Andrés Rivera: El verdugo en el umbral de la literatura argentina


En “La revolución es un sueño eterno”, Andrés Rivera nos muestra a Juan José Castelli como un Oliver Cromwell criollo y sentencia que un hombre solo no va más allá de su propia sombra.

La dura condición de los revolucionarios cuando la revolución abandona el escenario de la historia y sólo quedan las palabras y la memoria; que intentan ser sepultadas bajo la hediondez de una montaña de perros muertos mediante la calumnia y la lógica miserable del sentido común, que afirma su autoridad en el supuesto orden natural de las cosas.

En el mismo libro cita “Kote Tsintsdze, antiguo bolchevique, preso en los campos de concentración de José Stalin, envía a León Davidovich Trotsky, en el papel que utilizaban los detenidos para armar cigarrillos, la siguiente misiva: Muchos, muchísimos de nuestros amigos y de la gente cercana a nosotros, tendrán que terminar sus vidas en la cárcel o la deportación. Con todo, en última instancia, esto sería un enriquecimiento de la historia revolucionaria: una nueva generación aprenderá la lección”. Porque mientras siga viva la lengua de las insurrecciones y su memoria, la revolución sigue vigente, latiendo en los solitarios que se empecinan en enfrentar la derrota y encarnar la resistencia para volver.

Rivera es un escritor imprescindible que dio voz en sus libros, de una manera exquisita, a los combatientes revolucionarios, a los militantes proletarios, a los que se atrevieron a tomar en sus manos la antorcha de Prometeo en el asalto a los cielos. Uniendo en un mismo relato la revolución rusa y la clase obrera argentina, una herejía en un país donde el peronismo le niega a los trabajadores su pertenencia a una clase internacional.

Su Guido Fioravanti, una figura olvidada de nuestra clase, llamo a afiliar al Partido Comunista a un Maquiavelo que afirmaba que quien quisiera fundar una república en un país lleno de nobles sólo podía hacerlo a condición de matarlos a todos. El que reivindicaba a su tío Feiguele, recién torturado por la policía, anunciando con orgullo: no cante, soy trotskista.

Supo también exprimir hasta la última gota de sangre y pasión a la historia argentina y sus personajes. Construir por ejemplo, un Juan Manuel de Rosas amargado por la estafa de sus primos; los de Anchorena y el exilio, indignado por los comuneros de 1871, afirmando brutalmente que él los hubiera empalado en Plaza de Mayo. O al despreciable oligarca que le tira a su empleada un pedazo de carne para tratarla como una perra y considera a Charles Baudelaire su lacayo.

Rivera era un escritor económico, a lo Hemingway. Que renunciaba a las pompas y las destrezas de la descripción de un lenguaje sobrecargado, para concentrarse en andamiaje del relato usando la palabra precisa y las imágenes que desbordan violencia, erotismo y belleza. Amante de William Faulkner, había logrado sintetizar el sonido y la furia de la lengua en la construcción de sus historias.

Junto a Ruth Werner, con quien escribimos el libro “Insurgencia Obrera en la Argentina 1969-1976”, lo vimos irse refunfuñando de la librería del IPS Karl Marx cuando salió la primer edición del libro, allá por el 2007. Él se hizo presente en la casona de la palmera de la calle Riobamba 144 en CABA para buscar su ejemplar y se retiró malhumorado por el atraso en la entrega de la imprenta. Un orgullo pensar que leyó nuestro trabajo o al menos se interesó en él.

Participó de la lucha de clases como obrero y de gran parte de la vida de la izquierda argentina, junto a su compañera Susana Fiorito. Hizo de su literatura un campo de batalla. Alguna vez dijo que quería que en su lápida figurara que allí yacía un militante. Que así sea recordado.

Gracias por el sueño eterno de la revolución.

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Andrés Rivera


Dijo Monteagudo: la muerte es un sueño eterno.
Se fue un imprescindible de la literatura argentina. Un escritor exquisito que supo hablar de revoluciones, de guardias blancas, de traiciones, de la vejez, del amor, de la muerte. Con el estilo económico de un Hemingway criollo, dio voz a los combatientes revolucionarios en la literatura argentina.
Dijo Andrés Rivera: La revolución es un sueño eterno.
Gracias.

http://www.laizquierdadiario.com/No-hay-revolucion-sin-revolucionarios

Otro negro jodido por un blanco (Juan Forn)


Joe Louis parecía una fuerza incontenible de la naturaleza, más que un boxeador. “No he visto máquina más extraordinaria de tirar y esquivar golpes”, dijo de él Ernest Hemingway. Pero su entrenador (Jack Blackburn, que literalmente moldeó a Louis como boxeador) dudó mucho antes de aceptarlo como pupilo. Joe era un dotado, aprendía sin esfuerzo todo lo que había para aprender en un ring, pero carecía de instinto asesino. No era un natural killer: hubo que construirlo. Y sus dos peleas con el alemán Max Schmeling fueron decisivas en esa construcción.

Louis venía en ascenso meteórico cuando le pusieron a Schmeling enfrente en 1936: veinticinco peleas ganadas al hilo, todas por nocaut. En cuanto al alemán, venía de ser campeón de Europa, luego campeón mundial, coronado en Nueva York en una pelea fea, que ganó por descalificación. La gente no lo quería cuando se coronó pero empezó a quererlo cuando perdió la corona en la revancha, en una pelea que le robaron después de dar una lección de hidalguía y box honesto ante un rival mañoso.

El buen Max había sido un personaje muy querido en los tiempos de Weimar: Marlene Dietrich y Von Sternberg, Grosz, Brecht y Heinrich Mann iban a sus peleas, en las páginas del libro de visitas del Roxy Bar de Berlín escribió: “Queridos artistas, el boxeo también es un arte”. Pero su porte y manera de boxear tenían mucho menos de arte que de disciplina prusiana, y precisamente esa estampa y esa dedicación encarnaban a la perfección el ideal de virilidad aria para los nazis, cuando subieron al poder, de manera que el nuevo régimen reformuló al buen Max como símbolo viviente de excelencia racial. Por eso la pelea Louis-Schmeling se promocionó como un doble enfrentamiento: entre la fuerza bruta negra y la pureza racial europea y entre la democracia americana y el fascismo nazi. Ni siquiera estaba en juego el título, pero la escucharon millones: era la pelea del siglo.

Para sorpresa de incluso sus propios seguidores, Schmeling ganó por demolición. Louis bajaba la mano izquierda una fracción de segundo cuando tiraba su fulminante derecha; Schmeling lo había estudiado al detalle y lo aprovechó toda la pelea. Louis deambulaba por el ring como un chico preguntándose de dónde venían esos jabs que lo atontaban y enceguecían cada vez que supuestamente debía estar golpeando él. Fue nocaut en el doce; pudo haber sido en el quinto o en el octavo. Lena Horne, cuando subió a cantar esa noche en una escenario de Harlem, lo resumió así: “Otro negro jodido por un blanco, ¿cuál es la novedad?” Los cines del sur norteamericano, donde estaba prohibido pasar peleas en que ganaran boxeadores negros, se cansaron de proyectar la victoria de Schmeling en cada pueblo.

Joe Louis entendió rápido la lección. Corrigió su punto débil, siguió su racha de triunfos, obtuvo el título, le dijeron que podía elegir al rival que quisiera, eligió volver a enfrentar a Schmeling. “No me reconoceré campeón hasta que termine esa pelea”, declaró con inesperada fiereza. Estábamos en 1938, para entonces: el Reich alemán ya anunciaba descaradamente al mundo sus planes. El entrenador Blackburn le quemó la cabeza a Joe pasándole filmaciones de propaganda nazi. De nada servía que el buen Max declarara a la prensa que él era un deportista y que no le hicieran preguntas de política: bajo cuerda se sabía que Hitler no había dejado viajar a Nueva York a la esposa de Schmeling, la actriz Hannah Ondra, que escuchó la pelea en casa de Goebbels, sentada junto a la radio frente al mariscal y la esposa, un enorme ramo de rosas enviado por el Führer y un equipo de filmación y fotógrafos registrando la escena.

La pelea duró nada más que 124 segundos. A Louis le sobró un round para liquidar a Schmeling. Ya lo había tumbado dos veces en menos de dos minutos cuando tiraron la toalla desde el rincón alemán. Pero como en el estado de Nueva York no corría esa regla, Louis debió voltearlo por tercera vez y recién ahí el réferi cortó la pelea. Había setenta mil personas en el Yankee Stadium: nunca se vio a tantos blancos abrazarse con negros. En esos dos minutos, Louis había tirado 41 golpes, de los cuales 31 hicieron blanco; Schmeling tiró sólo dos. Después de la pelea estuvo diez días en el hospital. En su autobiografía contó que, cuando se lo llevaban del estadio, veía por las ventanas de la ambulancia que las calles estaban llenas de gente tocando música y bailando, “como si todos los bares y night clubes de la ciudad hubieran expulsado al mismo tiempo a la calle a su audiencia, a su número vivo e incluso a los camareros”.

El triunfo de Louis no sirvió de mucho para detener a los nazis. Un año después había guerra. Joe se enroló en el ejército, y Schmeling también: después de su derrota había perdido los favores del régimen; lo enrolaron como paracaidista, a pesar de tener cuarenta y un años. Mientras del lado aliado Joe iba de campamento en campamento haciendo exhibiciones, Schmeling (según partes nazis) fue herido en las costillas “combatiendo bravíamente en el frente de Creta”. El inefable Curzio Malaparte, que ya se estaba pasando de bando en esa época, reveló que era una mentira de Goebbels para ocultar lo sucedido en realidad: Schmeling se había quebrado las costillas en su primer lanzamiento, no llegó a pisar siquiera el campo de batalla; lo encontraron y recogieron los camilleros, perdido entre las piedras de una ladera, después del combate.

El mismo Schmeling lo reconoció después de la guerra: “Si decía algo antes, me hubieran fusilado”. Con el mismo don para el trato social que le había servido para brillar en los tiempos de Weimar y en los primeros tiempos del Reich, el buen Max logró convertirse en uno de los pilares de la nueva Alemania en la posguerra. Se encargó de que los diarios recordaran al mundo que nunca se había afiliado al partido nazi, que tuvo la temeridad de rechazarle una daga de plata a Hitler y que, durante la Noche de los Cristales Rotos, salvó a dos niños judíos hijos de un amigo, escondiéndolos en su cuarto de hotel, y luego ayudándolos a salir del país (uno de ellos terminaría sus días como dueño del elefantiásico casino Sands de Las Vegas). En 1946 logró conseguir la franquicia de la CocaCola para toda Alemania. Moriría millonario a los noventa y nueve años.

Desde su mansión en Hamburgo asistió a la extraordinaria continuación de la carrera pugilística de su rival al otro lado del Atlántico. Hasta la fecha de su primer retiro en 1949, Joe Louis ganó 60 peleas, 51 de ellas por nocaut, hizo veinticinco defensas triunfales de su corona (un récord hasta el día de hoy) y sólo perdió una vez, con Schmeling, hasta que tuvo la mala idea de volver al ring en 1951 y sufrir el otro nocaut de su carrera, contra Rocky Marciano. De ahí en adelante fue todo barranca abajo para él: estafas, persecución del fisco (aunque en tiempos de guerra había donado al gobierno la bolsa completa de dos de sus defensas del título), drogas, alcohol, problemas de salud, triste final como portero en el Caesars de Las Vegas.

El mito dice que Schmeling y Joe Louis se mantuvieron amigos toda la vida. Es cierto que el alemán pagó las cuentas del hospital y del sepelio de su colega, pero hay quien dice que los pasaba después como gastos de promoción. Se ve que había aprendido de sus patrones de la Coca-Cola, que lo habían elegido como portavoz por encima del hombre que lo había vencido y que, ya retirado, no era el símbolo que querían que se identificara con su producto.

hay caos


Un puñado de vergas florecen como rosas. Tomando sus tallos sangran las manos con las duras espinas. Regadas de saliva salpican su polen sobre el rostro de un dulce jardinero.

Una rosa roja, como Rosa Luxemburgo encabezando la marcha de un millón de furiosas maricas proletarias.

Un ojo que espia detrás de la puerta de vidrio a las sombras de la perversión y el delirio.

Hay caos. Hay narices rotas y sangrantes. Hay dos amantes viriles propiciándose caricias: rita la salvaje y el hombre tigre. Ella se ofrece su boca como excusado y el agujero del culo, como refugio para aquellos que han perdido la noche en vano. El simplemente se zambulle de cuerpo entero en un río de mierda.

Hay pasión por la destrucción. Un Bakunin que delira hasta el orgasmo por las palabras de Netchaev. Una Siberia fria y desoladora en una habitación de un hotelucho de Balvanera. Una fortaleza de Pedro y Pablo que encierra a los que saben el camino a los jardines del amor.

No hay derrota sino un compás de espera.

Cadáveres y chales cubriendo el cuello de unas damas de barba suave y manos duras que te toquetean el culo hasta hacerlo una masa de pan, que una vez al horno, sera mojado con leche y orinas.

Un fantasma recorre Europa (Juan Forn)


Un caballo cruza a todo galope la frontera entre Rusia y Mongolia. A pesar de los veinte grados bajo cero, el jinete va con el torso desnudo, salvo por una túnica amarilla hecha jirones y un puñado de talismanes que cuelgan de su cuello. Su única posibilidad de salvación es extenuar a sus perseguidores y perderse en la estepa, porque tanto el Ejército Rojo como el Ejército Chino han puesto precio a su cabeza. El año es 1921. El nombre del fugitivo es Roman Nikolai von Ungern-Sternberg. Es austríaco de nacimiento y ruso por educación, pero en la estepa mongola se lo conoce como Mahakala, Señor de la Ira. Budista, sádico, antropófago, antisemita y antibolchevique furioso, Ungern-Sternberg parece un villano de historieta (Hugo Pratt le dedicó un episodio fulminante en Corto Maltés en Siberia), pero existió en la vida real y fue una desgracia para todos los que tuvieron la mala suerte de cruzárselo.

De no haberse producido la Guerra Ruso-Japonesa, Ungern-Sternberg habría ido a parar a un manicomio, donde su delirio místico y su sed de sangre hubiesen permanecido confinados a las cuatro paredes de su celda. Pero su familia era de la aristocracia del Volga y durante generaciones había servido en los ejércitos del zar así que, para sacárselo de encima, lo enviaron pupilo a sucesivos internados hasta que logró graduarse (último de su camada, y algunos dicen que amenazando con un cuchillo a su tutor) en el Liceo Pavel de Petersburgo a comienzos de 1904, cuando el ejército zarista necesitaba desesperadamente oficiales para la guerra contra Japón.

En los sangrientos campos de batalla siberianos encontró Ungern-Sternberg su lugar en el mundo. Se destacó muy pronto por su demente temeridad (pensar era sinónimo de cobardía, para él) aunque nadie se atrevía a poner tropas a su cargo, por su incapacidad para respetar la cadena de mandos. El general Wrangel dice en sus memorias que, para no ascenderlo (“No es un soldado profesional, es una máquina de matar, sólo útil en la guerra”), optó por estacionarlo en una remota guarnición de Siberia hasta que volvieron a necesitarlo en 1914, cuando estalló la Primera Guerra. Para entonces, Ungern-Sternberg se había fascinado con el coraje y el salvajismo de los buriatos, nómades mongoles en quienes confiaba más que en sus soldados rusos. Se casó con una princesa tártara, aprendió a hablar la lengua, estudió las tácticas de guerra de Genghis Khan y se hizo budista, vertiente buriata, porque una leyenda decía que un Iván llegado del Norte llegaría a sangre y fuego a salvar a buriatos y mongoles de sus dominadores chinos. Ungern-Sternberg se enteró del triunfo de la Revolución de Octubre en el extremo oriente siberiano y, junto con su superior inmediato en la región, el coronel Grigori Semenov (tan antisemita y antibolchevique como él), ofreció sus tropas al Ejército Blanco, pero su fidelidad hacia el uno y el otro duraría muy poco.

Con la sola ayuda de su regimiento de salvajes, Ungern-Sternberg decidió emprender desde Siberia la conquista de la Unión Soviética y de China, con el propósito de erigir un nuevo imperio tártaro. Su única victoria militar fue la toma de Urka (hoy Ulan Bator, capital de Mongolia) cuando sus seiscientos hombres pasaron a degüello a los cinco mil soldados chinos armados de ametralladoras que defendían la ciudad. Durante el sitio previo envió a la ciudad chamanes que predecían la llegada de un dios blanco inmune a las balas, que podía aparecer y desaparecer a voluntad.

En los meses siguientes se erigió en figura suprema de la región a través del terror. Arrasó primero con todos los judíos rusos que se habían establecido en la frontera con Mongolia huyendo de los pogroms, y prosiguió su cacería con bolcheviques, soldados blancos, lamas y cualquier otra presencia humana que se le pusiera en el camino. En su regimiento había adivinos y brujos, en quienes confiaba más que en sus lugartenientes militares. La mitad de sus hombres estaban siempre al borde de la deserción. Aliados y enemigos temían por igual su sadismo y sus dementes decisiones. Su actividad favorita era comprobar cuánto duraba vivo un hombre que había sido despellejado. Sus campamentos dejaban pilas de cadáveres putrefactos. Mantenía a su tropa con raciones industriales de hachís y vodka, que bebían usando como copas los cráneos de sus víctimas.

Luego de que soviéticos y chinos pusieran precio a su cabeza, Ungern-Sternberg fue traicionado por sus propias huestes. Hay quien sostiene que su locura fue inducida por envenenamiento progresivo. Hay quien sostiene que era él quien iba envenenando a sus lugartenientes con pócimas que producían pérdida de memoria (uno de sus oficiales, el príncipe Malinovski, logró huir parcialmente paralizado y terminó suicidándose en un hospital de Niza, enloquecido por sus pesadillas). Lo cierto es que ni siquiera sus fieles buriatos querían seguirlo en el proyecto suicida de llegar hasta el Tíbet para destronar al Gran Lama e iniciar desde allí la conquista del mundo. Cuando Ungern-Sternberg olió en el aire la traición que se avecinaba, logró huir hacia la estepa en su caballo, pero fue perseguido durante dos días con sus noches por los bolcheviques y un puñado de jinetes buriatos que habían formado parte de su tropa hasta que él los echó.

Fueron ellos quienes al fin lograron atraparlo. Aun desarmado y de a pie, Ungern-Sternberg mató a seis de ellos antes de que lo redujeran. Los bolcheviques supieron mantenerse a distancia hasta que Ungern-Sternberg estuvo encadenado y procedieron entonces a matar a los jinetes buriatos y trasladar a su prisionero hasta Novosibirsk. En el trayecto lo exhibieron, encadenado y semidesnudo en una jaula, en cada pueblo por donde pasaba el tren. Su aspecto era tan aterrador que ni los más curiosos se atrevían a mirarlo a los ojos. Sentenciado a muerte luego de un juicio sumario en Novosibirsk, Ungern-Sternberg enfrentó al pelotón de fusilamiento. Como su cabeza era muy pequeña, se ordenó a los soldados que le apuntaran al pecho. Varios disparos dieron contra los medallones que colgaban de su cuello y el rebote de la metralla mató a dos miembros del pelotón. Ungern-Sternberg tuvo tiempo de soltar una carcajada final antes de morir.

Cuando en Mongolia se supo de su muerte, los sacerdotes ordenaron ayuno y plegarias a todos sus fieles para que el espíritu de Mahakala no volviera nunca a la tierra. En Austria y Alemania, en cambio, según una carta que escribe desde allá Christopher Isherwood en 1921, “todos leen con fascinación Bestias, hombres y dioses, un libro que cuenta las correrías de un austríaco de nombre Ungern-Sternberg, que pregona el espíritu tártaro de todos los eslavos y germanos y su unión contra judíos y bolcheviques”. Uno de los tantos lectores austríacos de Bestias, hombres y dioses en aquel 1921 fue un cabo retirado y por entonces orador nacionalista en alza llamado Adolf Hitler, según lo demuestra el ejemplar profusamente subrayado del libro hallado en el bunker del Führer después del derrumbe del Reich. Así lo detalla Timothy Ryback en su ensayo La biblioteca privada de Hitler y los libros que moldearon su vida.

Cara a cara con la revolución (Juan Forn)


En julio de 1966, el viejo Mao estaba supuestamente jubilado en provincias pero, ante las inequívocas señales de que China se recuperaba luego del catastrófico Gran Salto Hacia Adelante que él mismo había puesto en marcha en 1958 (con un saldo de veinte millones de muertos por inanición), decidió lanzarse a las aguas del Yangtzé durante un acto público en su honor y nadar quince kilómetros. En realidad sólo se dejó flotar en la mansa corriente del río durante una hora, pero el rumor que corrió por toda China fue que el Gran Conductor se había revitalizado y, a los setenta y tres años, volvía a escena. Dos días después Mao entraba en Pekín, obligando a renunciar a Liu Xaoqi, el sucesor que él mismo había dejado, y dando vía libre a los jóvenes rabiosos de las Guardias Rojas para motorizar la hoy tristemente célebre Revolución Cultural. El viejo zorro que había dicho “La política es la guerra por otros medios” iniciaba ahora una guerra total contra su propio partido, con la consigna: “Muerte a todo lo viejo”.

En cada comuna de China, todos sus habitantes debían asistir, diariamente y en horario de trabajo, a las sesiones de acusación pública en que una persona, parada o arrodillada arriba de una silla, con la cabeza baja y un humillante bonete de papel donde él mismo había escrito de puño y letra su crimen político, era denunciada por sus amigos, vecinos o familiares y recibía los insultos de toda la comuna. Las sesiones duraban horas y podían repetirse cientos de veces y, entre sesión y sesión, se les daba a los acusados las dos peores tareas que existían: romper a puño limpio la capa de hielo sobre la tierra que había que arar o vaciar a mano las letrinas.

Cada una de las sesiones de aquellos tribunales populares se cerraba con un vibrante ballet de milicianas en trajes Mao celebrando la sabiduría del Gran Conductor. Gran parte del trabajo de un fotógrafo de prensa en esos años era registrar estos actos. Había, en la jerga del oficio, dos tipos de fotos: las “positivas” (es decir, las que podían publicarse) y las “negativas”. Por cada toma “positiva” que salía publicada, los fotógrafos recibían un rollo de negativo virgen. Pero aquel que, al volver al diario, entregaba para revelar más imágenes “negativas” que “positivas” en sus rollos se cavaba su propia fosa. Al joven Li Zhensheng, por ser el novato de su sección en el Diario de Heilongjiang, le tocaba revelar los rollos de todos sus compañeros, además de salir a la calle a fotografiar. Cuando estaba en la calle, el joven Li creía de verdad en la Revolución Cultural, pero en el cuarto de revelado se fue dando cuenta de que en realidad estaba registrando la locura colectiva del país en estado puro.

Li había querido estudiar cine, originalmente. De chico, cuando traían una película a su pueblo y él no tenía para pagar la entrada, se sentaba en la calle, lo más cerca posible del lugar donde instalaban los altavoces, y “escuchaba” las películas. La primera cámara que tuvo la consiguió a cambio de una colección de estampillas que le robó a su padre, que había sido cocinero en un barco de carga. Le alcanzó para pagarla pero no para comprar película. Cada rollo de fotos costaba un yuan, así que sus compañeros de escuela hacían una vaquita para que él les sacara fotos y en recompensa le cedían la última toma. Li hacía en quince minutos las primeras once fotos y se pasaba el resto del día con la restante. Al entrar en el diario años después, se encontró con una mecánica de trabajo inesperadamente similar: lo primero que le enseñaron sus colegas fue que no terminara el rollo en el lugar al que lo mandaban, sino que se dejara una o dos exposiciones por si se topaba con algo a su retorno de cada asignación. Li lo entendió a su manera: la última foto era para él.

Noche a noche, en la soledad del cuarto de revelado, tenía el cuidado de recortar de sus rollos las fotos más “negativas” que le salían y dejar sólo las positivas a secar. Para no tirar las otras, se las llevaba a escondidas a su casa y las enterraba, en una lata envuelta en hule, debajo de las maderas del piso de su habitación. Nunca lo descubrieron, pero igual terminó en los campos de reeducación, acusado de falta de espíritu revolucionario (la condena fue por querer “crear su propio reino en el cuarto de revelado”). En 1969, Li y su esposa fueron enviados a un campo cerca de la frontera con la URSS donde nacieron sus dos hijos: al varón lo llamaron Xiaohan (“riendo frente al frío”) y a la menor Xiaobing (“riendo frente al hielo”). Sólo les permitieron regresar en 1976, con la caída en desgracia de la viuda de Mao y la Banda de los Cuatro, y el fin de la Revolución Cultural.

Con los años, Li logró un puesto como maestro en una academia de fotografía de provincia pero nunca volvió a trabajar como fotoperiodista. En 1988, cuando creía que el mundo se había olvidado de él, recibió un inesperado encargo desde Pekín: le pedían, como a todos los fotoperiodistas de los viejos tiempos, imágenes para una gran muestra revisionista sobre la Revolución Cultural. Soplaban vientos de cambio y Li se atrevió a mandar diez fotos “positivas” y diez “negativas”. El inglés Robert Pledge las vio, logró contactarlo y le mandó decir que quería hacerle un libro para la exquisita Editorial Phaidon. Tardó siete años en recibir casi treinta mil negativos en entregas azarosas y clandestinas, y esperó otros siete años hasta que Li logró salir de China y por fin pudo publicarse el libro sin que él sufriera las consecuencias. Se llamó Soldado rojo de las noticias, porque eso decía en el brazalete escarlata que se había inventado Li, en lugar del brazalete blanco y negro de prensa, así podía acercarse a sus objetivos más que los demás fotógrafos sin que las Guardias Rojas lo apartaran.

Nadie le vio la cara tan de cerca a la Revolución Cultural como él. Nadie la vio tan panorámicamente tampoco: Li nunca logró hacerse de un gran angular, así que cuando necesitaba captar las escenas de masas a las que asistía iba disparando su cámara y girando milimétricamente el foco, y luego, en el cuarto de revelado, iba uniendo las tomas como si fueran una sola. Sus colegas de entonces decían que nadie lograba tanta efectividad malgastando tan poco rollo. El confesó que, cuando enfrentaba los rostros de los condenados en la soledad del cuarto de revelado, les decía en voz baja: “Por favor, si sus almas están embrujadas, no me embrujen a mí. Yo sólo quiero que la gente sepa algún día lo ocurrido”.

Cuando Li nació en 1940, se le pidió a su abuelo que le pusiera nombre. El abuelo era campesino, pero era conocido y respetado en diez pueblos a la redonda como hombre instruido. A la partícula Zhen que correspondía a la familia, la completó con el nombre por el que hoy conocemos al nieto. A los vecinos del pueblo les pareció un nombre absurdamente presuntuoso. Li Zhensheng, en chino, significa: “Como una canción que se eleva por el aire, lo que veas será visto en las cuatro esquinas del mundo”.

El que ríe último. (Juan Forn)


En 1969, en plena revolución del Nuevo Cine en Hollywood (Busco mi destino, de Dennis Hopper; La pandilla salvaje, de Sam Peckinpah; Bonnie & Clyde de Arthur Penn), el joven Peter Bogdanovich va a México a entrevistar a Orson Welles, que está actuando en una película de cuarta. Su plan es hacer un libro sobre el legendario director que lleva doce años gitaneando porque Hollywood no le pone dinero para dirigir. Durante la charla, Bogdanovich le cuenta que no sólo los jóvenes directores sino también leyendas como John Ford y Howard Hawks empiezan a tener el mismo problema. Orson golpea la mesa, dice que está planeando una película sobre el tema. Bogdanovich le pregunta si ya tiene guión. Orson procede a mostrarle cinco páginas arrugadas y manchadas de café. “Tengo hasta el título: Las bestias sagradas”.

Bogdanovich piensa que es una más de sus bravatas, pero igual queda encandilado, porque la idea de Orson es filmar, como si fuera un documental, el último día de vida (que a la vez es el día del cumpleaños) de un director de cine legendario del viejo Hollywood. El tipo está filmando una película que va a ser su testamento, se ha quedado sin plata y sin actor principal en medio del rodaje, pero decide dar igual una fiesta enorme, a la que invita no sólo a todos sus amigos sino a sus enemigos también. Durante la fiesta muestra fragmentos de lo que tiene filmado para tentar a algún productor. En la fiesta hay periodistas entrevistando famosos, estudiantes de cine cámara en mano haciendo verité, agentes encubiertos del FBI, ríos de champagne, un apagón que obliga a la comitiva a trasladarse a un autocine al amanecer, un auto deportivo hecho trizas y una inconfundible voz en off diciendo: “Este es el auto de Jake Hannaford, muerto el día en que cumplió setenta años. Lo que van a ver es la reconstrucción de sus últimas horas, realizada con todo el material que se filmó esa noche”.

Un año después, Bogdanovich lee en Variety que Orson está en la ciudad para filmar tres comerciales de café y aparecer haciendo el bufón en el show televisivo de Dean Martin. Horas más tarde suena su teléfono. Es Orson: “¡Estamos filmando, te necesito!”. Estaba haciendo la película de canuto. Con el dinero de esas apariciones televisivas y un equipo técnico de seis voluntarios, todos jóvenes, todos fans, había logrado colarse en un estudio abandonado de la MGM (oficialmente se lo prestaban a unos estudiantes de la UCLA, Orson entraba escondido bajo una manta en el asiento trasero del coche todas las mañanas) y la idea era filmar hasta que se acabara el dinero, luego conseguir más y seguir filmando. El rodaje debía durar ocho semanas, pero se prolongó durante cuatro años, a salto de mata. Como la película era un collage de distintas texturas fílmicas, Orson no veía problema en interrumpir y reanudar, y como la fiesta debía ser un aquelarre, tampoco le importaba cambiar todo el tiempo de locación, usando diferentes mansiones prestadas. En cierto momento le habilitaron una espléndida casa con pileta en Arizona, enteramente rodeada de rocas gigantes, como un paisaje de otro mundo: en los papeles era para que se recluyera a escribir sus memorias, pero él llegó con su troupe y con John Huston (a quien había conseguido para el papel principal) y ocho meses después devolvió la casa en ruinas, además de usar todo el anticipo por aquel libro inexistente para seguir filmando.

Según Bogdanovich, la actuación de Huston, combustionada por el alcohol y la improvisación sin red, es superior a la que ofreció en Chinatown (a tal punto que, cuando Orson murió, Huston intentó comprar la película y terminar de editarla él mismo). Bogdanovich también cuenta que en medio del rodaje en Arizona, Huston avisó que se ausentaba unas semanas: fueron dos meses, los que necesitó para irse a Marruecos, dirigir esa joya llamada El hombre que sería rey y volver. Orson sólo comentó: “Tenemos estilos diferentes”. Y siguió incluyendo en su película todo lo que sucedía a su alrededor, en especial a los jóvenes de talento que se acercaban al enterarse de que estaba haciendo cine-guerrilla en el patio trasero de Hollywood: a todos les permitía aparecer con su propia ropa, pero los vestía él (“No me digas que esa camisa no pega con ese pantalón; yo conozco tu personaje mucho mejor que tú”). En cierto momento se enamoró de una turbina aeronáutica Ritter, la compró y la hizo montar en un camión para poder generar su propio viento cuando quisiera (para entonces ya había cambiado el título de su película a El otro lado del viento).

Hacia fines de 1973 nadie sabía ya qué estaban filmando. Orson pasaba más tiempo en Europa que en California. En París logró sacarle un millón de dólares a la productora Astrophore, del cuñado del sha de Irán, pero cuando éste exigió sentarse a ver el material, Orson desapareció con las latas. Se encerró en un laboratorio de montaje en Roma, donde preparó unos cuarenta minutos de material para llevar a Los Angeles. El American Film Institute iba a dedicarle un homenaje y su plan era llevar con él esos cuarenta minutos para conseguir fondos que le permitieran terminar. Orson odiaba los premios a la trayectoria (“preavisos de la muerte” les decía), pero necesitaba dinero urgente. Convenció a Astrophore para que pusieran avisos en Variety anunciando que la película estaba “casi lista” y partió a la fiesta de más de mil invitados (de Groucho Marx a Rock Hudson, de Ingrid Bergman a Jack Nicholson y Frank Sinatra cantándole “The Gentleman Is a Champ”), subió al escenario y dijo: “Mi padre me dijo una vez que el arte de recibir un cumplido es un signo definitorio del hombre civilizado. Pero se murió antes de enseñármelo, así que me alivia que no esté aquí para verme. Yo sólo puedo decirles que las necesidades de las que soy esclavo son distintas de las de ustedes. Yo pago mi carrera de director trabajando como actor. Me subsidio a mí mismo para hacer cosas como ésta”. Y las luces se apagaron y en la pantalla apareció una escena de El otro lado del viento en que el director trataba de sacarle dinero a un pez gordo de Hollywood mostrándole escenas de su película. Las escenas no tenían diálogo, ni continuidad, ni sonido. El pez gordo decía: “Preferiría leer el guión. ¿¡Cómo que no tienen guión!?”.

Orson contó después que durante la fiesta recibió una oferta, pero Astrophore la rechazó apostando a un socio mejor. Bogdanovich dice que nadie en Hollywood estaba dispuesto a poner dinero en una locura de Orson. “Todos aquellos que habían pagado mil dólares el cubierto lo aplaudieron salvajemente y se negaron a soltar un solo dólar después.” Con la llegada de los ayatolás al poder en Irán, Orson perdió el control de la película y le negaron hasta la chance de editarla con el material que ya existía. Cuando sufrió el ataque cardíaco que lo mató, en 1985, estaba sentado frente a su máquina de escribir tipeando una escena que iba a filmar en su casa esa tarde: una versión abreviada del Julio César de Shakespeare en que se proponía hacer todos los papeles él. La casa quedaba en Hollywood, pero no era una mansión.

Luego de cuarenta años de litigio, se anuncia para este año el lanzamiento de El otro lado del viento, editada según los apuntes que dejó el propio Welles. Bogdanovich, que ya tiene setenta y cinco años, ha dicho que es la película más moderna que vio en su vida, “más lyncheana que David Lynch”.