A 40 años de la masacre de Trelew (LVO 489)


El 15 de agosto de 1972, prisioneros pertenecientes al ERP, las FAR y Montoneros organizan una fuga masiva de la cárcel de Rawson que se ve frustrada por la descoordinación con el apoyo externo que nunca llega a destino. Dos grupos de militantes, uno de seis y otro de 19 logran huir. En el primero iban los dirigentes del ERP Mario Santucho, Domingo Menna y Enrique Gorriarán Merlo; de las FAR, Marcos Osatinsky y Roberto Quieto; y de Montoneros, Fernando Vaca Narvaja. En el aeropuerto de Trelew toman el avión de la empresa Austral que había sido previamente copado por militantes que iban en el vuelo. El segundo grupo arriba cuando el avión carreteaba en la pista. Este grupo brinda una conferencia de prensa donde responsabiliza a la dictadura encabezada por Alejandro Agustín Lanusse de la suerte que corrieran sus vidas y se entregan. El militante del ERP Rubén Pedro Bonet, señaló a los periodistas: “Nuestro objetivo, haber tomado la cárcel, haber venido hasta aquí e intentado la fuga, ha sido reincorporarnos a la lucha activa“, y agregaba “ya que estamos en la Patagonia concebimos esta Nación y esta lucha como la continuación de la que libraron todos los obreros rurales y los obreros industriales en el año 1921 y que fueron asesinados por el Ejército, por la represión“. Los militantes fueron trasladados a la Base Aeronaval Almirante Zar, donde, el 22 de agosto de 1972, serán fusilados por un pelotón bajo las órdenes del capitán Luis Emilio Sosa. De los 19 prisioneros sobrevivirán 3: Luis Alberto Camps y Maria Antonia Berger de las FAR y Ricardo Berger de Montoneros (todos desaparecidos durante la ultima dictadura militar) quienes van a denunciar el aberrante crimen cometido por los militares. Luis Alberto Camps explicará en el texto de Paco Urondo, La Patria fusilada que: “Para nosotros relatar lo de Trelew es una obligación. Para con nuestro pueblo, por todos los compañeros que murieron allí, que aportaron con su muerte, con su lucha a este proceso”.

Un crimen político

La fuga del penal de Rawson y la posterior masacre de Trelew abrió una profunda crisis en la dictadura, que debió asumir la decisión del crimen ejecutado por la Marina, aduciendo que los fusilamientos se habían producido ante un fallido intento de nueva fuga. La realidad es que los militares entraron a las celdas y dispararon a mansalva contra los cuerpos de los militantes. El 5 de septiembre de 1972, el entonces capitán de navío Horacio Mayorga declaró en la misma base Almirante Zar: “No es necesario explicar nada. Debemos dejar de lado estúpidas discusiones que la Armada no tiene que esforzarse en explicar. Lo hecho bien hecho está. Se hizo lo que se tenía que hacer. No hay que disculparse porque no hay culpa. La muerte está en el plan de Dios no para castigo sino para la reflexión de muchos”. El velorio de los militantes asesinados en el local del Partido Justicialista de la Capital Federal fue brutalmente reprimido por la Policía Federal que actuaba bajo las ordenes del Ministro del Interior, el radical Arturo Mor Roig.

La masacre de Trelew fue un crimen político de la burguesía argentina y sus Fuerzas Armadas. La fuga de la máxima dirección de las organizaciones guerrilleras evidencio la debilidad de la dictadura. Los fusilamientos fueron la respuesta militar con el fin de asestarle un golpe sangriento a una parte de la vanguardia militante anticipando los métodos del terrorismo de Estado.

Trelew, el GAN y Perón

Para la burguesía y los militares, en 1972, lo que denominaban la subversión era una cuestión central a la cual hacer frente. El Cordobazo en mayo de 1969, abrió un periodo de insurgencia obrera y popular que se va a extender hasta el golpe genocida de 1976. Sectores de la clase obrera y de la juventud abrazaban la lucha anti-imperialista y socialista y se lanzaron a la lucha contra la dictadura de la Revolución Argentina. La insurgencia fabril y la violencia en las acciones políticas eran manifestaciones de una formidable oposición social. Para impedir que las acciones de las masas barrieran a la dictadura, Lanusse inicia negociaciones con Juan Perón en el exilio, para poner en pie un Gran Acuerdo Nacional. El objetivo era salvar a las FF.AA. de la embestida obrera y popular y reconducir la situación hacia una salida democrático-burguesa, permitiendo que se aisle y liquide a la vanguardia militante. Perón a su vez usaba la acción de las organizaciones armadas afines para imponerle a Lanusse sus condiciones en la negociación. Los fusilamientos de Trelew fueron precedidos por la ocupación militar de la Fiat cordobesa para derrotar al Sitrac- Sitram (en el mismo penal de Rawson fue encerrado un tiempo antes Gregorio Flores, dirigente del clasismo cordobés y al momento de la fuga se encontraba entre los detenidos del penal Agustín Tosco) y abortar la expansión de la insurgencia fabril.

El balance de la estrategia guerrillera

El auge de la guerrilla de Montoneros, FAR y del ERP fue una consecuencia del Cordobazo. Inspiradas por la revolución cubana, las organizaciones guerrilleras cobraron peso expresando la radicalización creciente de un sector de la juventud. Estas organizaciones compartían en líneas generales la idea (aunque con fundamentos y definiciones políticas enfrentadas sobre todo en torno al peronismo) de que el proceso de liberación nacional debía llevarse a cabo por la vía de la lucha guerrillera y la constitución de un Frente de Liberación con los sectores progresistas de la burguesía. Todas ellas hicieron su aparición en la escena política no como parte del proceso de lucha de masas sino como producto de acciones espectaculares (el secuestro y ejecución de Pedro E. Aramburu y la toma de La Calera en el caso de Montoneros, el copamiento de Garín por las FAR o el secuestro de Oberdan Salustro por el ERP, entre otras acciones) aisladas de las acciones de masas.

La guerrilla peronista de Montoneros (que tiempo después se fusionara con las FAR) mantenía sus expectativas en poder radicalizar al peronismo como movimiento de liberación, lo que ayudó a la estrategia de Perón de desactivar el proceso revolucionario. Los Montoneros se ofrecieron como fuerza de presión del General y más tarde como pivote de la campaña electoral que devolvieron al peronismo al poder el 25 de mayo de 1973. Luego de ello Perón dará vía libre a los esbirros de las Tres A contra la vanguardia obrera y popular y particularmente contra los propios Montoneros. El PRT-ERP aunque criticaba la política de Montoneros de subordinarse a Perón, esperaba que el desarrollo de su propia “guerra revolucionaria” destacara sectores progresistas de la burguesía y los partidos tradicionales con los cuales constituir un frente de liberación. Mientras tanto, independientemente del proceso político de las masas y su conciencia, se enfrascaban en una guerra de bolsillo contra las FF.AA. En 1973, por ejemplo, cuando las expectativas de las masas en el retorno de Perón y la democracia burguesa eran enormes, coparon el Comando de Sanidad del Ejercito en Capital Federal y el cuartel de Azul, dando excusa al recrudecimiento de la política represiva del estado.

Las organizaciones guerrilleras no tenían por estrategia empujar la autorganización y el movimiento obrero hacia la independencia política de clase construyendo un partido. Descartaban la preparación de una insurrección obrera y popular para quebrar al Estado capitalista. Lejos de permitir un acercamiento de los trabajadores a la necesidad de organizarse y armarse para ejercer su autodefensa frente a las fuerzas represivas (o a partir del año 73 a las bandas paramilitares de la derecha peronista), la política guerrillerista exponía a la represión al activismo obrero y popular y debilitaban la organización de la luchas de clases.

La estrategia guerrillerista combinada con frentepopulismo fracasó trágicamente en el balance del proceso revolucionario argentino en los ’70. Sin duda, el espíritu de combate y sacrificio de los militantes caídos, son un ejemplo a seguir por las nuevas generaciones de militantes anticapitalistas. Tanto como su experiencia una fuente de aprendizaje para la lucha revolucionaria.

Clarisa Lea Place

Susana Lesgart

María Angélica Sabelli

Ana María Villarreal de Santucho

Carlos Astudillo

Pedro Bonnet

Eduardo Capello

Alberto del Rey

Mario Emilio Delfino

Alfredo Khon

José Ricardo Mena

Miguel Angel Polti

Mariano Pujadas

Humberto Suárez

Humberto Toschi

Alejandro Ulla

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