Pedro Lemebel y la puerta al jardín del amor


Mi acercamiento a Pedro Lemebel fue casual y nunca fue erudito. De hecho he leído muy poco de su obra, pero con lo poco que he tenido la suerte de conocer genere empatía. Sera por aquello que una vez escribió otro chileno que me vuela la cabeza, Roberto Bolaño, de que todos mis héroes son revolucionarios, homosexuales, escritores, ladrones y drogadictos.

Fueron en particular dos textos de Lemebel los que me impactaron profundo: su poema Manifiesto y el pequeño texto Frívolas, cadavéricas y ambulantes. El primero por su amarga queja militante contra una izquierda reformista que ha hecho de las normas burguesas, heterosexuales y sobrias de la vida una forma de adaptación a la sociedad capitalista bajo el argumento de no caer en la marginalidad o para no caer en una provocación que ponga en riesgo el aparato. Una protesta contra el stalinismo que acusaba a los homosexuales de pervertidos burgueses que debían ser arrojados a campos de reeducación como en la Cuba castrista, donde los líderes de la revolución expulsaban homosexuales y mientras tanto aplaudían como fieros sementales a los tanques soviéticos aplastando a sangre y fuero la Primavera de Praga o a los obreros de Solidadridad en Polonia (quizás inspirado secretamente en Lemebel escribí alguna vez: fuera de la revolución nada/ de nada/ solo un sexo entre/ alambres de púa/ rosas muertas/ y el semen caliente/ que se derrama/ por la boca silenciosa de los poetas/ que fueron muriendo/ de pena/ de sida/ de exilio/ de suicidio/ (la revolución aplaudía/ sementales/ que montados en tanques rojos/ regaban de sangre/ la primavera de praga). Una tragedia de Lemebel que esperaba vanamente revoluciones del Partido Comunista Chileno, el mismo que auspicio a Pinochet al Ministerio de Guerra del gobierno de Allende y que cantaba sus odas a Stalin por boca del nefasto poeta-burócrata Pablo Neruda.

Fue Frívolas, cadavéricas y ambulantes, quien gano mi corazón e hizo sentirme una loca sedienta de una vida que se desvanece. Allí Lemebel habla del SIDA y de las angustias y sueños de los que convivimos con el HIV. En aquel momento iba y venía de las internaciones hospitalarias y subsistía tomando como 20 pastillas por día. Lemebel le puso poesía a mi pequeño drama. Comprendí que como persona con conductas autodestructivas complicada en su salud, eran precisamente esas conductas las que -en gran parte- me hacen sentir vivo y asumí que el SIDA es un recordatorio de que intentamos arrebatarle a la vida cada minuto de intensidad y pasión que la sociedad nos niega. No me interesa reivindicar la autodestrucción sino la libertad, esas pocas migas de libertad que podemos arrancar luchando por el fin de la explotación y viviendo lo más que podamos de acuerdo a nuestros propios principios y reglas.Como Lemebel ser portador es para mí cruzar una pequeña puerta que nos conduce al jardín del amor.

No voy a extrañar a Lemebel, porque los diamantes son eternos tanto como la buena poesía.

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