Imberbe ayer, gorila hoy


Este 1º de Mayo se cumplen 40 años de la expulsión de la Plaza de Mayo de la JP y los Montoneros por Juan Domingo Perón. Un símbolo del cisma entre el gobierno que formara las bandas fascistas de las Tres A, y la corriente que pretendía encabezar el proceso de liberación nacional y la “Patria Socialista” bajo la conducción de Perón.

Poco tiempo antes, el 22 de enero de 1974, Perón había recibido a una delegación de dirigentes y diputados de la JP, entre ellos Carlos Kunkel, autor intelectual de la Ley antipiquetes del kirchnerismo, a los que vapuleó, acusó de infiltrados e invitó a retirarse del peronismo por su oposición a una Reforma del Código Penal para reprimir a la guerrilla y a la lucha de clases. Los Montoneros denunciaban que la reforma creaba “varias figuras en blanco para que los jueces pudieran fallar sobre actos de guerrilla”. “Nosotros decíamos que eso era un peligro para el funcionamiento de las organizaciones políticas y sociales, y que cercenaban las libertades políticas y civiles” declaraba el ex diputado de la JP Santiago Díaz Ortíz. El 24 de enero los 8 diputados de la juventud renunciaron a sus bancas.
Tiempo después el nuevo código será usado contra los conflictos en Gatic y Matarazzo. Repitiendo la lógica, pero peor aún porque el piquete es parte del derecho de protesta, hoy la ley de Kunkel deja en manos de las autoridades judiciales la definición de manifestaciones legítimas e ilegítimas.

Ese 1º de mayo de 1974 Perón planeaba dirigirse a la multitud ratificando su apoyo a la burocracia sindical y el Pacto Social. Los Montoneros entraron a la Plaza al canto de “¡Qué pasa, qué pasa, qué pasa general, está lleno de gorilas el gobierno popular!”. Perón respondió defendiendo a los dirigentes “sabios y prudentes” de la burocracia sindical y acusó a la juventud de “imberbes y estúpidos” advirtiéndoles que llegaría la hora de hacer tronar el escarmiento contra los infiltrados. La respuesta fue el retiro espontáneo, contra la voluntad de los dirigentes de Montoneros, de las columnas juveniles que dejaron vacía más de la mitad de la Plaza.

El 1º de mayo de 1974 fue un golpe furibundo a la estrategia política de Montoneros. Perón no había retornado al país para encabezar el proceso de liberación nacional, sino para poner fin a la insurgencia obrera y popular iniciada con el Cordobazo. La JP y Montoneros habían sido funcionales a la política de Perón de evitar nuevas acciones independientes de masas mediante el guerrillerismo que separaba a la vanguardia de la lucha de clases real y predicaba la conciliación de clases bajo la idea de un frente nacional común de los obreros y la burguesía nacional, es decir, asumiendo la estrategia del nacionalismo burgués. El gobierno respondió a las expectativas de su juventud dándole poder a la ultraderecha e impulsando las bandas terroristas de la Triple A. Los Montoneros elaboraron entonces la “teoría del cerco”, según la cual Perón estaba rodeado de burócratas y había que hacerle sentir la voz del pueblo. El 1º de mayo esa teoría se derrumbó y quedó claro que agotada la función de Montoneros de contener a la juventud radicalizada, iba a imponer el orden con la derecha fascista y la burocracia sindical, que luego de la muerte del General, bajo el mando de Isabel y López Rega, se hizo del poder e intentó aplicar un plan de ajuste liberal (el Rodrigazo) contra la clase obrera.

40 años después son aquellos que se dicen hijos de la JP, los que intentan aplicar un ajuste y repiten gestos represivos típicos de la derecha peronista. Hoy como ayer sigue estando planteado conquistar la independencia política de los trabajadores.

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El paro del 10A, la izquierda y los piquetes


El paro del 10A es un soplo de aire fresco para todos los militantes de la izquierda revolucionaria que consideran que la política marxista tiene como fundamento la lucha de clases. Para no extenderme demasiado ya que no es el objetivo del comentario, esto es así porque muestra la verdadera relación de fuerzas existentes entre las clases, es un golpe al gobierno en su giro ajustador, es una contratendencia al giro reaccionario de la superestructura política, pone de manifiesto el enorme poder social de la clase obrera, la potencia del frente unico y las posibilidades de la izquierda cuando inteviene con una linea de combate e independencia política de las direcciones burocraticas. Evidentemente, dentro del FIT hay dos políticas y sensibilidades diferenciadas. Por un lado, el PO que centra su actividad en una -desabrida por el momento- en la intervención parlamentaria y en los acuerdos superestructurales con la burocracia michelista(dicho sea de paso sojero y de centroizquierda), bajo la concepción de que el problema político de la clase obrera, la dirección peronista, solo se lo supera desde la agitación publica y en la superestructura política. Por otro lado el PTS, donde entendemos que hay que unir la agitación política y la lucha de clases generando militancia obrera y autoorganización de los trabajadores con el objetivo de recuperar sus organizaciones y conquistar su independencia política. Estas dos sensibilidades se manifestaron frente al paro: para el PO la burocracia estaba superada y no era necesario el frente unico obrero; para el PTS el frente unico obrero, del cual el Encuentro Sindical Combativo de Atlanta que el PO rechazó fue un paso adelante, constituyó el medio que permitio legitimar los piquetes obreros que enfrentaron la coacción estatal y patronal. Como bien tomaron nota la inmensa mayoría de los medios burgueses, el gobierno y la propia burocracia sindical peronista, los piquetes fueron una de las claves del paro. Se llevo adelante la linea del frente unico y de la intervención activa en la huelga que planteamos desde el PTS y el Encuentro de Atlanta, lo que resulto en una victoria política de la izquierda de conjunto y del FIT en particular. Dejando una gran lección: El terreno más fertíl de desarrollo de la izquierda revolucionaria esta en la participàción activa en la lucha de clases y la organización obrera y no tanto en el terreno de ser el ala izquierda de la opinión publica. La discusión es clave porque lo que esta en cuestión son las vías para la construcción de una dirección clasista que sea la superación del peronismo y las alternativas burguesas como dirección de la clase obrera, condición necesaria para la reorganización del movimiento obrero y la perspectiva de una revolución social en Argentina. Ciertamente la clase obrera hoy no es peronista en el sentido histórico y afectivo del termino. Me explico, vota al peronismo, tal o cual cual trabajador puede ser peronista, pero ya no funciona el “peronista somos todos” y “la vida por Perón” que identificaron a la clase obrera y el peronismo desde 1945. Sin embargo, la ideologia del peronismo, la conciliación de clases y la idea del progreso social dentro del sistema así como algunas ideas francamente reaccionarias, siguen siendo sentido común entre los trabajadores argentinos. Además los dirigentes peronistas son quienes dirigen los sindicatos, ahogando su vida interna, liquidando su independencia, por ende su poder, poniendolos al servicio de los políticos patronales (la CTA michelista es la versión centroizquierdista sojera de la misma logica dirigente de los Moyano y Barrionuevo). En este sentido, el resultado del paro general del 10A va a estar en disputa entre una burocracia reaccionaria y derechista, que quiere fortalecer al massismo y el peronismo de derecha, y la vanguardia obrera y la izquierda. Obviamente un paro general no pone en jaque la predominancia de la burocracia peronista y la ideologia de la conciliación de clases dentro de la clase obrera; para ello es necesario retomar el camino de las huelgas generales de masas y las insurrecciones sociales como en los ’70, cuando los trabajadores enfrentaron al regimen libertador y posteriormente el gobierno de Isabel. En 1975 luego de la huelga general que volteó el plan Rodrigo, la clase obrera fue contenida por una parte por la burocracia miguelista y por otra parte por la izquierda del peronismo y el guerrillerismo impidiendo que un partido de clase y organismos de doble poder se materializaran como expresión de su independencia política.Pero el paro del 10A permitio que una vanguardia independiente se proyectara como alternativa de acción y hace más permeable la conciencia de los trabajadores para la agitación política de los socialistas revolucionarios. Afortunadamente el FIT revalido sus pergaminos en los piquetes siguiendo la linea de la lucha de clases.

Capitán Trip (Juan Forn. P12)


Antes que el Sargento Pepper, antes que Timothy Leary, antes que Ken Kesey y los Grateful Dead, vino Al “Cappy” Hubbard, mejor conocido como el Capitán Trip. Hablo de los días posteriores a la caza de brujas macartista, los años de Doris Day y la pesadilla con aire acondicionado, según la inmortal definición de Henry Miller, los tiempos en que las amas de casa de Hollywood y Beverly Hills descubrieron la depresión (“¿Se puede saber qué quieres, mujer?”; “no lo sé, cariño, creí que tú lo sabías, y que me lo ibas a dar”) y encontraron una inesperada cura para sus males gracias al Capitán Trip. La leyenda dice que Cary Grant puso de moda el LSD en Hollywood, pero el asunto empezó con su esposa, Betsy Drake. Supuestamente eran la pareja perfecta: ella había dejado la actuación para dedicarse al hogar, cocinaba como los dioses, incluso aprendió hipnosis para combatir el insomnio de Grant y ayudarlo a dejar los tres paquetes de cigarrillos que fumaba por día. Logró ambas cosas, pero no logró apartar al actor de su íntimo amigo Randolph Scott. Abrumada por el pacto de silencio y por el alcoholismo en que ahogaba sus penas, desembocó en el Beverly Hills Institute, donde oyó decir que ofrecían una terapia experimental que hacía milagros. El director y único profesional del instituto era el psiquiatra Oscar Janiger y su mentor y proveedor era Cappy Hubbard, el Capitán Trip.

Cappy tenía montada toda una operación en Canadá: en el Hospital New Westminster de Vancouver había logrado tasas de recuperación inéditas sometiendo a alcohólicos crónicos a viajes de LSD. Pero no estaba en Hollywood para eso: Janiger le había reunido un grupo selecto de voluntarios de alto coeficiente intelectual para experimentar las ampliaciones de la mente que prometía la sustancia (Cappy haría lo mismo en la Costa Este dos años después, así conoció a Timothy Leary, con las consecuencias universalmente conocidas). Entre los voluntarios californianos estaban Aldous Huxley y el estudioso del zen Alan Watts. Betsy logró colarse en el grupo. Cary Grant fue al Instituto fingiendo interés en el proyecto. En realidad quería asegurarse de lo que Betsy hablara en terapia: entró con el propósito de preservar sus secretos y salió convertido en apóstol. Porque en cuanto oyó hablar a Janiger, y éste hizo pasar a Cappy y lo sumó a la charla, Grant sintió que estaba en el lugar indicado. Esa misma tarde de 1958 hizo su primer viaje (haría cien más en los años siguientes), poco después la prensa hablaba de su segunda juventud (tenía 55 años en ese momento) y él declaraba a los cuatro vientos que se lo debía a aquella terapia experimental con LSD. Recuerden su famosa frase: “Todo el mundo quiere ser Cary Grant; hasta yo quiero ser Cary Grant”. Lo que Hollywood pensó cuando vio su asombroso cambio fue: lo que es bueno para Cary Grant tiene que ser bueno para mí también. Las oficinas de Janiger se llenaron de famosos, interesados en aquella terapia experimental. No iban a drogarse, no buscaban el trip; lo que les interesaba eran las consecuencias del trip: querían sentirse como Cary Grant.

Para que se entienda: el único fabricante de LSD en el mundo en ese entonces era el laboratorio suizo Sandoz. El químico Albert Hoffman había encontrado la sustancia por accidente y estaban todavía investigando los alcances de su efecto: entregaban gratuitamente la droga a investigadores que les dieran a cambio el resultado de sus trabajos de campo. Hubbard fue el primer norteamericano que volvió de Ginebra con un gramo de LSD (diez mil dosis), cortesía de Sandoz. Se fue a Canadá y no a su país porque allí había probado el ácido por primera vez, en el hospital para veteranos de guerra de Saskatchewan, donde lo estaban usando experimentalmente en víctimas de trastorno de guerra. Cappy era un hombre con contactos: durante la Ley Seca contrabandeaba alcohol de Vancouver a Seattle; cuando lo agarraron, se pasó al otro bando y comenzó a patrullar las mismas costas por las que antes contrabandeaba; por esas mismas costas volvió a contrabandear, esta vez llevando armas y haciendo el recorrido inverso, cuando Canadá entró en la Segunda Guerra y Estados Unidos le mandaba armamento bajo cuerda. Después de Pearl Harbor, Cappy se sumó al ejército de su país como oficial de inteligencia. Por esos contactos supo después de la guerra que estaban tratando a veteranos con una droga experimental, logró probar la sustancia en Saskatchewan, descubrió el santo grial y partió a Suiza a proveerse de más. Estuvo rápido de reflejos: poco después la CIA (que la estaba usando como “droga de la verdad” en su célebre experimento MK-Ultra) consiguió que Sandoz les informara el destino de cada partida de LSD que salía de los laboratorios.

Cappy entendió rápido que su idea del LSD y la de la CIA iban por caminos separados y se abrió. Convenció al director del New Westminster de Vancouver, que le permitió tratar casos de alcoholismo bajo su supervisión. Le acondicionaron una sala según su pedido: un sofá confortable, luces bajas y la mayor discreción. Los psiquiatras estaban a cargo, Cappy era el guía nomás, el chamán. Los resultados fueron tan asombrosos que hasta Bill Wilson, uno de los fundadores de Alcohólicos Anónimos, le dio su aval y un arzobispo de la iglesia canadiense redactó una plegaria para ser recitada por los fieles antes de cada viaje. Pero el objetivo de Cappy estaba del otro lado de la frontera: llegar hasta los líderes de la sociedad norteamericana, ofrecerles la experiencia del LSD y cambiar el curso del futuro. Así llegó a Hollywood con su valijita, y luego a Washington y a Nueva York, donde embarcó a Timothy Leary en su cruzada y se arrepintió el resto de su vida.

Entre los eméritos iniciados por Cappy en Washington estaba el dueño de Time Inc., el editor Henry Luce, que después de su viaje dijo que se lo había pasado hablando con Dios en una cancha de golf, y su señora, Claire Booth Luce, que dijo: “No se puede poner algo tan bueno al alcance de todo el mundo”. Lo decía con fundamento: no se registraban casos de malos viajes (los propios archivos de Sandoz, que por supuesto se pusieron a disposición del señor Luce y su señora, lo garantizaban) hasta que el LSD se empezó a vender por las calles como droga ilegal. El mal trip nació por la degradación del producto (las famosas “bañaderas de ácido”) sumado a la paranoia de hacer algo prohibido y a los rumores de que ya para entonces corrían por las calles sobre los tipos que se tiraban por la ventana en pleno trip, las únicas víctimas fatales del LSD durante su fase experimental: las que produjo la CIA con su proyecto MK-Ultra. Cuando el LSD se prohibió en 1966 no fue porque hacía mal, sino porque podía hacer demasiado bien. Pero Cappy Hubbard se pasó el resto de su vida culpando a Leary y a sus melenudos de echarlo todo a perder. Se recluyó en una isla frente a Vancouver, dedicado obsesivamente a su jardín, y nunca más salió. Le gustaba especialmente cortar el pasto en calzoncillos, bajo los efectos de un LSD de alta pureza que dicen que él mismo fabricaba para su uso personal, en un alambique en el sótano de su casa.

Linchamientos


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Los linchamientos a presuntos delincuentes se han extendido nacionalmente no solo en los barrios altos como Palermo sino también en zonas pobres como Laferrere. Expresa un elemento importante de descomposición social tanto por las causas que generan el crimen (la miseria y la marginalidad a que es sometida todo un sector del pueblo pobre) como de las respuestas de los “buenos ciudadanos” que se arrogan a si mismos el derecho al castigo. Hay que decirlo claramente, los linchamientos son un brote fascista, que apunta contra los más pobres y le reclama a sus amos (la burguesía y su Estado) que tengan mano dura. Los linchamientos solo pueden alentar el gatillo facíl, la represión a la juventud, el discurso derechista que pide endurecer las penas y por ende la impunidad de las mafias policiales que manejan la delincuencia organizada del narcotrafico, la trata de personas, el robo de automotores y cuanto delito rentable puedan explotar. Por lo dicho anteriormente es una manifestación de la descomposición del aparato de Estado no solo de sus fuerzas represivas sino también de su componente político burocratico completamente ganado por la corrupción.

Más allá de las declaraciones hipocritas los políticos patronales de la oposición (e incluso del gobierno como el caso de Berni) justifican la reacción de los “buenos ciudadanos” para esquivar el bulto a las responsabilidades políticas por su papel dirigente de una sociedad burguesa en descomposición. Los medios de comunicación opositores, la Corpo a la cabeza, los alienta bajo el mote de justicia por mano propia legitimando este blumbergrismo de acción directa en nombre del cansancio y de la anomía estatal. Lo cierto es que la ausencia del Estado burgués que reclama la oposición y los medios es una gran mentira. El Estado esta ausente en resolver los problemas estructurales del pueblo oprimido, pero omnipresente para reprimir a los que luchan (como la condena a los petroleros de Las Heras) y defender los negocios y ganancias de los capitalistas como lo demuestra la devaluación para redistribuir regresivamente el ingreso en favor de las patronales y a costa del salario, las indemnizaciones a Repsol, el quite de subsidios al pueblo pobre mientras las patronales la levantan en pala.

La moral burguesa, que es la que se expresa en estos brotes de fascismo, llama justicia por mano propia a los linchamientos de pobres, mientras que condena como violencia a los piquetes, intolerantes a los huelguistas docentes y como crimen a una pueblada como la de Las Heras que se oponía al descuento de los salarios por el impuesto a la ganancia. Es la voz de la obediencia al amo la que habla y no el justo anhelo de terminar con los delitos que tiene su raíz en un Estado burgés descompuesto y una sociedad de clases basada en la explotación y la desigualdad.

Hay que organizar la lucha de clases de los trabajadores y la juventud contra el gobierno su Estado y los patrones para apuntar contra el verdadero enemigo de todo el pueblo pobre y terminar con los brotes de fascismo.