El delicioso diálogo a solas de Hebe y Oyarbide (Carlos M. Reymundo Roberts. La Nación)


No me consta que tal dialogo sea cierto. Tampoco considero un diario creíble a La Nación. Y como buenos defensores de la clase capitalista-terrateniente que fue activa de la dictadura, este medio tiene un encono particular contra los organismos de derechos humanos y es partidario abierta de la impunidad. Sin embargo, la situación que se describe resulta, raramente, una aproximación al presente de antiguas organizaciones de lucha popular que se han pasado al terreno del estado burgués y la política clientelar. De ser cierto una radiografía de la bancarrota y una confesión del carácter reaccionario del kirchnerismo, del vaciamiento al que somete a las organizaciones populares y la lucha democrática, preparando el terreno, o como gustan descalificar ellos mismos haciéndole el juego, a la derecha.

Carlos M. Reymundo RobertsLA NACION
 

Fue un encuentro mágico. Los dos lo disfrutaron, más allá de algún tiroteo esporádico. Lo que hubo desde el primer minuto fue animus societatis , es decir, deseos de entenderse, de facilitar cada uno el trabajo del otro. Hebe de Bonafini y el juez federal Norberto Oyarbide compartieron este lunes, en los tribunales, 15 o 20 minutos de una charla exquisita, en la que los dos dejaron sus almas al desnudo.

Por cierto, lo que fue informado como un acto espontáneo -la presentación de ella como querellante en la causa Schoklender y Madres de Plaza de Mayo- había sido cuidadosamente preparado por Aníbal Fernández. Si algo debe agradecerle el jefe de Gabinete a este entuerto es que le permitió volver a tener un trabajo que no sea mandar tweets o aparecer en las radios para hacerse el gracioso o el enojado.

Aníbal ya había arreglado todo con Oyarbide , un juez al que le gusta poner distancia del Gobierno: digamos, 15 centímetros. La señora Hebe podía presentarse tranquila en el despacho de Comodoro Py: la iban a esperar con un café, con algunas preguntas poco comprometedoras y con el ánimo de investigar hasta las últimas consecuencias al malo de Sergio Schoklender.

Oyarbide no podía ocultar su emoción. No sólo por conocer a un personaje tan ilustre como la Bonafini, sino porque, por fin, después de muchos años podía investigar algo. El juego de mover expedientes, de acelerar y frenar, de acumular causas pero no sentencias, en fin, el juego de hacer de juez sin hacer justicia no es algo que pueda colmar una vocación tan acendrada.

Recibió a Hebe paradito en la puerta del despacho, frente alta, sonrisa franca, gesto cómplice.

-Señora, sepa que para mí es realmente un gusto y un honor -le dio la bienvenida, educado y formal.

-Hola -contestó ella, que nunca ha tenido en la simpatía uno de sus mayores atributos. De todos modos, lo dijo con una mueca tipo Gioconda, lo cual ya es mucho.

Hebe sabe muy bien que si alguien ha prestado sus servicios a la causa nacional y popular de los Kirchner ése es, precisamente, Oyarbide, un juez dispuesto, como nadie, a dejar la piel hasta convertir un prontuario en un currículum.

La señora llegó hasta allí, por lo tanto, bien predispuesta. Pero con la sospecha, es cierto, de que hay ciertos jueces que hoy abrazan una causa y mañana otra, que son abrazadores profesionales, muy puntillosos en la lectura del signo de los tiempos.

Lo primero que quiso conocer la madre fundadora es cómo hace Oyarbide para que todas las causas fundamentales para el Gobierno le toquen a él.

-Usted sabe, señora, es un sorteo… -dijo el magistrado con sonrisa pícara.

-Sí, Aníbal me explicó lo del sorteo, pero, la verdad, yo de informática no entiendo nada.

-Yo tampoco, pero que funciona, funciona, se lo aseguro -volvió a reírse.

-¿Y puede ocuparse de tantos juicios tan importantes?

-No. De eso se trata…

A Oyarbide no le gustó el papel de ser el juez interrogado. Pasó a preguntar él, pero con ánimo de congraciarse.

-Mire, señora, yo con Schoklender quiero hacer justicia.

-Y si mejor hace política… -ahora la que se rió fue ella.

-Dígame, Hebe, nunca sospechó de este muchacho. Esa fortuna, esa fabulosa quinta de 19 habitaciones en José C. Paz…

-El decía que era una vivienda social.

-¿Y los aviones?

-Es muy puntual: odia llegar tarde.

-¿Y el yate de lujo?

-Me dijo que quería construir casas para desposeídos en el Delta.

-¿Y las deudas con el fisco?

-Bueno, para eso no es muy puntual.

-¿Y las armas que le encontraron?

-Eran para cuidarme a mí de los elementos residuales de la dictadura genocida que todavía están sueltos.

-¿Y todas las empresas que tiene?

-Usted sabe que siempre fue un muchacho emprendedor. Desde chico. Su hermano Pablo también. Y juntos son dinamita.

-Hay otra cosa que no puedo dejar de preguntarle: usted primero dijo que este caso era una pelotudez, y unos días después lo acusó a Sergio de delincuente y dijo que tenía que ir a la cárcel. ¿Qué pasó para que cambiara tanto su opinión?

-¿Usted es juez o periodista? ¿Quién le paga, quiere decirme?

-Se lo pregunto para orientar la investigación.

-Si quiere orientación, llámelo a Aníbal.

Después, la conversación se tornó más amable. Oyarbide habló de allanamientos, de procesamientos y de trámites que la señora no entendió ni quiso entender, y le dijo que se quedara muy tranquila porque todos los indicios apuntaban a Sergio, a Pablo y al amplio grupo que trabajaba con ellos.

-Bueno -se preocupó ella-, no tan amplio. No me haga de esto una historia. Con ellos dos y alguno más ya está bien.

-Es cierto -respondió el juez-. Ya está bien. Si usted lo dice, está bien.

Hebe se fue satisfecha, y así se lo hizo saber a Aníbal. Le había caído bien ese juez que, al despedirla, la tomó de ambas manos y le dijo al oído sólo tres palabras: “Se hará justicia”.

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