Rucci: un Pedraza de aquellos días


El 25 de septiembre era asesinado José Ignacio Rucci a la salida de una casa en Avellaneda 2953. La muerte de Rucci es actualmente adjudicada (a partir del libro del derechista Ceferino Reato) a un comando de Montoneros encabezado por el desaparecido Julio Roqué. En su velatorio Perón se lamento: “Me mataron a un hijo” y ante el periodismo dijo que “estos balazos fueron para mí; me cortaron las patas”.
No era para menos. Con Rucci se iba el dirigente que le había permitido recobrar su control sobre la CGT luego del asesinato del “Lobo” Augusto Timoteo Vandor. Este último había intentado disputarle al viejo caudillo la dirección del peronismo. Rucci era un soldado de Perón que se puso al hombro la tarea de salvar a la burguesía controlando al movimiento obrero insurgente que había parido el Cordobazo en mayo de 1969.

Rucci fue uno de los firmantes del Pacto Social que desde 1973 congelaba precios y salarios y beneficiaba abiertamente a las patronales. Al firmar dicho acuerdo el líder cegetista declaró premonitoriamente “yo sé que con esto estoy firmando mi sentencia de muerte, pero, como la Patria está por encima de los intereses personales, lo firmo igual”. Lo cierto es que el interés de la “patria” para Rucci pasaba por liquidar a la vanguardia militante que disputaba las fábricas a la burocracia y amenazaba la dirección del peronismo oficial. Rucci fue uno de los jefes indiscutidos de la derecha peronista y como tal el responsable de los crímenes de las bandas fascistas paraestatales, principalmente de la Masacre de Ezeiza contra la Juventud Peronista el 20 de junio de 1973. Por todo ello se ganó merecidamente el mote de traidor por parte de los luchadores obreros.

Rucci y la burocracia sindical son los maestros de los Pedraza de nuestros días. Practicaba un discurso reaccionario y macartista como complemento ideológico de su matonaje. Frases como “el sucio trapo rojo”, “infiltrados”, “zurdaje”, son parte del arsenal argumentativo de esta burocracia. Ellos acuñaron el lema “Ni yanquis ni marxistas, peronistas”, contra los Montoneros y la izquierda del movimiento obrero que crecía en las fábricas. Su frase:“Su drama es que el Movimiento Obrero es peronista, y sus dirigentes somos peronistas y para su mayor desgracia el secretario general de la Central Obrera, es peronista” la pueden afirmar desde el duhaldista Gerónimo Venegas de las 62 Organizaciones hasta Hugo Moyano de la CGT. La cita es parte de un famoso debate de Rucci con Agustín Tosco (figura simbólica del sindicalismo de izquierda).

Los Montoneros coreaban en sus movilizaciones la consigna “Rucci, traidor, saludos a Vandor” autoadjudicándose el hecho. Una muestra trágica de la concepción de la izquierda peronista que buscaban disputar con la burocracia sindical mediante el método del atentado guerrillero y la negociación in extremis con Perón y no con la organización de la lucha de clases contra el Pacto Social y la independencia política de los trabajadores.

Hoy como ayer está planteado recuperar los sindicatos y las comisiones internas del control de los Rucci de nuestros días, los burócratas sindicales peronistas como los Pedraza, Moyano, Venegas, Caló, y la construcción de un partido revolucionario de la clase trabajadora para vencer a la burguesía.

 
 
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