¿Qué es un campo? (Giorgio Agamben. Para pensar a la clase dominante y el estado argentino que hicieron del genocidio y los campos de dentención su instrumento de defensa)


Traducido por Flavia Costa Artefacto. Pensamientos sobre la técnica Buenos Aires, N° 2, marzo 1998

Todo lo sucedido en los campos de concentración supera de tal modo el concepto jurídico de crimen que simplemente se ha omitido considerar la específica estructura jurídico-política en la cual se produjeron aquellos hechos. El campo es el lugar en el cual se hizo realidad la más absoluta condición inhumana que jamás se haya dado sobre la tierra: esto es, en último análisis, lo que cuenta, tanto para las víctimas como para las generaciones posteriores. Seguiremos aquí deliberadamente una orientación inversa. En vez de deducir la definición del campo de los acontecimientos que allí sucedieron, nos preguntaremos sobre todo: ¿qué es un campo?, ¿cuál es su estructura jurídicopolítica?, ¿por qué pudieron tener lugar acontecimientos similares?

Esto nos conducirá a observar al campo no como a un hecho histórico y una anomalía perteneciente al pasado (aunque eventualmente todavía rastreable hoy) sino, de algún modo, como a la matriz oculta, al nomos del espacio político en el que todavía vivimos.

Los historiadores discuten si la primera aparición de los campos debe identificarse con los “campos de concentración” creados por los españoles en Cuba en 1896 para reprimir las insurrecciones de la población de la colonia, o con los concentration camps en los cuales los ingleses, a principios de siglo, hacinaron a los boers; lo que aquí importa es que, en ambos casos, se trata de la extensión a una población civil entera de un estado de excepción ligado a una guerra colonial. Los campos nacen, así, no del derecho ordinario (y menos que nunca, como acaso podría haberse creído, de una transformación y de un desarrollo del derecho carcelario), sino del estado de excepción y de la ley marcial. Esto es aún más evidente para el Lager nazi, de cuyo origen y de cuyo régimen jurídico estamos bien documentados. Es sabido que la base jurídica de la internación no era el derecho común, sino la Schutzhaft (literalmente: custodia protectora), una institución jurídica de derivación prusiana, que los juristas nazis clasifican a veces como una mezcla de policía preventiva, en tanto permitía “poner bajo custodia” a los [53] individuos independientemente de cualquier contenido relevante en lo penal, únicamente a fines de evitar un peligro para la seguridad del Estado. Pero el origen de la Schutzhaft está en la ley prusiana del 4 de junio de 1851 sobre el estado de sitio, que se estableció en 1871 en toda Alemania (con excepción de Baviera), y todavía antes en la ley prusiana sobre la “protección de la libertad personal” (Schutz derpersonlichen Freiheit) del 12 de febrero de 1850, que encontraron una muy considerable aplicación en ocasión de la Primera Guerra Mundial. Este nexo constitutivo entre estado de excepción y campo de concentración no podría ser sobrevalorado por una correcta comprensión de la naturaleza del campo. La “protección” de la libertad que está en cuestión en la Schutzhaft es, irónicamente, protección contra la suspensión de la ley que caracteriza a la emergencia. La novedad es que esta institución se desprende del estado de excepción sobre el cual se fundaba y se la deja devenir en la situación normal. El campo es el espacio que se abre cuando el estado de excepción comienza a devenir la regla. En ese momento, el estado de excepción, que era esencialmente una suspensión temporal del ordenamiento, adquiere un orden especial permanente que, como tal, permanece, sin embargo, constantemente fuera del ordenamiento normal. Cuando en marzo de 1933, en coincidencia con la celebración de las elecciones que llevaron a Adolf Hitler al lugar de canciller del Reich, Heinrich Himmler decide crear en Dachau un “campo de concentración para prisioneros políticos”, eso fue inmediatamente confiado a las SS y, a través de la Schutzhaft, puesto fuera de las reglas del derecho penal y del derecho carcelario, con los que ni entonces ni después tendría jamás nada que ver. Dachau, como los otros campos que se le sumaron enseguida (Sachsenhausen, Buchenwald, Lichtenberg), permaneció virtualmente siempre en funciones: lo que variaba era la consistencia de su población (que, en ciertos períodos, en particular entre 1935 y 1937, antes de que comenzara la deportación de los judíos, se reducía a 7.500 personas). Pero el campo como tal había devenido en Alemania una realidad permanente.

Es común la referencia al estatuto paradojal del campo en cuanto espacio de excepción: se trata de una parcela de territorio a la que se coloca fuera del ordenamiento jurídico normal, pero no por eso es simplemente un espacio externo. Lo que allí dentro está excluido es, según el significado etimológico del término excepción (ex-capere), puesto fuera, incluso a través de su propia exclusión. Pero así, lo que es ante todo capturado en el ordenamiento es el propio estado de excepción. El campo es la estructura en la cual el estado de excepción, sobre cuya posible decisión se funda el poder, viene realizado en forma estable. Hannah Arendt observó alguna vez que en los campos emerge a plena luz el principio que rige el dominio totalitario y que el sentido común se niega obstinadamente a admitir, es decir, el principio según el cual “todo es posible”. Si no se comprende esta particular estructura jurídico-política de los campos, cuya vocación es puntualmente la de realizar en forma estable la excepción, lo increíble que en ellos ha sucedido permanece del todo ininteligible. Quien entraba en el campo se movía en una zona de indistinción entre interior y exterior, excepción y regla, lícito e ilícito en la cual toda protección jurídica se minimizaba. Y si por caso se era judío, ya se había sido privado desde las leyes de Nuremberg de sus derechos de ciudadano; y posteriormente, en el momento de la “solución final”, completamente desnacionalizado. En tanto sus habitantes eran desprovistos de todo estatuto político y reducidos integralmente a una vida desnuda, el campo es también el más absoluto espacio biopolítico que jamás se haya realizado, en el cual el poder no tiene frente a sí sino la más pura vida biológica, sin mediación alguna. Por esto el campo es el paradigma mismo del espacio político, en el punto en que la política deviene biopolítica y el homo sacer se confunde virtualmente con el ciudadano. La pregunta correcta respecto de los horrores cometidos en los campos no es, por lo tanto, aquella que interroga hipócritamente cómo ha sido posible cometer delitos tan atroces sobre seres humanos; más honesto, y sobre todo más útil, sería indagar atentamente a través de qué procedimientos jurídicos y de qué dispositivos políticos los seres humanos han podido ser tan integralmente privados de sus derechos y de sus prerrogativas, al punto de que cualquier acto cometido en relación a ellos no aparecía nunca como un delito (en este punto, de hecho todo había devenido realmente posible).

Si esto es verdad, si la esencia del campo consiste en la materialización del estado de excepción y de la consiguiente creación de un espacio para la vida desnuda como tal, deberemos admitir, entonces, que nos encontramos virtualmente en presencia de un campo cada vez que una estructura así se crea, independientemente de la entidad de los crímenes que allí se cometan, y cualesquiera sean su denominación y su topografía específica. Será un campo tanto el estadio de Bari, donde en 1991 la policía italiana hacinó provisoriamente a los inmigrantes clandestinos albaneses antes de devolverlos a su propio país, como el velódromo de invierno en el que la autoridad de Vichy acogió a los judíos antes de entregárselos a los alemanes; tanto [54] el campo de prófugos en la zona fronteriza con España en el que murió preso en 1939 Antonio Machado como las zonas de espera de los aeropuertos internacionales franceses en las que permanecían retenidos los extranjeros que pedían que se los reconociera con el estatuto de refugiados.

En todos estos casos, un lugar aparentemente anodino (por ejemplo, el Hotel Arcades en Roissy) delimita en realidad un espacio en el cual el ordenamiento normal es de hecho suspendido, y en el cual los extranjeros pueden ser retenidos en la zona de espera antes de la intervención de la autoridad judiciaria. Pero incluso ciertas periferias de las grandes ciudades posindustriales comienzan hoy a asemejarse, en este sentido, a los campos, en donde la vida desnuda y la vida política entran, al menos en determinados momentos, en una zona de absoluta indeterminación.

El nacimiento del campo en nuestro tiempo aparece ahora, desde esta perspectiva, como un acontecimiento que marca de modo decisivo el espacio político mismo de la modernidad. Se produce en el punto en que el sistema político del estado-nación moderno, que se fundaba en el nexo funcional entre una determinada localización (el territorio) y un determinado ordenamiento (el Estado), mediado por reglas automáticas de inscripción de la vida (el nacimiento, o la nación), entra en una crisis duradera, y el Estado decide asumir directamente por cuenta propia la cura de la vida biológica de la nación. Si la estructura del estado-nación es definida por estos tres elementos —territorio, ordenamiento, nacimiento— la ruptura del viejo nomos no se produce en los dos aspectos que lo constituían según Carl Schmitt (la localización, Ortung, y el ordenamiento, Ordnung), sino en el punto que marca la inscripción de la vida desnuda (el [55] nacimiento, que deviene así nación) en su interior. Algo ya no puede funcionar más en los mecanismos tradicionales que regulaban esta inscripción, y el campo es el nuevo regulador oculto de la inscripción de la vida en el ordenamiento o, más aún, el signo de la imposibilidad del sistema de funcionar sin transformarse en una máquina letal.

Es significativo que los campos aparecieran junto a las nuevas leyes sobre la ciudadanía y sobre la desnacionalización de los ciudadanos (no sólo las leyes de Nuremberg sobre la ciudadanía del Reich, sino también las leyes sobre la desnacionalización de los ciudadanos, emanadas de casi todos los estados europeos, incluida Francia, entre 1915 y 1933). El estado de excepción, que era esencialmente una suspensión temporal del ordenamiento, deviene ahora un orden espacial nuevo y estable en el que habita esa vida desnuda que, en medida creciente, ya no puede ser inscripta en el ordenamiento. La brecha cada vez mayor entre el nacimiento (la vida desnuda) y el estado-nación es el hecho nuevo de la política de nuestro tiempo, y aquello que llamamos campo es este desvío. A un ordenamiento sin localización (el estado de excepción, en el que la ley es suspendida) corresponde ahora una localización sin ordenamiento (el campo, como espacio permanente de excepción). El sistema político no ordena más formas de vida y normas jurídicas en un espacio determinado, sino que contiene en su interior una localización dislocante que lo excede, en la cual cada forma de vida y cada norma puede eventualmente ser capturada. El campo como localización dislocante es la matriz oculta de la política en la que todavía vivimos, que debemos aprender a reconocer a través de todas sus metamorfosis en las zonas de espera de nuestros aeropuertos así como en las periferias de nuestra ciudad. Este es el cuarto e inseparable elemento que ha venido a sumarse, despedazándola, a la vieja trinidad de estado-nación (nacimiento)-territorio.

Es en esta perspectiva que debemos observar la reaparición de los campos en una forma, en cierto sentido todavía más extrema, en los territorios de la ex Yugoslavia. Aquello que está sucediendo no es, como algunos observadores interesados se apuran en declarar, una redefinición del viejo sistema político según nuevos órdenes étnicos y territoriales, sino una simple repetición del proceso que ha llevado a la constitución de los estados-nación europeos. Y es además una ruptura insalvable del viejo nomos, y una dislocación de la población y de las vidas humanas según líneas de fuga enteramente nuevas. De aquí la importancia decisiva de los campos de estupro étnico. Si los nazis no han pensado jamás en acometer la “solución final” embarazando a las mujeres judías, esto fue porque el principio de nacimiento, que aseguraba la inscripción de la vida en el ordenamiento del estado-nación, si bien había sido profundamente transformado, continuaba de alguna manera funcionando. Ahora este principio entra en un proceso de dislocación y de deriva en el cual su funcionamiento deviene desde todo punto de vista imposible y en el cual debemos esperar no sólo nuevos campos, sino incluso nuevas y cada vez más delirantes definiciones normativas de la inscripción de la vida en la ciudad. El campo, que ahora ha sido sólidamente instalado en su interior, es el nuevo nomos biopolítico del planeta.

Sobre la cocaína. «Über Coca» [1884] (Sigmund Freud)


Julio de 1884

En su apasionado artículo “Sobre la coca” el primero que escribió sobre este tema, Freud ofrece al lector una enorme cantidad de datos sobre la historia de la utilización de esta planta en Sudamérica, su exportación a Europa, sus efectos sobre los seres humanos y los animales, y sus múltiples usos en terapéutica. Incluye detalladas descripciones de las investigaciones realizadas por muchos autores. Ya en este momento aparecen algunos indicios que apuntan hacia las propiedades anestésicas de la droga y las esperanzas que en este sentido hace concebir, aunque no llegue a hablar de aplicaciones concretas.
El autor está en favor del uso de la coca y en algunos momentos se muestra casi entusiasta en sus alabanzas.
En la posterior addenda a este trabajo, Freud menciona el uso que Koller hizo de la cocaína para anestesiar la córnea en las operaciones oftalmológicas, práctica que desde entonces se hizo famosa.  Anna Freud

La planta de la coca

La Erythroxylon coca, planta que produce la coca, es un arbusto que llega a medir entre un metro veinte y un metro sesenta centímetros, y tiene cierta similitud con el endrino. Se cultiva en anchas zonas de Sudamérica, especialmente en Perú y Bolivia. Los lugares donde crece mejor son los cálidos valles de las laderas orientales de los Andes, entre los mil quinientos y los mis ochocientos metros sobre el nivel del mar, en climas lluviosos exentos de temperaturas extremas. Las hojas, que proporcionan un estimulante indispensable a unos diez millones de personas, tienen forma ovalada, de cinco a seis centímetros de longitud. Están unidas al tronco por tallos, son enteras y están recubiertas de un polvo blanquecino. Se distinguen por la presencia de dos pliegues lineales, más patentes en el envés de la hoja, que corten como si fueran nervios laterales a lo largo del nervio central desde la base hasta la punta, formando un arco plano. El arbusto produce unas flores blancas, en grupos de dos o tres, y sus frutos son rojos y en forma de huevo. Puede ser reproducido tanto por medio de semillas como de esquejes; las plantas jóvenes se trasplantan cuando tienen un año, y al cabo de dieciocho meses dan su primera cosecha de hojas. Se considera que las hojas están maduras cuando llegan a endurecerse tanto que su tallo se rompe con sólo tocarlo.

Al llegar ese momento son puestas rápidamente a secar al sol o con la ayuda del fuego, y colocadas luego en cestos para su transporte. En condiciones favorables un arbusto de coca da cuatro o cinco cosechas cada año, y la planta puede seguir a este ritmo durante treinta y hasta cuarenta años. La gran escala de su producción (se dice que la producción anual es de trece millones y medio de kilogramos) hace que las hojas de coca sean un producto importante tanto para el comercio como para la política fiscal de los países en los que se cultiva.

Historia y aplicaciones de la coca en su país de origen

Cuando los conquistadores españoles se abrieron camino por la fuerza hacia el interior del Perú, vieron que la planta de la coca era cultivada y muy estimada por los habitantes de este país, y también que estaba estrechamente relacionada con las costumbres religiosas locales. Según la leyenda, Manco Capac, el hijo del Sol, descendió en tiempos remotos de las cumbres del lago Titicaca para llevar la luz de su padre a los desgraciados habitantes del país; consigo llevaba también muchas enseñanzas y as¡ explicó a los hombres la vida de los dioses, les enseñó la práctica de artes útiles, y les dio además la hoja de la coca, esa planta divina que sacia al hambriento, hace fuerte al débil, y permite al desgraciado olvidar su tristeza, Era costumbre ofrecer hojas de coca a los dioses, masticarlas durante las ceremonias religiosas, y hasta poner algunas en la boca de los muertos para asegurarles un buen recibimiento en el otro mundo. El Inca Garcilaso, historiador de la conquista española, y descendiente de los incas, dice que al principio la coca no abundaba y que solamente podían utilizarla los miembros de las principales familias; sin embargo, en la época de la conquista hacía ya tiempo que todo el mundo podía obtenerla. Garcilaso trató de defender la coca contra la prohibición de su consumo impuesta por los conquistadores. Los españoles no creían en los efectos maravillosos que producía la planta -que para ellos eran obra del diablo- debido principalmente a la función de la coca en el ceremonial religioso. Un sínodo celebrado en Lima llegó al extremo de prohibir el consumo de la coca porque, en su opinión, era algo pagano y pecaminoso. Pero la actitud de los extranjeros cambió cuando observaron que los indios no eran capaces de llevar a cabo las penosas tareas que se les imponían en las minas si no se les daba su ración de coca. Entonces decidieron modificar parcialmente su anterior decisión: se distribuyó nuevamente coca a los mineros, tres o cuatro veces al día, concediéndoles cortos períodos de descanso en el trabajo para que mascaran las hojas. De esta manera la planta ha podido conservar su prestigio entre los nativos hasta la actualidad. Quedan todavía algunas huellas de la veneración religiosa que el pueblo indio sentía por la coca.

El indio lleva siempre consigo una bolsita con hojas de coca (una chuspa) cuando viaja, y también una botella con cenizas de la planta (llicta). En la boca hace una bola con las hojas y después atraviesa varias veces la bola con un clavo empapado en la ceniza. Después masca las hojas lenta y sistemáticamente, con abundante secreción de saliva. Se dice que en otras zonas se añade a las hojas un poco de tierra, tonra, que en este caso sustituye a la ceniza de la planta. No se considera exagerado masticar de tres a cuatro onzas de hojas cada día. Según Mantegazza, el indio empieza a utilizar este estimulante en su primera juventud, y sigue haciéndolo a lo largo de toda su vida. Cuando tiene que realizar un viaje difícil, cuando toma a una mujer, o, en general, siempre que sus fuerzas tienen que hacer frente a una prueba que exige un rendimiento mayor de lo normal, el indio aumenta su dosis ordinaria.

(No se ha comprobado con seguridad cuál es la finalidad de la operación de mezclar los álcalis de la ceniza. Mantegazza afirma haber mascado hojas de coca con y sin mezcla de ceniza y que no notó ninguna diferencia. Según Martius y Demarle, la cocaína es liberada de su combinación con ácido tánico mediante la acción de los álcalis. Una llicta que fue analizada por Bibra estaba formada por un 29 % de carbonato de cal y magnesio, un 34 % de sales potásicas, un 3 % de tierra arcillosa y hierro, un 17 % de elementos insolubles de tierra arcillosa, tierra silícea y hierro, un 5 % de carbono y un 10 % de agua.)

Hay muchas pruebas que demuestran que los indios, cuando se encuentran bajo la influencia de la coca, pueden resistir extraordinarias pruebas físicas y realizar trabajos muy duros sin necesidad de tomar una alimentación adecuada durante ese tiempo. Valdez y Palacios afirma que gracias a la coca los indios son capaces de caminar cientos de horas seguidas y correr más que un caballo sin mostrar signos de fatiga. CasteInau, Martius, y Scrivener han confirmado este dato, y Humboldt habla también de ello en el relato de su viaje por las regiones ecuatoriales, donde afirma que éste era un hecho conocido generalmente por todo el mundo. Se cita frecuentemente el informe de Tschudi que habla de un cholo (mestizo) al que pudo observar de cerca. El hombre en cuestión realizó un duro trabajo de excavación durante cinco días y cinco noches sin dormir más que dos horas cada noche, y sin consumir nada que no fuera coca. Una vez terminado el trabajo acompañó a Tschudi en una excursión en mula de dos días. El mestizo hizo el recorrido a pie. Terminada su hazaña dijo que estaba dispuesto a hacerlo todo otra vez, sin comer, si le daban suficiente coca. Era un hombre de sesenta y dos años de edad y no había estado nunca enfermo.

En el Journey ol the Frigate «Novara» [Viaje de la fragata Novara] se relatan casos similares de aumento de la potencia física debidos al consumo de la coca. Weddell, von Meyen, Markham, e incluso Poeppig (a quien tenemos que agradecer multitud de informes difamatorios contra la coca) no pueden siro confirmar que esta droga produce los citados efectos. Desde que se conoció la utilización de la hoja de la coca, siempre ha producido asombro en todo el mundo.

Otras informaciones dan gran importancia a la capacidad de los «coqueros» (masticadores de coca) de abstenerse de tomar alimentos durante largos períodos de tiempo sin padecer ningún tipo de consecuencias negativas. Según Unanué, cuando en la ciudad de La Paz no podían conseguirse alimentos el año 1781, sólo sobrevivieron aquellos que tomaron coca. Según Stewenson los habitantes de muchas zonas de Perú ayunan durante uno o varios días sin dejar de trabajar, gracias al uso de la coca.

Ante todas estas informaciones y teniendo en cuenta el papel desempeñado por la coca en Sudamérica durante siglos, hay que rechazar la opinión expresada por algunos que afirman que el efecto de la coca es solamente imaginario y que, gracias a la práctica, los nativos sudamericanos son capaces de realizar las hazañas que se les atribuyen, sin necesidad de la coca. Podría esperarse que llegaran informaciones diciendo que los coqueros compensan su ayuno comiendo más en los intervalos entre los períodos durante los cuales se abstienen de comer, o que debido a su forma de vida entran en una rápida decadencia. Las informaciones dadas por los viajeros por lo que se refiere a la primera posibilidad no permiten extraer conclusiones; en cuanto a la segunda, testigos dignos de crédito han negado que sea cierta. Desde luego, Poeppig pintó una terrible imagen de la decadencia física e intelectual que según él es consecuencia inevitable de la utilización habitual de la coca. Pero todos los demás observadores afirman que el consumo moderado de coca fomenta la salud en lugar de limitarla, y que los coqueros alcanzan larga vida. Weddell y Mantegazza señalan, sin embargo, que una utilización exagerada de la coca produce una caquexia que se caracteriza físicamente por causar problemas digestivos, y una gran delgadez, mientras que mentalmente lleva a la depravación moral y a una total apatía frente a todo lo que no sea el disfrute del estimulante. También los blancos sucumben a veces y caen en este estado, muy similar al de los síntomas del alcoholismo crónico y de la morfinomanía. De todas formas, normalmente la coca no se toma en cantidades exageradas y nunca se utiliza para compensar una posible desproporción entre los alimentos tomados y el trabajo realizado por los coqueros.

Las hojas de coca en Europa: la cocaína

Según Dowdswell, la primera persona que recomendó la coca fue el doctor Monardes (Sevilla, 15ó9), cuyo texto apareció en traducción inglesa en 1596. Al igual que los Informes redactados posteriormente por el jesuita P. Antonio Julián, y el doctor Pedro Crespo, ambos desde Lima, el artículo de Monardes alaba los maravillosos efectos de la planta en la lucha contra el hambre y la fatiga. Estos dos autores confiaban en los beneficios que se obtendrían si se introducía la coca en Europa. La planta fue traída por fin a este continente en 1749; hizo su descripción A. L. de Jussieu, que la clasificó dentro del género Erythroxy1on. En 178ó apareció en la Encyc1opédie Méthodique Botanique de Lamarck con el nombre de Erythroxy1on coca. Las informaciones de viajeros como Tschudi y Markham, entre otros, demostraron que los efectos de la planta no se confiaban únicamente a la raza india.

Tras vivir algunos años en las regiones andinas, Paolo Mantegazza publicó en 1859 sus descubrimientos sobre los efectos fisiológicos y terapéuticos de las hojas de coca en todo el mundo. Mantegazza es un gran defensor de la coca e ilustra la versatilidad de sus utilizaciones terapéuticas presentando informes de varios casos de aplicación. Su artículo despertó mucho interés pero poca confianza. Sin embargo, he comprobado la corrección de tantas observaciones del artículo de Mantegazza, que me siento inclinado a aceptar todo cuanto dice incluso en los casos que no he tenido oportunidad personal de confirmar.

El doctor Scherzer, miembro de la expedición de la fragata austríaca Novara, a su regreso a Viena en 1859 trajo unas hojas de coca y envió algunas al profesor Wöh1er para que las examinara. Fue Niemann, un alumno de este profesor, quien aisló el alcaloide cocaína a partir de las hojas. A su muerte, Lossen, también alumno de Wöhler, continuó la investigación de las sustancias contenidas en las hojas de coca.

La cocaína de Niemann cristaliza en prismas grandes incoloros de cuatro a seis lados, de tipo monoclínico. Tiene un sabor algo amargo y produce un efecto anestésico de las membranas mucosas. Se funde a 98º C, es difícil de disolver en agua, pero en cambio se disuelve fácilmente en alcohol, éter y ácidos diluidos. Combinada con el cloruro de platino y el cloruro de oro forma sales dobles. Al calentarla con ácido hidroclorídrico, su estructura se rompe y da lugar a ácido benzoico, alcohol metílico y una base poco estudiada llamada ecgonina. La fórmula de la cocaína establecida por Lossen es: C17 H24 N04. Debido a su alto grado de solubilidad en agua, las sales que forma con el ácido hidroclorídrico y el ácido acético son especialmente adecuadas para sus utilizaciones terapéuticas.

Además de la cocaína, las hojas de coca contienen: ácido cocatánico, una cera especial, y una base volátil de olor parecido al de la trimetilamina, y que Lossen aisló en forma de un aceite viscoso de color amarillo claro. Según las informaciones de los químicos, las hojas de coca contienen algunas otras sustancias que todavía no han sido descubiertas.

Desde que se tuvo conocimiento de la cocaína, numerosos observadores han estudiado los efectos que tiene la coca en animales y en hombres sanos y enfermos; a veces han utilizado un preparado llamado cocaína, y otras veces las mismas hojas de coca, en forma de infusión o a la manera de los indios. En Austria, Schroff padre llevó a cabo los primeros experimentos con animales en 18ó2; también han publicado informaciones sobre la coca Rankl (18ó0), Fronmüller (18ó3), y Neudórfer (1870). En cuanto a los trabajos realizados en Alemania, merecen mencionarse las recomendaciones terapéuticas de Clemens (18ó7), los experimentos con animales de von Anrep (1880) y los experimentos realizados por Aschenbrandt con soldados agotados (1883).

En Inglaterra, A. Bennett llevó a cabo los primeros experimentos con animales en 1874; en 187ó los informes del presidente de la Asociación Británica de Médicos, Sir Robert Christison, crearon un gran revuelo; y cuando un médico envió una carta al Brítish Medical Journal diciendo que un tal señor Weston (que había asombrado a los círculos científicos de Londres por sus notables hazañas andariegas) masticaba hojas de coca, esta planta se convirtió durante algún tiempo en tema de interés general. Ese mismo año (187ó) Dowdeswell publicó los resultados de un experimento totalmente ineficaz llevado a cabo en el laboratorio del University College, y parece que después ya no ha habido en Inglaterra nadie que estuviera dispuesto a continuar investigando.

De los textos franceses sobre el tema hay que mencionar los siguentes: Rossier (18ó1), Demarle (18ó2), la monografía de Gosse sobre la Erythroxylon coca (18ó2), Reiss (18óó), el Etude sur la coca du Pérou, de Lippinann (18ó8), Moreno y Maíz (18ó8), que dio algunos datos nuevos sobre la cocaína, Gazcau (1870), Collins (1877), y Marvaud, cuyo libro Les aliments d’épargne (1874) es el único que he tenido a mi disposición.

En Rusia Nikolsky, Danini (1873), y Tarjanov (1872) se centraron sobre todo en el estudio de los efectos que la cocaína produce en los animales. En los últimos años han aparecido en los Estados Unidos muchos informes, todos ellos publicados en la Detroit Therapeutic Gazette. En su mayoría hablan del éxito obtenido en la aplicación de preparados de cocaína para usos terapéuticos.

Las primeras investigaciones mencionadas aquí condujeron a una gran desilusión y a la creencia de que los efectos que tanto entusiasmo habían despertado en los informadores que hablaban desde Sudamérica no podían producirse en Europa. Las investigaciones realizadas por Schroff, Fronmüller y Dowdeswell tuvieron efectos negativos o insignificantes. Los fracasos se debieron a varios motivos. No cabe duda de que la calidad de los preparados fue en gran parte responsable de ello. En cierto número de casos los propios investigadores expresan sus dudas sobre la calidad de sus preparados; y cuando creen en las informaciones dadas por viajeros piensan que los efectos de la coca deben ser causados por algún elemento volátil contenido. Para ello se basan en las informaciones de Poeppig y otros, que afirman que en América misma se consideran inútiles las hojas almacenadas durante mucho tiempo. Los experimentos llevados a cabo recientemente con la cocaína preparada por Merk [sic] en Darinstadt justifican la afirmación según la cual la cocaína es el auténtico agente de los efectos de las hojas de coca. Y estos efectos pueden producirse tanto en Sudamérica como en Europa, y ser muy beneficiosos.

El efecto de la cocaína en los animales

Sabemos que los animales de las diversas especies -y hasta diferentes individuos dentro de una misma especie- varían notablemente en las características químicas que determinan la receptividad del organismo a las sustancias extrañas. Por esta razón no debemos presuponer que el efecto de la coca vaya a ser en los animales igual al que se dice que produce en el hombre. Nos bastará por el contrario llegar a comprender la forma de actuación de la cocaína en los hombres y los animales desde un punto de vista unificado.

Debemos a von Arirep los más exhaustivos experimentos en torno a los efectos producidos por la coca en los animales. Antes de él también realizaron experimentos de este tipo Schroff padre, Moreno y Maíz, Tarjanov, Nikolsky, Danini, A. Bennett, y 0tt. La mayoría de estos investigadores administraron el alcaloide oral o subcutáneamente.

El resultado más general de todos estos experimentos es que, en pequeñas dosis, la coca tiene efectos estimulantes, mientras que en grandes dosis produce un efecto paralizante; esta acción se da en ambos casos sobre el sistema nervioso. En los animales de sangre fría es especialmente notable el efecto de parálisis; en cambio, en los animales de sangre caliente son más notables los efectos estimulantes.

Según Schroff, la cocaína produce en las ranas un estado soporífero acompañado por la parálisis de los músculos voluntarios. Moreno y Maíz, Danini, NikoIsy y Ott han llegado prácticamente al mismo descubrimiento. Moreno y Maíz dice que la parálisis general que producen las dosis moderadas es precedida por el tétanos; en las mismas condiciones Nikolsky describe una fase de excitación del sistema muscular, mientras que Danini afirma no haber observado nunca esos espasmos.

Del mismo modo, von Atirep informa del efecto paralizador de la cocaína en las ranas tras un corto período de excitación. Al principio quedan afectadas las terminaciones nerviosas sensoriales y después todo el nervio sensorial; la respiración empieza acelerándose y después se paraliza; y el funcionamiento del corazón se va haciendo progresivamente más lento hasta que se produce un fallo de la diástole. Bastan dosis de dos miligramos para que se produzcan síntomas de envenenamiento.

Según las informaciones dadas por Schroff de sus experimentos con conejos (llenas de contradicciones de detalle), la coca produce en estos animales espasmos múltiples, aumento de los ritmos respiratorio y del pulso, dilatación de las pupilas, y muerte convulsiva. La eficacia del envenenamiento depende en cierto grado de la forma de aplicación. Según Danini, el envenenamiento de los animales de sangre caliente produce al principio agitación, manifestada en saltos y carreras constantes, y después una paralización de las funciones musculares. En la última fase aparecen unos calambres espasmódicos. Tarjanov descubrió un aumento de la secreción mucosa en perros a los que se había suministrado una dosis de coca, y también la aparición de azúcar en la orina.

En los experimentos de von Anrep los efectos de la cocaína en animales de sangre caliente, incluso administrando grandes dosis, se manifiestan primero en forma de una fuerte agitación psíquica y excitación de los centros cerebrales que controlan el movimiento voluntario. Después de administrar dosis de 0.01 gramos de cocaína por kilogramo de peso, los perros muestran evidentes signos de excitación alegre y una compulsión maníaca a moverse. A partir del carácter de estos movimientos, von Anrep encuentra pruebas de que todos los centros nerviosos quedan afectados por el estímulo, e interpreta los movimientos de vaivén de la cabeza que percibió como irritación procedente de los canales semicirculares. Las otras manifestaciones de la intoxicación por cocaína son la aceleración de la respiración, un gran aumento del ritmo del pulso debido a una parálisis previa del vago, dilatación de las pupilas, aceleración de los movimientos intestinales, aumento de la presión sanguínea y disminución de las secreciones. Incluso después de la administración de dosis suficientemente grandes como para producir convulsiones muy notables, síntomas de parálisis y muerte debida a lo. paralización del centro respiratorio, la sustancia del músculo estriado permanece intacta. Von Anrep no establece cuál es la dosis letal para los perros. Para los conejos es de 0.10 gramos, y para los gatos de 0.02 gramos por kilogramo de peso.

Cuando la médula espinal es separada de la oblongata, la cocaína no produce calambres ni aumentos de la presión sanguínea (Danini); cuando la parte dorsal de la médula espinal es cortada, los espasmos producidos por la cocaína ocurren en las extremidades anteriores, pero no en las posteriores (von Anrep). Danini y von Anrep suponen, en consecuencia, que la cocaína afecta primordialmente la zona vital de la médula oblongata.

Debería añadir aquí que solamente Schroff padre habla de la cocaína como narcótico y la clasifica junto al opio y el cannabis. Casi todos los demás la colocan junto a la cafeína, etc.

El efecto de la cocaína en un cuerpo humano sano

He llevado a cabo experimentos y he estudiado, en mí mismo y en otros, los efectos de la coca en un cuerpo humano sano. Los resultados que he obtenido concuerdan básicamente con la descripción que hace Mantegazza de los efectos de las hojas de coca.

La primera vez tomé 0.05 gramos de cloruro de cocaína en una solución acuosa al 1 %. En esa ocasión, y debido a la fatiga, me encontraba algo abatido. La solución que he indicado es bastante viscosa, algo opalescente, y tiene un extraño olor aromático. Al principio su sabor es amargo, que luego se transforma en unos sabores agradables muy aromáticos. La sal de cocaína seca tiene el mismo sabor y olor, pero en un grado mayor de concentración.

Al cabo de pocos minutos de haber tomado cocaína se siente bruscamente una sensación de optimismo y ligereza. Se nota como si los labios y el paladar estuvieran recubiertos de pelos, y después se tiene sensación de calor en esas mismas zonas. Si se bebe agua fría en ese momento, se nota como si estuviera caliente en los labios y fría en la garganta. En otras ocasiones la sensación predominante es un frescor muy agradable en la boca y la garganta.

Durante esta primera prueba sentí durante un corto período efectos tóxicos, que no se repitieron en posteriores experimentos. La respiración se hizo más lenta y profunda, y me sentí cansado y soñoliento. Bostezaba frecuentemente y me sentía algo embotado. La acción propia de la cocaína empezó al cabo de unos minutos. La típica euforia se vio precedida por unos repetidos eructos refrescantes. Inmediatamente después de tomar cocaína noté una ligera desaceleración del pulso y después una moderada aceleración.

He observado estos mismos signos físicos de la cocaína en otras personas que, en su mayoría, eran de mi misma edad. El síntoma que aparece más comúnmente es el de los eructos repetidos. A menudo van acompañados por unos ruidos sordos que se originan en las partes superiores de los intestinos. Dos de las personas a las que observé, y que declararon ser capaces de reconocer los movimientos de su estómago, declararon sin asomo de duda que habían detectado claramente esos movimientos. A menudo, cuando empezaba el efecto de la cocaína, los sujetos decían experimentar una intensa sensación de calor en la cabeza. Yo lo noté personalmente en mí mismo en posteriores experimentos, pero en ocasiones el fenómeno no se presentaba. Solamente en dos casos produjo la cocaína sensación de mareo. En conjunto, los efectos tóxicos de la coca son de corta duración, y mucho menos intensos que los producidos por dosis eficaces de quinina o salicilato de soda. Estos efectos parecen debilitarse más aún con el uso repetido de la cocaína.

Mantegazza enumera los siguientes efectos ocasionales de la coca -critemas temporales, aumento de la cantidad de orina, sequedad de las membranas mucosas conjuntiva y nasal. El efecto de la sequedad de boca y garganta es corriente y dura varias horas. Algunos observadores (Marvaud y Collan) hablan de un ligero efecto catártico. La orina y las heces adquieren, según algunos informadores, el olor de la coca. Hay, según los casos, muy variadas informaciones respecto a la forma en que afecta el ritmo del pulso. Según Mantegazza, la coca produce rápidamente un ,considerable aumento del ritmo del pulso, que se acelera incluso .más al aumentar la dosis; Collín también notó una aceleración del pulso después de tomar cocaína, mientras que Rossier Demarle y Marvaud experimentaron, tras la aceleración del principio, una desaceleración más prolongada del pulso después del primer efecto de aceleración. Christison notó en sí mismo, tras administrarse una dosis de coca, que el agotamiento físico producía un aumento del ritmo del pulso, menor que si no hacía movimientos fuertes. Reiss afirma que no aparece ningún efecto en el pulso. A mí no me parece difícil de explicar este desacuerdo; en parte se debe a la variedad de los preparados utilizados (infusión de las hojas en agua caliente, solución de cocaína en frío, etc.), y su forma de aplicación, y en parte a las variaciones de reacción según los individuos. Este último factor, como ya informó Mantegazza, es en general muy importante cuando se trata de la coca. Se dice que algunas personas no toleran la coca; por otro lado, he encontrado muchas personas a las que no afectaban dosis de 5 cg, cantidad que para mí y también para otros era una dosis eficaz.

El efecto psíquico del cloruro de cocaína en dosis de 0.05 a 0.10 gramos consiste en optimismo y una duradera euforia, que no muestra diferencia alguna con la euforia normal de una persona sana. No aparece la sensación de excitacion que acompaña los estímulos producidos por el alcohol. También produce la característica necesidad de emprender inmediatamente alguna actividad, típica del alcohol. Se nota un aumento del control de uno mismo y también que uno tiene gran vigor y es capaz de trabajar; por otro lado, si uno se pone a trabajar echa de menos ese aumento de la fuerza mental que el alcohol, el té o el café producen. Uno se encuentra sencillamente normal, y pronto le resulta difícil creer que se encuentra bajo los efectos de una droga.

Esto hace pensar que el estado de humor inducido por la coca en tales dosificaciones no se debe tanto al estímulo directo como a la desaparición de los elementos que causan la depresión. Se podría suponer, quizás, que la euforia que resulta de la buena salud no es más que algo normal en una corteza cerebral bien alimentada que «no es consciente» de los órganos del cuerpo al que pertenece.

Durante esta fase de los efectos de la cocaína, que no se distingue por nada más, aparecen los síntomas que han sido generalmente descritos como el maravilloso poder estimulante de la coca. Es entonces cuando es posible realizar prolongados trabajos intensos, tanto mentales como físicos, sin sentir fatiga. Es como si la necesidad de comer y dormir, que sin la coca se hacen sentir de forma perentoria en determinados momentos del día, quedara completamente eliminada. Mientras duran los efectos de la cocaína, si uno lo desea puede comer copiosamente y sin asco; pero se tiene la clara sensación de que la comida es innecesaria. Del mismo modo, cuando el efecto de la coca empieza a decaer, nada le impide a uno dormirse, pero también resulta posible suprimir el sueño sin que se produzcan consecuencias desagradables. Durante las primeras horas del efecto de la coca no se puede dormir, pero el hecho no resulta molesto en modo alguno.

He comprobado en mí mismo unas doce veces este efecto de la coca, que suprime el hambre, el sueño y la fatiga, y permite acentuar el esfuerzo intelectual; no he tenido oportunidad de realizar trabajos físicos.

Un colega muy ocupado me dio la oportunidad de observar un asombroso ejemplo de la forma en que la cocaína suprime la fatiga más extrema y también una sensación plenamente justificada de hambre; este colega, que no había comido desde primera hora de la mañana y que había trabajado en exceso, se tomó 0.05 gramos de cloruro de cocaína a las seis de la tarde. Al cabo de unos minutos declaró que se sentía como si hubiera tomado una comida abundante, que no deseaba cenar, y que se sentía lo suficientemente fuerte como para emprender una larga caminata.

Este efecto estimulante de la coca ha sido confirmado más allá de toda duda por una serie de informes dignos de crédito, de los que algunos son muy recientes.

Para realizar un experimento, Sir Robert Christison -que tiene setenta y ocho años- se cansó hasta llegar al agotamiento caminando veintidós kilómetros, sin comer. Al cabo de algunos días repitió el ejercicio con el mismo resultado. Durante el tercer experimento se administró 3.4 gramos de hojas de coca y pudo realizar el esfuerzo sin el agotamiento experimentado en anteriores ocasiones. Cuando llego a casa, y a pesar de haber estado nueve horas sin beber ni comer, no sintió hambre ni sed, y al despertarse a la mañana siguiente no sintió cansancio. En otra ocasión ascendió una montaña de novecientos metros de altura y llegó completamente agotado a la cumbre. Después realizó el descenso bajo la influencia de la coca, que le permitió hacerlo lleno de vigor juvenil y sin sensación de fatiga.

Clemens y J. Collan han tenido experiencias similares, y este último lo hizo después de caminar durante varias horas por la nieve; Masson dice que la coca es excelente «para una larga caminata»; Ascheribrandt informó recientemente que unos soldados de Baviera, agotados a consecuencia del esfuerzo y enfermedades debilitadoras, tras ingerir coca fueron sin embargo capaces de participar en las maniobras y marchas del ejército. Moreno y Maíz fue capaz de permanecer despierto noches enteras gracias a la coca; Mantegazza pudo permanecer cuarenta horas sin tomar alimentos. No nos equivocamos, por lo tanto, al afirmar que el efecto de la coca en los europeos es el mismo que el de las hojas de coca en los indios de Sudamérica.

El efecto de una dosis moderada de coca desaparece de forma tan gradual que, en circunstancias normales, es difícil definir su duración. Si después de tomar coca se trabaja con intensidad, al cabo de tres a cinco horas decae la sensación de bienestar y es necesario tomar otra dosis de coca para que no se produzca la fatiga. El efecto de la coca parece durar más tiempo si no se llevan a cabo grandes esfuerzos musculares. Todas las opiniones parecen unánimes al afirmar que la euforia inducida por la coca no va seguida por ninguna sensación de laxitud u otros estados depresivos. Creo que después de tomar dosis moderadas (de 0.05 a 0.10 gramos), parte del efecto de la coca dura más de veinticuatro horas. Puedo afirmar que, al menos en mi caso, incluso el día después de haber tomado coca mi estado es mejor de lo normal. Para explicar la posibilidad de un aumento duradero de la fuerza, que a menudo se ha dicho que es uno de los efectos de la coca, creo que basta con hacer referencia al conjunto de los efectos que produce.

A la luz de los informes que mencionaré posteriormente, parece probable que si la coca se usa durante largos períodos, pero en cantidades moderadas, no tiene efectos nocivos para el cuerpo. Ven Anrep trató a animales durante treinta días con dosis moderadas de cocaína y no detectó efectos negativos en sus funciones corporales. Me parece digno de destacar -y esto lo descubrí en mí mismo y en otros observadores capaces de juzgar tales aspectos- que ni una primera dosis ni una serie repetida de dosis de coca producen un deseo incontenible de volver a utilizar el estimulante; por el contrario, lo que se siente es cierta aversión inmotivada contra la sustancia. Esta circunstancia quizás sea en parte responsable del hecho de que la coca no sea utilizada ya desde hace tiempo en Europa como estimulante, a pesar de las efusivas recomendaciones que se han hecho en este sentido.

Mantegazza experimentó en sí mismo el efecto de dosis elevadas de coca, que le produjeron un estado de felicidad notablemente mayor que la que sentía antes de tomar coca, acompañado de un deseo de inmovilidad completa que, sin embargo, se veía interrumpido ocasionalmente por un violentísimo deseo de moverse. La analogía de estos resultados con los obtenidos por von Anrep en animales es inconfundible. Al aumentar aún más la dosis, Mantegazza se sumió en un sopore beato; el ritmo de sus pulsaciones se aceleró muchísimo y le subió algo la temperatura del cuerpo; comprobó que no podía hablar y que su caligrafía era poco firme; mas adelante experimentó espléndidas y vivas alucinaciones que al principio, aunque por poco tiempo, le causaron miedo, pero que a partir de entonces fueron alegres. Tampoco esta intoxicación por la coca le produjo ningún tipo de depresión, ni dejo en él ninguna señal. de haber pasado por un período de intoxicación. Moreno y Maíz también experimentó un deseo igualmente fuerte de moverse después de tomar dosis bastante elevadas de coca. Incluso después de administrarse treinta gramos de hojas de coca, Mantegazza no experimentó ninguna limitación de la conciencia. Un farmacéutico que trató de envenenarse tomando un gramo y medio de cocaína se sintió mareado y mostró síntomas de gastroenteritis, pero mantuvo incólume su conciencia.

Utilización terapéutica de la coca

Era inevitable que una planta que en su país de origen había alcanzado tal reputación por sus maravillosos efectos, fuera utilizada para el tratamiento de los más diversos desórdenes y enfermedades del cuerpo humano. Los primeros europeos que conocieron este tesoro de la población india recomendaron sin reservas la coca. Basándose en una amplia experiencia de médico, Mantegazza hizo posteriormente una lista de las propiedades terapéuticas de la coca, que fueron confirmadas una por una por otros doctores. En esta sección de mi ensayo he tratado de reunir en varios grupos las diversas recomendaciones que se han hecho sobre el uso de la coca y, al hacerlo, he intentado establecer una distinción entre las recomendaciones basadas en el tratamiento de enfermedades que han llegado a ser curadas y las que se basan en los efectos psicológicos producidos por el estimulante. En general, estos últimos son mas numerosos que los primeros. Actualmente parecen existir esperanzas de que la coca sea reconocida y ampliamente aceptada en los Estados Unidos, mientras que en Europa los médicos apenas si la conocen de nombre. El fracaso que ha tenido la coca en Europa, algo que en mi opinión es inmerecido, puede atribuirse quizás a la aparición de informes que han hablado de las consecuencias desfavorables de su utilización y que se publicaron muy poco después de la introducción de la coca en Europa. También es posible que sea debido a la dudosa calidad de los preparados, su relativa escasez y el elevado precio que, debido a estos últimos, ha tenido. Algunas de las pruebas que hablan en favor de la utilización de la coca han sido confirmadas más allá de toda posible duda, y otras merecen corno mínimo ser objeto de una investigación sin prejuicios. La cocaína de Merk [sic] y sus sales son preparados que tienen todos los efectos, o al menos los más esenciales, de las hojas de coca.

a) La coca como estimulante.

La principal utilización de la coca será seguramente la misma que ha tenido durante siglos entre los indios. En este sentido resulta valiosa en todos los casos en los que el objetivo primordial sea aumentar la capacidad física del cuerpo durante un período corto de tiempo o mantener grandes reservas de fuerzas para futuras exigencias, especialmente cuando las circunstancias exteriores excluyen la posibilidad de obtener el descanso y el alimento normalmente necesarios para realizar grandes esfuerzos. Este tipo de situaciones aparecen en tiempo de guerra, durante los viajes, en la escalada de montañas y en expediciones de otro tipo, etc. Se trata en muchos casos de ocasiones en las que se ha reconocido generalmente que los estimulantes alcohólicos resultan útiles. La coca es un estimulante mucho más fuerte y menos dañino que el alcohol, y su uso generalizado sólo se ve impedido actualmente por su elevado precio. Teniendo en cuenta el efecto producido por la coca en los indios de Sudamérica, un médico llamado Pedro Crespo (Lima, 1793) la recomendó ya en esa fecha tan temprana para que fuera utilizada en las naves europeas; Neudórfer (1870), Clemens (18ó7) y el médico militar mayor E. Charles recomendaron que además fuera utilizada por los ejércitos europeos. Las experiencias de Aschenbrandt deberían servir para que los dirigentes de los ejércitos tuvieran en cuenta la coca. Si se da la cocaína para producir efectos de estímulo, lo mejor es que se administre en dosis pequeñas pero eficaces (de 0.05 a 0.10 gramos) y que se repita la dosis tan a menudo que los efectos se superpongan. Aparentemente no es posible almacenar la cocaína en el cuerpo. Ya he subrayado que cuando terminan los efectos de la coca no se producen efectos de tipo depresivo.

En este momento todavía no es posible estimar hasta que Punto la coca puede aumentar los poderes mentales del hombre. Tengo la impresión de que una utilización de la coca durante largo tiempo puede llevar a una mejoría duradera sí las inhibiciones que se manifiestan antes de tomarla se deben simplemente a causas físicas o al agotamiento. Sin duda alguna, el efecto instantáneo de una dosis de coca no puede compararse al producido por una inyección de morfina; pero, como contrapartida, la coca no supone el grave riesgo para el cuerpo que implica la utilización continuada de la morfina.

Muchos médicos han pensado que la coca puede llegar a ocupar un puesto importante entre la serie de fármacos que administran los psiquiatras. Es bien sabido que éstos tienen una amplia gama de productos que les permiten ayudar a sus pacientes a reducir la excitación de los centros nerviosos, pero que no tienen ninguno que sirva para aumentar un funcionamiento menguado de esos centros. La coca ha sido por esta razón recetada para los más variados tipos de debilidad psíquica: histeria, hipocondría, inhibición melancólica, estupor y enfermedades similares. Se han comunicado algunos éxitos: por ejemplo, el jesuita Antonio Julián (Lima, 1787) habla de un culto misionero que fue liberado por la coca de una grave hipocondría; Mantegazza dice en alabanza de la coca que resultaba casi universalmente eficaz para mejorar los desórdenes funcionales que actualmente agruparnos bajo el nombre de neurastenia; Fliessburg habla de los excelentes resultados obtenidos con el uso de la coca en casos de «postración nerviosa»; y según Caldwell es el mejor tonificante para la histeria.

E. Morselli y G. Buccola llevaron a cabo experimentos en que durante varios meses administraron sistemáticamente a melancólicos. Les dieron un preparado de cocaína de acuerdo con la receta de Trommsdorf, en forma de inyecciones subcutáneas en las que la cantidad de cocaína variaba entre los 0.0025 y los 0.10 gramos por dosis. Después de uno o dos meses comprobaron que se había producido una ligera mejoría en el estado de sus pacientes: estaban más contentos, tomaban alimentos y disfrutaban de una digestión normal.

En general, la eficacia de la coca en casos de debilidad nerviosa y psíquica tiene que ser todavía investigada más a fondo. Cuando se haga, seguramente se llegará a conclusiones parcialmente favorables. Según Mantegazza la coca no es útil, y a veces resulta incluso peligrosa, en casos de cambio orgánico e inflamación del sistema nervioso.

b) La administración de coca en los trastornos digestivos del estómago.

Esta es la utilización más antigua y con base más firme de esta sustancia, y al mismo tiempo la que mejor comprendemos. Según las afirmaciones unánimes de todas las autoridades, tanto las más antiguas como las más recientes (Julian, Martius, Unanué, Mantegazza, Binge1, Scrivener, Frank1 y otros) la coca resuelve todo tipo de problemas de dispepsia y los trastornos y debilidad que la acompañan, y logra una curación permanente cuando es utilizada durante un tiempo suficientemente prolongado. Yo mismo he realizado algunas observaciones en este campo.

Al igual que Mantegazza y Frankl, he experimentado personalmente cómo los dolorosos síntomas que siguen a las comidas exageradas -a saber, una sensación de presión y plenitud en el estómago, incomodidad y poca tendencia a trabajar- desaparecen con eructos después de tomar una pequeña dosis de cocaína (de 0.025 a 0.05 gramos).

En numerosas ocasiones ha logrado proporcionar este alivio a mis colegas, y pude observar dos veces que la sensación de náusea que seguía a un exceso gastronómico respondía positivamente al poco tiempo tras una administración de cocaína, dejando paso a unos deseos normales de comer y a una sensación de bienestar corporal. También he aprendido a prevenir en mí mismo los trastornos estomacales añadiendo una pequeña cantidad de cocaína al salicilato de soda.

Mi colega el doctor Josef Pollak me ha hecho el siguiente relato del asombroso efecto de la cocaína, que muestra que puede utilizarse no solamente para el tratamiento de molestias localizadas del estómago sino también para reacciones reflejas de carácter más grave; hay que deducir, en consecuencia, que la cocaína tienen un efecto muy fuerte en la membrana mucosa y el sistema muscular de este órgano:

Un hombre robusto de cuarenta y dos años de edad, a quien el doctor conocía muy bien, se vio forzado a seguir una dieta muy estricta y a horarios de comida prefijados; ésta era la única forma de evitar los ataques que sufría y que se describen a continuación. Era especialmente susceptible a ellos cuando iba de viaje o cuando estaba sometido a la influencia de cualquier clase de tensión emotiva. Los ataques seguían una pauta regular. Empezaban por la noche con una sensación de incomodidad en el epigastrium, después se le enrojecía la cara, asomaban lágrimas a sus ojos, tenía fuertes latidos en las sienes y un dolor muy violento en la frente. Todo ello acompañado de una fuerte sensación de depresión y apatía. Durante la noche no podía dormir; por la mañana aparecían violentos espasmos de vómito que duraban varias horas. A mediodía experimentaba cierto alivio y sí tomaba unas cucharadas de sopa tenía la sensación de que “al fin el estómago soltará la bala que tenía dentro desde hacía mucho”. A continuación soltaba un eructo de sabor rancio y por fin, al anochecer, volvía a la normalidad. El paciente no podía trabajar durante el día del ataque y tenía que guardar cama.

A las ocho de la mañana del diez de junio empezaron los síntomas habituales del ataque. A las diez de la noche, después de que se presentara el dolor de cabeza, el paciente tomó 0.075 gramos de cloruro de cocaína. Poco después experimentó una sensación de calor y ganas de eructar, pero dijo que «todavía no es suficiente». A las diez y media le fue administrada una segunda dosis de 0.075 gramos de cocaína. Los eructos aumentaron; el paciente notó cierto alivio y pudo escribir una larga carta. Dijo que sentía intensos movimientos en el estómago. A las doce de la noche, aparte un poco de dolor de cabeza, ya estaba normal, incluso alegre, y caminó una hora. No pudo dormir hasta las tres de la mañana, pero el hecho no le molestó. Despertó a la mañana siguiente, sano, dispuesto a trabajar y con buen apetito.

El efecto de la cocaína en el estómago -algo que también supone Mantegazza- es doble; por un lado estimula el movimiento, y por otro reduce la sensibilidad del órgano. Esto último era de esperar porque la cocaína produce un efecto análogo en las demás membranas mucosas. Mantegazza afirma haber conseguido unos éxitos rotundos en el tratamiento de la gastralgia y la enteralia, así como todas las afecciones dolorosas del estómago y los intestinos. Todo ello lo atribuye a las propiedades anestésicas de la coca. Sobre esta cuestión no puedo confirmar las experiencias de Mantegazza; sólo en una ocasión, en relación con un catarro gástrico, vi que la sensibilidad del estómago a la presión disminuía después de administrar coca. En otros casos observados por mí mismo, y que he oído mencionar a otros médicos, enfermos de los que se suponía que tenían úlceras o cicatrices en el estómago se quejaron de mucho dolor después de tomar coca; esto puede explicarse debido a que la coca aumenta el movimiento del estómago.

En consecuencia, la coca es muy indicada en casos de debilidad digestiva y para los llamados trastornos nerviosos del estómago. En estos casos se puede conseguir no solamente un alivio de los síntomas, sino también una mejoría duradera.

e) La coca en la caquexia.

La utilización a largo plazo de la coca debe ser también muy recomendada -y según los informes médicos ha demostrado su eficacia en la práctica- en todas las enfermedades en las que se presenta la degeneración de los tejidos, como ocurre en las anemias graves, tisis, enfermedades prolongadas que cursan con fiebres altas, etc.; y también en los períodos de recuperación tras esas enfermedades. Así, McBean notó una firme mejoría en casos de fiebres tifoideas tratados con coca. En el caso de la tisis se dice que la coca logra limitar la fiebre y el sudor. En relación con una caso de tisis de diagnóstico confirmado, Peckham señala que después de administrar durante varios meses un extracto fluido de coca se produjo una notable mejoría en el estado del paciente. Hole habla de otro caso bastante grave en el que una falta crónica de apetito llevó al paciente a un estado de delgadez y agotamiento muy marcados; también aquí la coca devolvió la salud al paciente. R. Bartholow observa, en general, que la coca resulta útil para el tratamiento de la tisis y otros «procesos de desgaste». Mantegazza y varias autoridades más atribuyen a la coca la misma cualidad terapéutica valiosísima: la de limitar la degeneración del cuerpo y aumentar la fuerza en casos de caquexia.

Quizás se podría desear atribuir estos efectos de la coca al indudable efecto favorable que tiene en la digestión, pero sin despreciar este aspecto hay que tener en cuenta que muchos de los médicos que han escrito sobre la coca creen que esta sustancia permite el «ahorro», es decir, opinan que un sistema que ha absorbido cocaína, aunque sea en pequeñas cantidades, es capaz -debido a la reacción producida en el cuerpo por la coca- de acumular una cantidad mucho mayor de energía vital transformable en trabajo de lo que hubiera podido hacer el mismo cuerpo sin coca. Si la cantidad de trabajo es constante, el cuerpo que ha absorbido cocaína puede funcionar bien con un metabolismo reducido, lo cual supone a su vez que necesita menos cantidad de comida.

Esta suposición fue utilizada naturalmente para tratar de explicar, según von Voit , el efecto de la coca en los indios. La idea no se contradice con el principio de la conservación de la energía. Porque un trabajo que se alimenta de la comida o de los elementos de los tejidos implica una cierta pérdida en la utilización de la comida asimilado, o en la conversión en trabajo de la energía; esta pérdida puede quizás ser reducida si se dan determinados pases. De todas formas, no se ha demostrado que este proceso ocurra. Los experimentos que trataban de determinar la cantidad de orina eliminada usando coca y sin usarla, no han sido siempre realizados en condiciones que permitieran obtener tales conclusiones. Además, parece que los investigadores presuponían que la eliminación de la orina -factor que sabemos no afectado por el trabajo- podría proporcionar una medida del metabolismo general. Christison notó una ligera reducción de los elementos sólidos de su orina en los paseos en los que tomó coca; Lippmann, Demarle, Marvaud, y más recientemente Mason, también dedujeron de sus experimentos que el consumo de coca reduce la cantidad de eliminación por la orina. Por otro lado, Gazeau estableció un aumento de eliminación por la orina de un 11 a un 24 por ciento bajo la influencia de la coca. En su opinión, el aumento de la capacidad de trabajo del cuerpo y la posibilidad de abstenerse de comer que aparecen bajo la influencia de la coca se deben a que ésta hace más accesibles los materiales que ya están almacenados en el cuerpo. No se han realizado experimentos que estudien la eliminación de dióxido de carbono.

Voit demostró que el café, que también ha sido clasificado entre las sustancias que permiten el «ahorro», no tiene influencia en la descomposición de la albúmina en el cuerpo. De todas formas podemos considerar demostrado que la coca no es una «fuente de ahorro», como prueban algunos experimentos en los que se hizo pasar hambre a un grupo de animales, con y sin cocaína. En estos experimentos realizados por C. Bernard, Moreno y Maíz, Demarle, Gazcau y von Anrep, se observó la reducción del peso y el tiempo que resistían la inanición, y el resultado fue que los animales a los que se había administrado cocaína sucumbían a la inanición al mismo tiempo -y quizás incluso antes- que los que no habían tomado cocaína. Sin embargo, el hambre que padeció la ciudad de La Paz -un experimento llevado a cabo por la propia historia, y del que da cuenta Unanué- parece refutar esta conclusión, pues se dice que los habitantes que tomaron coca consiguieron librarse de morir de hambre. Sobre esta cuestión podríamos recordar que el sistema nervioso humano tiene una indudable, aunque oscura, influencia sobre la alimentación de los tejidos. Al fin y al cabo, un hombre sano puede perder peso debido a factores psicológicos.

Así, pues, las cualidades terapéuticas de la coca, de las que partimos al principio, no deben ser totalmente rechazadas. La excitación de los centros nerviosos, producida por la cocaína, puede tener una influencia favorable en la alimentación de un cuerpo víctima de un estado de acusado desgaste, aunque esa influencia podría muy bien no ser la de reducir el ritmo del metabolismo.

Quisiera añadir aquí que la coca ha sido calurosamente

alabada en relación con el tratamiento de la sífilis. R. W. Taylor dice que mediante la coca aumenta la tolerancia del paciente al mercurio y que la caquexia del mercurio puede ser controlada con la administración simultánea de coca. J. Collan la recomienda como el mejor remedio contra la stomatitis mercurialis y dice que Pagvalin siempre la receta al mismo tiempo que todos los preparados de mercurio.

d) La coca en el tratamiento de la morfinomanía y el alcoholismo.

En América se ha descubierto recientemente que los preparados de coca tienen el poder de suprimir el irresistible deseo de morfina que sienten los adictos, y reducir asimismo a proporciones inapreciables los graves síntomas que aparecen cuando el paciente es sometido a una cura de reducción de la morfina. Según mis informaciones (debidas en gran parte a la Detroit Therapeutic Gazette), W. H. Bentley anunció en mayo de 1878 que había sustituido el alcaloide que había creado ese deseo por la coca en el caso de una mujer adicta a la morfina. Al cabo de dos años, un artículo del doctor Palmer publicado en el Louisville Medical News, despertó gran interés por su tratamiento de los adictos a la morfina; durante los dos siguientes años aparecieron numerosos informes sobre la utilización de la coca para el tratamiento del hábito del opio en la revista médica de Detroit. A partir de entonces se hicieron menos frecuentes las informaciones que hablaban de curaciones, aunque no sé si fue debido a que el tratamiento quedó establecido como forma conocida de cura o porque dejó de practicarse. A juzgar por los anuncios de los fabricantes de productos farmacéuticos que aparecen en los números más recientes de las revistas norteamericanas, creo que lo que ha ocurrido es lo primero.

Hay unos dieciséis informes de casos en los que el paciente fue curado de su adicción. Solo en un caso habla un informe del fracaso de la coca en el tratamiento de la morfinomanía, y el médico que suscribe el informe se asombra de que haya habido tan calurosas recomendaciones de la cura por medio de la coca. No todos los casos de curación son igualmente rotundos. En algunos de ellos los pacientes habían tomado habitualmente y durante largo tiempo grandes dosis de opio o morfina. No hay muchas informaciones sobre el tema de las recaídas, pues en la mayor parte de los casos se publicaba el informe casi inmediatamente después de producida la cura. Tampoco se dan suficientes detalles de los síntomas que aparecen durante la abstención. Son especialmente valiosos los informes en los que se dice que los pacientes pudieron dejar de tomar coca al cabo de pocas semanas sin experimentar de nuevo el deseo de tomar morfina. Se presta especial atención al hecho de que la caquexia de la morfina fue sustituida por una excelente salud, hasta tal punto que los pacientes apenas si podían ser reconocidos después de su curación. En cuanto al método utilizado para la reducción y supresión de la droga que había dado lugar al hábito, la fórmula utilizada en la gran mayoría de los casos consistió en una reducción gradual de la dosis de la droga acompañada por un aumento gradual de la dosis de coca. Sin embargo, también se experimentó la supresión brusca de la droga. En este último caso Palmer dice que es necesario administrar cierta dosis de coca cuantas veces al día aparezca el deseo de tomar morfina. La dosis diaria de coca es reducida gradualmente hasta llegar el momento en que resulta posible abandonar totalmente el antídoto. Desde el primer momento, los ataques experimentados a causa de la abstinencia resultaron leves o se redujeron en intensidad al cabo de, pocos días. En casi todos los casos el propio paciente pudo llevar a cabo el tratamiento por sí solo, lo cual es muy importante si se tiene en cuenta que en Europa la cura de la morfinomanía sin la ayuda de la coca exige que el paciente sea vigilado en un hospital.

Una vez tuve ocasión de observar el caso de un hombre

que fue sometido al tipo de cura en el que, con ayuda de la coca, se suprime repentinamente el suministro de morfina. Durante una cura anterior, este mismo paciente había padecido graves síntomas debido a la supresión de la morfina. Esta vez sus dificultades resultaron tolerables; mientras duraban los efectos de la coca no se presentaban signos de depresión ni de náusea, mientras que permanecían los del frío y la diarrea. El paciente no se vio obligado a permanecer en cama y podía vivir normalmente. Durante los primeros días de la cura consumió 3 decigramos de cloruro de cocaína diariamente, y al cabo de diez días pudo abandonar totalmente las tomas de coca.

Así, pues, el tratamiento de la adicción a la morfina mediante la coca no supone simplemente cambiar un tipo de adicción por otro: el adicto a la morfina no se convierte en un coquero. El uso de la coca se interrumpe al cabo de un tiempo. Por otro lado, lo que al sistema debilitado por la morfina le permite resistir a costa de síntomas sólo ligeros, la supresión de la morfina, en mi opinión no es resultado del fortalecimiento general que produce la coca. Pienso más bien que la coca tiene un efecto directamente antagónico frente a la morfina. En apoyo de esa hipótesis citaré las siguientes observaciones del doctor Josef Pollak sobre un caso tratado por él:

Una mujer de treinta y tres años había padecido durante muchos años una grave jaqueca menstrual que sólo se aliviaba con inyecciones de morfina. Aunque la señora en cuestión no tomaba nunca morfina ni experimentaba deseos de hacerlo cuando no padecía jaqueca, durante los ataques se comportaba como una adicta. Unas horas después de la inyección sufría una depresión intensa acompañada de trastornos biliares y ataques de vómito que sólo desaparecían tras una segunda inyección de morfina. Después reaparecían los síntomas, de forma que el ataque de jaqueca, con todas sus consecuencias, forzaba a la paciente a permanecer en la cama durante tres días en muy mal estado. Se intentó combatir la jaqueca con cocaína, pero el tratamiento no tuvo éxito, y fue necesario recurrir a las inyecciones de morfina. Pero en cuanto aparecieron los síntomas de intolerancia de la morfina, éstos fueron rápidamente aliviados con 1 decigramo de cocaína. El resultado fue que la paciente se recuperó de su ataque en mucho menos tiempo y sin necesitar tanta morfina como antes.

También se ha probado en los Estados Unidos el tratamiento del alcoholismo crónico por medio de la coca, paralelamente a su utilización contra la morfinomanía, y la mayor parte de los informes hablan conjuntamente de estas dos aplicaciones. En el tratamiento del alcoholismo hubo casos de éxito indudable en los que se suprimió o alivió el deseo irresistible de beber, al paso que se aligeraban las molestias dispépticas de los bebedores . En general, sin embargo, la supresión del deseo de beber por medio de la coca resultó más difícil que la supresión de la morfinomanía. En un caso, del que habla Bentley, el bebedor se convirtió en coquero. No hará falta ni sugerir la inmensa importancia económica que podría llegar a adquirir la coca como «fuente de ahorro», en otro sentido, si se confirmara su eficacia frente al alcoholismo.

e) La coca y el asma.

Tschudi y Markham afirman que masticando hojas de coca se libraron de los síntomas normales de la llamada enfermedad de las montañas cuando escalaron los Andes. Estos síntomas son, entre otros, el jadeo, los fuertes latidos del corazón, vértigo, etc. Poizatló informa que logró detener los ataques de asma de un paciente gracias a la coca. Menciono esta propiedad de la coca porque parece admitir una explicación fisiológica. Von Atirep comprobó en sus experimentos con animales que se producía una temprana parálisis de ciertas ramificaciones del vago; y, por otra parte, tanto el asma provocado por la altitud como los ataques característicos de la bronquitis crónica pueden ser explicados como una excitación refleja que tiene su origen en las ramificaciones pulmonares del vago. Debería, por tanto, estudiarse la aplicación de la coca para el tratamiento de otras neurosis del vago.

f) La coca como afrodisíaco.

Los nativos de Sudamérica, que. representaban a su diosa del amor con hojas de coca en la mano, no dudaban del efecto estimulante de la coca para los genitales. Mantegazza confirma que los coqueros conservan un alto grado de potencia hasta edades avanzadas, Menciona también casos de recuperación de la potencia y de desaparición de debilidades funcionales después de utilizar coca, aunque no cree que estos efectos se produzcan en todos los individuos. Marvaud está de acuerdo con la opinión que habla de los efectos estimulantes de la coca; otros autores recomiendan vivamente la coca como remedio para casos de debilidad funcional ocasionales y agotamientos temporales; y Bentley informa de un caso de este tipo curado gracias a la coca.

Tres de las personas a las que he administrado coca dijeron que habían sentido una violenta excitación sexual que atribuían sin dudarlo a la coca. Un joven escritor, que gracias a un tratamiento de coca pudo reanudar su trabajo tras una prolongada enfermedad, abandonó esta droga debido a los indeseables efectos secundarios que le producía.

g) Aplicaciones locales de la coca.

La cocaína y sus sales tienen un notable efecto anestésico cuando se ponen en contacto con la piel y las membranas mucosas en solución concentrada; esta propiedad sugiere la posibilidad de utilizarla como anestésico local, sobre todo en relación con las afecciones de la membrana mucosa. Según Collín, Ch. Fauvel recomienda la cocaína para el tratamiento de las enfermedades de la faringe y dice que es «le tenseur par excellence des chordes vocales». Las propiedades anestésicas de la cocaína deberían hacerla muy adecuada para otras muchas aplicaciones.

[Traducción de Luis López-Ballesteros y de Torres]

“El Estado se construyó sobre un genocidio” (el estado capitalista argentino y sus dos genocidios)


 

 

 

 

 

(Leyendo este reportaje que publico a continuación me puse a pensar que si en el origen deI Estado burgués argentino hay un genocidio fundante -el de los pueblos originarios- que tiene por objetivo saquear las tierras y acrecentar las riquezas de los terratenientes, hay otro genocidio que rescata a la burguesía y su Estado de la insurgencia obrera y le permite cambiar su orientación y configurar las nuevas elites dominantes -que se nutren de muchos de aquellos apellidos de abolengo que forman la oligarquía diversificada- que llevaron adelante la restauración conservadora de los años del neliberales del menemismo. Entre ambos genocidios una serie de masacres perpetradas contra los trabajadores y el pueblo pobre -Semana Trágica, los fusilamientos de la Patagonia, los bombardeos a Plaza de Mayo, los fusilamientos de José León Suarez y Trelew, Ezeiza, entre tanto otros- La misma clase social, los mismos apellidos, las mismas instituciones componen una elite de criminales contra el pueblo y siguen siendo la aristocracia dominante de la Argentina semicolonial.. Es un requisito democrático burgués indispensable -y no hablo de una oposición clasista y socialista- liquidar una estructura estatal genocida. Las fuerzas políticas que gobiernan argentina desde 1983 son cómplices, responsables y administradores de este Estado capitalista y nunca se han propuesto siquiera hacer una autentica Asamblea Constituyente. Un argumento más para legitimar la lucha de clases y la necesaria violencia revolucionaria cuando esta tenga lugar contra la maquinaria de guerra y opresión de la clase capitalista).

 

Integrante de la Red de Investigaciones en Genocidio y doctora en Antropología, Diana Lenton aporta pruebas del genocidio de los pueblos originarios. Campos de concentración, asesinatos masivos, fusilamientos y niños robados. Roca, el papel del Estado, la sociedad y los intelectuales.

Por Darío Aranda

–¿Por qué afirma que el Estado argentino se funda sobre un genocidio?

–El Estado moderno constituye una forma de entender las relaciones entre Estado y sociedad, y construye todo un modo político de accionar, una normativa, instituciones que se fundan en el mismo momento que se realiza el genocidio. Y no lo relacionamos sólo porque es contemporáneo al genocidio sino porque esa estructura de Estado requirió que no hubiera más diversidad interna en el Estado. Se anulan los tratados con los indígenas, el Estado se garantizó que no iban a interferir en la constitución de ese Estado. Es lo que se llama genocidio constituyente, son genocidios que dan origen a un Estado.

–Existen sectores que aún niegan que haya sido un genocidio. ¿Qué pruebas dan cuenta de que sí lo fue?

–Las ciencias sociales no tienen un concepto analítico acabado. Desde el campo jurídico internacional sí, lo provee Naciones Unidades en 1948 para juzgar los crímenes del nazismo. Esa definición habla de distintos elementos. Es genocidio cuando se puede establecer la intencionalidad de destruir a un pueblo. Otra característica es impedir la reproducción de ese grupo y también el robo de niños, cuando son secuestrados y entregados a familias de grupos dominantes, y se les reemplaza los nombres, porque así se atenta contra la continuidad de ese pueblo porque se le roba la memoria.

–¿Qué hechos concretos hubo?

–Matanza de población civil. Algunos tienen la imagen de batallas al estilo romántico de un ejército contra otro. La característica de la campaña de Roca es que está principalmente dirigida a la población civil. Las memorias del comandante Prado dicen claramente que el ataque a las tolderías es para caerles encima a las mujeres y niños que quedaron cuando los hombres no estaban. Estaba planificado así para llevarse el botín, sobre todo el ganado, y las familias porque ésa era la operación que iba a llevar a los indios a rendirse. Son operaciones contra la población civil, donde mueren mujeres y niños, o eran enviados como mano de obra esclava para el trabajo doméstico urbano o para la agroindustria, caña de azúcar y viñedos. También se cumplen otros elementos de genocidio, el someter a la población a condiciones que acarreen daño en su subsistencia, que pueda provocar enfermedad o muerte, y eso implicaron los traslados de la población sometida a campos de concentración.

–Ustedes dan cuenta de que el diario La Nación lo llamó crímenes de lesa humanidad.

–Mitre decía que lo que hacía Rudecindo Roca, hermano de Julio Argentino, eran crímenes de lesa humanidad porque se fusilaban prisioneros desarmados y se tomaban prisioneros a mujeres y niños. Para un sector del espectro político no era lo correcto, incluso Mitre, que no era nene de pecho, que tuvo responsabilidad en la guerra del Paraguay con episodios espantosos, sin embargo estaba asombrado, no criticaba que se hiciera la Campaña, sí cuestiona que un gobierno estuviera minando su propia legitimidad al desoír lo que eran avances de la civilización.

–También hubo campos de concentración.

–Hubo campos de concentración en Valcheta, Martín García, Chichinales, Rincón del Medio, Malargüe, entre otros. Son todos lugares donde se encierran a las personas prisioneras sin destino fijo. La autoridad militar era la dueña de la vida y muerte de ellos. La idea era de depósito porque iban a ser distribuidos. Eran prisioneros y esclavos. Se recibían pedidos de Tucumán, ingenios, de Misiones, estancias. Llegaban como familias y se los separaba. Hay pruebas de la violencia, cartas entre curas y arzobispos. Había muerte por las condiciones a las que estaban sometidos, ahí está también el genocidio. Y también había suicidios por el trauma social al que estaban sometidos. Los padres sabían que les quitaban a sus hijos, lo veían y decidían matarse. O mujeres que se tiraban al agua con sus hijos. En Valcheta hay documentos donde se describe que no se les daba alimentos y morían de hambre.

–¿Qué documentos existen?

–Existe mucha documentación oficial para discutir la historia impuesta. Los archivos oficiales, Archivo General de la Nación, la Armada, los archivos de las provincias. Y archivos privados de personas, de militares que han escrito cartas. También documentos de la Iglesia: de ahí surgen datos de cientos de chicos destinados a Jujuy y Tucumán. Quedan claras las edades de servicio doméstico, chicos desde los 2 o 3 años y hasta los 8. Los adultos que eran destinados al cañaveral y morían con sus familias, eso también es parte del genocidio.

–¿Hay cifras?

–El Poder Ejecutivo decía para 1879 que se habían trasladado 10 mil prisioneros de lo que era la frontera, se estaba recién en la zona norte de Patagonia, para trabajar hacia el Norte y Mendoza, industrias, servicios doméstico y Martín García. Para 1883, un informe oficial ya dice que son 20 mil. En el Chaco son cifras mucho mayores.

–¿Por qué la campaña militar al Norte no es tan conocida?

–No ha habido una manera sistemática de presentar la historia y menos la historia de los pueblos indígenas. Nos han legado imágenes, hemos aprendido que el Estado o territorio actual se completa con Roca, y él estuvo en el Sur.

–Suele justificarse la violencia con que “hay que situarse en la época”, como si fueran normales esas campañas militares.

–Algunos senadores como Aristóbulo del Valle, quizá la voz más clara contra la Campaña, preguntaban cuáles habían sido los resultados de la campaña al Sur y se decía que esos territorios no están incorporados al trabajo. Era el momento que se estaba rifando territorio, como dijeron en esa época observadores militares, no era para los pioneros ni para los agricultores, como se había prometido, sino para latifundistas. Aristóbulo del Valle denunciaba que el hombre había sido esclavizado, la mujer prostituida, los niños utilizados para el trabajo esclavo. No había, decía, ni avance económico ni cívico. Incluso hubo oposición de sectores de las elites.

–Igual se realiza.

–Se hace y es un fracaso desde el punto de vista militar. Hacia 1884 lo que consigue el general Victorica, que estaba al frente como ministro de Guerra, es derrotar a los principales jefes, pero no consigue ocupar el territorio. Eso recién pasará hacia 1911. No consigue ocupar porque el Chaco estaba mucho más densamente poblado por pueblos indígenas y con una variedad de pueblos, de lenguas y culturas distintas.

–¿Fue igual de cruenta que la del Sur?

–Sí, no sólo fue igual sino que esa operativa de secuestrar chicos, atacar mujeres, se extendió hasta avanzado el siglo XX; aun hoy todas las comunidades tienen recuerdos de los chicos robados por el Ejército.

–¿Cifras?

–No las tenemos, estamos trabajando, pero las víctimas superan ampliamente las cifras de la Patagonia. Y hay otros sectores del país donde tampoco se sabe mucho.

–¿Por ejemplo?

–Cuyo y la Puna. Estamos comenzando a trabajar lo que fue la Campaña a la Puna, que se conoció como Campaña al Susques, que se da por terminada en 1874, con la batalla de Quera. Aparentemente lo que más hubo fueron fusilamientos masivos que acabaron con la resistencia, lo que se llamó la Pacificación de la Puna, fusilamientos masivos durante 1874 y 1875.

–En Cuyo hubo campos de concentración…

–Sí, por la campaña al sur de Mendoza y norte de Neuquén, donde tomaron gran cantidad de familias prisioneras, que fueron utilizadas en la industrias de la vendimia en lo que hoy es Malargüe. La persona que más sabe es Diego Escolar, que vive allá, tiene muy documentado y cuantificado no sólo los prisioneros sino también la cantidad de chicos que eran enviados solos a la vendimia para trabajar para siempre, no iban y venían.

–¿Roca es sólo un símbolo o el responsable?

–Roca fue responsable del genocidio. Tuvo posibilidades de otro tipo de política. Hay pruebas de que él se informó con un enviado de su confianza en Estados Unidos para ver cómo funcionaban las reservas. Y estudió también a los franceses en Argelia. Decidió el modelo francés porque decía que el modelo de reservas era muy costoso. Hubo campañas militares anteriores, pero la de Roca fue la más sistemática y que tuvo un objetivo más declaradamente genocida. Hay declaraciones de Roca sobre destruir hasta el último indígena. Su discurso de asunción de la presidencia festeja que no cruza un solo indio la pampa.

–Es conocida la postura de los intelectuales de la derecha sobre Roca y los pueblos originarios. ¿Y la mirada de los intelectuales de izquierda o progresistas?

–Hay cierto progresismo que se construyó sobre el paradigma que dio lugar al genocidio y a una noción de la Argentina sin indígenas. A gran parte de los intelectuales no les importan los pueblos originarios. Se ha construido una idea de progresismo que puede ignorar a los pueblos originarios como si no existieran y tenemos una izquierda que ha ignorado las luchas indígenas, por eso todo es mucho más difícil.

–¿Por qué el genocidio sigue pareciendo algo sólo de la dictadura y no también algo que afectó a los pueblos originarios?

–Porque cuesta a gran parte de los argentinos considerar la historia de los pueblos indígenas como parte de la historia argentina. Tiene directa relación con asumir si es algo que les pasó y pasa a los argentinos o les pasó y pasa a otros.

–El juez de la Corte Suprema, Eugenio Zaffaroni, le agrega el factor de la clase social afectada.

–Sin duda tiene que ver la clase social víctima, pero sobre todo hay una mirada racista dentro de lo que es el sentido común argentino. La sociedad argentina es racista respecto de los pueblos originarios. Se piensa que lo que sucede con otras personas no es tan importante, por eso hay dolores que no nos conmueven y otros que sí. Para mucha gente un campo de concentración se define como tal cuando ahí adentro hay gente que se parece a mí, si no, no es un campo de concentración.

–¿De ahí la negación del genocidio?

–Tenemos un paradigma donde la palabra “genocidio” se puede aplicar cuando a mí me importa, cuando mi grupo de pertenencia es el afectado. Y la mayor parte de la intelectualidad, de la gente que construye teoría y construye consenso social en estas situaciones, compartimos un sistema cultural de pertenencia. Hasta tanto no podamos siquiera entender el dolor de los otros y sentirlo como el propio, no hay interculturalidad posible. No hay forma de dialogar.

–¿Interpreta continuidades de las campañas militares a fines del siglo XIX y la situación actual de muerte por desnutrición en Chaco, Misiones y Salta, o por represión en Formosa?

–Los pueblos originarios son víctimas de un genocidio que aún no terminó. Por eso como Red hablamos de que en la Argentina existe un proceso genocida de los pueblos indígenas porque no le podemos encontrar la fecha de finalización. No sólo el Estado se construye sobre un genocidio sino que también nuestro marco de pensamiento se construye sobre el genocidio, de tal manera que no hemos salido aún de él. El genocidio realizado por el nazismo tiene fecha de finalización. El fin de la guerra, el suicidio de Hitler, los tribunales de Nuremberg. El genocidio de la dictadura tuvo una Conadep, juicios. El genocidio indígena no tiene fecha de finalización y no hay juicios.

–No existió un “Nunca más” para los pueblos originarios.

–No hubo fecha de finalización. No hay ni hubo una instancia de reparación. ¿Cuál sería la instancia autorizada si queremos hacer juicios? Porque el Estado es el mismo Estado genocida. La única manera para poder realizar algo similar a los juicios de la dictadura es que también esté integrado por pueblos originarios.

–¿Lo cree posible?

–Hoy en día hay un movimiento importante de pueblos originarios que no había hace diez años, y en algún momento se va a dar. No puede ser la misma sociedad genocida la que lleve la acusación; lo que sí puede hacer la misma sociedad genocida es movilizar la posibilidad de generar un cambio interno.

–¿Por qué “sociedad genocida”?

–Porque hay procesos que se siguen produciendo. Si bien hay una apertura muy importante para la inclusión de los derechos específicos de los pueblos indígenas dentro de los derechos humanos, la actitud del Estado hoy en día no es la misma que se tenía hace diez años, hay un cambio positivo. Pero cuando esos derechos reconocidos de los pueblos originarios confrontan contra intereses económicos, ya sea del Estado o de particulares, siempre se atenta contra los pueblos originarios.

–¿Por ejemplo?

–El Estado sustenta buena parte de su modelo en actividades como la soja, el petróleo y la minería, entonces el derecho indígena se cae. El mismo Estado que habilita a los pueblos originarios a hacer determinados reclamos por otro lado los hace callar con la violencia que sea necesaria cuando está en juego una actividad económica que el Gobierno impulsa.

–¿Cómo se entiende esa contradicción?

–Por eso digo que la sociedad no terminó aún de ser genocida con los pueblos originarios. Porque frente a estos dos parámetros en conflicto automáticamente le da la razón al paradigma económico.

–¿La sociedad o el Gobierno?

–Van uno con el otro, es un ida y vuelta. El paradigma económico es el que se constituyó junto con el Estado y hoy se desarrolla la continuidad de ese paradigma. Si bien hay espacios de apertura interesantes, cuando confrontan paradigmas el que sale ganador es el paradigma racista, donde tenés derecho a decir lo que quieras, pero si tenés petróleo en tu comunidad el organismo que decide no es el INAI, el Inadi, ni una oficina de interculturalidad, sino la Secretaría de Energía. Y punto, no hay discusión posible.

–Es la economía…

–Cuando lo que está en juego son intereses económicos, siempre se atenta contra los derechos indígenas, con leyes que debieran respetarse.

–Las campañas militares tuvieron una matriz económica, una decisión política y una complicidad o al menos una indiferencia de la sociedad. ¿Observa paralelos?

–Es muy similar. ¿Cómo se definió el avance económico a fines del siglo XIX? Se decidió por la apertura de nuevos terrenos para la explotación intensiva junto con nuevas tecnologías que tenían que ver con el manejo de la ganadería, alambrados, nuevas técnicas que acompañaban la inclusión de territorios para el mercado exportador. Y ahora estamos viviendo lo mismo, la soja es exactamente eso. La nueva tecnología y la incorporación de nuevos territorios que antes estaban libres, donde había comunidades que podían vivir.

–El petróleo y la minería repiten la misma lógica.

–Lo están padeciendo, entre otros, los mapuches en zona de meseta. Cuando las comunidades se habían establecido en la meseta, ese lugar no era objetivo de explotación; ahora sí. Hoy sufren un acoso tremendo e ilegítimo de parte de mineras y petroleras.

–Hay un argumento legitimador que se repite: el progreso.

–Sí, hoy es el desarrollo, como una utopía de la sociedad occidental, pero el problema es que se establecen como si fueran características que pudieran tener sólo la sociedad occidental y los otros no, y que además son a costa del vivir de los otros. El problema de este concepto de desarrollo o progreso, hoy encarnada en la política económica extractiva, es que se les da una entidad más importante que la vida y la dignidad humanas. El desarrollo es importante, pero, ¿es tan importante como para avalar que el avance petrolero, minero y sojero ocasione contaminación y muerte? Y, no es casual, siempre ese “progreso” es a costa del “otro”, nunca es a costa del grupo de pertenencia dominante.

–Usted afirma que el genocidio aún no tiene fecha de finalización, mientras los pueblos originarios se organizan y luchan.

–Sin dudas, hoy han ganado visibilidad como nunca antes y tiene directa relación con la organización y los conflictos que enfrentan en los territorios. Por eso siento mucho respeto por los dirigentes e intelectuales indígenas, sé que hay diferencias como en cualquier espectro político, pero tengo un gran respeto porque tienen que tener mucha decisión y coraje, ya que están haciendo un trabajo de concientización, de educación política a todo el resto de la sociedad. Ser dirigente indígena sigue siendo profesión de riesgo, sobre todo en algunos provincias, porque es muy probable que vayas preso o te maten por defender el territorio. Nunca hay que olvidar que son pueblos que sufrieron un genocidio, pero se mantienen vivos.

Desentrañando el racismo

Por Darío Aranda

Diana Lenton es doctora en Antropología Social por la Universidad de Buenos Aires y docente en la misma universidad. Su tesis doctoral analizó los discursos circulantes entre 1880 y 1970 sobre los pueblos indígenas y el diseño de políticas nacionales al respecto. Es investigadora adjunta del Conicet con un proyecto sobre la emergencia de organizaciones representativas de los pueblos originarios a partir de la década de 1970 y su articulación con otros movimientos sociales. Dirige un proyecto de investigación radicado en el Instituto de Ciencias Antropológicas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, en el que se integran otros docentes-investigadores, tesistas y becarios sobre la temática. Desde 2005 es cofundadora, junto al historiador Walter Delrio, de la Red de Investigadores en Genocidio y Política Indígena, un espacio interdisciplinario de investigación académica y de “transferencia a la sociedad”, con el objetivo de aunar los esfuerzos de antropólogos, sociólogos, historiadores, educadores y comunicadores que trabajan por el esclarecimiento de las modalidades históricas de relación entre el Estado y los pueblos originarios. El colectivo de jóvenes investigadores ha logrado aportar pruebas concretas y documentadas sobre el genocidio ejecutado sobre los pueblos originarios. Su último libro es el indispensable Historia de la crueldad argentina.

10/10/11 Página|12

Que renuncie Anibal Fernandez


Christian Castillo: “Exigimos la renuncia de Anibal Fernández, la destitución del juez Yalj, la apertura de los archivos de la SIDE y la puesta en pie de una Comisión Investigadora Independiente”
(PTS, 04/10/11) Apenas enterado de la resolución judicial concediendo la excarcelación de Rubén ‘Pollo’ Sobrero y Leonardo Portorreal, el candidato a Vicepresidente por el Frente de Izquierda y dirigente nacional del PTS Christian Castillo declaró desde el lugar donde se encontraban alojado Sobrero (Superintendencia de Investigaciones Federales de la Policía Federal, situada en Madariaga y General Paz) que “este escandaloso atentado contra los delegados de base no puede quedar impune: en primer lugar exigimos la inmediata desvinculación judicial de toda esta patraña de Sobrero y Portorreal. Pero asimismo Anibal Fernández tiene que renunciar, ya que confesó que fue él uno de los que aportó las pruebas falsas de esta ridícula detención; mientras que el juez Yalj que actuó como una verdadera marioneta de esta operación diseñada en el seno del gobierno de Cristina Fernández debe ser destituido sin más.
       Castillo señaló también que “deben abrirse inmediatamente los archivos de inteligencia a los que hizo alusión este juez: no vamos a soportar que sigan espiando impunemente a los luchadores obreros y populares. Basta de persecución a los que luchan contra las patronales y contra la burocracia sindical“.
     Por último el candidato del Frente de Izquierda planteó la necesidad de poner en pie “una comisión investigadora independiente con plenos poderes que  investigue hasta el final quién y cómo se armó esta causa y las relaciones del gobierno con la empresa concesionaria del ferrocarril Sarmiento“.
SECRETARÍA DE PRENSA
PTS en el 
Frente de Izquierda y de los Trabajadores