La muerte de un altruista (Juan Forn)


Cuando Darwin estaba elaborando ladrillo a ladrillo su Teoría de la Evolución, transpiró sangre con las hormigas y las abejas obreras (¡nacen sin órganos reproductivos!, ¡su existencia está enteramente dedicada al bien de la comunidad!), hasta que se convenció de que esa división del trabajo demostraba que el proceso de selección natural era aun más efectivo de lo que había imaginado. La palabra altruismo no salió nunca de su boca: de hecho, fue uno de sus seguidores, TH Huxley, conocido como El Bulldog de Darwin, quien sostuvo que ver altruismo en el comportamiento animal o vegetal era improcedente; la naturaleza no era moral; la ayuda mutua era un concepto que venía de la familia. Huxley le estaba contestando a Comte, el filósofo francés que acuñó la palabra altruismo, y a Kropotkin, el príncipe anarquista que sostenía que allí donde había vida animal en abundancia había ayuda mutua. Huxley veía enemigos del evolucionismo hasta entre los compañeros de ruta, porque se la pasaba discutiendo contra los creacionistas. Por suerte, los darwinistas que vinieron después encararon con más curiosidad el enigma del altruismo, y así fue como, en 1975, un biólogo inglés llamado William Hamilton ofreció al mundo la fórmula matemática que lo explicaba genéticamente, eso que hoy se conoce como Selección Familiar, Altruismo de Parentesco, o Regla de Hamilton. Su fórmula era tan engañosamente sencilla como el E=mc2 de Einstein, era casi una tautología, y ni siquiera la había descubierto el propio Hamilton: se la había dado un amateur en el rubro. Déjenme contarles su historia.

George Price entró a Harvard con una beca y salió seis meses después con un colapso nervioso. Juntó fuerzas, partió a la Universidad de Chicago, se graduó en bioquímica, trabajó para el Proyecto Manhattan, el programa nuclear yanqui (inventó un test para medir el uranio en la orina), en algún momento se salió de la tecnocracia y empezó a ganarse la vida escribiendo artículos de divulgación para Science y Life. Uno de ellos (“¿Tenemos razones para sentir miedo?”) llamó la atención del senador Humphrey y de-sató un intercambio epistolar en el que Price lo urgía a proponer drásticas reformas en el presupuesto y la política exterior de su país: había que cambiar la mentalidad del ciudadano medio norteamericano, había que aprender a mirar al otro para ver qué darle, no qué quitarle o qué copiarle. Humphrey dejó de contestar cuando Price le sugirió que el gobierno debía enviar dos pares de zapatos (unos de invierno, otros de verano) a cada ciudadano de la URSS, a cambio de la liberación de Hungría.

En 1966 le diagnosticaron un cáncer de tiroides, lo operaron y quedó con parálisis parcial en un brazo. Dejó a su mujer y sus dos hijas la mitad de la indemnización y con la otra mitad se fue a Londres y se pasó los años siguientes en la British Library leyendo todo lo que pudo sobre antropología, medicina, biología y psicología. Creía estar cerca de un descubrimiento trascendental pero no sabía en qué disciplina, hasta que se topó con un paper de Hamilton en el Journal of Theoretic Biology, que sostenía que entre miembros de una mismo clan podían transmitirse genéticamente los impulsos altruistas, de generación en generación, si el beneficio para el grupo era mayor que el desgaste para el individuo. Price le escribió preguntándole por qué lo reducía a vínculos sanguíneos, por qué no pensar que entre individuos de distintos grupos también podía darse. Price creía que el gen del altruismo podía ser universal. Hamilton no lo creyó del todo loco; de hecho, le consiguió una beca y una oficinita en el instituto Galton, y lo adoptó como la mosca en su oído, el estímulo para pensar cosas inesperadas, porque a esa altura Price ya había leído todo lo que Hamilton había escrito en su vida y todo lo que había leído también.

Y entonces, una noche de 1970, se le apareció con el papelito en el que estaba la fórmula. “Pruébela. Y, si funciona, explíquela usted al mundo. Yo ni siquiera podría mostrar cómo llegué hasta ella.” Hamilton estuvo tres años sometiéndola a prueba hasta comprobar que Price tenía razón, así que fue a anunciarle que iba a corregir su paper, e iba a incluir en él la fórmula y su desarrollo y fundamentación. Pero antes quería que Price publicara su hallazgo firmado, para que el mundo le diera el reconocimiento que se merecía.

Para entonces, Price vivía en la calle y su interés por el altruismo había evolucionado de la teoría a la práctica. Repartía sus magros ingresos entre los vagabundos abajo de los puentes, cedió su departamentito y luego también su oficina a homeless que recogía de la calle, casi no comía y había dejado de tomar su medicación de levotiroxina. Pesaba menos de cincuenta kilos, tenía los dientes negros, las uñas violáceas y las manos como garras la última vez que se vio con Hamilton, a fines de diciembre de 1974. Lo primero que le dijo fue que la biología evolutiva había aceptado igual de sumisamente que las ciencias sociales la influencia de la Escuela de Chicago, con su idea mercantilista de un mundo de recursos limitados y rivalidad constante que produce mutaciones genéticas cada vez más competitivas en los ganadores y va eliminando a los perdedores en el proceso. Luego le contó que había descubierto discrepancias y huecos importantes en las Sagradas Escrituras, como el linaje materno de Jesús, los efectos del Diluvio (que no había sido universal) y el verdadero sentido del número 666 y de la semana bíblica original (que había sido no de siete sino de doce días). A continuación le dijo que no tenía tiempo para escribir el paper que Hamilton le pedía; tenía preocupaciones mayores. Cinco días después se cortó la carótida con unas tijeras y se desangró hasta morir en un taller donde lo dejaban dormir ese invierno.

A pesar de que Hamilton logró publicar póstumos los papeles de Price, y darle debido reconocimiento en su propio trabajo, el modelo matemático provisto por el difunto sirvió de cimiento para una teoría que considera al egoísmo como principio básico de funcionamiento en la naturaleza. Apenas un año después de la muerte de Price, apareció El gen egoísta, el famoso libro de Richard Dawkins que sostenía que Hamilton tenía razón pero que los comportamientos altruistas se propagan en los genes porque son comportamientos egoístas enmascarados. Desde San Agustín y Hobbes hasta Lacan se nos decía lo mismo que sostenía Dawkins: que todo acto altruista tiene en el fondo fines egoístas, alimenta nuestra vanidad, incluso nos da un subidón químico de oxitocina. Ahora, a la explicación biológica se le sumaba la genética: el altruismo era una ficción inventada por la naturaleza para enmascarar sus verdaderos fines. La incómoda palabrita que tanto enervaba al viejo Huxley había sido triunfalmente erradicada del darwinismo por Dawkins y su principal propulsor era sólo una nota al pie en la Regla de Hamilton. A pesar de que ya han pasado cuarenta años de la muerte de Price, nada ha cambiado desde entonces en el campo del evolucionismo. Pero ya se sabe que, en términos darwinistas, cuarenta años no es nada y un altruista no hace verano.

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