Cambiemos, La Nación y el negacionismo del genocidio


 

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Las declaraciones de Gómez Centurión, Darío Lopérfido o el mismo Macri niegan la existencia de 30 mil desaparecidos y de un plan genocida. La Nación escribe el libreto negacionista que levanta Cambiemos.

 

Como suscribe un editorial del oligárquico y ultrarreaccionario diario La Nación: “Los constituyentes de 1853, en circunstancias históricas de graves enfrentamientos internos, supieron elevar la mirada y proponer la unión nacional como pauta programática para la convivencia de los argentinos (…) En el marco de la Guerra Fría, la Argentina, como otros países de la región, se vio sometida a la acción de grupos armados empeñados en imponer la revolución con orientación marxista leninista. El modelo era Cuba y sus operaciones no tomaban en cuenta la institucionalidad como valor a respetar. Enfrentaban tanto a gobiernos constitucionales como de facto”.

Se reabre un debate sobre el pasado que no está resuelto e incomoda a la clase capitalista, que fue la que colaboró, sustentó y aprovechó el genocidio llevado a cabo por el llamado Proceso de Reorganización Nacional.

El golpe militar del 24 de marzo de 1976 no fue esencialmente la respuesta al accionar de la guerrilla, que había sido diezmada luego del pase a la clandestinidad de Montoneros, y el ERP derrotado con el Operativo Independencia y el asalto a Monte Chingolo. La finalidad de la Junta Militar fue poner fin a un ascenso obrero y popular que amenazaba con llevarse puesta a la burguesía argentina en medio de una catástrofe económica. Para lograrlo debía aniquilar a toda una generación de obreros, estudiantes, intelectuales, militantes políticos de algunas fracciones del peronismo combativo y la izquierda que se plantearon la lucha política abierta contra el imperialismo y el capitalismo. Esta generación no surgió de la nada, sino que fue la expresión más radicalizada del estallido de la insurgencia obrera y popular el 29 de mayo de 1969, conocida como el Cordobazo, que hirió de muerte al Gobierno de facto de Juan Carlos Onganía y al régimen de dominio que había surgido luego de la revolución fusiladora de obreros de 1955. Esta generación cuya fuerza motora era la clase obrera protagonizó una verdadera lucha de clases en el sentido estricto del término, con insurrecciones locales, huelgas salvajes, ocupaciones de fábricas y establecimientos, manifestaciones violentas y hasta una huelga general política entre junio y julio de 1975 que desbandó a los líderes de los grupos fascistas que actuaban bajo el amparo del Gobierno peronista. Los obreros pusieron en pie sindicatos clasistas, comisiones internas combativas, grupos de autodefensa y coordinadoras interfabriles. El movimiento estudiantil se lanzó a la unidad activa con la clase obrera y la izquierda comenzó a crecer exponencialmente. Fue el momento de mayor cuestionamiento al capitalismo argentino de la segunda mitad del siglo XX. Por eso la burguesía y su Estado le declararon la guerra.

El dictador Alejandro Lanusse, responsable de la Masacre de Trelew, puso fin a la proscripción del peronismo, con el objetivo de lidiar con las masas mediante el desvío electoral, lo que permitió el retorno de un Perón que prometía la “patria socialista” y daba vía libre a los pistoleros de la Triple A. Muerto Perón en 1974, Isabel Perón y José López Rega fracasaran en su intento de poner fin a la insurgencia por la vía de las bandas paramilitares que reclutaban policías, matones de la burocracia sindical y lúmpenes. Las huelgas del ‘75 fueron las que le pusieron fin al intento de ajuste salvaje para salvar al capitalismo argentino del ministro Celestino Rodrigo y al reinado de “Lopecito”. El peronismo se agotó como fuerza para lidiar con los trabajadores, y la clase capitalista dio vía libre al golpe militar, con el que colaboraron posteriormente tanto radicales, como peronistas y el Partido Socialista, entre otros. Si en aquel momento la clase obrera no avanzó más fue responsabilidad exclusiva de su dirección, el peronismo y su burocracia sindical, que sostuvo a una Isabel Perón odiada por las mayorías populares. Pero también porque la guerrilla peronista jugó el papel de contener dentro de la alianza policlasista del peronismo a los jóvenes trabajadores y estudiantes radicalizados y junto con el ERP, encarnaron una estrategia pequeñoburguesa que separaba de la lucha real de las masas a sus militantes para llevar a cabo una guerra de aparatos que despreciaba la auténtica guerra de clases. Fueron los grupos de tareas de las Fuerzas Armadas, los que llevaron a cabo el plan de exterminio, siguiendo los mandatos del imperialismo y los consejos de Pío Laghi y la Iglesia Católica.

Decíamos que es un debate que se reabre sobre un pasado no resuelto porque el “Pacto de Impunidad” que condicionó a la democracia burguesa argentina desde la restauración democrática de 1983 intenta ser reconstruido luego de que la movilización popular lo socavara. Fue ella quien logró la condena de algunos centenares de criminales de la dictadura e impuso a la justicia burguesa el reconocimiento de la existencia un plan sistemático de exterminio desde el Estado contra todo un grupo nacional, que constituye la base jurídica de la definición de genocidio.

Luego de la crisis del 2001, el kirchnerismo expropió discursivamente las reivindicaciones de justicia de los movimientos de Derechos Humanos, cooptó a sus dirigentes, y lo convirtió en parte del relato expiando al peronismo por los crímenes de la Triple A y sin que se juzgue a todos los responsables militares, civiles, empresariales y eclesiásticos. Luego intentó una política de reconciliación con las Fuerzas Armadas que tuvo como protagonistas a genocidas como César Milani y represores como el también ex carapintada Sergio Berni, que redundó en el espionaje político a través del Proyecto X.

Decíamos que el debate era incómodo porque fueron los grandes grupos capitalistas -a los que el kirchnerismo permitió, según sus propias expresiones, levantarla en pala- los principales beneficiarios y promotores del golpe. Fueron los partidos de la burguesía los principales colaboradores.

Como sentenciaba Balzac, “detrás de cada fortuna hay un crimen”, y las manos chorreantes de sangre de las patronales argentinas y el imperialismo son las que digitan el discurso de la derecha en el poder. Veamos a los protagonistas: Juan José Gómez Centurión, un falso combatiente de Malvinas, un carapintada que se alzó en armas contra Raúl Alfonsín para exigir la impunidad de los criminales que participaron en la represión. Darío Lopérfido, hoy miembro de la oligárquica familia Mitre, a quienes los militares entregaron parte de Papel Prensa, y ex funcionario de un Gobierno de la Unión Cívica Radical como el de Fernando De la Rúa, que plagó de cadáveres los alrededores de la Plaza de Mayo en diciembre del 2001 para intentar aplastar una rebelión popular. Mauricio Macri, el hijo de Franco, el empresario que esquilmó al Estado y es recompensado, había salido de la dictadura genocida como uno de los grupos económicos más importante de la Argentina. Como cuenta Gabriela Cerruti: “Los Macri transitaron los últimos meses del gobierno peronista reunidos con Licio Gelli de la Logia P2 y José López Rega acordando construir el ‘Altar de la Patria’ que resguardaría los restos de Juan Domingo Perón y Eva Perón y unos meses después del golpe militar eran parte de la mesa chica del equipo económico y político de los militares. Con la llegada del gobierno peronista al poder, en 1973, el grupo tenía siete empresas. Finalizada la dictadura militar, el holding tenía 47 empresas”.

Los argumentos de Cambiemos buscan reinstalar la idea de la reconciliación nacional y vuelve a ser el diario mitrista quien escribe el libreto: “Tras una cifra falsa del número de muertos y desaparecidos para que alcanzara la categoría de genocidio”. Intentan deslegitimar las reivindicaciones históricas de los movimientos de los derechos humanos. Unos mediante la restauración de la “Teoría de los dos demonios”, que pone un signo igual entre el terrorismo de Estado y la violencia ejercida por las clases subalternas y los grupos guerrilleros, exculpando al Estado de sus crímenes. Otros reivindicando a los represores como luchadores que cometieron excesos dentro de una “guerra sucia”, según la doctrina contrarrevolucionaria francesa, contra una subversión sin dios, ni patria. Esta última es un calco del discurso videlista.

Si el kirchnerismo se reapropió de retazos de “memoria” para su operación de restaurar la autoridad del Estado y pasivizar al país convulsionado en el pos 2001, el macrismo busca borrar toda memoria de un genocidio de clase, legitimar un nuevo relato reaccionario de “los dos demonios”, como un aviso claro: son representantes de una clase que puede volver a hacerlo si las condiciones lo requieren.

El relato kirchnerista siempre rechazó que haya habido un genocidio de clase, lo consideraba un golpe contra un Gobierno “popular” y un proyecto “industrialista”. La lucha contra el negacionismo macrista hay que encararla desde el punto de vista de recuperar para el presente la memoria revolucionaria de nuestra clase obrera, señalando a sus enemigos, reivindicando en la lucha contra el imperialismo y el capitalismo a nuestros hermanos caídos.

Illan Pape: Trump, Israel y el fin de la doctrina de los dos Estados


Reproduzco entrevista del diario Clarín al historiador israelí Illan Pappe. Más allá de sus ilusiones sobre una izquierda burguesa y reformista, señala muy bien el motivo del crecimiento del nacionalismo ultrarreaccionario y advierte sobre los peligros para el pueblo palestino de la nueva doctrina Trump hacia Medio Oriente.  
Ilan Pappe: "El Brexit,como Trump, es consecuencia de los males de la globalización"

 

Ilan Pappe es uno de los historiadores israelíes más críticos del presente de su país y de las acciones en los territorios palestinos. Es además un observador necesario de la realidad mundial. Socialsita tenaz, todo ese panorama se combina en su reflexión. Hace años que decidió un exilio voluntario en Gran Bretaña, donde trabaja como profesor de historia en la Universidad de Exeter.

Son contadas las ocasiones en que este hombre criticado internamente por los gobiernos israelíes, pero aclamado fuera de sus fronteras, viaja a su ciudad natal, Haifa, una de las pocas urbes israelíes donde conviven de forma relativamente pacífica árabes y judíos. En este entorno de convivencia creció el autor de su polémico “La limpieza étnica de Palestina”, una obra ingente con la que Pappe quiso demostrar que la mayoría de los palestinos que abandonaron sus propiedades fueron expulsados por la fuerza y no se marcharon voluntariamente, tal y como recogió durante décadas el relato fundacional del Estado de Israel.

Pappe está preocupado por el destino de la crisis de Oriente Medio debido a la llegada al poder estadounidense de Donald Trump. Esta nueva presencia internacional puede generar un mayor desequilibrio en la región a raíz de sus propuestas que entusiasman a los halcones de la coalición gobernante en Israel. El historiador acaba de estar en Haifa impartiendo su última conferencia: “La izquierda, Israel, Palestina y el Mundo Árabe en 2017”, después de la cual habla con Clarín.

Usted vive en el Reino Unido, que aún sigue siendo miembro de la UE. ¿Cuál es su opinión con respecto a la unidad de Europa si el propio embajador de Trump dice que el nacionalismo destruirá la unidad europea en cuestión de meses?

Creo que hay varias definiciones modernas de nacionalismo, las cuales pueden ser disociadas de la realidad de la economía neoliberal en la que vivimos. El nacionalismo del tipo Trump, (la ultraderechista francesa Marine) Le Pen o (la alianza ultranacionalsita británica) UKIP, prospera cuando el sistema económico arrasa no sólo con la clase obrera, sino también con la clase media-baja. Así que el problema, a mi juicio, es mucho menos ideológico que el hecho de que la gente quiera una Gran Bretaña “independiente” o una América aislacionista. Lo que no quieren es ser dejados atrás económica y socialmente.

¿Ahí es donde radica el problema?

Es en el declive de la socialdemocracia que tiene lugar a partir de la crisis económica y financiera que estalló en 2008, para la que la izquierda no ha encontrado una respuesta. Esto lo aprovechó la derecha para llenar ese vacío con su propia marca de nacionalismo. Ya estuvimos allí antes, en 1930, pero soy optimista. Creo que como sociedad humana aprendimos la lección y esperemos que este dilema extremo que se nos presenta –entre una Europa fragmentada y unos Estados xenófobos– se convierta más adelante en un conjunto de Estados orgullosos que mantengan la unidad como medio para avanzar en la promoción humana y social que aún es posible (por eso en Escocia el deseo de ser independiente va junto con el apoyo de ingreso en la UE).

¿El Brexit es un ejemplo de que Europa, como usted ha mencionado sobre el Holocausto, hace la vista gorda para deshacerse del “problema” de los refugiados?

El Brexit, como Trump, es la consecuencia de los males y deficiencias del sistema de la globalización y capitalización que rige nuestras vidas. Es, ante todo, una voz de protesta de la gente que este nuevo orden económico ha dejado atrás. No es que el Brexit les vaya a ayudar, pero esto lo van a aprender más tarde. El sistema no sabe cómo lidiar con las crisis sociales, y cuando surgen, hay un vacío. La izquierda está desorganizada en muchísimas partes del mundo, y por lo tanto, el vacío lo llenan movimientos políticos xenófobos de extrema derecha que no ofrecen ninguna solución, pero son populares porque culpan a las élites actuales de la inmigración –lo que es algo infundado–, pero apela a la fuerte frustración de la gente y se alimenta de la desinformación sobre el papel de la inmigración y los refugiados en la economía de los Estados.

¿Ese sentimiento de abandono de la gente es el alimento del rechazo a la case política y germen de los nuevos fascismos”?

Como le señalaba, todo se remonta a las lecciones que no aprendimos de la crisis económica de 2008. En vez de buscar en el papel venenoso que bancos, hipotecas y los fondos de inversión juegan en nuestra vida –como mediadores y facilitadores de las poderosas corporaciones multinacionales– se les ayudó para volver sobre sus pasos y jugar el mismo papel negativo que causó que compañías enormes colapsaran y con ella la desaparición de comunidades enteras. El poder principal de tales fuerzas económicas es la deshumanización. Es un poco como matar personas con drones. No ves directamente a tus víctimas hasta que deciden volver con venganza y este es el ascenso hoy de esta derecha en gran parte de Europa.

En América Latina la izquierda democrática ha desaparecido también y ha sido superada por una nueva forma de populismo que está supuestamente inspirado por el socialismo que en casos como los de Venezuela y Argentina, por nombrar solo un par de ejemplos, ha incrementado la crisis social y ha traído una enorme pobreza. ¿A qué le atribuye a este oscurantismo político e ideológico?

La izquierda en América Latina pierde por dos razones, las mismas por las que perdió su poderosa posición en el Oriente Medio de los años 70. La derecha económica e ideológica occidental, liderada por EE.UU., no puede tolerar democracias socialistas exitosas por mucho tiempo. Es malo para los negocios, incluyendo su industria militar y de seguridad. En segundo lugar, el poder te emborracha especialmente si es la gente quien te ha llevado hasta él. El papel de la izquierda es siempre recelar de los líderes carismáticos e intentar en todo lo posible tener un liderazgo colectivo, representativo y auténtico que pueda afrontar el primer reto.

Miembros del ya formado ejecutivo de Donald Trump han propuesto mudar la embajada norteamericana de Tel Aviv a Jerusalén, modificando una antigua doctrina. El Parlamento local también está preparando una ley para anexionar a Jerusalén territorios como la colonia de Maale Adumim y la llamada área E-1 que lo separa de Cisjordania. ¿Qué otra cosa podemos esperar de estos anuncios?

Es muy difícil de decir. Este hombre es impredecible. Permítame solo señalar lo siguiente: incluso la mitad de lo que él y su gente proponen hacer con respecto a Israel/Palestina ayudará a acabar con la (doctrina internacional para resolver la crisis crónica de Oriente Medio) “solución de los dos Estados” para siempre, crear un estado de Apartheid en Israel y darle lugar a una nueva lucha palestina y a diversas acciones internacionales contra Israel… Así que son malas noticias porque significa más colonización en Israel y en los territorios ocupados, pero la parte buena es que abre el camino para una nueva movilización para crear un Estado democrático en toda Palestina.

En los últimos meses la Autoridad Nacional Palestina ha marcado algunos logros diplomáticos en lo que se llama estrategia de internacionalización del conflicto: la última Cumbre de París o la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU condenando los asentamientos. ¿Cree que esa estrategia va a funcionar a pesar de la llegada de Trump a la Casa Blanca?

Depende de lo que la Autoridad Nacional Palestina quiera hacer. Hay pocoaesperanza de que lidere el movimiento de liberación palestino hacia una nueva era pero aún será capaz de mantener la ley y el orden y ayudar a las luchas locales en Cisjordania. Hacen lo que pueden tanto local como internacionalmente pero hay una necesidad de replantear el proyecto de la liberación de Palestina y adaptarlo a las nuevas realidades sobre el terreno.

Usted dejó Israel en 2007 después de algunos desacuerdos con la Junta de la Universidad de Haifa debido a su apoyo abierto al movimiento Boicot, Desinversiones y Sanciones (el movimiento inernacional que llama a no comprar productos fabricados en territorios ocupados palestinos). Sin embargo, sigue regresando a Israel de vez en cuando. ¿Siente que puede expresar sus opiniones aún hoy en su propia casa?

Siempre sienta bien estar en casa, incluso si no puedo trabajar aquí. El activismo no puede hacerse sólo desde el extranjero, así que me alegro de poder ir al terreno. Mis únicas dificultades son que no puedo llegar fácilmente al mundo académico, el sistema educativo o a los medios de comunicación de aquí, pero hay formas alternativas de hacer llegar los mensajes.

Usted es uno de los de los llamados “nuevos historiadores” que re-escribieron de una forma crítica lo que fue el éxodo palestino en 1948 tras el que se creó el Estado de Israel. Sin embargo, pasados unos años, hubo una escisión entre ustedes, girando unos más a la izquierda, como usted o Avi Shlaim, y otros más a la derecha. ¿Qué ocurrió?

Algunas voces críticas en Israel tras el estallido de la segunda Intifada dieron un giro de 180 grados por decirlo así. Sentían que habían ido demasiado lejos criticando a su sociedad, tenían miedo de pagar el precio y de ser llamados “traidores” por lo que decidieron acogerse a la calidez del consenso.

Usted ha dicho: “En el pasado, el antisemitismo consistió en odiar a los judíos por ser judíos”. Ahora desde algunos sectores en Israel se intenta extender esto para decir que cualquier crítica que venga del mundo académico, la prensa o la política sobre lo que se está haciendo también es antisemitismo. ¿Hasta qué punto están teniendo éxito?

Lo suficiente como para intimidar a la élite política, a los medios e incluso a los académicos. Muchos en Israel están del lado de los palestinos pero no se atreven a decirlo en público.

En Israel muchas personas están preocupadas ahora por la manipulación de los medios de comunicación. Ha habido revelaciones de esos manejos. ¿Cuál es su gravedad?

La manipulación de los medios de comunicación a que se refiere no es sobre la ideología o el tratamiento de los palestinos. No hay censura, pero sí auto-censura en cuanto que la mayoría de los periodistas comparten las opiniones y percepciones de los políticos sobre este tema. Hay muy poca predisposición a cuestionar la ideología hegemónica.