Frenhofer se prende fuego (Juan Forn)


Mientras todos sus colegas impresionistas triunfan en París, Paul Cézanne se refugia en Aix, es el viejo loco al que apedrean de lejos los niños del pueblo. Un día recibe en su casa a un aspirante a coleccionista llamado Vollard. El visitante le comenta que acababa de leer un cuento perdido de Balzac entre la montaña de novelas que escribió el autor de La Comedia Humana. El cuento se llama “La obra maestra desconocida”, dice el joven Vollard. Y se apresta a contar de qué trata cuando el viejo pintor se pone de pie tirando la silla al piso, se señala el pecho con los ojos llenos de lágrimas, murmura “Frenhofer soy yo” y abandona la habitación.

“La obra maestra desconocida” es un cuento de pintores. Dos de sus tres personajes eran reales y Balzac los usó con sus propios nombres (Poussin y Porbus), pero inventó un tercero, el tal Frenhofer. La historia es así: el joven Poussin llega a París y va al taller de su admirado Porbus, aunque éste acaba de perder los favores de la corte, desplazado por Rubens. Porbus acepta a Poussin como discípulo cuando entra en el taller un viejo encorvado, que se para frente a un cuadro de Porbus y dice que la figura está muy pegada al lienzo, que no se puede caminar en torno de ella, que falta aire. “No has penetrado lo bastante en la intimidad de la forma. Hay que perseverar hasta que la naturaleza se muestra desnuda, con su verdadero espíritu.” Acto seguido, moja la punta de un pincel en los diferentes colores de la paleta (“cuya gama recorrió como un organista de catedral recorre el teclado”), da dos toques aquí y otro allá, con movimientos impacientes, y retrocede; la pintura se ha llenado de luz. “¿Ves, jovencito? Lo que cuenta es la última pincelada”, le dice al pasar al veinteañero Poussin, y se va sin saludar. Porbus le explica que ese viejo lleva diez años pintando el retrato de una cortesana (La belle noiseuse) en el que se ha propuesto borrar las diferencias entre la pintura y la vida. Poussin y Porbus se pasan el resto del cuento tratando de que Frenhofer les muestre el cuadro. Cuando al fin lo convencen, entran a su atelier ávidos por sumergirse en ese lienzo que borra las diferencias entre pintura y realidad, pero no lo ven hasta que Frenhofer les señala una tela que no es más que “un amasijo de colores prisioneros en un muro de pintura”. No hay nada reconocible en ese caos de pinceladas salvo en un ángulo, abajo, donde asoma “un pie delicioso”, la única parte del cuadro que ha escapado a aquella destrucción por acumulación. Frenhofer cree que el estupor de sus visitantes se debe a la envidia y los echa. Al día siguiente se enteran de que el viejo prendió fuego a su taller con todas las obras adentro y ardió con ellas.

“La obra maestra desconocida” es, en palabras de Dore Ashton, una fábula del arte moderno. Ha circulado de mano en mano y de generación en generación entre los artistas en crisis, desde que Monsieur Vollard la rescató del olvido y la publicó, ilustrada por un gran pintor, como había sido su anhelo desde que la leyó por primera vez. Tardó veinte años porque ése fue el tiempo que le llevó atreverse de nuevo a mostrarle a un pintor material tan inflamable. El elegido fue Picasso, que aceptó lo más pancho, para estupor de Vollard. Rilke leyó el libro recién publicado, cuando estaba en París terminando de corregir sus Elegías de Duino y obsesionado por las 36 Vistas del Monte Fuji de Hokusai, la idea de pintar la misma montaña hasta que cobrara vida, como había hecho Cézanne con el Saint-Victoire, su montañita en Aix. (“El paisaje se piensa en mí, yo soy su conciencia.”) Arnold Schoenberg lo leyó en Viena y se pasó el resto de su vida muriéndose por ponerle música a aquella parábola y temiendo a la vez morir en el intento. (“Si pudiera escribir una pieza musical entera que fuese como cuando uno realiza un corte en un cuerpo humano: no importa la parte, es siempre sangre lo que brota.”) Al otro lado del océano, cuando Willem de Kooning lo leyó, fue directo al taller de Jackson Pollock y le dijo: “Leé acá, la descripción del cuadro. Sos vos. Pero no leas el final. No leas el final, ¿entendiste?”. Picasso ni siquiera leyó el principio; le pidió a su amigo Reverdy que se lo resumiera y le aceptó el encargo a Vollard porque él también sentía a veces “la tentación de llegar a ese lugar donde el arte es derrotado”.

El canon literario dictaminó hace mucho que Balzac fue derrotado por su arte (hasta hay una remera que dice: “Balzac es demasiado largo y la vida es demasiado corta”). Ya en tiempos de Flaubert los Goncourt decían que Balzac era monumentalmente insignificante, hartos del mito sobre su inagotable energía: las quince horas diarias escribiendo, las setenta tazas de café por noche, las ochenta y cinco novelas terminadas, las cincuentipico que dejó por la mitad, los acreedores que lo perseguían, los complot para conseguir dinero, las bravatas (“Mi arte es no abreviar nunca”), las entregas contra reloj que le impedían corregir, tachar, sintetizar, mejorar sus novelas. La única vez en su vida que Balzac se tomó la molestia de reescribir un texto fue “La obra maestra desconocida”, que publicó dos veces, con seis años de diferencia. Lo hizo de la misma manera en que, ciento treinta años después, escribió Rodolfo Walsh su cuento “Esa mujer” (“Lo empecé en 1961 y lo terminé en 1964, pero no tardé tres años, sino dos días: uno de 1961 y uno de 1964”), sólo que para Balzac el intervalo fue de seis años. Cuenta Teophile Gautier que por esas fechas pasó de visita por casa de Balzac. Sabía que su amigo andaba hasta el cuello en deudas y le sorprendió que perdiera el tiempo reescribiendo algo ya publicado, cuando Balzac le tendió para que leyera la versión terminada de “La obra maestra desconocida”. Balzac estaba tan corto de dinero que en las paredes desnudas había pegado hojas de papel donde se leía “gobelino”, “boiserie de palisandro”, “espejo veneciano”, “cuadro de Rafael”.

Gautier creyó que Balzac hablaba de sí mismo cuando dijo: “El hubris de Frenhofer. Lo que sucede al que sobrepasa los límites establecidos de su genio”. Pero a Balzac no le interesaba el autorretrato, como no le interesaba el futuro de la pintura. Lo que le interesaba era deformar una leyenda urbana de los tiempos de Poussin y Rubens: escribió el cuento mirando para atrás, aunque todos lo leyeran mirando para adelante. Cézanne creía que el cuento hablaba de él; Rilke sintió que el cuento le decía que dejara de escribir (cosa que hizo); Schoenberg logró seguir haciendo música, pero padeció hasta el último día la frustración de no haber hecho música con eso; de Pollock sabemos que desoyó famosamente el consejo de De Kooning y leyó hasta el final la historia de Frenhofer, y de Picasso que se limitó a encogerse de hombros y comentar: “Todo pintor sabe que un cuadro es una suma de destrucciones”. Pero fue el propio Balzac el que resumió mejor que nadie su parábola cuando dijo: “Es propio de las buenas fábulas que el autor desconozca todas las riquezas allí contenidas. Unicamente el tiempo las revela”.

Rucci: un Pedraza de aquellos días


El 25 de septiembre era asesinado José Ignacio Rucci a la salida de una casa en Avellaneda 2953. La muerte de Rucci es actualmente adjudicada (a partir del libro del derechista Ceferino Reato) a un comando de Montoneros encabezado por el desaparecido Julio Roqué. En su velatorio Perón se lamento: “Me mataron a un hijo” y ante el periodismo dijo que “estos balazos fueron para mí; me cortaron las patas”.
No era para menos. Con Rucci se iba el dirigente que le había permitido recobrar su control sobre la CGT luego del asesinato del “Lobo” Augusto Timoteo Vandor. Este último había intentado disputarle al viejo caudillo la dirección del peronismo. Rucci era un soldado de Perón que se puso al hombro la tarea de salvar a la burguesía controlando al movimiento obrero insurgente que había parido el Cordobazo en mayo de 1969.

Rucci fue uno de los firmantes del Pacto Social que desde 1973 congelaba precios y salarios y beneficiaba abiertamente a las patronales. Al firmar dicho acuerdo el líder cegetista declaró premonitoriamente “yo sé que con esto estoy firmando mi sentencia de muerte, pero, como la Patria está por encima de los intereses personales, lo firmo igual”. Lo cierto es que el interés de la “patria” para Rucci pasaba por liquidar a la vanguardia militante que disputaba las fábricas a la burocracia y amenazaba la dirección del peronismo oficial. Rucci fue uno de los jefes indiscutidos de la derecha peronista y como tal el responsable de los crímenes de las bandas fascistas paraestatales, principalmente de la Masacre de Ezeiza contra la Juventud Peronista el 20 de junio de 1973. Por todo ello se ganó merecidamente el mote de traidor por parte de los luchadores obreros.

Rucci y la burocracia sindical son los maestros de los Pedraza de nuestros días. Practicaba un discurso reaccionario y macartista como complemento ideológico de su matonaje. Frases como “el sucio trapo rojo”, “infiltrados”, “zurdaje”, son parte del arsenal argumentativo de esta burocracia. Ellos acuñaron el lema “Ni yanquis ni marxistas, peronistas”, contra los Montoneros y la izquierda del movimiento obrero que crecía en las fábricas. Su frase:“Su drama es que el Movimiento Obrero es peronista, y sus dirigentes somos peronistas y para su mayor desgracia el secretario general de la Central Obrera, es peronista” la pueden afirmar desde el duhaldista Gerónimo Venegas de las 62 Organizaciones hasta Hugo Moyano de la CGT. La cita es parte de un famoso debate de Rucci con Agustín Tosco (figura simbólica del sindicalismo de izquierda).

Los Montoneros coreaban en sus movilizaciones la consigna “Rucci, traidor, saludos a Vandor” autoadjudicándose el hecho. Una muestra trágica de la concepción de la izquierda peronista que buscaban disputar con la burocracia sindical mediante el método del atentado guerrillero y la negociación in extremis con Perón y no con la organización de la lucha de clases contra el Pacto Social y la independencia política de los trabajadores.

Hoy como ayer está planteado recuperar los sindicatos y las comisiones internas del control de los Rucci de nuestros días, los burócratas sindicales peronistas como los Pedraza, Moyano, Venegas, Caló, y la construcción de un partido revolucionario de la clase trabajadora para vencer a la burguesía.

 
 

La “colorada” Cristina Kirchner y el Pacto Social


Frente a Hernán Brienza, CFK sostuvo que el Pacto Social en 1973 era “revolucionario” y que en su momento fue equivocadamente rechazado por la juventud peronista.El Pacto Social cuyo arquitecto fue el ministro José Ber Gelbard, firmado por un sector de los empresarios (esencialmente la CGE), la CGT y el gobierno, suspendía las negociaciones paritarias por dos años y establecía el congelamiento precios y salarios. Conllevaba además la prohibición de huelgas. Buscaba establecer un marco burgués y poner un freno a la lucha de clases, a la vez que lograr un aumento de la productividad industrial y la baja de la inflación.

El Pacto Social fue denunciado por la izquierda y el activismo fabril por estar al servicio de los empresarios (los Montoneros lo criticaban en voz baja y lo apoyaban por arriba) y encabezaron la resistencia al mismo en multitud de conflictos y huelgas salvajes. Toda la lucha de clases de 1973 a 1975 se hizo contra el Pacto Social. La burguesía también golpeó contra el Pacto Social porque se había mostrado incapaz de frenar la lucha obrera mientras la crisis capitalista mundial pegaba sobre el país. La Presidenta asimila las críticas contra el Pacto Social con las críticas por derecha al llamado “modelo K” para situarse como defensora de los supuestos intereses comunes de industriales y trabajadores. Busca postularse frente a la burguesía -que se paso mayoritariamente a la oposición- como la única capaz de estructurar un acuerdo que garantice la gobernabilidad y una transición ordenada luego de octubre (donde probablemente saldrá derrotada).

CFK recordó en la entrevista su voto a la fórmula Perón-Perón con la boleta del FIP. El FIP era impulsado por el “colorado” Jorge Abelardo Ramos, quien en los ’40 rompió con el trotskismo, señalando a Perón como el líder de una revolución nacional burguesa a la cual el proletariado debía servir con absoluta lealtad (el gran historiador trotskista Milcíades Peña lo llamaba “la prostituta roja de Apold”, por el archirreaccionario secretario de prensa de Perón). En el ’73 el FIP bajo el lema” votar a Perón por izquierda” capitalizó el descontento de la juventud peronista con el giro a la derecha tras la caída de Cámpora, expresando su rechazo al gobierno sin romper con Perón. Mientras Ramos apoyaba sin fisuras a Perón e Isabel contra la misma JP (terminando sus días sin pena ni gloria como embajador menemista en México). Algunos de sus otroras seguidores fueron el actual Secretario de Cultura Jorge Coscia y Ernesto Laclau son fervientes defensores del kirchnerismo.

CFK quiere frenar la sangría que sufre por izquierda cuando la política oficial va hacia la derecha. Si votar a Perón por izquierda terminó encumbrando a Isabel, López Rega y las Tres A, votar al kirchnerismo por izquierda –como pide CFK apoyando colectoras como las de Pablo Ferreyra en Capital- es darle el apoyo a Scioli, Granados, Curto y a todos los cultores de la mano dura contra el pueblo pobre.

CFK y el kirchnerismo: pequeños bonapartes


En la entrevista que Hernán Brienza le realiza a CFK se pueden rescatar una concepción de su movimiento político. Preguntada precisamente sobre el significado del kirchnerismo la Presidenta lo definió como “un fenómeno que tiene que ver con la aparición de una Argentina totalmente dada vuelta que abreva en el peronismo” y lo asocio a la siguiente formulación: “Uno es instrumento de la Historia. No la puedo manejar. La Historia me maneja a mí. Néstor decía lo mismo. La Historia misma va produciendo esos instrumentos para cumplir determinado rol”.

La primer definición sobre el kirchnerismo rescata para sí misma la “épica” del peronismo originario que los exponentes teóricos de la izquierda peronista y de la autotitulada “izquierda nacional” consideraban una política disruptiva del status quo o el fenómeno maldito del país burgués que se hacía intragable para el régimen oligárquico porque marcaba la conquista de derechos de la clase trabajadora y la emergencia de un movimiento nacional. Esta versión mitificada de la historia intenta expropiar a la clase obrera el sentido de sus acciones y la dimensión de sus fuerzas. El peronismo originario fue lo que fue porque el 17 de octubre de 1945 la clase obrera ocupo la ciudad de Buenos Aires protagonizando una gigantesca huelga general que obligo  un giro en las elites políticas de la burguesía argentina. El peronismo supo reconducir a los sindicatos y a la clase obrera de la oposición al capital a la subordinación al Estado burgués y de ideología de la lucha de clases a la de la armonía entre las clases. El “país dado vuelta” había encontrado en el peronismo una salvación para mantener el orden burgués vigente mediante la subordinación política de la clase obrera a un liderazgo burgués y la corrupción de las dirigencias sindicales. El peronismo siempre fue la gran fuerza que evito nuevos 17 de octubres.

El peronismo de la resistencia cumplió un papel similar impidiendo siempre que la lucha de clases del proletariado pudiera asestar golpes mortales a sus enemigos de clase colocando el interés de sus luchas al servicio de la política de Perón. Mientras que el peronismo en los setenta, frente a un ascenso generalizado de la clase obrera jugo un papel contrarrevolucionario abierto con las bandas de la derecha peronista y sindical y con la mezcla de seguidismo y guerrillerismo de Montoneros que evitaban una radicalización mayor de la lucha de clases y la vanguardia obrera y popular. La Presidenta dijo que el Pacto Social del73 era revolucionario. Pero toda la lucha de clases de 1973 a 1975 se hizo contra el Pacto Social que era denunciado por la izquierda y los luchadores de entonces como un instrumento de disciplina fabril al servicio de los capitalistas (mientras los Montoneros lo criticaban en voz baja y lo apoyaban por arriba).

La definición de CFK entonces retoma este tópico, el peronismo es el reordenador de la política argentina luego de la crisis del 2001 porque es quien pudo contener las amenazas subalternas contra el país burgués y resignificar las demandas sociales en una fórmula que mantiene el mando político de los capitalistas sobre el movimiento obrero y popular. Los kirchneristas no deberían olvidar que el peronismo originario y la resistencia se basó en la clase obrera organizada por arriba y por abajo, mientras el kirchnerismo solo abrevo en ampliar el espectro político hacia el centroizquierda y en la cooptación de movimientos sociales y democráticos extendidos algunos pero sin la fuerza y el poder social del proletariado, ya que en ese vértice el kirchnerismo fue un respetuoso defensor del poder de las burocracias sindicales que hoy le juegan mayoritariamente en contra.

CFK asocia al kirchnerismo y su propio papel y el de Néstor como el de instrumentos de los que se sirve la historia. Así la historia no tiene sujetos colectivos que libremente la van haciendo sino que la historia se encarna figuras y movimientos que cobran independencia y expresan en sí mismo el interés de las grandes masas. En la historia hemos visto siempre que cuando los “sans culottes” retroceden, su lugar es ocupado por los pequeños bonapartes que se apropian de su obra y en lugar de expresar “la razón a caballo” como se entusiasmaba Hegel ante Napoleón el Grande, elevan su misión al rango de impedir que la clase obrera sea quien encabece la lucha de la Nación oprimida. Estos pequeños bonapartes se erigen en conducción política del Estado burgués, declarandolo a partir de ese momento, con nuevos pergaminos y en nombre de causas nacionales único representante del interés general por el cual los explotados tienen que aceptar la regimentación de sus organizaciones y el no disputar el poder de su enemigo de clase.

La crisis del kirchnerismo abre condiciones para el avance de una izquierda revolucionaria que organice la lucha de clases bajo la idea de conquistar la independencia política de los trabajadores y la revolución socialista.

El día que se juntaron Pinochet y Perón


 

Una leyenda de la izquierda peronista dice que, según Taiana padre, Ministro del General y padre del actual candidato a legislador K, Perón lloró el día que derrocaron a Salvador Allende porque el cambio dramático de la escena política del Cono Sur hacia derrumbar todos sus planes de negociación con el imperialismo. Sea verídica o no, la anécdota muestra un rasgo característico de la izquierda peronista que es el de cubrir o justificar a Perón en sus actos. Algo que repite el kirchnerismo –que se dice heredero de la “jotapé”- cuando se trata de justificar cualquier alianza reaccionaria de su gobierno. Lo cierto es que en mayo de 1974 en la Base Aérea de Morón, el presidente Perón se reunió con el dictador chileno dando su apoyo así a la dictadura proyanqui y genocida que había aplastado a sangre y fuego el proceso revolucionario que obreros y campesinos protagonizaban en Chile. Más tarde, en 1975, el dictador recibirá del gobierno peronista de Isabel la condecoración de la Gran Cruz de la Orden de Mayo al Mérito Militar (el único “merito” militar que tiene Pinochet y las FFAA chilenas es el de haber asesinado a su propio pueblo). En nuestro país bajo el auspicio de Perón y la batuta de su Ministro de Bienestar Social, José López Rega, actuaban impunemente las Tres A como brazo paramilitar de la represión contra la extendida vanguardia obrera y popular que existía en la Argentina pos Cordobazo.

El fallecido Eduardo Luis Duhalde sostuvo que el encuentro de Pinochet y Perón, lejos de ser protocolar, fue uno de los antecedentes que puso en marcha el Plan Cóndor, mediante el cual los regímenes del Cono Sur coordinaban sus acciones en la represión a los movimientos obreros y populares. Como antecedente del Plan Cóndor, el 30 de septiembre de 1974, es asesinado el ex jefe del ejército bajo el gobierno de la Unidad Popular, el General Carlos Prats, exiliado en Argentina luego del golpe pinochetista junto a su mujer, por una bomba colocada en su auto por agentes de la DINA chilena y que contó con colaboración de la CIA, la Triple A y las fuerzas represivas de nuestro país.

Como corolario, queda destacar la contratapa de Página/12 (8/9) de José Pablo Feinmann donde olvida el papel de Perón en la legitimación de Pinochet y carga las tintas del golpismo sobre la errada política guerrillerista del MIR y su denuncia de Allende como “un burgués conciliador”. Pero fue precisamente por ese carácter conciliador que Allende se opuso a la autoorganización y al armamento obrero y popular para enfrentar las intentonas fascistas, entronando a Pinochet en su Gabinete con la ilusión de frenar así el golpe.

Lamentable conclusión de los intelectuales K que añoran a la vieja “jotapé” y le critican sus excesos por haber ido demasiado lejos contra Perón. La derrota de la revolución chilena llevó a que las tendencias más reaccionarias de la región intentaran forzar la marcha de la contrarrevolución. Perón fue parte de este giro. Y la Juventud Peronista nunca lo denunció claramente para no romper con el General y continuar pregonando que la liberación nacional vendría de mano de la unidad policlasista bajo el manto del peronismo con los socios del fascismo chileno.

Ejércitos en el poder (Immanuel Wallerstein)


Son casi siempre malas noticias que los ejércitos estén en el poder. En Egipto, el ejército ha sido la fuerza que decide desde 1952. La reciente destitución del presidente Mohamed Mursi por el ejército egipcio no fue un golpe de Estado. No se puede cometer un golpe de Estado contra uno mismo. Lo que ocurrió fue, simplemente, que el ejército cambió el modo en que gobernaba Egipto. Por un corto periodo, el ejército había permitido que la Hermandad Musulmana tomara algunas decisiones de Estado limitadas. Cuando comenzaron a sentir que las acciones del gobierno de Mursi podrían conducir a un incremento significativo del poder de la Hermandad Musulmana a expensas del ejército egipcio, el general Abdel Fattah el-Sisi decidió que ya era suficiente y actuó implacablemente para incrementar el poder cotidiano del ejército.

Los ejércitos en el poder son, por lo general, altamente nacionalistas y muy autoritarios. Tienden a ser fuerzas muy conservadoras en términos de la economía-mundo. Es más, los oficiales de alto rango no sólo permiten que el ejército tenga un papel directamente empresarial, sino tienden a utilizar su poder militar como modo de enriquecimiento personal. Este es el caso, la mayor parte del tiempo, desde que el ejército egipcio asumió el poder directo en 1952 –o digamos, por lo menos, desde 1952.

¿Es posible que los ejércitos jueguen un papel progresista en la política nacional e internacional? Sí, ciertamente. En ocasiones el nacionalismo del ejército lo conduce a abrazar una línea anticapitalista en la geopolítica y un papel populista en el respaldo de las necesidades de los desposeídos. Así era el papel inicial jugado por Gamal Abdel Nasser. Pero el populismo progresista es antinatural para los ejércitos, pues encuentran difícil involucrarse en el proceso de negociación implicado necesariamente en lo interno. Y el populismo progresista conduce a una presteza para imponer el punto de vista del ejército en los países vecinos, lo que precisamente socava lo que era progresista en sus posturas geopolíticas. Esto fue cierto de Nasser como alguna vez lo fue de Napoleón.

Lo interesante de la restricción que el ejército egipcio ejerció sobre la Hermandad Musulmana es la reacción que ha evocado dentro y fuera del país. Primero que nada hay que recordar que antes de que comenzara el levantamiento inicial contra Hosni Mubarak, en la Plaza Tahrir en 2011, la Hermandad Musulmana había logrado obtener un papel limitado en la vida política (una pequeña minoría de escaños en la legislatura y algunos límites a su represión) por un acuerdo tácito con el régimen de Mubarak, lo que quiere decir con el ejército.

Así que cuando la multitud comenzó a fluir hacia la Plaza Tahrir exigiendo un cambio, ni el ejército ni la Hermandad Musulmana fueron de mucho apoyo. Sin embargo, cuando el levantamiento popular comenzó a levantar el vuelo, tanto el ejército como la Hermandad Musulmana decidieron unirse precipitadamente, con el fin de apropiárselo. Y cuando la votación en la primera elección presidencial redujera la opción a una entre Mursi y una antigua figura importante del régimen de Mubarak, tanto la izquierda laica como los votantes de centro y el ejército eligieron a Mursi, lo que le permitió ganar por escaso margen.

Cuando Mursi decidió proceder a poner en efecto una nueva Constitución con un sesgo decididamente musulmán, los votantes laicos regresaron a Plaza Tahrir a denunciarlo. El ejército se unió a ellos de nuevo para controlar la situación. Y los votantes laicos vitorearon ahora al mismo ejército al que habían denunciado dos años antes.

La situación política es directa. Tanto la Hermandad Musulmana como la derecha egipcia (las fuerzas que apoyaron por tanto tiempo a Mubarak) tienen los suficientes votantes como para que en cualquier elección razonablemente honesta puedan, una o la otra, salir victoriosas. Las fuerzas laicas –los múltiples partidos socialistas y los centristas de clase media, cuya figura principal es por el momento Mohamed el-Baradei– son demasiado chicas en número. A final de cuentas tienen que unir fuerzas entre sí, en tanto que realmente no quieren ni a la derecha ni a la Hermandad Musulmana. Y los salafistas egipcios se unieron con la coalición anti Mursi, confiando fortalecer su propia mano entre los activistas musulmanes.

En el resto del mundo, los entusiastas de las acciones del ejército son un grupito extraño: Israel, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, Rusia, Argelia y Marruecos, y probablemente Bashar al-Assad. Los que no están felices son Hamas, Ennahda en Túnez, Turquía y Qatar. Y en cuanto a Estados Unidos (así como Europa occidental), perderá gane quien gane, y se ha vuelto irrelevante.

Para Israel, Mursi representaba una amenaza, mientras que el ejército mantendrá una relativa distensión. Para Arabia Saudita, la Hermandad representaba sus grandes rivales en el mundo árabe. Para Assad, la Hermandad había sido el gran respaldo del Ejército Sirio Libre. Argelia y Marruecos trabajan ambos para constreñir a las fuerzas islamistas, y la caída de Mursi es algo que habrán de aplaudir. Para Rusia, la caída de Mursi probablemente no garantiza ningún viraje importante en la geopolítica de la región, que es lo que quiere Rusia.

Para Turquía (y para Ennahda en Túnez), la caída de Mursi socava el caso para un gobierno islámico”moderado”. Para Qatar, la caída de Mursi debilita su mano en la lucha con Arabia Saudita.

Estados Unidos desea, por encima de todo, la estabilidad en la región. Estaba preparado para trabajar con Mursi si era necesario. Ha mantenido durante mucho tiempo ligas lo más cercanas posibles con el ejército egipcio. Ha intentado esquivarse entre ambos ofendiendo a ambos bandos y a los neoconservadores y promotores de los derechos humanos dentro de Estados Unidos.

La supuesta pieza única de apalancamiento estadunidense con Egipto –su asistencia financiera, de la cual 80 por ciento va al ejército– no puede ser utilizada. Por una razón: que Arabia Saudita y los Emiratos ya enviaron más dinero que el que Estados Unidos estaba mandando. Y, en segundo lugar, porque el gobierno de Estados Unidos necesita más al ejército egipcio de lo que éste necesita de EU. Al ejército egipcio le gusta comprar su equipo a Estados Unidos. Pero si queda cortado de hacerlo, puede buscar equipo en donde sea. El gobierno estadunidense necesita al ejército egipcio para sus derechos de sobrevuelo, para que le preste ayuda de inteligencia, le asegure una distensión con Israel y para muchas otras cosas, para las que no hay remplazo. Así que Obama se ve reducido a realizar gestos simbólicos sin mostrar los dientes.

La derecha egipcia ha ganado. La izquierda egipcia perdió (aun si no lo reconoce todavía) y la Hermandad Musulmana se irá a la clandestinidad, de la cual podría remerger fortalecida.

Traducción: Ramón Vera Herrera

© Immanuel Wallerstein

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Los diamantes son eternos (Pedro Lemebel)


Me veo obligado a explicarme. Porque recurrir a este texto de Lemebel? Porque me siento profundamente identificado. No por la pertenencia al ghetto gay -he salido tarde del closet para haber creado con el ghetto un vinculo de identidad y dependencia- aunque si a la comuna de revolucionarios que hace un partido político de la clase obrera (y que a veces cuando se repliega en sus propias internas actua como ghetto). Me siento identificado en cuanto soy portador de HIV y en estos momentos he llegado a un punto donde siento las complicaciones de mi salud como una mediación extra con la cual debo convivir. De hecho estoy tomando como 20 pastillas por día y mi energía nunca es del todo plena. No me siento un moribundo ni lo soy (me siento y estoy muy pero muy lejos de eso aún). Soy una persona con conductas autodestructivas complicada en su salud. Pero son esas conductas las que -en gran parte- me hacen sentir vivo y es el SIDA un recordatorio de que intentamos arrebatarle a la vida cada minuto de intensidad y pasión que la sociedad nos niega. No me interesa reivindicar la autodestrucción sino la libertad, esa pocas migas de libertad que podemos arrancar luchando por el fin de la explotación y viviendo lo más que podamos de acuerdo a nuestros propios principios y reglas.

Por eso Lemebel. Porque los diamantes son eternos tanto como la buena poesía.

 

(Frívolas, cadavéricas y ambulantes)

 

…En el ghetto homosexual siempre se sabe quién es VIH positivo, los rumores corren rápido, las carteras que se abren de improviso, los papeles y remedios tirados por el suelo. Y no falta la intrusa que ayuda a recoger preguntando: ¿Y ese certificado médico y pastillas?. ¿Y estas jeringas niña?. No me digas que eres adicta.

En estos lugares, donde anida fugaz la juerga coliza: organizaciones para la prevención, movimientos políticos reivindicativos, eventos culturales, desfiles de modas, peluquerías y discotheques, nunca falta la indirecta, la talla, el conchazo que vocea alaraco la palidez repentina de la amiga que viene entrando. ¡Te queda regio el sarcoma linda!, Así, los enfermos se confunden con los sanos y el estigma sidático pasa por una cotidianeidad de club, por una familiaridad compinche que frivoliza el drama. Y esta forma de enfrentar la epidemia, pareciera ser el mejor antídoto para la depresión y la soledad, que en última instancia es lo que termina por destruir al infectado.

En uno de estos lugares, al calor delirante de la farra marucha, es fácil encontrar una loca positiva que acceda a contestar algunas preguntas sobre el tema, sin la mascarada cristiana de la entrevista televisiva, sin ese tono masculino que adoptan los enfermos frente a las cámaras, para no ser segregados doblemente. Más bien jugando un poco con el aura star de la epidemia, así, revertir el testimonio, el indigno interrogatorio que siempre coloca en el banquillo de los acusados al homosexual portador.

 

¿Por qué portador?

 

– Tiene que ver con puerta.

 

¿Cómo es eso?

 

– La mía es una reja, pero no de cárcel ni de encierro. Es una reja de jardín llena de florcitas y pájaros.

 

¿Barroca?

 

– No sé lo que es eso, pero puede ser, una verja llena de cardenales.

 

¿Y donde conduce?

 

– Al jardín del amor.

 

¿Se abre?

 

– Siempre está abierta de par en par.

 

¿Y qué hay en el jardín?

 

– Un asiento también de fierro, igual que la reja llena de…

 

Pájaros y florcitas

 

– Y también corazones.

 

¿Partidos?

 

– Bueno un poquito, alguna trizadura por aquí, otra por acá, pero sin flechas. Eso del angelito cupido es cuento hétero, en vez de flechas, jeringas.

 

¡Huy qué heavy!

 

– ¿Qué tanto? Si los pinchazos ahora me excitan.

 

Bueno, estábamos en el amor. El jardín portador del amor. ¿No crees que te corres del tema?

 

– Siempre, nunca tienen que saber lo que estás pensando.

 

¿En qué estás pensando?

 

– Yo no pienso, soy una muñeca parlante. Como esas Barbys que dicen I love you.

 

¿Hablas inglés?

 

– El SIDA habla inglés.

 

¿Cómo es eso?

 

– Tu dices Darling, I must die, y no lo sientes, no sientes lo que dices, no te duele, repites la propaganda gringa. A ellos les duele.

 

¿Y a tí?

 

– Casi nada, hay muchas cosas por las que vivir. El mismo SIDA es una razón para vivir. Yo tengo Sida y eso es una razón para amar la vida. La gente sana no tiene por qué amar la vida, y cada minuto se les escapa como una cañería rota.