El Quijote y la política (Martín Kohan. Perfil)


¿Qué es, quién es Nicolás del Caño? Es el diputado que rechazó, por considerarlo abusivo, el aumento de las dietas parlamentarias dispuesto para este comienzo de año.

Y que ha decidido poner en cuestión, más aun, la escala de las remuneraciones de los representantes del pueblo, que resulta obscena si se toma como parámetro el promedio de los ingresos de los trabajadores en la Argentina.

No se trata de generalizar la miseria ni tampoco de nivelar para abajo, no se trata de algún voto de pobreza ni mucho menos de un falaz mimetismo de clase con el reino de los despojados. Pero mucho menos se trata de un caso de quijotismo de cámara (alta o baja), no es el caso del idealista solitario que emprende hermosas batallas locas pero singulares.

Elogiar a Nicolás del Caño, pero por separado, destacarlo, pero aislarlo, no deja de ser un modo de despolitizar la cuestión. Porque la postura adoptada por Del Caño responde a la plataforma del PTS, integrante del Frente de Izquierda. Y se propone someter a discusión el sentido mismo de la representación, nudo conceptual del orden político de esta era. No hay en esto una atracción por la indigencia (es justo al revés), tampoco un escamoteo de las diferencias de clase (es exactamente lo contrario). Lo que hay es un cuestionamiento a esa torsión del representar por la cual, por ejemplo, los dirigentes sindicales dejan de trabajar para siempre, pasan a vivir entre lujos y hasta se convierten en empresarios del sector respectivo, es decir, en parte de la patronal. O bien a esos conductores de proyectos populares que cultivan la riqueza, la acumulan y la fortifican, multimillonarios sin la más mínima intención de ruptura que sueñan con la ventura de los pobres: un futuro en el que los trabajadores puedan concurrir a los hoteles de lujo situados en hermosas tierras, cuando son ellos los dueños de los hoteles y también de las hermosas tierras.

 

 

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Ultima entrevista a Alejandro Urdapilleta


“Actuar me gusta cada vez menos”

 
Hoy, a los 59 años, falleció el gran Alejandro Urdapilleta. La entrevista que sigue (publicada en nuestra edición impresa de noviembre, todavía en kioscos) fue probablemente la última que dio. Trabajó en teatro (on/off), cine y televisión, ganó mil premios y conquistó a todos en una época en la que todo estaba por conquistar. Mientras el cauce de su oficio parecía ir hacia un destino comercial, Alejandro Urdapilleta, usualmente reacio a hablar con la prensa, aprovechaba esta ocasión para plantarse y disparar (hacia todos lados).
ARTÍCULO | DOMINGO, 1 DICIEMBRE, 2013 – 14:43 | BY HERNÁN PANESSI

 

Nota publicada en nuestra edición impresa del mes de noviembre de 2013.

 

Habitante de los márgenes, héroe de la contracultura, pilar de una época en la que el desparpajo fue bandera. Y desde esos mismos bordes, que fueron también una usina inagotable de talento, Alejandro Urdapilleta quedó impreso para siempre entre fábulas y leyendas. Actor, guionista y escritor, Urdapilleta vuelve al cine tras su participación en el documental La peli de Batato y la ficción Verano maldito, que coescribió con Luis Ortega. Aquí, en Un paraíso para los malditos, dirigida por Alejandro Montiel, Urdapilleta hace las veces de padre con demencia senil. Y en la historia, Marcial (Joaquín Furriel) comienza un nuevo trabajo como sereno de un depósito abandonado. El devenir es monótono, excepto por un pequeño detalle: hay un asesinato. Y aquello será, también, un cambio radical que lo empujará a convertirse en el hijo ¿involuntario? de aquel padre senil. Asimismo, Marcial pasará a ser el novio de Miriam (Maricel Álvarez), madre soltera de una nena. Con el paso de los días, los cuatro lograrán construir una suerte de paraíso. Pero la aparente felicidad se desplomará cuando un llamado cambie el destino de todos para siempre. Y Urdapilleta se desquita aquí con una composición impecable, digna de donde viene: de uno de los mejores actores que han pululado por todos los frentes.

 

¿Cómo llegaste a la película?

Llegué por un trabajo previo que tuve con Alejandro en una película que se llamaba Toda la gente sola, en la que él estaba haciendo asistencia de dirección. La pasamos muy bien trabajando juntos, y acepté inmediatamente. Me mandó el guion y me encantó. Me pareció difícil el personaje…

 

¿Por qué?

Y, porque es un personaje mucho más viejo de lo que soy. Está hecho mierda, es desagradable. Provoca rechazo, no es lindo verme así en la pantalla. Esa barba, esa incomodidad interior… más la cuota de Alzheimer, y eso. El guion tiene algo muy triste.

 

¿Qué es?

Lo conmovedor de que un sicario reventado mental tenga la intención de volver para atrás, de ser una persona con una familia, de ser un tipo con compasión. Me parece que incluso debe pasar, me parece algo real. Creo que hasta debe haber pasado alguna cosa así. Es una salvación, es una vuelta de tuerca que tiene el loco cuando quiere volver a vivir con una familia. Con toda una familia que no sabe ni quién es, pero, aun así, decide aprovechar la situación. Hay algo conmovedor en esa necesidad loca que tenemos todos de buscar un lugar de refugio.

 

¿Y ese es el paraíso de los personajes?

Yo creo que sí. Es como un paraíso patético. Es buscar tener a alguien en lugar de andar solo. Es como estar en una tribu que te protege. Me parece loco. Desde el espectador hay un deseo: que se arme una familia. No sé qué decirte, porque la película la vi pero no puedo separarme mucho porque ya sé qué es lo que viene.

 

¿Y qué pasa cuando te ves?

No me soporrrrrto. No me soporto en ninguna película. Es terrible.

 

¿Pero tus películas las viste igual?

Sí, las veo el día en que estoy obligado a verlas. Igual, cuando aparezco, cierro los ojos. Es difícil, y más este personaje, que está lejos de mi vida cotidiana. Es un asco, un verdadero asco.

 

¿Cuánto tiempo estuviste para dejarte esa barba y dar con ese deterioro?

La barba, más o menos, un mes y medio. Empecé a adelgazar mucho antes. Estuve todo el verano sin comer y sin exponerme al sol. Y lo del pelo fue un quilombo, porque me tiñeron pero me quedó amarillo, no blanco. No me agarraba la tintura porque tengo un pelo medio baba. Me pusieron unos productos para hacerme más canoso. Era bravo en la vida cotidiana ir con la barba, el pelo ese, las uñas largas. La gente pensaba: “Urdapilleta está pasado de merca”.

 

¿Cómo fue el laburo con Joaquín Furriel?

Muy bueno. Furriel es un tipo muy simpático, muy profesional. Es alguien muy concentrado, alguien que no boludea. Yo había trabajado un poquitito con él en una que hicimos con Luis Ortega que se llamaba Verano maldito. Es un flaco de barrio, muy buen pibe.

 

¿Y con Maricel Álvarez?

Es divina, es re tranca. Es lo que ves en la película. Es gente de barrio pero muy teatrera, además. De hecho, agarré esta película porque sabía que iba a estar todo en buenos términos. En general, la gente de cine es así porque saben que ante cualquier histeria se arma un quilombo.

 

¿A qué te referís con “la gente de cine es así”?

Rigurosa, concentrada, amable. No hay gritos, no hay piñas, es tranqui. Por suerte nunca me tocaron rodajes de gente histérica.

 

¿En cines no viviste histerias?

No, bueno, y sí, con la (Jorge) Polaco esa, la maricona esa, una que se llama Kindergarten. Lo detesto, no sé por qué no lo cagué a trompadas ahí mismo. Era una histérica, una loca a la que se le caían los Lexotanil, se hace el Hansel y Gretel (risas). Era todo imbancable. Cuando vos tenés a un director que está loco, todos se vuelven locos. Una cagada, yo ni la vi. Es para cagarte de risa de lo mala que es.

 

¿ Vos cómo te llevás con “las locas”?

Y, como el orto. Nos odiamos siempre. Eran los ochenta. Yo nunca había hecho cine y pensaba que hacerlo era así.

 

¿Y dónde se ven a “esas histéricas”?

En todos lados: en el cine, en la política. Ahora están todas casadas.

 

¿Con quién?

Con otras locas (risas).

 

¿Seguís escribiendo?

Sí, pero poco. Ahora estoy haciendo una experiencia teatral. Una suerte de experimento con Inés Saavedra y Cristina Villamor. Somos outsiders del teatro tradicional. Y si sale algo que nos gusta, vamos a mostrarlo. Escribo cada vez menos. Son épocas. Estoy como más retirado. Incluso me voy a vivir mucho tiempo a Colón, Entre Ríos, con la naturaleza. Me gusta mucho más que la vida profesional y la vida civilizada. Me divierto mucho más. Por lo general hay meses en los que estoy más allá que acá.

 

¿Y dónde te sentís más cómodo? ¿Escribiendo, haciendo cine, televisión?

En el cine, porque es más organizado. El teatro lo hacés y se acabó. El cine lo hacés y te lo sacás de encima pero no se termina. El teatro es una energía muy grande que tenés que poner todas las noches.

 

¿Qué es lo que te gusta de actuar?

Mirá, la verdad: actuar me gusta cada vez menos.

 

¿Qué fuiste perdiendo?

Esa cosa de mostrarse ya no me importa nada. La gente ya no me divierte. Ahora hay una onda muy de marketing, de teatro comercial, que no me gusta. Es como un negocio. Es distinto a como era antes. Hay presiones, contratos, prensa, todo eso no me interesa más.

 

¿Y por qué te hiciste actor?

No sé, cuando era chico me gustaba jugar al teatro. Pero en el momento no había terminado la secundaria, y me decían “algo tenés que estudiar”. Sabía que me gustaba el teatro, me interesaba, y también me gustaba mucho el cine. Pero no pensando en “voy a ser actor de cine”. Y no, tampoco de teatro. Después fui descubriendo que era un trabajo genial. En otras épocas había una cosa artesanal que me gustaba.

 

¿En qué épocas, decís?

Cuando yo era joven, joven. No sé, en los setenta, en los ochenta. Era otra la onda.

 

¿Y por qué creés que quedaste tan impregnado en el imaginario de los ochenta?

Por la energía que emané. No quedé impregnado yo, quedaron las cosas que hicimos. Hacía muchas cosas: Hamlet, de Ricardo Bartís, en el San Martín; en el C.C. Rojas hacía La carancha con Batato Barea y Humberto Tortonese; y después me iba al Parakultural hasta las seis de la mañana a hacer números. Y si había una fiesta privada luego, me iba a ganar el mango, también. Así viví muchos años: haciendo teatro, emanando energía.

 

¿Qué te quedó de esa época?

Nada, no me importa mucho. Y esa gente tampoco. Hoy están todos pensando en quién tiene la pileta más grande. Se han aburguesado. En realidad, está bien, que hagan lo que quieran. Ya no me interesa esa gente. Y la cosa así recordatoria, tampoco. Había un sentimiento de diversión, todo eso quedó en el imaginario. Cuando hacíamos poemas fuertísimos, te encontrabas con caras asustadas. Te encontrabas con artistas que se horrorizaban, incluso personas con un nivel intelectual alto. No es que lo hacíamos en un salón de actos oficiales de la policía. Lo hacíamos en el Museo Municipal de Recoleta, pero siempre llegaba la policía y nos rajaba. Siempre había alguna vieja pedorra que llamaba a la policía.

 

¿Había mucha vieja pedorra que llamaba a la policía? ¿Los cagaban a patadas?

No nos cagaban a patadas, pero sí cerraban los lugares, clausuraban eventos. Incluso algunos que estaban llenos de gente. El mundo era distinto, hacíamos muñecos gigantes con porongas de goma. No es como ahora. Había todo un grupo de gente que tenía otra visión de las cosas. Y no es que eran ni drogadictos, ni malditos, ni locos. La gran mayoría tenía historias muy tremendas detrás.

 

¿Ves un legado de todo eso?

Tengo entendido que los estudiantes de teatro recuperaron algunos textos míos de aquellas épocas, pero creo que se va diluyendo, por suerte. Es que tampoco era una forma, era más bien un espíritu. Las formas teatrales han variado. Por ahí en los noventa había una cosa más intelectual, más de ascéticos, y era un plomazo. Ahora son todos como comerciantes. Es lo que tiene que pasar.

 

¿Creés que tiene que pasar eso?

Yo creo que es la evolución, no pensándola como algo mejor, sino que es lo que tiene que suceder. Tiene que ver con estos días, con esta sociedad. No digo que tenga que pasar, pero pasa. No podés negarte a la historia. Sucedió eso. No voy a pensar “¡qué cagada!”. No, qué le voy a hacer…

 

¿Por eso no te gusta dar notas en televisión?

Sí, porque no me gusta la televisión ni la publicidad ni la plata. Me parece que esas cosas son enemigas de la humanidad. Odio a ese monstruo tira caca que es la televisión, no quiero estar, no me gusta pertenecer a ese mundo. Ese que fagocita y escupe. Es un alimento malísimo. He hecho cosas para televisión, sí, pero no me gusta eso de dar reportajes. Me da vergüenza la televisión. Primero, soy vago, me gusta estar en mi casa cagándome de la risa. Y segundo, no tengo ni ropa para ponerme. Tampoco tengo los dientes blancos. No sé, no me gusta ir a contestar preguntas pedorras para llenarle el programa a Susana Giménez.