Sobre el asado: masticando lucha de clases


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Teníamos asadito hoy pero el mal clima no los arruinó. Avisándole a un compañero que se suspendió, se me vino en mente las palabras del gran maestro argentino de ajedrez Miguel Najdorf que contaba que en su Polonia natal, “cuando la gente tenia hambre salia a la calle a pedir pan; mientras que en Argentina cuando la gente tiene hambre sale a pedir por el puchero”. Y, remataba Najdorf, “ustedes sabrán la enorme diferencia que hay entre comer pan y puchero”.

Por su lado, el gran escritor Andrés Rivera definió alguna vez que el asado, era la comida de la democracia peronista. Ambas frases son una forma de analizar la generosidad de nuestro suelo pero sobre todo los standares de consumo de los trabajadores y sus anhelos.

Un camarada que trabaja en una gran siderúrgica, un sector que en un país como el nuestro seria una exageración llamarlo aristocracia obrera – pero a falta de un término mejor lo utilizaremos – me comentó en una ocasión que sus compañeros de trabajo más jóvenes, una de las primeras cosas que compraban con su salario era la parrilla.

Evidentemente el asadito de los domingos, es un hecho social y cultural fuertemente arraigado en nuestro pueblo trabajador, lo mismo podemos decir del asado de los viernes en las obras de construcción, ya no se respira ese olorcito al pasar por una un día antes del fin de semana.

Según los estudios cada argentino consume unos 127 kilos de carne al año, lo que vendría a ser una media res por cabeza anual. Este dato, deberíamos comprenderlo como una de las grandes conquistas sociales de nuestra clase obrera, que se niega a pasar hambre.

Allí, hay una particularidad de las políticas capitalistas nativas y una de las causas de una falsa opción en que se intenta dividir al pueblo trabajador: o el hambre de los liberales con instituciones limpias o el asado de los peronistas con el bastón de mando bonapartista.

El kirchnerismo y el peronismo en general, opone discursivamente al ajuste de la ceocracia macrista, el modelo del consumo interno. Como repite el impresentable Guillermo Moreno, el macrismo es gorila porque le sacó la comida a la gente. Pero eso es solo discurso, en los hechos el kirchnerismo aplica un ajuste tan brutal como el del macrismo en las provincias donde gobierna como son los casos de Santa Cruz y Tierra del Fuego, donde además reprimen salvajemente a los trabajadores en lucha.

Tampoco olvidemos que fue un gobierno peronista, el de Isabel Perón y López Rega, quien intento aplicar el Plan Rodrigo que fue el primer plan de ajuste que constituirá el borrador del programa económico de los militares, que redujo sustancialmente el salario de los trabajadores sacándole la comida de la boca mientras practicaba un genocidio y más tarde de Domingo Cavallo.

Fue precisamente otro gobierno peronista, el de Carlos Menem, quien condenó a la desocupación y al hambre a una gran parte de los trabajadores y que el estallido social de diciembre del 2001, tuvo como base lo hecho por el riojano durante su gobierno donde se destruyeron derechos fundamentales de los trabajadores, junto con el empleo y se entrego el patrimonio nacional.

El mismo kirchnerismo en boca de Daniel Scioli se encargaba de prometer un ajuste “bueno” frente al ajuste “malo” de Macri. Ni que hablar que todo un sector del peronismo hoy es apoyatura del macrismo y su ajuste, el mismo que le saca la comida de la boca a la gente.

Werner Sombart, un pensador alemán que supo ser elogiado por Federico Engels pero que termino sus días en la derecha alemana y con una relación aún debatida con el régimen nazi, escribió en alguna parte que el roast beef y las tartas de manzanas terminaron la utopía socialista. Uno podría estar tentado de decir que el proletariado argentino abandonó sus esperanzas revolucionarias a cambio de masticarse media vaca al año. Es una forma posible de verlo.

Pero la propia lógica del capitalismo nos desmiente, mucho más en un país sometido al imperialismo como el nuestro o en Brasil donde se consumó un golpe derechista para hacer aún más profundo el ajuste iniciado por el gobierno petista, donde la burguesía necesita atacar periódicamente, como sucede ahora en un marco de crisis mundial, las condiciones de vida del pueblo trabajador, negar su acceso a las proteínas y calorías necesarias para una alimentación digna, degradar sus condiciones de vida para disciplinar y aumentar la explotación.

Así que otra forma de verlo es que la defensa del asadito del domingo y el pedido por el puchero, es decir la defensa de nuestro nivel de vida como trabajadores, es parte de la lucha de clases que es el motor de nuestra emancipación.

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Un fantasma rojo en el corazón de la oligarquía


Frente al Palacio Pereda, de espaldas al Jockey Club y en diagonal al Palacio Ortiz Basualdo, las banderas rojas del 1° de Mayo hicieron revivir al fantasma de la revolución.

Lejos de un 1° de Mayo propagandístico como acostumbraban a hacer los viejos socialdemócratas, este 1° de mayo expresó el repudio de la vanguardia socialista de la clase trabajadora y la juventud contra el golpe institucional derechista en Brasil.
El marco no podía ser más contrastante; por un lado las banderas rojas y las columnas de trabajadores y jóvenes llegados desde distintos puntos de la Capital y el Conurbano; por el otro el imponente marco de las construcciones señoriales de un exclusivo barrio de la burguesía argentina.

Esta zona de la Recoleta o del barrio de Retiro fue un centro exclusivo de, parafraseando a Domingo Faustino Sarmiento, aquella aristocracia con “olor a bosta”.

Mientras las columnas ingresaban, en una esquina, en el balcón de un enorme ventanal que parecía robarse todo el sol de una tarde helada, unos habitantes del barrio sacaban fotos, curiosos de la multitud congregada. No duraron mucho; cuando los manifestantes comenzaron a corear sus consignas sintieron la típica incomodidad de las elites privilegiadas frente a quienes amenazan su orden social. O en su lenguaje racista, frente a la presencia de la chusma.

El acto se realizó frente a la Embajada de Brasil, el Palacio Pereda, que se terminó de construir en 1936 por orden del terrateniente Celedonio Pereda, quien encargó a los arquitectos Louis Martin y Jules Dormal la construcción de un edificio que imitara las mansiones parisinas del bulevar Haussman. El lugar cuenta con 3 pisos y 50 ambientes. La familia Pereda fue una de las más importantes expresiones de la oligarquía terrateniente de la Argentina, poseedores de 122 mil hectáreas de tierra.

En 1938 el gobierno de Brasil compra el Palacio de la familia Pereda a cambio de 4000 toneladas de hierro y un edificio en la Av. Callao al 1500.

A las espaldas de los manifestantes se encontraba el emblemático Jockey Club, creado en 1883, durante la primera presidencia de Roca, por iniciativa de Carlos Pellegrini. Una vista de los apellidos que pasaron por la presidencia de la institución sirve para explicar el gusto de pertenecer al mismo por parte de la más rancia oligarquía: Carlos Pellegrini, Santiago Luro, Eudoro Balsa. Carlos P. Rodríguez, Miguel Cañé, Vicente Casares, Benito Villanueva, Francisco Beazley, Enrique Acebal, Samuel Hale Pearson, Agustín de Elía, Miguel Martínez de Hoz, Saturnino Unzué, Joaquín Anchorena, Tomás E. de Estrada, Eduardo Bullrich, Félix de Alzaga Unzué, Horacio Bustillo y Manuel Anasagasti.

La propiedad en donde hoy funciona el Jockey Club en Avenida Alvear era de Concepción Unzué de Cáceres y, desde 1966, funciona allí la institución luego de que la sede original de la calle Florida al 500 fuera incendiada por una multitud por la complicidad de sus socios en las conspiraciones contra el gobierno de Perón.

Vale la pena decirlo, en la manifestación del 1° de mayo del PTS se encontraban los trabajadores estatales que enfrentan los despidos del gobierno de Mauricio Macri, y entre ellos los del Ministerio de Trabajo que enfrentan los despidos de Triaca que es, como no podía ser de otra manera, socio del Jockey Club.

Pero Triaca, hijo de un sindicalista del plástico que se ganó el mote de traidor a la clase trabajadora, comparte su estado societario con Andrés Rodríguez, secretario general de UPCN, cuyas patotas hacen exhibición de macartismo entre los estatales, recordando que los sindicatos “son de Perón” y deja pasar los despidos del ministro macrista.

Lateralmente al acto se encontraba el Palacio Ortiz Basualdo, donde funciona la Embajada de Francia. Construido por encargo del matrimonio de Daniel Ortiz Basualdo y Mercedes Zapiola, fue diseñado por el arquitecto francés Paul Pater. Supo ser residencia oficial del Príncipe de Gales en los años 20 y desde 1938 funciona allí la embajada.

Los Ortiz Basualdo son una de las familias terratenientes más viejas de la Argentina y este palacio es solo uno de los aportes a la arquitectura porteña de una oligarquía que soñaba con hacer de Buenos Aires una París financiada con la carne, el cuero y la leche de las vacas argentinas.

En el centro de estas fastuosas construcciones se encuentra la plazoleta Carlos Pellegrini y el monumento al mismo. Pellegrini asumió su presidencia en agosto de 1890 luego de que Juárez Celman cayera como producto de la revolución del Parque encabezada por la Unión Cívica. Pellegrini hizo frente al default en que se encontraba Argentina en aquella década del siglo XIX recurriendo a un empréstito de los banqueros locales y recurriendo a los préstamos de la Banca Morgan para pagar deuda. Lo que sería todo un antecedente para el macrismo.

En el acto, donde se hablo el español, el portugués de los camaradas y compañeros y compañeras de Brasil, también se escuchó el saludo en francés de los camaradas de la CCR que participan de la lucha contra la reforma laboral del gobierno de Hollande y nos recordaron que además del París que anhelaba la oligarquía, existe en París el fantasma que supo protagonizar grandes revoluciones.