“La casa está en orden” o cuando Alfonsín cedía a los carapintadas


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La Semana Santa de 1987 marcó un punto de quiebre de las ilusiones populares en la llamada “primavera democrática” del alfonsinismo.

La capitulación frente a los militares carapintadas, será el salto de calidad que indicará el agotamiento de un proyecto político, el alfonsinismo y su tercer movimiento histórico superador de yrigoyenismo y peronismo, que se basaba en la idea de que la democracia bastaba para contener las demandas sociales; fue el principio del fin de la ilusión de que “con la democracia se come, se educa y se cura”.

La democracia burguesa argentina de 1983 nació severamente condicionada por las relaciones de fuerza heredadas de la dictadura: una clase dirigente representada por un puñado de grupos económicos cómplices de los genocidas, el sometimiento nacional al imperialismo que se vio reforzado a partir de la derrota de Malvinas a manos del imperialismo británico y el fenomenal endeudamiento externo herencia del genocidio y por la profunda crisis de las FFAA que enfrentaban un gigantesco rechazo popular que exigía justicia hacia los crímenes de los militares.

Desde 1983 la democracia burguesa argentina se tensionó entre la búsqueda permanente de un pacto de impunidad que permitiera la recomposición de las FFAA y defendiera el status quo heredado y la persistente movilización popular que exigía el juicio y castigo a los criminales genocidas y sus cómplices.

El radicalismo y los defensores de la política de derechos humanos de Raúl Alfonsín suelen recordar la excepcionalidad histórica del juicio a las juntas, ya que fue la primera vez que un bando vencido, lograra el juzgamiento de los líderes militares que se habían proclamado vencedores contra lo que llamaban la subversión. Así los apologistas de una democracia burguesa condicionada justifican la miserable perspectiva que habían establecido décadas atrás los juicios de Nüremberg contra los jerarcas nazis, de juzgar solo a los cabecillas y dejar libre, y cumpliendo funciones para la reconstrucción de los Estados capitalistas europeos, a los decenas de miles de criminales y colaboradores del Tercer Reich. El argumento que esgrimen los apologistas de que fue lo más lejos que llegó una democracia en condenar los crímenes de Estado habla verdaderamente mal de su concepción de la justicia y la democracia, a la que entienden como un acto de moderación para calmar a las conciencias inquietas y salvar efectivamente las instituciones.

Raúl Alfonsín y la UCR, partido que había sido una de las principales fuerzas colaboradoras de la dictadura genocida (1), debían en gran medida su victoria electoral a la promesa de no permitir una auto-anmistía militar. Sin embargo, una vez en el poder buscaron limitar las exigencias populares de justicia. El gobierno radical impulsó la Comisión nacional sobre la desaparición de personas (Conadep) con la presencia, entre otros, de dos conspicuos admiradores de los militares golpistas, Ernesto Sábato y René Favaloro. La Conadep produjo el Nunca más, que junto con las denuncias de las torturas, vejámenes y desapariciones, establecía la teoría de los dos demonios como base de legitimación de la democracia burguesa argentina, igualando la violencia del terrorismo de Estado con la violencia popular y de las organizaciones guerrilleras. Luego toda la política del alfonsinismo se reducirá a juzgar a los comandantes en jefe de las tres Juntas militares que formaron el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional, dejando en libertad miles de genocidas.

Desde el vamos también Alfonsín impuso un acuerdo tácito con el Partido Justicialista, a cambio de gobernabilidad, a quien se le aseguró que los crímenes de la Triple A quedarían impunes. En mayo de 1984 se sancionó la ley 23.062, que garantizó la impunidad de los representantes del Partido Justicialista que comandaron la Triple A. Esta ley establece que la expresidenta María Estela Martínez de Perón no podría ser juzgada por ningún delito que hubiera cometido antes del golpe militar, porque no había sido desaforada ni sometida a juicio político como prevé la Constitución, sino destituida por un “acto de rebelión”.

Pero para los militares genocidas la impunidad que se les prometía resultaba insuficiente y presionaban abiertamente sobre el gobierno radical para obtener más concesiones. El 24 de diciembre de 1986 fue promulgada la Ley 23.492 de Punto Final que estableció el fin de los juicios a todos aquellos que no fueron llamados a declarar “antes de los sesenta días corridos a partir de la fecha de promulgación de la presente ley”. La avalancha de denuncias posteriores a la sanción de esta ley va a ser la que precipite los acontecimientos de Semana Santa.

Recordemos que los acontecimientos se suceden a partir de la negativa del genocida Ernesto “Nabo” Barreiro de presentarse a declarar. El hombre sindicado como uno de los jefes del Comando Libertadores de América, con actuación en Córdoba durante el gobierno de Juan Domingo Perón e Isabel Perón y de haber sido parte de los grupos de tareas de La Perla, desató con esta negativa un levantamiento de la oficialidad media y la suboficialidad, que se sentían amenazados por el fantasma de los juicios.

El levantamiento fue encabezado por el entonces teniente coronel Aldo Rico que era acusado, entre otros casos, de la desaparición de la hermana y el cuñado de la dirigente de la derecha peronista Norma Kennedy. El planteo central de los sublevados fue la impunidad para los militares participantes del genocidio y un cambio en los altos mandos. Como respuesta millones ganaron las plazas de todo el país y al menos 10 mil personas rodearon Campo de Mayo, adonde los dirigentes del gobierno radical y la oposición peronista fueron para negociar con los carapintadas y evitar que la movilización ajustara cuentas por las suyas con los militares sediciosos.

Evitar una radicalización de la movilización fue lo esencial de la política radical y del conjunto de los partidos del régimen en aquellas jornadas. La única oposición consistente a la asonada militar fue la enorme movilización popular que ganó todas las plazas del país en contra de los carapintadas y que el domingo de Pascuas rodeó Campo de Mayo y bregaba para ingresar al cuartel para aplastar la rebelión. Como confesó alguna vez Horacio Jaunarena, entonces ministro de Defensa de Alfonsín y negociador con los carapintadas: “en un momento le digo: ’mire Rico, no sé cuánto tiempo más podemos contener a la muchedumbre que se ha reunido y que usted puede ver por TV’”.


A la izquierda de Alfonsín, el ministro Jaunarena

La resolución de la crisis es harto conocida. Alfonsín pronunciará su famoso “la casa esta en orden” desde los balcones de la Casa Rosada, todos los partidos de la burguesía y algunos lacayos de la izquierda como el Partido Intransigente y el Partido Comunista, firmaron el “Acta de Compromiso Democrático” que establecía la capitulación de las instituciones de la democracia burguesa argentina frente a las pretensiones militares y habilitaría el 4 de junio la discusión y votación de las leyes de Obediencia Debida, que el gobierno radical quería imponer desde tiempo antes que se desatara el levantamiento carapintada. El viejo MAS que estaba en un frente con el PC (el FREPU) se retiró de la plaza y no firmó el “Acta”. Luego sel FREPU se rompió.

La crisis de la Semana Santa de 1987 comenzó el fin del idilio con la “primavera democrática” alfonsinista. Fue una crisis política extraordinaria que desató una gran movilización popular, que por un lado, se plantó en defensa de las libertades democráticas, y por el otro, apuntó directamente contra los cuarteles y las FF.AA. En esta Semana Santa quedaron expuestos los límites insalvables de la política democrática burguesa para resolver el problema del genocidio, porque quien está en el banquillo de los acusados es el mismísimo Estado capitalista. El radicalismo siempre argumentó que se estaba gestando un golpe militar y que no había fuerza en la sociedad para detenerlo. Sostienen que su gobierno estaba condicionado por la amenaza golpista siempre latente. La realidad es que las FF.AA. estaban debilitadas y desprestigiadas para dar un golpe y presionaban sobre el gobierno radical a sabiendas de que cedería a sus demandas.

El alfonsinismo que se planteaba como una variante progresista y socialdemocratizada de un partido que había colaborado con la dictadura genocida, perdió su ángel. La característica central del radicalismo fue la capitulación frente a todas y cada una de las presiones que los factores de poder heredados del genocido le plantearon, con al argumento de defender la débil institucionalidad democrática. El gobierno de Raúl Alfonsín pactó para “salvar” a la democracia con los que se levantaron contra ella o fueron parte del genocidio. La UCR conducida por el Movimiento de Renovación y Cambio fue la pionera del Pacto de Impunidad con los genocidas y sus cómplices civiles (la condición institucional para llevar adelante el plan de salvataje de las FF.AA.) que caracterizó a la democracia argentina (aunque los K hayan anulado ambas leyes radicales).

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La guerrilla en los ‘70: elementos para un balance (Ruth Werner, Facundo Aguirre)


En torno al debate sobre los ‘70 el gobierno de Macri lleva a cabo un claro giro a la derecha. Cambiemos se divide en un ala mayoritaria que busca volver a la “teoría de los dos demonios”; y otra, minoritaria pero intensa, negacionista del genocidio, que culpa a la guerrilla de iniciar una “guerra revolucionaria” contra un gobierno democrático. En estas concepciones el desafío revolucionario se reduce a la acción de la guerrilla. Impugnando por derecha su accionar, se busca condenar la movilización revolucionaria de las masas, minimizada en estos “relatos”. Se borra así la centralidad de los grandes acontecimientos protagonizados por los trabajadores, el movimiento estudiantil y popular y la existencia de una amplia vanguardia obrera y juvenil que sobrepasaba a los sectores encuadrados en la guerrilla.

Por el peso que ocupan las organizaciones armadas en el discurso de los divulgadores del PRO y su papel en los ‘70, es necesario volver sobre el balance estratégico de la guerrilla. Lo hacemos con el respeto que nos merecen sus luchadores caídos, a quienes consideramos equivocados en su estrategia política.

El Cordobazo

El 29 de mayo de 1969 la clase obrera acaudillando al movimiento estudiantil y a sectores populares protagoniza el Cordobazo, una acción histórica independiente de las masas.La semi insurrección abre una etapa revolucionaria que solo será cerrada por el golpe genocida y que incluye fenómenos de lucha de clases y violencia de masas: levantamientos en varias provincias (los “azos”), ocupación de fábricas con toma de rehenes, surgimiento del clasismo, de las “ligas agrarias”, tomas de universidades y edificios públicos, “huelgas salvajes” contra el pacto social de Perón, enfrentamientos con las bandas fascistas de las Tres A, la huelga general política de julio de 1975 contra el gobierno de Isabel Perón. Estos sucesos, podríamos decir parafraseando a León Trotsky que son hitos de “la historia de la irrupción violenta de las masas en el gobierno de sus propios destinos”1. En este marco, la guerrilla surge como un actor político importante nutriéndose de la radicalización de sectores de la vanguardia obrera y la juventud estudiantil y plebeya, siendo Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo las organizaciones más importantes.

En los ‘70 la intensa lucha de clases dio lugar a variadas manifestaciones de enfrentamientos violentos entre las clases, que tuvo elementos de una “guerra civil” de baja intensidad, pero nunca se llegó a un proceso de guerra civil abierta. La acción de la guerrilla, por su parte, pasó de ser vista como parte de la resistencia a los gobiernos dictatoriales de la “revolución argentina” a un enfrentamiento de aparatos con las fuerzas represivas bajo los gobiernos peronistas. Luego del golpe, aunque siguió operando, fueron víctimas del genocidio, con una asimetría completa de fuerzas respecto del aparato represivo del Estado terrorista. Mientras los guerrilleros no superaban los 5.000, según datos del período 1977-1979, las FF. AA. contaban con 154.262 efectivos militares, de los cuales el Ejército tenía el 62,59 %, la Armada el 25,28 % y la Fuerza Aérea el 12,13 %2. Eso sin contar las fuerzas policiales y las bandas para estatales de la Triple A que se incorporaron al operativo represivo. El discurso de los militares que definen lo acontecido como “guerra sucia” oculta que el terror genocida se desplegó sobre un arco social y político infinitamente más amplio que la guerrilla. El terror del Estado buscó imponer un disciplinamiento social generalizado sobre la clase obrera y las masas populares, a la vez que aniquilar a sus sectores de vanguardia.

Ante la radicalización política y el ascenso generados por el Cordobazo, la clase dominante buscó erradicar la amenaza revolucionaria. La primera carta fue la de apelar al retorno de Juan Domingo Perón, que concitaba gran apoyo del movimiento de masas y poner fin a la proscripción del peronismo. A partir de la negociación del Gran Acuerdo Nacional, se instrumenta una serie de políticas para desviar el proceso revolucionario. Ya en el gobierno Perón montó una política de “contención”, apelando al Pacto Social para controlar al movimiento de masas, mientras iniciaba con las Tres A (Alianza Anticomunista Argentina) un ataque a la vanguardia obrera y popular y a las organizaciones guerrilleras, incluyendo la izquierda peronista agrupada en la Tendencia Revolucionaria y Montoneros. Con Isabel Perón y López Rega, aun en los límites de una democracia burguesa degradada y restringida, llegaba al poder un régimen bonapartista abierto, que dará rienda suelta a las Tres A. Pese a los golpes a la vanguardia, el movimiento de masas protagonizará en junio-julio de 1975 un proceso huelguístico que jaqueará al gobierno de Isabel. El peronismo había fracasado en derrotar el proceso revolucionario. La burguesía apelará al golpe de Estado y al genocidio.

En este contexto revolucionario, por el rol que jugó el peronismo y su burocracia sindical, la principal tarea de la izquierda era luchar por la organización política independiente de los trabajadores, para desarrollar hasta el final su auto organización y las tendencias insurreccionales que anidaban en el movimiento de masas. No fue esa la orientación de Montoneros y el ERP.

Montoneros

Montoneros irrumpe públicamente el 29/5/1970 con el secuestro del Gral. Pedro Eugenio Aramburu, cabeza de la revolución “fusiladora” de 1955. Desde su origen, la organización empalma con Perón a quien cree convencer de luchar por la “Patria socialista”. Así detallaban su estrategia:

Tenemos clara una doctrina y clara una teoría de la cual extraemos como conclusión una estrategia también clara: el único camino posible para que el pueblo tome el poder para instaurar el socialismo nacional, es la guerra revolucionaria total, nacional y prolongada, que tiene como eje fundamental y motor al peronismo. El método a seguir es la guerra de guerrillas urbana y rural3.

Durante el gobierno del Gral. Lanusse, Perón alentará a Montoneros a quienes llamará sus “formaciones especiales”. Para el líder eran un instrumento de presión in extremis:

La vía de la lucha armada es imprescindible. Cada vez que los muchachos dan un golpe, patean para nuestro lado la mesa de negociaciones y fortalecen la posición de los que buscan una salida electoral limpia y clara (…)4.

Perón negoció una salida política para desviar la insurgencia obrera y popular hacia la vía electoral. Los Montoneros serán la columna vertebral de la campaña de Héctor Cámpora que llevó al peronismo al gobierno en mayo de 1973.

Montoneros era partidario del “socialismo nacional” planteando que la “contradicción principal” en nuestro país era el enfrentamiento entre “nación y el imperialismo”. Proponían un Frente de Liberación Nacional integrado por

…todos los sectores sociales dispuestos a luchar contra el capital extranjero, desde los pequeños propietarios rurales de las ligas agrarias hasta los empresarios nacionales que estén contra los monopolios, hasta los radicales, socialistas, democristianos y comunistas que efectivamente luchen por la liberación5.

El FreJuLi que llevó al poder a Cámpora era su “modelo”. En ese momento compartían el gobierno la derecha peronista, la burocracia sindical, los empresarios de la CGE y subordinada, la izquierda peronista. Su programa económico se rticulaba alrededor del “Pacto Social”, rubricado por la CGT, diversas cámaras empresariales (de la CGE a la UIA y la Sociedad Rural). El 20/6/1973, la masacre de Ezeiza protagonizada por las bandas de José Ignacio Rucci y José López Rega terminó prácticamente con el gobierno de Cámpora y el romance montonero con Perón. La matanza fue avalada de hecho por el General.

Ya con Perón en el gobierno se inician los golpes que destituyen a los gobernadores afines a la Tendencia Revolucionaria del peronismo. En Córdoba, cuando durante el Navarrazo, la policía y las bandas de la burocracia de las 62 Organizaciones atacaban a la vanguardia obrera y popular, Montoneros no impulsará el frente único obrero apelando a los sindicatos combativos para ejercer la defensa del gobierno de Obregón Cano. Tampoco denunciaron el papel de Perón. La respuesta fue profundizar una guerra de “aparatos” contra la derecha peronista. Ya anteriormente el asesinato de Rucci llevó a Perón a lanzar la línea de aniquilar la “infiltración” en el peronismo6. Bajo el gobierno de Isabel, Montoneros desde la clandestinidad retomará abiertamente las armas y los atentados terroristas.

Durante los gobiernos peronistas Montoneros tampoco enfrentó el Pacto Social, llave maestra para poner fin al ascenso revolucionario, junto a las bandas fascistas. En una situación donde pese a estar prohibidas las huelgas, la vanguardia obrera desde las comisiones internas fabriles protagonizaba rebeliones antiburocráticas para defender sus derechos, su política era la de no chocar con Perón. Después de su ruptura con el gobierno de Isabel nunca dejará su referencia al “programa del 11 de marzo de 1973”, el que llevó al gobierno al FreJuLi.

PRT-ERP

El ERP se funda el 30 de julio de 1970 en el V Congreso del PRT donde definieron que

…las FF. AA del régimen solo pueden ser derrotadas oponiéndoles un ejército revolucionario (…) nuestra guerra revolucionaria adquirirá formas guerrilleras, urbanas y rurales, extendida a distintas ciudades y zonas campesinas, sobre la base de cuya ampliación y extensión política y militar será posible pasar a la guerra de movimientos en el campo y a la constitución de importantes unidades estratégicas en las ciudades (…) el otro principio fundamental de la guerra revolucionaria a aplicar por nuestra Fuerza militar es la ejecución de operaciones militares con una línea de masas, es decir, orientadas hacia la movilización de las masas y su participación directa o indirecta en la guerra7.

En la cita puede verse que el rol de las acciones de masas es auxiliar a la guerra de movimientos en el campo y la formación de unidades estratégicas en las ciudades. En otras palabras, la lucha de clases, las acciones revolucionarias de masas se subordinan a la agenda guerrillera.

Con el peronismo en el gobierno, el ERP fue el primero en romper la tregua militar con el copamiento del Comando de Sanidad (septiembre/73) y la toma del cuartel de Azul (enero/74). Perón venía de arañar el 62 % de los votos en la elección presidencial. En respuesta endureció el Código Penal contra los luchadores obreros y expulsó a los diputados de la Juventud Peronista por TV.

Ante el Pacto social y el accionar de las Tres A era vital impulsar el frente único de las organizaciones de lucha así como formar grupos de autodefensa desde las fábricas para enfrentar los ataques fascistas. En esta situación, los partidarios del PRT-ERP se opondrán junto a Agustín Tosco, a constituir una coordinadora nacional de las organizaciones obreras combativas en el plenario de la UOM Villa Constitución en abril del ‘74 para unir fuerzas contra el Pacto Social. También rechazaban las consignas de autodefensa obrera y popular:

La formación de las milicias de autodefensa, (…), es un problema serio, delicado, que exige una política prudente (…). Los espontaneístas, con su irresponsabilidad y ligereza característica gustan plantear sin ton ni son ante cada movilización obrera y popular por pequeña y aislada que sea, la formación inmediata de milicias de autodefensa. (…) sectores proletarios y populares de vanguardia, plenos de combatividad, pueden caer bajo la influencia de esta hermosa consigna y llegar a la formación apresurada de tales milicias (…) Las milicias de autodefensa son parte esencial en el armamento obrero y popular, constituyen sólidos pilares en la edificación de las fuerzas armadas revolucionarias, pero por su amplio carácter de masas sólo pueden surgir de una profunda y total movilización del pueblo en zonas de guerrilla o zonas liberadas8.

En otras palabras no es la revolución quien hace el ejército, sino el ejército quien hace la revolución. Sustituísmo del movimiento de masas.

Como parte de esta concepción el ERP pondrá parte importante de sus esfuerzos en la creación de un foco rural en Tucumán, la Compañía del Monte Ramón Rosa Jiménez. La idea era lograr una zona liberada, enfrentar al ejército, ser reconocido como fuerza beligerante y eventualmente provocar la intervención directa del imperialismo para generar una guerra patriótica contra el enemigo extranjero. El experimento resultará un rotundo fracaso y será prácticamente aniquilado por el Operativo Independencia. Cuando las energías de la dirección del ERP estaban concentradas en Tucumán, la clase obrera protagonizará la huelga general de 1975, la primera contra un gobierno peronista.

ERP y el FAS

EL PRT-ERP promovía, junto a la construcción del partido y el ejército revolucionarios, la creación de una herramienta política amplia,un frente antiimperialista con una orientación frente populista. En esta perspectiva impulsará el FAS (Frente Antiimperialista por el Socialismo):

Básicamente un frente es una unión o alianza de clases para concretar el logro de objetivos que son comunes (…) Esto no quiere decir que el FAS sea ya el Frente de Liberación Nacional y Social que nuestro pueblo necesita. Para ello será necesario un largo proceso. Tendrán que concurrir a la constitución definitiva del Frente los compañeros que actualmente militan en el Peronismo de Base, en Montoneros, JP, Partido Comunista, Juventud Radical y otras corrientes populares.

El PRT-ERP concluía que “el Frente de Liberación Nacional y Social, cuyo embrión en nuestra Patria es el FAS, tiene un carácter estratégico y permanente”9. Ante la crisis terminal del gobierno de Isabel en julio de 1975, el PRT avanzará en esta orientación llamando a imponer una salida política común a Montoneros, partidario de reconstruir el FrejuLi y al PC, partidario del cogobierno cívico-militar.

Enfrentamiento de aparatos

Con la muerte de Perón, en julio de 1974, el enfrentamiento entre revolución y contrarrevolución se agudizó. En medio de una crisis económica sin precedentes el peronismo intentaba mantener a Isabel en el gobierno y el Pacto Social a los tiros contra una aguda lucha de clases que irá creciendo hasta explotar en junio y julio de 1975. El movimiento obrero protagonizará una extraordinaria huelga general política que expulsará del poder a López Rega y al ministro de Economía, Celestino Rodrigo. Será el principio del fin del peronismo como fuerza de contención.

Los Montoneros tenían mucha influencia vía la Juventud Trabajadora Peronista en las coordinadoras interfabriles que reunían a las fábricas combativas y antiburocráticas de la Capital y el conurbano bonaerense. El PRT-ERP influenciaba en menor medida, su peso central era en Córdoba. Sin embargo la intervención de estas corrientes en los sucesos de junio y julio, fue abstencionista en cuanto a la cuestión del poder, negándose a elevar la lucha por las paritarias a un combate por la caída de Isabel y a desarrollar a las coordinadoras como organismos de doble poder.

Posteriormente, Montoneros se lanzó al copamiento de cuarteles como con el asalto al Regimiento de Infantería de Monte 29, en Formosa (5/10/75). El ex dirigente montonero Roberto Perdía explicaba así la decisión: “El golpe de Estado ya tenía fecha. La idea fue la de conformar una fuerza armada y demostrarle al propio Ejército que teníamos condiciones para operar (…)”10. En similar sintonía el ERP, se lanzará al asalto del Batallón Depósito de Arsenales 601 Domingo Viejobueno, en Monte Chingolo, en diciembre de 1975. Una aventura que será un duro golpe para la fuerza de Mario Roberto Santucho.

Pasado y presente

La derecha argentina partidaria tanto del negacionismo como de la versión más reaccionaria de la teoría de los dos demonios, hunde sus raíces en los grupos económicos que se hicieron dominantes durante la dictadura y los partidos políticos que fueron cómplices. En nombre de la “reconciliación nacional” y la democracia burguesa como valor supremo, se falsea la historia. Se condena la violencia guerrillera como excusa para impugnar todo tipo de movilización revolucionaria, se busca borrar el accionar de las clases explotadas de la memoria histórica y naturalizar el poder de la burguesía.

Recrear los debates estratégicos del ultimo gran ensayo revolucionario de la clase trabajadora, tiene por fin reconstruir la conciencia de clase de las nuevas generaciones para que la lucha no empiece de cero. Se trata también de recuperar para el pensamiento y acción de las masas explotadas el derecho sagrado a la insurrección contra sus opresores. Nuestra crítica a la guerrilla no está realizada desde una perspectiva pacifista sino partiendo de la premisa que un gobierno de los trabajadores en ruptura con el capitalismo solo podrá ser conquistado con la movilización revolucionaria de la clase trabajadora y los oprimidos. Para lograr este objetivo es necesaria la construcción de un gran partido revolucionario de la clase trabajadora.

Trotsky, L., prólogo a Historia de la revolución rusa, http://www.marxists.org, 1932.
Centro de Estudios Nueva Mayoría, “Evolución de los efectivos de las FF. AA. (1858-1997)”, Cuaderno 262, Buenos Aires, 1997.
Ver “Montoneros. Documentos internos, resoluciones, comunicados y partes de guerra”, http://www.elortiba.org.
Citado en Pigna, F., “La política en los .70”, http://www.elhistoriador.com.ar.
Bascheti, R., Documentos de la resistencia peronista.1973/1976, Buenos Aires, De la Campana, 1997.
Documento Reservado del Consejo Superior Peronista, 1/10/1973, http://www.elortiba.org.
Citado en Carreras, J., capítulo 7 de Movimientos revolucionarios armados en la Argentina. De los uturuncos y el FRIP a Montoneros y el ERP, 2001, http://www.elortiba.org.
Santucho, M.R., Poder burgués y poder revolucionario, http://www.marxists.org, 1974.
PRT, “Perspectivas del Frente de Liberación”, http://www.archivochile.com, enero, 1974.
Ragendorfer, R., “Perón quiso prepararnos para tomar el poder. Entrevista a R. Perdía”, Tiempo Argentino, 5/5/2013.

Cambiemos, La Nación y el negacionismo del genocidio


 

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Las declaraciones de Gómez Centurión, Darío Lopérfido o el mismo Macri niegan la existencia de 30 mil desaparecidos y de un plan genocida. La Nación escribe el libreto negacionista que levanta Cambiemos.

 

Como suscribe un editorial del oligárquico y ultrarreaccionario diario La Nación: “Los constituyentes de 1853, en circunstancias históricas de graves enfrentamientos internos, supieron elevar la mirada y proponer la unión nacional como pauta programática para la convivencia de los argentinos (…) En el marco de la Guerra Fría, la Argentina, como otros países de la región, se vio sometida a la acción de grupos armados empeñados en imponer la revolución con orientación marxista leninista. El modelo era Cuba y sus operaciones no tomaban en cuenta la institucionalidad como valor a respetar. Enfrentaban tanto a gobiernos constitucionales como de facto”.

Se reabre un debate sobre el pasado que no está resuelto e incomoda a la clase capitalista, que fue la que colaboró, sustentó y aprovechó el genocidio llevado a cabo por el llamado Proceso de Reorganización Nacional.

El golpe militar del 24 de marzo de 1976 no fue esencialmente la respuesta al accionar de la guerrilla, que había sido diezmada luego del pase a la clandestinidad de Montoneros, y el ERP derrotado con el Operativo Independencia y el asalto a Monte Chingolo. La finalidad de la Junta Militar fue poner fin a un ascenso obrero y popular que amenazaba con llevarse puesta a la burguesía argentina en medio de una catástrofe económica. Para lograrlo debía aniquilar a toda una generación de obreros, estudiantes, intelectuales, militantes políticos de algunas fracciones del peronismo combativo y la izquierda que se plantearon la lucha política abierta contra el imperialismo y el capitalismo. Esta generación no surgió de la nada, sino que fue la expresión más radicalizada del estallido de la insurgencia obrera y popular el 29 de mayo de 1969, conocida como el Cordobazo, que hirió de muerte al Gobierno de facto de Juan Carlos Onganía y al régimen de dominio que había surgido luego de la revolución fusiladora de obreros de 1955. Esta generación cuya fuerza motora era la clase obrera protagonizó una verdadera lucha de clases en el sentido estricto del término, con insurrecciones locales, huelgas salvajes, ocupaciones de fábricas y establecimientos, manifestaciones violentas y hasta una huelga general política entre junio y julio de 1975 que desbandó a los líderes de los grupos fascistas que actuaban bajo el amparo del Gobierno peronista. Los obreros pusieron en pie sindicatos clasistas, comisiones internas combativas, grupos de autodefensa y coordinadoras interfabriles. El movimiento estudiantil se lanzó a la unidad activa con la clase obrera y la izquierda comenzó a crecer exponencialmente. Fue el momento de mayor cuestionamiento al capitalismo argentino de la segunda mitad del siglo XX. Por eso la burguesía y su Estado le declararon la guerra.

El dictador Alejandro Lanusse, responsable de la Masacre de Trelew, puso fin a la proscripción del peronismo, con el objetivo de lidiar con las masas mediante el desvío electoral, lo que permitió el retorno de un Perón que prometía la “patria socialista” y daba vía libre a los pistoleros de la Triple A. Muerto Perón en 1974, Isabel Perón y José López Rega fracasaran en su intento de poner fin a la insurgencia por la vía de las bandas paramilitares que reclutaban policías, matones de la burocracia sindical y lúmpenes. Las huelgas del ‘75 fueron las que le pusieron fin al intento de ajuste salvaje para salvar al capitalismo argentino del ministro Celestino Rodrigo y al reinado de “Lopecito”. El peronismo se agotó como fuerza para lidiar con los trabajadores, y la clase capitalista dio vía libre al golpe militar, con el que colaboraron posteriormente tanto radicales, como peronistas y el Partido Socialista, entre otros. Si en aquel momento la clase obrera no avanzó más fue responsabilidad exclusiva de su dirección, el peronismo y su burocracia sindical, que sostuvo a una Isabel Perón odiada por las mayorías populares. Pero también porque la guerrilla peronista jugó el papel de contener dentro de la alianza policlasista del peronismo a los jóvenes trabajadores y estudiantes radicalizados y junto con el ERP, encarnaron una estrategia pequeñoburguesa que separaba de la lucha real de las masas a sus militantes para llevar a cabo una guerra de aparatos que despreciaba la auténtica guerra de clases. Fueron los grupos de tareas de las Fuerzas Armadas, los que llevaron a cabo el plan de exterminio, siguiendo los mandatos del imperialismo y los consejos de Pío Laghi y la Iglesia Católica.

Decíamos que es un debate que se reabre sobre un pasado no resuelto porque el “Pacto de Impunidad” que condicionó a la democracia burguesa argentina desde la restauración democrática de 1983 intenta ser reconstruido luego de que la movilización popular lo socavara. Fue ella quien logró la condena de algunos centenares de criminales de la dictadura e impuso a la justicia burguesa el reconocimiento de la existencia un plan sistemático de exterminio desde el Estado contra todo un grupo nacional, que constituye la base jurídica de la definición de genocidio.

Luego de la crisis del 2001, el kirchnerismo expropió discursivamente las reivindicaciones de justicia de los movimientos de Derechos Humanos, cooptó a sus dirigentes, y lo convirtió en parte del relato expiando al peronismo por los crímenes de la Triple A y sin que se juzgue a todos los responsables militares, civiles, empresariales y eclesiásticos. Luego intentó una política de reconciliación con las Fuerzas Armadas que tuvo como protagonistas a genocidas como César Milani y represores como el también ex carapintada Sergio Berni, que redundó en el espionaje político a través del Proyecto X.

Decíamos que el debate era incómodo porque fueron los grandes grupos capitalistas -a los que el kirchnerismo permitió, según sus propias expresiones, levantarla en pala- los principales beneficiarios y promotores del golpe. Fueron los partidos de la burguesía los principales colaboradores.

Como sentenciaba Balzac, “detrás de cada fortuna hay un crimen”, y las manos chorreantes de sangre de las patronales argentinas y el imperialismo son las que digitan el discurso de la derecha en el poder. Veamos a los protagonistas: Juan José Gómez Centurión, un falso combatiente de Malvinas, un carapintada que se alzó en armas contra Raúl Alfonsín para exigir la impunidad de los criminales que participaron en la represión. Darío Lopérfido, hoy miembro de la oligárquica familia Mitre, a quienes los militares entregaron parte de Papel Prensa, y ex funcionario de un Gobierno de la Unión Cívica Radical como el de Fernando De la Rúa, que plagó de cadáveres los alrededores de la Plaza de Mayo en diciembre del 2001 para intentar aplastar una rebelión popular. Mauricio Macri, el hijo de Franco, el empresario que esquilmó al Estado y es recompensado, había salido de la dictadura genocida como uno de los grupos económicos más importante de la Argentina. Como cuenta Gabriela Cerruti: “Los Macri transitaron los últimos meses del gobierno peronista reunidos con Licio Gelli de la Logia P2 y José López Rega acordando construir el ‘Altar de la Patria’ que resguardaría los restos de Juan Domingo Perón y Eva Perón y unos meses después del golpe militar eran parte de la mesa chica del equipo económico y político de los militares. Con la llegada del gobierno peronista al poder, en 1973, el grupo tenía siete empresas. Finalizada la dictadura militar, el holding tenía 47 empresas”.

Los argumentos de Cambiemos buscan reinstalar la idea de la reconciliación nacional y vuelve a ser el diario mitrista quien escribe el libreto: “Tras una cifra falsa del número de muertos y desaparecidos para que alcanzara la categoría de genocidio”. Intentan deslegitimar las reivindicaciones históricas de los movimientos de los derechos humanos. Unos mediante la restauración de la “Teoría de los dos demonios”, que pone un signo igual entre el terrorismo de Estado y la violencia ejercida por las clases subalternas y los grupos guerrilleros, exculpando al Estado de sus crímenes. Otros reivindicando a los represores como luchadores que cometieron excesos dentro de una “guerra sucia”, según la doctrina contrarrevolucionaria francesa, contra una subversión sin dios, ni patria. Esta última es un calco del discurso videlista.

Si el kirchnerismo se reapropió de retazos de “memoria” para su operación de restaurar la autoridad del Estado y pasivizar al país convulsionado en el pos 2001, el macrismo busca borrar toda memoria de un genocidio de clase, legitimar un nuevo relato reaccionario de “los dos demonios”, como un aviso claro: son representantes de una clase que puede volver a hacerlo si las condiciones lo requieren.

El relato kirchnerista siempre rechazó que haya habido un genocidio de clase, lo consideraba un golpe contra un Gobierno “popular” y un proyecto “industrialista”. La lucha contra el negacionismo macrista hay que encararla desde el punto de vista de recuperar para el presente la memoria revolucionaria de nuestra clase obrera, señalando a sus enemigos, reivindicando en la lucha contra el imperialismo y el capitalismo a nuestros hermanos caídos.

El año I de la Revolución Rusa (Victor Serge)


En vísperas del 100 aniversario de la revolución Rusa, la fantástica obra de Victor Serge. Ver a continuación.

Prólogo
He procurado presentar en este libro un cuadro verídico, vivo y razonado, de las primeras
luchas de la revolución socialista rusa. Siendo mi principal deseo el poner de relieve ante los
ojos de los proletarios las enseñanzas de una de las épocas más grandes y decisivas de la
lucha de clases en los tiempos modernos, no me era posible hacer otra cosa que exponer el
punto de vista de los revolucionarios proletarios. Esta actitud mía tendrá para el lector
ajeno a las doctrinas comunistas la ventaja de darle a conocer cómo comprendían y cómo
comprenden la revolución quienes la hicieron.
La pretendida imparcialidad de los historiadores no pasa de ser una leyenda,
destinada a consolidar ciertas convicciones útiles. Bastarían para destruir esta leyenda, si
ello fuese necesario, las obras que se han publicado acerca de la gran guerra. El historiador
pertenece siempre “a su tiempo”, es decir, a su clase social, a su país, a su medio político.
Sólo la no disimulada parcialidad del historiador proletario es hoy compatible con la mayor
preocupación por la verdad. Porque únicamente la clase obrera obtendría toda clase de
ventajas, en toda clase de circunstancias, del conocimiento de la verdad. Nada tiene que
ocultar, en la historia por lo menos. Las mentiras sociales siempre han servido, y sirven
todavía, para engañaría. Ella las refuta para vencer, y vence refutándolas. No han faltado,
sin duda, algunos historiadores proletarios que han acomodado la historia a ciertas
preocupaciones de actualidad política. Al hacerlo se han plegado a tradiciones que no son
las suyas y han sacrificado los intereses superiores y permanentes de su clase a ciertos
intereses parciales y pasajeros. Me he guardado mucho de imitarlos. Si acaso he llegado a
deformar la verdad en algunos puntos, lo que es probable, ha sido sin darme cuenta, por no
disponer de datos suficientes o por error.
Tal cual es este libro resultará, sin duda alguna, muy imperfecto. Absorto en otros
trabajos, entregado a la vida de militante en una época bastante accidentada, no he
dispuesto nunca del ocio tranquilo que es necesario para el estudio de la historia. Por
idénticas razones, no suelen, los que hacen la historia, tener la oportunidad de escribirla.
Por otra parte, tampoco la materia se encuentra a punto. Los hechos son demasiado
recientes, demasiado palpitantes; las cenizas del brasero están calientes todavía, queman si
se acerca a ellas la mano… Existe en Rusia, acerca de la revolución de octubre, una literatura
más abundante que rica. Memorias, relatos, notas, documentos y estudios parciales salen
profusamente a la luz pública. Pero es necesario confesar que no hay nada más difícil que
sacar partido de esta inmensa documentación, demasiado subordinada a propósitos de
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agitación, y en la que faltan casi por completo las obras sistemáticas, de conjunto. La
historia de los partidos, de la guerra civil, del Ejército rojo, del terror, de las organizaciones
obreras, no ha llegado siquiera a esbozarse. No se ha publicado en la URSS -y no hay por
qué sorprenderse de ello- una historia a fondo de la revolución, aparte de algunas obras que
sólo son un compendio de la misma. Los únicos que han abordado a fondo algunos de los
problemas que a ellos les afectan son los escritores militares. En estas condiciones, las
memorias, a las que es indispensable recurrir, presentan grandes fallas. Los revolucionarios
no pasan de ser, en el mejor de los casos, unos medianos cronistas; además, casi siempre
han tomado la pluma con un fin preconcebido, a saber: conmemorar algún aniversario,
rendir homenajes, polemizar y aun deformar la historia de acuerdo con las conveniencias de
determinados intereses del momento. Los trabajos parciales, como, por ejemplo, las
monografías locales, presentan pocas garantías científicas. Trascrito por celula2.
Me he esforzado, pues, por buscar el rasgo característico aprovechando la mayor
parte de esta documentación. Para dar al lector elementos muy concretos de apreciación he
reproducido profusamente detalles y citas. Me he limitado a indicar mis fuentes de
información cuando he aprovechado ciertos trabajos anteriores que ofrecen un valor real, y
cuando he creído útil subrayar la autoridad de un testimonio, y, finalmente, con el
propósito de facilitar al lector el trabajo de investigación. Izquierda Revolucionaria
He de proseguir estos trabajos en cuanto me sea posible. Quedaré muy reconocido a
los lectores que reclamen mi atención sobre los puntos incompletos de esta obra, así como
sobre aquellos temas que crean conveniente esclarecer. Conviene que fijemos aquí lo que
representa el año I en la historia de la revolución.
El año I de la revolución proletaria -o sea, de la República de los Soviets- empieza el
7 de noviembre de 1917 (el 25 de octubre, según el antiguo-calendario) y se cierra, como es
natural, el 7 de noviembre de 1918, en el momento en que estalla la esperada revolución
alemana.
Existe una coincidencia casi perfecta entre el calendario y la primera fase del drama
histórico, que se inicia con la insurrección victoriosa y termina con la extensión de la
revolución a la Europa central. Vemos entonces plantearse, por primera vez, todos los
problemas que está llamada a resolver la dictadura del proletariado: organización de los
abastecimientos, organización de la producción, defensa interior y exterior, actitud hacia las
clases medias, los intelectuales, los campesinos, y vida del partido y de los Soviets.
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Propondríamos que se llamase a esta primera fase las conquistas del proletariado, a saber:
toma del poder, conquista del territorio, conquista de la producción, creación del Estado y
del ejército, conquista del derecho a la vida…
La revolución alemana abre la fase siguiente, la de la lucha internacional (o más
concretamente, la de la defensa armada -defensa agresiva en ciertos momentos- del hogar de la revolución
internacional). En 1919 se forma la primera coalición contra la República de los Soviets.
Pareciendo a los aliados insuficiente el bloqueo, fomentan la formación de Estados
contrarevolucionarios en Siberia, en Arkhangelsk, en el Mediodía, en el Cáucaso. Durante
el mes de octubre de 1919, al finalizar el año II, la República, asaltada por ejércitos blancos,
parece estar a punto de sucumbir. Kolechak avanza sobre el río Volga; Denikin, después de
invadir Ucrania, avanza sobre Moscú; Yudenich avanza sobre Petrogrado, apoyándose en
una escuadra inglesa. Un milagro de energía da la victoria a la revolución. Continúan
reinando el hambre, las agresiones, el terror, el régimen heroico, implacable y ascético del
“comunismo de guerra”. Al año siguiente, en el momento en que acaba de decretarse el fin
del terror, la coalición europea lanza a Polonia contra los Soviets. El Ejército rojo llega al
pie de las murallas de Varsovia, en el momento mismo en que la Internacional Comunista
celebra en Moscú su segundo congreso, y alza sobre Europa la amenaza de una nueva crisis
revolucionara. Termina este período en los meses de noviembre-diciembre de 1920 con la
derrota de Wrangel en Crimea y con la paz con Polonia. Parece haber terminado la guerra
civil, pero el levantamiento de los campesinos y la insurrección de Cronstadt ponen
brutalmente de manifiesto el grave conflicto entre el régimen socialista y las masas del
campo.
En 1921 se abre una tercera fase, que podríamos llamar la de la reconstrucción económica,
que se inicia con la nueva política económica (llamada, en abreviatura, la NEP) y que acaba
en 1925-26 con la vuelta de la producción al nivel de la anteguerra (aunque con una cifra de
población superior). Recordemos en breves palabras en qué consistía la NEP. Después de
las derrotas sufridas por las clases obreras de Europa, la dictadura del proletariado se vio
forzada a realizar determinadas concesiones económicas a la pequeña burguesía rural. Estas
concesiones fueron la abolición del monopolio del trigo, la libertad de comercio y la
tolerancia, dentro de ciertos límites, del capital privado. El Estado socialista conservó todas
las posiciones dominantes en el campo económico y no hizo concesión alguna en el terreno
de la política. Esta importante “retirada” -la palabra es de Lenin-, cuya finalidad fue la de
preparar el avance ulterior hacia el socialismo, pacificó el país e hizo más fácil su
reconstrucción.
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A partir de 1925~26 entra la historia de la revolución proletaria de Rusia en una
cuarta fase. Ha llegado a buen término la reconstrucción económica, lo que constituye un
triunfo admirable cuando apenas han pasado cinco años desde la terminación de la guerra
civil, en un país duramente castigado y abandonado a sus propias fuerzas. De allí en
adelante se hace necesario ampliar la producción, se impone alcanzar el nivel de la
producción de los grandes países capitalistas. Todos los problemas aparecen planteados a la
luz de un nuevo día. Estamos en la fase de la industrialización. Se reanuda, cada día con
mayor aspereza, la lucha de clases. Se agravan los males de una revolución proletaria
contenida dentro de las fronteras nacionales y rodeada de países capitalistas. Pero ése es el
presente, la vida, la lucha. Nada mejor para facilitar su comprensión que el conocimiento de
los comienzos heroicos de la revolución, en el curso de los cuales se templaron los
hombres, se concretaron las ideas y se crearon las instituciones.
Doce años han transcurrido desde que tuvieron lugar los acontecimientos que
estudiamos en este libro. La República proletaria fundada por la insurrección del 7 de
noviembre de 1917 vive aún. La clase obrera ha demostrado en Rusia que es capaz de
ejercer el poder, de organizar la producción, de resistir victoriosamente a los enemigos del
exterior y del interior, y que posee la perseverancia necesaria para el cumplimiento de su
misión histórica -que no es otra que la de construir una sociedad nueva-, y esto en las
condiciones más ingratas. Los tanteos y errores de los hombres, las disensiones y las luchas
políticas, lejos de esfumar ante nuestra mirada esta gran realidad, deben servir para
resaltaría más. La revolución proletaria sigue adelante. Este hecho impone un doble deber a
quienes no tienen intereses de clase opuestos a ella: en el interior -es decir, dentro de la
URSS y del movimiento obrero revolucionario internacional-, el de poner sus fuerzas al
servicio de la revolución, combatiendo los males que padece, aprendiendo a defenderla
contra sus propias faltas, esforzándose por contribuir a la elaboración y a la aplicación
incesante de una política inspirada en los intereses superiores del proletariado mundial; en
el exterior, el de defender a la primera República de los Trabajadores, el de velar por su
seguridad, seguir sus trabajos y sus luchas para extraer de ahí las enseñanzas que han de
iluminar mañana a otros pueblos los caminos que conducen a la transformación del
mundo.
Habiendo escrito la mayor parte de este libro en la URSS, lamento no haber podido
consultar las muchas obras importantes aparecidas recientemente en el extranjero. Me fue
completamente imposible tenerlas a la mano.
Enero de 1930.

Continuar aquí: el20ano20i20de20la20revolucion20rusa

En visperas de los 100 años de la revolución de febrero de 1917 en Rusia


En febrero se van a cumplir 100 años de la revolución obrera y campesina que derroco al Zar de Rusia y abrió el camino para la lucha victoriosa de los bolcheviques por el poder de los soviets. Me vino en mente la definición que hace Pedro Kropotkin sobre la Revolución Francesa, la única comparable por su alcance histórico a la revolución Rusa, sobre la fuerza de las revoluciones:
“Una revolución es infinitamente más que una una serie de insurrecciones en los campos y en las ciudades; es más que una simple lucha de partidos, por sangrienta que esta sea; más que una batalla en las calles y mucho más que un simple cambio de gobierno (…) Una revolución es la ruina rápida en pocos años, de instituciones que tardaron siglos en arraigarse y que parecían tan estables y tan inmutables que incluso los reformadores más fogosos apenas osaban atacarlas en sus escritos; es la caída y pulverización (…)
de todo lo que constituía la esencia de la vida social, religiosa, política y económica de una nación, el abandono de las ideas adquiridas y de las nociones corrientes (…) Es, en fin, la floración de nuevas concepciones igualitarias acerca de las relaciones entre ciudadanos, concepciones que pronto se convierten en realidades, comienzan a irradiar sobre las naciones vecinas, trastornan el mundo y dan al siglo siguiente su orientación, sus problemas, su ciencia, sus líneas de desarrollo económico, político y moral”.
El siglo XX fue marcado a fuego por la Revolución bolchevique, sus consignas, su horizonte, el ideal de una sociedad sin explotadores ni explotados. El proyecto de un Estado basado en los soviets que ha medida que la revolución avanzaba en todos los terrenos se iba extinguiendo. No se pueden entender sino los fenómenos aberrantes del siglo XX como el stalinismo, el fascismo, la Segunda guerra mundial, Auswitchz; o los intentos reformadores como el New Deal y el Estado de bienestar; o la violencia imperialista y las dictaduras genocidas en la periferia capitalista. Fueron distintas respuestas para contrarrestar el efecto de ese gran acto liberador que fue la toma del Palacio de Invierno.
Las gigantescas tareas del proyecto revolucionario bolchevique, su llamamiento libertario, sigue pendiente de resolución en el siglo XXI.
Si ellos se atrevieron, como dijo Rosa Luxemburgo sobre Lenin y Trotsky, nosotros también lo haremos.

Ricardo Ragendorfer: “Lo que me atraía de esta historia era el tema de la traición”


http://www.laizquierdadiario.com/Ricardo-Ragendorfer-Lo-que-me-atraia-de-esta-historia-era-el-tema-de-la-traicion

Facundo Aguirre y Tom Mascolo

Los Doblados, editado por Sudamericana-Planeta, trata de la infiltración del Batallón 601 en la izquierda en general y las organizaciones guerrilleras en los ’70.

Fotos: Martín Alberto Cossarini / Enfoque Rojo

El periodista enciende un cigarrillo tras otro mientras relata buscando la palabra precisa, la fascinante trama, los móviles y los entretelones que lo llevaron a publicar su último libro. Antes de comenzar Ragendorfer nos cuenta que el libro ha tenido un enorme éxito de ventas como efecto no buscado. Toma como un eje el ataque al Regimiento de Infantería del Monte 29 en Formosa, se ha transformado en una especie de libro anti-Ceferino Reato, que gusta ser interprete de los intereses de la derecha peronista y militar en el relato de los años setenta.

Puesto a describir el tema de la traición, Ragendorfer recuerda que Marx sostenía que “la historia de la traición atraviesa la historia de la humanidad como un fantasma apenas disimulado”.

A la altura de sus antecedentes como periodista y escritor, Ragendorfer nos ofrece en Los Doblados, al ritmo de un policial negro espeluznante, una trama imprescindible para conocer la infiltración de la inteligencia militar y los mecanismos represivos del terrorismo de Estado.

Los doblados trata el tema de la infiltración a las organizaciones guerrilleras y de izquierda y la traición. ¿Cómo fue concebido el libro?

La idea surgió específicamente a raíz de una serie de entrevistas que tuve con un represor del Batallón 601, el mayor Carlos Antonio Es panadero, que ahora está condenado a 15 años de prisión por delitos de lesa humanidad. Este personaje me interesaba por la historia del Oso Rainer. A raíz de la entrevista publiqué un artículo sobre esta historia en la revista Caras y Caretas, lo que de algún modo fue el germen del libro. Comencé a investigar en profundidad esta historia y también sentí la necesidad de perfeccionar el conocimiento que yo tenía sobre el ejercicio y las estructuras que tuvo el terrorismo de estado en nuestro país.

Lo que me atraía de esta historia era el tema de la traición, un tema no muy explorado por la profusa bibliografía que hay sobre la dictadura. Me interesaba fundamentalmente porque de algún modo como diría Marx “la historia de la traición atraviesa la historia de la humanidad como un fantasma apenas disimulado”, en ese sentido es una figura universal y que por otra parte marca uno de los aspectos más oscuros de la condición humana.

El libro se centra fundamentalmente en un espacio temporal preciso, desde octubre de 1975 cuando los Montoneros copan el cuartel de Formosa, hasta el copamiento de Monte Chingolo por el ERP. ¿Por qué elegiste ese momento preciso de la historia?

La hipótesis es que fue a partir de la firma de los decretos de aniquilamiento en octubre de 1975 cuando los militares tomaron el control operacional del país, fue a partir de ese momento cuando el poder real pasó de la Casa Rosada al edificio Libertador. Yo pienso que justamente en ese momento empezó el Golpe de Estado, y lo del 24 de marzo fue apenas una mudanza. Esta hipótesis también me lanzó a desmenuzar la parte fáctica del asunto y marcar la diferencia con lo que sostienen algunos autores sobre que el ataque de Montoneros a Formosa fue lo que decidió hacer el golpe, en una versión tipo Billiken de la historia. Pude encontrar testimonios y documentos que demostraban que los decretos que se firmaron a raíz de lo de Formosa estaban redactados desde antes, o sea todo indica que esos decretos fueron redactados con el propósito de oficial izarse ni bien la guerrilla cometiera un hecho de envergadura y resultó que ese hecho fue Formosa.

Vos describís la estructura de mando del 601. ¿Quiénes la integraban y que papel cumplían?

Carlos Alberto Martínez era el jefe de la Jefatura 2 de la inteligencia, era la inteligencia del Estado Mayor y el Batallón 601 era el órgano operativo. En ese sentido, Carlos Alberto Martínez era un tipo muy importante que recién fue descubierto por la justicia hace poco años, poco tiempo antes de morir, y fue uno de los arquitectos del golpe de estado. Era un tipo que había sido entrenado en la Escuela de las Américas, con relaciones con el ejército y la inteligencia norteamericana, que logró sobrevivir a varios comandantes en jefe sin que eso escaldara su carrera. Martínez desayunaba con Videla todas las mañanas en la cuales les resumía las novedades en el marco de la inteligencia.
El Coronel José Osvaldo Ribeiro era el Segundo Jefe del Batallón 601, sobre él estaba el Coronel Valín. Balita (tal era el apodo de Ribeiro) fue uno de los propulsores del Plan Cóndor a nivel continental. Ribeiro participó en el secuestro y los interrogatorios en Paraguay, de uno de los hermanos de Santucho y de Fuentes Alarcón, alias el Trosko, que era un alto dirigente del MIR que habían sido capturados en las afueras de Asunción, el último de ellos fue llevado a Chile para ser interrogado y el otro Santucho, no se supo más del él.
El mayor Carlos Antonio Españadero, alias Peirano, pese a su baja jerarquía, era una especie de cerebro en la sombras, el oficial pensante del Batallón 601. Estaba a cargo de la Sala de Situación, pero en realidad era el estratega de lo que al Batallón 601 le competía en el ejercicio del terrorismo de Estado en Argentina, y sus evaluaciones y recomendaciones eran muy influyentes en relación a los pasos a seguir. Por otra parte, el tipo tenía a su cargo una red de soplones e infiltrados en diferentes organizaciones políticas armadas o no, que el mismo había reclutado y entrenado.

¿El asesinato del General Prats, donde colabora Ribeiro, es la primera acción del Plan Cóndor en Argentina?

El asesinato de Prats y su mujer sucede en 1974. En realidad fue una operación efectuada por la DINA con el visto bueno tanto del batallón 601 como de la policía que liberó la zona. Pero digamos que fue un operativo chileno que contó con el apoyo solidario de los represores argentinos. Yo no lo describiría taxativamente como un antecedente oficial del Plan Cóndor, más que en la medida de que actuó una fuerza de un país limítrofe con el visto bueno de fuerzas locales. Yo estoy inclinado a creer que el primer operativo del plan Cóndor en Argentina fue el secuestro de Jean Claude Fernández, militante del MIR chileno, el primer acto del Plan Cóndor. En ambos hechos, en el de Prats y Claudet, hay un denominador común que es Enrique Arancibia Clavel, el agente de la DINA que era enlace entre la dictadura pinochetista y el Batallón 601.

¿Cuál es la responsabilidad del gobierno de Isabel Perón en los hechos narrados?

Es difícil determinar con exactitud cuál era su grado de responsabilidad. De hecho era un gobierno que hacía uso de ciertas formas primarias del terrorismo de Estado. Digo primarias, porque es constatable que en la instancia previa a un golpe militar o en la instancia previa a la represión militar es usual la profusión de grupos parapoliciales, como la Triple A o Comando Libertadores de América. En se sentido haciendo una analogía roquera, podemos decir que la Triple A fueron teloneros del terrorismo de estado.

Y hay relación concreta entre la Triple A y el Batallón 601

Había determinados cuadros del Batallón 601 que tenían relación o participación en la Triple A, pero la Triple A era una especie de copyright. Se juntaban 4 fachos, mataban a alguien, firmaba la Triple A y estaba permitido. Pero digamos que la Triple A tenía más bien una pata policial con Villar, Margaride, Almirón Sena y el comisario Morales. Había una pata militar y una pata de la ultraderecha peronista. La Triple A era una cosa bastante lumpen y los métodos eras distintos a los de los militares.

La llave del terror para la Triple A era secuestrar gente y acribillarlos de 100 balazos puesto que el resorte escénico del terror que querían inyectar estaban depositados en la exhibición de la víctima, en cambio la estética del terrorismo de Estado que vino después estaba situado en la desaparición de la víctima.

La figura del Oso Rainer juega un papel central en tu libro. Resulto una de las piezas fundamentales de Españadero

El Oso Rainer era un tipo que se movía en la zona sur del Gran Buenos Aires y merodeaba las Fuerzas Armadas Peronistas, pero mantenía también muchos contactos con la ultraderecha sindical. El tipo era un lumpen. En tres ellos el general Miguel Ángel Iñiguez, que era un conspirador de opereta. Cuando Rainer le cuenta a Iñiguez que su grupo de la disuelta FAP de 17 de Octubre va a ingresar al ERP, Iñiguez le dice que quizás no es mala idea que ingrese al ERP a condición que le permita presentarle una persona, Españadero quien lo reclutara en su escuadrón de soplones. Ahí Rainer se suma por dinero.
El Oso era un tipo harto limitado, pero entrenado en ver, oír y contar. En el ERP estaba destinado al área de logística como chofer y eso le permitía tener acceso a mucha información sobre lugares y escuchar conversaciones, que luego informaba a Españadero que lo utilizaba para orientar a los grupos de tareas del Batallón. A pesar de sus limitaciones el Oso Rainer fue funesto, a él se le atribuyen casi cien caídas de militantes del ERP.

Según narras, el ex presidente Eduardo Duhalde tuvo posibilidad de conocer el objetivo del ERP en el cuartel de Chingolo.

Efectivamente era así. En vísperas del ataque a Monte Chingolo, mientras el Oso llevaba en su camioneta armas de un lugar a otro, hacia escalas en un taller tomado por los milicos donde boicoteaban y saboteaban las armas. En esos lapsos el Oso tenía lo que podíamos llamar una hora libre, entonces visita a un puntero sindical ligado a Duhalde que era intendente de Lomas de Zamora, llamado Illescas. Ahí el Oso se va de boca y le cuenta el plan del ERP. Illescas se lo transmite a Duhalde y le dice: jefe, estuve con fulano y me contó esto. Duhalde le dice que le contara personalmente al Gobernador, entonces Illescas le pide que lo mencione a Calabró. Duhalde frente a Calabró en lugar de mencionar su fuente le dijo “un muchacho que anda en la joda me contó esto”, mandado al muere a Illescas. Entonces Calabró se lo comunica al coronel Valin y Duhalde le pide, “no se olvide de decirle que le di yo la información”.

En los últimos años sobre todo con la asunción de Cesar Milani hubo un intento de reconstrucción de la inteligencia militar para uso interno, como el Proyecto X. ¿Existen hilos de continuidad?

Mira hay muchos hilos de continuidad, uno por ejemplo es el personaje de Stiusso. Porque Stiusso es un tipo que entra en la SIDE a principios de la década del setenta bajo el manto protector del Coronel Martínez. Stiusso ahora es una especie de figura intocable de la inteligencia argentina. Es un ejemplo de la continuidad porque ninguna de las Fuerzas Armadas, de seguridad o de espionaje que intervino en la dictadura ha sido debidamente democratizada. La SIDE es el único organismo intacto, ninguna unidad de investigaciones estatal sobre terrorismo de Estado pudo obtener jamás un solo documento de la dictadura.
Por otro lado, Milani fue entrenado en el Batallón 601. Pero la inteligencia que se intentó montar es un experimento nuevo, un proyecto más amoldado a los requerimientos de las hipótesis de conflicto del presente que en cierto modo, desde luego, siempre se asemejan a las del pasado.

¿Consideras que existen aún los archivos de inteligencia que aporten nuevas revelaciones sobre el genocidio?

De la SIDE no sé si existen pero los que si existen son los del Batallón 601. Hace unos años salto el tema de los archivos y el capitán Héctor Vergez declaró a la prensa que los archivos los había comprado Carlos Menem por 250 mil dólares, pero todo indicaría que es un verso.

¿Que opinión te merece la política de derechos humanos del macrismo?

Es un retroceso en todo sentido. Desarticuló determinadas estructuras que tienen que ver con la política de Memoria, Verdad y Justicia. Freno de cuajo el avance de las causas sobre la complicidad civil con la dictadura. Es atemorizante la idea de restaurarles ciertas atribuciones que fueran imprescindibles para que en el pasado fueran una especie de partido militar. Incluso meterse con los desaparecidos. La concepción que tiene Macri del terrorismo de Estado es que no existió y hubo una guerra sucia. Para él y su clase social hubo un solo demonio.

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