La Venus de Euston Road (Juan Forn)


Si sonaban las alarmas antiaéreas en las calles de Londres durante la guerra, se sabía que el mejor refugio antibombas era el sótano de Faber & Faber, que tenía buena luz y una estantería de buenos libros. Allí descubrieron los pintores de la pandilla de Lucian Freud a una chica preciosa que vivía justo enfrente del galpón que usaban de atelier. La llamaron la Venus de Euston Road y la cortejaron tupido, pero les ganó de mano el gordo Cyril Connolly, que se la llevó como secretaria para su revista Horizon. La chica se llamaba Sonia y era tan despierta y lanzada que pronto empezó a mandar cartas en primera persona del plural a los escritores famosos que colaboraban en la revista (“Creemos que su texto es demasiado largo & falla en el principio & agradeceríamos lo enmendara –adjuntamos estampillas para el reenvío”–). Al final de la guerra, el gordo Connolly volvió un día de sus habituales almuerzos de cinco horas con un personaje inesperado: su viejo compañero de colegio Eric Blair, que había abandonado la casta de los privilegiados para convertirse en George Orwell, la molesta e insobornable conciencia moral de Inglaterra, el paladín de la integridad, el pobretón George Orwell. “Ahí tienes lo que mantiene funcionando a Horizon”, dijo Connolly, señalando a Sonia. Orwell la invitó a tomar una copa, le habló de su soledad crónica (su esposa había muerto dejándolo con un bebé adoptado, acababan de diagnosticarle tuberculosis) y le propuso matrimonio. Sonia prefirió irse a París enviada por Horizon a fichar autores para la revista.

En el sótano del Tabou, donde Juliette Greco servía copas y Boris Vian tocaba la trompeta, frecuentó a Camus, Bataille, Lacan y Marguerite Duras y conoció al amor de su vida, Maurice Merleau-Ponty, el único filósofo que sabía bailar. El flechazo fue mutuo, él la visitaba en Londres y la recibía en París, pero se negaba a dejar a su mujer. Luego de cuatro años de esta rutina, Orwell reaparece en la vida de Sonia. Es casi un muerto en vida: su hermana se ha hecho cargo del bebé y él ha gastado las energías que le quedaban escribiendo una novela que piensa titular 1984 y cuyo personaje femenino está basado en ella. Orwell está en el hospital, Sonia va a visitarlo diariamente. El le habla de la Policía del Pensamiento de su novela, ella le dice que así eran las monjas de su internado: nadie tenía derecho a ningún secreto, a ningún pensamiento propio. Le dice que por eso escupe cuando ve una sotana por la calle y se acuesta con quien quiere y su bebida favorita es el Campari, la verdadera sangre de Cristo. Orwell vuelve a pedirle casamiento (“Tengo 46 años, cinco dientes postizos, várices en las piernas y esta maldita tos. Sólo te pido honestidad y humor”). Ella cree que realmente puede curarlo, si se lo lleva a los Alpes suizos. Le dice que él le dictará sus libros y ella tomará nota y que el aire de montaña hará el resto. Ella misma compra su anillo de compromiso con un cheque por regalías que le da él. Pero cuatro días antes de partir, Orwell muere. El casamiento duró menos de tres meses. Por la delicadeza del estado del paciente, marido y mujer podían verse sólo una hora al día, y ninguna si Sonia se pescaba un resfrío, cosa que ocurrió y le impidió estar junto a él cuando murió.

Sonia fue a refugiarse a Francia, con su amiga Marguerite Duras. Merleau-Ponty iba a visitarla a escondidas, pero seguía negándose a dejar a su mujer. Sonia volvió a Londres y Connolly le avisó que Horizon iba a cerrar. Un buen amigo de ella, Michael Pitt-Rivers, cayó preso en una redada de homosexuales. El asunto era un escándalo: Pitt-Rivers era de la nobleza y además era un don de Oxford. Sonia aceptó casarse con él para librarlo de los rumores, pero después se autoconvenció de que podía “curarlo”. El matrimonio duró poco: Pitt-Rivers prefirió ejercer libremente su sexualidad fuera de Inglaterra, le cedió su coqueta casita de Londres y le pidió el divorcio. En esa casa recibió Sonia la noticia de la muerte de Merleau-Ponty y tuvieron lugar sus dos intentos de suicidio y la decisión posterior que le ganó la mala fama que padeció hasta su muerte: ser en cuerpo y alma la viuda de Orwell.

Los ingleses pueden ser tremendos cuando quieren, y fueron tremendos con ella. Nunca le perdonaron que se hiciera llamar Sonia Orwell, en usufructo de fama ajena (si no quería usar su apellido de soltera ni el de Pitt-Rivers, la portación de apellido que le correspondía era Blair). Además, la acusaban de alcoholismo, promiscuidad y derroche de la fortuna que habían empezado a dar Rebelión en la granja y 1984, convertidos por la Guerra Fría en explosivos best-sellers, como metáforas del totalitarismo. Lo significativo es que la santificación de Orwell se debió en gran parte a Sonia: a ella le pidió antes de morir que evitara que se escribieran biografías sobre él (temía que le pasara lo que él mismo había criticado a Gandhi) y a ella se quejó con amargura del tiempo que había perdido haciendo periodismo en lugar de escribir más libros. Sonia creía lo contrario, estuvo diez años seleccionando de una montaña de notas de prensa, cartas, cuadernos y borradores, y en 1968 publicó un tomazo formidable que tituló The Collected Essays of George Orwell y demostró, con esa suma de papeles dispersos, los alcances del pensamiento y la pluma de su marido. Hasta entonces nadie en Inglaterra ponía a Orwell a la altura de los verdaderamente grandes; fue Sonia la que corrigió el error, y el establishment literario no se lo perdonó: canonizaron a Orwell y la crucificaron a ella.

Si la CIA hacía una versión propagandista de Rebelión de la granja y bombardeaba con ella los países comunistas, era culpa de Sonia. Si el hijo adoptivo de Orwell, ya adulto, vivía modestamente en un pueblo perdido de Escocia, era culpa de Sonia. Si se ocupaba de que Jean Rhys, Ivy Compton-Burnett y J. R. Ackerley no pasaran necesidades en sus últimos años (Sonia les hacía enviar desde Harrods la mermelada, el té y el gin favorito de cada uno de ellos y les organizaba almuerzos con escritores famosos para levantarles el ánimo), la acusaban de dar la espalda a los verdaderos necesitados, como hubiera querido Orwell. Si se hacía cargo de la viuda y los hijos de Connolly era porque sólo le importaban sus amigos bienudos. Si prohibía biografías era porque no quería quedar mal parada.

Lo que recién se supo con su muerte fue que Sonia hacía esas cosas con dinero que sacaba a sus amigos ricos y que ni un peso de la fortuna que daban los libros de Orwell iba para ella, o para el hijo en Escocia. Orwell nunca pensó que sus libros darían plata; antes de morir firmó un documento de plenos poderes a un contador para que no quedaran deudas en el hospital, y todo el dinero acumulado había ido a manos de él. Después de una batalla judicial que duró veinte años y le costó su casita londinense, Sonia logró recuperar los derechos de Orwell, los cedió enteramente al hijo adoptivo y se fue a morir a París a un departamento en un quinto piso, sin baño y sin ascensor. Marguerite Duras, la viuda de Connolly y la de Merleau-Ponty le mandaban dos veces por semana botellas de Campari, libros y cigarrillos.

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