El retorno del sujeto peligroso (por Ruth Werner y Facundo Aguirre)


En tan sólo ocho meses ha cambiado por completo el escenario de la lucha de clases en Sudamérica, destacándose la intervención de la clase obrera como uno de los ejes del proceso social. Veamos:

Argentina. 20 de noviembre de 2012. El llamado al paro general de parte de la CGT de Hugo Moyano, que fue la pieza central de la gobernabilidad de los años kirchneristas después de la rebelión de diciembre de 2001, es aprovechado por la clase obrera para paralizar el país. Comienza un proceso en la conciencia de sectores de los trabajadores que expresan así su oposición al gobierno y que hoy tiene su expresión en cientos de conflictos en todo el país. El 20N mostró que las organizaciones clasistas conquistadas por la izquierda en la etapa anterior pudieron jugar un papel protagónico en los piquetes cortando calles y rutas que colaboraron a que sectores de los trabajadores no enrolados en la CGT Moyano no fueran a trabajar y pudiera expresarse el descontento generalizado. Sin embargo, la política de la burocracia moyanista no era otra que jugar a la lucha un rato para rápidamente, abandonar la calle y subordinarse a la oposición peronista de derecha al gobierno, de cara a la campaña electoral. Lo dinámico ahora es la crisis política. El kirchnerismo se enfrenta al desafío de un sector del aparato territorial del peronismo bonaerense y de una alianza entre los restos del duhaldismo con la burocracia sindical. En la división del peronismo y de su burocracia se proyecta la perspectiva de una crisis nacional, a condición de que la clase obrera intervenga como un factor político con sus demandas y métodos. El fenómeno de luchas obreras crecientes señalan la posibilidad de que se desarrolle una recomposición de las organizaciones de base del movimiento obrero que por el desprestigio de las viejas dirigencias sindicales para representar los intereses del conjunto de los trabajadores ponga al orden del día la autoorganización y el agrupamiento del activismo sobre líneas clasistas y anti burocráticas donde la izquierda revolucionaria tiene que actuar decididamente.

Bolivia. Mayo de 2013. Los trabajadores de Bolivia, con los mineros, maestros, trabajadores de salud y fabriles a la vanguardia, inician un proceso de lucha que tiene su pico en los 15 días de huelga general con bloqueos de caminos: una gran acción obrera independiente que enfrenta la ley de Pensiones del gobierno de Evo Morales. La clase obrera se ha recuperado totalmente de la dura derrota recibida durante el ciclo neoliberal. Esta vez la lucha de clases une a miles y miles de trabajadores en las calles. Como decimos en este artículo “Durante los 15 días de lucha, cientos de miles de trabajadores ocuparon entre 35 y 40 puntos de bloqueo en rutas nacionales, movilizaciones masivas en todos y en cada uno de los departamentos, huelgas en magisterio, salud, y algunas empresas mineras como fabriles muestran que el sujeto social al que se dio por muerto, por acabado, está mostrando que está vivo y que empieza a recuperar una capacidad de lucha que no se veía en estas dos décadas”. El proceso desenmascara al gobierno de Evo Morales que debió recurrir a la movilización de la burocracia campesina e indígena para hacerle frente al poder en las calles de los trabajadores, se prohíbe el derecho de huelga y se detienen a cientos de trabajadores y lanzan una campaña de calumnias contra la izquierda trotskista acusándola de conspirar para un golpe de Estado. La denuncia al trotskismo esconde un ataque más general a una tendencia subjetiva de gran importancia para uno de los proletariados más combativos y revolucionarios de Nuestra América, el de la formación de un Partido de los Trabajadores basado en los sindicatos mineros, que, a pesar de la dura lucha política en su interior contra las tendencias al reformismo y la conciliación de parte de las direcciones sindicales, expresa un avance en la constitución de la clase obrera boliviana como eje de una oposición de clase y por izquierda al gobierno de Evo Morales.

Brasil: 11 de julio de 2013. Se cumple el paro llamado por la CUT y otras organizaciones gremiales. Los millones de jóvenes, estudiantes y sectores de las clases medias que se movilizaron contra la deficiencia del transporte, la corrupción gubernamental en un Brasil de violentas desigualdades sociales, abrieron el camino a la irrupción de un sujeto mucho más peligroso. La clave de la jornada son los trabajadores, la base social por excelencia del gobierno del PT. Metalúrgicos, petroleros, portuarios bancarios, trabajadores de los comercios. Pese a la política de la dirección petista de la CUT que se juega a evitar una lucha contundente, las movilizaciones, en muchas oportunidades, se dieron más allá de las directivas de la burocracia sindical. Como los obreros de la General Motors, que improvisan barricadas bloqueando las autopistas; o los miles que fueron a las calles en distintas ciudades del país.

Chile: 11 de julio de 2013. Se produce la movilización de trabajadores más grande desde la caída de la dictadura pinochetista. La CUT (Central Unitaria de Trabajadores), alineada por el PC, trató de controlar burocráticamente impidiendo que se sumen los trabajadores privados al paro nacional. Pero la jornada se transforma en una gran acción obrera combativa a la que se suma el movimiento estudiantil. 150 mil personas salen a manifestar. Es un hecho también el surgimiento de vanguardia obrera que es la destacada protagonista de las barricadas que se extienden por varias comunas, y en varias oportunidades enfrentan a los carabineros. Todos apuntan contra el modelo económico, que ha comenzado a hacer agua, contra el sistema de salud, educacional y el sistema previsional chileno. Como dicen nuestros compañeros del PTR de Chile “La unidad obrero estudiantil sigue avanzando en las calles, con el paro y movilización del 26 de junio y el Paro Nacional con movilización del 11 de julio. La lucha de clases continua su tendencia a intensificarse. Toda la herencia de la dictadura, conservada y profundizada por la Concertación y la derecha, cruje”. Es un hecho también el surgimiento de vanguardia obrera que es la destacada protagonista de las barricadas que se extienden por varias comunas, y en varias oportunidades enfrentan a los carabineros.

A modo de conclusión: los acontecimientos recientes en Brasil anuncian que ha comenzado a moverse un gigante dormido: el proletariado brasilero. Pero su irrupción no constituye un rayo en cielo sereno. Se inscribe dentro de la respuesta que sectores de masas están dando frente a los embates de la crisis capitalista mundial. Son la expresión en el subcontinente de las enormes movilizaciones que vimos en Turquía o Egipto (donde el proceso es más agudo), es parte de la emergencia juvenil que crece en varios países, donde también los trabajadores comienzan a intervenir. Sin embargo, el fenómeno que compromete al Sur de América Latina tiene algo distintivo: la clase obrera, en tan sólo ocho meses, se ha posicionado como uno de los destacamentos fundamentales de la lucha de clases. El resurgir de la clase obrera ha dado nueva fuerza a los sindicatos como factor político. Debilitados en la fase neoliberal por la desocupación y la división profunda de las filas obreras -de las cuales son co-responsables los burócratas sindicales- y vigorizados relativamente por la recomposición objetiva de la fuerzas obreras en el proceso de producción, van al frente pero con direcciones burocráticas y reformistas corrompidas y en muchos casos deslegitimadas ante sus bases.
En Brasil, Argentina y Bolivia, los trabajadores, con mayor o menor percepción política, comienzan a enfrentar a gobiernos posneoliberales progresistas que cumplen su ciclo y que tuvieron por función contener la oleada de rebeliones sociales de principios de siglo XXI. Un cambio en la subjetividad de grandes franjas de los trabajadores que abre posibilidades para el fortalecimiento de las organizaciones de base de los trabajadores, de las tendencias a la autoorganización, a la unidad obrera y popular y la independencia política de clase. En cambio en Chile la clase obrera pelea contra el gobierno del derechista Piñeyra y a un régimen heredado del pinochetismo que pese a los intentos de autorreforma permanece en el anacronismo. Pero quizás la experiencia que comienzan a hacer sus hermanos de clase cruzando las fronteras permita a franjas del proletariado chileno no caer en la trampa del progresismo.
Cabe señalar que este nuevo movimiento obrero sudamericano entra en acción cuando la crisis capitalista internacional no afecta aún de frente a las economías regionales y su agenda de demandas tiene más que ver con la defensa de posiciones sociales recientemente conquistadas o derechos postergados más que con un ataque directo de los capitalistas a sus condiciones de vida, desmintiendo la visión vulgar que sólo asocia el resurgimiento de los trabajadores a la catástrofe económica.
El proletariado sudamericano vuelve a ponerse en movimiento contestando con la lucha de clases a las teorías posmodernas que liquidaron el carácter revolucionario de la clase obrera como sujeto emancipador. Hoy vuelve al escenario -aunque ciertamente con enormes contradicciones- pero no como una estrella fugaz que se pierde en el horizonte: es una potencia que comienza a afirmar su presencia para quedarse. En los ‘90 en el auge del neoliberalismo se dio por terminado el papel subversivo de la clase obrera junto al fin de las ideologías. Sobre finales del siglo XX la “multitud” reemplazaba a la clase obrera como sujeto emancipador según rezaban las teorías autonomistas que poco tardaron en sucumbir al “encanto” de los gobiernos progresistas del Cono Sur, erigiendo a la alianza entre los movimientos sociales y los estados burgueses semicoloniales como sujeto de cambio. Hoy se escriben páginas y páginas sobre Brasil y la emergencia de las clases medias señalando el espíritu de los “indignados” donde pareciera retornar la “multitud” sin percatarse del fenómeno profundo de la lucha de clases proletaria. Es una visión tranquilizadora que hace propio el sentido común de la burguesía. Reconocerlo no significa negar la importancia de las movilizaciones sociales de las clases medias y la juventud ante la crisis de los gobiernos pos neoliberales. Sino entender que esa clase media que en Brasil salió a la calle a cuestionar por izquierda al gobierno del PT ha permitido que el sujeto peligroso de sus primeros pasos. Recordemos que el revolucionario argentino Liborio Justo supo señalar que de la unidad del proletariado del Brasil y la Argentina se podían entrever las fuerzas impulsoras de la revolución social en el Cono Sur de Nuestra América.
Asistimos entonces a los primeros pasos de un gigante, no exento de contradicciones, desvíos y retrocesos. Para los revolucionarios el surgimiento de la clase obrera plantea la posibilidad de que tomen cuerpo vanguardias militantes que sienten las bases para construir partidos revolucionarios insertos en la clase obrera. La izquierda marxista tiene que trabajar en la perspectiva de unir a la clase trabajadora, de recuperar los sindicatos como herramientas de combate mediante la expulsión de la burocracia de los sindicatos y de la autoorganización obrera y popular, elaborando un programa que una a todos los oprimidos, las clases medias y campesinos pobres contra su enemigo común, el capitalismo, su Estado y sus agentes políticos. Del resurgimiento independiente de la clase obrera dependerá la reconstrucción de un marxismo revolucionario que guíe la lucha de clases por venir.

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