Leo Norniella y el hilo rojo


Quisiera decir que morir es estúpido, mucho más si se muere estúpidamente o por decisiones desesperadas. Pero no es cierto. Nadie elige morir y la desesperación no es movida por la estupidez, sino por el agobio y el desencanto.

Quisiera decir que la vida es bella, pero muchas veces los densos nubarrones del dolor, la fatiga, la desesperanza, la explotación y la miseria, las derrotas acumuladas y las batallas no dadas te dejan en la boca el sabor amargo de una perra vida.

Quisiera poder vivir una vida libre, sin sentir culpa ni temor por la embriaguez que se busca para desarticular la realidad y reconstruirla sobre los parámetros del deseo y la imaginación. Pero muchas veces el precio a pagar por el atrevimiento es la soledad, la destrucción del vínculo afectivo, la angustia por la libertad negada, el hacer equilibrio en la delgada cuerda de la tristeza. Pero el peor precio es el de domesticarse y mecerse anestesiado.

Es duro ser consciente de vivir, a decir de Charles Baudellaire, entre oasis de horror y desiertos de aburrimiento. Y el horror no siempre es la imagen espeluznante de la barbarie, sino las trampas enloquecedoras de una cotidianeidad aberrante, donde todo lo que esclaviza y oprime se naturaliza, se convierte en ley a-histórica, se reproduce como sentido común y forma de vida. Pesimismo de la inteligencia y optimismo de la voluntad, sentenciaba Antonio Gramsci. Pero no es tan sencillo, la fuerza de las cosas y los hechos que mueven a la sociedad alimentan las fuentes del pesimismo y obstruyen la fuerza y la alegría de la voluntad. Hay que saber sobreponerse y tener una mirada histórica estimulada por el optimismo pasional de que la fuerza de la rebelión de las y los explotados cambiara la faz de la tierra. Deseamos tanto las revoluciones que nos hagan mujeres y hombres libres, hermanos y no enemigos, amantes y no seres cargados de un odio venenoso. Pero cuando la realidad nos niega el gozo del programa cumplido, cuando la rebelión es subterránea y silenciosa, cuando el tiempo medido de la burguesía se impone tiránico contra nuestra voluntad vital o combatiente, le da a uno ganas de mandar todo al carajo, hasta que se recompone y aprende a ver en las pequeñas historias de resistencia, en las experiencias de las que los medios no hablan, en las construcciones silenciadas de la cultura, y más aún en las gestas protagonizadas por obreras y obreros, en la comprensión de que el mundo no es obra de Dios sino de los albañiles, vamos recuperando la alegria viendo pequeñas dosis del nuevo mundo que como predicaba el líder anarquista español Buenaventrua Durruti, va pariendo nuestros corazones.

Leo Norniella era un militante obrero y revolucionario, un marxista convencido. Somos militantes del partido de la vida, por eso me da bronca y no puedo dejar de pensar que las decisiones estupidas y desesperadas puedan terminar con una vida lucida e inteligente entregada a una causa gigante. Cada camarada caido nos duele y con el tiempo nos damos cuenta la falta que nos hace su presencia. Prefeririamos siempre que esten a nuestro lado y no solo reivindicarlos como bandera. Los martires son obra del enemigo nosotros queremos a nuestros camaradas vivos codo a codo en el combate y en el banquete de la vida. Su error no estuvo en la vida revolucionaria que eligió, ni en su voracidad por sentirla plena. No me queda la menor duda de que es el mundo el que vive equivocado. La oscuridad del tiempo, la angustia o no medir las consecuencias le gano una pulseada pero eso no inhibe su obra militante, su papel como precursor de una generación obrera combatiente y como un constructor del partido. Leo Norniella ya es parte del invisible hilo rojo que une el pasado heroico y el presente combatiente de los destacamentos de nuestra clase con la causa del socialismo.

Camarada Norniella: Hasta el socialismo, siempre!

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