Carta pública a la dirección del PSL y a Orlando Chirino


Compañeros, como es de conocimiento público, y de ustedes en particular, desde la Liga de Trabajadores por el Socialismo (LTS) venimos desarrollando una activa campaña por el voto en la candidatura de Orlando Chirino – un voto crítico, por la sabidas y públicas diferencias políticas que mantenemos–, como una candidatura obrera independiente, es decir, no solo “independiente” en el sentido general de no estar con ninguna de las dos principales fuerzas políticas (burguesas) del país, sino en el sentido de independencia de clase, de una candidatura sin compromisos patronales y contraria a la colaboración de clases que pregonan Chávez y la oposición burguesa.
 
Sin embargo, nos ha sorprendido que en la edición de ayer (27/09) de uno de los principales diarios nacionales, hemos visto publicada una entrevista al compañero Chirino donde se expresan varias ideas contrarias a esta perspectiva de independencia de clase (El Universal, 27/09/12). Por lo cual queremos preguntarles si se trata de alguna tergiversación periodística de las afirmaciones del compañero Chirino y no son genuinas, o si por el contrario son veraces, lo cual, por supuesto, sería un gran problema político, pues echa abajo el contenido “obrero y socialista” que levanta la candidatura.  
 
Ante la pregunta del periodista -obviamente por derecha- sobre “¿Cómo iniciar una reforma agraria cuando el campo ha sido expropiado y el aparato productivo disminuido?”, el diario señala como parte de la respuesta de Chirino que: “En cuanto al aparato productivo hay que sentarse con los inversionistas para fijar reglas claras y recuperar las instituciones para atraer inversiones”. ¿Es decir, que para desarrollar las capacidades productivas nacionales y conseguir trabajo para todos y todas la salida es sentarse con los capitalistas para que inviertan, eso sí, poniéndoles “reglas”? Más adelante señala como una de las críticas de Chirino al gobierno actual, el que en el mismo “Se ha atacado al sindicalismo, se ha expropiado la propiedad privada”. ¿Quiere decir que se pone un signo igual entre la defensa de las libertades democráticas para la organización y lucha de los trabajadores, y la defensa de la propiedad burguesa? Y ante la pregunta sobre si “¿Revisarías las expropiaciones y devolverías las propiedades a sus dueños?”, reseña una respuesta de estas connotaciones: “Todo lo que esté fuera de la ley se revisará. Habrá que escuchar a todos los involucrados, dueños, comunidades y sindicatos. No tenemos problemas en eso. Nuestro gobierno garantiza la plena libertad sindical y a la iniciativa privada”. Sin comentarios. Y estas son solo algunas de las ideas que, según el diario, planteó el compañero Chirino, y que comprometen la lucha por la independencia de clase de los trabajadores[1].
 
Como suponemos ustedes compartirán, las respuestas que el diario pone en boca de Orlando Chirino son más propias de una perspectiva de un simple colaboracionismo de clases, e incluso propias de un programa abiertamente burgués. Ideas que lejos de instalar entre la clase trabajadora la perspectiva de que la solución a sus problemas y los del conjunto del país solo vendrá de desarrollar sus luchas en la perspectiva de abolir la propiedad privada capitalista y reorganizar la economía con base a la propiedad común y la democracia obrera, ayuda a mantener en pie el sentido común –típico de la ideología burguesa– de que para resolver los problemas del país y sus mayorías trabajadoras se necesita de la existencia de la propiedad privada y la clase capitalista.
 
Creemos que no es necesario explicar ni abundar más en que el contenido de tales afirmaciones no condice en manera alguna con una propuesta que se presenta como contraria a la colaboración de clases, como anticapitalista, obrera y socialista. Por tanto reiteramos nuestro pedido de aclaratoria sobre lo genuino o no de tales afirmaciones, en cuyo caso de ser producto de una tergiversación periodística, creemos que el deber elemental que tendrían es el de pedir urgentemente un derecho a réplica y desmentir categórica y públicamente al diario. Les planteamos esto tomando en cuenta además que se trata de un diario de gran circulación nacional, uno de los más importantes del país, y hasta la fecha no hemos visto de parte de ustedes alguna aclaratoria o desmentido de tales afirmaciones.
 
Nosotros, por supuesto, no desconocemos las importantes diferencias políticas que nos separan, desde cuestiones de estrategia, hasta de táctica y práctica política –por algo militamos en organizaciones distintas, tanto en nuestro país como a nivel internacional-, por lo cual no aspiramos en modo alguno que la candidatura de Chirino levante un programa y un contenido político tal cual como el que nos parecería el más correcto desde una perspectiva revolucionaria. Sin embargo, la definición clara contra cualquier proyecto de colaboración de clases nos parece elemental y de principios para cualquiera que se precie de llamarse públicamente obrero y socialista. Es por esta razón, y con la moral de estar llevando activamente con todas nuestras modestas fuerzas la campaña por el voto (crítico) en la candidatura de Orlando Chirino, que les pedimos explicaciones al respecto.
 
Fraternalmente,
 
Comisión Política de la LTS
Caracas, 28/09/12.

Rosa Luxemburg y la socialdemocracia alemana (Ernest Mandel)


Escrito: Marzo de 1971
Esta edición: Marxists Internet Archive, agosto de 2009.
Digitalización: Martin Fahlgren, 2009.


 

El lugar que ocupa Rosa Luxemburg en la historia del movimiento obrero revolucionario está aún por precisar. Desde que empezó la decadencia del monolitismo staliniano hay, prácticamente, unanimidad en cuanto a subrayar sus méritos; pero a menudo se añade, acto seguido, que ”pertenece al mundo de antes de 1914”.[1] De hecho, los clasificadores se sienten tanto más incómodos cuanto que abordan la historia del movimiento obrero valiéndose de criterios esencialmente subjetivos. A partir de ahí, los méritos de Rosa se dispersan y, según las inclinaciones del autor de turno, recaen en el hecho de que Rosa pusiera al desnudo las raíces del imperialismo, en su defensa sin compromiso del marxismo contra el revisionismo bernsteiniano, en su adhesión a los principios de acción y de espontaneidad de las masas, o, incluso, en la defensa de los principios de la democracia obrera contra los ”excesos” bolcheviques.

La dificultad desaparece cuando se aborda la historia del movimiento obrero con criterios objetivos, aplicando al propio marxismo la regla de oro del materialismo histórico: en último análisis, es la existencia material  la que explica la conciencia y no a la inversa. Es a partir de la transformación de la realidad social que deben ser interpretados los cambios producidos en el pensamiento del movimiento obrero internacional, incluyendo las sucesivas interpretaciones, enriquecedoras  o empobrecedoras, del marxismo. En este marco, el papel de Rosa en la evolución del movimiento obrero de antes de 1914, o incluso de antes de 1919, en vez de parecer disperso y fragmentario, recobra su unidad. Tan sólo valiéndonos de este método se nos muestra plenamente la importancia clave de la actividad y de la obra de Rosa, desprendiéndose de la crónica de las actividades especializadas.

”La vieja táctica probada” entra en crisis

Durante treinta años; la táctica de la socialdemocracia alemana, ”die alte bewährte Taktik” (la vieja táctica probada), dominó por entero el movimiento obrero internacional. En realidad,  abstracción hecha de la experiencia, después de todo aislada, de la Comuna de París, y de los sectores del movimiento obrero internacional en que dominaba el anarquismo, fue durante medio siglo que la historia de la lucha de clases estuvo marcada con el sello de la socialdemocracia. Esta influencia preponderaba hasta tal punto que incluso aquellos que, como Lenin y la fracción bolchevique, habían roto en la práctica con esta tradición en el plano nacional, seguían, sin embargo, refiriéndose religiosamente al modelo alemán como modelo de táctica universalmente válido.

La ”vieja táctica probada” podía citar en su defensa unos títulos de nobleza indudables. Durante sus últimos quince años de vida, Friedrich Engels, pese a algunas vacilaciones significativas[2], la había defendido encarnizadamente, hasta el punto de ponerla en una verdadera Carta en su ”testamento político”, la introducción que escribió en 1895 para una nueva edición alemana de la obra de Karl Marx Las luchas de clases en Francia. Los pasajes más famosos de esta introducción fueron citados innumerables veces, en todos los idiomas de Europa, entre 1895 y 1914. Los socialdemócratas prosiguen con esta rutina entre 1918 y 1929, hasta que la crisis económica mundial y la crisis de la propia socialdemocracia hicieron que estos ejercicios estériles se detuvieran: ”En todas partes se ha imitado el ejemplo alemán de utilización del derecho de voto, de conquista de todos los puestos que nos sean accesibles; en todas partes se deja de lado el desencadenamiento del ataque sin preparación…

”Los dos millones de electores que envía [la socialdemocracia alemana] al escrutinio, contando con los jóvenes y las mujeres que hay detrás de ellos en calidad de no electores, constituyen la masa más numerosa, la más compacta, el “grupo de choque” decisivo del ejército proletario internacional. Esta masa significa, ya ahora, más de un cuarto de los sufragios… Su crecimiento se produce de modo tan espontáneo, constante, irresistible, y, al mismo tiempo, tan tranquilo, como un proceso natural. Todas las intervenciones estatales tratando de impedirlo se han demostrado impotentes. Podemos contar, desde hoy, con dos millones y cuarto de electores. Si seguimos adelante como hasta ahora, de aquí al final del siglo habremos conquistado la mayor parte de las capas medias de la sociedad, tanto a los pequeños burgueses como a los pequeños campesinos, y creceremos hasta convertirnos en la potencia decisiva del país, ante la que tendrán que inclinarse todas las demás fuerzas, lo quieran o no. Mantener incesantemente este crecimiento hasta que, por sí mismo, se haga más fuerte que el sistema gubernamental en el poder; no desgastar con combates de vanguardia este “grupo de choque”, sino conservarlo intacto hasta el día decisivo; ésta es nuestra principal tarea.” [3]

Hoy sabemos, naturalmente, que los dirigentes socialdemócratas habían mutilado escandalosamente el texto de Engels, desnaturalizando su sentido mediante la eliminación de todo lo que seguía siendo básicamente revolucionario en el viejo luchador, compañero de Marx [4]. Pero esto no es lo esencial. El pasaje que acabamos de citar es auténtico. Justifica plenamente ”la vieja táctica probada”: organizar a un máximo de miembros, educar a un máximo de trabajadores, obtener un máximo de votos en las elecciones, dirigir buenas huelgas para que aumenten los salarios y para conquistar leyes sociales (ante todo la reducción de la jornada de trabajo); el resto vendrá por sí solo, automáticamente: ”tendrán que inclinarse todas las demás fuerzas”; nuestro ascenso es ”irresistible”; hay que ”conservar intactas nuestras fuerzas hasta el día decisivo”…

Más convincente que la bendición de venerable decano del socialismo internacional era el veredicto de los hechos. Estos hechos les daban la razón a los Bebel, Vandervelde, Víctor Adler y demás pragmáticos que se contentaban con seguir esta rutina ya consagrada. El número de sufragios aumentaba de elección en elección. Aunque de vez en cuando hubiera algún revés inesperado (como las ”elecciones hotentotes” [5] en Alemania, en 1907), lo seguía un desquite especialmente triunfante: en las elecciones al Reichstag de 1912, la socialdemo­cracia obtuvo el tercio de los sufragios. Las organizaciones obreras se reforzaban incesante­mente, se extendían a todos los terrenos de la vida social, se articulaban en una verdadera ”contrasociedad”, permitiendo un desarrollo continuo de la conciencia de clase. Los salarios aumentaban, se acumulaban las leyes de protección obrera; la miseria perdía terreno, aunque sin desaparecer. El ascenso parecía tan irresistible que no sólo embriagaba a los convencidos, sino incluso a los adversarios.

Como siempre, la conciencia iba ya en retraso respecto a la realidad. Todo este ”ascenso irresistible” había sido reflejo del auge del capitalismo internacional, de la reducción secular del ”ejército industrial de reserva”, especialmente, en Europa, debido a la emigración, de una superexplotación creciente de los países coloniales y semicoloniales por parte del capitalismo imperialista. A comienzos del siglo XX empezaban a agotarse los recursos que alimentaban esta atenuación temporal de las contradicciones socioeconómicas en Occidente. En adelante, pasaba a la orden del día la agravación de las contradicciones sociales en lugar de su atenuación. No estaba llamando a la puerta ninguna era de progreso pacífico, sino la era de las guerras imperialistas, de las guerras de liberación nacional y de las guerras civiles. Una larga fase de mejora iba a ser sucedida por dos decenios de estancamiento, o incluso disminución de los salarios reales. La época de la evolución había terminado; iba a empezar la época de las revoluciones.

La ”vieja táctica probada” perdía todo su sentido en esta nueva era. De principio de organiza­ción iba a transformarse en una trampa desastrosa para el proletariado europeo. La inmensa mayoría de los contemporáneos no lo comprendieron antes del 4 de agosto de 1914. Ni siquiera Lenin lo comprendió en lo que se refería a los países al oeste del imperio zarista. Trotsky vacilaba. El mérito de Rosa fue el haber sido la primera en entender clara y sistemáticamente la necesidad de una modificación fundamental de la estrategia y la táctica del movimiento obrero occidental ante el cambio de las condiciones objetivas, ante la era imperialista que empezaba.[6]

Las raíces de la lucha de Rosa contra la ”vieja táctica probada”

Indudablemente, la nueva realidad objetiva fue captada parcialmente por los marxistas más perspicaces a partir de finales del siglo XIX. Los fenómenos de la extensión de los im)erios coloniales, de los inicios del imperialismo como política le expansión del gran capital, son ya analizados. Hilferding rige ese notable monumento llamado El capital financiero. Se registra la aparición de los cártels, los trusts, los monopolios los revisionistas, por lo demás, se valen de ello para proclamar que el capitalismo estará cada vez más organizado, y que, por lo tanto, sus contradicciones irán atenuándose; indudablemente, lo hay nada nuevo bajo el sol). A partir del congreso de la Internacional celebrado en Stuttgart, aumenta la desconfianza de Lenin, la izquierda holandesa y polaca, la izquierda belga e italiana, respecto a las concesiones de Kautsky al revisionismo, sobre todo en el terreno de la lucha contra la guerra imperialista. Se someten a una dura crítica el oportunismo electoralista, los pactos ”tácticos” con la burguesía liberal de tal o cual grupo regional o nacional (los ”de Baden” en Alemania, la mayoría del POB belga, los jauresistas en Francia, etc.). Pero todo esto sigue siendo parcial y fragmentario, y, sobre todo, no alcanza a sustituir la ”vieja táctica probada” – más tabú que nunca – por una estrategia y una táctica de recambio.

El único intento llevado a cabo en este sentido durante el período 1900-1914, al oeste de Rusia, es el de Rosa. Este mérito excepcional no se debe tan sólo a su genio innegable, a su lucidez, a su adhesión absoluta a la causa del socialismo y del proletariado internacional. Se explica, sobre todo, por las condiciones históricas y geográficas, es decir, sociales, en que nacieron y se desarollaron su acción y su pensamiento.

Su posición excepcional de miembro dirigente de dos partidos socialdemócratas, el partido polaco y el partido alemán, la situó en un puesto de observación que facilitaba la observación de dos tendencias contradictorias en la socialdemocracia internacional: por una parte, el peligroso empantanamiento en una rutina burocrática cada vez más conservadora en Alemania; por otra parte, el ascenso de nuevas formas y métodos de lucha en el imperio zarista. De este modo pudo llevar a cabo, en el plano de la táctica del movimiento obrero, la misma inversión audaz que había realizado Trotsky en el plano de las perspectivas revolucionarias. Ya no era necesariamente el país ”avanzado” el que había de mostrar al país ”atrasado” la imagen de su futuro, sino que, por el contrario, el movimiento obrero del país ”atrasado” (Rusia, Polonia) mostraría a los países avanzados de Occidente la urgente adaptación táctica que era preciso aplicar.

También en este punto hubo precursores. Ya en 1896, Parvus había publicado un largo estudio en la Neue Zeit en el que consideraba el empleo del arma de la ”huelga política de masas” contra una amenaza de golpe de estado que suprimiera el sufragio universal[7]. Este estudio estaba, a su vez, inspirado en una moción sometida por Kautsky, en 1893, a la 10.a comisión del congreso socialista de Zurich, relativa a la réplica contra las amenazas al sufragio universal. Engels había levantado una amenaza implícita análoga. Pero todos estos disparos de prueba quedaron aislados. No dieron lugar a ninguna elaboración estratégica o táctica sistemática.

Para Rosa, ya muy familiarizada con los movimientos obreros polaco y ruso, fue también una ayuda el estudio en profundidad de dos crisis políticas que sacudieron Europa occidental hacia finales de siglo: la crisis provocada por el asunto Dreyfus en Francia, y la huelga general de 1902 por el sufragio universal en Bélgica. Obtuvo de esta doble experiencia una profunda repugnancia ante el cretinismo parlamentario, y una convicción cada vez más fuerte de que la ”vieja táctica probada” fracasaría ”el día decisivo” si no se educaba a las masas, con mucha antelación, para tomar en mano la acción política extraparlamentaria de la misma forma que la rutina electoral y la práctica de las huelgas económicas.

Pero fue la experiencia de la revolución rusa de 1905 el acontecimiento que permitió a Rosa reunir los elementos dispersos de una crítica sistemática de la ”vieja táctica probada” de la socialdemocracia occidental. Retrospectivamente, fue sin duda el año 1905 el que marcó el final del papel esencialmente progresivo de la socialdemocracia internacional, y aquel en que se inició la fase de ambigüedad, durante la cual se combinaron rasgos progresivos que se prolongaban e influencias reaccionarias que aparecían y se reforzaban, fase que desembocó en el desastre de 1914.

Para comprender la importancia de la revolución rusa de 1905, es preciso recordar ante todo que fue la primera explosión revolucionaria a gran escala que conoció Europa después de la Comuna de París, es decir, tras un intervalo de 34 años. Era lógico que una revolucionaria apasionada como Rosa Luxemburg estudiara cuidadosamente todas sus manifestaciones y rasgos peculiares con objeto de extraer conclusiones en relación con el destino de las futuras revoluciones en Europa. Marx y Engels habían obrado igual ante las revoluciones de 1848 y ante la Comuna.

Desde el punto de vista de la elaboración de una estrategia y una táctica de recambio para la socialdemocracia internacional en relación a la del SPD, hay un rasgo particular de la revolución rusa de 1905 que tiene un papel decisivo. Durante decenios, el debate entre anarquistas y sindicalistas, de un lado, y, de otro, los socialdemócratas, había confrontado a los paladines de la acción directa minoritaria con los de la acción de masas organizada, esencialmente ”pacífica” (electoral o sindical). Pero la revolución rusa de 1905 hizo nacer una combinación imprevista por ambos lados: la acción directa de las masas, pero de unas masas que, lejos de conformarse con la inorganización y la espontaneidad, se organizan a consecuencia de la acción, con la perspectiva de futuras acciones todavía más audaces.

Tanto Lenin como Rosa subrayaron el hecho, mal comprendido en Occidente, de que la revolución de 1905 tocaba a difuntos por el sindicalismo revolucionario en Rusia, ¡pese a que, durante largo tiempo, los sindicalistas revolucionarios habían opuesto el mito de la huelga general al electoralismo socialdemócrata, y en el mismo momento en que la huelga general triunfaba por primera vez en algún lugar de Europa! Hubieran debido añadir – Lenin no lo comprendió hasta después de 1914 – que esta eliminación de los sindicalistas revolucionarios en Rusia se explicaba por el hecho de que la socialdemocracia rusa y polaca (o al menos su ala radical), lejos de oponerse a la huelga de masas o de frenarla en lo más mínimo, se convirtió en su organizadora y propagadora entusiasta, es decir, se sobrepuso definitivamente al viejo dualismo de ”acción gradual o acción revolucionaria”. [8]

Rosa quedó deslumbrada por la experiencia de la revolución de 1905, experiencia que tuvo profundas repercusiones en el seno del proletariado de distintos países al oeste del imperio de los zares, empezando por Austria, donde provocó una huelga general con la que fue conquistado el sufragio universal. Los catorce años de vida que le quedaban no fueron más que un esfuerzo ininterrumpido por transferir esta enseñanza fundamental al proletariado alemán: es preciso abandonar el gradualismo, hay que prepararse nuevamente para luchas revolucionarias de masas. El estallido de la primera guerra mundial, de la revolución alemana de 1918, confirmaron que su visión era exacta desde 1905.

El 1.° de febrero` de 1905, Rosa escribía:

”Pero también para la socialdemocracia internacional el levantamiento del proletariado ruso constituye un fenómeno nuevo, que ante todo debe asimilarse espiritualmente. Todos nosotros, por dialéctico que sea nuestro pensamiento, seguimos siendo incorregibles metafísicos apegados a la inmutabilidad de las cosas en nuestros estados de conciencia inmediatos… Es tan sólo en la explosión volcánica de la revolución donde nos damos cuenta de qué trabajo tan rápido y profundo ha ejecutado el joven topo. Y con qué brío está minando el suelo bajo los pies de la sociedad burguesa de Europa occidental. Querer medir la madurez política y la energía revolucionaria latente de la clase obrera por medio de estadísticas electorales y de cifras de miembros de las secciones locales equivale a querer medir el Mont Blanc con un metro de sastre.”

El 1.° de mayo de 1905, prosigue:

”Lo esencial es esto: es preciso comprender y asimilar que la revolución actual en el imperio de los zares provocará una colosal aceleración de la lucha de clases internacional, que también en los países de la ”vieja” Europa nos colocará, en un plazo no tan largo, ante situaciones revolucionarias y ante nuevas tareas tácticas.”

Y el 22 de septiembre de 1905, en el congreso de Iena, en confrontación con los sindicalistas reformistas tipo Robert Schmidt, exclamó, indignada:

”Cuando se han escuchado los discursos pronunciados hasta ahora sobre la huelga política de masas, se tiene realmente ganas de poner la cabeza entre las manos y preguntarse: ¿Estamos realmente viviendo en el año de la gloriosa revolución rusa, o acaso faltan aún diez años para que se produzca? Leéis cada día las informaciones en los diarios de la revolución, leéis los comunicados, pero parece como si no tuvierais ojos para ver ni oídos para escuchar… ¿No ve Robert Schmidt que ha llegado el momento que habían previsto nuestros grandes maestros Marx y Engels, el momento en que la evolución se transforma en revolución? Estamos viendo la revolución rusa, y seríamos unos asnos si no aprendiéramos de ella.” [9]

Retrospectivamente, estamos convencidos de que tenía razón. Así como la victoria de la revolución rusa de 1917 hubiera sido infinitamente más difícil sin la experiencia de la revolución de 1905 y sin el impresionante aprendizaje revolucionario que representó para decenas de millares de cuadros obreros rusos, también hubiera facilitado mucho la posibilidad de una victoria de la revolución alemana de 1918-19 el que se hubieran dado, antes de 1914, experiencias de luchas políticas de masas, extra-parlamentarias, prerrevolucionarias o revolucionarias. No se aprende a nadar sin tirarse al agua; no puede adquirirse una conciencia revolucionaria sin la experiencia de acciones revolucionarias. Si bien era imposible imitar la revolución de 1905 en la Alemania de 1905 a 1914, sí era en cambio perfectamente posible transformar de arriba abajo la práctica cotidiana de la socialdemocracia, reorientarla hacia una práctica y una educación cada vez más revolucionarias que prepararan a las masas para el enfrentamiento con la clase burguesa y el aparato del estado. Al negarse a llevar a cabo este viraje, aferrándose a fórmulas que perdían cada vez más todo sentido en relación a la victoria ”inevitable” del socialismo, al ”retroceso” inevitable de la burguesía y el estado burgués ante la ”fuerza tranquila y pacífica” de los trabajadores, los dirigentes del SPD sembraron, durante aquellos años decisivos, el grano que dio las amargas cosechas de 1914, de 1919 y de 1933.

El debate sobre la huelga de masas

Es en este contexto que debe examinarse el debate sobre la ”huelga de masas” que se desencadenó en la socialdemocracia tras la revolución de 1905. Las etapas principales de este debate las señalan el congreso de Iena de 1905 (en cierto sentido, el congreso más ”izquierdista” de antes de 1914, bajo la presión evidente de la revolución rusa), el congreso de Mannheim de 1906, la aparición, el mismo año, de un folleto de Kautsky y otro de Rosa Luxemburg, ambos dedicados al problema de la ”huelga de masas”, el debate entre Rosa Luxemburg y Kautsky en 1910, y el debate entre Kautsky y Pannekoek.[10]

Podríamos resumir esquemáticamente el debate de este modo. Los dirigentes socialdemó­cratas, tras haber combatido durante decenios la idea de huelga general como una ”imbecilidad general” (”Generalstreik ist Generalunsinn”), bajo el pretexto de que antes había que organizar a la gran mayoría de los obreros para que luego pudiera tener éxito una huelga general, se vieron trastornados por la huelga general belga de 1902-1903, pero fue de modo muy vacilante que iniciaron la revisión de sus concepciones ”pacifistas”. [11] En 1905, en el congreso de Iena, estalló un conflicto entre los dirigentes de los sindicatos y los del partido, durante el cual los jefes sindicales llegan al extremo de sugerir que todos los partidarios de la huelga general se vayan a poner en práctica sus ideas en Rusia y en Polonia.[12] Bebel, con reticencia, pero no sin acritud, entra en liza para criticar a los dirigentes sindicales, y admite ”por principio” la posibilidad de una huelga política de masas. Pero se llegará a un compro­miso, elaborado entre los congresos de Iena y de Mannheim. En Mannheim, en 1906, se ha restablecido la paz en el seno del aparato. En adelante, sólo se reconocerá a los jefes sindicales como ”competentes” para ”proclamar” la huelga, incluyendo la huelga política de masas; eso tras haber hecho inventario de ”la organización”, de la caja, de las ”relaciones de fuerzas”, etc. Después del desafortunado intervalo de la revolución rusa, hénos aquí de feliz regreso a la ”vieja táctica probada”.

Rosa echa chispas, patalea. Espera la ocasión de asestar un fuerte golpe en favor de la nueva estrategia y la nueva táctica. El momento propicio se le presenta cuando se desencadena, en 1910, la agitación por la obtención del sufragio universal para las elecciones a la Dieta de Prusia. Las masas piden acción. Rosa interviene en una docena de asambleas de masas, a las que asisten millares y decenas de millares de trabajadores y de militantes. Tras algunas escaramuzas contra ”prohibiciones” de la policía, una manifestación central reúne, en el parque Treptow de Berlín, a 200.000 participantes. Pero a la dirección socialdemócrata no le gusta todo ese jaleo; lo que Ie interesa es preparar unas ”buenas elecciones” para 1912. Así, la agitación queda asfixiada tan rápidamente como ha nacido. Y en este caso es el ”guardián de la ortodoxia”, Karl Kautsky, el que personalmente asume la dirección de la lucha teórica y política del aparato contra la izquierda, por medio de artículos y de folletos pedantes que evidencian una total incomprensión de la dinámica del movimiento de masas. [13]

A primera vista, parece haberse producido una inversión de alianzas. A comienzos de siglo, Rosa y Kautsky (izquierda y centro) están aliados con el aparato del partido, en torno a Bebel y a Singer, contra la minoría revisionista de Bernstein. En 1905, en el congreso de Mannheim, el apaarto sindical se ha pasado abiertamente al campo de los revisionistas, y la alianza Bebel-Kautsky-Rosa parece reforzada y consolidada. ¿Cómo explicar este brusco viraje en el lapso de cuatro años (1906-1910)? En realidad, los datos sociales e ideológicos del problema diferían notablemente de las apariencias. Bebel y el aparato del partido estaban apegados a la ”vieja táctica probada” tanto en 1900 como en 1910. Eran básicamente conservadores, es decir, partidarios del statu quo en el seno del movimiento obrero (sin que ello signifique que hubieran abandonado las convicciones, o incluso la pasión, socialistas; pero las orientaban hacia un futuro indeterminado). Existía el peligro de que Bernstein y los revisionistas rompieran el delicado equilibrio entre la ”vieja táctica probada” (es decir, la práctica cotidiana reformista), la propaganda socialista, la esperanza y la fe de las masas en el socialismo, la unidad del partido, la unidad de las masas y el partido. He aquí por qué Bebel y el aparato del partido se oponían a él: ello respondía a finalidades esencialmente conservadoras, al deseo de evitar alborotos.

Pero cuando la revolución rusa de 1905 – y las repercusiones de la era imperialista en las relaciones de clases en la misma Alemania – provocaron una agravación de las tendencias en el seno del movimiento obrero, y cuando el aparato socialdemócrata corrió el peligro de partirse en dos, después del congreso de Iena, Bebel, Ebert, Scheidemann, prefirieron la unidad del aparato antes que la unidad con los obreros radicalizados; así fue cómo inter­pretaron la ”prioridad de la organización”. A partir de entonces, el aparato, en su conjunto, rompió con la izquierda, ya que esta vez era la izquierda la que exigía que se dejara de lado la ”vieja táctica probada”, y no sólo su teoría, sino también – pecado supremo – su práctica rutinaria. Los dados estaban echados.

La única incógnita que siguió abierta durante cierto tiempo fue la del alineamiento de Kautsky: ¿se alinearía junto al aparato contra la izquierda, o junto a la izquierda contra el aparato?

Después de la revolución de 1905, se inclinó por un momento hacia la izquierda. Pero un incidente significativo iba a decidir su suerte. En 1908, Kautsky escribió un folleto titulado El camino del poder, en el que examinaba precisamente la cuestión, pendiente desde el célebre prefacio de Engels de 1895, del paso de la conquista de la mayoría de las masas trabajadoras por el socialismo (el objetivo que se marcaba la ”vieja táctica probada”)a la conquista del poder político mismo. Sus fórmulas eran, en último término, moderadas, y no implicaban ninguna agitación revolucionaria sistemática; ni siquiera hablaba de suprimir la monarquía (hablaba, púdicamente, de la ”democratización del imperio y de los estados que lo componen”). Pero en el folleto había demasiadas palabras ”peligrosas” a ojos de un Parteivorstand burocratizado, mezquino y conservador. En él se hablaba de la posibilidad de una ”revolución”; e incluso se decía: ”Nadie será tan ingenuo como para suponer que pasaremos pacífica e imperceptiblemente del estado militarista… a la democracia.” Estas fórmulas eran ”peligrosas”. Podían, incluso, ”provocar un juicio”. El Parteivorstand decidió, pues, destruir la edición del folleto.[14]

Siguió a esto una tragicomedia en la que se decidió la suerte de Kautsky como revolucionario y como teórico. Apeló a la comisión de control del partido, y ésta le dio la razón. Pero Bebel siguió diciendo ”no”. Kautsky aceptó entonces pasar bajo las horcas caudinas de la censura del partido y mutilar su propio texto: todo aquello que fuera susceptible de provocar escándalo fue eliminado por él mismo del texto, que se transformó en anodino. Kautsky salió de este asunto como un hombre sin carácter ni espina dorsal. La ruptura con Rosa, el centrismo, el papel de servidor del aparato en el debate de 1910-1912, la innoble capitulación de 1914, etc., todo ello está contenido en germen en este episodio.

No fue casualidad el que la prueba decisiva, para Kautsky y todos los centristas, fuera la cuestión de la lucha por el poder, de la reinserción del problema de la revolución en una estrategia enteramente basada en la rutina reformista cotidiana. Esta era, en efecto, la cuestión decisiva para la socialdemocracia internacional desde 1905.

El análisis de la primera redacción de El camino del poder permite descubrir que los elementos del centrismo están ya presentes antes incluso de que caiga la censura burocrática. Ya que si bien, en esta primera versión, la descripción de los elementos que agravan los antagonismos de clase (imperialismo, militarismo, expansión económica frenada, etc.) es perspicaz, su filosofía fundamental, en cambio, sigue siendo la de la ”vieja táctica probada”: la industrialización trabaja a nuestro favor; nuestro ascenso es irresistible, siempre que no se produzca un accidente. No se levanta la hipótesis de un abandono del fatalismo de la espera más que para el caso de que ”nuestros adversarios cometan una tontería”: un golpe de estado o la guerra mundial. En suma, seguimos en el mismo punto que cuando Parvus formuló el problema en 1896…

En El camino del poder ni siquiera se habla de ”huelgas revolucionarias”, de explosiones de masas. No se invoca la revolución rusa más que para demostrar que abre una nueva era de revoluciones en Oriente (cosa que es cierta), que esta era de revoluciones orientales, a través de los conflictos interimperialistas, tendrá profundas repercusiones en las condiciones de Occidente (cosa que sigue siendo exacta) y exacerbará indudablemente las tensiones y la inestabilidad. Pero nada se dice de las repercusiones de la revolución rusa y de esta inestabili­dad en el comportamiento de las masas trabajadoras de Occidente. El elemento activo, el factor subjetivo, la iniciativa política, están completamente ausentes. Estar al acecho de la tontería que quizá cometa el adversario, prepararse para la hora H a través de medios pura­mente organizativos, pero dejando escrupulosamente toda la iniciativa al enemigo; he aquí en qué se resume toda la sensatez centrista kautskiana, posteriormente prolongada por la de los austromarxistas, cuyo fracaso estallará en 1934.

La superioridad de Rosa se manifiesta entonces en todos los terrenos, en el curso de este debate crucial. Frente a las sosas referencias y estadísticas con que Kautsky justificaba su tesis de que ”la revolución no debe de ningún modo estallar prematuramente”, Rosa levantó una comprensión profunda de la inmadurez de las condiciones que conocerá cada revolución proletaria en sus comienzos:

”… estos ataques “prematuros” del proletariado constituyen en sí mismos un factor muy importante, que crea las condiciones políticas de la victoria final, porque el proletariado no puede alcanzar el grado de madurez política que lo capacitará para llevar a término la gran conmoción final más que en el fuego de luchas obstinadas.” [15]

Fue en 1900 cuando Rosa escribió estas líneas, cuando ya formuló, en realidad, los primeros elementos de una teoría de las condiciones subjetivas necesarias para una victoria revolucio­naria; mientras que Kautsky sigue aferrado al examen de las solas condiciones objetivas, ¡llegando hasta el punto de negar que el problema planteado por Rosa exista realmente! Con su fino instinto para la vida, las aspiraciones, la temperatura y la acción de las masas, Rosa levanta, a partir del debate de 1910, el problema clave de la estrategia obrera del siglo xx, es decir, plantea que sería vano esperar un ascenso ininterrumpido de la combatividad de las masas y que, si éstas se ven decepcionadas por la ausencia de resultados y de directivas de las direcciones, pueden volver a caer en la pasividad. [16]

Cuando Kautsky afirma que el éxito de una huelga general ”capaz de detener todas las fábricas” depende de la organización previa de todos los obreros, lleva la ”prioridad de la organización” a un absurdo. La historia le ha quitado la razón y se la ha dado a Rosa. Sabemos de numerosas huelgas generales que han logrado paralizar totalmente la vida económica y social de distintas naciones modernas en momentos en que tan sólo estaba organizada una minoría de trabajadores. La huelga general francesa de mayo de 1968 no es más que la más reciente confirmación de una vieja experiencia.

Cuando Kautsky objeta a Rosa que ”los movimientos espontáneos de masas inorganizadas son siempre incalculables”, y por esta razón peligrosos para un ”partido revolucionario”, desvela una mentalidad pequeñoburguesa de funcionario capaz de imaginarse una ”revolución” que se desarrolle de acuerdo con un horario de ferrocarriles cuidadosamente ajustado. Rosa tiene mil veces razón cuando subraya, en su contra, que un partido revolucionario como la socialdemocracia rusa y polaca de 1905 se distingue, precisamente, por su capacidad para comprender y asimilar todo aquello que sea positivo en esta inevitable y saludable espontaneidad de las masas, con objeto de concentrar su energía en el designio revolucionario que el partido ha formulado y encarnado en su organización. [17] Hubo que llegar al conservadurismo cerril de la burocracia staliniana para que volviera a levantarse contra Rosa la acusación infundada de que su análisis de los procesos revolucionarios de 1905 concedía ”una importancia excesiva” a la espontaneidad de las masas, y ”muy poca importancia al papel del partido”. [18]

En el caso de que Rosa sea culpable de una ”teoría de la espontaneidad” (cosa que está lejos de haber quedado demostrada), esta culpa no se manifiesta, indudablemente, ni en su juicio sobre el carácter inevitable de las iniciativas espontáneas de las masas en el curso de explosiones revolucionarias – en esto tiene razón en un 100 % –, ni en ninguna ilusión en cuanto a que bastara con remitirse a esta iniciativa espontánea para que la revolución triunfara, o, lo que viene a ser lo mismo, para que de esta iniciativa surgiera la organización capaz de conducir la revolución a la victoria. Nunca fue culpable de niñerías como éstas, a las que tan aficionados son los espontaneístas de hoy.

Lo que concede a la ”huelga política de masas” un lugar excepcional en el designio de Rosa es el hecho de que ve en ella el medio esencial para educar y preparar a las masas para las futuras colisiones revolucionarias (o, mejor dicho, para educarlas y crear las condiciones propicias para que puedan completar esta educación por medio de su propia acción). Aun sin haber elaborado una estrategia de reivindicaciones transitorias, había extraído, de toda la experiencia pasada, la conclusión de que había que terminar con la práctica cotidiana limitada a las luchas electorales, las huelgas económicas y la propaganda abstracta ”por el socialismo”. La ”huelga política de masas” era, para ella, el medio esencial para superar esta rutina.

Confrontación con el aparato del estado, elevación de la conciencia política de las masas, aprendizaje revolucionario, todo ello quedaba enfocado en función de una perspectiva revolucionaria nítida, que preveía crisis revolucionarias en un plazo relativamente breve. Así como Lenin fundó el bolchevismo en base a la convicción de la actualidad de la revolución en Rusia, así como no extendió esta noción al resto de Europa más que después del 4 de agosto de 1914, es a Rosa a quien corresponde el mérito de haber concebido por primera vez una estrategia socialista basada en esta misma inminencia de la revolución, también en Occidente, inmediatamente después de la revolución rusa de 1905.

Su visión realista – ¡y, desgraciadamente, profética! – del papel que podía desempeñar el aparato burocrático del movimiento obrero en dicha crisis revolucionaria puede verse en su discurso en el congreso de Iena, en septiembre de 1905:

”Las revoluciones anteriores, y, especialmente, las de 1848, han demostrado que, en el curso de situaciones revolucionarias, no son las masas las que deben ser frenadas, sino los abogados parlamentarios, para impedirles traicionar a las masas.” [19]

”Si la situación revolucionaria llega a desplegarse plenamente, si las oleadas de la lucha han llegado ya muy alto, entonces ningún freno de los dirigentes del partido podrá tener mucho efecto, y la masa se limitará a dejar de lado a los dirigentes que quisieran oponerse a la tempestad del movimiento. Esto podría producirse algún día en Alemania. Pero no creo que desde el punto de vista del interés de la socialdemocracia sea necesario y deseable ir en esa dirección.” [20]

La unidad de la obra de Rosa Luxemburg

En el contexto del ”gran designio” de Rosa – llevar a la socialdemocracia al abandono de la ”vieja táctica probada” y a prepararse para las luchas revolucionarias que Rosa consideraba inminentes –, el conjunto de su actividad adquiere una manifiesta unidad.

El análisis del imperialismo no corresponde tan sólo a preocupaciones teóricas  autónomas, si bien estas preocupaciones fueron reales.[21] Tiene por objetivo desvelar uno de los principales resortes de la agravación de las contradicciones en el seno del mundo capitalista en su conjunto, y en el seno de la sociedad alemana (europea) en particular. Tampoco concibe Rosa el internacionalismo como un tema propagandístico más o menos platónico, sino que lo hace en función de dos exigencias, la que concierne a la progresiva internacionalización de las huelgas, y la que concierne a la preparación del proletariado para la lucha contra la guerra imperialista que se avecina. La campaña internacionalista sistemática que Rosa llevó a cabo en la socialdemocracia internacional durante veinte años estaba en función de una perspectiva revolucionaria y de una opción estratégica, igual que su campaña por la ”huelga política de masas” y su análisis en profundidad del imperialismo.

Lo mismo sucede con su campaña antimilitarista y antimonárquica. Contrariamente a una idea ampliamente difundida, repetida, en ocasiones, incluso por comentadores favorablemente predispuestos respecto a Rosa[22], la campaña antimilitarista de Rosa no estaba sólo relacionada con su ”odio” (o su ”temor”) a la guerra, sino también con una precisa comprensión del papel del estado burgués que había que abatir para llevar a la victoria a una revolución socialista. Ya en 1899, escribía en la Leipziger Volkszeitung:

”El poder y la dominación tanto del estado capitalista como de la clase burguesa se concentran en el militarismo. Así como la socialdemocracia representa el único partido político que combate el militarismo por razones de principio, del mismo modo esta lucha principista contra el militarismo pertenece a la naturaleza misma de la socialdemocracia. Abandonar el combate contra el sistema militar conduciría en la práctica a negar, sencillamente, la lucha contra el orden social.” [23]

Y el año siguiente, en Reforma o revolución, repetirá sucintamente, en sus comentarios sobre el servicio militar obligatorio, que, si bien éste prepara los fundamentos materiales para el armamento general del pueblo, lo hace ”en la forma del militarismo moderno, precisamente cuando el dominio del pueblo por el estado militar, cuando el carácter de clase del estado, llegan a su más clara expresión”. [24] Hágase la comparación con estas fórmulas, de una luminosa limpidez, no tan sólo de las elucubraciones de un Bernstein, sino también de la fraseología ambigua de Kautsky sobre la ”democratización del imperio”, y podrá verse la distancia que media.

Se comprende, a partir de ahí, la tremenda cólera de Rosa cuando vio a los mismos reformistas que le habían echado en cara el que ”arriesgara la sangre de los obreros” con su ”táctica aventurera” [25] permitir que, después de agosto de 1914, la sangre de los obreros corriera en una escala mil veces más amplia, y no por su propia causa, sino por la de los explotadores. Fue esta indignación la que le inspiró sus severas fórmulas: ”la socialdemo­cracia no es ya más que un cadáver maloliente”, ”los socialdemócratas alemanes son los mayores y más infames de los bribones que hayan vivido en este mundo”.[26]

Incluso sus errores están en función del gran designio que dominó su vida. Si se equivocó, efectivamente, en la apreciación recíproca de los bolcheviques y los mencheviques en Rusia, si combatió el ”ultracentralismo” de Lenin, aun aprobando el régimen de hierro ultracentra­lista instaurado por Leo Jogiches en su propio partido polaco clandestino[27], si estaba inclinada a confiar demasiado en la educación socialista de la vanguardia obrera, y a subestimar la necesidad de forjar cuadros obreros capaces de guiar a las más amplias masas, integradas espontáneamente en la acción al inicio de la revolución, si, por esta misma razón, negligió la formación de una tendencia y de una fracción de izquierda organizadas en el seno del SPD a partir de 1906 (la formación de un nuevo partido era imposible antes de que la traición de los dirigentes se materializara en actos comprensibles para las masas obreras), cosa que costó cara al joven Spartakusbund y al joven KPD, que tuvo que seleccionar una dirección en plena crisis revolucionaria en vez de haber aprovechado para ello el decenio precedente, todo ello se debió a que estaba dominada por una creciente desconfianza respecto a los aparatos de funcionarios y de secretarios profesionales, cuyas fechorías pudo juzgar sobre los hechos mismos mucho mejor y mucho antes que Lenin.

Lenin llegó en 1914 a las mismas conclusiones que Rosa sobre la socialdemocracia alemana. Dedujo entonces que lo esencial para el proletariado no era la ”organización” a secas, sino la organización cuyo programa y cuya fidelidad práctica, cotidiana, a dicho programa garanti­zaran que dicha organización fuera un motor y no un freno para el levantamiento revolu­cionario de las masas. Rosa llegó a la misma conclusión que Lenin en cuanto a la necesidad de una organización separada de la vanguardia revolucionaria en 1918, cuando hubo com­prendido a fondo que no bastaba con confiar en el empuje de las masas o en su espontaneidad para vencer el freno de los funcionarios socialdemócratas, en adelante contrarrevolucionarios. Pero el mérito que le corresponde a Rosa en la elaboración del marxismo revolucionario contemporáneo es inmenso. Ella fue la primera que planteó y empezó a resolver el problema de la estrategia y la táctica revolucionarias en vistas al triunfo de los levantamientos de masas en los países capitalistas altamente industrializados.


Notas:

[1] Este es, en particular, el juicio de J. P. Nettl, autor de la biografía de Rosa más amplia hasta la fecha (J. P. Nettl, Rosa Luxemburg, Ed. Era, México). Nettl combina una enorme compilación de detalles y un discernimiento a menudo impresionante en puntos parciales con una falta de comprensión casi total de los problemas de conjunto de la estrategia obrera, del movimiento de masas y de las perspectivas revolucionarias, es decir, precisamente, de los problemas que dominaron la vida y las preocupaciones de Rosa.

[2] Así, cuando el peligro de guerra se perfiló por primera vez, a comienzos de los años 90, Engels afirmó que, en caso de guerra, la socialdemocracia se vería obligada a tomar el poder, y expresó el temor a que eso acabara mal. En la misma carta a Bebel, expresó su convicción de que ”esteremos en el poder antes de final del  siglo” (carta del 24 de octubre de 1891). En una carta anterior, del 1.° de mayo de 1891, se rebeló contra la censura que Bebel quería aplicar en la publicación de las críticas del programa de Gotha, y fustigó la supresión de la libertad de crítica y de discusión en el seno del partido. (August Bebel, Briefwechsel mit Friedrich Engels, Mouton y Co., 1965, págs. 465, 417.)

[3] Engels, prefacio a La lucha de clases en Francia. Subrayado del autor.

[4] Engels escribía a Kautsky, el 1.° de abril de 1895: ”Veo hoy en el Vorwärts un extracto de mi introducción, reproducido sin que yo lo supiera y arreglado de tal modo que aparezco como un apacible adorador de la legalidad a todo precio. Por eso deseo aún más que la “Introducción” se publique sin cortes en la Neue Zeit, para que esa impresión vergonzosa quede borrada.” Bajo el pretexto de amenazas de persecución judicial, Bebel y Kautsky se negaron a actuar en consecuencia. Engels se dejó ablandar, y dejó de insistir en una reproducción íntegra de la ”Introducción”. Dicha publicación íntegra no se hizo hasta después de 1918, por iniciativa de. la Internacional Comunista.

[5] Elecciones celebradas durante la guerra colonial alemana contra los pueblos africanos Herero y Hotentote. Una coalición de las fuerzas burguesas y conservadoras logró en ellas una aplastante victoria. (N. del E.)

[6] Trotsky había formulado una opinión análoga a la de Rosa en Balance y perspectivas, escrito en 1906, poniendo el acento en el carácter cada vez más conservador de la socialdemocracia. Sin embargo, en función de las luchas de fracción en la socialdemocracia rusa y de las posiciones conciliadoras que adoptó en ellas, volvió a aproximarse a Kautsky en 1908, y le apoyó contra Rosa en el debate sobre la ”huelga política de masas”. Lenin adoptó una actitud muy prudente ante el conflicto Kautsky-Rosa de 1910, deseando impedir un ”bloque” de Kautsky con los mencheviques. En su artículo ”Dos mundos”, dedicado a la socialdemocracia alemana, afirmó que las divergencias entre marxistas (entre los que contaba no sólo a Rosa y Kautsky, sino también a Bebel) sólo eran de naturaleza táctica y, en definitiva, de orden menor. Elogiaba la ”prudencia” de Bebel, y justificaba la tesis según la cual es preferible dejar al enemigo la iniciativa de abrir las hostilidades. (Lenin, O.C., París-Moscú, vol. XVI, pp. 322 a 330.)

[7] El artículo titulado ”Staatsstreich und politischer Massenstreike” fue primero publicado en la Neue Zeit. Reproducido en la antología ”Die Massenstreikdebatte”, Europäische Verlagsanstalt, Frankfurt, 1970, pp. 46-95.

[8] Ya en Reforma o revolución escribía Rosa: ”Le estaba reservado a Bernstein considerar el gallinero del parlamentarismo burgués como el organismo destinado a realizar la transformación social más formidable de la historia, es decir, el paso de la sociedad capitalista a la sociedad socialista.” Toda esta crítica del parlamentarismo, todo este análisis de la decadencia del parlamento burgués, escrita en 1900, conserva un frescor y una actualidad que no tienen término de comparación con ningún análisis de ningún autor marxista dedicado a Europa occidental antes de 1914. Rosa explica, en la misma línea, el fortalecimiento del sindicalismo revolucionario en Francia por la profunda decepción del proletariado francés con el parlamentarismo jauresista (art. publicado en la Sächsische Arbeiterzeitung del 5-6 de diciembre de 1904).

[9] Estas citas están tomadas de un artículo publicado en la Neue Zeit, ”Nach dem ersten Akt”, otro de la Sachsische Arbeiterzeitung, ”Im Feuerscheine der Revolution”, y del discurso pronunciado en el congreso socialdemócrata de Iena (Véase Rosa Luxemburg, Ausgewählte Reden und Schriften, tomo II, Dietz Verlag, Berlín, 1955, pp. 220-221, 234-235 y 244).

[10] Un buen resumen de este debate lo proporciona la introducción de Antonia Grunenberg a Die Massenstreikdebatte, cit., pp. 5-44.

[11] Por ejemplo, en su artículo ”Die Lehren des Bergerbeiterstreik” (Las lecciones de la huelga de los mineros), publicado en Neue Zeit en 1903.

[12] Rosa Luxemburg, discurso del 21 de septiembre de 1905 en Iena (Ausgewählte Reden und Schriften, II, pp. 240-241).

[13] Véase, en particular, su artículo ”Was nun?” (¿Y ahora?), Neue Zeit, 1910, con sus distingos entre ”huelga de advertencia” y ”huelga conminatoria” (distinción que procede del libro de Henriette Roland-Holst dedicado a la huelga de masas), entre ”huelgas económicas” y ”huelgas políticas”, entre ”estrategia de desgaste” y ”estrategia de asalto”, etc. (Die Massenstreikdebatte, pp. 96-121).

[14] Cf. La edición de Chemin du pouvoir (Camino del poder) de Anthropos, París, 1969, con una presentación y cartas anexas que arrojan luz sobre este lamentable asunto. Existe edición castellana de la obra en Ed. Grijalbo, col. 70.

[15] Rosa Luxemburg, Ausgewählte..., cit., t. II, p. 136.

[16] Ibíd., pp. 325-236, 330. Se trata de extractos de un artículo publicado en la Dortmunder Arbeiterzeitung del 14-15 de marzo de 1910, titulado ”Was Weiter?”.

[17] Se trata de una simple calumnia propalada por los stalinianos (e ”inocentemente” repetida por los espontane­istas de hoy) el que Rosa atribuyera ”todo el mérito” de la revolución de 1905 a las ”masas inorganizadas”, sin mencionar el papel del partido socialdemócrata. He aquí una cita que, como podrían hacerlo muchas otras, demuestra lo contrario: ”E incluso si, en un primer momento, la dirección del levantamiento ha podido caer en manos de dirigentes fortuitos, incluso si el levantamiento puede verse aparentemente enturbiado por toda clase de ilusiones y de tradiciones, no es más que el resultado de la enorme suma de educación política que ha sido propagada durante los dos últimos decenios por la agitación socialdemócrata subterránea de las mujeres y de los hombres en las distintas capas de la clase obrera rusa. En Rusia, como en el mundo entero, la causa de la libertad y del progreso social está en las manos del proletariado consciente” (8 de febrero de 1905, en Die Gleichheit, in Ausgewählte..., cit., I, p. 216).

[18] Cf. la biografía de Rosa por Fred Oelssner, Dietz Verlag, Berlín, 1951, especialmente pp. 50-53.

[19] Ausgewählte…, cit., I, p. 245.

[20] ”Die Theorie und die Praxis”, Neue Zeit, 1909-1910, t. II, 22 junio, pp. 564-578, 29 julio, pp. 626-642.

[21] La propia Rosa escribe que, al redactar su ”Introducción a la economía política”, había tropezado con una dificultad teórica cuando quiso exponer las trabas a la realización de la plusvalía. De ahí su proyecto de escribir La acumulación del capital.

[22] En especial Antonia Grunenberg en el prefacio a Die Massenstreikdebatte, cit., p. 43, donde afirma que, en oposición a Kautsky y a Rosa, Pannekoek formuló unas concepciones estratégicas sobre la conquista del poder, planteando la cuestión de la lucha contra el poder del estado.

[23] Ausgewählte… , cit., I, p. 47.

[24] Rosa Luxemburg, Reforma o revolución, Fontamara, Barcelona, 1975, p. 121.

[25] Ibid., p. 245.

[26] Discurso sobre el programa pronunciado por Rosa en el congreso de fundación del KPD. Su cólera fue particularmente intensa cuando, tras el armisticio de 1918, los jefes del SPD trataron de utilizar a los soldados alemanes contra la revolución rusa en los países bálticos.

[27] Muy recientemente, Edda Werfel ha editado en Polonia la correspondencia Rosa Luxemburg-Leo Jogiches, que aportará abundante documentación suplementaria para estudiar la actitud práctica y teórica de Rosa ante la ”cuestión de la organización” en el seno de su propio partido polaco.

El error gay (Manuel Puig)



EL ERROR GAY

Escrito por Manuel Puig.
Publicado en ‘El Porteño’,
Buenos Aires, Argentina. 1990.

A la izquierda de la pantalla masculina, durante los años 60 se instaló la identidad gay. Alegre o sufrida, reprimida o liberada, siempre perseguida. ¿Acaso 30 años después sigue ocupando el mismo lugar? Ser más o menos macho es absolutamente intrascendente, opina aquí el escritor Manuel Puig, recientemente fallecido. Aún mas: “Los homosexuales no existen”.

La homosexualidad no existe. Es una proyección de la mente reaccionaria. Lamentablemente, creo que en materia de sexo somos casi todos bastante reaccionarios: ¡para nosotros la homosexualidad existe y cómo! Pero nos hacemos ilusiones, igual que los que creíamos en la tierra plana. Me explico: estoy convencido de que el sexo carece absolutamente de significado moral, trascendente.
Aún más, el sexo es la inocencia misma, es un juego inventado por la Creación para darle alegría a la gente. Pero solamente eso: un juego, una actividad de la vida vegetativa como dormir o comer; tan importante como esas funciones, pero carente de peso moral. Banal, moralmente hablando. Por lo tanto la identidad no puede ser definida a partir de características sexuales, ya que se trata de una actividad justamente banal. La homosexualidad no existe. Existen personas que practican actos sexuales con sujetos de su mismo sexo, pero este hecho no debería definirlo porque carece de significado. Lo que es trascendente, y moralmente significativo, en cambio, es la actividad afectiva. Ahora me preguntarán cómo un acto capaz de dar
la vida puede ser considerado banal, no trascendente. Pues bien, creo que hemos pasado ya la Edad de Piedra, y así como hemos aprendido a no comer veneno y a no dormir dentro de la cueva de los lobos, hemos aprendido también a hacer hijos cuando queremos, y no cuando la casualidad lo quiere. En un mundo civilizado debería ser el afecto, el amor, el deseo de traer un ser nuevo al mundo lo que decida un nacimiento. Lo que da la vida, entonces, sería el afecto y no el sexo, y este último sería solamente el instrumento de un impulso puramente afectivo. Parece que el malentendido empezó hace ya muchos siglos por obra de un patriarca que habría
inventado el concepto de pecado sexual, con el fin, entre otras cosas de controlar a las mujeres. El concepto de pecado hizo posible la creación de dos roles diferentes: de mujer, el ángel y la prostituta. Es decir, una sirvienta en casa y una cortesana afuera para divertirse. Y, desde entonces, el ‘peso moral’ del sexo fue descargado exclusivamente sobre las mujeres, o quien como las mujeres es penetrado, como los llamados homosexuales pasivos.
Extrañamente, alguien un día decidió que la penetración era degradante, vaya uno a saber por qué. El falo tenía para estos extraños moralistas, un sentido colonizador y no de simple cómplice del placer. Que ese peso moral fue siempre descargado sobre la espalda de las mujeres es un hecho ya sabido que no precisa explicaciones, y el lenguaje cotidiano lo confirma continuamente. No recuerdo haber oído decir que un hombre era ‘promiscuo’ como un factor degradante. Se decía siempre que un varón que tenía actividad sexual con muchas mujeres era un ‘homme à femmes’, expresión simpática y para nada negativa. En cambio ‘mujer promiscua’ quería decir una cosa mala.Significaba un desprecio, una condena, una crucifixión, o por lo menos una degradación. Ese adjetivo lograba incluso un efecto perverso: volvía a la mujer ‘promiscua’ menos deseable sexualmente. Creo que la cumbre de esta operación represiva del lenguaje fue alcanzado por los periodistas norteamericanos que en los años 50 popularizaron el vocablo ‘nynphomaniac’. Al principio, la expresión pareció escabrosa pero muy pronto se la adoptó en las primeras planas sin demasiados
escrúpulos. ¿Qué era una ‘nynphomaniac’? Una mujer que tenía necesidad de actividad sexual y que osaba buscarla. Eso era todo, si se lo analiza hoy, pero en esa época implica un desdén y un rechazo cercanos al asco físico. El vocablo, en efecto, dejaba entrever otras motivaciones, como posibles disfunciones genéticas e inclusive una sombra de locura. En cambio la contrapartida masculina de la pobre ‘nynphomaniac’ parece que no existió. Un hombre de buena salud que tenía necesidad de sexo y lo buscaba era llamado ‘stallone’, una palabra laudatoria y graciosa.
Pero volvamos a la homosexualidad. Desde el momento en que aquel hipotético patriarca creó el concepto del pecado sexual, del sexo como manifestación demoníaca (cuando no neutralizada por ciertos ritos de brujería), se pasó a dar inevitablemente importancia al sexo.Trascendencia, significados ocultos, peso moral: he aquí el malentendido peligroso, porque incluso los menos reaccionarios, al negar el componente demoníaco de la sexualidad entraban en la dialéctica de los grandes significados y terminaban olvidando la característica más determinante del
sexo, que es precisamente su no pertenencia a la esfera moral. Una vez establecido la artificial trascendencia de la vida sexual se volvía importante, significativa, cualquier elección sexual. Y se establecían así los roles sexuales. La mujer iba a tener solamente derecho a ser penetrada y el hombre a penetrar. Y apenas llegado a la pubertad, el ser humano, más bien limitado diría voy a ser objeto sexual, debía descubrir enseguida lo que le gustaba y adoptar en consecuencia el rol correspondiente, para llegar a ‘ser’. Vale decir, para lograr una identidad a través
del sexo. Sin esta presión de la sociedad para adoptar una identidad a través del sexo. Sin esta presión de la sociedad para adoptar una máscara sexual ya en tierna edad, la elección sería una operación muy distinta de la que todos nosotros hemos experimentado. La dramática elección entre una cosa y la otra era exasperada además por el hecho de que la masculinidad era identificada con el concepto de dominación y la feminidad con el de sumisión.

De cualquier manera, pienso que es imposible prever un mundo sin represión sexual. Me esfuerzo en imaginar como resultado una gran disminución de la llamada homosexualidad exclusiva y una gigantesca disminución de la llamada heterosexualidad exclusiva. Y nada de esto tendría ninguna importancia: todos estarían demasiado empeñados en su propio goce para preocuparse en contabilizarlo. Por eso, yo admiro y respeto la obra de los grupos de liberación gay, pero veo en ellos el peligro de adoptar, de reivindicar la identidad ‘homosexual’ como un hecho natural, cuando en cambio no es otra cosa que un producto histórico-cultural, tan represivo como la condición heterosexual. La formación de un gueto más no creo que sea la solución, cuando lo que se busca es la integración. Y por esto me parece necesaria una posición más radical, si bien utópica: abolir inclusive las doscategorías, hetero y homo, para poder finalmente entrar en el ámbito de la sexualidad libre. Pero esto requerirá mucho tiempo. Los daños han sido demasiados. Sexualmente hablando, el mundo es una ‘disaster area’. En el próximo siglo muy probablemente nos verán como un rebaño tragicómico de reprimidos; un montón de curas y de monjas sin el hábito, pero disfrazados de grandes pecadores, todos víctimas de nuestras represiones.

Un acto político


El ¨hombre¨es un ser genérico no sólo porque en la teoría y en la práctica toma como objeto suyo el género, tanto el suyo propio como el de las demás cosas, sino también y esto no es más que otra expresión para lo mismo, porque se relaciona consigo mismo como el género actual, viviente, porque se relaciona consigo mismo como un ser universal y por eso libre”.

(K. Marx. Manuscritos económicos-filosoficos)

El fin de semana reproduje en mi cuenta de facebook una imagen mía vestido de mujer, sentado al borde de una cama, con medias de red y barba crecida. Surgió como un juego con una amiga. No era mi intención original publicarla, simplemente se la envié con un mensaje de confidencia a mi amigo, el camarada Tomas Mascolo, y él me pregunto ¿porqué tanto secreto?. Y ciertamente fue la duda la que me movilizo.

Al igual que que hace un tiempo el no decidirme abiertamente por la homosexualidad, lo que me paralizaba era el temor y la vergüenza, el desprecio en la mirada del otro. Pero el haber asumido libremente mis deseos y mis pasiones afectivas me significo un salto, un nuevo inicio, una libertad tan profunda en mi interior que me saco de encima todo el maldito yugo del odio y el prejuicio. Y si como sostenía Lenin, siguiendo al maestro Hegel, la libertad es conciencia de la necesidad, una conciencia superior de la vida y sus actos. Comprendí entonces que publicar la foto, aunque sea en el espacio neutro y relativamente acotado de las redes sociales, pero al cual tienen acceso camaradas, amigos, compañeros de trabajo y completos desconocidos, era un acto político. Un acto de auto-valoración y de afirmación del deseo, como creación de un acontecimiento personal, como manifestación de un llamado a vivir lo más libre y conscientemente que podamos nuestras vidas. Y a romper lo publico y lo privado, transformándolo una esfera de la política.

Porque precisamente es en la política donde se tiene que tejer las estrategias emancipatorias, porque si como decía el viejo Engels, las revoluciones sociales ponen siempre en discusión la libertad sexual, es necesario a la razón deseante, direccionarla en un proyecto revolucionario, transformarla en razón estratégica.

 

Pussy Riot: Somos trotskistas y anarquistas


 
Somos parte del movimiento anticapitalista mundial, formado por anarquistas, trotskistas, feministas y autonomistas. Nuestro anticapitalismo no es antioccidental o antieuropeo. Nos consideramos parte de Occidente, y somos producto de la cultura europea. Las contradicciones de la sociedad de consumo nos inquietan, pero no buscamos destruir la sociedad de consumo. La libertad está en el corazón de nuestra ideología, y nuestro concepto de libertad es occidental. Esta es una lucha por la definición correcta de la libertad.
En una entrevista con Der Spiegel, la líder de Pussy Riot, Nadezhda Tolokonnikova, aborda las metas políticas de su grupo punk feminista, por qué cree que existen límites al poder de Vladimir Putin y cómo “continuará la lucha por nuestras ideas y valores”. Advierte: “No soy yo, sino las autoridades las que deben tener miedo”.
Las mil 300 internas de la Instalación de Detención número 6, la única para mujeres en Moscú, llaman La Bastilla al bloque de concreto que se alza en el extremo sureste de la capital rusa. Aquí es donde las activistas recientemente convictas de Pussy Riot esperan el resultado de sus apelaciones, luego de ser sentenciadas a dos años de prisión por grabar un video en el que cantaron Madre de Dios, quita a Putin en una de las iglesias más importantes del país. Si su apelación es denegada, las tres jóvenes serán enviadas a una colonia penal. Por el momento se les permiten visitas de miembros de su familia cada dos semanas. Según una orden del tribunal, sus abogados pueden realizar visitas ilimitadas. Nadezhda Tolokonnikova, de 22 años, es considerada la líder política del grupo de protesta. Ella contestó las preguntas de Der Spiegel por medio de uno de sus abogados.
–Nadezhda Andreyevna, ¿cómo es su vida cotidiana en prisión?
–Soportable. Claro, es una prisión rusa, con todo el encanto soviético. Ha habido poco progreso aquí; el sistema carcelario es aún una mezcla de cuartel militar y hospital. Nos despiertan a las 6 de la mañana, luego tomo el desayuno y nos sacan al patio. El resto del día escribo. O leo; hoy, por ejemplo, la Biblia y las obras del filósofo marxista esloveno Slavoj ÎiÏek. La falta de libertad de movimiento no constriñe la libertad de pensamiento.
–¿Se arrepiente de sus acciones en la catedral de Cristo Salvador, en Moscú?
–No, no me arrepiento de nada. Tomo nuestra situación como un hecho y veo factores positivos y negativos. A final de cuentas, creo que el proceso en nuestra contra fue importante, porque mostró el verdadero rostro del sistema de Putin. Este sistema emitió un veredicto sobre sí mismo al sentenciarnos a dos años de prisión sin que cometiéramos delito alguno, y desde luego, eso me alegra.
–Tiene usted una hija de cuatro años, y debió de saber, al hacer su performance en la iglesia, que la posibilidad de arresto era real. ¿No fue una conducta irresponsable hacia su hija?
–Si uno teme a los lobos, no debe ir al bosque. Yo no temo a los lobos. Lucho por que mi hija pueda crecer en un país libre. Legalmente, la Corte no debió habernos juzgado más que por una falta menor. El juicio penal es la venganza personal de Putin, y nadie puede predecir cómo y cuándo un sistema autoritario ejercerá su venganza.
–Algunos las ven como heroínas que adoptaron un enfoque creativo para desafiar al rígido sistema político de Putin. Otros consideran que su acción fue de mal gusto. Cuando estaba embarazada, usted participó totalmente desnuda en un evento sexual en el Museo Biológico de Moscú para burlarse del deseo del Kremlin de incrementar la tasa de natalidad de Rusia.
–Cada persona tiene su gusto. Nuestros performances son arte moderno y sólo los expertos pueden evaluar si lo que hacemos carece de gusto. Todo lo demás son opiniones subjetivas.
–¿Qué piensan sus padres de estos performances?
–Mi padre dejó de hablarme durante dos meses después del acto en el Museo Biológico… porque no lo invité a estar en el público. Desde entonces ha estado presente en casi todos los actos en que he participado. Y mi madre declaró hace poco que ella apoya por completo y hasta las últimas consecuencias mi lucha por la libertad en Rusia. Así que no tengo problemas con mis padres.
–Usted comenzó formando parte del colectivo de artistas Voina, que significa “guerra”. ¿Contra quién era su guerra?
–Las acciones del colectivo Voina son una prueba de fuerza en el conflicto entre el gobierno y la sociedad. Fue la primera vez que artistas expresaron oposición al gobierno autoritario en una forma tan fundamental y tan pública.
–¿Qué es lo que Pussy Riot aspira a lograr?
–Una revolución en Rusia.
–¿Y cómo es la Rusia que vislumbra?
–Una por la que afortunadamente no tendré que esperar mucho tiempo. Pero algo es seguro: quiero destruir lo que considero los mayores males. Y lo hago poniendo en práctica mis ideas de libertad y feminismo.
–¿Ama a su país?
–Amo a Rusia, pero odio a Putin.
–Putin es el hombre más poderoso en uno de los países más poderosos de la Tierra. ¿Es posible vencerlo?
–La omnipotencia de Putin es una ilusión. Que su poder no es ilimitado es tan obvio, que su maquinaria de propaganda exagera el poder del presidente. Putin depende de Occidente más o menos en el mismo grado en que Occidente tiene interés en exagerar su poder. En realidad, el presidente es pequeño y da pena. Se pueden ver sus acciones como persona y como político. Si un líder siente confianza en sí mismo, ¿cómo puede cruzar por su mente tratar de este modo a tres jóvenes activistas de oposición?
–Su performance y su arresto han captado la atención mundial hacia los derechos humanos y civiles en Rusia, mucho más que los recientes asesinatos de periodistas y la promulgación de una serie de nuevas leyes represivas. ¿Por qué?
–Porque nuestro performance no fue trivial. Abordó la confrontación entre el gobierno y la sociedad en un contexto religioso, político y social. El proceso en contra nuestra reveló el carácter represivo del régimen. El sistema de Putin se derrumba. No está a la altura del siglo XXI: es más como algo salido de las sociedades tribales y los regímenes dictatoriales del pasado. Es incapaz de explicar por qué se tiene que arrojar en prisión a tres activistas políticas sólo porque usaron la catedral de Cristo Salvador como locación de un video-performance y pronunciaron unas cuantas palabras poderosas contra el sistema.
“Somos parte del movimiento anticapitalista mundial”
–¿Disfrutan de las aclamaciones de Occidente?
–Nos alegra todo el apoyo que recibimos.
–Si entendemos apropiadamente sus performances, no sólo se dirigen a Putin, sino también van contra el capitalismo. En una conversación con Spiegel, el año pasado, el activista de Oleg Vorotnikov justificó robar comida con base en que existe un derecho fundamental a la subsistencia.
–Sí, somos parte del movimiento anticapitalista mundial, formado por anarquistas, trotskistas, feministas y autonomistas. Nuestro anticapitalismo no es antioccidental o antieuropeo. Nos consideramos parte de Occidente, y somos producto de la cultura europea. Las contradicciones de la sociedad de consumo nos inquietan, pero no buscamos destruir la sociedad de consumo. La libertad está en el corazón de nuestra ideología, y nuestro concepto de libertad es occidental. Esta es una lucha por la definición correcta de la libertad.
–Ustedes son feministas. ¿Qué caracteriza a la mujer rusa hoy?
–Las mujeres rusas están atrapadas en algún punto entre los estereotipos occidental y eslavo. Por desgracia, Rusia está aún dominada por la imagen de siglos de la mujer como cuidadora del hogar, y de las mujeres que crían solas a sus hijos, sin ayuda del hombre. Esa imagen sigue siendo cultivada por la Iglesia ortodoxa rusa, que convierte a las mujeres en esclavas, y la ideología de Putin de “democracia soberana” sopla en la misma dirección. Las dos rechazan todo lo occidental, incluyendo el feminismo. Pero Rusia, también, tiene una tradición de un movimiento de liberación femenina de estilo occidental, que Stalin aplastó. Espero que vuelva a levantarse… y que nosotras podamos ayudar a que ocurra.
–¿Volvería a elegir un espacio religioso como locación para una manifestación política?
–Somos artistas, y los artistas no se repiten a sí mismos. No porque temamos al castigo, sino por ser fieles a nuestros principios artísticos.
–¿Puede usted entender que muchos rusos consideran heridos sus sentimientos religiosos cuando ustedes ejecutan una danza salvaje frente al altar de una iglesia?
–El videoclip y el texto que lo acompaña, el cual describe las motivaciones políticas de nuestro performance, no son algo que hiera los sentimientos religiosos. Lo que cambió la situación fue el cuadro distorsionado que presentaron los medios manejados por el Estado, en los que se nos acusó de odio religioso. Lamento que haya ocurrido así. A final de cuentas, tanto nosotros como nuestros críticos somos víctimas de la maquinaria de propaganda de Putin.
–¿Le parece bien que personas en Rusia derriben cruces, supuestamente como muestra de apoyo hacia ustedes?
–No, en definitiva. No es algo que nos alegre. Pussy Riot jamás ha actuado contra la religión. Son los ideólogos de Putin los que nos han colgado la etiqueta de odio religioso. Nuestra motivación fue puramente política.
–En su declaración final en el juicio, usted citó el Viejo y el Nuevo Testamento. ¿Es usted religiosa?
–No creo en Dios. Pero veo la religión como parte importante de la cultura.
–Dirigentes eclesiásticos han hecho campaña pidiendo benevolencia y misericordia para Pussy Riot. ¿Aun así describiría a los patriarcas de la Iglesia como “perras”, como hicieron en su performance?
–La Iglesia no pidió benevolencia hasta que el veredicto fue anunciado. Si era sincera, ¿por qué no lo dijo antes? No creemos en las intenciones honestas de la Iglesia, así como los testigos de la fiscalía no creyeron que nuestras disculpas fueron pronunciadas con sinceridad. Además, la palabra “perra” no iba dirigida a los patriarcas. La usamos como palabra de relleno.
“Me alegra que nuestra lucha continúe”
–En el tribunal, usted se comparó con Fiódor Dostoievski y Alexander Solzhenitsin. ¿Se le ha ido la fama a la cabeza? Solzhenitsin pasó ocho años en un gulag, y Dostoievski fue condenado a muerte, perdonado a última hora en el cadalso y enviado al exilio.
–No queremos compararnos con la obra de Solzhenitsin o Dostoievski. Pero sí nos preocupa precisamente esa actitud del gobierno hacia las voces disidentes.
–Más de unos cuantos opositores de Putin consideran que ustedes fueron demasiado lejos en su performance en la catedral. Alexey Navalny, probablemente el político opositor más popular de la Rusia actual, declaró a Spiegel que el performance en la catedral le parecía “una estupidez”. ¿Han ustedes dividido a la oposición?
–Navalny elogió nuestro performance en la Plaza Roja, donde llamamos cobarde a Putin. Nos parece claro que Navalny no entiende del todo la conexión entre el performance frente al Kremlin y el de la catedral de Cristo Salvador. Nuestro objetivo sí es dividir, pero no a la oposición. Queremos levantar a la parte de la sociedad que ha permanecido políticamente apática y ha preferido no luchar activamente por los derechos civiles, sino permanecer en la comodidad de sus hogares. Lo que vemos en este momento es una división entre el gobierno y la mayoría silenciosa de Rusia.
–Muchos rusos han pedido un castigo más severo que los dos años de prisión que les fueron impuestos.
–Existe una clara correlación entre el juicio en nuestra contra y las tasas de aprobación de Putin. Las encuestas más recientes muestran que su popularidad decrece.
–¿Hay algo que la haya complacido o molestado en particular en los meses transcurridos desde su arresto?
–La abrumadora reacción a lo que hicimos fue una agradable sorpresa. La reacción del gobierno era de esperarse, puesto que estamos tratando con un sistema autoritario. Pero me ha complacido el apoyo de los amigos y otros partidarios de ideas semejantes, pese a la amenaza de años de prisión que enfrentamos. Me alegra que nuestra lucha por nuestras ideas y valores continúe.
–Han presentado una apelación. ¿Espera una reducción de su sentencia?
–No me interesa.
–¿No tiene miedo de la vida en la colonia penal?
–No soy yo, sino las autoridades las que deben tener miedo.
–¿Qué harán cuando salgan de prisión? ¿Emprenderá una gira mundial, lanzarán álbumes, convertirán su fama en dinero? ¿O se dedicarán a la política?
–Mientras exista este sistema autoritario, no tiene mucho caso pensar en esas cosas.
–Nadezhda Andreyevna, le agradecemos esta entrevista.

Los creyentes y su necesidad de creer. (Friedrich Nietzche)


El grado de fuerza de un individuo (o de debilidad, por decirlo más claramente) se manifiesta en la necesidad que tiene de creer para prosperar, de contar con un elemento «estable» lo más sólido posible para apoyarse en él. Me parece que en Europa el cristianismo sigue siendo hoy necesario para la mayoría, porque en él se encuentran todavía creencias. Así es el hombre; si necesita un artículo de fe, aunque se lo desmientan de mil maneras, no dejará de considerarlo «verdadero», de acuerdo con aquella célebre «prueba de fuerza» de la que habla la Biblia. Algunos siguen necesitando la metafísica; pero está también ese impetuoso deseo de certeza que hoy estalla en las masas, bajo la forma científico positivista, ese deseo de querer poseer algo absolutamente estable (mientras que con el calor de ese deseo preocupa muy poco contar con argumentos propios para fundar la certeza). Todo esto manifiesta igualmente la necesidad de apoyo, de sostén, de ese instinto de debilidad que, en definitiva, no da origen a las religiones, a las metafísicas, a las convicciones de todas clases, pero las conserva. Por otra parte, todos estos sistemas positivistas están envueltos en humaredas de un negro pesimismo, que tienen algo de cansancio, de fatalismo, de desilusión, de miedo a una nueva desilusión, o manifiestan visiblemente también resentimiento, malhumor, anarquismo exasperado, junto a todos los otros síntomas o disfraces del sentimiento de debilidad. Incluso es siempre una muestra de la necesidad de una creencia, de un apoyo, de un asidero, de un sostén, la violencia con la que nuestros más inteligentes contemporáneos se pierden en miserables sectas como el patrioterismo (por designar lo que hoy en Francia llaman chauvinisme, en Alemania deutsch) o en las doctrinas de grupos estéticos, como elnaturalisme parisién (que no pone en evidencia más que el aspecto de la naturaleza que inspira asco y estupor —a este aspecto se lo llama hoy la verdad verdadera; o en el nihilismo según el modelo de San Petersburgo, es decir, en la creencia en la virtud de la falta, llevada hasta el martirio—). La creencia es siempre anhelada con más urgencia cuando falta la voluntad, pues la voluntad como pasión de mando representa el signo distintivo de la soberanía y de la fuerza. Es así cuando menos se sabe mandar y más se experimenta con urgencia el deseo de una realidad, de un ser o de una autoridad que ordene con energía, ya sea un dios, un príncipe, un estado social, un médico, un confesor, un dogma o una conciencia de partido. De este modo, es lícito concluir que las dos religiones universales, el budismo y el cristianismo, podrían deber su nacimiento y su rápida propagación a un extraordinario agotamiento de la voluntad. Y así ha sido en realidad, si estimamos que las dos religiones mostraron el deseo de un «debes» exaltado desesperadamente hasta el absurdo por la enfermedad de la voluntad. Al predicar el fanatismo en los tiempos del debilitamiento de la voluntad, ofrecieron a innumerables almas un sostén, una nueva posibilidad de querer, un placer en el ejercicio de la voluntad. Pues el fanatismo es la única «fuerza de voluntad» a la que pueden tener acceso también los débiles y los inseguros; en la medida en que hipnotiza de algún modo la totalidad del sistema intelectual que descansa en la percepción del mundo sensible, provoca la hipertrofia de un punto de vista conceptual y afectivo particular que predomina en adelante; el cristianismo lo llamará su fe. En cuanto un hombre llega al convencimiento extremo de que ha de recibir una orden, se convierte en creyente. Por el contrario, se podría concebir una autodeterminación alegre y fuerte, una libertad en el querer, ante la cual un espíritu desecharía toda creencia y todo deseo de certeza, por haberse ejercitado manteniendo el equilibrio sobre el ligero alambre de la posibilidad, incluso bailando al borde del abismo. Un espíritu así sería el espíritu libre por excelencia.

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