Crumb y sus hermanos (Juan Forn)


Filadelfia, fines de los años ’50, tres hermanitos fans de las historietas. Vistos de afuera, parecen de lo más normales, un poco bichos, pero qué fan de historieta no es medio bicho en la adolescencia. Los hermanitos Crumb hacen su propia revista, se creen una editorial con todas las de la ley, aunque sólo hagan un ejemplar de cada número de esa revista, íntegramente a mano, y no se lo muestren a nadie. Son los raritos de la escuela, las chicas los miran con asco, los varones los escarnecen, y en su casa no es mucho mejor: el padre es un ex marine golpeador, la madre escribe notas de suicidio en tarjetas de cumpleaños que deja abandonadas en los cajones. La pesadilla americana padecida veinticuatro por venticuatro, sin francos ni vacaciones, con un único refugio: el dibujo, que los tres hermanos practican de manera febril, sexual, enferma, para decirlo mal y pronto.

El mayor es el más lírico, el más inteligente y el que más recibe el castigo. El del medio aprovecha eso para huir de la casa. Del menor sólo baste decir por ahora que se cree, para estupor de sus hermanos, “el último místico medieval”. El hermano del medio se va a Cleveland, entra a trabajar en la factoría del caretaje por excelencia: la American Greeting Cards. Allí contrae lo que años después llamará “la Maldición del Acabado Perfecto” en sus dibujos. Vive en una pocilga; cuando no está dibujando está escribiendo cartas larguísimas a Charles, su hermano mayor, y a un fan del cómic tan enfermito como ellos, a quien le habla siempre en primera del plural: “Charles y yo pensamos…”. Un día oye que en San Francisco empezó la revolución sexual y deja todo y sale para allá, literalmente enfermo de lujuria, de poder frotarse de una vez con alguna mujer. En el viaje le dan a probar su primer ácido. Llega alucinado a San Francisco y se mantiene alucinado casi un año y medio. En sus palabras, el LSD pulverizó su autoconciencia y convirtió su mente en zona liberada. Vendía sus historietas por la calle, empezó solo y cuando se quiso dar cuenta había inventado el cómic underground norteamericano. Todos querían dibujar como él, todos querían que él dibujara, que les diera más y más de eso demencial que salía de su Koh-I-Noor Rapidograph 0.0 (no hay punta más finita de lapicera; no existe escalpelo más afilado). De un día para otro era famoso: ya no tenía que vender él la revista por la calle, las mujeres lo buscaban, los dibujantes lo buscaban, los empresarios lo buscaban, hasta los Rolling Stones lo buscaban para que les hiciera la tapa de su nuevo disco. En el documental que hizo su amigo Terry Zwygoff sobre él en los ’90, Robert Crumb dice famosamente que su fama le dio tanto asco que un día se animó a mostrar aquellas cosas que, hasta entonces, después de dibujar tiraba espantado al inodoro. Se podría decir que lo políticamente correcto nace como reacción a Robert Crumb; nadie como él epitomizó todo aquello que no se debía decir ni pensar ni, menos que menos, dibujar, una vez que se disipó la polvareda de la liberación sexual y el relajo de los ’70 desembocó en la doble moral de los ’80.

Cuando Crumb se hizo famoso, sus dos hermanos dejaron de dibujar. Vieron de lejos cómo abría la compuerta y dejaba derramar en el papel eso que a ellos se los comía por dentro. Maxon, el menor, siguió a Robert a San Francisco, buscando sexo él también, pero a su manera: sobando a quinceañeras por la calle, hasta que repetidos arrestos y sucesivos “correctivos” eléctricos aplicados en el psiquiátrico estatal le bajaron a cero la pulsión sexual y lo dejaron virgen para siempre. Vivía en un cuarto de hotel miserable en la Calle Seis, sin muebles, con una tabla de clavos en donde se sentaba todos los días en posición de loto, mientras iba tragando centímetro a centímetro, hora tras hora, una cinta de tela de tres metros de largo, hasta que el fin de la cinta le salía por el ano, y vuelta a empezar. La mitad de la jornada la hacía en la calle, con un cuenco de limosna delante: necesitaba hacerlo en público no sólo por la limosna. También pintaba, sin mayor talento; se había pasado al óleo cuando Robert se hizo famoso.

Charles también había dejado de dibujar en la misma época, pero por otros motivos. El globo de texto en sus cómics fue ocupando más y más espacio, y cuando sólo quedó texto en toda la superficie de la página, pasó a deformar las letras hasta volverlas jeroglíficos completamentes ilegibles, milimétricamente realizados, cuadernos y cuadernos así. En el documental de Zwygoff, Charles lleva treinta años confinado en el mismo cuarto donde pasó su infancia en Filadelfia, Crumb ha ido a verlo en su visita anual, se oye al fondo la voz de la madre, el padre ya ha muerto, la casa es una ruina, el cuarto de Charles tiene una cama, una silla y pilas y pilas de libros y de cuadernos en el piso, Charles no tiene dientes, Crumb le pide que cuente cuando eran chicos y quería matarlo, Charles sonríe sin dientes, su cara se comprime en mil pliegues y uno puede sentir, en el dulcísimo hilo de voz con que habla, la presión sobrehumana a la que hizo frente toda su vida: “Noche a noche, insomne, rogando que llegara el amanecer, apelando a toda mi voluntad para no bajar al sótano a buscar el hacha y cortarte en pedazos, a ti y a tus dibujos”.

Charles decidió encerrarse en su cuarto cuando descubrió sus inclinaciones pedofílicas. Se lo confesó por carta a Robert antes de que su escritura se volviera indescifrable. A los nueve años, escapó de su casa, robó la colecta de la iglesia y con esa plata tentó a un vecinito de cinco años para que escapara con él. La policía los encontró un día después y los trajo de vuelta. Mientras el padre lo molía a golpes (al grito de “¡No te acerques más a niños pequeños!”), Charles comprendió de repente cuál era su mal, su maldición sexual. No lo sabía hasta que lo vio en los ojos de su padre, y lo que vio le dio tanto asco que, en cuanto pudo, se encerró en su cuarto y no quiso salir nunca más. Treinta años más tarde, a punto de cumplir los cincuenta, dice mirando a cámara en el documental de Zwygoff que fue el momento de mayor alivio de su vida cuando se confinó en ese cuarto. Maxon, sentado en su tabla de clavos en San Francisco, ha dicho un rato antes a cámara que Charles no padece nada, que lo inventó todo “para poder quedarse con mamá”. Menos de un año después (la película no se había estrenado todavía), Charles se suicidó. El documental empezó la ronda de festivales y no paró de cosechar premios y generó un viraje en el mundillo del arte: Crumb pasó de anacrónico exabrupto de los ’60 a clásico. “Me mandaron de una patada a los museos”, dice él. En el documental mostraba un maletín lleno de dibujos que iba a entregar a un coleccionista europeo a cambio de una casa de piedra de doscientos años en un pueblo de Francia, adonde había decidido irse a vivir. Ahí sigue viviendo hasta hoy, una leyenda viviente. Maxon también sigue vivo, en el mismo cuarto de hotel en San Francisco, sigue meditando, tragando y evacuando su cinta de tres metros, pero ya no usa la tabla de clavos ni pide limosna: el prestigio de su hermano le ha levantado un poco la cotización a sus cuadros.

El hombre que reía sin separar los labios (Juan Forn)


En 1948, cuando el comunismo tomó el poder en Checoslovaquia, decretó la muerte de las chabacanerías (en checo, braks). Braks eran las novelitas baratas de aventuras, amor, misterio, miedo o fantasía que, según las nuevas autoridades, eran una invención burguesa para sacar provecho de los trabajadores y a la vez embrutecerlos (hasta entonces se las conocía popularmente con el nombre de “novelas para cocineras”). Se hicieron quemas públicas de libros, los escolares iban de casa en casa pidiendo ejemplares para alimentar las llamas de las hogueras que hacían en la calle. Todos los escritores de novelas baratas fueron obligados a abandonar su oficio (“Intento borrar de mi memoria mi pasado literario”, declaró a la prensa Marie Kyzlinkova, la famosa autora de Corazón hambriento, desde su nuevo puesto de trabajo fregando los pisos de una estación ferroviaria en las afueras de Praga), ninguno logró subsistir en el nuevo régimen, salvo el insólito caso de Edvard Kirchberger, que se convirtió en Karel Fabian sin dejar rastros y siguió escribiendo y publicando hasta el fin de su vida, a pesar de los obstáculos que enfrentó en su camino.

Edvard Kirchberger escribía sobre monstruos, brujas y asesinos. Karel Fabian escribió sobre guerrilleros, tractoristas y enemigos del pueblo. Kirchberger inoculaba miedo en los huesos de sus lectores, Fabian enal-tecía el sudor de los trabajadores. Cuando Kirchberger decía “cloaca”, se refería a sótanos espectrales, cuando lo decía Fabian se refería a centrales de espionaje capitalista. Pero eran el mismo hombre. El día en que los comunistas tomaron el poder, Edvard Kirchberger dejó sobre el escritorio de su jefe, en la revista anticomunista donde escribía, una carta que decía: “Vendrán a encerrarte pero puedes confiar en mí, estoy preparado para ir a la cárcel contigo por combatir el totalitarismo, por defender la libertad”. Dos días después escribió una carta al PC checo pidiendo su ingreso en estos términos: “No quiero nada del partido. Creo que los que se afilian por miedo o interés son falsos. Yo he reflexionado por mi propia cuenta y sé que el comunismo es mi evangelio. La noche que escribí esa carta a mi jefe estaba borracho, me puse triste y compasivo hasta un extremo inconcebible y redacté esas líneas cuyo contenido ya ni recuerdo. Entiendo que esto pueda parecer poco fiable, pero a los escritores nos ocurren todo tipo de cosas extrañas por las noches”.

Su pedido no recibió respuesta. Poco después empezaron las persecuciones y se cerraron las fronteras. El previsor Kirchberger venía juntando piedras de encendedor (vulgarmente conocidas como chispas) porque le habían dicho que en Alemania valían más que los billetes checos. Las escondía en casa de un amigo, junto con una muda de ropa. Al volver un día a su casa vio un auto policial en la puerta, siguió caminando hasta lo de su amigo y huyó con sus chispas del país. Lo increíble es que volvió en dos meses. Se presentó a las autoridades, dijo que su nombre era Karel Fabian y que había escrito la primera novela socialista checa. Se titulaba El fugitivo y contaba la historia de un checo que huía de su país, llegaba arrastrándose a Occidente, iba de campo en campo de deportados hasta convencerse de la magnitud de su error y, mareado por el hambre y la sed, con sus últimas fuerzas, lograba volver a Checoslovaquia. Nadie sabía de dónde venía Fabian, pero el comandante Pokorny de la policía secreta dio el visto bueno para su publicación, porque coincidía con el primer aniversario del comunismo en el poder.

Así comenzó la larga y opaca carrera literaria de El Hombre Que Reía Sin Separar Los Labios. Como Kirchberger, Karel Fabian se dedicó a lo único que sabía y quería hacer: novelitas baratas. Sólo que ahora eran socialistas. “Nuestras plantas metalúrgicas son las entrañas del país. La electricidad es su sangre. El ladrillo es nuestro pan.” Sobrevivió a la caída en desgracia de Pokorny (que lo había tomado bajo su ala para que escribiera una novela sobre su vida). Aceptó sin queja ir a trabajar a una fundición de metal y luego a una fábrica de tractores. Cuando las aguas estaban revueltas, escribía igual sus novelitas, pero para el cajón. En cuanto aclaraba el panorama volvía a publicar. Nunca tuvo grandes tiradas, nunca recibió un Premio Stalin ni una dacha de verano. Ni siquiera tenía carnet del partido: en los archivos consta que recién logró el ingreso durante la Primavera de Praga de 1968, cuando no le decían que no a nadie. Dice la carta: “No espero ventajas, tan sólo balas para defender a mi país en la lucha”. Después de que entraran los tanques soviéticos, y que lograra acomodarse una vez más (haciendo ocasionalmente de informante), Fabian hace decir a un personaje de sus novelitas: “Lo importante es el mástil. La bandera puede ondear de cualquier color”.

Cuando era Kirchberger todavía, durante la guerra, estuvo tres años encerrado en la prisión de Straubing, superó 94 interrogatorios, períodos de aislamiento solitario y de extenuación laboral, durante tres años sobrevivió con una ración de ochenta gramos de pan duro por día, cuando los nazis huyeron los dejaron encerrados de a diez en celdas para uno, él fue el único sobreviviente de la suya, cuando lo encontraron estaba rodeado de cadáveres, tenía las articulaciones de los codos de-sencajadas, una pierna rota y le habían arrancado todos los dientes. Por eso se reía sin separar los labios. Durante los interrogatorios había traicionado a catorce personas, incluyendo a su mujer y sus suegros de entonces. Cuando salió de Straubing escribió a los familiares de los que había denunciado, pidiéndoles perdón; le dijeron que se fuera de Praga si no quería problemas. Ese fue el momento en que huyó a Occidente. En una de sus novelitas socialistas, un oficial americano en la Guerra de Corea, responsable de una matanza, es encontrado por los aldeanos delirando de fiebre. Como está enfermo no pueden negarle ayuda, pero lo tienen en una choza apartada, le dejan la comida en la puerta, nadie le habla ni lo toca y después de cada comida destrozan el cuenco y la cuchara que usa.

Karel Fabian murió, pacíficamente jubilado, en un departamentito proletario en Praga, en 1983. Antes quemó todos sus cuadernos y papeles, salvo una carta que le había enviado desde Alemania, luego de emigrar, una hija suya: “Me exigiste siempre obediencia absoluta, pero nunca me explicaste por qué ser tan obediente”. Ni esa hija ni las demás personas que conocían a Karel Fabian sabían que había sido Edvard Kirchberger, que hizo todo lo que hizo por obediencia al único imperativo que rigió su vida: seguir escribiendo sus novelitas, sabiendo que después de cada comida serían destruidos el cuenco y la cuchara que habían pasado por sus manos. Nunca aspiró a la gloria, ni siquiera aspiró a que alguien contara su historia. Pero eso fue lo que pasó. El libro se llama Gottland, lo escribió el polaco Mariusz Szczygiel y tiene un epígrafe que sospecho que a Karel Fabian no le hubiera disgustado: “No sé quién le lava la ropa a Dios / sólo sé que el agua sucia nos la bebemos nosotros”.

Illia y Lanata: la apología de la democracia proscriptiva


En la ultima emisión de Periodismo para todos de Jorge Lanata, la editorial estuvo dedicada a reivindicar la figura de Arturo Illia tomando como argumento central su honestidad. Ciertamente nadie pone en cuestión que don Arturo era un hombre honrado que no robaba, pero ¿para quien y como gobernaba el fallecido ex presidente radical?.

Illia llego al poder en 1963 mediante una elección tutelada por los militares -que habían volteado a Frondizi en 1961 y puesto en el poder a José María Guido como un presidente titere- como candidato de la UCR del Pueblo. En dicha elección cosecho el 25% d los votos ya que el peronismo, partido al que adhería la mayoría de la clase obrera, se encontraba proscripto y con su líder en el exilio. Es decir que el “demócrata” Illia era el presidente de una democracia burguesa que había proscripto a los trabajadores de la vida política. Illia fue un representante del llamado régimen libertador que se habia impuesto tras el derrocamiento de Perón en 1955 en connivencia con los militares, la oposición burguesa al peronismo -más los partidos comunista y socialista- y la gran burguesía. Es decir el gobierno radical era un gobierno cuya legitimidad democrática estaba puesta en cuestión por basarse en la proscripción y el tutelaje militar.

Ciertamente Illia pretendio llevar adelante un tibio programa nacionalista y enfrento a diferentes corporaciones que terminaron auspiciando el golpe militar. Illia sufrió la vergüenza de ser expulsado de la Casa Rosada por un escuadrón de policía sin más defensa que la de algunos jóvenes radicales -dicen que entre ellos se encontraba Benito Urteaga a posteriori dirigente del PRT-ERP-. El radical estaba imposibilitado de recurrir a la clase obrera en su defensa ya que la había mantenido proscrita sin otorgarle concesiones sociales o democráticas y sus lideres sindicales jugaban a favor del golpe de Ongania.

La reivindicacxión de Illia por Lanata, más allá de la apología de la honestidad, es una muestra de que el clarinismo republicano de Lanata toma sus iconos de una idea de democracia burguesa solo para las elites, para la clase media ilustrada y no tanto, para el hacer caprichoso y sin controles del gran capital y sus corporaciones. El devenir del progresismo blanco que hizo de la lucha contra la corrupción su razón de ser se cristalizo en los noventa en la Alianza, como gestores del neoliberalismo y del pago puntilloso de la deuda externa al FMI.

Illia fue un hijo legitimo de la revolución fusiladora y los asesinatos de militantes peronistas en los basurales de José León Suarez y de la derrota de la resistencia obrera y peronista. Fue lo más democrático de una democracia burguesa oligárquica y en este sentido un enemigo de la clase trabajadora que luchaba por sus derechos políticos y democráticos elementales.

Mansilla en una línea (Juan Forn)


Es famosa la frase de Napoleón a sus tropas cuando llegaron hasta las Pirámides de Egipto: “Desde esas cimas cuarenta siglos os contemplan”. Menos famosa es la pregunta de uno de los integrantes de esa tropa: “¿Dónde están esos cuarenta siglos, que yo no los veo?”. Y la respuesta que recibió de uno de sus superiores: “Imbécil, el general puede verlos con su catalejo”. Lucio V. Mansilla no necesitaba catalejo para ver lo que veía cuando viajaba, fuese por Egipto, Rusia, la India, el Paraguay o las tolderías de los indios ranqueles. Recorrió cuatro de las cinco partes del mundo, cruzó catorce veces la línea equinoccial, conoció más de dos mil ciudades (“dándome hasta el placer, en un mercado de carne humana, de comprar una mujer para decirle después eres libre, puedes hacer de tu cuerpo lo que quieras”), viajó en buque de vela, en vapor, en ferrocarril, en carreta, a caballo, a pie, en palanquín, en elefante, en camello, en globo, en burro y en silla de manos.

Se creía un príncipe porque era hijo de la beldad más famosa de su época y del héroe de la Vuelta de Obligado, porque tenía coraje y belleza y plata, pero lo más lindo que tenía no lo había heredado de nadie: me refiero a esa doble empatía que lo caracterizó siempre, con los lugares y gente que conocía y con el lector cuando lo contaba después. Emborrachándose al fuego ranquel con el cacique Mariano Rozas o hablando con Emile Zola en su departamento en París, embarrado hasta los ojos y mojado hasta los huesos en la selva paraguaya o haciendo su paseo mental por la calle Florida en la cubierta de un paquebote en medio del mar (“Ayer hice 82 idas y venidas por cubierta, desde la puerta del Club El Progreso hasta la calle Paraguay”), Mansilla está siempre a sus anchas en el mundo, a todos trata como a un par, y lo mismo hace con quienes lo leen. “Lector amigo, ya conoces mi manía y mi defecto: no soy impersonal cuando escribo. Es una debilidad de mi carácter comunicativo”, dijo famosamente. Lo que le gustaba a Mansilla era conversar, conversar por escrito. El formato perfecto para conversar por escrito es la carta, y así escribió Mansilla toda su obra: en distintos formatos de cartas, que salían publicadas en los diarios, dedicadas a amigos, y a veces reunía más tarde en libro, como fue el caso de Ranqueles, que originalmente fueron cartas a Santiago Arcos.

Cuando Mansilla no estaba en Buenos Aires (“la ciudad de mi alma”), la extrañaba locamente, pero huía no más llegar (Groussac escribió de él: “Llegado ayer, vuelve a marcharse mañana el excursionista del planeta”). El mito que él mismo construyó dice que dilapidó su fortuna viajando: “Compré placeres, me gasté toda la plata, pero eso sí, como expliqué a mi buen padre, la gasté como un caballero, malgasté bien”. Sin embargo, hoy se sabe que heredó ruinas, como él mismo le escribió en una carta a Roca, antes de pelearse con él (como se peleó con Sarmiento, con Mármol y otros diecisiete con los que se batió a duelo a lo largo de su vida). Su padre dejó sólo deudas cuando murió, Mansilla debió hacerse cargo de ellas, además de mantener a su madre y a su esposa, y se sabe que empezó a escribir para los diarios porque tenía embargado su sueldo militar por desacato. Ese es el Mansilla que, a nueve años de su “calaverada militar” (como llamaba a su excursión a los ranqueles), aburrido y castigado en La Rioja, se topa con lo que cree que será la aventura suprema de su vida: encontrar oro, internarse en la selva paraguaya y volver con oro.

Un amigo suyo llamado Mayer lo fue a buscar hasta La Rioja para proponerle la aventura: tenía los planos, tenía las tierras adjudicadas, Mansilla armó una sociedad con él, convocó a accionistas en Buenos Aires y anunció en los diarios que iría él mismo al Paraguay a encontrar el oro, además de ir contando desde allá la aventura, para El Nacional. Cinco meses tuvo en vilo a los lectores, defendiéndose desde la selva de las burlas y las sospechas de estafa, entre nubes de mosquitos y lluvias torrenciales, y cuando volvió trajo un oro tan ínfimo que era invisible no sólo a la vista sino al microscopio. No era negocio, dijeron los peritos. Mansilla creía tener entre manos otro Ranqueles hasta que el asunto se volvió cuestión de honor y tuvo que usar la pluma como pala y como espada. “En los días que corren para la empresa, la literatura es condimento que puede indigestar”, atajó a sus lectores. Por defenderse de las acusaciones, por tratar de convencer, malcontó sus aventuras: nunca antes le había pasado, nunca le volvería a pasar. Da pena leer esos informes geológicos que manda al diario desde la selva, en lugar de contar que el gobierno paraguayo le puso gente a seguirlo, creyendo que la supuesta mina de oro era una fachada y que, en realidad, Mansilla estaba asociado con madame Lynch para encontrar el famoso tesoro enterrado por el amante de ella, Francisco Solano Lóp

El 8% más rico del mundo gana la mitad de todo el ingreso planetario


Alternet
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

 

El economista jefe del Banco Mundial, Branko Milanovic, informará pronto en la revista Global Policy del primer cálculo sobre la desigualdad global de los ingresos y ha establecido que el 8% gana el 50% de todos los ingresos del planeta. Señala: “La desigualdad global es mucho mayor que la desigualdad dentro de algún país en particular”, debido a que la aguda desigualdad entre países se suma a la desigualdad dentro de cada uno de ellos, y porque la mayoría de la gente vive en los países extremadamente pobres, sobre todo las naciones dentro de 4.800 kilómetros del Ecuador, donde ya hace demasiado calor, incluso sin el calentamiento global que según los científicos calentará el mundo mucho más en el futuro.
Por ejemplo, la lista del Banco Mundial del “PIB per cápita (en dólares actuales)” muestra que en 2011 la cifra de ingresos anuales varió de 231 dólares en la República Democrática del Congo en el Ecuador, a 171.465 dólares en Mónaco, Europa. En el segundo país más pobre y el segundo más rico respectivamente fueron 271 dólares en Burundi, en el Ecuador, y 114.232 dólares en Luxemburgo, Europa. En comparación, en EE.UU. fue 48.112 dólares y China 5.445. Estos pocos ejemplos indican la amplitud de la variación del ingreso per cápita entre las naciones y que más calor significa más pobreza.
La desigualdad de la riqueza es siempre mucho más elevada que la desigualdad de los ingresos, y por ello un cálculo razonable de la riqueza personal en todo el mundo se encontraría probablemente en el orden de que el 1% más rico de la gente posee la mitad de todos los activos personales. Esos individuos podrían considerarse la actual aristocracia, en la medida en que su poder económico es igual al de todo el 99% restante de la población del mundo.
Milanovic dice: “Dentro del 1% global, encontramos al 12% más rico de los estadounidenses… y entre el 3% y 6% de los británicos, japoneses, alemanes y franceses más ricos. Es un ‘club’ que todavía está compuesto en su abrumadora mayoría por los ‘antiguos ricos’ que pasan a sus hijos (libres de impuestos en los numerosos países que no tienen impuestos sobre las herencias) las fortunas que han acumulado, y quienes les ayudan a iniciar sus propios negocios – frecuentemente después de haberlos enviado a las más prestigiosas universidades (muchas en EE.UU.), donde esos hijos se encuentran y hacen amigos con otros con la misma situación que ellos”.
Por ejemplo, el 22 de abril de 2004, el New York Times tituló “Mientras los ricos llenan las principales universidades, aumentan las preocupaciones por la ecuanimidad”, e informó de que un 55% de los estudiantes de primer año de las 250 universidades más selectivas de la nación provienen de padres en el máximo 25% del ingreso de esta nación. Solo un 12% de los estudiantes tienen padres en el 25% menor del ingreso. Incluso en una universidad pública de elite estatal, la Universidad de Michigan, “más estudiantes de primer año de este año… tienen padres que ganan por lo menos 200.000 dólares al año [el 2% máximo de entonces] que los que tienen menos que el promedio nacional de unos 53.000 dólares [el 55% inferior de EE.UU.].”
La mayor parte de la redistribución que favorece a más que el máximo 1% ocurrió en los países “en desarrollo”, como China. Sin embargo, una mayor proporción de la población del mundo vive en naciones de América Central y del Sur, África, etc., donde las actuales familias dirigentes tienden a ser en su abrumadora mayoría las mismas que en la generación anterior. Éstas, también, cercanas al Ecuador, son miembros del “club”, pero su cantidad es inferior.
Milanovic establece que globalmente, “El máximo 1% ha visto que su ingreso real aumentó en más de un 60% durante esas dos décadas [1988-2008]”, mientras “el 5% más pobre” ha recibido ingresos que “siguieron siendo los mismos”, los desesperadamente pobres simplemente siguen siendo desesperadamente pobres. Tal vez haga demasiado calor donde viven.
Este estudio, en Global Policy, que se titulará “Desigualdad de Ingresos en cifras: en la historia y ahora”, informa de que los desarrollos económicos de los últimos veinte años han llevado a que “el máximo 1% aventaje a los demás ricos y reafirme de hecho –y aún más en la percepción pública– su papel preponderante como ganador en la globalización”.
Se puede ver  una versión preliminar de los resultados de Milanovic, presentados por él en una conferencia económica [ ]. Y un sorprendente resumen en vídeo de la investigación de Milanovic se puede ver en [ ].
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