Crimen y pobreza (Louis-Ferdinand Céline. Viaje al fin de la noche)


“…Tenemos la costumbre de admirar todos los días a bandidos colosales, cuya opulencia venera con nosotros el mundo entero, pese a que su existencia resulta ser, si se la examina con un poco más de detalle, un largo crimen renovado todos los días, pero esa gente goza de gloria, honores y poder, sus crímenes están consagrados por las leyes, mientras que por lejos que nos remontemos en la Historia (…), todo nos demuestra que un hurto venial, y sobre todo de alimentos mezquinos tales como mendrugos, jamón o queso, granjea sin falta a su autor el oprobio explícito, los rechazos categóricos de la comunidad, los castigos mayores, el deshonor automático y la vergüenza inexpiable, y eso por dos razones: en primer lugar porque el autor de esos delitos es, por lo general, y ese estado extraña en sí mismo una indignidad capital y, en segundo lugar, porque el acto significa una especie de rechazo tácito hacia la comunidad. El robo del pobre se convierte en un malicioso desquite individual (…). Por eso, la represión de los hurtos de poca importancia se ejerce, fijese bien, en todos los climas, con un rigor extremo, no solo como medio de defensa social, sino también, y sobre todo, como recomendación severa a todos los desgraciados para que se mantengan en su sitio y en su casta, tranquilos, contentos y resignados a morirse por los de los siglos de miseria y de hambre”.

Louis-Ferdinand Céline. Viaje al fin de la noche.

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