hay caos


Un puñado de vergas florecen como rosas. Tomando sus tallos sangran las manos con las duras espinas. Regadas de saliva salpican su polen sobre el rostro de un dulce jardinero.

Una rosa roja, como Rosa Luxemburgo encabezando la marcha de un millón de furiosas maricas proletarias.

Un ojo que espia detrás de la puerta de vidrio a las sombras de la perversión y el delirio.

Hay caos. Hay narices rotas y sangrantes. Hay dos amantes viriles propiciándose caricias: rita la salvaje y el hombre tigre. Ella se ofrece su boca como excusado y el agujero del culo, como refugio para aquellos que han perdido la noche en vano. El simplemente se zambulle de cuerpo entero en un río de mierda.

Hay pasión por la destrucción. Un Bakunin que delira hasta el orgasmo por las palabras de Netchaev. Una Siberia fria y desoladora en una habitación de un hotelucho de Balvanera. Una fortaleza de Pedro y Pablo que encierra a los que saben el camino a los jardines del amor.

No hay derrota sino un compás de espera.

Cadáveres y chales cubriendo el cuello de unas damas de barba suave y manos duras que te toquetean el culo hasta hacerlo una masa de pan, que una vez al horno, sera mojado con leche y orinas.

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Cris Miró me enamoró


Era hermosa. Ayer hubiera cumplido cincuenta años. Su sensualidad desbordante la transformaba en un imań. La belleza del deseo la transformaba en una mujer única aún para los propios cánones de la femineidad heterosexual. En los 90 me enamoré de Cris Miró.

Dedicado a mi novio trans Tom.

Me atraía su fina carita y una voz que sabía interpretar la tonada de lo distintivo. En aquellos años reconozco que amaba profundamente a las travestis, me enloquecían y su sola presencia despertaba en mí una mezcla de deseo lujurioso y envidia. En su marginalidad, en su elección a contrapelo de la norma, en su bravura para hacerse cargo del sentir y el deseo, eran libres y salvajes figuras de lo que aún era intragable para una moral pacata. En ese sentido, para mí, Cris Miró era una especie de Marilyn Monroe de las travestis argentinas.

Cris tenía talento. Había estudiado teatro con Alejandra Boero y baile con Julio Bocca. Ciertamente contaba con las ventajas de la posición social. Cris era una travesti venida de una familia relativamente acomodada lo cual facilitó en algo su existencia. Aún así era travesti. Una energúmena como Mirtha Legrand la basureaba en vivo en sus almuerzos tratándola de hombre no asumido. El lenguaje común anteponía el término ’’él’’ a la palabra travesti para subrayar su carácter originariamente varonil. Mujer con pene, hombre con tetas y la degradación para quienes eran deseadas en secreto, se las gozaba recurriendo a la más abyecta prostitución y se las aborrecía en público.

Cris Miró logró abrir las puertas del mundo de la farándula al travestismo argentino. Fue la sucesora de Batato Barea y la predecesora de Flor de la V. A diferencia de Batato, que junto a Humberto Tortonese y Alejandro Urdapilleta, sacudían con un desparpajo hermosamente inmoral las noches intoxicadas del under porteño, Cris Miró fue un producto cultural del menemismo. De un país que vio hundir sus antiguos valores e instituciones luego de un genocidio de clase, de una guerra nacional perdida cobardemente y de un gobierno peronista que llevó adelante con velas desplegadas el programa de entrega y destrucción del andamiaje social de la segunda mitad del siglo XX dictado por el imperialismo. En ese desparpajo neoliberal, donde reinaba la corrupción y el sálvese quien pueda, donde la moral se hundía porque era desmentida en cada acto de las clases dominantes, Cris Miró representaba la integración al mundo de la farándula, a la fantasía de los ricos y famosos, del travestismo. En eso se parece más a Flor de la V; fue la primer travesti popular del status quo social del neoliberalismo. A pesar de su formación actoral sólo consiguió destacarse en obras de los hermanos Sofovich, dignas de un tacho de basura más que de la critica cultural.

Aún así amábamos a Cris y deseábamos una noche en su cama, el susurro de su voz, el elixir de su piel por la mañana. Envidiábamos y odiábamos a Guillote (Coppola) y Diegote (Maradona) que en sus fiestas regadas de champagne y cocaína tenían a nuestra Cris por compañía.

El maldito SIDA probablemente (nunca lo reconocieron así sus familiares) o lo que mierda haya sido, nos privó de verla crecer y quizás sobreponerse a los estereotipos de mujer gatuna que la farándula le exigía. Qué se yo, quizás hubiera sido una vieja de mierda que sólo se dedicó a hacer guita. No lo sé. Sólo sé que reinaba en mis fantasías como una novia imposible de obtener a la cual hubiera llevado orgulloso de la mano allí donde el prejuicio fuera más brutal.

Un brindis por la memoria de aquellos amores imposibles que poblaron alguna vez nuestros corazones. Por aquellas que a pesar de los límites de su tiempo y de la ideología imperante corrieron el velo de la heteronorma animando a muchas y muchos a asumirse según su deseo.

La capitulación de Perón ante la revolución fusiladora


El 16 de septiembre de 1955 un golpe encabezado por los Generales Eduardo Lonardi y Pedro Eugenio Aramburu y el Contraalmirante Isaac Rojas, derrocó de la presidencia a Juan Domingo Perón. El movimiento recibió el nombre de Revolución Libertadora y fue rebautizado, tras el asesinato en 1956 del General Juan José Valle y más de 27 militantes peronistas, como la “revolución fusiladora”.

A partir de 1954 la fortaleza del gobierno peronista es puesta en cuestión por una crisis económica latente y un resurgir de la lucha de clases de los trabajadores cuyo máximo símbolo sera la gran huelga metalúrgica de abril-junio de 1954. Las dificultades crecientes de la economía argentina empujaran a Perón a habilitar una ofensiva patronal que en el Congreso de la Productividad en marzo de 1955 planteará la linea de aumentar la explotación sobre los trabajadores.

Con estas palabras defendía el General Perón su apoyo a las patronales: “En nuestro país la palabra producir es una palabra sagrada, porque en esa palabra está el bienestar general. Yo no digo que esto sea cierto donde el Estado y el patrón explotan, ahí no es cierto; ahí es mentira. Pero donde no hay explotación patronal ni estatal, ahí es verdad… Nadie ha combatido más que yo a los patrones abusivos y explotadores. Yo veo, sin embargo, que ellos están en tren de colaboración. No están ya en tren de explotadores. Es decir, que ellos están en el mismo orden social y justiciero que nosotros. ¿Entonces, por qué los vamos a seguir combatiendo? ” (La Prensa, 17/3/55). A la vez el gobierno se ve obligado a pactar acuerdos petroleros con el imperialismo yanqui, la Compañía California Argentina.

El golpe antiperonista se inscribe dentro de una ofensiva neo colonizadora en latinoamérica de un imperialismo norteamericano que emergía como super potencia luego de la victoria Aliada en la Segunda Guerra Mundial. El peronismo se había consolidado como un “bonapartismo sui generis” que contaba con el apoyo masivo de la clase obrera y mientras regimentaba los sindicatos, negociaba el status semicolonial de la Argentina aprovechando una debilidad relativa del imperialismo.

En los últimos años del segundo gobierno peronista la prédica de la armonía de clases y la estatización de los sindicatos resultaban insuficientes para las necesidades patronales. Ante el agotamiento de las condiciones económicas favorables y la incapacidad creciente del gobierno y la burocracia de la CGT de mantener a raya a la clase obrera, se allana el camino del golpe de Estado y se concreta una alianza política-social cuya dirección indiscutible es el imperialismo yanqui y cuya finalidad es permitir su penetración en la Argentina y la destrucción de las conquistas y organización obreras durante el primer peronismo.

El frente golpista incluía, además de a los EE. UU., a una burguesía deseosa de mantener sus ganancias a costa del sacrificio de los trabajadores, los terratenientes, la Iglesia Católica, la UCR, el Partido Socialista y el Partido Comunista, entre otros.

La vanguardia de la movilización golpista fue la Iglesia Católica, que luego de romper con Perón organiza el Partido Demócrata Cristiano y va a ser la gran protagonista de las movilizaciones del Corpus Chistri el 9 de junio del ’55. El 16 de junio la aviación Naval bombardeara con los Gloster a una Plaza de Mayo repleta de gente con el objetivo de asesinar al presidente dejando un tendal de casi 500 muertos.

Perón llamará a la calma, pondrá fin a la revolución peronista y hasta ofreció su renuncia para intentar calmar los ánimos, pero sus palabras conciliadoras cayeron en el vacío y la respuesta del gobierno fue invocar a que los grupos controlados de sus partidarios ejercieran la violencia política contra sus opositores: “A la violencia le hemos de contestar con una violencia mayor (…) La consigna para todo peronista, esté aislado o dentro de una organización, es contestar una acción violenta con otra más violenta. pero la decisión golpista estaba tomada. Y cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de los de ellos”.

Sin embargo, la clase trabajadora permaneció desarmada por el gobierno y los dirigentes sindicales quienes confiaban que su defensa iba a estar resguardada por una supuesta mayoría leal de las FF.AA.

En el golpe del ’55 tuvo éxito porque logro plegar a su favor al sector militar del integrismo católico nacionalista que vacilaba en su apoyo al peronismo. Eduardo Lonardi era su representante en la Junta Militar golpista. El 16 de septiembre las fuerzas de la Marina serán la cabeza del movimiento sublevándose en la base de Río Santiago en Ensenada, en Bahía Blanca y en la Escuela Naval. El Ejército se sublevo en Córdoba y Entre Ríos. Pese los enfrentamientos los militares leales fueron pasándose de bando en la medida que veían que Perón no contaba con la voluntad para resistir temeroso que la movilización de los trabajadores fuera la que pusiera fin al movimiento rebelde.

La Armada encabezada por Isaac Rojas el elemento militar clave para la victoria. Frente a la persistencia de la marina, los generales leales soltaron la mano de Perón quien capituló sin lucha. El símbolo de su huida fue una cañonera paraguaya aportada por Stroessner para que el General huyera del país. Los funcionarios peronistas y los burócratas sindicales de entonces siguieron los mismos pasos. Los libertadores ejercieron su revanchismo asaltando sindicatos con los Comandos Civiles –entre los que se encontraban militantes comunistas junto a “prohombres” de la prensa como Marino Grondona- mientras las señoras “bien” de la Argentina burguesa festejaban volver a tener “sirvientas baratas”.

Ante la capitulación del peronismo, la respuesta al golpe corrió por cuenta de los trabajadores. En algunas zonas como Rosario, Berisso y Ensenada las barricadas tardaron casi dos semanas en ser liquidadas. Pero tiempo después una formidable oposición obrera –la “resistencia peronista”- enfrentará al régimen libertador impidiendo que se consolide una ofensiva coordinada de la patronal que buscaba quebrar conquistas y el imperialismo yanqui que pretendía avanzar en la penetración de sus empresas.

Perón justificó su retirada diciendo que buscó evitar un derramamiento de sangre. Pero el golpe de 1955 abrio las puertas a un derramamiento de sangre mayor. Los bombarderos al pueblo en la Plaza de Mayo el 16 de junio de 1955 con su secuela de entre 364 y 500 muertos, fueron premonitorios de que los gorilas estaban dispuestos a todo.

El balance histórico del peronismo como movimiento nacional burgués se cerró trágicamente con el golpe de 1955.