Los números de 2012


Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2012 de este blog.

Aquí hay un extracto:

4,329 films were submitted to the 2012 Cannes Film Festival. This blog had 18.000 views in 2012. If each view were a film, this blog would power 4 Film Festivals

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Y después morir (Juan Forn. P12)


Hace más de cien años había un famoso luthier en Westfalia al que le pidieron una guitarra en madera de cerezo para que sonara más dulce que ninguna. El encargo era de una cantante de ópera que se la regaló a su hijo, que cantaba como los ángeles y se acompañaba angelicalmente con aquel instrumento. Vino la Primera Guerra y el joven fue convocado a filas y no volvió, pero antes de marchar al frente había dejado un hijo, que recibió la guitarra y la pesada carga de cantar y tocar como su joven padre muerto. El hijo descubrió al crecer que lo suyo era la medicina, pero igual se llevó la guitarra a Berlín cuando partió a la universidad porque le gustaba tocar y cantar. Vino la Segunda Guerra, lo llamaron a filas, lo mandaron al frente ruso y nunca volvió. Su novia se quedó con la guitarra, decidió que no habría ningún otro hombre en su vida pero, con los años, en la Alemania reconstruida de Adenauer, encontró a un hombre bueno que la convenció de casarse con ella y le dio un hijo, y así es como llegó al mundo nuestro personaje y así llegó a sus manos la guitarra de madera de cerezo. Carl Fischer no sabía qué hacer con ella, a duras penas era capaz de rasguear allí alguna canción de Cat Stevens o Pink Floyd, lo suyo era la máquina de escribir. Carl Fischer era un joven periodista que quería ser escritor y que consiguió que una revista lo mandara a Tokio, donde trabajó con un joven japonés que le pareció tan centrado y sereno que un día se animó a preguntarle cuál era su secreto y el japonés lo invitó a su departamento, que era una caja de zapatos de un ambiente con un equipo de música de última generación y apenas una docena de vinilos en una repisa que parecía un pequeño altar. El japonés bajó las luces, sacó un vinilo de su funda y puso una canción de menos de dos minutos: era João Gilberto cantando él solito con su guitarra “O-ba-la-lá”. Doce horas después, cuando Carl Fischer salió de aquella caja de zapatos con la cabeza llena de música, tenía bien claro qué hacer con aquella guitarra de cien años hecha en madera de cerezo: entregársela en mano a João Gilberto, el único hombre en el mundo que la merecía. Así que volvió a Berlín, buscó la guitarra en su departamento y se tomó otro avión, esta vez a Brasil, a cumplir su destino “desafinado”.

Los desafinados de este mundo son aquellos que después de escuchar por primera vez a João Gilberto no pueden escuchar otra cosa. El problema es que a João lo erizan los discos y los conciertos, los micrófonos y las cámaras, los focos y las fotos. El mito dice que João entró mal en Río la primera vez que bajó desde Bahía; la experiencia fue tan mala que intentaron internarlo en un psiquiátrico (según la leyenda, João pedía guitarras prestadas para tocar y nunca las devolvía, porque ya no servían más para hacer lo que hacían antes de que él las tocara). João terminó refugiado en las montañas de Diamantina, en casa de su hermana mayor, que se había ido allá para recuperarse de la tuberculosis. Vivía en pijama, encerrado en un baño, practicando con su guitarra horas y horas. A la semana, la hermana creyó enloquecer y le consiguió otra casa en el pueblo, con acústica en el baño aprobada por João. Seis meses después, João se sacó el pijama y partió a Río a cambiar la música brasileña para siempre, pero los desafinados dicen que no ha salido ni saldrá nunca de ese baño, porque ese baño es como el tamarisco bajo el cual se sentó un día Siddartha Gautama y devino Buda. En 1973, cuando João grabó su mítico álbum blanco en Nueva York, puso como condición que se reprodujera en estudio la acústica de ese baño (el productor que había pedido era Wendy Carlos, que venía de hacerse la operación de cambio de sexo que le permitió dejar de ser Walter Carlos y que quedó tan desquiciada por la experiencia que hizo sacar su nombre del disco y niega hasta el día de hoy haber participado en él).

Carl Fischer estuvo casi un año en Río intentando llegar hasta João. Habló con todos los que lo conocían, recogió un millón de anécdotas jugosas, pero no logró que João lo atendiese por teléfono siquiera (y es leyenda que João puede llamarte en medio de la noche y pasarse horas enteras tocando y cantándote canciones por teléfono, desde su baño). Al final se volvió a Alemania, escribió un libro divino sobre su experiencia desafinada (titulado O-ba-la-lá) y, cuatro días antes de que se publicara en alemán, y cuando ya se estaba traduciendo al portugués para publicarse en Brasil, se tiró por la ventana de su séptimo piso en Berlín. No dejó nota suicida, ninguno de sus amigos lo había visto deprimido en los días previos. Sólo quedaron las ventanas abiertas de su departamento y la guitarra de madera de cerezo en un rincón y una frase de Wagner anotada en una hoja (“La grandeza de un poeta se mide sobre todo por aquello que silencia y la forma inaudible de ese silencio es la melodía infinita”) sobre la que se iba posando la nieve berlinesa que entraba por las ventanas.

Ideologías extrañas


Antonio Caló declaró que: “la CGT es peronista y no necesitamos otras ideologías que no sea la de los trabajadores”. Lo hizo en el marco del acto de lanzamiento de la Juventud Sindical Peronista en la sede del SMATA. Caló desnudó la ideología reaccionaria que comparte con toda la burocracia sindical peronista así como la calaña ideológica de estos gremialistas aliados al gobierno “nacional y popular”.

El metalúrgico retoma un viejo discurso de la burocracia, que desde los tiempos de Vandor -a quien reivindicó hace muy poco públicamente (igual que Moyano)- arremetía contra el “sucio trapo rojo” y las“ideologías foráneas” como cobertura de los matones que liquidaban a los luchadores combativos. En la misma sintonía, su segundo en la UOM, Juan Belén, ya había advertido contra la “zurda loca”.

El movimiento obrero internacional y nacional se funda bajo la perspectiva del socialismo revolucionario de la lucha de clases y de que la liberación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos. La ideología extraña al movimiento obrero es el peronismo, surgido a mediados de los ’40, con la función declarada de borrar cualquier idea de organización de los trabajadores para la lucha de clases contra el capital, en nombre de la armonía de clases y la unidad nacional de explotadores y explotados en una causa común. Perón decía que buscaba “una perfecta regulación entre las clases trabajadoras, medias y capitalistas, procurando una armonización perfecta de fuerzas, donde la riqueza no se vea perjudicada” y agregaba: “es un grave error creer que el sindicalismo obrero es un perjuicio para el patrón…Por el contrario, es la forma de evitar que el patrón tenga que luchar con sus obreros (…) es el medio para que lleguen a un acuerdo, no a una lucha (…)” (Discurso en la Bolsa de Comercio, 1944).

La dirección peronista en el movimiento obrero llevó a la estatización de los sindicatos, a su corrupción, a la supresión de la democracia sindical, a una dirigencia vendida y a una política de seguidismo a la burguesía que condujo a los trabajadores una y otra vez a la derrota. Así fue ante el golpe gorila del ‘55 donde la CGT se desbandó casi sin combatir, en la Resistencia Peronista donde entregó la huelga del Frigorífico Lisandro de la Torre, en los ’70 como parte de las bandas contrarrevolucionarias de las Tres A y en los ’90 entregándose al menemismo.

Caló además disputa con Moyano la reivindicación de la JSP, nada más ni nada menos, que la sigla que agrupaba a los matones de la derecha sindical peronista que integraba la Triple A.

La clase obrera argentina tiene otra tradición revolucionaria nacional en sus grandes gestas combativas y en su organización por la base. Tiene también un origen internacionalista de la que debe estar orgullosa. El sindicalismo de base clasista y la izquierda revolucionaria reivindica esta tradición histórica que tanto espanto causa en la burocracia sindical.