Cara a cara con la revolución (Juan Forn)


En julio de 1966, el viejo Mao estaba supuestamente jubilado en provincias pero, ante las inequívocas señales de que China se recuperaba luego del catastrófico Gran Salto Hacia Adelante que él mismo había puesto en marcha en 1958 (con un saldo de veinte millones de muertos por inanición), decidió lanzarse a las aguas del Yangtzé durante un acto público en su honor y nadar quince kilómetros. En realidad sólo se dejó flotar en la mansa corriente del río durante una hora, pero el rumor que corrió por toda China fue que el Gran Conductor se había revitalizado y, a los setenta y tres años, volvía a escena. Dos días después Mao entraba en Pekín, obligando a renunciar a Liu Xaoqi, el sucesor que él mismo había dejado, y dando vía libre a los jóvenes rabiosos de las Guardias Rojas para motorizar la hoy tristemente célebre Revolución Cultural. El viejo zorro que había dicho “La política es la guerra por otros medios” iniciaba ahora una guerra total contra su propio partido, con la consigna: “Muerte a todo lo viejo”.

En cada comuna de China, todos sus habitantes debían asistir, diariamente y en horario de trabajo, a las sesiones de acusación pública en que una persona, parada o arrodillada arriba de una silla, con la cabeza baja y un humillante bonete de papel donde él mismo había escrito de puño y letra su crimen político, era denunciada por sus amigos, vecinos o familiares y recibía los insultos de toda la comuna. Las sesiones duraban horas y podían repetirse cientos de veces y, entre sesión y sesión, se les daba a los acusados las dos peores tareas que existían: romper a puño limpio la capa de hielo sobre la tierra que había que arar o vaciar a mano las letrinas.

Cada una de las sesiones de aquellos tribunales populares se cerraba con un vibrante ballet de milicianas en trajes Mao celebrando la sabiduría del Gran Conductor. Gran parte del trabajo de un fotógrafo de prensa en esos años era registrar estos actos. Había, en la jerga del oficio, dos tipos de fotos: las “positivas” (es decir, las que podían publicarse) y las “negativas”. Por cada toma “positiva” que salía publicada, los fotógrafos recibían un rollo de negativo virgen. Pero aquel que, al volver al diario, entregaba para revelar más imágenes “negativas” que “positivas” en sus rollos se cavaba su propia fosa. Al joven Li Zhensheng, por ser el novato de su sección en el Diario de Heilongjiang, le tocaba revelar los rollos de todos sus compañeros, además de salir a la calle a fotografiar. Cuando estaba en la calle, el joven Li creía de verdad en la Revolución Cultural, pero en el cuarto de revelado se fue dando cuenta de que en realidad estaba registrando la locura colectiva del país en estado puro.

Li había querido estudiar cine, originalmente. De chico, cuando traían una película a su pueblo y él no tenía para pagar la entrada, se sentaba en la calle, lo más cerca posible del lugar donde instalaban los altavoces, y “escuchaba” las películas. La primera cámara que tuvo la consiguió a cambio de una colección de estampillas que le robó a su padre, que había sido cocinero en un barco de carga. Le alcanzó para pagarla pero no para comprar película. Cada rollo de fotos costaba un yuan, así que sus compañeros de escuela hacían una vaquita para que él les sacara fotos y en recompensa le cedían la última toma. Li hacía en quince minutos las primeras once fotos y se pasaba el resto del día con la restante. Al entrar en el diario años después, se encontró con una mecánica de trabajo inesperadamente similar: lo primero que le enseñaron sus colegas fue que no terminara el rollo en el lugar al que lo mandaban, sino que se dejara una o dos exposiciones por si se topaba con algo a su retorno de cada asignación. Li lo entendió a su manera: la última foto era para él.

Noche a noche, en la soledad del cuarto de revelado, tenía el cuidado de recortar de sus rollos las fotos más “negativas” que le salían y dejar sólo las positivas a secar. Para no tirar las otras, se las llevaba a escondidas a su casa y las enterraba, en una lata envuelta en hule, debajo de las maderas del piso de su habitación. Nunca lo descubrieron, pero igual terminó en los campos de reeducación, acusado de falta de espíritu revolucionario (la condena fue por querer “crear su propio reino en el cuarto de revelado”). En 1969, Li y su esposa fueron enviados a un campo cerca de la frontera con la URSS donde nacieron sus dos hijos: al varón lo llamaron Xiaohan (“riendo frente al frío”) y a la menor Xiaobing (“riendo frente al hielo”). Sólo les permitieron regresar en 1976, con la caída en desgracia de la viuda de Mao y la Banda de los Cuatro, y el fin de la Revolución Cultural.

Con los años, Li logró un puesto como maestro en una academia de fotografía de provincia pero nunca volvió a trabajar como fotoperiodista. En 1988, cuando creía que el mundo se había olvidado de él, recibió un inesperado encargo desde Pekín: le pedían, como a todos los fotoperiodistas de los viejos tiempos, imágenes para una gran muestra revisionista sobre la Revolución Cultural. Soplaban vientos de cambio y Li se atrevió a mandar diez fotos “positivas” y diez “negativas”. El inglés Robert Pledge las vio, logró contactarlo y le mandó decir que quería hacerle un libro para la exquisita Editorial Phaidon. Tardó siete años en recibir casi treinta mil negativos en entregas azarosas y clandestinas, y esperó otros siete años hasta que Li logró salir de China y por fin pudo publicarse el libro sin que él sufriera las consecuencias. Se llamó Soldado rojo de las noticias, porque eso decía en el brazalete escarlata que se había inventado Li, en lugar del brazalete blanco y negro de prensa, así podía acercarse a sus objetivos más que los demás fotógrafos sin que las Guardias Rojas lo apartaran.

Nadie le vio la cara tan de cerca a la Revolución Cultural como él. Nadie la vio tan panorámicamente tampoco: Li nunca logró hacerse de un gran angular, así que cuando necesitaba captar las escenas de masas a las que asistía iba disparando su cámara y girando milimétricamente el foco, y luego, en el cuarto de revelado, iba uniendo las tomas como si fueran una sola. Sus colegas de entonces decían que nadie lograba tanta efectividad malgastando tan poco rollo. El confesó que, cuando enfrentaba los rostros de los condenados en la soledad del cuarto de revelado, les decía en voz baja: “Por favor, si sus almas están embrujadas, no me embrujen a mí. Yo sólo quiero que la gente sepa algún día lo ocurrido”.

Cuando Li nació en 1940, se le pidió a su abuelo que le pusiera nombre. El abuelo era campesino, pero era conocido y respetado en diez pueblos a la redonda como hombre instruido. A la partícula Zhen que correspondía a la familia, la completó con el nombre por el que hoy conocemos al nieto. A los vecinos del pueblo les pareció un nombre absurdamente presuntuoso. Li Zhensheng, en chino, significa: “Como una canción que se eleva por el aire, lo que veas será visto en las cuatro esquinas del mundo”.

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