Izquierda nacional y Patria Grande: calco y copia del pensamiento menchevique y europeizante


Leyendo un articulo sobre la figura de Roca, que aparecera hoy en La Izquierda Diario, de la camarada Claudia Ferri, se retrata muy bien como desde una optica diferente, la reivindicación de una matríz federalista y de populismo criollo, los ideológos de la llamada “izquierda nacional” como el Colorado Ramos, defienden a un prócer de la Argentina terrateniente y el mitrismo liberal como el genocida de la conquista del desierto.

Sacar a relucir viejos debates teóricos con una corriente más que testimonial no tendría ningún sentido sino fuera porque hay sectores que retoman a Mariategui y su formula “ni calco, ni copia, creación heroica de los pueblos” para llegar a la misma conclusión política que la llamada izquierda nacional: apoyar -critica o acriticamente, según el caso- a los gobiernos nacionalistas o que tienen roces con el imperialismo como pasos adelante del movimiento de masas.

La idea fuerza de la llamada “izquierda nacional” reside en un reconocimiento correcto sobre las izquierdas argentinas de la primera mitad del siglo XX que se pensaron por fuera de la cuestión nacional. Correcto si exceptuamos a los grupos de segunda generación del trotskismo, de donde proviene Ramos, que si encararon seriamente la discusión sobre la cuestión nacional. El error esta en su matriz extranjerizante, en ello reside la critica de Ramos a Juan B justo y su PS: “este socialismo de tendero que nos tocó fue precisamente todo lo contrario: europeizante, porteño, antinacional y reformista”, aplicable también al Partido Comunista: “El Partido Comunista arrastró malamente su vida, con las pupilas clavadas en el centro moscovita, desarraigado como una planta esteparia en la tierra del ombú y sujeto a las dramáticas alternativas internas de la Rusia revolucionaria” todo esto se vera agravado para Ramos por la imposición del stalinismo.

Para la ideología de Ramos la cuestión nacional es el parte-aguas al punto que define dos campos: “el campo nacional y el campo de los intereses vinculados a la factoría agraria y al imperialismo”.

A partir de este esquema es que la “izquierda nacional” desarrolla el concepto de Revolución Nacional y su instrumento político, los movimientos nacionalistas burgueses. “El Peronismo fue creado por la irrupción de la clase obrera en los asuntos públicos en 1945, y fue organizado y controlado por un grupo de jefes del ejército de tendencia nacional, a cuyo frente se encontraba el coronel Perón. Nunca se propuso establecer ni el fascismo ni el socialismo, sino desarrollar el capitalismo nacional contra la pretensión imperialista de inmovilizar a la Argentina como factoría agraria. Por eso otorgó grandes concesiones de todo orden a la clase obrera y a las masas populares al mismo tiempo que protegió a la naciente burguesía industrial, aunque recibió la obvia ingratitud de esta última. Nosotros somos socialistas revolucionarios y apoyamos a ese movimiento en tanto dé pasos adelante en la defensa de la Patria y del interés popular”.

El concepto de Revolución Nacional, como sinónimo de la revolución democrático burguesa, es una traslación casi mecánica de lo que se critica al reformismo de aquellos años, de la traslación de un pensamiento menchevique y gradualista de la dinámica de las revoluciones que se detiene en las revoluciones europeas de 1848. La revolución nacional es esgrimida como una fase históricamente necesaria del desarrollo nacional y la lucha de clases para los países semicoloniales. Es por esto que Ramos ubica al peronismo como parte de un fenómeno internacional: “el peronismo no es solamente un fenómeno político argentino, sino más bien la expresión local del movimiento mundial de las revoluciones nacionales que se propaga al concluir la última guerra”.

El razonamiento de Ramos es el siguiente: a revoluciones nacionales, le corresponde la dirección de movimientos nacionales, el proletariado solo puede apoyar esas revoluciones y a esas direcciones en nombre del Frente Nacional necesario para enfrentar al imperialismo y resignar su perspectiva hasta nuevo aviso. De esta manera Ramos borra de un plumazo la teoría de la revolución permanente como guía estratégica para influir en el devenir de la revolución democrático burguesa. Para la teoría de León Trotski, la revolución demo-burguesa, por la debilidad estructural de las burguesías criollas, sus relaciones intimas con el imperialismo y las clases terratenientes y su temor conservador al proletariado, solo pueden realizarse bajo la dirección de la clase obrera y su partido revolucionario, mediante una alianza con la nación oprimida.

Como el Colorado provenía del trotskismo necesito matizar su ideología reconociendo que la burguesía nacional tenia una debilidad estructural que le impedía enfrentar al imperialismo y como el proletariado no podía superar el Frente Nacional a riesgo de quedar en el campo de la antipatria, Ramos descubre en el bonapartismo las caracteristicas políticas particulares que sustituyen el rol de dirección de la burguesía y que singulariza la forma de conducción de los movimientos nacionales como el peronismo: “el bonapartismo es el poder personal que se ejerce «por encima» de las clases en pugna; hace el papel de árbitro entre ellas. Pero en un país semicolonial como la Argentina, la lucha fundamental no se plantea solamente entre las clases sociales del país, sino que asume un doble carácter: el imperialismo extranjero interviene decisivamente en la política interior y tiene a su servicio a partidos políticos nativos y a clases interesadas en la colonización nacional. De esta manera, el bonapartismo (Perón) se elevó por encima de la sociedad y gobernó con ayuda de la policía, el Ejército y la burocracia.” Como toma nota Hernandez Arregui para Ramos: “Tal bonapartismo, en su contenido particular, no fue reaccionario sino revolucionario, conciliador a medias por su recostamiento en la clase trabajadora y no en las clases altas –oligarquía terrateniente, burguesía industrial naciente, campesinado chacarero- fuerzas que, en definitiva, nunca le prestaron su apoyo, y en última instancia, resistieron al sistema en tanto el proletariado permanecía fiel al mismo”.

No contento con esta definición Ramos apunta más allá e intenta retomar un hilo histórico que unifique revolución nacional y bonapartismo que es el que explica su adhesión al revisionismo: “Las masas populares nucleadas después de Rosas en el alsinismo bonaerense y luego en el autonomismo nacional roquista, se ensamblaron más tarde con el yrigoyenismo, síntesis de la inmigración y del criollaje, para transferirse luego al torrente peronista del 43.Discutir a esta altura de las circunstancias el carácter popular del peronismo y sus vinculaciones históricas con el yrigoyenismo es cosa que sólo puede ocurrírsele al charlatanismo radical”.

Como explica un apologista del Colorado: “Ramos es un antimitrista por excelencia que desnuda la falacia de la historia oficial. Agudo defensor del federalismo mediterráneo, responsabiliza a los rivadavianos del sometimiento a Gran Bretaña y a los políticos portuarios del proceso de balcanización. Presenta a Rosas como un ganadero que cuidó los privilegios de su clase y de su provincia, desplazó a la burguesía comercial del poder politico pero le permitió seguir lucrando con la aduana. Mitre queda presentado en la cúspide contrarrevolucionaria y Roca como un conductor nacional (no como el jefe de la oligarquía) que logró construir el estado. Perón fue un gobernante bonapartista, elevado por sobre las disputas clasistas, que desplegó una política antimimperialista y democratizadora de la sociedad. En los límites de su transformación encuentra las causas de su derrota”.(http://www.izquierdanacional.org/soclat/articulos/jorge_abelardo_ramos/)

La concepción del bonapartismo de la “izquierda nacional” es opuesta a la definición del bonapartismo sui generis en las semicolonias con la cual León Trotski intento definir el fenómeno de Lazaro Cardenas en México y al nacionalismo burgués en general: “En los países industrialmente atrasados el capital extranjero juega un rol decisivo. De ahí la relativa debilidad de la burguesía nacional en relación al proletariado nacional. Esto crea condiciones especiales de poder estatal. El gobierno oscila entre el capital extranjero y el nacional, entre la relativamente débil burguesía nacional y el relativamente poderoso proletariado. Esto le da al gobierno un carácter bonapartista sui generis, de índole particular. Se eleva, por así decirlo, por encima de las clases. En realidad, puede gobernar o bien convirtiéndose en instrumento del capital extranjero y sometiendo al proletariado con las cadenas de una dictadura policial, o maniobrando con el proletariado, llegando incluso a hacerle concesiones, ganando de este modo la posibilidad de disponer de cierta libertad en relación a los capitalistas extranjeros. La actual política (del gobierno mexicano, N. del T.) se ubica en la segunda alternativa; sus mayores conquistas son la expropiación de los ferrocarriles y de las compañías petroleras”.

La conclusión política de Trotksi es opuesta a la de Ramos, lejos de llamar a formar parte del Frente Nacional, subordinándose a la dirección burguesa, Trotski plantea competir con la burguesía nacional la influencia sobre las masas campesinas. “La clase obrera de México participa y no puede más que participar en el movimiento, en la lucha por la independencia del país, por la democratización de las relaciones agrarias, etc. De este modo, el proletariado puede llegar al poder antes que la independencia de México esté asegurada y las relaciones agrarias reorganizadas. Entonces, el gobierno obrero podrá volverse un instrumento de resolución de estas cuestiones (…). En este sentido, durante el curso de la lucha por las tareas democráticas, oponemos el proletariado a la burguesía. La independencia del proletariado, incluso en el comienzo de este movimiento, es absolutamente necesaria, y oponemos particularmente el proletariado a la burguesía en la cuestión agraria, porque la clase que gobernará, en México como en todos los demás países latinoamericanos, será la que atraiga hacia ella a los campesinos”. La definición del revolucionario bolchevique sirve para entender el fenómeno del bonapartismo sui generis en su justa medida, y no ilusionarse con el carácter revolucionario del bonapartismo y el populismo en las semicolonias; lo cual puede complementarse con la definición gramsciana de las revoluciones pasivas que cambian la agenda de la clase dominante, incorporan a las figuras e instituciones de los explotados con el fin de restaurar el orden burgués en nuevas coordenadas.

Una primera conclusión es que Ramos y la “izquierda nacional” son victimas de un esquema teórico menchevique y europeizante, que por la vía de la capitulación al nacionalismo burgués, los hace seguir la misma estrategia política de sus rivales reformistas, la conciliación de clases y la revolución por etapas. Mientras los reformistas esperan que sea la burguesía liberal y terrateniente el sujeto del avance demo-burgués, Ramos lo espera de las manos del peronismo y sus formas bonapartistas. Niega que el bloqueo de la independencia de clase al costo de subordinar sus organizaciones, implica debilitar las conquistas progresivas del bonapartismo que en tiempos de crisis termina expulsado del poder por una alianza entre la burguesía que defendía y el imperialismo. En segundo lugar, la teoría trotskista contempla las singularidades de la cuestión nacional, mejor que cualquier esquema menchevique europeizante, señalando una dinamica donde es el proletariado el llamado a desarrollar las tareas estructurales de la revolución democrático burguesa en lucha política con la burguesía y no en alianza con ella. Decididamente esta fue la dinámica que se impuso en América Latina, Cuba avanzó en el sentido de la revolución cuando el M26 obligado por la presión simultanea del imperialismo y las masas rompe con la burguesía y expropia. La vía de la radicalización del nacionalismo burgués fue un fracaso rotundo y el conjunto de los movimientos nacionales de otrora fueron las fuerzas del neoliberalismo en los ’90.

Patria Grande y los chavistas argentinos repiten el error de Ramos, llaman a apoyar al bonapartismo de Maduro, como antes de Chavez, porque son supuesta expresión de los movimientos sociales y no intentos de restauración del orden burgués en las nuevas condiciones dadas por la lucha de clases, que implica, también, el desplazamiento de una camarilla burguesa por otra. En el caso de estos últimos sus llamados a la organización popular, no son más que retoricas puestas al servicio de integrarse a los mecanismos de gestión del Estado capitalista semicolonial.

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