¿POR QUÉ CREE EN DIOS LA BURGUESÍA? (Paul Lafargue)


PAUL LAFARGUE
¿POR QUÉ CREE EN DIOS LA BURGUESÍA?
1904
El modo de producción de la vida
material domina el desenvolvimiento
social, intelectual y político.
KARL MARX
I
RELIGIOSIDAD DE LA BURGUESÍA E IRRELIGIOSIDAD DEL
PROLETARIADO
Bajo los auspicios de dos ilustres sabios, Berthelot y Haekel, el librepensamiento
burgués tuvo singular interés en levantar su tribuna en Roma, frente al Vaticano, para
lanzar su elocuencia oratoria contra el catolicismo, el cual, por medio de su clero
jerárquico y sus dogmas, pretendidamente inmutables, representa para él la religión.
¿Por qué hacen el proceso del catolicismo y creen los librepensadores estar exentos de
la creencia en Dios, base fundamental de las religiones, cualquiera que sea su nombre?
¿Suponen que la burguesía, la clase a la que pertenecen, puede prescindir del
cristianismo, del que es una manifestación evidente?
Aunque haya podido adaptarse a otras formas sociales, el cristianismo es, por
excelencia, la religión de las sociedades que descansan sobre las bases de la propiedad
individual y de la explotación del trabajo asalariado; por eso ha sido, es y será, dígase y
hágase cuanto se quiera, la religión de la burguesía. Después de más de diez siglos,
todos sus movimientos, realizados ya para organizarse, para emanciparse o para elevar
al poder a uno de los suyos, han ido acompañados de crisis religiosas, habiendo puesto
siempre los intereses materiales cuyo triunfo le importaba bajo la protección del
cristianismo, que declaraba querer reformar y conducir a la pura doctrina del divino
maestro.
Suponiendo que era posible descristianizar a Francia, los burgueses revolucionarios de
1789 persiguieron a los curas con gran saña. Los más lógicos, pensando que nada podría
conseguirse mientras subsistiese la creencia en Dios, abolieron a éste por decreto, como
si se tratase de un funcionario, y lo substituyeron por la diosa Razón. Pero apenas la
Revolución peligró, Robespierre restableció por decreto al Ser Supremo, pues el nombre
de Dios estaba todavía mal considerado, y algunos meses después los curas salían de sus
escondites y abrían de nuevo las iglesias, donde los fíeles se hacinaban, mientras
Bonaparte, para satisfacer a la plebe burguesa, firma el Concordato. Entonces nació un
cristianismo romántico, sentimental, pintoresco y macarrónico, acomodado por
Chateaubriand a los gustos de la burguesía triunfante.
Los hombres de valía del librepensamiento han afirmado y afirman aún, a pesar de la
evidencia, que la ciencia desembarazaría al cerebro humano de la idea de Dios,
haciéndole inútil para comprender la mecánica celeste. No obstante, los hombres de
ciencia, casi con pocas excepciones, viven bajo el encanto de esta creencia. Si en la
ciencia que constituye su especialidad un sabio no necesita a Dios para explicar los 7
fenómenos que estudia, no se aventura a declarar que es inútil para darse cuenta de
aquéllos que no entran en el cuadro de sus investigaciones, y todos los sabios reconocen
que Dios es más o menos necesario para el buen funcionamiento del engranaje social y
para la moralización de las masas populares (1). No solamente la idea de Dios no está
del todo desvanecida de la cabeza de los hombres de ciencia, sino que florece la más
grosera superstición, no ya entre la gente ignorante del campo, sino en las capitales de la
civilización y entre los burgueses instruidos, algunos de los cuales están en relación con
los espíritus, con objeto de tener noticias de ultratumba, mientras otros se arrodillan ante
San Antonio de Padua, pidiendo que les haga encontrar un objeto perdido, o que les
permita adivinar el número que va a salir premiado en la lotería, o salir bien de un
examen en la Universidad; eso cuando no consultan adivinos, sonámbulas, o echadores
de cartas para conocer el porvenir, interpretar los sueños, etc., etc. Los conocimientos
científicos que poseen, no les protegen, pues, contra la más ignorante credulidad.
Pero, mientras en todas las capas de la burguesía, el sentimiento religioso permanece
vivo y se manifiesta de mil maneras, una indiferencia religiosa no razonada, pero
inquebrantable, caracteriza al proletariado industrial.
Después de una vasta información realizada por el Ejército de Salvación sobre el
estado religioso de Londres, cuyos salutistas visitaron distrito por distrito, calle por calle
y a menudo casa por casa, su general, M. Booth, confirma que «la masa del pueblo no
profesa ninguna religión, ni siente el menor interés por las ceremonias del culto… La
gran fracción del pueblo que lleva el nombre de clase obrera, que se mueve entre la
pequeña burguesía y la clase de los miserables, permanece, en conjunto, fuera de la
acción de todas las sectas religiosas. Dicha clase ha llegado a considerar las iglesias
como simples sitios de reunión de los ricos y de los que están dispuestos a aceptar la
protección de los que disfrutan de una posición mejor que la suya. La generalidad de los
obreros de nuestra época piensan más en sus derechos y en las injusticias de que son
objeto, que en sus deberes, que no siempre cumplen. La humildad y la conciencia de
hallarse en estado de pecado no son quizá naturales en el obrero». Estas incontrastables
afirmaciones de la irreligión instintiva de los obreros de Londres, considerados
generalmente como muy religiosos, puede hacerlas el observador más superficial en las
ciudades industrializadas de Francia. Si en ellas se encuentran trabajadores que
aparentan tener sentimientos religiosos, o que realmente los tienen —éstos son raros—,
es que la religión se presenta a sus ojos bajo la forma de socorros caritativos; si otros
son fanáticos librepensadores, es que han debido sufrir la ingerencia del cura en sus
familias o en sus relaciones con el patrono.
La indiferencia en materia religiosa, el más grave síntoma de la irreligión, según
Lamennais, es innata en la clase obrera moderna. Si los movimientos políticos de la
burguesía han revestido una forma religiosa o antirreligiosa, no puede observarse en el
proletariado de la gran industria de Europa y de América ningún deseo de elaborar una
religión nueva para sustituir el cristianismo, ni el menor propósito de reformarlo. Las
organizaciones económicas y políticas de la clase obrera de los dos mundos se
desinteresan de toda discusión doctrinal sobre los dogmas religiosas y las ideas
espiritualistas, lo que no les impide hacer la guerra a los curas de todos los cultos,
porque son los servidores de la clase capitalista.
¿Cómo los burgueses, que reciben una educación científica más o menos extensa, son
aún prisioneros de las ideas religiosas, de las cuales se han emancipado los obreros que
carecen de aquélla? 8
II
ORÍGENES NATURALES DE LA IDEA DE DIOS EN EL SALVAJE
Perorar contra el catolicismo, como los librepensadores, o prescindir de Dios como los
positivistas, no quebranta la persistencia en la creencia en Dios, a pesar del progreso y
de la vulgarización de los conocimientos científicos y a pesar de las diatribas de
Voltaire y de las persecuciones de los revolucionarios.
Es cómodo perorar y prescindir, pero difícil explicar, pues para ello debe empezarse
por indagar cómo y porqué la creencia en Dios y las ideas espiritualistas han penetrado
en la cabeza humana, han echado en ella raíces y se han desarrollado. Y sólo puede
hallarse contestación adecuada a estas cuestiones, remontándose al estudio de la
metafísica de los salvajes, en los cuales imperan manifiestamente las ideas
espiritualistas que embarazan el cerebro de los civilizados.
La idea del alma y de su supervivencia es invención de los salvajes, los cuales se han
forjado un espíritu inmaterial e inmortal para explicarse los fenómenos del sueño. El
salvaje, que no duda de la realidad de sus sueños, supone que, si en sueños caza, se bate
o se venga, y al despertar se encuentra en el mismo sitio en que se acostó, es que otro él
mismo, o sea un doble individuo; según su propia expresión, impalpable, invisible y
ligero como el aire, ha abandonado su cuerpo dormido para ir a cazar o a batirse. Y
como se da el caso de ver en sueños a sus antecesores y a sus compañeros fallecidos,
deduce que ha sido visitado por sus espíritus, que sobreviven a la destrucción de sus
cadáveres.
El salvaje, «este niño del género humano», cómo le llama Vico, tiene, lo mismo que el
niño, nociones pueriles sobre la naturaleza; cree que puede mandar en los elementos
como en sus miembros, que le es posible, con palabras y prácticas mágicas, ordenar a la
lluvia que caiga, al viento que sople, etc. Si teme, por ejemplo, que la noche le
sorprenda en el camino, ata de determinada manera ciertas yerbas para detener el Sol,
como hizo el Josué de la Biblia con su ruego. Teniendo los espíritus de los muertos este
poder sobre los elementos en un grado mucho mayor que los vivos, los invoca para que
produzcan el fenómeno cuando tiene precisión de él. Poseyendo un valiente guerrero y
un hechicero hábil más acción sobre la naturaleza que los simples mortales, sus
espíritus, cuando están muertos deben, en consecuencia, tener sobre aquélla un poder
mucho mayor que el doble de la generalidad de los hombres. Por eso el salvaje los
escoge entre la multitud de espíritus para honrarles con ofrendas y sacrificios, y para
suplicarles que hagan llover cuando la sequía pone en peligro la cosecha, para pedirles
la victoria cuando entra en lucha, o para que le curen cuando está enfermo. Partiendo de
una explicación errónea del sueño, los hombres primitivos elaboraron los elementos que
más tarde habían de servir para creación de un Dios único, el cual no es, en definitiva,
más que un espíritu más poderoso que los otros.
La idea de Dios no es innata, ni una idea a priori, sino a posteriori, como lo son todas
las ideas, pues el hombre sólo puede pensar después de haberse puesto en contacto con
las ideas del mundo real, que explica como puede.
No es posible exponer en un trabajo de estas dimensiones, la manera lógicamente
deductiva según la cual la idea de Dios ha salido de la idea del alma, inventada por los
salvajes.
Grant Allen, recogiendo y resumiendo las observaciones y las investigaciones de los
exploradores, de los folkloristas y de los antropólogos, e interpretándolas y aclarándolas
mediante su crítica ingeniosa y fecunda, ha seguido en sus principales etapas el proceso
de formación de la idea de Dios en su notable obra Evolution de l’idée de Dieu.
Igualmente ha demostrado, mediante pruebas, que el cristianismo primitivo, con su 9
Hombre-Dios, muerto y resucitado, su Virgen-Madre, su Espíritu Santo, sus leyendas,
sus misterios, sus dogmas, su moral, sus milagros y sus ceremonias, no ha hecho más
que recoger y organizar en una religión ideas y mitos que circulaban desde siglos en el
mundo antiguo.
III
ORÍGENES ECONÓMICOS DE LA CREENCIA EN DIOS DE LA BURGUESÍA
Era de esperar que el extraordinario desenvolvimiento y vulgarización de los
conocimientos científicos y la demostración del encadenamiento necesario de los
fenómenos naturales habrían establecido la idea de que el universo, regido por una ley
precisa, estaba fuera del alcance de los caprichos de una voluntad humana o
sobrehumana y que, en consecuencia, Dios era inútil, puesto que quedaba despojado de
las múltiples funciones que la ignorancia del salvaje le había encargado de llenar. No
obstante, fuerza es reconocer que la creencia en un Dios que puede alterar el orden
preciso de las cosas subsiste aún entre los hombres de ciencia, contándose entre los
burgueses instruidos quienes le piden, como los salvajes, lluvias, victorias o la curación
de enfermedades.
Aunque los sabios hubiesen llegado a crear entre los burgueses la convicción de que
los fenómenos del mundo natural obedecen a la ley de precisión, de suerte que
determinados por los que les preceden, determinan los que les siguen, quedaría aún por
demostrar que los fenómenos del mundo social son también sometidos a la ley de
precisión. Pero los economistas, los filósofos, los moralistas, los historiadores, los
sociólogos y los políticos que estudian las sociedades humanas y que tienen hasta la
pretensión de dirigirlas, no han llegado ni podían llegar a imponer la convicción de que
los fenómenos sociales dependen de la ley de precisión, como los fenómenos naturales.
Porque no han podido establecer esta convicción, la creencia en Dios constituye una
necesidad para los cerebros burgueses, aun para los más cultivados,
El determinismo filosófico sólo reina en las ciencias naturales, porque la burguesía ha
permitido a sus sabios estudiar libremente el juego de las fuerzas de la naturaleza, que
tiene todo el interés en conocer, pues las utiliza para la producción de sus riquezas: pero
debido a la situación que ocupa en la sociedad, no podía conceder la misma libertad a
sus economistas, filósofos, moralistas, historiadores, sociólogos y políticos, por lo cual
éstos no han podido aplicar el determinismo filosófico a las ciencias del mundo social.
Por igual razón había impedido en otro tiempo la iglesia católica el libre estudio de la
naturaleza, y ha sido preciso destruir su dominación social para crear las ciencias
naturales,
El problema de la creencia en Dios de la burguesía sólo puede ser abordado teniendo
una exacta noción del papel que desempeña en la sociedad.
El papel social de la burguesía moderna no es el de producir las riquezas, sino el de
hacerlas producir por los trabajadores asalariados, de acapararlas y de distribuirlas entre
los miembros de su clase, después de haber entregado a sus productores manuales e
intelectuales lo precisamente indispensable para vivir y para reproducirse.
Las riquezas arrebatadas a los trabajadores constituyen el botín de la clase burguesa.
Los guerreros bárbaros, después del saqueo de una ciudad, ponían en común los
productos del pillaje, los dividían en partes tan iguales como era posible y los
distribuían por medio de suertes entre los que habían arriesgado su vida para
conquistarlos. 10
La organización de la sociedad permite a la burguesía apoderarse de las riquezas sin
que ninguno de sus miembros se vea obligado a arriesgar su vida: la toma de posesión
de este colosal botín, sin experimentar peligros, constituye uno de los más grandes
progresos de la civilización. Las riquezas arrebatadas a los productores no son divididas
en partes iguales, para ser distribuidas por medio de suertes, sino repartidas por medio
de alquileres, rentas, dividendos, intereses y beneficios industriales y comerciales
proporcionalmente al valor de la propiedad mueble o inmueble, o sea con arreglo a la
importancia del capital que cada burgués posee.
La posesión de una propiedad, de un capital, y no de cualidades físicas, intelectuales o
morales, es la condición sine qua non para recibir una parte en la distribución de las
riquezas: un muerto las posee, mientras que un vivo carece de ellas en tanto no tenga el
título que le acredite como poseedor. La distribución no se realiza entre hombres sino
entre propietarios. El hombre es un cero; sólo se tiene en cuenta la propiedad.
Ha querido asimilarse equivocadamente la lucha darwiniana qué sostienen los
anímales entre sí para procurarse los medios de subsistencia y de reproducción, con la
que se ha desencadenado entre los burgueses para el reparto de riquezas. Las cualidades
de fuerza, valor, agilidad, paciencia, ingenio, etc., que aseguran la victoria al animal,
son parte integrante de su organismo, mientras que la propiedad, que proporciona al
burgués una parte de las riquezas que no ha producido, no está incorporada al individuo.
Esta propiedad puede aumentar o disminuir y proporcionarle, por lo tanto, una parte
mayor o menor de riqueza, sin que tal aumento o disminución sean motivados por el
ejercicio de sus cualidades físicas o intelectuales. Todo lo más, podría decirse que la
bellaquería, la intriga y el chalaneo, en una palabra, que las cualidades mentales más
inferiores, permiten al burgués apoderarse de una parte mayor que aquella que le
autoriza a percibir su capital: en éste caso estafa a sus colegas burgueses. Si la lucha por
la vida puede ser, pues, en muchas circunstancias una causa de progreso para los
anímales, la lucha para las riquezas es una causa de degeneración para los burgueses.
La misión social de apoderarse de las riquezas producidas por los asalariados hace de
la burguesía una clase parásita: sus miembros no concurren a la creación de las riquezas,
a excepción de algunos, cuyo número disminuye incesantemente. Aun en estos casos, el
trabajo que proporcionan no corresponde a la parte de riqueza de que se benefician.
Si el cristianismo, después de haber sido en los primeros siglos la religión de las
multitudes mendicantes, que el Estado y los ricos mantenían mediante distribuciones
diarias de víveres, se ha convertido en la religión de la burguesía, la clase parásita por
excelencia, es que el parasitismo es la esencia del cristianismo. En el sermón de la
Montaña, Jesús ha expuesto magistralmente su carácter. Allí formuló el «Padrenuestro»,
la oración que cada fiel debe elevar a Dios para pedirle su «pan cotidiano», en vez de
demandar trabajo, y a fin de que ningún cristiano digno de este nombre sea tentado a
recurrir al esfuerzo para obtener las cosas necesarias para la vida, Jesús añade:
«Observad los pájaros del aire: no siembran ni recogen y no obstante el Padre celestial
les nutre… No os inquietéis, pues, y no preguntéis ¿qué comeremos mañana, qué
beberemos, de qué nos vestiremos?… Vuestro Padre celestial conoce todas vuestras
necesidades». El Padre celestial de la burguesía es la clase de los asalariados manuales e
intelectuales: ella es el Dios que satisface todos sus deseos.
Pero la burguesía no puede reconocer su carácter parásito, sin firmar al propio tiempo
su decreto de muerte. Por eso mientras da rienda suelta a sus hombres de ciencia para
que sin ser molestados por ningún dogma, ni detenidos por ninguna consideración se
dediquen al estudio más libre y más profundo posible de las fuerzas de la naturaleza,
que aplica a la producción de las riquezas, impide a sus economistas, filósofos,
moralistas, historiadores, sociólogos y políticos el estudio imparcial del problema social 11
y los condena a buscar razones que puedan servir de justificación a su fenomenal
fortuna (2). Preocupados los sabios por la única fuente de las remuneraciones recibidas
o a recibir, se han dedicado a investigar con gran empeño si por un afortunado azar las
riquezas sociales tendrían otro origen además del trabajo asalariado, y han descubierto
que el trabajo, la economía, el orden, la honradez, el saber, la inteligencia y muchas
otras virtudes de los burgueses industriales, comerciantes o propietarios de tierras,
banqueros, accionistas y rentistas concurrían a su producción de una manera tan eficaz
como el trabajo de los asalariados manuales e intelectuales, y que por ello tenían el
derecho a quedarse con la parte del león, no dejando a los otros más que la parte de la
bestia de carga.
El burgués les oye sonriendo, porque hacen su elogio, y luego repite estos imprudentes
asertos y los declara verdades eternas. Pero por muy pequeña que sea su inteligencia no
puede admitirlos en su fuero interno, pues sólo ha de mirar en torno suyo para darse
cuenta de que aquellos que trabajan durante toda su vida, si no poseen capital, son más
pobres que Job, y que los que no poseen más que el saber, la inteligencia, la economía y
la honradez, y que ejercen estas cualidades, deben limitar su ambición a la comida
diaria, raras veces a nada más, «Si los economistas, los filósofos y los políticos que
tienen mucho ingenio y conocen la literatura no han podido, a pesar de sus
concienzudas investigaciones, encontrar razones más adecuadas para explicar el origen
de las riquezas de la burguesía, es que hay una intriga es el asunto, es que hay causas
desconocidas cuyos misterios no pueden sondearse.» Un desconocimiento del orden
social se levanta ante el burgués.
Para tranquilidad de su orden social, el capitalista tiene interés en que los asalariados
crean que las riquezas son el fruto de sus innumerables virtudes; pero en realidad está
tan convencido de que constituyen una recompensa de sus cualidades, como de que las
trufas, que come tan vorazmente como el puerco, son setas cultivables. Una sola cosa le
importa: es poseer dichas riquezas, y lo que le inquieta es suponer que un día pueda
perderlas sin que la culpa sea suya. No puede evitarse esta desagradable perspectiva,
pues aun en el estrecho círculo de sus amistades ha visto a individuos perder sus
bienes, mientras otros que han vivido en la estrechez se vuelven ricos.
Las causas de estos reveses y de estas fortunas escapan a su inteligencia, lo mismo que
a la de aquellos que las han experimentado. En una palabra, observa un continuo cambio
de riquezas, que son para él del dominio de lo desconocido, viéndose inducido a atribuir
estos cambios de fortuna a la suerte, al azar (3).
No es posible esperar que el burgués llegue jamás a tener una noción positiva de la
distribución de las riquezas, porque a medida que la producción mecánica se
despersonaliza reviste la forma colectiva e impersonal de las sociedades por acciones,
cuyos títulos acaban por ser arrastrados al torbellino de la Bolsa. Allí pasan de mano en
mano, sin que vendedores ni compradores hayan visto la propiedad que representan si
sepan exactamente el lugar geográfico en que se halla situada. Allí son cambiados,
perdidos por unos y ganados por otros de manera tan parecida al juego, que las
operaciones de Bolsa llevan este nombre. Todo el desenvolvimiento económico
moderno tiende cada día más a transformar la sociedad capitalista en un vasto
establecimiento de juego, donde los burgueses ganan y pierden capitales por efecto de
acontecimientos que ignoran, que escapan a toda previsión y a todo cálculo, y que
parecen depender exclusivamente del azar. En la sociedad burguesa reina lo imprevisto,
lo mismo que en una casa de juego.
El juego, que en la Bolsa se manifiesta sin disfraces, ha sido siempre una de las
condiciones de vida del comercio y de la industria. Sus resortes son tan imprevistos y
tan numerosos, que a menudo fracasan las operaciones bien realizadas y mejor 12
concebidas, mientras resultan acertadas otras emprendidas a la ligera. Estos aciertos o
estos fracasos, debidos a causas inesperadas, generalmente desconocidas, parecen ser
obra exclusiva del azar y predisponen al burgués al juego de la Bolsa, el cual aviva y
fortifica esta disposición. El capitalista cuya fortuna está colocada en valores de Bolsa,
que ignora el porqué de las alteraciones de precios y dividendos, es un jugador
profesional. Y el jugador que sólo puede atribuir sus ganancias o sus pérdidas a la suerte
o a la fatalidad, es un individuo eminentemente supersticioso. Los habituales
concurrentes a las casas de juego emplean mágicos encantos para conjurar la suerte: uno
balbucea una oración a San Antonio de Padua o a cualquier Santo, otro sólo apunta
después de haber ganado determinado valor, otro conserva en la mano una pata de
conejo, etc.
El burgués vive en completo desconocimiento del orden social, como el salvaje
desconoce cuanto afecta al orden natural. Todos los actos de la vida civilizada, o casi
todos, tienden a desarrollar en el hombre el hábito supersticioso y místico propio del
jugador de profesión. El crédito, por ejemplo, sin el cual no es posible el comercio ni la
industria, es un acto de fe al azar, a lo desconocido que hace quien lo presta, pues no
tiene ninguna garantía positiva de que al vencimiento podrá cumplir sus compromisos,
por cuanto la solvencia depende de mil y un accidentes tan imprevistos como
desconocidos.
Otros fenómenos económicos diarios insinúan en el espíritu burgués la creencia en una
fuerza mística, sin base material, desprendida de toda sustancia. El billete de banco, por
no citar más que un ejemplo, incorpora una fuerza social que mantiene una relación tan
limitada con la materia, que prepara la inteligencia burguesa a aceptar la idea de una
fuerza que existiera independientemente de la materia. Ese miserable pedazo de papel,
que nadie se dignaría recoger sí careciera de su poder mágico, proporciona a quien lo
posee cuanto hay de más material y deseable en el mundo civilizado: pan, carnes, vino,
casas, tierras, caballos, mujeres, salud, consideración y honores, etcétera, etc.; los
placeres de los sentidos y las satisfacciones del espíritu; Dios no haría más. La vida
burguesa es un tejido de misticismo (4).
La crisis del comercio y de la industria representan ante el amedrentado burgués
enormes fuerzas, de irresistible poder, que siembran desastres tan espantosos como la
cólera del Dios cristiano. Cuando estas fuerzas se desencadenan en el mundo civilizado
arruinan a los burgueses por millares y destruyen los productos y los medios de
producción por valor de centenares de millones. Los economistas registran desde hace
un siglo su repetición periódica, sin poder emitir una hipótesis respecto a las causas que
originan estas catástrofes. La imposibilidad de descubrir estas causas en la tierra, ha
sugerido a algunos economistas ingleses la idea de buscarlas en el Sol, cuyas manchas,
dicen, destruyendo por medio de la sequía las cosechas de la India, disminuyen sus
medio de compra de las mercancías europeas y determinan las crisis. Estos sesudos
sabios nos trasladan científicamente a la astrología de la Edad Media, que subordinaba a
la conjunción de los astros los acontecimientos de las sociedades humanas y a la
creencia de los salvajes en la acción de las estrellas errantes, de los cometas y de los
eclipses de luna sobre sus destinos.
El mundo económico proporciona al burgués insondables misterios, que los
economistas se resignan a no profundizar. El capitalista, que gracias a sus sabios ha
llegado a dominar las fuerzas naturales, queda tan pasmado ante los incomprensibles
efectos de las fuerzas económicas, que las considera invencibles, como lo es Dios, y
deduce que lo más prudente es soportar con resignación las desgracias que producen y
aceptar con reconocimiento las ventajas que ocasionan. Como Job, dice: «El Eterno me 13
lo había dado, el Eterno me lo ha quitado, bendito sea el nombre del Eterno». Las
fuerzas económicas le parecen fantásticas, como seres benéficos y maléficos (5).
Los terribles enigmas de carácter social que envuelven al burgués y que sin saber la
causa atentan a su comercio, a su industria, a su fortuna, a su bienestar y a su vida, son
tan incomprensibles, para él, como lo eran para el salvaje los enigmas de carácter
natural que estremecían y exaltaban su exuberante imaginación. Los antropólogos
atribuyen la brujería, la creencia en el alma, en los espíritus y en Dios, del hombre
primitivo, a su desconocimiento del mundo natural. La misma explicación es aplicable
al hombre civilizado: sus ideas espiritualistas y su creencia en Dios deben ser atribuidas
a su ignorancia del mundo social. La constante incertidumbre de su prosperidad y las
ignoradas causas de su adversidad o de su fortuna predisponen a los burgueses a
admitir, lo mismo que el salvaje, la existencia de seres superiores que según sus
fantasías obran sobre los fenómenos sociales, para que sean favorables o desfavorables,
como lo dicen Teognis y los libros del Antiguo Testamento. Por eso con objeto de
tenerlos propicios se entrega a las prácticas de la más grosera superstición, comunica
con los espíritus del otro mundo, enciende velas a las santas imágenes y hace oración al
Dios trino de los cristianos o al Dios único de los filósofos.
Viviendo en plena naturaleza, el salvaje se halla impresionado en primer término por
los enigmas de orden natural que, por el contrario, afectan muy poco al burgués, el cual
sólo conoce una naturaleza decorativa, raquítica, familiar. Los numerosos servicios que
la ciencia le ha prestado, para enriquecerle, y los que todavía espera de ella han hecho
nacer en su espíritu una fe ciega en su poder, hasta el punto de no abrigar la menor duda
de que acabará por resolver un día los enigmas de la naturaleza y hasta por prolongar
indefinidamente su vida, según promete M. Metchnikov, el microbomaniaco. Pero no
ocurre lo mismo con los enigmas del mundo social, únicos que le preocupan, los cuales
considera incomprensibles. El desconocimiento de estos enigmas del orden social, y no
los del orden natural son los que insinúan en su cabeza, poco imaginativa, la idea de
Dios, que no ha tenido el trabajo de inventar, pues la ha encontrado a punto para
apropiársela. Los incomprensibles e insolubles problemas sociales hacen a Dios tan
necesario, que lo habrían inventado de no haber existido.
Preocupado el burgués por el desconcertante oscilar de las fortunas y de los fracasos y
por el incomprensible juego de las fuerzas económicas, se ve confundido, por
añadidura, por la brutal contradicción de su conducta y la de sus camaradas con las
nociones de justicia, de moral y de probidad propagadas entre el pueblo. Estas nociones
las repite sentenciosamente, pero guardase mucho de ajustar a ellas su acciones, aunque
pide a las personas que se hallan en contacto con él que las cumplan estrictamente. Por
ejemplo: sí el negociante entrega al cliente un género estropeado o falsificado, quiere
ser pagado, en cambio, en buena y legítima moneda; si el industrial estafa al obrero al
medir su obra, no por eso deja de exigirle que no pierda ni un minuto de la jornada para
la cual le ha contratado; si el burgués patriota —todos los burgueses son patriotas— se
apodera de la patria de un pueblo más débil, tiene por dogma comercial la integridad de
su patria, que según expresión de Cecil Rodes, es una razón social. La justicia, la moral
y los demás principios más o menos eternos, sólo son válidos, para los burgueses,
cuando son útiles a los intereses suyos. Estos principios tienen dos caras, risueña e
indulgente la una, la que les mira a ellos, y feroz e imperativa la otra, la que está vuelta
a los demás.
La perpetua y general contradicción entre los actos y las nociones de justicia y de
moral, que podría suponerse bastante para quebrantar entre loa burgueses la idea de un
Dios justiciero, la consolida, por el contrario, y prepara el terreno para la de la
inmortalidad del alma, que se había desvanecido entre los pueblos llegados al período 14
patriarcal. Esta idea es mantenida, fortificada y constantemente avivada entre los
burgueses, por su costumbre de esperas una remuneración de todo, así de lo que hacen,
como de lo que no hacen (6). No emplea obreros, no fabrica géneros, vende, compra,
presta dinero o hace un servicio cualquiera sino en la esperanza de ser retribuido, esto
es, de obtener beneficios. La constante idea del beneficio hace que no realice ninguna
acción por el placer de realizarla, sino con el propósito de alcanzar una recompensa. SÍ
es generoso, caritativo, honrado, o hasta si se limita a no ser deshonrado, no le basta con
la satisfacción de su conciencia: precisa además, una retribución, Y si en la tierra no
obtiene la recompensa deseada, lo que ocurre a menudo, cuenta alcanzarla en el cielo.
No solamente espera una remuneración por sus buenas acciones, y por abstenerse de las
malas, sino que espera una compensación por sus infortunios, por sus fracasos, por sus
sinsabores y hasta por sus tristezas. Su Yo es tan inmenso que para contenerlo une el
cielo a la tierra. Las injusticias en la civilización son tan numerosas y tan manifiestas, y
las de que él es víctima adquieren a sus ojos tan desmesuradas proporciones, que en su
concepto han de ser un día forzosamente reparadas. Pero este día sólo puede lucir en el
otro mundo; sólo en el cielo tiene la seguridad de alcanzar la remuneración de sus
infortunios. La vida después de la muerte es para él una cosa cierta, pues su buen Dios,
justo y reconocido a las virtudes burguesas, no puede menos que concederle
recompensas por lo que ha hecho y por lo que ha dejado de hacer, y reparaciones por lo
que ha sufrido. En el tribunal de comercio del cielo serán apuradas las cuentas que no
pudieron saldarse en la tierra.
El burgués no llama injusticia al acaparamiento de las riquezas creadas por los
asalariados: este despojo es, en su concepto, la misma justicia, y no puede concebir que
Dios u otro ser cualquiera tenga sobre este punto una opinión distinta a la suya. No cree,
sin embargo, que cuando se permite a los obreros tener el deseo de mejorar sus
condiciones de vida y de trabajo se viole la justicia eterna; pero como sabe
perfectamente que esas mejoras deberán ser realizadas a sus expensas, piensa que es una
medida de prudencia política prometerles una vida futura, donde nadarán en la
abundancia, como burgueses. La promesa de la dicha póstuma es para él la más
económica manera de dar satisfacción a las reclamaciones obreras. La vida más allá de
la muerte, para el que se complace en esperar hasta entonces a dar satisfacción a su Yo,
se convierte en instrumento de explotación. Desde el momento que las cuentas de la
tierra serán definitivamente saldadas en el cielo, Dios se convierte necesariamente en un
juez teniendo a su disposición un Eldorado para unos y un presidio para otros, como lo
asegura el cristianismo, según Platón (7).
El juez celeste pronunciaría sus sentencias con arreglo al Código judicial de la
civilización, adicionado con algunas leyes morales que no han podido ser incluidas en
aquél.
El burgués moderno no se preocupa, en primer término, más que de las
remuneraciones y compensaciones de ultratumba. En cambio manifiesta tener muy poco
interés en el castigo de los malos, es decir, de los que le han cometido faltas personales.
El infierno cristiano apenas le preocupa, primeramente porque está convencido de que
nada ha hecho ni puede hacer para merecerlo y además porque guarda escaso odio a los
camaradas que le han faltado, hasta tal punto, que siempre está dispuesto a reanudar las
relaciones de negocios o de placeres sí ve provecho en ello. Hasta tiene cierto afecto a
los mismos que le han engañado, porque después de todo no le han hecho más que lo
que les hizo él o hubiese querido hacerles. En la sociedad burguesa todos los días se ven
individuos cuyas estafas han promovido gran escándalo y a los cuales se les ha creído
hundidos para siempre, volver a la superficie y alcanzar una honorable posición. Para 15
empezar de nuevo los negocios y para darles patente de honrados, sólo se les exige que
tengan dinero (8).
El infierno sólo podía ser inventado por hombres y para hombres torturados por el odio
y por la pasión de la venganza. El Dios de los primeros cristianos es un implacable
verdugo que experimenta un gran placer ante los suplicios impuestos eternamente a los
infieles, sus enemigos. «Jesús, dice San Pablo, remontará al cielo con los ángeles de su
potestad, con llamas flamígeras, ejerciendo la venganza contra los que no conocen a
Dios y que no se someten a su Evangelio, Estos serán castigados con la pena eterna, en
presencia del Señor y ante la gloría de su poderío» (II. Thess. I, 6-9). El cristiano de
entonces esperaba con fe tan ferviente la recompensa de su piedad como el castigo de
sus enemigos, que se convertían en enemigos de Dios. Como el burgués ya no alimenta
estos feroces odios, pues el odio no reporta beneficio alguno, no tiene necesidad de un
infierno para satisfacer su venganza, ni de un Dios verdugo para castigar a los
camaradas que le han engañado.
La creencia de la burguesía en Dios y en la inmortalidad del alma es uno de los
fenómenos ideológicos de su medio social, y no se desembarazará de ella hasta después
de haberse desposeído de las riquezas arrebatadas a sus asalariados y hasta después de
haberse transformado de clase parásita en clase productora.
La burguesía del siglo XVIII, que luchaba en Francia para apoderarse de la dictadura
social, atacó con furor al clero católico y al cristianismo porque eran los puntales de la
aristocracia. Si en el ardor de la batalla algunos de sus jefes, Diderot, La Metrie,
Helvetius y d’Holbach, llevaron su irreligión hasta el ateísmo, otros, tan intérpretes de
su espíritu, si no más, Voltaire, Rousseau, Turgot, etc., no llegaron jamás a la negación
de Dios. Los filósofos materialistas y sensualistas, Cabanis, Maine de Biran, de
Gérando, que sobrevivieron a la Revolución, se retractaron públicamente de sus
doctrinas impías. No debe acusarse a estos hombres notables de haber hecho traición a
las doctrinas filosóficas que desde el principio de su carrera les habían asegurado la
notoriedad y medios de existencia; sólo la burguesía es de ello culpable, pues victoriosa
perdió su irreligiosa combatividad, y como los perros de la Biblia, vomitó nuevamente
el cristianismo que, como la sífilis, es una enfermedad constitucional que tiene en la
sangre, Aquellos filósofos sufrieron la influencia del ambiente social: eran burgueses y
evolucionaron con su clase.
Este ambiente, al cual no pueden substraerse ni los burgueses más instruidos ni los más
emancipados intelectualmente, es responsable del deísmo de hombres de genio como
Cuvier, Geoffroy, Saint-Hilaire, Faraday y Darwin, y del positivismo de sabios
contemporáneos que no atreviéndose a negar a Dios se abstienen de ocuparse de él. Pero
esta abstención es un implícito reconocimiento de la existencia de Dios, del cual tienen
necesidad para conocer el mundo social, que les parece juguete del azar, en vez de estar
regido por la ley de precisión, como el mundo natural.
Creyendo hacer un epigrama contra la libertad de su clase, Brunetiere repite la frase
del jesuita alemán Gruber, que «lo desconocido es una idea de Dios apropiada a la
francmasonería». Lo desconocido no puede ser la idea de Díos para nadie, pero es su
causa generatriz, lo mismo entre los salvajes y los bárbaros, que entre los burgueses
cristianos y francmasones. Si los enigmas del medio natural han hecho necesario para el
salvaje y el bárbaro la idea de un Dios, creador y regulador del mundo, los enigmas del
medio social hacen necesaria para el burgués la idea de un Dios, distribuidor de las
riquezas arrebatadas a los asalariados manuales e intelectuales, dispensador de los
bienes y de los males, remunerador de las acciones, enderezador de las injusticias y
reparador de las faltas. El salvaje y el burgués son inducidos a la creencia en Dios sin
darse de ello cuenta, como son llevados por la rotación de la tierra. 16
IV
EVOLUCIÓN DE LA IDEA DE DIOS
La idea de Dios, que los enigmas del medio natural y del medio social han hecho
germinar en el cerebro humano, no es invariable; por el contrario, se modifica con el
tiempo y el lugar, evolucionando a medida que el modo de producción se desarrolla y
transforma el medio social.
Para los griegos, los romanos y los pueblos de la antigüedad, Dios permanecía en un
sitio determinado y no existía más que para ser útil a sus adoradores y molestos a sus
enemigos. Cada familia tenía sus dioses particulares, que eran los espíritus de los
antecesores divinizados, y cada ciudad tenía su divinidad municipal o poliade, como
decían los griegos. El Dios o la Diosa municipal residía en el templo que le estaba
consagrado, y estaba incorporado en su efigie, que consistía a menudo en un bloque de
madera o en una piedra. Estos Dioses sólo se interesaban por la suerte de los habitantes
de la ciudad. Los Dioses de los antepasados no se ocupaban más que de los asuntos de
la familia. El Jehovah de la Biblia era un Dios de esta especie. Permanecía en un cofre
de madera, llamado Arca Santa, que transportaban cuando las tribus cambiaban de
lugar. También la colocaban al frente de los ejércitos, para que Jehovah se batiese por
su pueblo. Si le castigaba cruelmente por falta a su ley, también le prestaba numerosos
servicios, de los que da cuenta el Antiguo Testamento. Cuando el Dios municipal no
estaba a la altura de las circunstancias, se le añadía otra divinidad. Durante la segunda
guerra púnica, los romanos hicieron venir de Pessinonte, la estatua de Cibeles, a fin de
que la Diosa del Asia Menor les ayudase a defenderse contra Aníbal. Cuando los
cristianos demolían los templos y rompían las estatuas de los Dioses para desalojarles
de sus sitios y para impedir que protegiesen a los paganos, no tenían otra idea de la
divinidad. Los salvajes creían que el alma constituía un segundo cuerpo. Por eso sus
espíritus divinizados, aunque los incorporasen en piedras, en pedazos de madera y en
bestias, conservaban la forma humana. De igual modo para San Pablo y los Apóstoles,
Dios era antropomorfo; por eso hicieron de él un Hombre-Dios semejante a ellos
respecto al cuerpo y al espíritu, mientras que el capitalista moderno lo concibe sin
cabeza ni brazos y presente en todas partes en vez de estar aposentado en un sitio
determinado del globo.
Los romanes y los griegos, así como los judíos y los primeros cristianos, no creían que
su Dios fuese el único de la creación. Los judíos creían en Moloch, en Baal y en otros
dioses de los pueblos con los cuales guerreaban con la misma firmeza que en Jehovah, y
los cristianos de los primeros siglos y de la Edad Media, si llamaban a Júpiter y a Alá
falsos Dioses, los tenían, no obstante, por Dioses, capaces de realizar prodigios
milagrosos, lo mismo que Jesús y su Padre Eterno (9). Precisamente porque creían en la
multiplicidad de los Dioses, era posible que cada población tuviese un Dios a su
servicio, encerrado en un templo e incorporado en un objeto cualquiera: Jehová lo
estaba en una piedra. El capitalista moderno, que piensa que su Dios está presente en
todos los lugares de la tierra, no puede aceptar más que la noción de un Dios único, y la
ubicuidad que atribuye a un Dios impide que se lo represente con cara, con nalgas, con
brazos y piernas, como el Júpiter de Hornero y Jesús de San Pablo. Las divinidades
adoptadas por las ciudades guerreras de la antigüedad, siempre en lucha con los pueblos
circunvecinos, no podían responder a las necesidades que la producción mercantil
creaba en las ciudades comerciales e industriales, obligadas, por el contrario a mantener
relaciones pacíficas con las naciones colindantes. Las necesidades del comercio y de la 17
industria obligaron a la burguesía naciente a desmunicipalizar las divinidades y a crear
Dioses cosmopolitas.
Seis o siete siglos antes de la era cristiana, en las ciudades marítimas de Jonia, de la
Magna Grecia y de Grecia se observan tentativas encaminadas a organizar relaciones
cuyos Dioses no habían de ser monopolizados exclusivamente por una ciudad, sino
reconocidos y adorados por diversos pueblos, incluso los enemigos. Estas nuevas
divinidades, Isis, Deméter, Dionisos, Mitra, Jesús, etc., algunas de las cuales pertenecen
a la época matriarcal, revestían aún la forma humana, aunque ya empezaba a sentirse la
necesidad de un Ser supremo, que no fuese antropomorfo. Pero sólo en la época
capitalista llegó a imponerse la idea de un Dios amorfo, como consecuencia de la forma
impersonal revestida por la propiedad de las sociedades por acciones.
La propiedad impersonal, que introdujo un modo de posesión absolutamente nuevo y
diametralmente opuesto al que había existido hasta entonces, debía modificar
necesariamente los hábitos y costumbres del burgués y transformar, por consiguiente, su
mentalidad. Hasta su aparición, en Francia no se podía ser poseedor más que de un
viñedo en el Bordelais, de un telar en Ruan, de una forja en Marsella o de una droguería
en París. Cada una de estas propiedades, distinta por el género de la industria y por la
situación geográfica, era poseída por un solo individuo, o por dos o tres cuanto más: era
raro que una misma persona tuviese algunas.
Con la propiedad impersonal ocurre lo contrario. Una línea férrea, una mina, un banco,
son propiedad de centenares y de miles de capitalistas, y un mismo capitalista puede
tener en su propia cartera títulos de renta y de las deudas públicas de Francia, de Prusia,
de Turquía y del Japón y acciones de las minas de oro del Transvaal, de los tranvías
eléctricos de China, de una línea de vapores trasatlánticos, de una plantación de café en
el Brasil, o de una mina de carbón en Francia.
El capitalista no puede tener, para la propiedad impersonal de cuyos títulos es
poseedor, el mismo cariño que el burgués manifiesta por la que él administra o hace
dirigir bajo su intervención; el único interés que por ella siente está en proporción al
precio pagado por la acción adquirida y del dividendo que de ello percibe. A él le
importa poco que este dividendo sea proporcionado por una empresa de extracción de
letrinas, por una refinería de azúcar o por una hilatura de algodón, y que esté
domiciliada en París o en Pekín. Desde el momento en que sólo le interesan los
dividendos, desaparecen los caracteres diferenciales de las propiedades que lo
proporcionan. Y estas propiedades, de industrias y de situaciones geográficas distintas,
se identifican para el capitalista en una propiedad única, proporcionadora de dividendos
cuyos títulos, circulando en la Bolsa, continúan conservando diversos nombres de
oficios y de países.
La propiedad impersonal, que abraza todos los oficios y se extiende sobre todo el
globo, desarrolla sus tentáculos provistos de chupadores de dividendos, lo mismo en
una nación cristiana que en un país mahometano, budista o fetichista. Siendo la
acumulación de riquezas la pasión dominante del burgués, esta identificación de
propiedades de naturaleza y de nacionalidades distintas en una propiedad única y
cosmopolita debía reflejarse en su inteligencia o influir en su concepción de Dios (10).
La propiedad impersonal le induce, sin que de ello se dé cuenta, a identificar a los
Dioses de la tierra con un Dios único y cosmopolita, que en unos países lleva el nombre
de Jesús, en otros de Alá, o de Buda, y es adorado según los diferentes ritos. Es un
hecho histórico que la idea de un Dios único y universal, que Anaxágoras fue uno de los
primeros en concebir, y que durante siglos sólo ha sido alimentada en el cerebro de
algunos pensadores, no se ha convertido en idea general hasta que ha predominado la
civilización capitalista. Pero como al lado de esta propiedad, impersonal, única y 18
cosmopolita subsisten aún innumerables propiedades personales y locales, los Dioses
locales y antropomorfos, hacían germinar en el cerebro del capitalista la idea de Dios
único y cosmopolita.
La división de los pueblos en naciones comerciales e industrialmente rivales, obliga a
la burguesía a dividir su Dios único en otros tantos Dioses como naciones existen. Así,
cada pueblo de la cristiandad cree que el Dios cristiano, que es, sin embargo, el Dios de
todos los cristianos, es su Dios nacional, como lo era el Jehová de los judíos y Pallas
Atenea, de los atenienses. Cuando dos naciones cristianas se declaran la guerra, cada
una ruega a su Dios nacional y cristiano que combata por ella, y si alcanza la victoria
entona un Tedeum en señal de agradecimiento por haber derrotado a la nación rival y a
su Dios nacional y cristiano. Los paganos hacían luchar entre sí a Dioses distintos, los
cristianos hacen luchar a su Dios único contra sí mismo. El Dios único y cosmopolita no
podría destronar completamente a los Dioses nacionales del cerebro burgués, más que si
todas las naciones burguesas estuviesen centralizadas en una sola nación,
La propiedad impersonal posee otras cualidades que ha transmitido al Dios único y
cosmopolita. El propietario de un campo de trigo, de un taller de carpintería o de una
tienda de mercería puede ver, tocar, medir y valorar su propiedad, cuya forma clara y
precisa impresiona sus sentidos. Pero el propietario de títulos de renta de una deuda
pública y de acciones de una línea férrea, de una mina de carbón, de una compañía de
seguros o de un banco no puede ver, tocar, medir ni valorar la partícula de propiedad
que representan sus títulos y sus acciones de papel: en qué bosque o edificio del Estado,
en qué vagón, tonelada de hulla, póliza de seguro o caja de banco podría suponer que se
encuentra. Su fragmento de propiedad está perdido, fundido en un vasto todo, del que
no puede ni aun formarse una idea, pues si ha visto locomotoras y estaciones, lo mismo
que galerías subterráneas, no ha podido apreciar en su conjunto una línea férrea y una
mina; y respecto a la deuda pública de un estado, un banco o una compañía de seguros,
no son susceptibles de ser representados por una imagen cualquiera. La propiedad
impersonal, de la cual es uno de los copropietarios, no puede adquirir en su imaginación
más que una forma vaga, imprecisa, indeterminada; para él es más bien un ser que
razona, que revela su existencia por medio de dividendos, que una realidad sensible.
Sin embargo, esta propiedad impersonal, indefinida, como un concepto metafísico,
provee todas sus necesidades, como el Padre celestial de los cristianos, sin exigir de él
otro trabajo ni más quebraderos de cabeza que esperar los dividendos, que recibe con
beatífica satisfacción de cuerpo y de espíritu como una gracia del capital, del cual la
gracia de Dios, «el más verdadero de los dogmas cristianos» según Renan, es la
reflexión religiosa. Ya no se preocupa por conocer el carácter de la propiedad
impersonal que le proporciona rentas y dividendos, ni por saber si su Dios único y
cosmopolita es hombre, mujer o bestia, inteligente o idiota, ni si posee las cualidades de
fuerza, ferocidad, bondad, justicia, etc., de las cuales habían estado provistos los Dioses
antropomorfos. Tampoco pierde el tiempo dirigiéndole oraciones, pues sabe que
ninguna súplica modificará la tasa de la renta y del dividendo de la propiedad
impersonal del cual su Dios único y cosmopolita es la reflexión intelectual.
Al propio tiempo que la propiedad impersonal metamorfoseaba al Dios antropomorfo
de los cristianos en un Dios amorfo y en un ser razonable, en un concepto metafísico,
despojaba el sentimiento religioso de la burguesía de la virulencia que había
engendrado la fiebre fanática de los mártires, de los cruzados y de los inquisidores, y
transformaba la religión en una cuestión de gusto personal, como la cocina, que cada
uno adereza a su manera, con manteca o con aceite, con ajo o sin él. Pero si la
burguesía capitalista tiene necesidad de una religión y si encuentra el cristianismo
liberal a su conveniencia, no puede aceptar sin serias enmiendas a la Iglesia católica, 19
cuyo despotismo inquisitorial desciende hasta los detalles de la vida privada y cuya
organización de obispos, curas, monjes y jesuitas, disciplinados y obedeciendo
ciegamente los mandatos que reciben constituyen una amenaza para el orden público.
La Iglesia católica podía ser soportada por la sociedad feudal, en la cual todos sus
miembros, desde el siervo al rey, estaban unidos por derechos y deberes recíprocos;
pero no puede ser tolerada por la democracia burguesa cuyos miembros, iguales ante la
fortuna y la ley, aunque divididos por intereses, se hallan entre sí en perpetua guerra
industrial y comercial y quieren tener siempre el derecho de criticar a las autoridades
constituidas y de hacerlas responsables de sus fracasos económicos,
El burgués, que para enriquecerse no quiere ser molestado por ninguna traba, tampoco
podía tolerar la organización corporativa de los maestros de oficios, que vigilaban la
manera de producir y la calidad de los productos. Por eso la abolió. Desembarazado de
toda intervención, sólo ha de consultar su interés para hacer fortuna, cada uno según los
medios de que dispone. La calidad de las mercancías que fabrica y vende, depende sólo
de su elástica conciencia: al cliente corresponde no dejarse engañar respecto a la
calidad, al precio y al peso de lo que compra. Cada uno para sí, y Dios, es decir, el
dinero para todos.
La libertad de la industria y del comercio debía reflejarse forzosamente en la manera
de concebir la religión, que cada uno entiende como mejor le place. Cada uno se arregla
con Dios, como con su conciencia, en materia comercial; cada uno interpreta, según sus
intereses y sus luces, las enseñanzas de la Iglesia y las palabras de la Biblia, puesta en
manos de los protestantes como el Código lo es en manos de todos los burgueses.
El burgués capitalista que no puede ser ni mártir ni inquisidor, porque ha perdido el
furor del proselitismo que inflamaba a los primeros cristianos —el cristianismo tenía un
interés vital en aumentar el número de los creyentes, a fin de engrosar el ejército de los
descontentos, librando batallas contra la sociedad pagana— tiene no obstante una
especie de proselitismo religioso, sin soplo y sin convicción, que está condicionado para
la explotación de la mujer y del asalariado.
La mujer debe ser manejable a su voluntad. La quiere fiel e infiel, según sus deseos. Si
es la esposa de un camarada y él la corteja, le pide la infidelidad como un deber hacia su
Yo y desembucha su retórica para desembarazarla de sus escrúpulos religiosos; sí se
trata de su mujer legítima, la convierte en su propiedad y debe ser intangible: exige de
ella una fidelidad a toda prueba y se sirve de la religión para hacer penetrar en su cabeza
la idea del deber conyugal.
El asalariado debe estar resignado a su suerte. La función social de explotador del
trabajo exige que el burgués propague la religión cristiana, predicando la humildad y la
sumisión a Dios, que elige los amos y designa los servidores y que perfecciona las
enseñanzas del cristianismo con los eternos principios de la democracia. Tiene sumo
interés en que los asalariados agoten su potencia cerebral controvertiendo sobre las
verdades de la religión y discutiendo sobre la justicia, la libertad, la moral, la patria y
otros engañabobos a fin de que no les quede un minuto para reflexionar sobre su
miserable condición y sobre los medios de mejorarla. El famoso radical y librecambista
Jacob Brigth estimaba tanto este medio de estulticia, que dedicaba los domingos a leer y
comentar la Biblia a sus obreros. Pero la función de embrutecedor bíblico, que los
burgueses ingleses de los dos sexos pueden realizar por puro entusiasmo, es
forzosamente irregular como todo trabajo de amateur. La burguesía industrial tiene
necesidad de tener a su disposición profesores del embrutecimiento para realizar esta
tarea. Los clérigos de todos los cultos se los proporcionan. Pero toda medalla tiene su
reverso. La lectura de la Biblia por los asalariados tiene peligros que Rockefeller ha
sabido apreciar, y a fin de remediarlos el gran trustista ha organizado un trust para la 20
publicación de las biblias populares, expurgadas de las quejas contra las iniquidades de
los ricos y de las protestas de cólera contra el escándalo de su fortuna. La Iglesia
católica, que había previsto estos peligros, los conjuró impidiendo a los fieles la lectura
de la Biblia y quemando vivo a Wicklif, su primer traductor a la lengua vulgar. Con sus
novenas, con sus peregrinaciones y demás bobadas, el clero católico es sobre todos los
demás cleros el que mejor llena el papel de embrutecedor; es también el mejor
agenciado para proporcionar hermanos y hermanas ignorantes para las escuelas
primarías y religiosas, vigilantes para los talleres de mujeres. Por los altos servicios que
le presta, la alta burguesía industrial lo sostiene política y pecuniariamente a pesar de la
gran antipatía que por ellos siente, por su rapacidad y por su ingerencia en los asuntos
familiares.
V
CAUSAS DE LA IRRELIGIÓN DEL PROLETARIADO
Las numerosas tentativas realizadas en Europa y América para cristianizar al
proletariado industrial han fracasado completamente: no han bastado para sacarle de su
indiferencia religiosa, que se generaliza a medida que la producción mecánica realiza
nuevas reclutas de aldeanos, de artistas y de pequeños burgueses para el ejército de los
asalariados.
El modo mecánico de producción, que engendra la religiosidad en el burgués, crea, por
el contrario, la irreligiosidad en el proletario.
Si es lógico que el capitalista crea en una providencia atenta a sus necesidades y en un
Dios que lo elige entre millares y millares para colmar de riquezas su pereza y su
inutilidad social, es más lógico aún que el proletario desconozca la existencia de una
providencia divina, pues sabe que ningún padre celestial le proporcionaría el pan
cotidiano si se lo pidiese de la mañana a la noche, y que el salario que le proporciona las
primeras necesidades de la vida lo ha ganado con su trabajo, pues sabe demasiado que si
no trabajase perecería de hambre a pesar de todos los buenos Dioses del cielo y de todos
los filántropos de la tierra. El asalariado es la providencia para sí mismo. Sus
condiciones de vida hacen imposible la concepción de otra providencia. No hay en su
vida, como en la del burgués, esos golpes de fortuna que podrían, por mágico resorte,
sacarle de su triste situación. Asalariado nació, asalariado vive y asalariado muere. Su
ambición no puede ir más allá de un aumento de salario y de una continuidad de salarios
durante todos los días del año y durante todos los años de su vida. Los azares y las
fortunas imprevistas, que predisponen a los burgueses a la superstición, no existen para
el proletario, y la idea de Dios no puede aparecer en el cerebro humano más que cuando
va preparada y unida a ideas supersticiosas de no importa qué origen.
Si el obrero se dejase llevar por la idea de Dios, del cual oye hablar en torno suyo sin
prestar ninguna atención, empezaría por discutir su justicia que sólo le colma de trabajo
y de miseria, le tomaría horror y odio y se lo representaría bajo la forma y la condición
de un burgués explotador, como los esclavos negros de las colonias, los cuales decían
que Dios era blanco, como sus amos. Ciertamente, el obrero, lo mismo que el capitalista
y sus economistas, no se da cuenta del desenvolvimiento de las ideas económicas ni se
explica por qué, con la misma regularidad que la noche sucede al día, los períodos de
prosperidad industrial y de trabajo a alta presión son seguidos de crisis y de paros de
trabajo. Este desconocimiento, que predispone el espíritu del burgués a la creencia en
Dios, no causa el mismo efecto en el del obrero porque ocupan posiciones distintas en la
producción moderna. La posesión de los medios productivos da al burgués la dirección 21
total de la producción y de la evacuación de los productos y le obliga, en consecuencia,
a preocuparse de las causas que influyen en estas cuestiones. Por el contrario, el obrero
no tiene derecho a inquietarse por ello. El obrero no participa ni de la dirección de la
producción, ni de la adopción y aprovisionamiento de las primeras materias, ni de la
manera de producir, ni de la circulación de los productos: él sólo ha de proporcionar la
fuerza de trabajo como una bestia de carga. La pasiva obediencia de los jesuitas, que
subleva la verbosa indignación de los librepensadores, es la ley impuesta en el taller. El
capitalista coloca al asalariado ante la máquina en movimiento, provista de primeras
materias y le ordena trabajar: el obrero se convierte en una rueda de la máquina, no
teniendo, en la producción, más que un objeto, el salario, el único interés que la
burguesía se ha visto obligada a dejarle. Cuando ha percibido el salarlo ya nada tiene
que reclamar. Siendo el salario el único interés que aquélla le ha permitido conservar en
la producción, no debe preocuparse más que de tener trabajo para recibir un salario. Y
como el patrono o sus representantes son los que proporcionan trabajo, es a ellos,
hombres de carne y hueso como él, a quienes culpa cuando aquél falta, y no a los
fenómenos económicos, que quizá desconoce; contra ellos se irrita por las reducciones
de salario y el relajamiento del trabajo, y no contra las perturbaciones generales de la
producción. A ellos hace responsables de cuanto ocurre, en cualquier sentido que sea. El
asalariado personaliza los accidentes de la producción que le afectan, mientras que la
posesión de los medios de producción se despersonaliza a medida que se mecanizan.
La vida que lleva el obrero de la grande industria le substrae aún más que al burgués, a
las influencias del medio natural, que mantienen en el aldeano la creencia en los
aparecidos, en los hechiceros, en los males dados y otras ideas supersticiosas. No ve el
sol más que a través de los cristales del taller y no conoce, de la naturaleza, más que la
campiña que rodea la población en que trabaja, que ve en contadas ocasiones.
No sabría distinguir un campo de avena de un campo de trigo, ni uno de patatas de otro
de cáñamo. Los productos de la tierra sólo los conoce bajo la forma en que los consume.
Vive en una completa ignorancia respecto al trabajo de los campos, y de las causas que
influyen en el rendimiento de las cosechas. La sequía, las lluvias torrenciales, el
granizo, los huracanes, etc., no le inducen jamás a pensar en su acción sobre la
naturaleza y sus cosechas. Su vida urbana le pone a cubierto de las inquietudes y de las
grandes preocupaciones que asaltan el espíritu del cultivador. La naturaleza no preocupa
su imaginación.
El trabajo del taller mecánico pone al obrero en relación con las terribles fuerzas
naturales que el aldeano desconoce; pero en vez de ser dominado por ellas, él las guía.
El gigantesco mecanismo de hierro y acero que llena la fábrica, al que hace mover como
un autómata, que a veces le coge y le mutila, en vez de engendrar en él un terror
supersticioso, como el trueno al campesino, lo deja impasible e impávido, pues sabe que
los miembros del monstruo metálico han sido fabricados y montados por camaradas y
que basta una correa para ponerle en marcha o detenerle, A pesar de su potencia y de su
milagrosa producción, la máquina no encierra para él ningún misterio. El obrero de las
fábricas productoras de electricidad, que sólo ha de mover una manivela sobre un
cuadrante para enviar a kilómetros de distancia la fuerza motriz de tranvías, o la luz a
las lámparas de una población, no tiene más que decir, como el Dios del Génesis: «Que
se haga la luz», para que ésta sea hecha. Jamás había sido concebida brujería tan
fantástica. Sin embargo, para el obrero esta brujería es cosa simple y natural, y quedaría
sumamente sorprendido si alguien le dijese que un Dios cualquiera podría, si quisiese,
detener las máquinas y extinguir la luz de las lámparas cuando se ha dado la corriente;
al fin contestaría que este Dios anarquista sería simplemente un engranaje gastado o un
hilo conductor roto, y que le sería fácil buscar y encontrar este Dios perturbador. La 22
práctica del taller moderno enseña al asalariado el determinismo científico, sin
necesidad de pasar por el estudio teórico de las ciencias.
Como ni el burgués ni el proletario viven en el campo, los fenómenos naturales no
pueden engendrar en ellos las ideas supersticiosas que han sido utilizadas por el salvaje
para elaborar la idea de Dios. Pero si el uno, por pertenecer a la clase dominante y
parasitaria sufre la acción generativa de las ideas supersticiosas de los fenómenos
sociales, por formar parte el otro de la clase explotada y productora se halla substraído a
su acción supersticiosa. La burguesía no podrá ser descristianizada ni desprendida de la
creencia en Dios mientras no sea expropiada de su dictadura de clase y de las riquezas
que diariamente arrebata a los trabajadores asalariados.
El libre e imparcial estudio de la naturaleza ha hecho germinar y ha establecido
firmemente en determinados medios científicos la convicción de que todos sus
fenómenos son sometidos a la ley de precisión y que deben buscarse sus causas
determinantes en la naturaleza, no fuera de ella. Este estudio ha permitido, además, la
dominación de las fuerzas naturales para el uso del hombre.
Pero el empleo industrial de las fuerzas naturales ha transformado los medios de
producción en organismos económicos tan gigantescos que escapan a la investigación
de los capitalistas que los monopolizan, según demuestran las crisis económicas de la
industria y del comercio. Aunque de creación humana, estos organismos de producción
trastornan, cuando se producen, el medio social tan ciegamente como las fuerzas
naturales alteran la naturaleza cuando se desencadenan. Los medios de producción
moderna sólo pueden ser intervenidos por la sociedad, y para que esta intervención
pueda establecerse deben convertirse previamente en propiedad social. Entonces, y sólo
entonces, cesarán de engendrar las desigualdades sociales, de proporcionar las riquezas
a los parásitos, de imponer la miseria a los productores asalariados y de crear las
perturbaciones mundiales que el capitalista y sus economistas no saben atribuir más que
al azar y a causas desconocidas. Cuando estos medios de producción estén en poder de
la sociedad, habrá desaparecido el desconocimiento del orden social. Entonces y sólo
entonces será definitivamente eliminada de la mente humana, la idea de Dios.
La indiferencia en materia religiosa de los obreros modernos, cuyas causas
determinantes he tratado de investigar, es un fenómeno nuevo, que se produce por
primera vez en la historia. Las masas populares han elaborado, siempre hasta hoy, las
ideas espiritualistas que los filósofos sólo han debido quintaesenciar y embrollar, lo
mismo que las leyendas y las ideas religiosas, que los curas y las clases directoras no
han hecho más que organizar en religión oficial y en instrumentos de opresión
intelectual.
NOTAS
1. La Revue Scientífique de 19 de noviembre de 1904 contiene una confirmación de nuestros asertos. H.
Pierou, dando cuenta de un libro sobre el Matérialisme Scientifigue, reconoce que «Dios es la causa
residencial cómoda de todo lo inexplicable… que la creencia ha tenido por base siempre suplir a la
ciencia… y que la ciencia nada tiene de común con las creencias y la fe…; pero que la religión no es
absolutamente incompatible con la ciencia, a condición, no obstante, de encerrarla en un compartimiento
perfectamente estanco». Protesta asimismo contra «la serie de sabios de nuestra época, los cuales no
buscan en la ciencia más que pruebas de la existencia de Dios o de la veracidad de la religión… o contra él
sofisma del que busca en la ciencia pruebas de la no existencia de Dios».
2. La historia de la Economía Política es instructiva. Mientras la producción capitalista, al principio de su
evolución no había transformado aún la masa de los burgueses en parásitos, los fisiócratas, Adam Smith, 23
Ricardo, etc., podían estudiar sin prevención los fenómenos económicos e investigar las leyes generales
de la producción; pero, desde que la máquina-herramíenta y el vapor sólo obligan a concurrir a los
asalariados a la creación de las riquezas, los economistas se limitan á coleccionar hechos y estadísticas
útiles para las especulaciones del comercio y de la Bolsa, sin pretender agruparlos y clasificarlos a fin de
sacar conclusiones teóricas, que no podrían dejar de ser peligrosas para la dominación de la clase
dominante. En vez de hacer ciencia, combaten el socialismo; hasta han querido refutar la teoría ricardiana
del valor, porque la crítica socialista se había apoderado de ella.
3. El espíritu burgués ha sido tan atormentado en todo tiempo por la incertidumbre de la fortuna que la
mitología griega la representaba por medio de una mujer puesta de pie sobre una rueda dentada y con los
ojos vendados: Teognis, el poeta megaro del siglo V antes de nuestra era, cuyas poesías, según Isócrates,
constituían un libro de texto en las escuelas griegas, decían «Nadie es causa de sus beneficios y de sus
pérdidas, pues los dioses son los distribuidores de las riquezas… Los hombres nos alimentamos con vanos
pensamientos, pero nada sabemos. Los dioses hacen llegar las cosas según su propia voluntad… Júpiter
hace inclinar la balanza ora de un lado ora de otro, según juzga conveniente, a fin de que el rico de hoy
nada posea mañana. Ningún hombre es rico o pobre, noble o plebeyo, sin la intervención de Dios». Los
autores del Eclesiastés, de los libros de los Salmos, de los Proverbios y de Job, hacen desempeñar el
mismo papel a Jehová. El poeta griego y los escritores judíos formulan, pues, el pensamiento burgués.
Megara, como Corinto, su rival, fue una de las principales ciudades de la antigua Grecia, donde se
desarrollaron el comercio y la industria. Se había formado en ellas una numerosa clase de artistas y de
burgueses, los cuales fomentaban guerras civiles para apoderarse del poder. Unos sesenta años antes del
nacimiento de Teognis, los demócratas, después de una victoriosa revuelta, abolieron las deudas que
habían contraído con los aristócratas y exigieron la devolución de los intereses percibidos. Aunque
miembro de la clase aristócrata, y aunque alimentando un odio feroz contra los demócratas, de los cuales
quisiera «beber la sangre negra», porque le habían despojado de sus bienes y le habían desterrado, no
pudo Teognis substraerse a la influencia del medio social burgués. Está impregnado de estas ideas, de
estos sentimientos y hasta del mismo lenguaje; así, repetidas veces establece comparaciones acerca del
alza de oro, al que los comerciantes se veían constantemente obligados a recurrir para conocer el valor de
las monedas y los lingotes dados en cambio. Precisamente porque el poema de Teognis, así como los
libros del Antiguo Testamento contenían máximas de previsión burguesa, era un libro de texto en las
escuelas de la democrática Atenas. De este libro, dice Jenofonte, que «era un tratado sobre el hombre,
semejante al que escribiría un hábil jinete sobre el arte de montar».
4. Renan, cuyo cultivado espíritu estaba invadido de misticismo, sentía una resuelta simpatía por la forma
impersonal de la propiedad. En sus Souvenirs d’enfance (IV) cuenta que en vez de emplear sus capitales
en la adquisición de una propiedad inmueble, tierra o casa, prefirió comprar «valores de Bolsa, que son
cosas más ligeras, más frágiles, más etéreas». El billete de banco es un valor tan etéreo como las acciones
de las Compañías y los títulos de renta.
5. Las crisis impresionan tan vivamente a los burgueses, que hablan de ellas como si fuesen seres
corpóreos. El célebre humorista americano Artemus Ward, cuenta que oyendo a los bolsistas y a los
industriales de Nueva York afirmar tan positivamente que «la crisis había llegado, que estaba allí», creyó
que se hallaba en el salón y para ver la cara que tenía empezó a buscarla por debajo de las mesas y de las
sillas.
6. Teognis, lo mismo que Job y los autores de los libros del Antiguo Testamento, se ven embarazados ante
la dificultad de conciliar las injusticias de los hombres con la justicia de Dios. «¡Oh hijo de Saturno! —
dice el poeta griego— ¿Cómo puedes conceder la misma suerte al justo que al injusto…? ¡Oh rey de los
inmortales! ¿es justo que el que no ha sido deshonrado, que el que no ha hecho trasgresión a la ley, que no
ha jurado en falso, y que ha sido siempre honrado, sufra…? El hombre injusto, que no teme la cólera de
los hombres ni la de los Dioses, que comete injusticias, está lleno de riquezas, mientras que el justo es
despojado y se halla sometido a la dura pobreza… ¿Cuál es el mortal que ante estas cosas temerá a los
Dioses?» El salmista dice: «Los malos viven a satisfacción, y de día en día adquieren más riquezas… He
pretendido investigar sobre este extremo, pero me ha parecido muy difícil… Al ver la prosperidad de los
malos, he sentido envidia a los insensatos (los que no temen el Eterno)» (Salmos, LXXIII-3-10).
No creyendo en la existencia del alma después de la muerte, Teognis y los judíos del Antiguo
Testamento, suponen que el injusto es castigado en la tierra, «pues la sabiduría de los Dioses es superior,
dice el moralista griego. Pero esto turba el espíritu de los hombres, pues no es en el momento en que el
acto es cometido cuando los inmortales se vengan de la falta. Uno paga personalmente su deuda, otro 24
condena a sus hijos al infortunio». Según el cristianismo, los hombres son castigados por el pecado de
Adán.
7. En su décimo y último libro de La República, Sócrates cuenta como cosa digna de crédito, la historia
de un armenio que, abandonado como muerto durante diez días en el campo de batalla, resucitó, como
Jesús, y explicó que había visto en el otro mundo «las almas castigadas diez veces por cada una de las
injusticias cometidas durante la vida». Estas almas eran torturadas «por hombres horrorosos, que parecían
de fuego… los cuales desollaban a los criminales y los lanzaban sobre espinas, etc.». Los cristianes, que
sacaron del sofisma platónico una parte de sus ideas morales, sólo tuvieron que completar y confeccionar
la historia de Sócrates para constituir su Infierno embellecido con tan espantosos horrores.
8. Al día siguiente del escandaloso krack del Crédit Mobilier, de París, Emilio Pereira, que era el
fundador y director, encontraba en los boulevars a un amigo que demostraba no conocerle. Al darse
cuenta Pereira fue derecho a su encuentro y lo apostrofó en alta voz: «Podéis saludarme —dijo—, pues
aun me quedan dos millones.» La interpelación, que traducía perfectamente el sentimiento burgués, fue
muy celebrada y apreciada. Pereira murió cien veces millonario, muy venerado y llorado.
9. Tertuliano en su Apologético y San Agustín en La Ciudad de Dios, cuentan como hechos ciertísimos
que Esculapio había resucitado algunos muertos, cuyos nombres dan, que una vestal había traído agua del
Tíbet en una cesta, que otra vestal había remolcado un buque, etc.
10. «La riqueza no produce la saciedad, dice Teognis: el hombre que tiene más bienes se esfuerza en tener
el doble”

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