Piquete, huelga, violencia y derecho.


La función de la violencia por la cual ésta es tan temida y se aparece, con razón, para el derecho como tan peligrosa, se presentará justamente allí donde todavía le es permitido manifestarse según el ordenamiento jurídico actual. Ello se comprueba sobre todo en la lucha de clases, bajo la forma de derecho a la huelga oficialmente garantizado a los obreros. La clase obrera organizada es hoy, junto con los estados, el único sujeto jurídico que tiene derecho a la violencia. Contra esta tesis se puede ciertamente objetar que una omisión en la acción, un no- obrar, como lo es en última instancia la huelga, no puede ser definido como violencia. Tal consideración ha facilitado al poder estatal la concesión del derecho a la huelga, cuando ello ya no podía ser evitado. Pero dicha consideración no tiene valor ilimitado, porque no tiene valor incondicional. Es verdad que la omisión de una acción e incluso de un servicio, donde equivale sencillamente a una “ruptura de relaciones”, puede ser un medio del todo puro y libre de violencia. Y como, según la concepción del estado (o del derecho), con el derecho a la huelga se concede a las asociaciones obreras no tanto un derecho a la violencia sino más bien el derecho a sustraerse a la violencia, en el caso de que ésta fuera ejercida indirectamente por el patrono, puede producirse de vez en cuando una huelga que corresponde a este modelo y que pretende ser sólo un “apartamiento”, una “separación” respecto del patrono.

Pero el momento de la violencia se presenta, como extorsión, en una omisión como la antedicha, cuando se produce respecto a la fundamental disposición a retomar como antes la acción interrumpida, en ciertas condiciones que no tienen absolutamente nada que ver con ella o modifican sólo algún aspecto exterior. Y en este sentido, según la concepción de la clase obrera – opuesta a la del estado-, el derecho de huelga es el derecho a usar la violencia para imponer determinados propósitos”.

Walter Benjamin

 

Para el derecho la violencia es una fuerza jurídicamente ordenada, sujeta a una legalidad que le otorga el monopolio de su uso al estado burgués o una fuerza antijurídica, ilegal y peligrosa, que introduce el elemento del caos y el temor en el cuerpo social. En la lucha de clases, como bien dice Benjamin, la violencia es una fuerza legitima -y hasta cierto punto legal- de la clase trabajadora, porque la violencia de las luchas obreras, su amenaza latente sobre la sociedad capitalista, permitió establecer el derecho de huelga, es decir de coaccionar sobre la producción y la circulación de las personas y mercancías como un derecho legal y legitimo. Nuevamente tomando a Benjamin podemos decir que la clase obrera debe concebir el derecho de huelga como el derecho a usar la violencia para imponer sus propósitos. Es una ruptura radical con el orden concebir así la lucha de clases y tiene que ver con la experiencia practica de la propia clase obrera. La coacción patronal cuanta para sí con la policía, el esquirolaje, la justicia, la propiedad de los medios de producción y la potestad de poner fin al contrato de trabajo. No esta demás decir que el andamiaje jurídico de la democracia burguesa es la legalidad de la dictadura del capital matizada con las relaciones de derecho impuestas por la clase obrera y el pueblo pobre.

La burguesía comprendió históricamente el peligro de la huelga. El antiguo ministro prusiano Von Puttkamer ya lo advirtió: “la huelga esconde la hidra de la revolución”. Y por eso la burguesía siempre recurrio a los carneros organizados como fuerza de choque, o a bandas fascistas para quebrar el espíritu de lucha de los trabajadores. Una curiosidad o un reconocimiento de que al partisano se lo combate con métodos de partisano según decía Napoleón, es que Allan Pinkerton fue un joven cartista emigrado a EE.UU. Donde creo la Agencia Pinkerton como fuerza modelo de choque de esquirolaje y matonaje organizado. No es de extrañar, la burocracia de los sindicatos se ha ofrecido como rompehuelgas en miles de ocasiones contra los desbordes de la base. En la Argentina incluso, la Juventud Sindical (horrible sigla la que reivindica Facundito Moyano) fue parte de las bandas de asesinos de las Tres A contra la izquierda y el activismo obrero.

Los dichos de CFK y Abal Medina contra los piquetes son sinceramente de la tradición gorila y de la derecha conservadora del peronismo. Las recurrentes citas de Sabsay de la Presidenta sobre la ausencia del derecho de huelga en la Constitución peronista del ’49, hablan de un intento de exigir -por parte de una presidenta que usa métodos bonapartistas, es decir, de forzar la legalidad y las instituciones de la propia burguesía- a los trabajadores que cedan su derecho de huelga en favor de los intereses patronales que legalmente se amparan en la libertad de trabajo. Es desconocer el derecho de los trabajadores a la huelga en su propia concepción: como un acto de fuerza para imponer sus propósitos y su poder.

La clase obrera Argentina tiene una dualidad histórica. Formada en la escuela de la lucha de clases por el anarquismo, el socialismo y el sindicalismo revolucionario su adhesión al peronismo liquido su independencia política pero potencio su organización y su poder de base. Y siempre fue ahí donde la lucha obrera recurrió a la medida -la huelga- y a la organización para garantizarla, el piquete. La tradición de la huelga pasiva es de la burocracia sindical peronista no de la clase obrera argentina que protagonizo sus epopeyas más importantes recurriendo al piquete y mucho más en la lucha contra los gobiernos y los patrones.

Visto así el piquete es la fuerza de ley de la huelga y funda su derecho en un uso la legitimo de la violencia, conquistado históricamente a través del derecho de huelga. Por algo León Trotsky señalaba que el piquete era el embrión de la milicia obrera. Porque es el poder de fuego del manifestante y el huelguista. Es en el momento de la huelga un doble poder por el control de las calles y la producción. Por eso funciona mediante la organización del activismo, es decir de los sectores más conscientes de la huelga, de su vanguardia. Por eso el gobierno y la burguesía los aborrecen, son la negación practica de la armonía de clases.

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