El PST en la mira de las Tres A. Un debate con la política del “Frente democrático” (Ruth Werner y Facundo Aguirre)


El PST fue una de las primeras organizaciones de izquierda atacada por las bandas criminales de la ultraderecha. A lo largo de 1974 la Triple A atentó contra los locales de esta organización en varios puntos del Gran Buenos Aires, como Beccar, Morón y La Plata, así como en Mendoza, Córdoba, Tucumán y Rosario. El 7 de mayo de ese año, fue asesinado, a manos de una patota de la UOM de Vicente López, Inocencio Fernández, militante del PST y subdelegado de la Fundición Cormasa. Un segundo golpe ocurrirá en Gral. Pacheco, el 29 de mayo. Quince matones de la Triple A tirotearon el local del PST y secuestraron a seis militantes, asesinando posteriormente a tres. Eran Oscar Dalmacio Meza, delegado de ASTARSA, Mario Zidda, dirigente estudiantil de la Escuela Nacional de Educación Técnica, y Antonio Moses, obrero de Wobron. Estos asesinatos fueron bautizados como “la masacre de Pacheco”. El atentado al local de un partido legal, constituía un salto en el ataque fascista y logró repercusión en los medios nacionales. El velatorio se transformó en un gran acto de repudio a las bandas de ultraderecha donde participaron numerosas corrientes políticas. Allí, el dirigente del PST, Nahuel Moreno, planteó que a los golpes de la ultraderecha había que oponer, “las brigadas o piquetes antifascistas, obreros y populares” [1]. Apelaba a la táctica clásica del marxismo en el combate contra los grupos de choque fascistas. Sin embargo, esta posición no será sostenida en el tiempo y la orientación central para oponerse a la Triple A será la del apoyo a la iniciativa de la UCR y el Partido Comunista de peticionar el fin de la violencia ante Perón a través del Grupo de los 8 [2].

Presentamos la primera parte de un artículo donde nos centraremos en criticar la política de acuerdos del PST con el Grupo de los 8 ante la Triple A.

El PST y el Grupo de los 8

El acercamiento del PST al Grupo de los 8 remite a la solicitada frente al golpe policial cordobés conocido como Navarrazo firmada por la Unión Cívica Radical, el Partido Comunista, el Partido Intransigente, el Partido Revolucionario Cristiano, el Partido Demócrata Progresista, el Partido Socialista Popular, la Unión Del Pueblo Adelante, (UDELPA), la UDELPA Liberación Nacional y el propio PST, que más tarde retirará su firma producto del debate interno. La solicitada, publicada el 22 de marzo de 1974, repudiaba el golpe policial manifestando “no ahorrar actitudes y esfuerzos para mantener y consolidar el proceso de institucionalización del país, en el régimen de la democracia y en la práctica de la convivencia y el diálogo constructivo (…)” [3].

En el Navarrazo las bandas de la derecha peronista y la policía destituyen al gobernador cordobés, Ricardo Obregón Cano, afín a la Tendencia del peronismo, con una asonada que incluyó el ataque a los sindicatos combativos como Luz y Fuerza y SMATA. El golpe fue avalado por Perón y tenía por fin echar a un gobernador legítimamente electo para avanzar en liquidar las posiciones de la izquierda en los sindicatos. Ante estos objetivos la declaración de los 8 era una capitulación que indultaba al gobierno peronista.

El tercer gobierno de Perón, más allá de un funcionamiento formal de las instituciones del régimen democrático burgués, tenía un marcado signo bonapartista represivo. El bonapartismo sui géneris del primer peronismo, que ofrecía una tibia resistencia al imperialismo, dio paso en 1973 a un intento de arbitrar entre las clases con la política del Pacto Social diseñada por su ministro de Economía José Ber Gelbard. Pero el éxito del pacto dependía, en gran medida, de poner fin a la actividad insurgente de la clase obrera. Perón debía lidiar con el proceso iniciado en el Cordobazo y se proponía negociar la posición de la raquítica burguesía nacional frente al imperialismo, derrotando, como moneda de cambio, a la vanguardia de los trabajadores y la juventud. Se basaba en el apoyo masivo de la clase obrera, en una mayoría parlamentaria, en el alineamiento del peronismo con su figura, incluida su ala izquierda, pero fundamentalmente, en la decisión de la burocracia sindical de imponer el orden fabril con el matonaje y en el accionar de las bandas de ultraderecha.

El Grupo de los 8 silenciaba que el Navarrazo y la seguidilla destituyente contra los gobernadores afines a la Tendencia eran promovidos por el propio Perón, que violaba la legalidad democrática para ajustar cuentas con la vanguardia obrera y la oposición interna del peronismo. El mismo Perón, al que el Grupo de los 8 le pedía que ponga fin a la violencia política, había echado por televisión a los diputados de la Tendencia que se oponían a la votación de un nuevo Código Penal más represivo. A ese gobierno la declaración le solicitaba que se sumara a la defensa de la “institucionalidad democrática”.

Ante el debate interno generado por la adhesión a la solicitada y la participación junto al grupo de los 8 en las reuniones con Perón [4], la dirección del PST explicó que Juan Carlos Coral, figura pública del partido, fue al encuentro a hacer “Cinco planteos socialistas al gobierno de Perón”. Estos eran: “1) Parar la mano a la escalada represiva, 2) Parar la mano a la burocracia sindical, 3) Parar la mano a la ley de prescindibilidad, 4) Parar la mano a la explotación y la burla salarial, 5) Parar la mano al imperialismo” [5]. Estos puntos entran en la lógica de exigir a Perón el fin de la escalada represiva que él encabezaba. Pero además la solicitada, que se anclaba en la defensa de la institucionalidad burguesa, poco tenía que ver con los planteos declarados. En un documento posterior, Nahuel Moreno explicará que:

El significado profundo de “los 9” y de sus entrevistas es el de un acuerdo contra los grupos fascistizantes, contra todo intento de golpe de Estado (…) es un acuerdo con partidos burgueses que están en contra que se rompa el estatus quo; están tan en contra de una situación prerrevolucionaria como de una contrarrevolucionaria [6].

Para el PST el Grupo de los 8 o 9 (si se agrega al mismo PST) expresa la existencia de grietas en las alturas que hay que aprovechar para impulsar la unidad de las “fuerzas democráticas”. En su periódico sostenían que “(los acuerdos) giran esencialmente alrededor de dos puntos: defensa de las libertades democráticas (…) amenazadas por los grupos fascistas, y repudio a estos grupos terroristas de derecha” [7]. El PST justificó el acuerdo con la UCR y el PC como un rodeo para que surgieran brigadas de autodefensa. En sus palabras, se trataba de:

…presionar a todos los partidos que repudiaban a todos los grupos de derecha para realizar un acto conjunto. (…) Si logramos imponer la realización, no de uno, sino de una seguidilla de actos (…) nos acercaremos automáticamente a la lucha común en las calles. Cada acto plantea, (…) la necesidad de defenderlo. Esta defensa, inevitablemente, debe surgir de un acuerdo entre los distintos partidos que participen. Si esos acuerdos, por la propia dinámica de los actos, tienden a repetirse con frecuencia, la formación de brigadas antifascistas, comenzará a imponerse como necesidad ineludible de la actividad que planteamos. Ese es el nudo de nuestra estrategia actual frente al peligro fascista y el eje permanente de nuestra política dentro de los 9 [8].

La unidad de acción al decir de León Trotsky es válida “hasta con el diablo y su abuela” [9] y responde al objetivo práctico de desarrollar la movilización, y en el caso de la lucha contra el fascismo, de organizar la autodefensa. El grupo de los 8 no tenía por objeto combatir al fascismo en las calles sino pedirle a un gobierno bonapartista que le ponga freno. No buscaba desarrollar actos y movilizaciones sino fortalecer las instituciones democráticas que eran impotentes para frenar la ofensiva de las bandas fascistas. La lucha contra el gobierno no era el objetivo de la UCR y el PC. El PC había votado la fórmula Perón-Perón y el ministro de Economía José Ber Gelbard era un afiliado secreto del PC. Por su parte la UCR promovía una política afín a la “unidad nacional” impulsada por Perón. En todo caso denunciaba los “excesos” de la Triple A, que no es lo mismo que denunciar al gobierno de la Triple A.

¿Qué hacer ante el Navarrazo?

En febrero de 1974 el Navarrazo buscó sentar las bases de una política que incluía las armas de la guerra civil para dar una dura derrota a la vanguardia en Córdoba y a nivel nacional. Gran parte de la izquierda lo consideró un “anti-Cordobazo”. Una importante cantidad de sindicatos y comisiones internas habían sido sustraídas al control de la burocracia peronista y buena parte de la clase obrera cordobesa, desde Luz y Fuerza, el SMATA, el sindicato de Perkins, el de Prensa, el gremio docente y la UTA, estaban dirigidos o contaban con peso de las corrientes de izquierda, el reformismo de Tosco, el PCR, el peronismo combativo y Montoneros, el PRT-ERP y en menor medida el trotskismo.

La declaración del Grupo de los 8 desnuda la debilidad política del PST que se ubica en el terreno de la defensa de la continuidad constitucional y no en el de la preparación del combate de las organizaciones obreras. Para el trotskismo, la defensa de las libertades democráticas tiene como fin defender a las organizaciones del proletariado, entendidas éstas como las instituciones de la democracia obrera en los marcos de la sociedad burguesa. La lucha contra el fascismo y por la defensa de las libertades amenazadas busca organizar alrededor de las demandas democráticas la lucha de clases, a fin de orientarla contra el capital y su Estado. Explicando su política de “Frente democrático” el PST sostendrá:

¿Frente único obrero con los sindicatos peronistas, únicas organizaciones de masas que existen? Pero ocurre que todo un ‘sector del fascismo’ se nutre de los sindicatos peronistas que a su vez apoyan al gobierno igual que los obreros. Entonces, ¿frente único con los sindicatos peronistas contra los sindicatos peronistas? [10].

El argumento tiene un punto de razón ya que era correcto señalar que la burocracia sindical peronista integraba las bandas fascistas y por lo tanto era impensable un frente único obrero nacional que incluyera a los grandes sindicatos de masas. Sin embargo esta realidad no inhibe la política marxista clásica ante el fascismo. Existía una extendida red de organizaciones obreras locales y a nivel de fábricas, además de las corrientes de izquierda amenazadas por la ultraderecha. Estas fuerzas tenían capacidad de coordinar sus acciones y plantearse el frente único de la amplia vanguardia obrera y la izquierda para promover la movilización en defensa de las libertades democráticas y la autodefensa de la clase trabajadora. Si esto no sucedió se debió a un problema de dirección.

En Córdoba la acumulación de fuerzas de la vanguardia y la izquierda pesaba decisivamente en los sindicatos de masas. La política clásica del frente único y la autodefensa obrera de la provincia era realista y tenía múltiples filos. Por un lado permitía oponer a las fuerzas fascistas de la policía, de las bandas de ultraderecha de los sindicatos y del peronismo, una fuerza social poderosa, que había protagonizado grandes combates de clase. La condición para hacerlo era la de enfrentar decididamente al gobierno de Perón, una política que ni Obregón Cano, ni Atilio López, ni Agustín Tosco, ni René Salamanca, ni los Montoneros estaban dispuestos a asumir.

La agitación del frente único en la vanguardia obrera y la izquierda brindaba la posibilidad de oponer al guerrillerismo, cuya línea era formar un aparato militar separado de las masas, una fuerza armada basada en las organizaciones obreras, revalorizando los piquetes como la base de la milicia proletaria [11]. La formación de un frente único de los sindicatos dirigidos por la izquierda y los sectores combativos, la creación de organizaciones comunes de combate, era una alternativa para desarrollar sobre otra base la lucha de clases y un rodeo para convencer a los obreros peronistas de defender activamente sus organizaciones enfrentando al gobierno. El PST denunciaba correctamente el papel desmovilizador del guerrillerismo y las direcciones reformistas pero a su vez se adaptaba al abstencionismo. El argumento de que estas direcciones no querían organizar el frente único obrero antifascista no invalida la crítica al PST por abandonar la agitación de una política para crear organizaciones de combate de la clase obrera. La exigencia pública a las direcciones reformistas permitía no solo desenmascarar su papel sino avanzar en construir fracciones revolucionarias en los sindicatos más combativos del país para concretar, allí donde estuvieran dadas las condiciones, la organización de la autodefensa.

El Plenario convocado por los metalúrgicos de Villa Constitución en abril de 1974, luego del primer Villazo, planteó la posibilidad de coordinar las organizaciones obreras combativas a nivel nacional contra el Pacto Social y las bandas fascistas. En esta ocasión el PST acertó en exigir a las direcciones convocantes (Tosco, Ongaro, Salamanca) la formación de una coordinadora nacional para unir a la vanguardia obrera. El Encuentro fue boicoteado por Montoneros, que se negaba a enfrentar a Perón. El PC, que influenciaba fuertemente (junto al PRT) a Agustín Tosco, boicoteó la posibilidad de que surgiera una coordinadora para no cerrar las puertas al peronismo de izquierda. Las direcciones convocantes cedieron a la presión de no enfrentar al peronismo y desperdiciaron la posibilidad de que surgiera no sólo una alternativa de dirección a la burocracia sindical sino también de poner en pie organizaciones de combate comunes, política que hubiera permitido golpear a las fuerzas de choque del gobierno de Perón así como desenmascararlo.

El Plenario de Villa Constitución no sucede en cualquier momento del período revolucionario de los 70. El triunfo de los metalúrgicos constituía un abierto desafío al Pacto Social. A semanas del Navarrazo, podía haber sido un punto de inflexión al retroceso de la vanguardia cordobesa, a condición de que todos los actores se hubiesen decidido a golpear juntos contra el Pacto Social y las bandas fascistas. La expulsión de los Montoneros y la defensa de la burocracia sindical que hizo Perón el 1° de Mayo de 1974, a diez días del Plenario, muestra la tragedia de la política de la izquierda reformista.

La política del PST confundía la unidad de acción contra el fascismo con el frente democrático con el reformismo y la oposición burguesa que se proponía rescatar a instituciones impotentes. Fue una renuncia al método de la lucha de clases para luchar contra las bandas fascistas.


[1] Extractos del discurso de Nahuel Moreno:” (…) No queremos la unidad de acción para acompañar nuestro cortejo. ¡La queremos para aplastar al fascismo y para hacer el desfile de la victoria! Nosotros consideramos indispensable esa unidad de acción frente a los enemigos fascistas. (…) empecemos a constituir las brigadas o piquetes antifascistas, obreros y populares, que serán la herramienta con la cual abatamos definitivamente a las bandas fascistas en nuestro país”. Avanzada Socialista 106, 4/6/1974.

[2] El grupo de los 8 estaba constituido por la UCR, el PC, el PI, el PRC, el PDP, el PSP, UDELPA y UDELPA Liberación Nacional.

[3] Solicitada del Grupo de los 8 aparecida en diarios de la Ciudad de Buenos Aires.

[4] Además de la discusión interna el PST recibió críticas de la tendencia mayoritaria del Secretariado Unificado de la IV Internacional, del cual era parte, y del grupo Política Obrera.

[5] Avanzada Socialista 99.

[6] “¿Es ya contrarrevolucionario el gobierno?”, Documentos y análisis del Partido Socialista de los Trabajadores de noviembre de 1974 a fines de 1975. El peronismo en su crisis definitiva. Noviembre, 1974.

[7] Avanzada Socialista 104.

[8] “¿Es ya contrarrevolucionario el gobierno?”, Ídem.

[9] León Trotsky, “El frente Único defensivo. Carta a un obrero socialdemócrata”, CEIP León Trotsky.

[10] “¿Es ya contrarrevolucionario el gobierno?”, Ídem.

[11] “Los piquetes de huelga constituyen las células fundamentales del ejército proletario. (…) Por eso, para cada huelga o manifestación callejera, hay que propagar la necesidad de crear grupos obreros de autodefensa”. León Trotsky, El Programa de Transición y la fundación de la IV Internacional (comp.), Buenos Aires, Ediciones IPS, 2008.


http://www.laizquierdadiario.com/Las-concepciones-guevaristas

El 8 de octubre de 1967, en la Quebrada del Yuro, Ernesto Che Guevara, cae herido y es capturado por los soldados del ejército boliviano. Trasladado hasta el poblado de La Higuera, alojado en una escuela, es ejecutado el 9 de octubre por orden directa del presidente de Bolivia general René Barrientos, quien obedecía a los mandatos directos del embajador norteamericano Henderson.

La revolución cubana, las concepciones del Che Guevara y su propio ejemplo combatiente, fueron una fuente de inspiración para la generación militante de los ’60 y ’70. Su fuerza radicaba en que la vía cubana de lucha guerrillera, pregonada por el Che, significaba una ruptura radical con el reformismo de la izquierda tradicionaL representada por el stalinismo y la socialdemocracia. Guevara supo identificar contra las políticas de conciliación de clases de este reformismo, a la burguesía nacional, como agente del imperialismo a enfrentar, con su famosa afirmación de “revolución socialista o caricatura de revolución”. Su llamado a hacer “Dos, tres, muchos Vietnam” se convirtió en grito de guerra contra el imperialismo pero también contra la política de coexistencia pacífica del Kremlin.

Pero la trágica suerte de la guerrilla del Che en Bolivia demostró que la estrategia de la guerra de guerrillas erraba de plano en las tareas y métodos planteados en la revolución latinoamericana y mundial. En la misma Bolivia que vio caer al Che, va a ser el proletariado minero, a quien el Che no dio ningún valor en su estrategia guerrillera, el que se va a armar por sus propios medios en 1969 para dar lugar al “bienio revolucionario” que los tendrá como protagonistas creando instituciones de poder como el Comando Político de la Clase Obrera y del Pueblo en octubre de 1970 y luego la mítica Asamblea Popular que sesionará por primera vez en junio de 1971.

Sustitucionismo guerrillerista o autoorganización obrera y campesina

La concepción del Che, radical en cuanto a la ruptura con la burguesía y en replantear el problema de la violencia para la toma del poder, es, sin embargo, completamente equivocada en cómo luchar contra la burguesía. El eje de su estrategia es construir ejércitos guerrilleros, de base rural y campesina, que lleven a cabo la “guerra revolucionaria”.

El Che se basa en una conclusión unilateral del proceso cubano para definir su estrategia política: “Consideramos que tres aportaciones fundamentales hizo la Revolución Cubana a la mecánica de los movimientos revolucionarios en América, son ellas:

1. Las fuerzas populares pueden ganar una guerra contra el ejército.

2. No siempre hay que esperar a que se den todas las condiciones para la revolución; el foco insurreccional puede crearlas.

3. En la América subdesarrollada el terreno de la lucha armada debe ser fundamentalmente el campo.”

(La guerra de guerrillas)

Para el Che, la iniciativa revolucionaria se reduce a la creación de un foco guerrillero que impulse la lucha armada contra el ejército burgués. Plantea que “núcleos relativamente pequeños de personas eligen lugares favorables para la guerra de guerrillas” (Guerra de guerrillas: un método). Su simple existencia, crea condiciones revolucionarias. El marxismo desentrañó, estudiando las revoluciones sociales del siglo XIX y XX, que las condiciones revolucionarias en momentos de crisis aguda de la sociedad burguesa, y que las grietas generadas en la misma, permiten la movilización revolucionaria de los explotados. Una fuerza fundamental con la que la burguesía domina a la clase obrera y el pueblo pobre, y le impide llegar a la conciencia de que para imponer su voluntad tiene que enfrentar armas en mano mediante la insurrección al Estado burgués, son las direcciones burocráticas de las masas. Éstas actúan como un factor retardatario predicando la conciliación con el capital; esas direcciones son la principal fuerza a superar para que la conciencia de las masas esté a tono con las condiciones revolucionarias producto de la crisis de la sociedad. En este sentido las tareas de preparación, el impulso de la autoorganización, la participación en las luchas cotidianas de las masas, la lucha política contra el reformismo, moldear la conciencia obrera, la selección de activistas y dirigentes en los combates cotidianos de los trabajadores y el pueblo, son ajenas al pensamiento guevarista.

Campo versus ciudad. Clase obrera y campesinado

La concepción del Che sitúa la lucha armada en el campo y establece que el sujeto de la misma es el campesino: “en las condiciones actuales de América (…) los lugares que ofrecían condiciones ideales para la lucha eran campestres y por lo tanto la base de las reivindicaciones sociales que levantará el guerrillero será el cambio de la estructura de la propiedad agraria” (La guerra de guerrillas). El Che es claro en este punto: “el guerrillero es, fundamentalmente y antes que nada, un revolucionario agrario” (Qué es un guerrillero). Correctamente, el Che señala que una de las tareas que impulsaran el desarrollo de la lucha revolucionaria en las semicolonias es la lucha por la tierra. Sin embargo, sobrevalora al campesinado e ignora que es estructuralmente débil y dependiente de la burguesía. La experiencia histórica en América Latina demostró que en su lucha contra el capital, el campesinado sólo logra independencia de la burguesía en alianza con el proletariado urbano y rural. Cuba es un ejemplo, la revolución agraria sólo fue posible mediante la expropiación de la burguesía, es decir, llevando adelante el programa político de la clase obrera socialista. Cuestión que no era el programa original del M26 cuyo lema era: “Vergüenza contra dinero” y no el enfrentamiento abierto al capital.

El dogma guevarista comete así dos errores:

1- Sitúa sus expectativas en despertar a una clase, el campesinado, que por su condición estructural no puede orientar sus luchas de forma independiente de la burguesía, si no es dirigido por la clase obrera.

2- Abandona la lucha por la independencia política obrera, condición para que los trabajadores puedan encabezar la alianza obrera y campesina. Es una consecuencia de desertar de las ciudades como terreno de combate donde residen la industria y los servicios, amén del poder político, reforzando así el poder burgués en las metrópolis.

Gradualismo y burocrátismo

La concepción guerrillera del Che es también gradualista, ya que los tiempos de la lucha de clases y de la guerra revolucionaria, que se desarrolla en las condiciones que crea el foco, son distintos. Mientras la lucha de clases dicta sus tiempos y sintetiza fases al calor de la evolución política de la clase obrera y las masas que se auto-determinan, el guerrillerismo tiene tiempos prolongados que se imponen, muchas veces sobre las necesidades reales del movimiento de masas, que a su vez es quien sufre las consecuencias de la represión que el Estado desata como represalia por las acciones guerrilleras. La concepción guerrillerista es por ende burocrática, ya que la constitución de un ejército exige, además, la más férrea disciplina y el mando de los comandantes, y la subordinación de las masas al tiempo del ejercito guerrillero. Es además burocrática en cuanto a la organización de los revolucionarios ya que para el Che “La organización militar se hace sobre la base de un jefe (…) que nombre a su vez los diferentes comandantes de regiones o de zonas, con potestad éstos para gobernar su territorio de acción”. Sobre esta base, Guevara concibe la disciplina que “debe ser (…) una de las bases de acción de la fuerza guerrillera (…) Cuando esta disciplina se rompe hay que castigar siempre al que lo hizo (…), castigarlo drásticamente y aplicar el castigo donde duela”.

Esa concepción es opuesta a la idea leninista del centralismo democrático que concibe la disciplina como la necesaria unidad en la acción de los revolucionarios producto del debate democrático entre los militantes. La democracia interna de un partido revolucionario está íntimamente ligada a la lucha contra las direcciones traidoras y conciliadoras y a impulsar la creación de organizaciones democráticas de obreros y campesinos. Sobre esa base se puede adquirir una disciplina común en el combate y concebir el nuevo estado como una creación de las masas autodeterminadas, y al partido revolucionario como dirección de ese proceso vivo.

Guevarismo, stalinismo y trotskismo

El pensamiento de Guevara es en cierto sentido un producto del dominio del stalinismo en el movimiento obrero en la segunda mitad del siglo XX y como tal se colocaba en la línea de continuidad de la senda que marcaba la Revolución China e Indochina en la segunda posguerra. Estas revoluciones de base campesina llevaron al poder a partidos-ejércitos y dieron lugar a Estados Obreros, deformados donde el poder quedo en manos de una burocracia desde su origen. El Che tomó como propia la idea de la guerra popular prolongada y concebía la construcción del Estado obrero burocráticamente: de arriba hacia abajo, con un partido único, dándole un valor nulo a la democracia política para las masas.

Guevara se oponía a la coexistencia pacífica que sostenía la URSS, denunciaba las relaciones económicas desiguales que establecían los soviéticos y bregaba por un programa de industrialización para salir del monocultivo en oposición al Kremlin, pero por su propia concepción burocrática fue incapaz de oponerse hasta el final al stalinismo.

Ante el fracaso del mal llamado “socialismo real” la recuperación de la idea de la autodeterminación de las masas que siempre defendió el trotskismo, y la superación de las concepciones sustituistas y burocráticas, son indispensables para encarar la lucha de las nuevas generaciones por la revolución y el socialismo. En este sentido, el balance crítico del Che Guevara no empaña nuestro respeto por el revolucionario que dio la vida por lo que consideraba correcto, sino que lo revaloriza para extraer lecciones militantes y aprender de las derrotas.

Del Caño: “Defendemos las conquistas de la revolución cubana, pero no a su régimen político”


Durante el debate presidencial el candidato por el Frente de Izquierda Nicolás del Caño mencionó los avances de Cuba en materia de educación.

Facundo Aguirre

Foto: Rodrigo Wilson – Enfoque Rojo

En el Debate Presidencial, cuando se trataba el tema Infancia y educación, Nicolás del Caño tomó el ejemplo cubano y planteó que “defendemos las conquistas de la revolución cubana pero no a su régimen político”.

Para los miles que simpatizan con la revolución de 1959 esta definición puede resultar polémica porque diferencia el proceso de expropiación de la burguesía y las conquistas que conlleva, de la dirección política del proceso cubano.

Los trotskistas defendemos las conquistas de la revolución socialista cubana y desde sus comienzos militamos con nuestras fuerzas por poner fin el bloqueo a Cuba, defenderla de toda de agresión y por la expulsión de la base imperialista de Guantánamo, que amenaza en su propio territorio a la revolución.

Defendemos las conquistas de la revolución cubana porque mediante la expropiación de la burguesía y los terratenientes, y la ruptura con el imperialismo, Cuba puso en pie un Estado Obrero y logro su independencia nacional, terminó con el hambre, la mortalidad infantil y el analfabetismo. Dio techo, comida, trabajo, educación y salud al conjunto del pueblo obrero y campesino. Y estas conquistas son las que nosotros defendemos.

Sin embargo, este Estado Obrero nació deformado porque no significó el poder de las organizaciones auto-determinadas de obreros y campesinos, sino que permitió la formación de una burocracia dirigente que, con el tiempo, ahogó la libertad de acción de las tendencias revolucionarias y la libre iniciativa de las masas, instaurando la dictadura burocrática de un partido único.

Para entender esta anomalía entre el proceso revolucionario y la dirección hay que comprender las condiciones particulares del proceso cubano.

La dirección de la revolución de 1959, el Movimiento 26 de Julio, al cual pertenecían los guerrilleros de la Sierra Maestra encabezados por Fidel Castro y el Che Guevara, no tenía por objetivo el socialismo, sino derrocar a Fulgencio Batista e instaurar un régimen progresista de democracia burguesa.

La destrucción del ejercito de Batista dejo en ruinas al Estado burgués cubano y a la merced de las milicias del Ejercito Rebelde y del armamento general de obreros y campesinos. Esa circunstancia excepcional y las provocaciones del imperialismo yanqui ante las primeras medidas progresistas del nuevo gobierno cubano, llevaron a radicalizar el proceso revolucionario y a la dirección del M26 a romper con su etapa inicial de colaboración con la burguesía antibatistiana (es expulsado el presidente interino Manuel Urrutia en julio de 1959) y a expropiar a las empresas imperialistas. Luego de la derrota del intento de invasión en Bahia Cochinos, Fidel Castro declaró el 16 de abril de 1961, que en Cuba se estaba realizando una revolución socialista.

El proceso cubano fue, como honestamente señalaba el Che Guevara, una “revolución de contragolpe” y de ninguna manera una estrategia de la dirección del M26. Fidel Castro, pese a la oposición parcial de Guevara, se recostó cada más sobre la alianza con la Unión Soviética que impuso encorsetar la revolución dentro de las costas cubanas y avanzó en un proceso de stalinización que, como reconocen prestigiosos intelectuales cubanos que pertenecieron a las filas del PCC como Leonardo Padura, ahogó la vida política e intelectual cubana.

Con los años se consolidó una burocracia que es hoy el sector privilegiado de la sociedad cubana que encabeza el proceso de restauración del capitalismo, desmontando las conquistas de la revolución de 1959.

Por eso los trotskistas consideramos que para defender las conquistas de la revolución es necesario delimitarse de su régimen político y luchar por imponer el poder y la democracia de los consejos de obreros campesinos y soldados.

Tato Pavlovsky


En el verano de 1987, creo que fue entonces, con un camarada que hoy es dirigente ferroviario, fuimos al Teatro a ver Potestad. No teníamos un peso partido al medio y nuestra vestimenta no se correspondía con la del publico presente en aquella sala teatral marplatense. Sabíamos que Pavlovsky era camarada y queríamos verlo actuar. Así que de caraduras fuimos un rato antes y lo esperamos en la entrada, cuando arribo le dijimos que no teníamos dinero, que militábamos en el MAS y que queríamos ver la obra. Nos dijo no se preocupen muchachos, llamo a un par de acomodadoras y les encomendó que nos hiciera pasar. Le agradecimos y para nuestra sorpresa nos dieron un lugar delante del escenario, que era la envidia de los muy paquetes espectadores que habían abonado su entrada. Resta decir que para mi la actuación fue soberbia y siempre quedo grabada en mi memoria la interpretación de aquel medico represor que se sentía desgarrado por la perdida de su hija apropiada.

Más tarde vi en cine Cuarteles de invierno, una película nacional basada en el libro de Soriano donde interpreta exquisitamente a un boxeador venido a menos. Y más tarde Variaciones Meyerhold un alegato a favor de la creación libertaria y de critica al realismo socialista y el stalinismo. Por ultimo, su voz en el documental de los camaradas de Contraimagen en el documental Ellos se atrevieron, sobre la revolución rusa. Para mí, Pavlovsky, más allá de su particular visión de la política, era un emblema de intelectual critico y de izquierda que se había jugado por sus ideas y que desarrollaba una obra donde ellas afloraban ofreciendo percepciones de la realidad, del horror y de la libertad. Fue alguien que supo desentrañar en sus personajes la subjetividad de los genocidas, su faceta humana, explicar aquello que Hanna Arendt llamo la banalidad del mal.

(Quizás se lo recuerde como buen padre de familia.
Amoroso esposo.
Trabajador, metódico, responsable en su tarea.
Ningún detalle escapaba a su ojo.
Vestía bien
 y
su pulcritud llamaría la atención
de las damas y los caballeros de los salones y
los ministerios.
Gente preocupada por vivir cómodamente,
lo saludaba con reverencia.
Hoy nadie lo admira ni habla de él,
seria recordar incómodamente
su aporte al fordismo:
la producción en cadena,
para exterminar 60000 judíos por día.
“Solo el trabajo os hará libres”
rezaban los portones de Auschwitz.
Adolf Eichmann,
no busquen un monstruo con garras y colmillos.
Reconozcan en su obra,
el espíritu del capitalismo).

Recuerdo un articulo escrito por Pavlovsky durante la segunda guerra de Irak en Pagina 12 que se llamaba Odio y donde contaba la historia de un traductor moscovita que había combatido en Stalingrado y que fue parte de un pelotón que despedazo con sus manos a un francotirador alemán. La conclusión del articulo es que frente al imperialismo y la opresión el odio es la fuerza motora del combate y la condición para vencer, pero un odio parido del rechazó a la injusticia y de amor por los iguales.

Murió un tipo que cada vez que he leído o disfrutado como artista me lleno de sensaciones y preguntas. Alguien que, ya consagrado, me abrió las puertas de un teatro, y de una forma de hacer el teatro, a los 17 años, solo por simpatía militante.