Homosexualidad y revolución (extractos, Daniel Guerin)


http://www.marxists.org/espanol/guerin/1983/1.htm

 

1.  Cuestión de definición

Comencemos por desarrollar una cuestión de vocabulario.  ¿Qué se entiende por la palabra homosexualidad? ¿Qué contenido debe darse a la palabra Revolución?

El primero de estos términos es incómodo y feo. Fue fabricado, a fines del siglo XIX, por la sexología germánica.  Este indica el interés que un ser humano (masculino o femenino) le de a una persona del mismo sexo. (No tratare mas que la homosexualidad masculina, desconociendo, y por buenas razones, la homosexualidad femenina).

Dicho esto, seguimos aun en la niebla.  Esto se debe a que esta tendencia se puede manifestar en todo tipo de formas: incorpórea, sublimada, o furiosamente física. Entre los hombres, de da en los adolescentes,  los hombres adultos, incluso niños, en los jovencitos como en los atletas, en los andrógenos delgados o en los hércules.  Se da en aquel que inclina hacia el sadismo o el masoquismo, en el amante del cuero o del jebe, aquel que tiende hacia tal o cual fetiche, ya sea activo o pasivo, o ambos por turnos, que tiene una afición por los imberbes o por los bigotudos, los barbudos, cuyo límite de edad de su pareja es mayor o menor, cuya su preferencia va al tamaño del pene o de la dureza de los músculos, que ama la desnudez o prefiere vestir, y en este caso, los trapos civiles o el uniforme, aquel que practica la fidelidad en pareja o al que le pega el rayo a primera vista, o los dos a la vez.

Sin embargo estos matices, relativamente, no son mas que superficiales.  Mucho más importante es la diferencia entre el homosexual exclusivo y el bisexual.

Debe, por tanto, la palabra homosexualidad, identificar a una minoría de personas a quienes las posibilidades de la vida, o la repetición pavloviana, o el complejo de castración, han acostumbrado a alejarse del sexo femenino?  Es indudable el veredicto de la moral burguesa y cristiana que le conferido su caracter extenso y peyorativo a esta manera de amar.  La palabra debe caer en desuso a medida que desaparezcan poco a poco las leyes homofóbicas, los prejuicios contra la cosa, en fin la ira de una Iglesia que se obstina tanto en vituperar en contra de esta tendencia que muchos sus sacerdotes – y por buena razón – la cultiven o traten de defenderse.  Pero, veremos más adelante que la sociedad burguesa, basada en la familia, no renunciará tan fácilmente a uno de sus últimos baluartes.

Examinemos ahora la palabra Revolución. El término ha sido usado en exceso.  Hasta el fascismo se ha atrevido a decirse “revolucionario”.  Cualquier tirano de país subdesarrollado tiene el descaro de presumir de un “Consejo Revolucionario”.  Igual en el bloque del Este, que ejerce una despiadada dictadura sobre el proletariado y comete el engaño  de nombrar”socialismo” a su capitalismo de Estado, como en los partidos llamados “comunistas” que son los instrumentos serviles de una imperio totalitario, ni se hacen pasar por revolucionarios.

Sin embargo, la palabra Revolución no debe prohibirse por ahora. Conserva un preciso e irrefutable sentido histórico.  Esto significa que la elevación de las masas oprimidas y explotadas secularmente y sus esfuerzos por auto-empoderamiento, a la vez que marca la desenajenación de cada individuo. De ahí la relación dialéctica a establecerse entre las palabras homosexualidad y  Revolución.  Este libro se esforzará por allí.

 

2. Sexualidad y homosexualidad

Para una comprensión clara y precisa del tema que abordamos ahora, debe tenerse bien en cuenta que la homosexualidad no es algo aparte, en algun modo especial, sino una simple variante de una inmensa propiedad de la la naturaleza animal y humana: la sexualidad.  No se le puede entender ni describir sino con la ayuda de una investigación global sobre el funcionamiento sexual.  En cuanto a la Revolución es menos que es la homosexualidad la que actua, sino la sexualidad a secas, lo que Freud entiende por libido. El problema al que nos enfrentamos es que la la compatibilidad entre el libre ejercicio del instinto sexual y los imprevistos, las exigencias de la lucha revolucionaria.  Besar mucho, socavaría la acción revolucionaria o la exaltaría?

Así pues, nos encontramos en un viejo debate entre los activistas revolucionarios. Algunos, como Robespierre, como Proudhon, como Lenin, basan la eficacia revolucionaria en la “virtud”, en la continencia, y pretenden que la emisión demasiado frecuente de esperma debilitada, emascula la combatividad de los contestatarios al orden burgués.  Si queremos trazar la línea, podríamos multiplicar las ridículas citas de estos feroces guardianes de los buenos modales, igual que especular que so poco talentosos sexualmente o que han reprimido de manera aberrante sus apetitos carnales.

Frente a ellos, otros revolucionarios argumentan que el atractivo de la voluptuosidad no mengua la energía del luchador revolucionario, sino en el contrario, el orgasmo se asocia con la furia militante. Este fue el punto de vista pegado publicamente en las paredes de la Sorbona por la juventud lujurienta de mayo de 1968.

Se entiende bien aqui que, en cierta medida, en casos individuales, la potencia sexual varía de uno a otro, de cero a infinito y algunos encendidos se vacían más rápido que otros. Todo es también una cuestión de proporción y medida.  Ablandarse en las delicias de Capua, de un libertinaje sin freno, no es, obviamente, la mejor preparación para la confrontación revolucionaria.  Por otro lado, la abstención por demasiado tiempo de relaciones físicas puede crear un estado de tensión nerviosa, más o menos paralizante, por lo que no favorece a militantes audaces. Aquí, la Revolución y los deportes tienen en común. Un boxeador, un atleta, luego de una larga noche de amor, apenas es capaz de uppercuts precisos o de records cronometrados.  A la inversa, un exceso de sobreentrenamiento casto puede hacer un trapo de un campeón.  Los entrenadores lo saben muy bien.  Que los entrenadores de la lucha social por favor tomen inspiración.

La homosexualidad reproduce los mismos patrones.  Ella nunca daña, a pesar de lo puedan decir que algunos hipócritas de la lucha de clases, la agresión revolucionaria, siempre y cuando no se de al exceso, en la multiplicidad de la draga. Si está sujeta a cierta reticencia por parte de algunos autoproclamados “guías” del proletariado, es por alguna otra razón. Se preocupan por que la disidencia sexual, si se hace evidente, no desacredite a sus activistas en los ojos de la homofóbicos, o los hace susceptibles al chantaje y otras vejamenes.  Pero aquí ponemos los pies en otra área, la del el prejuicio, del “tabú”, que hoy azota, a pesar del progres logrado, a los homosexuales en conjunto.

 

3. Un caso

No puedo esconder que, en mi investigacion “objetiva”, las relaciones que se pueden establecer entre la homosexualidad y la revolución son un elemento de experiencia personal.  Cuando entré en la lucha social, me encontré siendo a la vez homosexual y revolucionario, tampoco pudiendo distinguir nitidamente qué podría ser parte del intelecto (lecturas, reflexiones) y qué del sentimiento (atraccion física a la clase obrera, revuelta, el rechazo de mi antiguo ambiente burgues).

El hecho es que durante años me sentí como cortado en dos, expresando en voz alta mis nuevas convicciones militantes, y por la fuerza, me sentia obligado a ocultar mis deseos internos.  Los extractos de escritos diverson que se pueden encontrar en la segunda parte del presente libro creo muestran precisamente esta dicotomía.  Cruel, porque yo soy por naturaleza amante de la franqueza y extrovertido.  Dificilmente guardo secreto alguno. Soy muy hablador.  Callarme, encerrame a mi mismo me es doloroso.  Con los amigos con quien llevaba amistad y en quien confiaba, tenia con demasiada frecuencia que morderme los labios para no entrar en una discusión acerca de la sexualidad, y menos defender, aunque de manera impersonal, una versión no ortodoxa del amor.

Me tocó esperar hasta mayo del 68, es decir, cuando tenía más de sesenta años, para ser liberado de aquella pesada y cotidiana ocultación. Y sólo más tarde aún que tuve la oportunidad de descubrir por casualidad que un tal compañero de lucha revolucionaria no se complacía sino con los chicos, con sus propios alumnos, era maestro, con alegre ‘teen’s’ retozaba eróticamente los fines de semana del  revueArcadie”.

Además, mi llegada a las ideas revolucionarias había sido, en mayor o menor medida, el producto de mi homosexualidad, que muy temprano había hecho de mi un libertino, asocial, un rebelde. En mis ensayos autobiográficos, he indicado que mis creencias no eran tanto tomadas de libros y periódicos revolucionarios, aunque yo había absorbido enormes cantidades de ellos, que del contacto físico, vestimentario, fraterno, por no decir espiritual, en presenciar las condiciones de vida del proletariado.  He aprendido y descubierto mucho más donde un vendedor de bicicletas, con clientela de punks, en alguna sala de boxeo y lucha libre en el barrio de Ménilmontant.  He tenido mas intercambios libres y gratificantes en la trastienda llena de humo de  algun “resto” obrero, lleno de solteros, que en el apartamento lujoso de algunos antiguos condiscipulos al que me vi obligado a continuar asistiendo.

He encontrado en los gritos de rebeldía de Max Stirner, cuando muy tarde cayó en mis manos El único y su propiedad, las fantasías homosexuales cercanas a lo que habían sido las mías.

Noto, para no omitir nada de mi viaje de toda una vida, que nunca en ningún momento, en forma alguna, la intensidad, la multiplicidad, el frenesí de mis aventuras homosexuales han prevalecido sobre mi intensa actividad militante para cambiar el mundo, ni han ensombrecido mi determinación, mi obstinación revolucionaria. No digo esto para presumir, sino porque es la verdad objetiva. Por otra parte, esta concentración en los que era para mi esencial no me detuvo, por supuesto, de beber golosamente de otras fuentes, para emborracharme de música, poesía, arte, los paisajes y los viajes, las diversiones positivas que relajan el espíritu para hacerlo más apto, mejor preparado para continuar la lucha militante.

Debo agregar, finalmente, a desengañar a los maliciosos que pondrían en duda mi sinceridad revolucionaria – sólo porque me fascina la parafernalia de los trabajadores jóvenes – que otros jóvenes, no menos interesantes, han influido en modo alguno mi orientación social.  Así, el encanto de los jóvenes soldados no me hace militarista, sino por el contrario, anti-militarista.  Del mismo modo, la masculinidad, la parafernalia de la juventud nazi, a los que, ciertamente, no soy insensible, no me hacen un fascista, sino, más bien, un intratable antifascista.

El efecto producido en mí por los jóvenes trabajadores no era simplemente el de desearlos, pero que ellos me han abierto la perspectiva ilimitada de la lucha de clases.

No sólo ha sido el contacto con la juventud trabajadora lo que me hizo un rebelde.  Como homosexual, fui objeto de humillaciones e insultos indelebles.  Algunos ejemplos:  transladado ante el tribunal correccional de Aix-en-Provence, un distinguido profesor de filosofía, un gran amigo del genial bisexual, que fue Gerard Philippe.  Indignado, le escribi al fiscal que los verdaderos culpables en este sentido fueron los que promulguen leyes antisexuales. El acusado recibió dos años de prisión.  Al respecto. me escribió con tristeza que mi carta, leída en la audiencia, había contribuido a aumentar la condena.

Me encontré por casualidad cerca de la entrada a los astilleros de La Ciotat, cuando de pronto asistimos a una carga policial contra manifestantes que habían llegado con sus hijos para protestar contra el despido de los que vendrian a ser objeto por actividad sindical.  A la orden de evacuar la calle, fui molesto por la policía, a los que me referi como “guardia de la prisión”.  Por esta palabra, fui llevado ante el Tribunal Correccional de Marsella y uno de los policías, enviados para el propósito por el Comisionado de Policía ciotadino, les alcanzo a los jueces un pedazo de papel sobre el que me acusan de los conducir a esos “pequeños jóvenes,” lo que hice, pero con toda inocencia.  Por este “crimen” debo una multa salada.

En otra ocasión fui llamado, con mi secretaria, a casa del alcalde de La Ciotat.  Me querían ver por haber aconsejado a los miembros del sindicato agrario, del que entonces formaba parte, de formar una delegación para ir al ayuntamiento para quejarse de las promesas incumplidas en cuanto a suministro de agua a los agricultores.  El alcalde habló delante de mi colega, diciendo: “Sr. Guerin, si Ud. hace el amor con un marinero, un para, un legionario, así, al municipio no le importa, pero  historias de la flota aquí, no!   Mi pobre secretaria se hundió, como dicen, en sus zapatillas. En cuanto a mí, apreté los puños de la furia.

La madre de un joven jugador nautico, al que envié una carta de solidaridad fraterna creyó su deber el llamar a mi colega: “Dígale al señor Guérin que aquí no comemos de este pan”.

La brutalidad de la homofobia no tiene límites.  Se genera, sí, la rebelión.

La revuelta es la escuela primaria de la Revolución.

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