El famoso bipartidismo ha demostrado ser no otra cosa que las dos caras del partido del capital. Pero ahora el contubernio entre el PSOE y el PP se ha topado con un obstáculo inesperado: alentado por los vientos que desde el norte de Africa cruzan el Mediterráneo los jóvenes, víctimas principales pero no exclusivas de este saqueo, “han dicho ¡basta! y echado a andar”, como una vez lo expresara el Che Guevara. Ya nada volverá a ser como antes en España. Sin haber leído a los clásicos del marxismo, la vida les enseñó que no hay democracia posible bajo el capitalismo. Y que cuando aúnan sus voluntades, se organizan y se educan en el debate de ideas, su fuerza es capaz de paralizar a la partidocracia y derrotar la prepotencia del capital.