Musa plebeya del periodismo


Escribe Sandor Marai en su novela Confesiones de un burgués: “La ‘redacción’ solía ser una habitación oscura y maloliente situada junto a la imprenta que servia también de almacén, oficina y papelería, y en la que el olor a pintura se mezclaba con los olores asfixiantes de los polvos de plomo; el redactor jefe solía fumar su cigarro sentado ante su escritorio mientras se preguntaba cómo podia conseguirse una subvención del partido en el gobierno o, por lo menos, algun encargo oficial para la imprenta. En la mesa de al lado, el redactor atendia las llamadas del corresponsal de Budapest, a través de las puertas de cristal se oía el ruido de las impresoras y el canto de las muchachas que doblaban los periodicos. Era un sitio magico, el que llegaba a conocerlo, estaba perdido para siempre”.

Principios del siglo XX, si bien los diarios eran el instrumento de adoctrinamiento y distracción del hombre burgués, los periodistas eran mano de obra de la palabra. Tiempos plebeyos del oficio cuando “Un periodista no formaba todavía parte de la sociedad burguesa: todos lo saludaban con respeto, pero nadie lo invitaba a comer”. Enorme diferencia en está epoca donde la sociedad del espectaculo brinda al periodista el respeto sacerdotal de portador de la opinión publica, posibilidades de estrellato y millones, cenas regadas con vino como parte del lobby informativo. De la tradición que describe Marai se nutre lo mejor de la historia periodistica argentina donde se destacaron tipos como Arlt, que vivía en pensiones de mala muerte o Walsh quien nunca podia con las cuentas, ni con las tentaciones de la noche.

La Izquierda Diario y sus redactores, corresponsales, correctores, cargadores y diagramadores, hacen honor a la estirpe de los John Reed. Superando las incomodidades de la falta de recursos, con la pasión política del oficio. Lejos del establishment y la subjetividad de rock star de los periodistas del sistema, con las narices puestas en el barro y descifrando las flasedades del discurso mediatico. Periodismo revolucionario, musa plebeya como lo bautizó Trotsky en Historia de la Revolución Rusa. Recreando la magia perdida que nos pierde para siempre.

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