Malestar en la familia (P12)


 Por Rodolfo Moguillansky y Silvia Nussbaum *

La familia moderna es una producción social del siglo XX. Este nuevo modo de vincularse, imaginado por el romanticismo, sólo alcanzó una generalizada realización social después de 1920. Dejó de ser hegemónico el matrimonio concertado y emergió esta idea innovadora que, en Occidente, atravesó todas las clases sociales: los lazos matrimoniales debían estar asentados en un sentimiento recíproco, en una decisión de quienes así se unirían. Esta es la médula de la pareja y la familia modernas: son decididas por quienes las instituyen. AnneMarie Sohn (en La más bella historia de amor, de Dominique Simonet, ed. Fondo de Cultura Económica, 2005) lo relata así: “Después de siglos de inhibiciones, frustraciones, represiones aparece entonces esa cosa tan inconfesable, tan ocultada, tan deseada, que surge tímidamente de la penumbra: el placer. La revolución amorosa que se desarrolla de 1860 a 1960 es discreta pero ineludible. ¡Basta de ese recato hipócrita, de esa vergüenza de su propio cuerpo, de esa sexualidad culpable que consolida la infamia de los hombres y la desdicha de las mujeres! ¡Nada de matrimonio sin amor! ¡Nada de amor sin placer!”. Se trata de una pareja y una familia que encuentran su fundamento en la ilusión de un amor recíproco.

La pareja moderna fue provocativamente llamada por Denis de Rougemont “un invento de Occidente” (El amor y Occidente). Y se suponía que en esta “nueva pareja” se articulaba el amor con la sexualidad. Con este invento se modifican las bases en las que se había sustentado la pareja. El matrimonio nunca antes había sido considerado por la sociedad como asunto exclusivo de los contrayentes: siempre había estado ordenado ética y religiosamente en el contexto supraindividual de la comunidad humana y de la familia. Se habían establecido leyes, normas morales que imponían su primacía sobre las necesidades del matrimonio en cuanto tal. La constitución de la pareja que funda la familia moderna, a diferencia de las formas previas, se establece mediante la creación de un tejido imaginario que encuentra su “materialidad” en el enamoramiento, el que debe dar sustento a una compleja trama emocional.

En la posmodernidad, la institución amorosa, que tuvo tanto prestigio en la modernidad, está en crisis. La pérdida de hegemonía de la pareja moderna se dio en un movimiento que se desarrolló especialmente desde la década de 1960 en adelante. Las conformaciones familiares de la posmodernidad se han ido haciendo lugar, incluso han logrado un reconocimiento social y una juridicidad dentro del aparato legal del Estado. Estas formas familiares procuran conservar la aspiración de felicidad dada por la reciprocidad amorosa, buscándola en nuevas formas de relación o en relaciones hasta entonces interdictas por la mentalidad moderna.

Buena parte de las familias actuales son familias ensambladas, recomposiciones de las familias preexistentes en una nueva con “mis hijos, tus hijos y nuestros hijos”. Junto con ellas, otras nuevas conformaciones han logrado un lugar dentro de los enunciados de fundamento de la cultura: uniones de pareja del mismo género, familias homoparentales, familias uniparentales. Simultáneamente los homosexuales han bregado en pos de un orden legal que diera legitimidad jurídica a sus parejas. En la Argentina y otros países, pueden ya acceder al matrimonio civil.

Pero quizá la esencia de la posmodernidad no esté en esas formas, ya que tanto las familias ensambladas como las parejas del mismo sexo reivindican la aspiración moderna de la felicidad dada por la reciprocidad amorosa, y quieren tener el mismo reconocimiento otorgado a la pareja moderna. En cambio, los que eligen vivir solos personifican el desencanto de la pareja unida por el amor que inventó la modernidad; no creen en las grandes pasiones. Este ser misántropo, arquetipo de la posmodernidad, propone acabar con las ilusiones de certeza de la modernidad, siente desencanto respecto de sus promesas y expectativas. Se afilia a un modo de pensar que podríamos caracterizar como el pensamiento de la incerteza, de la duda. Quiere ser eficaz. Su criterio es el de la operatividad y no el juicio sobre lo verdadero y lo justo. El hombre de la posmodernidad no concibe el futuro como un momento separado de su presente, al modo en como lo pensaba el hombre de la modernidad. El futuro es una prolongación del presente, sin solución de continuidad con el mismo. Este individuo posmoderno es incrédulo respecto de los grandes metarrelatos, a los que invalida por sus efectos prácticos. Aprecia, en cambio, un saber que parece dominar la razón social por la vía de la comercialización de sus productos. Todo para él puede ser mercancía, aun las fantasías sexuales.

Aquel idilio

Generalmente, la consulta vincular se relaciona con lo que llamamos “malestar vincular”, al cual subyace la suposición de un origen idílico del vínculo; origen que se supone vivido o al que, en su defecto, no se accedió; aun en la suposición de un mal armado inicial está presente la concepción de que habría un posible buen armado del vínculo, al que ellos no accedieron. Todas estas formulaciones tienen en común la creencia en una suerte de paraíso inicial. Ese estado previo de gracia se asienta en la creencia compartida de que, en algún momento fundacional, sintieron complicidades sincronizadas y expectativas de mutuas reciprocidades, o debieran haberlas sentido. Esto da condiciones de posibilidad para que la pareja se funde. Se crea luego la creencia en la continuidad de un ser del conjunto por fuera de los encuentros, una identidad del conjunto.

En Occidente, desde el siglo XX, esta identidad del conjunto –que toma la forma de vínculos intersubjetivos estables– se cimenta en la experiencia fusional del enamoramiento, amasada con la argamasa del encuentro ilusorio con lo idéntico o lo complementario. Esta identidad del conjunto se fundamenta en que el encuentro amoroso experimentado presupone haber constituido, entre ambos, lo que llamamos “lo Uno”, en tanto se ilusionaron con ser parte de un mismo Uno. Una de las causas de la idealización inicial es que hemos sido criados con la convicción moderna de que la búsqueda de felicidad es un objetivo sensato para nuestras vidas y de que en el amor recíproco encontraremos la felicidad.

La ilusión de tener la misma ilusión genera pertenencia. Las parejas en la modernidad se han formado sobre la premisa –ilusoria, imaginaria– de que es posible consumar el amor en la pareja, de que es posible la reciprocidad en el territorio del amor. Aun hoy en día, las áreas de nuestra experiencia vinculadas con la vida en pareja y la vida familiar son depositarias privilegiadas de esa imaginaria y desatinada convicción. Esta ilusión genera pertenencias y pasiones y lleva a desilusiones. Desilusiona no poder sostener la disparatada ilusión estructurante que los juntó, pero el vínculo genera pertenencia. Se pertenece a un nuevo vínculo y ese lazo hace lugar a una nueva familiaridad.

El sentimiento de pertenencia creado por el nuevo conjunto, que se ha instituido con el enamoramiento produce nuevas identidades; emerge con él un sentimiento, ilusorio, de homogeneidad. Se configura así una nueva subjetividad que habita en una nueva espacialidad, cuyos bordes son establecidos por este nuevo conjunto al que se siente pertenecer. Surge entonces, entre los miembros del vínculo, una expectativa de reciprocidad y un sentimiento de propiedad que no debiera ser cuestionado. Para dar reconocimiento a lo que dictamina la realidad del vínculo y poder mantenerlo, sus miembros deben hacer un permanente trabajo vincular.

¿La búsqueda de felicidad es un objetivo sensato para nuestras vidas? Forma parte de la mentalidad de la modernidad la noción de que, si hay suficiente amor en la familia, habrá felicidad: como resultado, para esa mentalidad, la búsqueda de felicidad es un objetivo sensato para nuestras vidas. Hemos sido criados en la convicción moderna de que la búsqueda de felicidad es un objetivo sensato para nuestras vidas y de que en el amor encontraremos la felicidad. Aunque la experiencia parece no condecir con esa aspiración, nuestro funcionamiento emocional personal y familiar suele tenerla como referencia. La esperanza que el amor de pareja puede ser una perdurable realización de la felicidad tiene una enorme fuerza en la modernidad; y se mantiene, pese a que la experiencia no parece confirmarla. La no confirmación es subestimada, se la contradice, se la ignora, debido a la fuerza que tiene la representación idealizada del estar juntos en un vínculo de pareja. Esta representación tiene un arraigo generalizado entre los hombres y las mujeres, está viva incluso entre los que participan con el papel de escépticos, esta ilusión suele tomar la forma de una creencia religiosa en la modernidad. Se convierte en una cuestión de fe: “Tiene que ser”, “así debiera ser”, como si su realización fuese del orden de lo natural; se cree en el amor, es necesario que exista. La realización de la ilusión idealizada del amor de pareja perdura en los enunciados del fundamento de nuestra cultura y sigue teniendo pregnancia para una parte importante de la sociedad.

“Explicación-reproche”

En el malestar en el vínculo está presupuesto un momento fundador. El malestar no suele ser concebido como propio del vínculo, como algo inherente a él, y es juzgado como ectópico, como una malformación que se ha agregado a la vida de la familia, algo que no condice con la convicción que suele regir en el imaginario familiar, que enuncia que, si el vínculo funciona bien, debiera reinar la armonía y no debieran sufrir conflictos.

Esto que describimos respecto del imaginario familiar también es aplicable a todo imaginario social. Sigmund Freud, en Malestar en la cultura, nos advierte que la humanidad aspira a “la felicidad”. La felicidad implica un modo de sentir que deriva de habitar un territorio que está a salvo de conflictos y de sorpresas. Describe el malestar que trae que la cultura no recubra, no vaticine, no prevea en su totalidad los efectos de la naturaleza ni de las relaciones entre los hombres. La consecuencia de esta generalizada creencia es obvia: si hay malestar, algo funciona mal: ha habido una mala acción, lo cual suele determinar que, ante el malestar en el vínculo, los miembros del mismo suelen dar una explicación acusatoria para explicar por qué este malestar ocurre. El malestar, entonces, es frecuentemente acompañado por irritación y fuertes enojos que toman la forma de reproches. En los estados de malestar no se suele concebir que todos comparten la preocupación por lo que les ocurre. No suelen pensar en la existencia de un sufrimiento que abarque a todos los miembros del vínculo. Esto lleva a que en esos estados no reine la solidaridad. Más aún, la violencia que suele acompañar a la constelación emocional traída por el malestar tiende a borrar la idea de un nosotros, y suele reinar un sálvese quien pueda. En ocasiones, el malestar en el vínculo está signado por una emocionalidad impregnada por una marcada intransigencia mutua, con una extrema susceptibilidad, al límite de la exasperación.

Esta explicaciónreproche presupone, entonces, un bienestar anterior perdido, un estado previo de gracia, que se apoya en la creencia, compartida entre los integrantes del vínculo, de que, si fueran una buena pareja o una buena familia, debieran sentir complicidades sincronizadas y expectativas de mutuas reciprocidades, como las que se ilusionaron con las fantasías fusionales de complementariedad o gemelaridad que los constituyó como conjunto. En concordancia con esa creencia, se suele concebir al malestar vincular como un fracaso, como la evidencia del daño que han hecho al vínculo que los llevó a perder el Edén. En razón de este supuesto, el malestar vincular, además del sufrimiento propio que conlleva el estar en malos términos con alguien próximo y significativo, se potencia por el dolor de haber fallado.

* Texto extractado de Teoría y clínica vincular. Fundamentos teóricos del abordaje clínico de la pareja y la familia, de reciente aparición (Lugar Editorial).

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