Las grandes huelgas de Minneapolis (James P. Cannon)



E
l año 1933, el cuarto año de la gran crisis norteamericana, marcó el comienzo del levantamiento más grande de los obreros norteamericanos y su movimiento hacia la organización sindical a escala nunca vista antes en la historia norteamericana. Ese fue el marco del desarrollo de varios partidos políticos, grupos y tendencias. Este movimiento de los obreros norteamericanos tomó la forma de un tremendo gin hacia la ruptura de su atomización y a enfrentar a los patrones con la fuerza organizada del sindicalismo.

Este gran movimiento se desarrolló en oleadas. El primer año de la administración Roosevelt vio la primera oleada de huelgas de una considerable magnitud, pero de resultados insuficientes, en la vía de la organización porque carecían de suficiente empuje y adecuada dirección. En la mayoría de los casos, el esfuerzo de los trabajadores era frustrado por una “mediación” gubernamental por un lado y una brutal represión por el otro.

La segunda gran oleada de huelgas y movimientos de organización tuvo lugar en 1934. Fue seguido por un movimiento aún más poderoso en 1936-37, de la cual el punto más alto fue la huelga de brazos caídos en las fábricas de autos, caucho y el tremendo resurgir de la CIO. Nuestra conferencia de hoy trata la oleada de huelgas de 1934, representada por las huelgas de Minneápolis. Aquí, por primera vez, se demostró la participación efectiva de un grupo marxista revolucionario en la organización real de la huelga y en la dirección. La base de esta oleada de huelgas y movimientos de organización fue un reavivamiento parcial de la industria.

Esto ha sido mencionado antes y debe ser repetido una y otra vez. En los pozos de la depresión, cuando el desempleo era muy vasto, los obreros habían perdido la confianza en sí mismos y temían hacer cualquier movimiento bajo la ominosa amenaza del desempleo. Pero con el reavivamiento de la industria, los trabajadores ganaron nueva confianza en ellos mismos y comenzaron un movimiento para recuperar algunas cosas que les habían sido quitadas en lo más profundo de la depresión. El terreno para la actividad de masas del movimiento trotskista en Norteamérica fue establecido, por supuesto, por la acción de las masas mismas. En la primavera de 1934 el país había sido electrificado por la huelga de Auto-Lite en Toledo en la que habían sido introducidos algunos métodos y técnicas nuevos de lucha militante. Un agrupamiento político, o al menos semi-político, representado por la CPLA, que había formado el Comité Provisional para la formación del American Workers Party (Partido Obrero de Estados Unidos), había dirigido esa huelga tremendamente significativa de Toledo a través de su “Unemployed League” (Liga de Desocupados). Se había mostrado por primera vez qué gran rol puede jugar en las luchas de los obreros industriales, una organización de desocupados dirigida por elementos militantes. La organización de desocupados en Toledo, que había sido formada y estaba bajo la direcci6n del grupo de Muste, prácticamente tomó la dirección de la huelga de Auto-Lite y la elevó a un nivel de piquete de masas y militancia más allá de los límites aún contemplados por la vieja línea de burócratas de los sindicatos de la rama.

La huelga de Minneápolis elevó aún más el nivel. Si nosotros medimos punto por punto, inclusive el criterio decisivo de dirección política y la máxima explotación de cada posibilidad inherente en una huelga, debemos decir que el punto más alto de la oleada dc 1934 fue la huelga de Minneápolis de los conductores, auxiliares y trabajadores internos en mayo, y su repetición a una escala aún más alta en julio-agosto de 1934. Esas huelgas pusieron al trotskismo norteamericano en un test crucial.

Por cinco años habíamos sido una voz gritando en una selva, confinados a la crítica del PC, a la elucidación de lo que parecían ser las más abstractas cuestiones teóricas. Más de una vez hemos sido acusados de no ser nada, salvo sectarios y divisionistas. Ahora, con esta oportunidad presentada en Minneapolis de participar en el movimiento de masas, el trotskismo norteamericano era puesto directamente en un test. Tenía que demostrar en la acción si era en verdad un movimiento de sectarios divisionistas, o una fuerza política dinámica, capaz de participar efectivamente en el movimiento de masas de los trabajadores.

Nuestros camaradas de Minneapolis comenzaron su trabajo primero en las minas de carbón, y más tarde extendieron su campaña de organización entre los conductores generales y auxiliares. Aquel no fue un plan preconcebido trabajado en el staff general de nuestro movimiento. Los conductores de Minneapolis eran la sección decisiva del proletariado norteamericano. Comenzamos nuestra real actividad en el movimiento obrero en aquellos lugares donde la oportunidad estaba abierta para nosotros. No es posible seleccionar dichas ocasiones arbitrariamente de acuerdo a un capricho o una preferencia. Uno debe entrar en el movimiento de masas cuando una puerta está abierta. Una serie de circunstancias hicieron de Minneapolis el punto nodal de nuestra primera gran empresa y triunfos en el campo sindical. Teníamos en Minneapolis un grupo de comunistas viejos y probados quienes al mismo tiempo eran experimentados sindicalistas. Eran hombres bien conocidos, arraigados en la localidad. Durante la depresión trabajaban juntos en las minas de carbón. Cuando se abrió la oportunidad de organizar las minas ellos la aprovecharon y demostraron rápidamente su capacidad en la exitosa huelga de tres días. Así, la extensión de la organización obrera a la industria camionera siguió como por un tubo.

Minneapolis no era el hueso más fácil de roer. De hecho era el más duro en todo el país. Minneapolis era una notoria ciudad comercial. Durante 15 o 20 años la Citizens Alliance, una organización de patrones duros, había dirigido Minneapolis con mano de hierro. Ni una simple huelga había triunfado en aquellos años. Aún los sindicatos de la construcción, quizás uno de los sindicatos por oficio más estables y efectivos, estaban mantenidos a raya en Minneapolis y alejados de las Obras de construcción más importantes. Era una ciudad de huelgas perdidas, negocios abiertos, salarios miserables, horas robadas y un débil e inefectivo movimiento sindical por oficio.

La huelga del carbón, mencionada en nuestra discusión la semana pasada, fue un conflicto preliminar a las grandes batallas que vendrían. La admirable victoria de la huelga, su militancia, su buena organización y su rápido triunfo, estimularon la organización general de los conductores de camiones y sus ayudantes, quienes hasta ese momento y a lo largo de los años de depresión, habían sido cruelmente explotados y sin el beneficio de la organización. En realidad, había un sindicato en la industria, pero estaba sostenido en el borde de la nada. Había sólo un pequeño puñado de miembros con alguna pobre clase de contrato con una de las dos compañías de transferencias, no una organización de masas de conductores de camiones y ayudantes en la ciudad.

El triunfo de la huelga del carbón levantó a los trabajadores de la industria del transporte. Estaban encendidos, sus salarios eran muy bajos y sus horas muy largas. Libres por muchos años de cualquier sindicato que los limitara, los patrones hambrientos de beneficios habían ido muy lejos -los patrones siempre van demasiado lejos- los trabajadores escucharon el mensaje sindical abiertamente.

Nuestro trabajo sindical en Minneapolis, desde el comienzo al fin, fue una campaña dirigida políticamente. Las tácticas fueron guiadas por la política más general, machacada persistentemente por The Militant, que llamaba a los revolucionarios a entrar en la principal corriente del movimiento obrero representada por la AFL.

Ese era nuestro curso deliberado para acompañar la línea organizativa en que iban las masas, no establecer sindicatos artificiales, propios, en contradicción al impulso de las masas, de ir al movimiento sindical establecido. Por cinco años libramos una batalla decidida contra el dogma ultraizquierdista de los “sindicatos rojos”; estos sindicatos, fundados artificialmente por el Partido Comunista, fueron boicoteados por los trabajadores, aislando así a los elementos de vanguardia. Las masas de trabajadores, buscando una organización, tenían un instinto seguro. Sentían la necesidad de ayuda. Querían estar en contacto con otros trabajadores organizados, no quedar marginados junto a algunos radicales gritones. Este es un fenómeno que no falla. Las masas, sin ayuda, desorganizadas en la industria, tienen un exagerado respeto por los sindicatos establecidos, no importa cuán conservadores, cuán reaccionarios pueden ser estos. Los trabajadores temen al aislamiento. En ese aspecto ellos son mucho más sabios que todos los sectarios y dogmáticos que han intentado prescribirles la forma exacta, detallada, de un sindicato perfecto. En Minneapolis, como en todos lados, tenían un fuerte impulso para confluir con el movimiento oficial, esperando su ayuda en la pelea contra los patrones que habían hecho la vida mucho más dura para ellos. Siguiendo la tendencia general de los trabajadores, nosotros también hicimos eso; si estábamos por hacer la mejor de nuestras oportunidades, no pondríamos dificultades innecesarias en nuestro camino. No perderíamos el tiempo y las energías tratando de vender a los trabajadores un nuevo esquema de organización que ellos no querían. Era mucho mejor adaptarnos nosotros a su tendencia, y también explotar las posibilidades de obtener la ayuda del movimiento obrero oficial existente.

No fue muy fácil para nuestra gente entrar a la AFL en Minneapolis. Ellos eran hombres marcados, doblemente expulsados, doblemente injuriados. En el curso de sus luchas habían sido echados no sólo del Partido Comunista, sino también de la AFL. Durante la “purga roja” de 1926-1927, en el punto más alto de la reacción en el movimiento obrero norteamericano, prácticamente todos nuestros camaradas que habían sido activistas en los sindicatos habían sido expulsados. Un año más tarde para hacer más completo su aislamiento, fueron expulsados del PC.

Pero la presión de los trabajadores hacia la organización fue más fuerte que los decretos de los burócratas sindicales. Ha sido demostrado que nuestros camaradas tenían la confianza de los trabajadores y los planes de cómo podrían ser organizados. La patética debilidad del movimiento sindical en Minneapolis, y el sentimiento de los miembros del sindicato de que se necesitaba nueva vida -todo esto trabajaba a favor de que nuestra gente volviera a la AFL a través del Teamster Union (Sindicato Camionero). Además, había unas circunstancias fortuitas, un accidente afortunado, que a la cabeza del Local 574 y del Teamster Joint Council (Comisión Directiva Conjunta de los Camioneros) en Minneápolis, había un militante sindical llamado Bill Brown. Tenía un instinto de clase y estaba fuertemente atraído por la idea de obtener la cooperación de algunas personas que supieran cómo organizar a los obreros y darles a los patrones una pelea real. Aquella fue una circunstancia afortunada para nosotros, pero tales cosas ocurren cada tanto. La fortuna favorece al más devoto. Si Uds. viven correctamente y se conducen con propiedad, obtienen un golpe de suerte cada tanto. Y cuando ocurre un accidente -uno bueno- hay que aprovecharlo y sacar el mejor partido posible.

Nosotros ciertamente hicimos lo mejor con aquel accidente, la circunstancia que el Presidente del Local 574 de Teamsters fuera un personaje maravilloso, Bill Brown, que mantuvo abierta la puerta del sindicato a los “nuevos hombres” que sabían cómo organizar a los obreros y dirigirlos en la batalla. Pero nuestros camaradas eran miembros nuevos en ese sindicato. No habían estado lo suficiente para ser oficiales; eran sólo miembros cuando la pelea comenzó a hacer ruido. Así, ni uno solo de nuestra gente -es decir, miembros del grupo trotskista- era un oficial del sindicato durante las tres huelgas… Pero ellos organizaron y dirigieron las huelgas lo mismo. Estaban constituidos como un “Comité de Organización”, una suerte de cuerpo extra-legal establecido con el propósito de dirigir la campaña de organización y dirigir las huelgas.

La campaña de organización y las huelgas fueron llevadas a cabo pasando virtualmente por encima de la dirección oficial del sindicato. El único de los oficiales regulares que realmente participó en forma directa en la actual dirección de las huelgas fue Bill Brown, junto con el Comité de Organizaci6n. Ese Comité de Organización tuvo un mérito que se demostró al comienzo -otros méritos fueron revelados más tarde- ellos sabían cómo organizar obreros. Esa es una de las cosas que los osificados burócratas en Minneápolis no sabían y aparentemente no podían aprender. Ellos saben cómo desorganizarlas. Esta característica es la misma en todos lados. Ellos saben, a veces, llevar a los obreros dentro de los sindicatos cuando abren sus puertas. Pero ir más allá y organizar realmente a los trabajadores, sacudirlos, inspirarles confianza -la burocracia tradicional de los sindicatos por oficio no puede hacer esto. Ese no es su campo, no es su función. Ni siquiera es su ambición.

El Comité de Organización trotskista organizó a los trabajadores en la industria del transporte y después procedió a alinear al resto del movimiento obrero en apoyo a esos trabajadores. No los llevaron a una acción aislada. Comenzaron a trabajar a través de la Central Labor Union (Sindicato Central de Trabajadores), con conferencias con los burócratas así como con presión desde abajo, para poner al movimiento obrero de Minneápolis en apoyo a la nueva organización de conductores de camiones; trabajaron hasta el cansancio para involucrar a los funcionarios de la Central Labor Union en la campaña, para tener resoluciones con sus firmas respaldando sus demandas, haciéndoles tomar responsabilidad oficial. Cuando llegó el momento de la acción, el movimiento obrero de Minneápolis, representado por los sindicatos oficiales de la AFL, se encontraron en la posición de apoyar las demandas y estar atados a apoyar la huelga.

En mayo la huelga general explotó. Los patrones, muy complacidos por una larga dominación sin objeciones, fueron fuertemente sorprendidos. La lección de la huelga del carbón no los había convencido aún de que “algo nuevo” se había sumado al movimiento sindical en Minneapolis. Ellos aún pensaban que podían detener esto en sus pasos iniciales. Intentaron con trampas, maniobrando, y obstaculizando a nuestra gente en las negociaciones con el Labor Board (Consejo de Relaciones Laborales) donde muchos nuevos sindicatos habían sido destrozados. Justo en el medio del asunto, cuando pensaron que tenían al sindicato confundido en esta trama de negociaciones para una demora indefinida nuestra gente las cortó de un golpe. Les dieron en la nariz con una huelga general. Los camiones fueron puestos unos pegados a los otros y las “negociaciones” fueron sacadas a las calles.

Esta huelga general de mayo sacudió Minneápolis como nunca había sido sacudida antes. Sacudió al conjunto del país, porque no fue una huelga dócil. Fue una huelga que empezó con tanto ruido que el país entero escuchó sobre ella, y sobre el rol de los trotskistas en su dirección -los patrones advirtieron esto ampliamente, y también histéricamente. Después vimos otra vez la misma respuesta entre los trabajadores radicales que había seguido nuestra acción firme en el caso de Field y de la huelga hotelera de Nueva York. Cuando vieron el desarrollo en la huelga de mayo en Minneápolis, el mismo sentimiento se expresaba de nuevo: “los trotskistas son cosa seria. Cuando se comprometen a una cosa van por ella hasta el final”. Las bromas sobre el “sectarismo” trotskista comenzaron a tornarse rancias.

No había diferencias esenciales, de hecho yo no pensaba que habría alguna seria diferencia entre los huelguistas en Minneápolis y los trabajadores envueltos en cientos de otras huelgas a través del territorio en ese período. Casi todas las huelgas fueron peleadas con la más grande militancia obrera. La diferencia estaba en la dirección, y en la política. Prácticamente en todas las otras huelgas la militancia de la base obrera era restringida desde arriba. Los dirigentes estaban impactados por el gobierno, los periódicos, los clérigos, y una cosa y otra. Intentaban llevar el conflicto de las calles y de los piquetes a los sillones de conferencias. En Minneápolis la militancia de base no fue limitada sino organizada y dirigida desde arriba.

Todas las huelgas modernas requieren una dirección política. Las huelgas de aquel período llevaban al gobierno, sus agencias y sus instituciones al mismo centro de cada situación. Un dirigente de huelga sin una línea política ya estaba fuera de lugar en 1934. El antiguo movimiento sindical, que acostumbraba a negociar con la patronal sin interferencia gubernamental, pertenece al museo. El moderno movimiento obrero debe ser dirigido políticamente porque está siempre confrontado al gobierno. Nuestra gente estaba preparada para eso ya que era gente política, inspirada por concepciones políticas. La política de la lucha de clases guiaba a nuestros camaradas, no podían ser decepcionados y maniobrados, como lo eran muchos otros dirigentes de huelgas de aquel período, por ese mecanismo de sabotaje y destrucción conocido como National Labor Board (Ministerio de Trabajo) y todos sus escalones auxiliares. No ponían ninguna confianza en el ministerio de trabajo de Roosevelt; no eran engañados por ninguna idea de que Roosevelt, el presidente liberal “amigo de los trabajadores”, iría a ayudar a los camioneros en Minneapolis para que ganen unos pocos centavos más por hora. No eran seducidos ni aún por el hecho de que había en ese tiempo en Minnesota un gobernador que era un trabajador agrícola, que presumía estar del lado de los obreros.

Nuestra gente no creía en nada ni nadie sino en la política de la lucha de clases y la habilidad de los trabajadores para preservar su fuerza de masa y solidaridad. Consecuentemente, esperaron desde el principio que el sindicato tendría que pelear por su derecho a existir; que los patrones no regalarían ningún aumento de salarios o reducción de las horas escandalosas sin presión. Por lo tanto, prepararon todo desde el punto de vista de la guerra de clases. Sabían que ese poder, no la diplomacia, decidiría ese asunto. Los bluffs no sirven en las cosas fundamentales, sino en cosas incidentales. En cosas como el conflicto de intereses de clase uno debe estar preparado para pelear.

Provistos de estos conceptos generales, los trotskistas de Minneápolis, en el curso de organizar a los trabajadores, planearon una estrategia de batalla. Se vio algo único en Minneápolis por primera vez. Esto es, una huelga completamente organizada con anticipación, una huelga preparada con el detalle meticuloso que suele atribuirse al Ejército Alemán, controlado hasta el último botón del uniforme del último soldado. Cuando el momento límite llegó, y los patrones pensaron que podían aún maniobrar y fanfarronear, nuestra gente estableció una fortaleza para la acción. Esto fue notado y reportado por el Minneápolis Tribune, el portavoz de los patrones sólo a último momento, un día antes de la huelga. El periódico decía: “Si las preparaciones hechas por su sindicato para sostenerlo son las indicadas, la huelga de los conductores de camiones de Minneápolis va a ser un asunto largo… Aún antes del comienzo oficial de la huelga a las 11:30 PM del martes, el “Cuartel General” de la organización, situado en la Avenida Chicago al 1900 estaba operando con toda la precisión de una organización militar.

Nuestra gente tenía un “Comisariato” preparado. No esperaron hasta que los huelguistas estuvieran hambrientos. Lo habían organizado previamente en preparación de la huelga. Establecieron un hospital de emergencia en un garage -los cuarteles de la huelga estaban en garages- con su propio doctor y sus propias enfermeras aún antes de que explotara la huelga. ¿Por qué? Porque ellos sabían que los patrones, sus matones, asesinos y diputados intentarían en este caso, como cualquier otro, quebrar la huelga. Estaban preparados para cuidar de su propia gente y no dejarlos llevar, si fueran heridos, al hospital de la ciudad y después puestos bajo arresto y sacarlos de circulación. Cuando un trabajador era herido en un piquete, lo llevaban a sus propios cuarteles y lo curaban allí.

Ellos tomaron el ejemplo de Progressive Miners of America (Mineros Progresistas de Estados Unidos) y organizaron un Auxilio de Mujeres para crearles problemas a los patrones. Y les cuento que las mujeres crearon un montón de problemas, corriendo alrededor, protestando y escandalizando a los patrones y a las autoridades de la ciudad, que es una de las más importantes armas políticas. La dirección de la huelga organizó piquetes sobre una base de masas. El asunto de seleccionar o contratar a unas pocas personas, una o dos, para observar, contar y reportar cuántos carneros han sido contratados, no camina en una lucha real. Ellos enviaban un piquete para evitar que entraran los carneros. Yo mencioné que tenían sus propios cuarteles en un garaje. Esto era porque los piquetes fueron puestos sobre ruedas. No sólo organizaban los piquetes, sino que movilizaron una flota de autos. Cada trabajador en huelga, simpatizante, y sindicalista de la ciudad, era llamado a donar su auto o camión. Así, el comité de huelga tenía una flota entera a su disposición. Escuadras voladoras de piquetes sobre ruedas estaban estacionadas en puntos estratégicos en toda la ciudad.

Cada vez que llegaba un reporte de que se movía un camión, o de algún intento de mover camiones, el “despachador” llamaba por altoparlante en el garaje a tantos autos, cargados con piqueteadores, como fueran necesarios para ir allí y darles a los operadores “carneros” una discusión.

El “despachador” en la huelga de mayo era un joven llamado Farrell Dobbs. Saltó de la mina de carbón en Minneapolis al sindicato y a la huelga, y después al partido. Primero se nos hizo conocido como un despachador que ordenaba las salidas de las escuadras de autos y los piquetes. Al principio los piqueteadores salían sin nada en las manos, pero regresaban con las cabezas rotas y heridas de distintas clases. Después se equiparon con shillalahs para el próximo viaje. Un shillalah, como cualquier irlandés puede contarles, es un palo agudo en el que uno se puede apoyar en caso de que repentinamente cojee. Por supuesto se lleva también con otros propósitos. El intento de los patrones y la policía de quebrar la huelga por la fuerza culminó en la famosa “batalla del mercado”. Varios miles de comisarios especiales junto a la fuerza policial entera fueron movilizados para hacer un esfuerzo supremo por abrir una parte estratégica de la ciudad, el mercado mayorista, para la operación de camiones.

Aquellos comisarios, reclutados de la pequeño burguesía y de las clases empleadoras de la ciudad y los profesionales llegaron al mercado con espíritu de fiesta. Se iban a divertir golpeando huelguistas. Uno de los comisarios especiales lucía su sombrero de polo. Iba a tener su gran momento, golpeando cabezas de huelguistas como pelotas de polo. El mal informado deportista estaba en un error, no había un partido de polo esta vez. El y todos los comisarios y policías se encontraron dentro de una masa de piquetes organizados del sindicato apoyado por sindicalistas simpatizantes de otras ramas y por miembros de las organizaciones de desempleados. El intento de mover los piquetes de la zona del mercado terminó en un fracaso. El contraataque de los obreros los hizo escapar. La batalla ha pasado a la historia de Minneapolis como “La batalla de la corrida de los Comisarios”. Hubo dos víctimas fatales, y fueron ambos del otro lado. Aquella fue una de las caras de la huelga que dejó a Minneápolis en lo más alto en la estima de los trabajadores de todas partes. En huelga tras huelga de aquellos días la misma historia había sido repetida monótonamente en la prensa: dos huelguistas asesinados; cuatro huelguistas fusilados; 20 huelguistas arrestados, etc. Esta fue una huelga donde no estuvo todo de un sólo lado. Hubo una explosión universal de aplausos, de un extremo al otro del movimiento obrero, por la militancia y la resolución de los luchadores de Minneápolis. Habían revertido la tendencia de las cosas, y los militantes obreros en todos lados exaltaron su nombre.

Con el desarrollo de la campaña organizativa, nuestro Comité Nacional en Nueva York era informado de cada cosa y colaboraba tanto como podía por correo. Pero cuando estalló la huelga fuimos totalmente concientes que había llegado el momento para nosotros de hacer más, de hacer todo lo que podíamos para ayudar. Yo fui enviado a Minneápolis por avión para asistir a los camaradas, especialmente en las negociaciones para un acuerdo. Ese era el momento, se los voy a recalcar, cuando todavía éramos demasiado pobres, que no podíamos tener un teléfono en la oficina. No teníamos en absoluto bases financieras para gastos tan extravagantes como viajes en avión. Pero la conciencia de nuestro movimiento fue expresada muy gráficamente en el hecho de que en el momento de necesidad, encontramos los medios para pagar un viaje en avión para ahorrarnos unas pocas horas. Esta acción, que tomó un gasto más allá de lo que nuestro presupuesto podía normalmente llegar, fue hecha para darles a los camaradas locales envueltos en la pelea el beneficio de todo el consejo y la asistencia que podíamos ofrecer, y a la cual, como miembros de la Liga, ellos tenían derecho a reclamar. Pero hay otro aspecto, muy importante. Enviando un representante del Comité Nacional a Minneapolis, nuestra Liga quería mostrar que tomaba las responsabilidades por lo que estaba haciendo. Si las cosas iban mal -y siempre está la posibilidad de que las cosas vayan mal en una huelga- queríamos decir que tomábamos responsabilidad por ello y no dejábamos a los camaradas locales con todo el fardo. Aquel siempre fue nuestro procedimiento. Cuando una sección de nuestro movimiento está envuelta en una acción, los camaradas locales no son dejados a sus propios recursos. La dirección nacional debe ayudarlos y en último análisis tomar la responsabilidad.

La huelga de mayo duró sólo 6 días y se llegó a un rápido acuerdo. Los patrones fueron sacados de quicio; todo el país reclamaba que se solucionara la cuestión. Había presión desde Washington y desde el gobernador Olson. El arreglo fue severamente atacado desde la prensa stalinista, que estaban muy radicales en ese momento, porque no fue una victoria total, sino un compromiso; una victoria parcial que le dio reconocimiento al sindicato. Tomamos toda la responsabilidad por el acuerdo que habían hecho nuestros camaradas y respondimos al stalinismo. Nuestra prensa simplemente sacó a los stalinistas del terreno en esta controversia. Defendimos el acuerdo de Minneápolis y frustramos su campaña para desacreditarlo y así desacreditar nuestro trabajo en los sindicatos. Al movimiento obrero radical le fue dado un cuadro completo de esta huelga. Publicamos una edición especial de The Militant que describía al detalle todos los diferentes aspectos de la huelga y la preparación que llevó a ella. Esa edición fue escrita casi enteramente por los camaradas dirigentes en la huelga.

El punto principal alrededor del cual armamos la explicación del compromiso firmado fue: ¿cuáles son los objetivos de un nuevo sindicato en ese período? Enfatizamos que la clase obrera norteamericana está aún desorganizada, atomizada. Sólo una parte de los trabajadores están organizados en sindicatos por rama, y estos no representan a las grandes masas del trabajador norteamericano. Los trabajadores norteamericanos son una masa desorganizada y su primer impulso y necesidad es dar el primer paso elemental antes de que puedan hacer cualquier cosa más: es decir formar un sindicato y obligar a los patrones a que reconozcan dicho sindicato. Así formulamos el problema.

Sostuvimos -y creo que con toda justicia- que un grupo de trabajadores, que en su primer batalla ganaron el reconocimiento de su sindicato, y sobre esas bases pudieron construir y reforzar su posición, habían cumplido los objetivos de la acción y no debían sobrevalorar su fuerza y correr el peligro de la desmoralización y la derrota. El arreglo probó ser correcto porque fue suficiente para construir. El sindicato quedó estable. No fue un flash en la oscuridad. El sindicato comenzó a forjarse una dirección, comenzó a reclutar nuevos miembros y educar cuadros nuevos de dirección. A medida que las semanas pasaban, se hizo claro para los patrones que el esquema para privar a los conductores de camiones del fruto de su lucha no estaba caminando tan bien.

Los patrones llegaron a la conclusión de que habían cometido un error; que deberían haber peleado más y quebrar el sindicato, para enseñarle al resto de los trabajadores de Minneápolis la lección de que los sindicatos no podían existir allí; que Minneápolis era una ciudad de negocio abierto de esclavos y que quedaría así. Alguien los aconsejó mal. La Alianza de Ciudadanos, la organización general de los patrones y los que odian a los trabajadores se mantuvo provocando e incitando a los patrones de la industria del transporte a romper el acuerdo, a cortar suciamente y postergar las concesiones que acordaron en dar, y a quitarles a los trabajadores las conquistas que habían conseguido.

La dirección del sindicato comprendía la situación. Los patrones no se habían convencido lo suficiente con el primer test de fuerza con el sindicato y necesitaban otra demostración. Comenzaron a preparar otra huelga. Otra vez los obreros de la industria eran preparados para la acción. Otra vez todo el movimiento obrero de Minneapolis era movilizado para apoyarlos, esta vez, en su forma más impresionante y más dramática. La campaña por la adopción de resoluciones de la Central Labor Union y en sus sindicatos afiliados en apoyo al Local 574 apuntaba hacia una gran movilización de los trabajadores organizados. Los miembros de varios sindicatos vinieron con sus fuerzas y marcharon en sólidas filas a un impresionante mitín de masas en el Auditorio de la Ciudad, para apoyar a los conductores de camiones y comprometerse a sostenerlos en la inminente huelga. Esa fue una imponente demostración de solidaridad obrera y de la nueva militancia que estaba naciendo entre los obreros.

Los patrones seguían insensibles. Pusieron el “alerta roja” denunciando al “Comunismo trotskista” con solicitadas en los periódicos. Por parte del sindicato, los preparativos seguían adelante como en la huelga de mayo, pero en un plano superior de organización. Cuando se hizo claro que no podía evitarse otra huelga sin sacrificar al sindicato, nuestro Comité Nacional decidió que de conjunto, la Communist League of America (Liga Comunista de América) tendría que dar todo en su apoyo. Sabíamos que el verdadero test estaba aquí, que no nos atreveríamos a tomar esta cuestión a la ligera. Entendimos que era una batalla que nos podía construir o romper en los años venideros; si dábamos una ayuda a medias, o negábamos tal o cual ayuda, esto podría inclinar la balanza entre la victoria y la derrota. Nosotros sabíamos que teníamos mucho para darle a los camaradas de Minneapolis.

En nuestro movimiento nunca jugamos con la idea absurda de que sólo aquellos conectados directamente con un sindicato eran capaces de ayudar. Las huelgas modernas necesitan una dirección política más que otra cosa. Si nuestro partido, nuestra Liga como la llamamos después, merecía existir, tendría que ir a ayudar a los camaradas locales. Como es siempre el caso con los dirigentes sindicales, especialmente en tiempos de huelga, ellos están bajo el peso y el stress de miles de detalles que presionan. Un partido político, por el contrario, se eleva por sobre los detalles y generaliza a partir de los sucesos principales. Un dirigente sindical que rechaza la idea del consejo político en la lucha contra la patronal y su gobierno, son sus astutos mecanismos, trampas y métodos de ejercer presión, es ciego, sordo y mudo. Nuestros camaradas de Minneapolis no eran de esa clase. Se volvían hacia nosotros para obtener ayuda.

Enviamos unas pocas fuerzas al lugar de los hechos. Yo fui allí alrededor de dos semanas antes de que estallara la segunda huelga. Después de haber estado allí unos pocos días, acordamos en pedir más ayuda, de hecho un staff completo. Dos personas adicionales fueron traídas desde New York para el trabajo periodístico: Shachtman y Herbert Solow, un experimentado y talentoso periodista que era una suerte de simpatizante de nuestro movimiento en aquel tiempo. Tomando prestada una idea de la huelga de Auto Lite de Toledo, llamamos a otro camarada cuya tarea específica era organizar a los desocupados para colaborar con la huelga. Era Hugo Oehler, un sindicalista muy capaz y buen trabajador entre las masas. Su trabajo en Minneápolis fue lo último bueno que hizo para nosotros. Poco después contrajo la enfermedad del sectarismo. Pero hasta entonces Oehler estaba bien, y contribuyó en algo a la huelga. Trajimos un abogado para el sindicato, Albert Goldman. Sabíamos por la experiencia previa que un abogado es muy importante en una huelga, si se puede conseguir uno bueno. Es muy importante tener el propio “portavoz” y un frente legal que dé consejos honestos y proteja los intereses legales. Hay toda clase de idas y venidas en una huelga tan larga y dura. A veces las cosas se ponen muy calientes para los líderes huelguistas. Entonces se puede traer un abogado que diga con calma: “permítannos razonar juntos y ver qué dicen las leyes”. Es realmente un auxilio, especialmente cuando se tiene un abogado tan brillante y un hombre tan leal como Al Goldman.

Dimos todo lo que podíamos a la huelga desde nuestro centro en New York, sobre el mismo principio que mencioné antes, el que serviría de línea de guía para todo tipo de actividad de un partido serio, o de una persona seria para esa cuestión. Este es el principio: si vas a hacer algo por el amor del cielo, hazlo apropiadamente, hazlo bien. Nunca especules, nunca hagas las cosas a medias. ¡Ay de los tibios! “Porque si tú eres tibio, ni frío ni caliente, te vomitaré fuera de mi boca”.

La huelga comenzó el 16 de julio de 1934, y duró 5 semanas. Pienso que puedo decir sin la menor exageración, sin temor a ninguna contradicción, que la huelga de julio-agosto de los conductores de camiones y ayudantes de Minneápolis ha entrado en los anales de la historia del movimiento obrero norteamericano como una de sus luchas más grandes, más heroicas y mejor organizadas. Más aún: la huelga y el sindicato que se forjó bajo su fuego son identificados para siempre en el movimiento obrero, no sólo aquí sino en todo el mundo, con el trotskismo en acción en el movimiento de masas trabajadoras. El trotskismo hizo un número de contribuciones específicas a esta huelga, lo que constituye toda la diferencia entre la huelga de Minneápolis y cientos de otras de ese período, algunas de las cuales involucraban a más trabajadores en localidades e industrias socialmente más importantes. El trotskismo hizo su contribución a la organización y a los preparativos de la huelga hasta el último detalle. Eso era algo nuevo, algo específicamente trotskista. Segundo, el trotskismo introdujo en todos los planes y preparativos del sindicato y de la huelga desde el principio al fin, la militancia basada en el clasismo; no como una reacción subjetiva -esto se ve en todas las huelgas – sino como una política deliberada basada en la teoría de la lucha de clases, de que no se puede ganar nada de parte de la patronal a menos que se tenga la voluntad de pelear por ello y la fuerza para tomarlo.

La tercera contribución del trotskismo a la huelga de Minneápolis -la más interesante y quizás la más decisiva- fue que enfrentamos a los mediadores del gobierno en su propio terreno. Como les conté, una de las cosas más patéticas de aquel período era ver cómo en una huelga tras otra, los trabajadores eran maniobrados y cortados en pedacitos y sus huelgas quebradas por los “amigos de los obreros” en el disfraz de mediadores federales.

Esos pillos aduladores venían, tomaban ventaja de la ignorancia y la inexperiencia y de la falta de visión política de los dirigentes locales, y les aseguraban que ellos estaban aquí como amigos. Su misión era arreglar el problema arrancando concesiones desde el lado más débil. La inexperiencia y la ignorancia política de los dirigentes de las huelgas eran su presa. Tenían una rutina, una fórmula para atrapar incautos. “Yo no les estoy pidiendo que le den alguna concesión a la patronal, sino que me den una concesión a mí para que pueda ayudarlos”. Después de haber obtenido algo de la credulidad, dicen: “Yo traté de conseguir una concesión correspondiente de los patrones pero ellos se negaron. Pienso que lo mejor que pueden hacer es más concesiones: el sentimiento público se está volviendo en su contra”. Y después presiona y amenaza: “Roosevelt sacará una declaración” o “nos sentimos obligados a publicar algo en los periódicos en su contra si no son más responsables y razonables”. Después llevan a los pobres novatos a las salas de conferencias, los tienen allí horas y horas y los atemorizan. Esta es la rutina común que emplean esos cínicos canallas.

Llegaron a Minneápolis preparados para otra actuación similar. Nosotros estábamos sentados allí esperándolos. Dijimos: “Vamos, ustedes quieren negociar, ¿no es así? Muy bien. Eso es magnífico”. Por supuesto nuestros camaradas ponían eso en el lenguaje más diplomático de los “protocolos” de negociaciones, pero ese era un toque de nuestra actitud. Bien, ellos nunca lograron sacar ni dos céntimos de los líderes trotskistas del local 574. Les dimos una dosis de negociaciones y diplomacia de la que todavía se están recuperando. Agotamos a tres de ellos antes de que se arreglara la huelga finalmente.

Una de las trampas favoritas de estos hombres de confianza conocidos como mediadores federales en aquellos días era reunir a dirigentes de huelga inmaduros en una sala, jugar con su vanidad e inducirlos a tomar cierta clase de compromisos que no estaban autorizados a hacer. Los mediadores federales convencían a los líderes de las huelgas de que ellos eran “grandes jugadores” que debían tomar una “actitud responsable”. Los mediadores sabían que las concesiones hechas por los líderes en una negociación muy raramente pueden anularse. No importa cuánto se opongan a esto los obreros, el hecho es que los dirigentes ya hayan fijado en compromiso público la posición del sindicato y creado desmoralización en sus filas.

Esa rutina cortó en pedacitos a más de una huelga en aquel período. Esto no anduvo en Minneápolis. Nuestra gente no eran “grandes jugadores” en las negociaciones en absoluto. Pusieron en claro que su autoridad era extremadamente limitada, que ellos eran de hecho el ala más moderada y razonable del sindicato, y que si daban un paso por fuera de la línea serían reemplazados en el comité de negociaciones por otros. Ese era un problema para los carniceros de huelgas que habían venido a Minneápolis con sus cuchillos para ovejas desprevenidas. Cada tanto se sumaría Grant Dunne al comité. Se sentaría en una esquina sin decir nada, y haciendo mal gesto cada vez que se hablaba de concesiones. La huelga era una larga y dura pelea, nos divertíamos al planear las sesiones del comité de negociación del sindicato con los mediadores. Los despreciamos a ellos y a todos sus astutos artificios y trampas, y su simulación hipócrita de buen compañerismo y amistad para los huelguistas. Ellos no eran nada más que los agentes del gobierno de Washington, que de conjunto es el agente de la clase patronal como un todo. Esto era perfectamente claro para un marxista, y tomamos casi como un insulto de su parte asumir que podíamos ser atrapados por los métodos que emplean con los novatos. Ellos lo intentaron. Aparentemente no conocían otros métodos. Pero no avanzaron una pulgada hasta que pusieron manos a la obra, presionaron a los patrones e hicieron concesiones al sindicato. La experiencia política colectiva de nuestro movimiento fue muy útil en tratar con los mediadores federales. A diferencia de los estúpidos sectarios, nosotros no los ignoramos. A veces iniciamos la discusión. Pero no les permitimos que nos usaran, y no confiamos en ellos ni

por un momento. Nuestra estrategia general en la huelga era pelearla, no regalar nada a nadie, mantenernos y peleada. Esa fue la cuarta contribución del trotskismo. Podría aparecer como una simple y obvia receta, pero es el caso. No era obvio para la gran mayoría de los dirigentes de huelgas en ese momento.

La quinta contribución el remate que el trotskismo hizo a la huelga de Minneápolis fue la publicación diaria del periódico de la huelga, el Daily Organizer (Organizador Diario). Por primera vez en la historia del movimiento obrero norteamericano, los huelguistas no eran dejados a merced de la prensa capitalista, no eran embriagados y aterrorizados por ella, no veían al monopolio capitalista de la prensa desorientar el sentimiento público. Los huelguistas de Minneápolis publicaban su propia prensa diaria. Eso no fue hecho por medio millón de mineros del carbón, o cientos de miles de trabajadores del auto o del acero, sino por un simple sindicato local de 5000 conductores de camiones, un nuevo sindicato en Minneapolis que tenía una dirección trotskista Esa dirección comprendía que la publicidad y la propaganda eran muy importantes, y que era algo muy poco conocido por los dirigentes sindicales. Es casi imposible transmitir el tremendo efecto que tuvo este periódico. No era uno muy grande -sólo un tabloide de dos páginas. Pero contrarrestaba completamente a la prensa capitalista. Después de uno o dos días no nos preocupaba lo que decía la prensa cotidiana de la patronal. Ellos publicaron toda clase de cosas pero esto no hacía ninguna diferencia en las filas de los huelguistas. Ellos tenían su propio periódico y tomaban sus reportes como el evangelio. El Daily Organizer cubría a la ciudad como una manta. Los huelguistas en la sede central acostumbraban a obtenerlo directamente de la prensa El Auxilio de Mujeres lo vendía en cada taberna en la ciudad donde hubiera clientes de la clase obrera. En muchos salones en barrios obreros dejaban fardos de periódicos en el bar con una alcancía al costado para las contribuciones. Muchos dólares fueron recaudados así y cuidadosamente vigilados por los taberneros amigos.

Gente de los sindicatos acostumbraban a venir desde los negocios y andenes cada noche para obtener fardos de Organizer para distribuirlos entre los hombres de sus turnos. El poder de ese periódico, su apoyo en los trabajadores, es indescriptible. Ellos le creían al Organizer y no a otro periódico. Ocasionalmente podría aparecer alguna historia en la prensa capitalista sobre algún nuevo desarrollo de la huelga. Los trabajadores no la creían. Esperaban al Organizer para ver cuál era la verdad. Distorsiones de la prensa acerca de incidentes de la huelga -que habían destruido la moral de muchas huelgas- no anduvieron en Minneápolis. Más de una vez, entre una multitud que siempre se reunía alrededor de los cuarteles de la huelga cuando estaba por salir la última edición del Organizer, uno podía escuchar cosas como estas: “Usted ve lo que dice el Organizer. Yo ya le dije que la historia del Tribune era una maldita mentira”… Ese era el sentimiento general de los trabajadores hacia la voz obrera en la huelga, el Daily Organizer.

Ese poderoso instrumento no le costaba al sindicato ni un penique. Por el contrario, el Daily Organizer daba beneficios desde el primer día y llevaba adelante la huelga cuando no había ni una moneda en el tesón. Los beneficios del Organizer pagaban los gastos diarios de la organización. El periódico se distribuía gratuitamente a todo aquel que lo quisiera pero casi todo obrero simpatizante nos daba desde un níquel (5 centavos) hasta un dólar por ejemplar. Por medio de él se mantenía alta la moral de los huelguistas pero sobre todo, su rol era el de un educador. Todos los días el periódico tenía las noticias de la huelga, algunas bromas sobre los patrones, alguna información sobre lo que estaba pasando en el movimiento obrero. Había también una tira diaria dibujada por un camarada local. Después había una editorial sacando las lecciones de las últimas 24 horas, día tras día, y marcando el camino venidero. “Esto es lo que ha ocurrido. Esto es lo que viene próximamente. Esta es nuestra posición”. Los trabajadores en huelga estaban armados y preparados con anticipación para cualquier movimiento de los mediadores o del gobernador Olson. Seríamos marxistas muy pobres si no pudiéramos ver veinticuatro horas por adelantado. Notamos varias veces que los huelguistas comenzaban a tomar nuestros pronósticos como noticias y empezaban a contar con ellos. El Daily Organizer fue el arma más grande del arsenal de la huelga de Minneápolis. Puedo decir sin ninguna calificación que de todas las contribuciones que hicimos, la más decisiva, la que empujó a escalar la victoria, fue la publicación de un periódico diario. Sin el Organizer no se habría ganado la huelga.

Todas esas contribuciones que he mencionado eran integradas y llevadas adelante en la más grande armonía entre el staff enviado por el Comité Nacional y los camaradas locales en la dirección de la huelga. Las lecciones de la huelga hotelera, la experiencia lamentable con gente engreída y desleal, fue totalmente asimilada en Minneápolis. Hubo una colaboración estrecha del principio al fin.

La huelga significaba para Floyd Olson, gobernador que había sido un obrero agrícola, un hueso duro de roer. Entendíamos la contradicción en la que estaba. Por un lado, supuestamente era un representante de los trabajadores; por otro, era un gobernador de un estado burgués, temeroso de la opinión pública y de los empleadores. Estaba atrapado en un aprieto entre su obligación de hacer algo, o aparentar hacer algo, por los trabajadores y su miedo de dejar que la huelga se saliera de sus límites. Nuestra política fue explotar esas contradicciones, exigirle cosas porque era un gobernador obrero, tomar todo lo que nos podía dar y pedirle cada día más. Por otro lado, lo atacamos y criticamos por cada movimiento en falso, y nunca le hicimos la más pequeña concesión a la teoría de que los huelguistas confiaran en sus consejos.

Floyd Olson era indudablemente el líder del movimiento obrero oficial en Minnesota, pero nosotros desconocimos su liderazgo. Los burócratas sindicales en Minneapolis estaban bajo su dirección, tanto como los burócratas actuales de la CIO y AFL están bajo la dirección de Roosevelt. Roosevelt es el jefe y Floyd Olson era el jefe de todo el movimiento obrero en Minneapolis excepto en el Local 574. No era nuestro jefe, no dudamos en atacarlo en la manera más ruda. Bajo esos ataques él retrocedía un poco y hacía una concesión o dos que la dirección de la huelga agarraría al vuelo. No teníamos ningún sentimiento por él. Los burócratas locales estaban llorando y lamentándose por temor a que su carrera política fuera arruinada Ese era su problema, no el nuestro. Lo que queríamos eran más concesiones y lo presionábamos para conseguirlas día tras día. Los burócratas sindicales estaban muertos de miedo. “No hagan eso; no lo empujen a esta calamidad; recuerden las dificultades de su posición”. No les prestamos atención y seguimos nuestro camino. Empujado y presionado por ambos lados, temeroso de ayudar a los obreros y temeroso de no hacerlo, Floyd Olson declaró la ley marcial. Esa era realmente la cosa más fantástica que jamás haya ocurrido en la historia del movimiento obrero norteamericano. Un gobernador, trabajador agrícola, proclamó la ley marcial y frenó la circulación de camiones. Se supone que eso era a favor del bando obrero. Pero después permitió que anduvieran los camiones bajo permiso especial. Eso era para los patrones. Naturalmente, los piquetes se comprometieron a frenar a los camiones, con permiso o sin él. Entonces, unos pocos días más tarde, la milicia del gobernador campesino allanó los locales de la huelga y arrestó a los dirigentes.

Me salto un poco adelante en la historia. Después de la declaración de la ley marcial, las primeras víctimas, los primeros prisioneros de la milicia de Olson fuimos Max Shachtman y yo. No sé cómo descubrieron que nosotros estábamos allí, ya que no éramos muy notorios en público Pero Shachtman llevaba puesto un gran sombrero de cowboy -donde lo había conseguido o por qué lo llevaba puesto, por el nombre de Dios, yo nunca lo supe- y eso lo hizo notorio. Supongo que fue así como nos localizaron. Una noche Shachtman y yo salimos del cuartel general de la huelga, caminamos por la ciudad, necesitados de diversión, observando para ver qué shows estaban dando. Casi al final de la avenida Hennepin nos confrontamos con una alternativa: en un lugar un cabaret, al lado un cinematógrafo. ¿A dónde íbamos a ir? Bien, naturalmente, dije al cine. Un par de detectives que habían estado sobre nuestro rastro, nos siguieron y nos arrestaron allí. ¡Escapamos por poco de ser arrestados en un cabaret! ¡Qué escándalo hubiera sido! ¡Nunca hubiera vivido para olvidarlo, estoy seguro!

Nos mantuvieron en prisión por 48 horas; después nos llevaron a la corte. Nunca vi tantas bayonetas en un mismo lugar en mi vida como las que había dentro y alrededor de la sala de la corte. Todos esos jóvenes, con altos tiradores y cadena blanca de milicia, parecían estar bastante ansiosos de tener una pequeña práctica de bayoneta. Algunos de nuestros amigos estaban en la corte observando los procedimientos. Finalmente, el juez nos pasó a los militares, y Shachtman y yo fuimos llevados corredores y escaleras abajo entre dos filas de hombres con las bayonetas empuñadas. Mientras nos estaban sacando de la corte, escuchamos un grito desde arriba. Bill Brown y Mick Dunne se habían instalado confortablemente en la ventana del tercer piso mirando la procesión, riendo y haciéndonos muecas. “Cuidado con las bayonetas”, gritó Bill. Minneapolis no estaba para bromas. Cuando unos días más tarde Bill y Mick fueron arrestados por la milicia, se lo tomaron alegremente.

Nos llevaron a la casa de la guardia y dejaron a dos o tres de esos nerviosos guardias vigilándonos con sus manos en la bayoneta todo el tiempo. Albert Goldman vino y arnenazó con acciones legales. Los jefes de la milicia parecían ansiosos de sacarse de encima y evitar cualquier problema con ese abogado de Chicago. Por nuestra parte, no queríamos hacer un caso de prueba de nuestra detención. Queríamos sobre todo, salir porque podíamos ser de alguna ayuda para el Comité dirigente del sindicato. Decidimos aceptar la oferta que nos hicieron. Ellos dijeron, si están de acuerdo en dejar la ciudad pueden irse. A lo que dijimos, está bien: nos fuimos por el río a St. Paul. Allí, todas las noches teníamos reuniones del comité dirigente en la medida que ningún camarada de la dirección estuviera en prisión. El comité de la huelga, a veces con Bill Brown, a veces sin él, conseguía un auto, manejaba hasta allí, contaba las experiencias del día y el plan para el próximo día. No hubo nunca un movimiento serio en toda la huelga que no fuera planeado y preparado con anticipación.

Luego vino el raid por los locales de la huelga. Una mañana las tropas de la milicia rodearon el local a las 4:00 AM y arrestaron a cientos de piqueteadores y a todos los dirigentes a los que les pudieron poner la mano encima. Arrestaron a Mick Dunne, Vincent Dunne, Bill Brown. Se “olvidaron” a algunos de los dirigentes en su apuro, Farrell Dobbs, Grant Dunne y otros se escurrieron entre sus dedos. Con esto simplemente establecimos otro comité y sustituimos locales por varios garages de amigos; los piquetes, organizados clandestinamente, siguieron con gran fuerza. La pelea continuó y los mediadores continuaron su pantomima.

Un hombre llamado Dunnigan fue el primero que enviaron en esa situación. Tenía un aspecto amigable, usaba anteojos, suspendidos de una cinta negra y fumaba cigarros caros, pero no sabía mucho. Después de intentar vanamente por un tiempo hacer retroceder a los dirigentes, puso en marcha una propuesta con un compromiso de un aumento sustancial de salarios, sin garantizar todas las demandas. Mientras tanto uno de los ases de los negociadores de Washington, un prelado católico llamado Padre Haas, fue enviado allí. Se asoció con la propuesta de Dunnigan y se hizo conocida como el “Plan Haas-Dunnigan”. Los huelguistas la aceptaron inmediatamente. Los patrones gritaron y fueron puestos en la posición de tener que oponerse a la propuesta gubernamental, pero eso parecía no preocuparles. Los huelguistas explotaron la situación efectivamente movilizando la opinión pública en su favor. Después, cuando habían pasado algunas semanas, el padre Haas descubrió que no podía hacer ninguna presión con éxito sobre la patronal y entonces decidió hacer la presión sobre los huelguistas. Puso las cosas negras para el comité negociador del sindicato: “la patronal no va a ceder, entonces cedan ustedes. La huelga debe terminar, Washington insiste”.

Los dirigentes de la huelga respondieron: “no, no puede hacer eso. Un arreglo es un arreglo. Aceptamos el plan Haas-Dunnígan. Estamos peleando por su plan. Su honor está en juego aquí”. A lo que el padre Haas dijo -esta es otra amenaza que siempre hacen a los dirigentes:

“Apelaremos a la base del sindicato en nombre del gobierno de los Estados Unidos”. Esa amenaza usualmente aterroriza a dirigentes obreros inexpertos.

Pero los dirigentes de Minneapolis no se asustaron. Dijeron: “Bien, vamos”. Entonces arreglaron un mitín para él. Oh, consiguió un mitín que nunca debió haber concertado. Aquel mitín, como toda otra acción importante de la huelga, fue planeado y preparado con anticipación. No bien el padre Haas terminó su discurso, se desató la tormenta. Uno a uno, los huelguistas se levantaron y le mostraron qué bien que habían memorizado los discursos que se habían preparado en la junta. Casi lo echaron del mitín. Lo pusieron enfermo físicamente. Se lavó las manos y se fue de la ciudad. Los huelguistas votaron por unanimidad condenar su intento traidor de hacer naufragar su huelga y también a su sindicato. Dunnigan estaba terminado, el Padre Haas estaba terminado. Entonces mandaron un tercer mediador federal. Obviamente había aprendido de las tristes experiencias de los otros a no intentar ninguna diablura. Mr. Donaghue, creo que ese era su nombre, se puso a trabajar bien y en unos pocos días elaboró un acuerdo que era una victoria sustancial para el sindicato.

El nombre de una nueva galaxia de líderes obreros se encendía en el cielo del noroeste: William S. Brown; los hermanos Dunne-Vincent, Miles y Grant; Carl Skoglund; Farrell Dobbs; Kelly Postal; Harry DeBoer, Ray Rainbolt; George Frosig.

La gran huelga llegó a su fin después de cinco semanas de dura lucha durante las cuales no hubo ni una hora libre de tensión y peligro. Dos trabajadores fueron asesinados en aquella huelga, injurias, disparos, golpes en los piquetes en la batalla por mantener los camiones quietos sin los conductores del sindicato. Una gran cantidad de dificultades, de presiones de todo tipo fueron soportadas, pero el sindicato finalmente salió victorioso, firmemente establecido, construido sobre bases sólidas como resultado de esas luchas. Pensamos y lo escribimos más tarde, que esa fue una gloriosa reivindicación del trotskismo en el movimiento de masas.

Minneápolis fue el punto más álgido de la segunda oleada de huelgas bajo la NRA (Administraci6n Roosevelt). La segunda oleada surgió más fuerte que la primera, así como la tercera estaba destinada a superarla y alcanz6 su pico más alto con las huelgas de brazos caídos de la CIO. El gigante del proletariado norteamericano estaba empezando a sentir su poder en aquellos años, comenzaba a mostrar las tremendas potencialidades, las fuentes de su fuerza, la ingenuidad y el coraje que residían en la clase obrera norteamericana.

En julio de ese año, 1934, escribí un artículo sobre esas huelgas y las oleadas de huelgas para la primera edición de nuestra revista, la New International. Decía: “La segunda oleada de huelgas bajo la NRA se levanta más alto que la primera y marca un gran salto adelante de la clase obrera norteamericana. Las enormes potencialidades de los desarrollos futuros están claramente escritas en este avance…” “En esas grandes luchas los obreros norteamericanos en todo el país están desplegando una ilimitada militancia de una clase que recién comienza a despertar. Esta es una nueva generación de una clase que no ha sido derrotada. Por el contrario, ahora sólo está comenzando a encontrarse y a sentir su fuerza, y en estos primeros conflictos tentativos del proletariado, está dando una promesa gloriosa para el futuro. La presente generación se mantiene fiel a la tradición de los obreros norteamericanos; es agresiva y violenta desde el principio. El obrero norteamericano no es cuáquero. El futuro desenvolvimiento de la lucha de clases traerá muchas luchas en los Estados Unidos.”

La tercera oleada, que culminó en las huelgas de brazos caídos, confirmó esa predicción y nos dio las bases para buscar con gran optimismo las demostraciones aún más grandiosas del poder y militancia de los obreros norteamericanos. En Minneápolis vimos la militancia nativa de los trabajadores fusionada con una dirección políticamente conciente. Minneapolis mostró qué grande puede ser el rol de una dirección así. Dio grandes promesas para el partido fundado sobre principios políticos correctos, fundido y unido con el movimiento de masas de los obreros norteamericanos. En esa combinación se puede ver el poder que conquistará el mundo entero.

Durante aquella huelga, atados como estábamos día a día con innumerables detalles y bajo la presión constante de los eventos diarios, no olvidamos el aspecto político del movimiento. En el orden del día del comité, en ocasiones, no discutíamos sólo los problemas de la huelga inmediatos, del día; lo mejor que podíamos, nos manteníamos despiertos y alertas a lo que estaba pasando en el mundo fuera de Minneapolis. En ese momento, Trotsky estaba elaborando uno de sus movimientos tácticos más audaces. Proponía que los trotskistas de Francia entraran a la renaciente sección del ala izquierda de la Socialdemocracia francesa y trabajaran dentro de ella como una fracci6n bolchevique. Era el famoso “giro francés”. Discutimos esta propuesta al calor de la huelga de Minneápolis. Trasladamos esto a América como un mandamiento para acelerar la unión con el AWP (Partido Obrero Norteamericano). Este era obviamente el grupo político más cercano a nosotros y que se movía a la izquierda. Decidimos recomendar a la dirección nacional de nuestra Liga que diera pasos decisivos para apurar la unificación y completarla antes de fin de año. Los partidarios del pastor Muste habían dirigido una gran huelga en Toledo. Los trotskistas se habían distinguido en Minneápolis. Toledo y Minneápolis se habían ligado como símbolos gemelos de los dos puntos más altos de militancia proletaria y dirección conciente. Esas dos huelgas tendían a unir a los militantes en cada batalla; a hacerlos más estrechos unos con otros, más deseosos de colaborar. Era obvio, por todas las circunstancias, que era tiempo de dar la señal para la unificación de esas dos fuerzas. Volvimos de Minneapolis con ese objetivo en vista y nos movimos decisivamente hacia la fusión de los trotskistas y el AWP, hacia el lanzamiento de un nuevo partido -la sección norteamericana de la Cuarta Internacional.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s