El dinosaurio Hugo Moyano (LVO 468)


En Canal 26 Hugo Moyano atacó al gobierno por no tener “simpatía con el movimiento obrero organizado” para rematar que bajo el mando de CFK,el Estado Burgués “Parece el soviet, parece que estuviera sovietizado el Estado, y eso no puede ser así”. Sólo a un reaccionario como Moyano se le puede ocurrir comparar a un gobierno burgués hasta la médula como el de CFK con los soviets, que fueron las organizaciones democráticas con que obreros y campesinos hicieron la revolución rusa en 1917 y sobre las cuales construyeron su propio Estado y ejercieron el poder, expropiando a la burguesía y a los terratenientes. Azuza el fantasma de La Cámpora como un doble poder dentro del estado. Pero el kirchnerismo fue precisamente la fuerza política que rescató de su crisis al Estado burgués después del 2001 y terminó con los embriones de democracia directa que dieran entonces los movimientos sociales.

Los argumentos de Moyano son típicos de la derecha peronista. Su ataque a CFK por no tener simpatía con el “movimiento obrero organizado” busca dividir al peronismo en sus viejas líneas ideológicas, para oponer al relato setentista (dicho sea de paso, trucho) de los K y encarnar él mismo una especie de neo peronismo ortodoxo que frene al supuesto izquierdismo de La Cámpora. Por más esfuerzos que haya puesto Facundo Moyano en tratar de meter en una misma bolsa a Rucci y el gordo Cooke, el ADN gangsteril, reaccionario y lopezrreguista de la burocracia sindical peronista es lo que queda al desnudo. No es de extrañar, Moyano está acusado de ser parte de las bandas armadas de la Juventud Sindical Peronista y la Concentración Nacional Universitaria que atacaban al activismo obrero y estudiantil de la izquierda socialista y el peronismo revolucionario en los ‘70.

Moyano ataca a CFK con un argumento similar al que utilizaba Alvaro Alsogaray contra Isabel Perón en el ‘75, cuando advertía sobre la sovietización de las fábricas, para alentar el golpe (recordemos de paso que el peronismo de conjunto -incluidos los Kirchner- abrazó el ideario privatista del pope liberal argentino en los ‘90). Pero si en el caso de Alsogaray se trataba de abrir paso a un golpe genocida que destruyera la organización obrera de base fabril, en caso de Moyano apunta a inventar un peligro inexistente a fin de congraciarse con la oposición mediática que advierte contra la “radicalización” y el “autoritarismo” K y lo pasea por sus programas de opinión política.

El kirchnerismo permitió a una burocracia sindical reaccionaria reciclarse bajo el verso nacional y popular. CFK se lanza contra Moyano para ponerlo en caja y congraciarse con los capitalistas. Los trabajadores y el pueblo pobre tienen planteado superar al peronismo para conquistar su independencia política.

Puto


Me cuesta aun hablar de ello. Tanto que lo llamo ello y no entro directamente en el asunto. Y cual es el asunto? Que soy homosexual –puto me gusta más, en esa expresión dicha para la vergüenza me identifico y me sostengo- y me siento libre y feliz de poder decirlo abiertamente. Ya se, ya se, nunca fue la timidez o la prudencia lo que me caracterizo. Ya se, ya se, siempre hice gala de la lujuria, la bisexualidad y la voracidad carnal. Pero no se trata de eso. Sino de saber quien es uno, de poder sentirse cómodo con uno mismo y con la verdad de lo que te dicta el deseo. Cierto, nunca me reprimí y siempre que quise estar con uno o varios hombres lo hice. Cierto también que tuve en el pasado relaciones con hombres que me llenaron y por los cuales sentía amor. Pero también es cierto que nunca me jugué por ello. Que siempre me rendí ante el miedo del que dirán y del juicio del otro. Tuve miedo y el miedo paraliza. Toda la libertad de mis actos se ahogaba en el temor de las palabras. Hasta que llego un momento que toda la fuerza de las palabras se ahogaba en la impotencia de mis actos. Maldita sociedad burguesa que nos condena a la esclavitud del salario y la represión de nuestros cuerpos. Maldita hipocresía que nos obliga a aceptar contra nuestra voluntad sus normas podridas y sus instituciones. La sexualidad es dinámica y la vida nos lleva por sinuosos caminos hacia distintos sitios donde nos perdemos y enterramos las viejas aventuras que nos prometimos o nos abrimos paso a nuevas aventuras. Hoy tengo una certeza. Que a los 17 años cuando aquél muchacho de pelo rizado me penetro por primera vez en mi vida, nació en mí el hombre, el amante, la pasión por la provocación y el escándalo, el fuego. Quien quiera oír, que oiga. Hace tiempo ya que he perdido el miedo. Como siempre pensé, la libertad no se pide, se conquista. No me interesa de ustedes ser aceptado, sino ser parte de su deseo.

El drama (peronista) del Movimiento Obrero (LVO 467)


Los afiches en la calle muestran la cara de José Ignacio Rucci y reza la siguiente frase: “…su drama es que el Movimiento Obrero es peronista, y sus dirigentes somos peronistas y para su mayor desgracia el secretario general de la Central Obrera, es peronista”. Lo firman el duhaldista Gerónimo Venegas de las 62 Organizaciones y Hugo Moyano de la CGT. La cita fue parte de un famoso debate de Rucci con Agustín Tosco (figura simbólica del sindicalismo de izquierda).

La campaña lanzada por la CGT y “las 62” apunta contra La Cámpora y el relato setentista del gobierno, justo cuando, en similar sintonía, la prensa opositora golpea a los camporistas K porque estos se consolidan en el aparato de Estado y se preparan para una demostración de fuerzas en abril en el Estadio de Vélez Sarsfield.

“Ni yanquis, ni marxistas”

El debate Rucci-Tosco expresaba el temor de la dirigencia sindical ante el avance del clasismo y las posiciones combativas entre los trabajadores en una fase de la lucha de clases como la que abrió el Cordobazo. Rucci fue la cabeza de la burocracia sindical entre 1970 y 1973 y un baluarte de la derecha peronista. Desde la CGT, apadrinado por Perón, le declaró la guerra al activismo fabril que crecía en las comisiones internas y en las luchas obreras contra el Pacto Social, vía la Ley de Asociaciones Profesionales, vía el matonaje sindical y el accionar terrorista de las bandas armadas de la derecha peronista. El lema “ni yanquis, ni marxistas” fue acuñado por esa burocracia que comandada por Rucci promovió la Masacre de Ezeiza contra la Juventud Peronista el 20 de junio de 1973. En septiembre de ese año, Rucci cayó bajo las balas de un presunto atentado de Montoneros.

Lucha política e ideológica

Marx decía que en la sociedad burguesa el recuerdo de los muertos oprimía como en una pesadilla el cerebro de los vivos. La utilización de la figura de Rucci es una confesión de donde sitúa su relato y de cuál es el ADN de toda la burocracia sindical peronista (por más esfuerzos que haya puesto el kirchnerismo en ocultarlo). Los afiches recuperan esa idea de la derecha peronista que afirma aquel que no es peronista es ajeno a la clase obrera (tesis histórica sobre la que se basa la acusación de “zurdos infiltrados” a todo el activismo sindical antiburocrático) y de que todo aquel que ataca a los dirigentes sindicales, ataca al peronismo. El objetivo de Venegas y Moyano es encolumnar la disidencia interna de los gobernadores y punteros apuntando contra la colonización del peronismo por parte de La Campora y el kirchnerismo que se reconocen históricamente en el relato setentista de la JP (aunque expurgado de su pecado original que reivindicaba la violencia revolucionaria y la patria socialista). Es una respuesta política e ideológica al kirchnerismo que busca doblegar al moyanismo para que ceda la sucesión de la CGT a los burócratas más afines al gobierno y así tener negociaciones paritarias tranquilas. Es más que claro que el objetivo de CFK y sus “soldados” de La Cámpora es congraciarse con los empresarios y avanzar en la “sintonía fina” liquidando todo tipo de resistencia de su antiguo aliado estratégico.

El drama del movimiento obrero ha sido y es su dirección peronista. La lucha contra el ajuste necesita de una nueva dirección clasista que recupere los sindicatos como fuerza combatiente de los trabajadores y de independencia política.

Reflexiones y recuerdos a la deriva de los situacionistas / Mario Perniola. (Extraido del blog Bajo Control de Ricardo Beyer)


Enlace original/ http://bajocontrol.over-blog.es/article-reflexiones-y-recuerdos-a-la-deriva-de-los-situacionistas-mario-perniola-101675610.html

El primer número de la revista Internacional Situacionista , publicado en 1957, comienza con un artículo titulado “Amarga victoria del surrealismo“. Yo conocí a los situacionistas muchos años después, en 1966, y el camino que me condujo a ellos pasó por el surrealismo. Este es un hecho que ahora me parece la clave para comprender la mentalidad y el modo de actuar sobre todo de Debord. Es como si Debord hubiese mantenido con respecto a Breton una relación de rivalidad mimética. A menudo me pregunto por qué los situacionistas no lograron desempeñar en la cultura de las últimas décadas del siglo veinte un papel comparable al que desempeñaron los surrealistas en los años que precedieron a la Segunda Guerra Mundial. Es cierto que Debord pasó la mayor parte de su vida en estado de intoxicación y no pudo dar lo mejor de sí mismo, como sí hizo Breton; y qué la calidad y el número de personas que Breton supo comprometer directa o indirectamente en su empresa no son ni de lejos comparables con el entorno situacionista y pro-situacionista.
Y sin embargo en 1966, cuando conocí directamente al movimiento surrealista estaba claro que la antorcha de la revolución había pasado a manos de los situacionistas. En Cerisy se celebraba un evento muy importante en la historia del movimiento surrealista, algo así como su solemnización académica y su entrada en el canon de la cultura plenamente legitimada. En él participaron activamente muchos miembros del grupo surrealista (aunque no Breton), así como eminentes estudiosos y filósofos (tales como Jean Wahl y Maurice De Gandillac), de manera que las ponencias de aquellos que hablaban en nombre del surrealismo se alternaban, por un espacio de ocho días, con las de aquellos que hablaban del surrealismo, por así decirlo, desde afuera. La cultura militante y la cultura universitaria se daban cita bajo la dirección de Ferdinand Alquié (profesor en la Sorbona y autor de una Filosofía del surrealismo ), a quien Raymond Queneau debía acompañar en la tarea a modo de contrapeso anti-institucional. Pero Queneau rechazó participar en el congreso y le tocó a Alquié la tarea de encontrar un terreno común de entendimiento invocando “reglas de objetividad, claridad y orden” y “criterios de una verdad que es común a todos y que buscamos todos, universitarios o no”.
Lo que los organizadores no habían previsto es que a Cerisy vinieran estudiantes extranjeros que no se reconocían en el surrealismo ni en la academia, y que estaban muy decididos a hacer oír una voz que era a un tiempo post-surrealista y post-académica. En efecto, nos encontrábamos en la antesala del 68 y aquel verano habían empezado a llegar a Europa los vientos contestatarios procedentes de las universidades norteamericanas. Así que cuatro de nosotros, el francés René Lourau, el inglés Robert Stuart Short, el alemán Jochen Noth, y yo, que en aquel momento no nos conocíamos de nada, decidimos escribir y difundir un documento titulado “El surrealismo ante la cultura”, donde concluimos diciendo que si el surrealismo quería salir del marco de la revuelta individual y buscar pacientemente una perspectiva histórica, debería morder sobre el sistema de las instituciones -sobre todo las culturales, con sus modalidades de comunicación universitaria y comerciales, sus pretensiones   de neutralidad y objetividad – contestando las reglas del juego allí donde fuera posible, por ejemplo elaborando relaciones más precisas entre teoría estética y teoría política, absolutamente separadas entonces.

 

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Yo tuve la impresión de que nos encontrábamos ante un verdadero “caso objetivo”, que constituye una de las experiencias y conceptos clave del surrealismo; en realidad, cualquiera que estuviera un poco informado sobre el tema y fuera sensible a las pequeñas señales de la época, agoreras de grandes acontecimientos, se habría dado cuenta de que aquel grupo surrealista y profesores era completamente inadecuado con respecto a las exigencias del momento. El hecho de que nos hubiéramos reunido en Cerisy no era casual, ya que los cuatro estábamos interesados, si bien por motivos diferentes, en el surrealismo; por eso, si tenemos en cuenta todo lo anterior, habría que hablar más bien de necesidad que de casualidad. Sin embargo, aquello quedó en un encuentro puntual, ya que no volví a ver a René Lourau, que luego se aproximó  al anarquismo; con Short sólo coincidí para tomar una cerveza en un pub inglés en 1968 y hace un par de años en Roma, mientra que de North no he vuelto a tener noticias directas. A pesar de lo cual, lo cierto es que aquel encuentro, de forma indirecta, jugó un papel decisivo en mi vida.
Volviendo a París en tren, René me habló de la existencia de otro grupo que estaba llevando adelante el proyecto revolucionario: era la primera vez que oía hablar de los situacionistas, con los que no tardaría en entrar en contacto. Hace poco tuve noticias de su muerte, que tuvo lugar en un tren a principios del 2000: por esa razón, René está para mí definitivamente asociado al tren y a la idea de la revolución como locomotora de la historia. Tiendo por ello a ver ahora el tren bajo una luz revolucionaria, en la cual la chillona policromía de los trenes de agitación pintados por artistas tras la Revolución de Octubre se une a las risas y canciones de los obreros de vacaciones en los trains rouges del 36, esto es, los trenes mediante los cuales el Frente Popular ponía en Francia al alcance de todos la panoramización del mundo.
El 28 de septiembre de ese mismo año moría André Breton y su final era acompañado unánimemente de odas y homenajes, hasta el punto de llevar a Pierre Boueade a citar una frase de la última página del Nadja: “Il y a quelque chose qui ne va pas” ¿Qué es lo que no marchaba?

 

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En aquella época mi interés principal era de carácter literario. Acababa de publicar mi tesis de licenciatura, La metanovela , y me hallaba en perfecta sintonía con el rechazo surrealista de la novela. Las obras literarias de Breton, como Nadja o El amor loco , no son novelas, sino procesos verbales poéticos de cosas que se dan como realmente acaecidas. El efecto-verdad de tipo documental viene ulteriormente reforzado por las fotografías, dibujos y documentos que acompañan y certifican la autenticidad de lo que se relata en el texto escrito. Este es un aspecto esencial de la vanguardia: hacer de punto de encuentro entre la cultura y la experiencia vivida. No por nada se la ha considerado como una continuación del naturalismo. También hay que tener en cuenta que mi trabajo nace en un contexto cultural, el de la escuela filosófica de Turín de los años sesenta, en el que reinaba el más radical desencanto en lo que se refiere a las posibilidades de narrar la realidad según los cánones de la gran novela de los siglos XIX y XX, un desencanto del que Umberto Eco y Gianni Vattimo constituían las puntas emergentes. Sin embargo, al tratarse de una escuela de filosofía, seguía vigente en ella un fuerte énfasis en la verdad, también, y sobre todo, porque el maestro de todos nosotros era Luigi Pareyson, a quien se adaptan muy bien algunas de las frases iniciales de la novela de Breton El amor loco : en efecto, Pareyson era un “boy de lo severo”, un “ser teórico” portador de claves; él estaba en el poder de la clave de situaciones.
Me pregunto hoy, a tantos años de distancia del Congreso de Cerisy, qué es lo que ha cambiado en las relaciones entres los pensadores legitimados de la universidad y los outsiders. Dado que yo siempre me he sentido parte de los primeros tanto como de los segundos – razón por la cual he levantado tantos temores en ambos sectores – esta cuestión tiene para mí una relevancia muy especial. En un cierto sentido me pareced que la distancia entre ellos ha crecido: por un lado es un hecho que la universidad se ha burocratizado hasta el punto de que es imposible encontrar un reconocimiento que no sea orgánico respecto de   esa lógica; por otro lado, la organización de la cultura   ha llegado a ser tan fuerte y arraigado que convierten en irrelevante el disenso. Y sin embargo nunca como ahora se han encontrado unos y otros ante un enemigo común como el que representa la hegemonía del mercado; tanto los pensadores institucionales como los outsiders son productores de bienes que entran dentro de una economía diferente de la ordinaria y va en interés de ambos el salvar la autonomía de dicho ámbito. Pero está claro que este encuentro -que es bien distinto de la distribución de papeles establecida en Cerisy- exige que los universitarios aspiren a algo más que una carrera bien ordenada y que los outsiders se propongan algo más que la formación de una secta. Generalmente, lo que les falta a los primeros es la energía emocional; y a los segundos, una percepción realista de las dinámicas culturales.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1968

 

La IS: el escándalo de la comuni-acción.


Los situacionistas no fueron nunca un grupo clandestino. Eran los autores de una revista que se encontraba en algunas librerías y quioscos de periódicos, exclusivamente en Francia, y formaban un grupo cerrado en el que se entraba por cooptación. No se reconocían en absoluto en el término experimental y por eso no tenían nada que ver con las neovanguardias literarias y artísticas de los setenta, ante las que ellos se posicionaban radicalmente en contra. Tampoco desarrollaban actividades de agitación o proselitismo. De hecho la cuestión central para ellos era el retraso de la teoría con respecto a la realidad, la falta de toma de conciencia revolucionaria por parte de personas y de grupos que se comportaban ya de manera insurreccional.
Entre los movimientos políticos extremistas y los situacionistas existía también una gran diferencia. Los primeros se sitúan en la perspectiva de la acción política, en el gran mito que se remonta al Renacimiento y que ha constituido el aspecto esencial de la modernidad. Ya Hannah Arendt, en el libro La condición humana, había previsto la desaparición de la posibilidad de la acción. A lo largo de los siglos XIX y XX, la sociedad entera se transformó en sociedad de trabajo: la noción de uso fue sustituida por la de consumo. Hannah Arendt, que escribe en los años 50, prevé los desarrollos sucesivos de este proceso. Poco a poco las personas son expropiadas también de su propio trabajo, que desde los primeros siglos de la modernidad había constituido su única posesión y actividad: la sociedad entera se transforma en una sociedad de consumidores, esto es, en una sociedad de trabajadores sin trabajo. Su comentario, al respecto es: “!Ciertamente no podría haber habido nada peor!”. Aquí Arendt es categórica: la sociedad de consumo es “el paraíso del chiflado”.
El lugar de la acción es ocupado por la comunic-acción. Los situacionistas fueron excelentes comunicadores. Pero el mito de la acción sigue obsesionando la mente de los revolucionarios de los años sesenta y setenta, y no sólo de los así llamados “militantes de base”, sino también de los maistres-á-penser de la época. En Francia hay una figura que encarna por excelencia el mito del pensador de acción, André Marlaux, al que mayo del 68 sorprende ejerciendo de ministro de cultura. Hay que leer su discurso del 20 de junio de 1968: Marlaux, el hombre de acción, resulta mucho más lúcido que sus opositores.

 

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Aquellos que en el post-68 siguieron el mito de la acción terminaron necesariamente en la lucha armada y en el terrorismo. ¡Pero la ironía de la historia hizo que tuvieran un gran estilo como comunicadores!
En los años setenta se aprecia en Inglaterra una influencia importante y no prevista de los situacionistas con el nacimiento del punk inglés. Esto es algo que está bien documentado en el libro de Greil Marcus, Rastros de Carmín: una historia secreta del siglo XX , que me parece muy importante para entender el modo en que el movimiento situacionista es recibido con interés por parte de la cultura alternativa de los años noventa. Si bien es cierto que dicha recepción deforma en gran medida la realidad histórica de la figura de Debord y de la Internacional Situacionista, permite comprender el vínculo entre la insurrección situacionista de los años sesenta y los movimientos radicales de los noventa.
Hablando ahora más personalmente, después del encuentro de Cerisy escribí a Debord, que me mandó gratuitamente todos los números de la Internacional Situacionista   publicados hasta entonces. Así que me pasé el fin del verano y todo el otoño de 1966 estudiando la revista. Traté de dar a conocer sus tesis en Italia, encontrando una fuerte hostilidad, ya fuera por parte de la propia revista en la que entonces colaboraba (” Tiempo Presente”, que dejó de publicarse   poco tiempo después), ya fuera en el seno de Nuovi argomenti (no por parte de Alberto Moravia, quien me había invitado a colaborar, sino por parte de otro director de la revista, Pier Paolo Pasolini, que inmediatamente escribió una poesía contra mí y poco después sería asesinado – !no a manos mías en un duelo!). Al mismo tiempo me dediqué al estudio de la tradición revolucionaria de la cual la IS se declaraba heredera, que era la de la Comuna de París, el movimiento de los Consejos Obreros, Pannekoek, Gorter…hasta llegar a Socialismo o Barbarie, de cuya revista conseguí hacerme con la colección completa.
A fines de noviembre de 1966 tuvo lugar el escándalo de Estrasburgo. Junto con otros dos compañeros italianos cogí el coche y nos plantamos allí a toda prisa, con la idea de tratar de enterarnos de lo que pasaba. El primer situacionista que conocí fue por eso el único que estaba presente en aquel momento en Estrasburgo, Mustapha Khayati, a quien volvería a ver en otras ocasiones. De él he apreciado siempre la honestidad, la finura y el garbo de su manera de ser, por no hablar de la agudeza de sus análisis históricos. Sólo recientemente he vuelto a tener noticias suyas, de forma imprevisible e indirecta. Espero que no haya sufrido en su vida.

 

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Nosotros, los tres italianos, estábamos ya muy desconcertados por lo que estaba pasando, pero lo estuvimos todavía más cuando nos topamos con los documentos que nos facilitaron en los días sucesivos, tanto los estudiantes de Estrasburgo como la propia IS. Mis dos amigos italianos tomaron otros derroteros, pero yo fui profundizando mis relaciones con los situacionistas, con los que me encontraría primero en París y luego en Bruselas, en el verano del 1968. Se habían refugiado en la capital belga para guarecerse de eventuales persecuciones y para escribir el libro sobre el movimiento del Mayo, que firmaría Viénet. Como he escrito en el libro, las relaciones con los situacionistas no podían ser más que “históricas”, es decir, no había espacio para las virtudes amables y para los sentimientos personales. El hecho de que el grupo estuviera basado en una cierta intercambiabilidad de sus miembros tendía a poner entre paréntesis y a suspender (en el sentido que la fenomenología de Husserl da al término epoché) toda característica subjetiva.

 

En realidad, tal y como he mostrado también en el libro, las cosas no eran realmente así y esa fue una de las contradicciones principales que llevaron a la disolución del movimiento.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1968

 

 

Debord y el grand style.


De hecho, el distanciamiento respecto de la subjetivad era una cualidad exclusiva de Debord y constituía el aspecto fundamental tanto de la fascinación como de la hostilidad que suscitaba. Durante la segunda mitad del siglo veinte, Debord ha sido la personificación del gran estilo. “Doctor en nada” pero maestro de los ambiciosos, amigo de los rebeldes y de los pobres, pero secretamente admirado por los poderosos, un hombre que suscitó grandes emociones, pero sin embargo era frío y distanciado de sí mismo y del mundo. Tal es, de hecho, la primera condición del estilo: el distanciamiento, la lejanía, la suspensión de los afectos desordenados, de la emotividad inmediata, de las pasiones sin freno. Debord ha sido una figura clásica, en absoluto romántica.
El distanciamiento en el caso de Debord se manifiesta antes que nada en forma de una compleja y total extrañeza frente al mundo de la universidad, de la acción, del periodismo, de la política y de los media; frente a todo el establishment cultural, Debord nutre el más profundo disgusto y el más radical desprecio. No menos absoluta es su repugnancia por todo lo mundano, por la frivolidad snob que coquetea con el extremismo revolucionario – el así llamado radical chic-. Al fin de cuentas tanto desdén no reposa ni tan siquiera sobre el confort de un patrimonio heredado: en este sentido Debord afirma haber “nacido virtualmente arruinado”. En una época en que los ambiciosos están dispuestos a todo por el poder político   y el dinero, la estrategia de Debord   hace palanca sobre un solo factor: la admiración que su modo de ser suscita en aquellos que consideran el poder político y el dinero como beneficios secundarios con respecto a la excelencia y su reconocimiento. El tipo de superioridad a la que aspira esta estrategia no es muy diferente de aquella que anhelan algunos filósofos antiguos, como Diógenes, para los cuales la coherencia entres los principios y la conducta constituía lo esencial.

 

Sin embargo, la fuente de donde bebe es tanto de tipo ético como estético: es en la revuelta poética y artística donde hay que buscar la tradición en cuyo seno se sitúa Debord. Dicha tradición, que encontró en las vanguardias del siglo veinte un desarrollo extraordinario, se remonta nada menos que al Medioevo: el gran poeta francés del siglo VX, François Villon, representó el modelo de un encuentro entre cultura y conductas alternativas (y en su caso incluso criminales) que se ha transmitido a través de los siglos.

 

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A todo esto se añade también la lejanía de todas las organizaciones y tendencias político-revolucionarias predominantes de la época. El camino que eligió Debord lo condujo a un total rechazo de cualquier posición leninista, trotskista, maoísta y tercermundista. Al mismo tiempo, sin embargo, Debord también tomó distancia con respecto al anarquismo, que abandona el ser humano al capricho individual: para él no cabe duda de que el punto más alto de la teoría revolucionaria lo alcanzó Marx, no Bakunin. Si por político se entiende la distinción entre amigo y enemigo, unida al esfuerzo de ampliar el número de los primeros, hay en Debord un radical apoliticismo que conduce al aislamiento. Esta, por otra parte, fue una de las razones que llevaron a la ruptura de mi relación con él en la primavera de 1969.
Lo cierto es que la aprobación y la afectividad obtenidas a través de la simpatía, del acuerdo y de la buena disposición para con los demás no eran cosas que entraran en absoluto dentro del estilo de Debord, que en este punto seguía la opinión de Nietzsche según la cual “el gran estilo excluye al agradable”. En una época que ha hecho de lo adaptable y de la desenvoltura las cualidades más apreciadas, Debord se pone frente a sus contemporáneos con aspereza, con rudeza y hoy por hoy es el único estilo que sigue siendo capaz de suscitar interés y de excitar la pasión: Escribe: “Yo no he ido jamás en busca de nadie a ninguna parte. Mi círculo se compone de aquellos que han venido motu propio y han sabido hacerse aceptar”. De hecho aquello no impidió que en torno a Debord, al menos en la segunda mitad de los años sesenta, se formase una sociabilidad que se reconocía en un proyecto teórico y en un estilo de vida.

 

Tal y como he escrito, en la IS regía una especie de responsabilidad colectiva por la cual las afirmaciones teóricas y la conducta de cada uno co-implicaban automáticamente a todos los demás. Semejante característica, que parece reproducir uno de los aspectos específicos de las sectas religiosas, en el caso específico de la IS tiene un significado estético que nos retrotrae al tema de la importancia del elemento constrictivo y vinculante del estilo: como escribe Nietzsche, “el estilo implica una anulación de las particularidades individuales, un profundo sentido de disciplina, cierta repugnancia ante cualquier naturaleza desordenada y caótica”. Sin embargo, estas exigencias, que se correspondían a la perfección con la manera de ser de Debord, no se llevaban tan bien con el temperamento de otros miembros de la IS que, o bien eran muchos más expansivos y extrovertidos, o bien estaban privados de genialidad y espíritu creativo; pero sobre todo se llevaban muy mal con los rasgos dominantes del movimiento contestatario, en el que confluían, por un lado, el vitalismo subjetivo y el espontaneísmo más impulsivo y, por el otro, la más tétrica y antiestética servidumbre política de marca estalinista. Todo lo cual explicaba el hecho de que fueran tan pocos los que captaron de verdad el mensaje de la IS: y a fines del 68 en Roma no eran más de tres personas las que recibían la revista y no más de una veintena en toda Italia! Bastaba ser un simple lector de la IS para percibir algo las altas cualidades estéticas de toda la empresa. Bastaba leer la revista para tener la sensación de formar parte de la élite de la revolución mundial: en efecto, los situacionistas formaban una red internacional en cuyo seno uno se movía con un talante más que de conspirador, de aristócrata.

 

 

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La mezcla entre modelos estéticos y modelos políticos es una marca constitutiva del estilo Barroco, que no por casualidad es un constante punto de referencia para Debord: en particular, le merece atención y respeto la figura de Baltasar Gracián, que es quien, en su Oráculo manual , supo   delinear mejor que nadie todos los aspectos del gran estilo, sustrayéndolo a todo clasicismo abstracto y sumergiéndolo en las querellas y contingencias históricas. Sin embargo, incluso en mayor medida que Gracián, será el enemigo de Richilieu y de Mazarino, el cardenal de Retz, quien ocupará la imaginación de Debord. En una carta del 24 de diciembre de 1968 me escribe: “Me gusta mucho la cita de las Memorias de Retz, no sólo porque toque los temas de la imaginación al poder y de tomad vuestros deseos por realidades, sino también porque hay en verdad un parentesco divertido entre la Fronda de 1648 y el mayo del 68: son los dos únicos grandes movimientos que han estallado en París como respuesta inmediata a arrestos: y tanto el uno como el otro con barricadas”.
La tradición subversiva dentro de la cual se inscribe Debord tiene por eso más que ver con la barroca-antigua del tiranicidio que con la más moderna de las revoluciones político-sociales: el 68 recuerda a la Fronda, no a la Revolución Francesa – y menos aún la revolución rusa. Por hacer un parangón con el cardenal que animó la Fronda, hay en Debord   una práctica de la verdad que pertenece al Retz escritor, pero no al Retz hombre de acción. Obviamente es fácil preservar la propia integridad en la soledad o dentro de un estrictísimo círculo de amigos; ¡otra cosa muy distinta es tener trato con todo tipo de gente y luchar por el poder en plena guerra civil donde todos saben que está en juego la misma vida! El gran estilo de las Memorias de Retz consiste sobre todo en la distancia que el autor guarda con respecto a sí mismo, así como en   la desprejuiciada sinceridad con que expone las más secretas motivaciones de sus acciones, también cuando dicha sinceridad daña su reputación; desde luego, de donde no procede su gran estilo post festum, alejado ya de la flagrancia de la acción: en las intrigas, conjuras, traiciones y complots de todo tipo, Retz no es distinto de sus enemigos, y si sus planes no resultan, el fracaso sucede desde luego contra lo que era su intención y su deseo. Muy distinto es el caso de Debord, en el cual la estética de la lucha se configura, al menos desde fines de los años sesenta, como una estética de la derrota, casi como si cada éxito contuviera un elemento de irremediable vulgaridad. La guerra era para él el dominio no sólo del peligro, sino también de la desilusión. Yo siempre barrunté vagamente esa oscura melancolía que, por su expreso reconocimiento, acompañó su vida; y de visto qué trágicas e inevitables consecuencias lleva el rodear el fracaso de una aureola de triste esplendor. Por eso, por muy grande que sea la admiración que siempre he tenido por él, pienso que su modo de ser debe ser emulado sólo por aquel que, dotado de un gran genio, quiera un reconocimiento exclusivamente póstumo. A fin de cuentas, creo que es más sabio seguir a Plutarco que a Diógenes.
Por lo demás, creo que la inteligencia histórica de Debord, que es agudísima hasta el 68, se aplanó en los años sucesivos. En los meses que procedieron al Mayo, Debord demostró una sensibilidad histórica verdaderamente profética. Algunos meses antes de que estallasen los motines de mayo (los cuales cogieron por sorpresa, no sólo a la burguesía, sino a casi todos los revolucionarios), Debord me escribía anunciándome que una profunda crisis social se cernía sobre Francia. Mantuvo esta extraordinaria capacidad premonitoria durante todo el 68: en julio del mismo año, por ejemplo, afirmaba   en otra carta (contra la opinión ingenuamente optimista de casi toda la izquierda) que había muchas probabilidades de que se diera una intervención armada de la Unión Soviética en Checoslovaquia (la cual tendría lugar al mes siguiente). En los años posteriores, sin embargo, me parece que la comprensión   del movimiento de las cosas se le escapa, hasta llegar a su retorno a la escena cultural en 1988 con el Panegírico, en el que define los años setentas como repugnantes. En cierto sentido sucedió lo que ya nos había dicho él a mi mujer Graziella Gaggoli y a mí en Bruselas, cuando lo visitamos en julio del 68: que mayo fue el comienzo de una época. Pero no en el sentido en que él lo entendía.

 

 

Verano 2007.

 

* Los situacionistas. Historia crítica de la última vanguardia del siglo XX.
Ediciones Acuarela y A. Machado Libros,   Madrid, 2008.

El conflicto, el dios salvaje de la historia. Dos criticas de cine sobre Un Dios salvaje y Memoria para reincidentes.


No soy critico de cine ni me interesa ejercer ese papel. Pero este domingo pude ver dos grandes películas y me gustaría comentarlas. La primera fue Un Dios salvaje, del gran Roman Polansky e interpretada centralmente por Jodie Foster (Penelope Longstreet), Kate Winslet (Nancy Cowan), Christoph Waltz (Alan Cowan), John C. Reilly (Michael Longstreet). Basada en una obra de teatro de Yasmina Reza la película cuenta la historia de dos matrimonios que se reúnen para acordar un acta debido a que el hijo de uno de los matrimonios, los Cowan, golpeo con un palo en la cara al hijo del otro matrimonio (los Longstreet) provocándole la perdida de dos dientes. Lo que parece ser un acto de madurez y civilidad, una forma de recreación en pequeña escala del contrato social, se descubre con el transcurrir de la película en una farsa que esconde los verdaderos sentimientos y conflictos de los protagonistas. El film transcurre dentro de un departamento y el hilo conductor es el conflicto, que es el verdadero nervio motor de la vida social y lo que desnuda es la naturaleza violenta de toda institución de la sociedad. La hipocresía y mediocridad de la vida burguesa, del matrimonio, de las formas sociales y la violencia y el conflicto como base de ello, la empatia entre los hombres de los matrimonios y las mujeres, afloran todo el tiempo en las ricas discusiones entre los cuatro protagonistas del film.

Un film tenso y de buen ritmo que hurga mas allá de las apariencias para dejar al descubierto el desgarro que hace imposible el contrato social y a restaurar la idea de un dios salvaje cuyas leyes naturales no han sido condenadas desde tiempos inmemorables, en palabras Christoper Lanz,(el mismo que hizo del exquisito coronel Hanz Landa en Bastardos sin gloria) encarnando el papel de un cínico, nihilista e inescrupuloso abogado corporativo y de lejos el mejor actor de un grupo que despliega extraordinarias actuaciones.

La segunda película que vi fue Memorias para reincidentes, de los camaradas Javier Gabino, (mi querida amiga) Gaby Jaime y Violeta Bruick (quienes generosamente han citado y tomado como una de las fuentes de su investigación documental el libro Insurgencia Obrera en Argentina 1969/1976, que escribí junto con la camarada Ruth Werner). Una extraordinario documental que rescata el relato político social de la década del 70 como una guerra de clases, de la que va trazando un impecable fresco a través de la voz de los dirigentes del clasismo y las luchas fabriles contra el gobierno peronista. Dividida en cuatro historias, se puede establecer los distintos periodos de la lucha de clases en los setenta y sus emergentes. Asi el clasismo del Sitrac- Sitram estará presente en la voz de Francisco Paez, Coco Luna y Gregrorio Flores y de una lucida Susana Fiorito. De las luchas de resistencia contra el Pacto Social, en la voz de Oscar Bonatto (ex obrero y delegado de Del Carlo) y Morelli (ex delegado de Astilleros Astarsa). Del Villazo en voz de Pepe Kalauz y Chiche Hernandez y de las Coordinadoras Interfabriles en voz de todos y del camarada José Montes. .

La película no es neutral. Se sitúa desde el campo político de la independencia de la clase obrera y la reivindicación de la militancia revolucionaria y por ende intenta aportar al balance histórico de las experiencias combatientes del proletariado argentino. Una critica radica en que no termina de exponer hasta el final las conclusiones políticas del periodo (es decir para que, hubiera sido necesario concretamente, la dirección de un partido revolucionario marxista en los setenta) y en que la guerra de clases relatada en diversos conflictos no tiene siempre correspondencia con el marco político en que se desarrolla. Para mi opinión innecesario el final con la apelacion a los reincidentes, es decir los luchadores de la nueva generación, ya que la clave de la película es la memoria, es decir las lecciones históricas que la nueva camada tiene que internalizar en afán de recuperar las tradiciones mas combativas de nuestra clase y superar sus limitaciones dadas por la subordinación política al peronismo de sus direcciones que es a su vez lo mejor de la critica política del film.

La vida y la muerte de León Trotski. Víctor Serge


El año 1917, cuarto de la primera guerra mundial, comenzó bajo sombríos auspicios. La Europa continental ardía en un gran incendio. Se luchaba en la Turquía asiática, en Palestina y en África. Parecía como si las dos coaliciones rivales se hallaran empeñadas en una lucha de exterminio que no dejara a los pueblos esperanza alguna de salvación. Un día los vencidos tendrían que ser tratados sin piedad, mientras los vencedores se hallarían terriblemente agotados. Nosotros hemos conocido aquellos tiempos de amargura para los combatientes, de miseria para las poblaciones de retaguardia y de la debilidad irrisoria de un grupo de socialistas fieles al internacionalismo. De pronto, en el mes de marzo de 1917, el despotismo de los zares se derrumbaba bajo la presión de los obreros de Petrogado. El nacimiento de Rusia a la libertad democrática fue como un rayo de esperanza en aquellos tiempos de pesadilla. Pero, al propio tiempo, nacieron dos nuevas inquietudes; la defección rusa podía asegurar la victoria de los imperios centrales y la propia revolución rusa parecía inclinarse hacia un compromiso con una burguesía débil y reaccionaria, la cual, inmediatamente, empezó a preparar la dictadura militar y la represión del movimiento obrero y campesino. Si los imperialismos autárquicos salían victoriosos sobre los imperialismos democráticos, y si la revolución rusa desembocaba en un régimen de reacción más fuerte y más moderno que el zarismo, el porvenir de Europa no sería más que tinieblas.
El 7 de noviembre de 1917, un gran acontecimiento echó a rodar estas sombrías perspectivas. De Petrogado a Kazán, a Kaluga, a Tachkent, los obreros, los campesinos, los soldados, los intelectuales revolucionarios, se levantaron y dieron el poder a los Soviets (Consejos de Trabajadores), la tierra a los campesinos, el control de la producción a los obreros y proponían al mundo la paz de los pueblos “paz inmediata, sin anexiones ni indemnizaciones”. Por el momento, la victoria del bolchevismo debilitaba a Rusia en su rango de gran potencia, a tal extremo que se vio obligada, con gran dolor, a aceptar el dictado de Brest-Litovsk. Pero, en realidad, al mismo tiempo, daba un golpe de muerte al imperialismo de las Potencias Centrales, precipitaba la madurez de las revoluciones populares en Alemania y en Austria-Hungría e incitaba al Presidente W. Wilson a formular sus memorables condiciones de paz, fundadas sobre el  derecho de las nacionalidades. Por encima de todo, daba nacimiento a una incontenible esperanza de transformación social. Europa entera empezó a vislumbrar una nueva justicia social, una nueva fraternidad. Las clases, siempre vencidas hasta entonces a lo largo de la Historia, se sentían desde aquel momento capaces de vencer y de encaminar al mundo hacia un destino más elevado.
Los acontecimientos de Rusia eran la obra de las masas campesinas, de las masas obreras, de las masas de soldados y marinos u de una gran minoría de intelectuales idealistas. Es completamente falso, y la Historia lo demuestra al primer golpe de vista, decir que los bolcheviques hicieron la revolución  socialista. El mérito del Partido Bolchevique fue el de comprender que la revolución se estaba operando y que tenía que salir victoriosa. Su misión consistió en proporcionar un sistema nervioso a aquel movimiento de masas, darle aparatos de coordinación y de dirección inteligente, cuadros de hombres cultos y libres. El mérito de Lenin y de Trotski fue el de comprender que ninguna solución intermedia entre la dictadura reaccionaria y la dictadura revolucionaria de los soviets era posible. En aquellos momentos, los nombres inseparables de Lenin y Trotski iluminaron con una aureola prodigiosa.
Leon Davidovich Bronstein (León Trotski), judío, de origen burgués, militante socialista desde su adolescencia, tenía en aquel entonces treinta y ocho años. Regresaba del Canadá, donde había sido internado en Halifax, después de haber llegado a dicho país expulsado de Francia. En 1905, fue el presidente del Soviet de San Petersburgo, proclamó la jornada de ocho horas, la negativa a pagar los impuestos y había puesto en peligro la existencia misma del Imperio. Fue desterrado a Siberia por segunda vez. Se evadió y se refugió sucesivamente en Viena, Berlín y París. Era conocido como un marxista social-demócrata ruso independiente en el seno del Partido, dividido en la mayoría (bolchevique) revolucionaria y jacobina, y la minoría (menchevique) moderada y democrática. Desde 1904 hizo oposición a Lenin, quien proclamaba ya en aquel entonces la dictadura del partido bajo la enseña de la dictadura del proletariado. Trotski le replicó: “Esto sería inevitablemente la dictadura del partido sobre el proletariado”. Combatió la centralización autoritaria del bolchevismo junto a Rosa Luxemburgo. Se presentaba como el teórico de la “revolución permanente”, o sea, de la revolución internacional, dispuesto a quemar las etapas de la revolución burguesa sin detenerse en ellas. Desde su llegada a Petrogrado, en mayo-junio de 1917, se unió al Partido Bolchevique, el cual había entrado vigorosamente por el camino de la “revolución permanente”, gracias a la autoridad intelectual de Lenin, quien representaba, indudablemente, las aspiraciones de las masas. Gracias a Lenin y Trotski, el sistema soviético empezó bajo las formas de una nueva democracia, ampliamente espontánea. Trotski, después de haber sido uno de los principales organizadores de la insurrección y de la toma del Poder, pasó a ser el Comisario del Pueblo de Negocios Extranjeros. Publicó los tratados secretos y más tarde fue el organizador del Ejército Rojo. Durante los cuatro años de terrible guerra civil, y muy a menudo en condiciones desesperadas, obtuvo victoria tras victoria, destruyó los ejércitos reaccionarios del general Yudenith en Estonia, de Denikin en Ukrania, de Dutov en el Ural, del almirante Koltchak en Siberia y redujo a la impotencia la intervención extranjera. En ella se revelaron militantes de cualidades excepcionales: Blucher (en el Ural), fusilado por Stalin; Tukhachevski en el Volga (fusilado); Yakir, en Ukrania (fusilado); Ivan Smirnov, en el Volga y en Siberia (fusilado); Egorov, en Tsarytan (fusilado); Smilga, Mratchkavski, Muralov (fusilados) y muchos otros, casi todos fusilados, también fusilados. No sobreviven, de aquella epopeya, más que Vorochílov, Budienny y Stalin.
La intervención extranjera, la guerra civil, el bloqueo y el hambre mataron a la joven democracia soviética y dieron nacimiento a la dictadura burocrática del Partido. En 1921, la insurrección de Cronstadt reveló el conflicto entre el pueblo revolucionario y la dictadura. Cronstadt reclamaba la vuelta a los soviets elegidos libremente. Contrariamente a la leyenda establecida, Trotski, entonces Presidente del Consejo Revolucionaria de la Guerra, no tomó parte alguna en aquella abominable represión, de la cual, más tarde, aceptó su parte de responsabilidad política. Fue el primero en preconizar la Nueva Política Económica, a fin de dar satisfacción a los campesinos, librándolos de las requisas. De haber sido escuchado, a buen seguro que la revolución de Cronstadt no hubiera tenido lugar.
Es evidente que Trotski en el Poder tiene su parte de responsabilidad en los errores gravísimos que se cometieron junto con Lenin y los dirigentes del Partido bolchevique. Es cierto que estos grandes revolucionarios ejercieron el Poder en condiciones particularmente graves. Es cierto, también, que su psicología de doctrinarios marxistas, convencidos de tener la verdad integral y salvadora, les hizo terriblemente intolerantes y les hizo desconocer la importancia vital de la libertad y de la democracia. Todos los movimientos socialistas (y libertarios}, a excepción del bolchevique, aún cuando han sido demasiado débiles para poner en peligro el nuevo régimen, han sido ahogados con el estado de sitio. Los socialistas revolucionarios de izquierda, que tomaron las armas en contra de Lenin y Trotski se hallan en las cárceles desde 1918 (aún los hay en la actualidad}; los social-demócratas mencheviques, que se hicieron los defensores de la democracia obrera, fueron duramente perseguidos; los anarquistas fueron puestos fuera de la ley, por más que, con Makhno, jugaron  tan gran papel en la liberación de la Ukrania ocupada por los blancos y que en un tratado fraternal se les prometiera solemnemente la legalidad. Lenin y Trotski al fundar la Tcheka, crearon una verdadera inquisición. Al estatizar los sindicatos y las cooperativas, desarmaron a las masas y abrieron el camino al totalitarismo.
Pero, lo que nadie puede negarles es el haber obrado de buena fé. Ya en 1923 dieron cuenta del peligro burocrático, en realidad totalitario, y resolvieron combatirlo juntos. Trotski reclamó en el “Nuevo Curso”: democracia en el interior del Partido, llamamiento a las juventudes. Fue vencido por los funcionarios en los momentos en que Lenin moría a causa de un agotamiento cerebral. Desde entonces, Trotski, a despecho de muchas faltas de orden secundario, se convirtió en la intransigente y formidable encarnación de un movimiento de izquierda, el cual, en el seno del Partido, luchó hasta la muerte para devolver la democracia al seno del Partido y a los sindicatos, por el principio del internacionalismo militante, por una industrialización inteligente y humana, contra la dictadura de los secretarios y el pensamiento dirigido por los pedantes, contra la estúpida doctrina del “socialismo en un solo país” y la colaboración con el nazismo.
La tendencia totalitaria obtuvo su triunfo en 1929. Empezó con el encarcelamiento de 8.000 opositores y continuó con la persecución hasta el exterminio físico de toda la generación revolucionaria de 1917-1924. Trotski fue detenido en Moscú y trasladado por la fuerza a Alma-Ata, en la frontera del Turkestán chino; expulsado de Rusia a la fuerza y enviado a Turquía, exilado en Francia, en Noruega, en México, nunca dejó de ser un combatiente sobre el único terreno que podía serlo, el de las ideas, mientras que sus camaradas en Rusia,  caían uno tras otro en las cárceles. Este combate lo ha continuado siempre junto con una obra científica de primer orden, que pasa a ser patrimonio de la cultura socialista (“Mi Vida”, “Historia de la Revolución Rusa”, “La Revolución Traicionada”). Uno de sus hijos fue fusilado, una de sus hijas murió en la miseria, otra se suicidó; en París, una muerte sospechosa se le llevó el mayor, León Sedov, su colaborador. Todas estas desgracias le llenaron de dolor y le agotaron y, a pesar de este estado y del peligro de ser asesinado, continuó su lucha, sin desfallecimientos, con una inteligencia siempre aguda y despierta y con una absoluta probidad. En 1936 tuvo lugar en Moscú el proceso de impostura, que inició la exterminación completa y sangrienta de la generación revolucionaria, incluso de aquellas tendencias que se opusieron por mucho tiempo a la de Trotski (Zinoviev-Kamenev-Bujarin-Rikov). El verdugo es quién hizo su ley. Se trataba de imputar la responsabilidad de la miseria terrible que padecía el pueblo ruso bajo el totalitarismo y del desastre económico de la industrialización despótica, a los viejos militantes marxistas quienes un día hubieran podido formar los equipos de recambio para sustituir al Gobierno, que además eran populares y, al mismo tiempo, al Exiliado que representaba la conciencia viva de la Revolución de Noviembre de 1917. La calumnia, la mentira, el delirio d asesinato, lo desbordaron todo. El nombre de Trotski fue suprimido de los tratados de historia de la Unión Soviética. Sólo una chispa de luz surgió en aquellos días de tiniebla. Una Comisión de intelectuales internacionales, presididos en Nueva York y en México por el gran filósofo norteamericano John Dewey, estudió por mucho tiempo aquella hojarasca criminal y proclamó la completa inocencia, la grandeza irreprochable de Trotski: ¡Not Guilty!
Sin embargo, ciertos errores lo aislaron y disminuyeron la importancia inmediata de su obra. Su fidelidad al viejo partido lo inmovilizó muy a menudo. A pesar de los crímenes, a pesar de su propia muerte que se acercó de día en día, se negó a reconocer que la URSS hubiera dejado de ser un “Estado Obrero Socialista” y que en ella se hubiera establecido un nuevo sistema de totalitarismo. Creyó poder llevar sobre sus solas espaldas el peso de una nueva Internacional, la Cuarta, continuadora de la Tercera. Voluntarioso y utopista, se separó del conjunto del movimiento socialista. Se empeñó en hacerse el mantenedor de un bolchevismo de épocas pasadas y que en la actualidad ya nadie puede comprender. Se mostró intransigente con revolucionarios que le querían y comprendían, pero que no querían seguirle por esos caminos. Intervino en las disensiones y en las escisiones de minúsculos partidos que no forman más que sectas fieles a fórmulas muertas. Nosotros nos explicamos muy bien, desde un punto de vista psicológico, su tensión interior y el drama de su soledad.
En la URSS decretaban en contra de él pena de muerte sobre pena de muerte. El 20 de mayo de 1940, en los tiempos del pacto Hitler-Stalin, del cual se mostró siempre contrario, el pintor comunista Alfaro Siqueiros y el “judío francés” -probablemente el agente del Comintern y de la GPU en el asunto- asaltaron la residencia de Trotski en Coyoacán, le hicieron tres disparos de pistola ametralladora en su habitación, dejaron una bomba incendiaria en la casa y escaparon, llevándose prisionero a su colaborador americano Sheldon Harte, cuyo cadáver fue encontrado días más tarde en una casa del Desierto de los Leones alquilada por los hermanos Arenal. Trotski salvó su vida de milagro, pero dijo a los periodistas que “no tardaría en producirse otro atentado en contra suya”. Sabía que había sido dada la orden de acabar con su vida y que los asesinos disponían de medios ilimitados.
El 20 de agosto de 1940, a las siete de la mañana, recibió algunos instantes en su despacho, al “camarada” Jackson-Monard-Vendendreschd que lo mató de un golpe de piolet en el cráneo. La identidad del asesino no ha sido establecida aún, pero se sabe que viajaba con el pasaporte de un combatiente de las Brigadas Internacionales muerto en España. [Posteriormente se le identificó como Ramón del Río Mercader, español, miembro de las juventudes del PSUC]. El veredicto de la justicia mexicana ha establecido que se trataba de un instrumento pagado por una organización potente. El mismo ha proclamado su admiración por Stalin…
Así terminó el duelo entre el viejo revolucionario y el totalitarismo. El proceso queda abierto ante la Historia. En realidad no ha hecho más que empezar.

Marx, más vivo y actual que nunca (Atilio Boron)


En un día como ayer, hace 129 años, moría plácidamente en Londres, a los 65 años, Karl Marx. Corrió la suerte de todos los grandes genios, siempre incomprendidos por la mediocridad reinante y el pensamiento encadenado al poder y a las clases dominantes. Como Copérnico, Galileo, Servet, Darwin, Einstein y Freud, para mencionar apenas unos pocos, fue denostado, perseguido, humillado. Fue ridiculizado por enanos intelectuales y burócratas académicos que no le llegaban ni a los tobillos, y por políticos complacientes con los poderosos de turno a quienes les repugnaban sus revolucionarias concepciones.

La academia se cuidó muy bien de sellar sus puertas, y ni él ni su amigo y eminente colega Friedrich Engels, jamás accedieron a los claustros universitarios. Es más, Engels, de quien Marx dijera que era “el hombre más culto de Europa”, ni siquiera estudió en la universidad. Sin embargo, Marx y Engels produjeron una auténtica revolución copernicana en las humanidades y las ciencias sociales: luego de ellos, y aunque sea difícil separar su obra, podemos decir que después de Marx, ni las humanidades ni las ciencias sociales volverían a ser las de antes. La amplitud enciclopédica de sus conocimientos, la profundidad de su mirada, su empecinada búsqueda de las evidencias que confirmaran sus teorías hicieron que Marx, tantas veces dadas por muertas sus teorías y su legado filosófico, sea más actual que nunca.

El mundo de hoy se parece de manera sorprendente a lo que él y su joven amigo Engels pronosticaron en un texto asombroso: El Manifiesto Comunista. Este sórdido mundo de oligopolios rapaces y predatorios, de guerras de conquista, degradación de la naturaleza y saqueo de los bienes comunes, de desintegración social, de sociedades polarizadas y de naciones separadas por abismos de riqueza, poder y tecnología, de plutocracias travestidas para aparentar ser democracias, de uniformización cultural pautada por el American way of life, es el mundo que anticipara en todos sus escritos. Por eso son muchos quienes ya, en los capitalismos desarrollados, se preguntan si el siglo veintiuno no será el siglo de Marx. Respondo a esa pregunta con un sí sin atenuantes, y ya lo estamos viendo: las revoluciones en marcha en el mundo árabe, las movilizaciones de los indignados en Europa, la potencia plebeya de los islandeses al enfrentarse y derrotar a los banqueros y las luchas de los griegos contra los sádicos burócratas de la Comisión Europea, el FMI y el Banco Central Europeo, el reguero de pólvora de los movimientos Occupy Wall Street que abarcó a más de cien ciudades estadounidenses, las grandes luchas que en América latina derrotaron al ALCA y la supervivencia de los gobiernos de izquierda en la región, comenzando por el heroico ejemplo cubano, son tantas otras muestras de que el legado del gran maestro está más vivo que nunca.

El carácter decisivo de la acumulación capitalista, estudiada como nadie más en El Capital, era negado por todo el pensamiento de la burguesía y por los gobiernos de esa clase que afirmaban que la historia era movida por la pasión de los grandes hombres, las creencias religiosas, los resultados de heroicas batallas o imprevistas contingencias de la historia. Marx sacó a la economía de las catacumbas y no sólo señaló su centralidad, sino que demostró que toda la economía es política, que ninguna decisión económica está despojada de connotaciones políticas. Es más, que no hay saber más político y politizado que el de la economía, dando al traste con los tecnócratas de ayer y hoy que sostienen que sus planes de ajuste y sus absurdas elucubraciones econométricas obedecen a meros cálculos técnicos y que son políticamente neutros. Hoy ya nadie cree seriamente en esas patrañas, ni siquiera los personeros de la derecha (aunque se abstengan de confesarlo). Podría decirse, provocando la sonrisa socarrona de Marx desde el más allá, que hoy son todos marxistas pero a la Monsieur Jordan, ese personaje de El burgués gentilhombre, de Molière, que hablaba en prosa sin saberlo. Por eso cuando estalló la nueva crisis general del capitalismo todos corrieron a comprar El Capital, comenzando por los gobernantes de los capitalismos metropolitanos. Es que la cosa era, y es, muy grave como para perder el tiempo leyendo las boberías de Milton Friedman, Friedrich von Hayek o las monumentales sandeces de los economistas del FMI, el Banco Mundial o el Banco Central Europeo, tan ineptos como corruptos y que por causa de ambas cosas no fueron capaces de pronosticar la crisis que, como un tsunami, está arrasando los capitalismos metropolitanos. Por eso, por méritos propios y por vicios ajenos Marx está más vivo que nunca y el faro de su pensamiento arroja una luz cada vez más esclarecedora sobre las tenebrosas realidades del mundo actual.

* Director del PLED, Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales.