El camaleón (Juan Forn. P12)


Imaginen el avance incontenible de las tropas nazis en el frente oriental. Han llegado hasta Finlandia. Con ellas marcha un oficial fascista italiano, que cubre la guerra para el Corriere della Sera. Su nombre es Curzio Malaparte. Mussolini mantiene con él una relación de amor-odio; le inventó esa misión para sacárselo de encima. El frente está a sólo dos horas de distancia, pero Malaparte está cenando en un palacio de Helsinki, entre duques y baronesas. El anfitrión es el conde de Foxá, embajador franquista en Finlandia. Los vinos españoles dan al salmón y a la lengua de reno ahumada “un delicado sabor a sol”. Todos los comensales escuchan a Malaparte, que está contando lo que ha visto en el frente un par de días antes, cuando las fuerzas alemanas y finlandesas hicieron retroceder a la caballería rusa hasta las orillas del Ladoga, incendiando un bosque para cortarles la retirada. Caballos y jinetes tratan enloquecidamente de cruzar a la otra orilla, los finlandeses les dicen a los alemanes que no gasten balas y esperen. Con la caída de la noche la temperatura baja de golpe, el agua se congela, los sonidos se apagan. Al alba, el Ladoga es una enorme lápida de mármol blanco en la que sobresalen cabezas de caballos, congelados en rictus agónicos. Los finlandeses invitan a los alemanes a sentarse sobre esas cabezas, a beber té humeante y contemplar el paisaje, ignorando los cadáveres de rusos congelados que se alcanzan a ver bajo la capa de hielo.

Meses después, cuando el Duce ha caído y las tropas aliadas avanzan hacia Nápoles, Malaparte logra llegar de incógnito a su casa en Capri y se cruza caminando por el bosque con su vecino Axel Munthe, que había hecho célebre su amor por las aves en su best seller La historia de San Michele. Munthe le pregunta preocupado si es cierto que los nazis matan a los pájaros. El mundo no tendría sentido sin el canto de las aves, dice. Malaparte le contesta que, cuando seguía a las tropas alemanas por Ucrania, cruzaban un bosque en medio de la niebla y se oía un lamento horrible que se fue acallando de a poco hasta que desembocó en el más escalofriante silencio. Entonces se alzó la niebla y Malaparte comprendió qué había sido aquel sonido: judíos clavados vivos a los árboles que rogaban a los que pasaban a sus pies que les acortaran su suplicio con un misericordioso balazo. El espeluznado doctor Munthe quiere retirarse, pero Malaparte no ha terminado: agrega que sólo oyó ese silencio otra vez en su vida, el día anterior en el puerto de Nápoles, mientras buscaba quién lo cruzara a Capri. En un sótano descubrió una perrera clandestina. Rebalsaba de perros enloquecidos pero, inexplicablemente, no ladraban: les habían cortado la lengua al capturarlos para poder hacer acopio de mercadería sin llamar la atención, y luego ir matándolos y vendiendo la carne a precio de oro en el mercado negro.

Malaparte escribió así sobre la guerra cuando la guerra aún no había terminado. Estas dos escenas pertenecen a Kaputt, un libro que publicó en 1944, cuando ya se había reformulado camaleónicamente como oficial de enlace para los norteamericanos. Un año después de la guerra se hizo comunista, primero pro soviético y luego maoísta. Escribió un libro al respecto. Se llama Yo en Rusia y en China. Las malas lenguas dicen que Malaparte era tan egocéntrico que en toda boda quería ser la novia y en todo funeral el muerto. De hecho, antes de la guerra había publicado en el diario La Stampa de los Agnelli una serie de fantasías autobiográficas tituladas “Una mujer como yo”, “Un perro como yo”, “Una tierra como yo” y “Un santo como yo”, y su casa casi sin ventanas en Capri, construida en la cima de un acantilado y pintada de color sangre de toro, con una enorme terraza donde hacía su gimnasia ritual contemplado desde las colinas por mujeres enamoradas de él, se llamaba “Casa come me” porque era “triste, dura y severa” como había sido su exilio (harto de él, Mussolini lo había hecho encerrar en la prisión romana de Regina Coeli; el conde Ciano, yerno del Duce, logró interceder para que la pena fuera conmutada por un exilio de cinco años en Lipari; Malaparte cumplió sólo uno, luego vino la guerra y logró que lo enviaran adonde había acción).

Todos los libros de Malaparte tienen el mismo mecanismo: él en palacios, galas y banquetes, o en caminatas a solas con algún ilustre personaje, oropeles por doquier, y él relatando episodios escalofriantes en el barro de las trincheras, en los bajos fondos de la miseria humana. Siempre es él hablando y siempre hay ilustres que lo escuchan pero, cuando cuenta lo que vio, Malaparte se olvida de sí mismo y su prosa es alucinatoria. Que nunca supo callarse es obvio, para bien y para mal. Es casi risible cómo se amaba a sí mismo (“No me perdonan que sea veinte centímetros más alto que la mayoría de los escritores italianos”), pero también es cierto que, en 1932, en un librito que publicó en París porque en Italia no podía (Técnica del golpe de Estado), dijo que Hitler era la mujer que Alemania merecía, así como en su novela La piel (que el Vaticano incluyó en su Index de libros prohibidos) escribió que para los italianos fue una vergüenza ganar la guerra. “Usted no puede ni imaginarse de qué es capaz un hombre con tal de salvar la piel, esta piel asquerosa. Antes se soportaba el hambre, la tortura, los martirios más terribles, se mataba y se moría, se sufría y se hacía sufrir, para salvar el alma. Hoy hacemos lo mismo, pero ya no para salvar el alma, sino para salvar la piel.” Podría jurar que Lina Wertmüller sacó de ahí aquella famosa escena en que Pasqualino, el esmirriado Giancarlo Giannini, acepta hacerle un cunnilingus a la horrorosa kapo del campo de concentración y ella le dice, mientras se deja lamer: “Ustedes van a terminar ganando la guerra, porque son capaces de todo”.

“Me pasé la vida tratando de ser italiano como el resto de los italianos, pero creo que nunca lo logré”, dijo Malaparte en su lecho de muerte. En una visita a Pekín se había pescado “una pequeña fiebre china” que resultó ser un fulminante cáncer de pulmón. Cuando se internó en la clínica Sanatrix de Roma pidió la habitación 32 porque era la que estaba más cerca del montacargas que iba a la morgue, pero lo primero que hacía cada mañana era leer, en las páginas de sociales de los diarios, la lista de ilustres que había ido a visitarlo la jornada anterior. En aquella clínica aceptó, con alta cobertura mediática, el carnet del Partido Comunista, pero los medios no se privaron de anunciar el día después de su muerte que, a último momento, entre aullidos y lágrimas, había roto el carnet en pedazos y se había convertido al catolicismo. Los curas ya saboreaban el botín: la invalorable casa de Malaparte en Capri. Pero cuando las enfermeras de la clínica limpiaron el cuarto encontraron bajo el colchón el carnet del PC intacto, junto con un testamento donde el finado legaba su casa, como residencia de verano, a la Asociación de Jóvenes Artistas de la República Popular China.

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