La guerrilla en los ‘70: elementos para un balance (Ruth Werner, Facundo Aguirre)


En torno al debate sobre los ‘70 el gobierno de Macri lleva a cabo un claro giro a la derecha. Cambiemos se divide en un ala mayoritaria que busca volver a la “teoría de los dos demonios”; y otra, minoritaria pero intensa, negacionista del genocidio, que culpa a la guerrilla de iniciar una “guerra revolucionaria” contra un gobierno democrático. En estas concepciones el desafío revolucionario se reduce a la acción de la guerrilla. Impugnando por derecha su accionar, se busca condenar la movilización revolucionaria de las masas, minimizada en estos “relatos”. Se borra así la centralidad de los grandes acontecimientos protagonizados por los trabajadores, el movimiento estudiantil y popular y la existencia de una amplia vanguardia obrera y juvenil que sobrepasaba a los sectores encuadrados en la guerrilla.

Por el peso que ocupan las organizaciones armadas en el discurso de los divulgadores del PRO y su papel en los ‘70, es necesario volver sobre el balance estratégico de la guerrilla. Lo hacemos con el respeto que nos merecen sus luchadores caídos, a quienes consideramos equivocados en su estrategia política.

El Cordobazo

El 29 de mayo de 1969 la clase obrera acaudillando al movimiento estudiantil y a sectores populares protagoniza el Cordobazo, una acción histórica independiente de las masas.La semi insurrección abre una etapa revolucionaria que solo será cerrada por el golpe genocida y que incluye fenómenos de lucha de clases y violencia de masas: levantamientos en varias provincias (los “azos”), ocupación de fábricas con toma de rehenes, surgimiento del clasismo, de las “ligas agrarias”, tomas de universidades y edificios públicos, “huelgas salvajes” contra el pacto social de Perón, enfrentamientos con las bandas fascistas de las Tres A, la huelga general política de julio de 1975 contra el gobierno de Isabel Perón. Estos sucesos, podríamos decir parafraseando a León Trotsky que son hitos de “la historia de la irrupción violenta de las masas en el gobierno de sus propios destinos”1. En este marco, la guerrilla surge como un actor político importante nutriéndose de la radicalización de sectores de la vanguardia obrera y la juventud estudiantil y plebeya, siendo Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo las organizaciones más importantes.

En los ‘70 la intensa lucha de clases dio lugar a variadas manifestaciones de enfrentamientos violentos entre las clases, que tuvo elementos de una “guerra civil” de baja intensidad, pero nunca se llegó a un proceso de guerra civil abierta. La acción de la guerrilla, por su parte, pasó de ser vista como parte de la resistencia a los gobiernos dictatoriales de la “revolución argentina” a un enfrentamiento de aparatos con las fuerzas represivas bajo los gobiernos peronistas. Luego del golpe, aunque siguió operando, fueron víctimas del genocidio, con una asimetría completa de fuerzas respecto del aparato represivo del Estado terrorista. Mientras los guerrilleros no superaban los 5.000, según datos del período 1977-1979, las FF. AA. contaban con 154.262 efectivos militares, de los cuales el Ejército tenía el 62,59 %, la Armada el 25,28 % y la Fuerza Aérea el 12,13 %2. Eso sin contar las fuerzas policiales y las bandas para estatales de la Triple A que se incorporaron al operativo represivo. El discurso de los militares que definen lo acontecido como “guerra sucia” oculta que el terror genocida se desplegó sobre un arco social y político infinitamente más amplio que la guerrilla. El terror del Estado buscó imponer un disciplinamiento social generalizado sobre la clase obrera y las masas populares, a la vez que aniquilar a sus sectores de vanguardia.

Ante la radicalización política y el ascenso generados por el Cordobazo, la clase dominante buscó erradicar la amenaza revolucionaria. La primera carta fue la de apelar al retorno de Juan Domingo Perón, que concitaba gran apoyo del movimiento de masas y poner fin a la proscripción del peronismo. A partir de la negociación del Gran Acuerdo Nacional, se instrumenta una serie de políticas para desviar el proceso revolucionario. Ya en el gobierno Perón montó una política de “contención”, apelando al Pacto Social para controlar al movimiento de masas, mientras iniciaba con las Tres A (Alianza Anticomunista Argentina) un ataque a la vanguardia obrera y popular y a las organizaciones guerrilleras, incluyendo la izquierda peronista agrupada en la Tendencia Revolucionaria y Montoneros. Con Isabel Perón y López Rega, aun en los límites de una democracia burguesa degradada y restringida, llegaba al poder un régimen bonapartista abierto, que dará rienda suelta a las Tres A. Pese a los golpes a la vanguardia, el movimiento de masas protagonizará en junio-julio de 1975 un proceso huelguístico que jaqueará al gobierno de Isabel. El peronismo había fracasado en derrotar el proceso revolucionario. La burguesía apelará al golpe de Estado y al genocidio.

En este contexto revolucionario, por el rol que jugó el peronismo y su burocracia sindical, la principal tarea de la izquierda era luchar por la organización política independiente de los trabajadores, para desarrollar hasta el final su auto organización y las tendencias insurreccionales que anidaban en el movimiento de masas. No fue esa la orientación de Montoneros y el ERP.

Montoneros

Montoneros irrumpe públicamente el 29/5/1970 con el secuestro del Gral. Pedro Eugenio Aramburu, cabeza de la revolución “fusiladora” de 1955. Desde su origen, la organización empalma con Perón a quien cree convencer de luchar por la “Patria socialista”. Así detallaban su estrategia:

Tenemos clara una doctrina y clara una teoría de la cual extraemos como conclusión una estrategia también clara: el único camino posible para que el pueblo tome el poder para instaurar el socialismo nacional, es la guerra revolucionaria total, nacional y prolongada, que tiene como eje fundamental y motor al peronismo. El método a seguir es la guerra de guerrillas urbana y rural3.

Durante el gobierno del Gral. Lanusse, Perón alentará a Montoneros a quienes llamará sus “formaciones especiales”. Para el líder eran un instrumento de presión in extremis:

La vía de la lucha armada es imprescindible. Cada vez que los muchachos dan un golpe, patean para nuestro lado la mesa de negociaciones y fortalecen la posición de los que buscan una salida electoral limpia y clara (…)4.

Perón negoció una salida política para desviar la insurgencia obrera y popular hacia la vía electoral. Los Montoneros serán la columna vertebral de la campaña de Héctor Cámpora que llevó al peronismo al gobierno en mayo de 1973.

Montoneros era partidario del “socialismo nacional” planteando que la “contradicción principal” en nuestro país era el enfrentamiento entre “nación y el imperialismo”. Proponían un Frente de Liberación Nacional integrado por

…todos los sectores sociales dispuestos a luchar contra el capital extranjero, desde los pequeños propietarios rurales de las ligas agrarias hasta los empresarios nacionales que estén contra los monopolios, hasta los radicales, socialistas, democristianos y comunistas que efectivamente luchen por la liberación5.

El FreJuLi que llevó al poder a Cámpora era su “modelo”. En ese momento compartían el gobierno la derecha peronista, la burocracia sindical, los empresarios de la CGE y subordinada, la izquierda peronista. Su programa económico se rticulaba alrededor del “Pacto Social”, rubricado por la CGT, diversas cámaras empresariales (de la CGE a la UIA y la Sociedad Rural). El 20/6/1973, la masacre de Ezeiza protagonizada por las bandas de José Ignacio Rucci y José López Rega terminó prácticamente con el gobierno de Cámpora y el romance montonero con Perón. La matanza fue avalada de hecho por el General.

Ya con Perón en el gobierno se inician los golpes que destituyen a los gobernadores afines a la Tendencia Revolucionaria del peronismo. En Córdoba, cuando durante el Navarrazo, la policía y las bandas de la burocracia de las 62 Organizaciones atacaban a la vanguardia obrera y popular, Montoneros no impulsará el frente único obrero apelando a los sindicatos combativos para ejercer la defensa del gobierno de Obregón Cano. Tampoco denunciaron el papel de Perón. La respuesta fue profundizar una guerra de “aparatos” contra la derecha peronista. Ya anteriormente el asesinato de Rucci llevó a Perón a lanzar la línea de aniquilar la “infiltración” en el peronismo6. Bajo el gobierno de Isabel, Montoneros desde la clandestinidad retomará abiertamente las armas y los atentados terroristas.

Durante los gobiernos peronistas Montoneros tampoco enfrentó el Pacto Social, llave maestra para poner fin al ascenso revolucionario, junto a las bandas fascistas. En una situación donde pese a estar prohibidas las huelgas, la vanguardia obrera desde las comisiones internas fabriles protagonizaba rebeliones antiburocráticas para defender sus derechos, su política era la de no chocar con Perón. Después de su ruptura con el gobierno de Isabel nunca dejará su referencia al “programa del 11 de marzo de 1973”, el que llevó al gobierno al FreJuLi.

PRT-ERP

El ERP se funda el 30 de julio de 1970 en el V Congreso del PRT donde definieron que

…las FF. AA del régimen solo pueden ser derrotadas oponiéndoles un ejército revolucionario (…) nuestra guerra revolucionaria adquirirá formas guerrilleras, urbanas y rurales, extendida a distintas ciudades y zonas campesinas, sobre la base de cuya ampliación y extensión política y militar será posible pasar a la guerra de movimientos en el campo y a la constitución de importantes unidades estratégicas en las ciudades (…) el otro principio fundamental de la guerra revolucionaria a aplicar por nuestra Fuerza militar es la ejecución de operaciones militares con una línea de masas, es decir, orientadas hacia la movilización de las masas y su participación directa o indirecta en la guerra7.

En la cita puede verse que el rol de las acciones de masas es auxiliar a la guerra de movimientos en el campo y la formación de unidades estratégicas en las ciudades. En otras palabras, la lucha de clases, las acciones revolucionarias de masas se subordinan a la agenda guerrillera.

Con el peronismo en el gobierno, el ERP fue el primero en romper la tregua militar con el copamiento del Comando de Sanidad (septiembre/73) y la toma del cuartel de Azul (enero/74). Perón venía de arañar el 62 % de los votos en la elección presidencial. En respuesta endureció el Código Penal contra los luchadores obreros y expulsó a los diputados de la Juventud Peronista por TV.

Ante el Pacto social y el accionar de las Tres A era vital impulsar el frente único de las organizaciones de lucha así como formar grupos de autodefensa desde las fábricas para enfrentar los ataques fascistas. En esta situación, los partidarios del PRT-ERP se opondrán junto a Agustín Tosco, a constituir una coordinadora nacional de las organizaciones obreras combativas en el plenario de la UOM Villa Constitución en abril del ‘74 para unir fuerzas contra el Pacto Social. También rechazaban las consignas de autodefensa obrera y popular:

La formación de las milicias de autodefensa, (…), es un problema serio, delicado, que exige una política prudente (…). Los espontaneístas, con su irresponsabilidad y ligereza característica gustan plantear sin ton ni son ante cada movilización obrera y popular por pequeña y aislada que sea, la formación inmediata de milicias de autodefensa. (…) sectores proletarios y populares de vanguardia, plenos de combatividad, pueden caer bajo la influencia de esta hermosa consigna y llegar a la formación apresurada de tales milicias (…) Las milicias de autodefensa son parte esencial en el armamento obrero y popular, constituyen sólidos pilares en la edificación de las fuerzas armadas revolucionarias, pero por su amplio carácter de masas sólo pueden surgir de una profunda y total movilización del pueblo en zonas de guerrilla o zonas liberadas8.

En otras palabras no es la revolución quien hace el ejército, sino el ejército quien hace la revolución. Sustituísmo del movimiento de masas.

Como parte de esta concepción el ERP pondrá parte importante de sus esfuerzos en la creación de un foco rural en Tucumán, la Compañía del Monte Ramón Rosa Jiménez. La idea era lograr una zona liberada, enfrentar al ejército, ser reconocido como fuerza beligerante y eventualmente provocar la intervención directa del imperialismo para generar una guerra patriótica contra el enemigo extranjero. El experimento resultará un rotundo fracaso y será prácticamente aniquilado por el Operativo Independencia. Cuando las energías de la dirección del ERP estaban concentradas en Tucumán, la clase obrera protagonizará la huelga general de 1975, la primera contra un gobierno peronista.

ERP y el FAS

EL PRT-ERP promovía, junto a la construcción del partido y el ejército revolucionarios, la creación de una herramienta política amplia,un frente antiimperialista con una orientación frente populista. En esta perspectiva impulsará el FAS (Frente Antiimperialista por el Socialismo):

Básicamente un frente es una unión o alianza de clases para concretar el logro de objetivos que son comunes (…) Esto no quiere decir que el FAS sea ya el Frente de Liberación Nacional y Social que nuestro pueblo necesita. Para ello será necesario un largo proceso. Tendrán que concurrir a la constitución definitiva del Frente los compañeros que actualmente militan en el Peronismo de Base, en Montoneros, JP, Partido Comunista, Juventud Radical y otras corrientes populares.

El PRT-ERP concluía que “el Frente de Liberación Nacional y Social, cuyo embrión en nuestra Patria es el FAS, tiene un carácter estratégico y permanente”9. Ante la crisis terminal del gobierno de Isabel en julio de 1975, el PRT avanzará en esta orientación llamando a imponer una salida política común a Montoneros, partidario de reconstruir el FrejuLi y al PC, partidario del cogobierno cívico-militar.

Enfrentamiento de aparatos

Con la muerte de Perón, en julio de 1974, el enfrentamiento entre revolución y contrarrevolución se agudizó. En medio de una crisis económica sin precedentes el peronismo intentaba mantener a Isabel en el gobierno y el Pacto Social a los tiros contra una aguda lucha de clases que irá creciendo hasta explotar en junio y julio de 1975. El movimiento obrero protagonizará una extraordinaria huelga general política que expulsará del poder a López Rega y al ministro de Economía, Celestino Rodrigo. Será el principio del fin del peronismo como fuerza de contención.

Los Montoneros tenían mucha influencia vía la Juventud Trabajadora Peronista en las coordinadoras interfabriles que reunían a las fábricas combativas y antiburocráticas de la Capital y el conurbano bonaerense. El PRT-ERP influenciaba en menor medida, su peso central era en Córdoba. Sin embargo la intervención de estas corrientes en los sucesos de junio y julio, fue abstencionista en cuanto a la cuestión del poder, negándose a elevar la lucha por las paritarias a un combate por la caída de Isabel y a desarrollar a las coordinadoras como organismos de doble poder.

Posteriormente, Montoneros se lanzó al copamiento de cuarteles como con el asalto al Regimiento de Infantería de Monte 29, en Formosa (5/10/75). El ex dirigente montonero Roberto Perdía explicaba así la decisión: “El golpe de Estado ya tenía fecha. La idea fue la de conformar una fuerza armada y demostrarle al propio Ejército que teníamos condiciones para operar (…)”10. En similar sintonía el ERP, se lanzará al asalto del Batallón Depósito de Arsenales 601 Domingo Viejobueno, en Monte Chingolo, en diciembre de 1975. Una aventura que será un duro golpe para la fuerza de Mario Roberto Santucho.

Pasado y presente

La derecha argentina partidaria tanto del negacionismo como de la versión más reaccionaria de la teoría de los dos demonios, hunde sus raíces en los grupos económicos que se hicieron dominantes durante la dictadura y los partidos políticos que fueron cómplices. En nombre de la “reconciliación nacional” y la democracia burguesa como valor supremo, se falsea la historia. Se condena la violencia guerrillera como excusa para impugnar todo tipo de movilización revolucionaria, se busca borrar el accionar de las clases explotadas de la memoria histórica y naturalizar el poder de la burguesía.

Recrear los debates estratégicos del ultimo gran ensayo revolucionario de la clase trabajadora, tiene por fin reconstruir la conciencia de clase de las nuevas generaciones para que la lucha no empiece de cero. Se trata también de recuperar para el pensamiento y acción de las masas explotadas el derecho sagrado a la insurrección contra sus opresores. Nuestra crítica a la guerrilla no está realizada desde una perspectiva pacifista sino partiendo de la premisa que un gobierno de los trabajadores en ruptura con el capitalismo solo podrá ser conquistado con la movilización revolucionaria de la clase trabajadora y los oprimidos. Para lograr este objetivo es necesaria la construcción de un gran partido revolucionario de la clase trabajadora.

Trotsky, L., prólogo a Historia de la revolución rusa, http://www.marxists.org, 1932.
Centro de Estudios Nueva Mayoría, “Evolución de los efectivos de las FF. AA. (1858-1997)”, Cuaderno 262, Buenos Aires, 1997.
Ver “Montoneros. Documentos internos, resoluciones, comunicados y partes de guerra”, http://www.elortiba.org.
Citado en Pigna, F., “La política en los .70”, http://www.elhistoriador.com.ar.
Bascheti, R., Documentos de la resistencia peronista.1973/1976, Buenos Aires, De la Campana, 1997.
Documento Reservado del Consejo Superior Peronista, 1/10/1973, http://www.elortiba.org.
Citado en Carreras, J., capítulo 7 de Movimientos revolucionarios armados en la Argentina. De los uturuncos y el FRIP a Montoneros y el ERP, 2001, http://www.elortiba.org.
Santucho, M.R., Poder burgués y poder revolucionario, http://www.marxists.org, 1974.
PRT, “Perspectivas del Frente de Liberación”, http://www.archivochile.com, enero, 1974.
Ragendorfer, R., “Perón quiso prepararnos para tomar el poder. Entrevista a R. Perdía”, Tiempo Argentino, 5/5/2013.

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Cambiemos, La Nación y el negacionismo del genocidio


 

http://www.laizquierdadiario.com/Cambiemos-La-Nacion-y-el-negacionismo-del-genocidio

Las declaraciones de Gómez Centurión, Darío Lopérfido o el mismo Macri niegan la existencia de 30 mil desaparecidos y de un plan genocida. La Nación escribe el libreto negacionista que levanta Cambiemos.

 

Como suscribe un editorial del oligárquico y ultrarreaccionario diario La Nación: “Los constituyentes de 1853, en circunstancias históricas de graves enfrentamientos internos, supieron elevar la mirada y proponer la unión nacional como pauta programática para la convivencia de los argentinos (…) En el marco de la Guerra Fría, la Argentina, como otros países de la región, se vio sometida a la acción de grupos armados empeñados en imponer la revolución con orientación marxista leninista. El modelo era Cuba y sus operaciones no tomaban en cuenta la institucionalidad como valor a respetar. Enfrentaban tanto a gobiernos constitucionales como de facto”.

Se reabre un debate sobre el pasado que no está resuelto e incomoda a la clase capitalista, que fue la que colaboró, sustentó y aprovechó el genocidio llevado a cabo por el llamado Proceso de Reorganización Nacional.

El golpe militar del 24 de marzo de 1976 no fue esencialmente la respuesta al accionar de la guerrilla, que había sido diezmada luego del pase a la clandestinidad de Montoneros, y el ERP derrotado con el Operativo Independencia y el asalto a Monte Chingolo. La finalidad de la Junta Militar fue poner fin a un ascenso obrero y popular que amenazaba con llevarse puesta a la burguesía argentina en medio de una catástrofe económica. Para lograrlo debía aniquilar a toda una generación de obreros, estudiantes, intelectuales, militantes políticos de algunas fracciones del peronismo combativo y la izquierda que se plantearon la lucha política abierta contra el imperialismo y el capitalismo. Esta generación no surgió de la nada, sino que fue la expresión más radicalizada del estallido de la insurgencia obrera y popular el 29 de mayo de 1969, conocida como el Cordobazo, que hirió de muerte al Gobierno de facto de Juan Carlos Onganía y al régimen de dominio que había surgido luego de la revolución fusiladora de obreros de 1955. Esta generación cuya fuerza motora era la clase obrera protagonizó una verdadera lucha de clases en el sentido estricto del término, con insurrecciones locales, huelgas salvajes, ocupaciones de fábricas y establecimientos, manifestaciones violentas y hasta una huelga general política entre junio y julio de 1975 que desbandó a los líderes de los grupos fascistas que actuaban bajo el amparo del Gobierno peronista. Los obreros pusieron en pie sindicatos clasistas, comisiones internas combativas, grupos de autodefensa y coordinadoras interfabriles. El movimiento estudiantil se lanzó a la unidad activa con la clase obrera y la izquierda comenzó a crecer exponencialmente. Fue el momento de mayor cuestionamiento al capitalismo argentino de la segunda mitad del siglo XX. Por eso la burguesía y su Estado le declararon la guerra.

El dictador Alejandro Lanusse, responsable de la Masacre de Trelew, puso fin a la proscripción del peronismo, con el objetivo de lidiar con las masas mediante el desvío electoral, lo que permitió el retorno de un Perón que prometía la “patria socialista” y daba vía libre a los pistoleros de la Triple A. Muerto Perón en 1974, Isabel Perón y José López Rega fracasaran en su intento de poner fin a la insurgencia por la vía de las bandas paramilitares que reclutaban policías, matones de la burocracia sindical y lúmpenes. Las huelgas del ‘75 fueron las que le pusieron fin al intento de ajuste salvaje para salvar al capitalismo argentino del ministro Celestino Rodrigo y al reinado de “Lopecito”. El peronismo se agotó como fuerza para lidiar con los trabajadores, y la clase capitalista dio vía libre al golpe militar, con el que colaboraron posteriormente tanto radicales, como peronistas y el Partido Socialista, entre otros. Si en aquel momento la clase obrera no avanzó más fue responsabilidad exclusiva de su dirección, el peronismo y su burocracia sindical, que sostuvo a una Isabel Perón odiada por las mayorías populares. Pero también porque la guerrilla peronista jugó el papel de contener dentro de la alianza policlasista del peronismo a los jóvenes trabajadores y estudiantes radicalizados y junto con el ERP, encarnaron una estrategia pequeñoburguesa que separaba de la lucha real de las masas a sus militantes para llevar a cabo una guerra de aparatos que despreciaba la auténtica guerra de clases. Fueron los grupos de tareas de las Fuerzas Armadas, los que llevaron a cabo el plan de exterminio, siguiendo los mandatos del imperialismo y los consejos de Pío Laghi y la Iglesia Católica.

Decíamos que es un debate que se reabre sobre un pasado no resuelto porque el “Pacto de Impunidad” que condicionó a la democracia burguesa argentina desde la restauración democrática de 1983 intenta ser reconstruido luego de que la movilización popular lo socavara. Fue ella quien logró la condena de algunos centenares de criminales de la dictadura e impuso a la justicia burguesa el reconocimiento de la existencia un plan sistemático de exterminio desde el Estado contra todo un grupo nacional, que constituye la base jurídica de la definición de genocidio.

Luego de la crisis del 2001, el kirchnerismo expropió discursivamente las reivindicaciones de justicia de los movimientos de Derechos Humanos, cooptó a sus dirigentes, y lo convirtió en parte del relato expiando al peronismo por los crímenes de la Triple A y sin que se juzgue a todos los responsables militares, civiles, empresariales y eclesiásticos. Luego intentó una política de reconciliación con las Fuerzas Armadas que tuvo como protagonistas a genocidas como César Milani y represores como el también ex carapintada Sergio Berni, que redundó en el espionaje político a través del Proyecto X.

Decíamos que el debate era incómodo porque fueron los grandes grupos capitalistas -a los que el kirchnerismo permitió, según sus propias expresiones, levantarla en pala- los principales beneficiarios y promotores del golpe. Fueron los partidos de la burguesía los principales colaboradores.

Como sentenciaba Balzac, “detrás de cada fortuna hay un crimen”, y las manos chorreantes de sangre de las patronales argentinas y el imperialismo son las que digitan el discurso de la derecha en el poder. Veamos a los protagonistas: Juan José Gómez Centurión, un falso combatiente de Malvinas, un carapintada que se alzó en armas contra Raúl Alfonsín para exigir la impunidad de los criminales que participaron en la represión. Darío Lopérfido, hoy miembro de la oligárquica familia Mitre, a quienes los militares entregaron parte de Papel Prensa, y ex funcionario de un Gobierno de la Unión Cívica Radical como el de Fernando De la Rúa, que plagó de cadáveres los alrededores de la Plaza de Mayo en diciembre del 2001 para intentar aplastar una rebelión popular. Mauricio Macri, el hijo de Franco, el empresario que esquilmó al Estado y es recompensado, había salido de la dictadura genocida como uno de los grupos económicos más importante de la Argentina. Como cuenta Gabriela Cerruti: “Los Macri transitaron los últimos meses del gobierno peronista reunidos con Licio Gelli de la Logia P2 y José López Rega acordando construir el ‘Altar de la Patria’ que resguardaría los restos de Juan Domingo Perón y Eva Perón y unos meses después del golpe militar eran parte de la mesa chica del equipo económico y político de los militares. Con la llegada del gobierno peronista al poder, en 1973, el grupo tenía siete empresas. Finalizada la dictadura militar, el holding tenía 47 empresas”.

Los argumentos de Cambiemos buscan reinstalar la idea de la reconciliación nacional y vuelve a ser el diario mitrista quien escribe el libreto: “Tras una cifra falsa del número de muertos y desaparecidos para que alcanzara la categoría de genocidio”. Intentan deslegitimar las reivindicaciones históricas de los movimientos de los derechos humanos. Unos mediante la restauración de la “Teoría de los dos demonios”, que pone un signo igual entre el terrorismo de Estado y la violencia ejercida por las clases subalternas y los grupos guerrilleros, exculpando al Estado de sus crímenes. Otros reivindicando a los represores como luchadores que cometieron excesos dentro de una “guerra sucia”, según la doctrina contrarrevolucionaria francesa, contra una subversión sin dios, ni patria. Esta última es un calco del discurso videlista.

Si el kirchnerismo se reapropió de retazos de “memoria” para su operación de restaurar la autoridad del Estado y pasivizar al país convulsionado en el pos 2001, el macrismo busca borrar toda memoria de un genocidio de clase, legitimar un nuevo relato reaccionario de “los dos demonios”, como un aviso claro: son representantes de una clase que puede volver a hacerlo si las condiciones lo requieren.

El relato kirchnerista siempre rechazó que haya habido un genocidio de clase, lo consideraba un golpe contra un Gobierno “popular” y un proyecto “industrialista”. La lucha contra el negacionismo macrista hay que encararla desde el punto de vista de recuperar para el presente la memoria revolucionaria de nuestra clase obrera, señalando a sus enemigos, reivindicando en la lucha contra el imperialismo y el capitalismo a nuestros hermanos caídos.

PO: catastrofismo y pacifismo contra el PTS


Una berretada teórica y muy vulgar es la critica del PO al PTS sobre la estrategia. Oponer el concepto de política como economía concentrada, al de la guerra como continuación de la política no tiene sustento. Para el PO no son necesarios los estrategas sino los analistas económicos, la propaganda no esta puesta al servicio de preparar los cuadros para la ser combatientes de la lucha de clases que preparen la insurrección sino para predicar la inevitavilidad de la caída del capitalismo. Solo se trata de anunciar catástrofes, señalar todas las tendencias a la catástrofe, limitarse a agitar un programa que en su caso casi siempre es con finalidad electoral, acompañando las luchas tal cual son. Un partido a lo Testigo de Jehova, predicando la catástrofe del capital, que no piensa ni un instante como acumular fuerzas para hacer un partido estratégicamente anclado en los lugares centrales que hacen decisiva la lucha de clases. Es de perogullo decir que son las crisis revolucionarias (concepto que el PO no tiene más que desde un punto de vista economicista), las oportunidades del paso de la defensiva a la ofensiva. Y también es de perogullo decir que una de las condiciones revolucionarias en las crisis nacionales están dadas por las penurias de las masas. Lo que se trata de definir es como preparar el paso hacia una crisis revolucionaria desde las fuerzas combatientes de la vanguardia proletaria. La estrategia es precisamente el nexo entre crisis y revolución. La política del frente único la plantean Lenin y Trotsky, frente a la estabilidad del capitalismo que había sobrevivido a la primer oleada pos revolución rusa; y más tarde Trotsky frente a la amenaza del fascismo contra el catastrofismo stalinista del tercer periodo, cuya consigna era soviets en todas partes.
El PO desdeña un análisis objetivo de la subjetividad y solo acepta hablar de ella tal como un deber ser al señalar que si las tendencias son catastróficas, la subjetividad es revolucionaria y por eso se niegan a combatir al reformismo mediante el frente único. Pero además niegan la preparación teórica de la insurrección como parte de la confirmación de la subjetividad de la vanguardiaproletaria. Este punto es el más patente, el PO renuncia siquiera a pensar teóricamente la insurrección, a organizar la construcción del partido en la hipótesis de prepararse para la contraofensiva, en definir los batallones centrales y las tácticas correspondientes al ascenso y el retroceso. Es decir que PO es solo una fuerza de propaganda y agitación sin objetivos revolucionarios, no un partido de combate. Para el PO delimitarse de las grandes estrategias alternativas al bolchevismo en el siglo XX y del posmodernismo y su pensamiento antiestrategico, es evidentemente una perdida de tiempo.
Ovbiamente la critica a Syriza y Podemos no puede ser más que ninguneada por PO ya que apunta contra su adaptación a la consigna de gobiernos de izquierda, negándose a diferenciar las formas gubernamentales de la ruptura con la burguesía (la consigna de gobierno obrero y campesino).
El PO, y sobre todo la fracción altamirista del PO, esta girando nuevamente hacia el lambertismo originario. La reivindicación de la discusión sobre la Revolución Cubana es una chantada. El PO se divide entre seguidores de la burocracia castrista (Kane) y apologistas de una revolución por etapas al estilo del Nuevo MAS (Altamira). Ambos, desde polos opuestos, reivindicando la potencialidad revolucionaria de la pequeñoburguesía como agente involuntario del socialismo o del logro de conquistas anticapitalistas. Ambos renunciando a la revolución política contra la burocracia y de luchar, por alinearse con la burocracia o por sumarse a un anticastrismo antidefensista; renunciando a luchar por la dictadura revolucionaria del proletariado entendida como el gobierno de los consejos de obreros, campesinos y soldados, dirigidos por un partido marxista revolucionario.
Esto es lo que me surge de la lectura del articulo de Becerra.
Saludos revolucionarios

El año I de la Revolución Rusa (Victor Serge)


En vísperas del 100 aniversario de la revolución Rusa, la fantástica obra de Victor Serge. Ver a continuación.

Prólogo
He procurado presentar en este libro un cuadro verídico, vivo y razonado, de las primeras
luchas de la revolución socialista rusa. Siendo mi principal deseo el poner de relieve ante los
ojos de los proletarios las enseñanzas de una de las épocas más grandes y decisivas de la
lucha de clases en los tiempos modernos, no me era posible hacer otra cosa que exponer el
punto de vista de los revolucionarios proletarios. Esta actitud mía tendrá para el lector
ajeno a las doctrinas comunistas la ventaja de darle a conocer cómo comprendían y cómo
comprenden la revolución quienes la hicieron.
La pretendida imparcialidad de los historiadores no pasa de ser una leyenda,
destinada a consolidar ciertas convicciones útiles. Bastarían para destruir esta leyenda, si
ello fuese necesario, las obras que se han publicado acerca de la gran guerra. El historiador
pertenece siempre “a su tiempo”, es decir, a su clase social, a su país, a su medio político.
Sólo la no disimulada parcialidad del historiador proletario es hoy compatible con la mayor
preocupación por la verdad. Porque únicamente la clase obrera obtendría toda clase de
ventajas, en toda clase de circunstancias, del conocimiento de la verdad. Nada tiene que
ocultar, en la historia por lo menos. Las mentiras sociales siempre han servido, y sirven
todavía, para engañaría. Ella las refuta para vencer, y vence refutándolas. No han faltado,
sin duda, algunos historiadores proletarios que han acomodado la historia a ciertas
preocupaciones de actualidad política. Al hacerlo se han plegado a tradiciones que no son
las suyas y han sacrificado los intereses superiores y permanentes de su clase a ciertos
intereses parciales y pasajeros. Me he guardado mucho de imitarlos. Si acaso he llegado a
deformar la verdad en algunos puntos, lo que es probable, ha sido sin darme cuenta, por no
disponer de datos suficientes o por error.
Tal cual es este libro resultará, sin duda alguna, muy imperfecto. Absorto en otros
trabajos, entregado a la vida de militante en una época bastante accidentada, no he
dispuesto nunca del ocio tranquilo que es necesario para el estudio de la historia. Por
idénticas razones, no suelen, los que hacen la historia, tener la oportunidad de escribirla.
Por otra parte, tampoco la materia se encuentra a punto. Los hechos son demasiado
recientes, demasiado palpitantes; las cenizas del brasero están calientes todavía, queman si
se acerca a ellas la mano… Existe en Rusia, acerca de la revolución de octubre, una literatura
más abundante que rica. Memorias, relatos, notas, documentos y estudios parciales salen
profusamente a la luz pública. Pero es necesario confesar que no hay nada más difícil que
sacar partido de esta inmensa documentación, demasiado subordinada a propósitos de
– 4 –
agitación, y en la que faltan casi por completo las obras sistemáticas, de conjunto. La
historia de los partidos, de la guerra civil, del Ejército rojo, del terror, de las organizaciones
obreras, no ha llegado siquiera a esbozarse. No se ha publicado en la URSS -y no hay por
qué sorprenderse de ello- una historia a fondo de la revolución, aparte de algunas obras que
sólo son un compendio de la misma. Los únicos que han abordado a fondo algunos de los
problemas que a ellos les afectan son los escritores militares. En estas condiciones, las
memorias, a las que es indispensable recurrir, presentan grandes fallas. Los revolucionarios
no pasan de ser, en el mejor de los casos, unos medianos cronistas; además, casi siempre
han tomado la pluma con un fin preconcebido, a saber: conmemorar algún aniversario,
rendir homenajes, polemizar y aun deformar la historia de acuerdo con las conveniencias de
determinados intereses del momento. Los trabajos parciales, como, por ejemplo, las
monografías locales, presentan pocas garantías científicas. Trascrito por celula2.
Me he esforzado, pues, por buscar el rasgo característico aprovechando la mayor
parte de esta documentación. Para dar al lector elementos muy concretos de apreciación he
reproducido profusamente detalles y citas. Me he limitado a indicar mis fuentes de
información cuando he aprovechado ciertos trabajos anteriores que ofrecen un valor real, y
cuando he creído útil subrayar la autoridad de un testimonio, y, finalmente, con el
propósito de facilitar al lector el trabajo de investigación. Izquierda Revolucionaria
He de proseguir estos trabajos en cuanto me sea posible. Quedaré muy reconocido a
los lectores que reclamen mi atención sobre los puntos incompletos de esta obra, así como
sobre aquellos temas que crean conveniente esclarecer. Conviene que fijemos aquí lo que
representa el año I en la historia de la revolución.
El año I de la revolución proletaria -o sea, de la República de los Soviets- empieza el
7 de noviembre de 1917 (el 25 de octubre, según el antiguo-calendario) y se cierra, como es
natural, el 7 de noviembre de 1918, en el momento en que estalla la esperada revolución
alemana.
Existe una coincidencia casi perfecta entre el calendario y la primera fase del drama
histórico, que se inicia con la insurrección victoriosa y termina con la extensión de la
revolución a la Europa central. Vemos entonces plantearse, por primera vez, todos los
problemas que está llamada a resolver la dictadura del proletariado: organización de los
abastecimientos, organización de la producción, defensa interior y exterior, actitud hacia las
clases medias, los intelectuales, los campesinos, y vida del partido y de los Soviets.
– 5 –
Propondríamos que se llamase a esta primera fase las conquistas del proletariado, a saber:
toma del poder, conquista del territorio, conquista de la producción, creación del Estado y
del ejército, conquista del derecho a la vida…
La revolución alemana abre la fase siguiente, la de la lucha internacional (o más
concretamente, la de la defensa armada -defensa agresiva en ciertos momentos- del hogar de la revolución
internacional). En 1919 se forma la primera coalición contra la República de los Soviets.
Pareciendo a los aliados insuficiente el bloqueo, fomentan la formación de Estados
contrarevolucionarios en Siberia, en Arkhangelsk, en el Mediodía, en el Cáucaso. Durante
el mes de octubre de 1919, al finalizar el año II, la República, asaltada por ejércitos blancos,
parece estar a punto de sucumbir. Kolechak avanza sobre el río Volga; Denikin, después de
invadir Ucrania, avanza sobre Moscú; Yudenich avanza sobre Petrogrado, apoyándose en
una escuadra inglesa. Un milagro de energía da la victoria a la revolución. Continúan
reinando el hambre, las agresiones, el terror, el régimen heroico, implacable y ascético del
“comunismo de guerra”. Al año siguiente, en el momento en que acaba de decretarse el fin
del terror, la coalición europea lanza a Polonia contra los Soviets. El Ejército rojo llega al
pie de las murallas de Varsovia, en el momento mismo en que la Internacional Comunista
celebra en Moscú su segundo congreso, y alza sobre Europa la amenaza de una nueva crisis
revolucionara. Termina este período en los meses de noviembre-diciembre de 1920 con la
derrota de Wrangel en Crimea y con la paz con Polonia. Parece haber terminado la guerra
civil, pero el levantamiento de los campesinos y la insurrección de Cronstadt ponen
brutalmente de manifiesto el grave conflicto entre el régimen socialista y las masas del
campo.
En 1921 se abre una tercera fase, que podríamos llamar la de la reconstrucción económica,
que se inicia con la nueva política económica (llamada, en abreviatura, la NEP) y que acaba
en 1925-26 con la vuelta de la producción al nivel de la anteguerra (aunque con una cifra de
población superior). Recordemos en breves palabras en qué consistía la NEP. Después de
las derrotas sufridas por las clases obreras de Europa, la dictadura del proletariado se vio
forzada a realizar determinadas concesiones económicas a la pequeña burguesía rural. Estas
concesiones fueron la abolición del monopolio del trigo, la libertad de comercio y la
tolerancia, dentro de ciertos límites, del capital privado. El Estado socialista conservó todas
las posiciones dominantes en el campo económico y no hizo concesión alguna en el terreno
de la política. Esta importante “retirada” -la palabra es de Lenin-, cuya finalidad fue la de
preparar el avance ulterior hacia el socialismo, pacificó el país e hizo más fácil su
reconstrucción.
– 6 –
A partir de 1925~26 entra la historia de la revolución proletaria de Rusia en una
cuarta fase. Ha llegado a buen término la reconstrucción económica, lo que constituye un
triunfo admirable cuando apenas han pasado cinco años desde la terminación de la guerra
civil, en un país duramente castigado y abandonado a sus propias fuerzas. De allí en
adelante se hace necesario ampliar la producción, se impone alcanzar el nivel de la
producción de los grandes países capitalistas. Todos los problemas aparecen planteados a la
luz de un nuevo día. Estamos en la fase de la industrialización. Se reanuda, cada día con
mayor aspereza, la lucha de clases. Se agravan los males de una revolución proletaria
contenida dentro de las fronteras nacionales y rodeada de países capitalistas. Pero ése es el
presente, la vida, la lucha. Nada mejor para facilitar su comprensión que el conocimiento de
los comienzos heroicos de la revolución, en el curso de los cuales se templaron los
hombres, se concretaron las ideas y se crearon las instituciones.
Doce años han transcurrido desde que tuvieron lugar los acontecimientos que
estudiamos en este libro. La República proletaria fundada por la insurrección del 7 de
noviembre de 1917 vive aún. La clase obrera ha demostrado en Rusia que es capaz de
ejercer el poder, de organizar la producción, de resistir victoriosamente a los enemigos del
exterior y del interior, y que posee la perseverancia necesaria para el cumplimiento de su
misión histórica -que no es otra que la de construir una sociedad nueva-, y esto en las
condiciones más ingratas. Los tanteos y errores de los hombres, las disensiones y las luchas
políticas, lejos de esfumar ante nuestra mirada esta gran realidad, deben servir para
resaltaría más. La revolución proletaria sigue adelante. Este hecho impone un doble deber a
quienes no tienen intereses de clase opuestos a ella: en el interior -es decir, dentro de la
URSS y del movimiento obrero revolucionario internacional-, el de poner sus fuerzas al
servicio de la revolución, combatiendo los males que padece, aprendiendo a defenderla
contra sus propias faltas, esforzándose por contribuir a la elaboración y a la aplicación
incesante de una política inspirada en los intereses superiores del proletariado mundial; en
el exterior, el de defender a la primera República de los Trabajadores, el de velar por su
seguridad, seguir sus trabajos y sus luchas para extraer de ahí las enseñanzas que han de
iluminar mañana a otros pueblos los caminos que conducen a la transformación del
mundo.
Habiendo escrito la mayor parte de este libro en la URSS, lamento no haber podido
consultar las muchas obras importantes aparecidas recientemente en el extranjero. Me fue
completamente imposible tenerlas a la mano.
Enero de 1930.

Continuar aquí: el20ano20i20de20la20revolucion20rusa

En visperas de los 100 años de la revolución de febrero de 1917 en Rusia


En febrero se van a cumplir 100 años de la revolución obrera y campesina que derroco al Zar de Rusia y abrió el camino para la lucha victoriosa de los bolcheviques por el poder de los soviets. Me vino en mente la definición que hace Pedro Kropotkin sobre la Revolución Francesa, la única comparable por su alcance histórico a la revolución Rusa, sobre la fuerza de las revoluciones:
“Una revolución es infinitamente más que una una serie de insurrecciones en los campos y en las ciudades; es más que una simple lucha de partidos, por sangrienta que esta sea; más que una batalla en las calles y mucho más que un simple cambio de gobierno (…) Una revolución es la ruina rápida en pocos años, de instituciones que tardaron siglos en arraigarse y que parecían tan estables y tan inmutables que incluso los reformadores más fogosos apenas osaban atacarlas en sus escritos; es la caída y pulverización (…)
de todo lo que constituía la esencia de la vida social, religiosa, política y económica de una nación, el abandono de las ideas adquiridas y de las nociones corrientes (…) Es, en fin, la floración de nuevas concepciones igualitarias acerca de las relaciones entre ciudadanos, concepciones que pronto se convierten en realidades, comienzan a irradiar sobre las naciones vecinas, trastornan el mundo y dan al siglo siguiente su orientación, sus problemas, su ciencia, sus líneas de desarrollo económico, político y moral”.
El siglo XX fue marcado a fuego por la Revolución bolchevique, sus consignas, su horizonte, el ideal de una sociedad sin explotadores ni explotados. El proyecto de un Estado basado en los soviets que ha medida que la revolución avanzaba en todos los terrenos se iba extinguiendo. No se pueden entender sino los fenómenos aberrantes del siglo XX como el stalinismo, el fascismo, la Segunda guerra mundial, Auswitchz; o los intentos reformadores como el New Deal y el Estado de bienestar; o la violencia imperialista y las dictaduras genocidas en la periferia capitalista. Fueron distintas respuestas para contrarrestar el efecto de ese gran acto liberador que fue la toma del Palacio de Invierno.
Las gigantescas tareas del proyecto revolucionario bolchevique, su llamamiento libertario, sigue pendiente de resolución en el siglo XXI.
Si ellos se atrevieron, como dijo Rosa Luxemburgo sobre Lenin y Trotsky, nosotros también lo haremos.

Marcelo Benítez: “La existencia del Frente de Liberación Homosexual desmentía que éramos enfermos”


Gran nota. hermosa reconstrucción histórica y política de un luchador y de un movimiento que sento las bases de la lucha por la liberación sexual en Argentina. Me llama la atención que a pesar del papel conservador de la izquierda esta presente en la experiencia y propósitos del FLH. Igual creo que existe una diferencia entre los Montoneros que repudiaron abiertamente al FLH y por ejemplo el PST que prestaba sus locales, pero lo hacia condicionadamente, y aunque abrió las discusiones del feminismo no lo transformo en una actitud política para enfrentar a los prejuicios reaccionarios de la clase obrera. Pero lo que me sale rescatar de esa relación izquierda-FLH es que los militantes del FLH no se concebían solo como militantes de la disidencia sexual sino como parte del proceso político y de lucha de clases que inicio el Cordobazo. El FLH nace de revueltas como Stonwell e insurrecciones populares. Me quede con ganas de saber más como se proceso esa situación en la construcción política y teórica de aquella vanguardia. Queda decir que a pesar de que soy más joven me identifico con Benitez y esa idea de que somos los últimos homosexuales. Basta de buscar ser parte de la sociedad burguesa, busquemos destruirla.

http://www.laizquierdadiario.com/Marcelo-Benitez-La-existencia-del-Frente-de-Liberacion-Homosexual-desmentia-que-eramos-enfermos

La actualidad del debate setentista


http://www.laizquierdadiario.com/ideasdeizquierda/la-actualidad-del-debate-setentista/

TERCERA EDICIÓN DE INSURGENCIA OBRERA EN ARGENTINA

Acaba de publicarse la tercera edición de Insurgencia obrera en la Argentina, 1969-1976. Clasismo, coordinadoras interfabriles y estrategias de la izquierda, de Ediciones IPS-CEIP. Aquí presentamos un extracto del nuevo prólogo que escribieron los autores para un libro que sale a la luz cuando otra vez están en discusión los balances sobre el último ensayo revolucionario en Argentina.

RUTH WERNER Y FACUNDO AGUIRRE

Número 31, julio 2016.

Al momento de escribir el prólogo de esta tercera edición de Insurgencia obrera, la situación política argentina ha variado sustancialmente con respecto a su primera aparición en 2007.

En esa oportunidad, nos habíamos propuesto restituir el lugar de la clase obrera y de la lucha de clases en el proceso social y político abierto en Argentina después del Cordobazo. Desde la elección de su título buscábamos señalar que el sujeto peligroso para los intereses capitalistas radicaba en la clase obrera, en su lucha y autoorganización. El período setentista había sido inaugurado por una del poder en Argentina. La resolución trágica a este interrogante fue el golpe genocida del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional.

Tuvimos el objetivo de destacar las experiencias de lucha y autoorganización de la clase obrera relevando sus procesos más avanzados y la tendencia a conquistar la independencia de clase. Rescatábamos los elementos políticos y de lucha que prefiguraban nuevas formas de organización de una clase obrera cuya dirección desde 1945 había sido el peronismo y su burocracia sindical. El nacionalismo burgués adoctrinó durante todo este insurrección de masas acaudillada por la clase trabajadora, y esa misma clase entre 1969 y 1976 protagonizó una seguidilla de levantamientos, huelgas salvajes, tomas de fábricas con rehenes, enfrentamientos violentos con la fuerza del régimen, persecución fascista de la Triple A y de la burocracia sindical, y una huelga general en junio-julio de 1975 que dio luz a un doble poder a nivel fabril: las coordinadoras interfabriles de Capital Federal, Gran Buenos Aires, La Plata, Berisso, Ensenada y Córdoba. En aquellas jornadas se abrió una crisis revolucionaria que puso al orden del día la cuestión de quién era el dueño periodo en el discurso de la colaboración de clases y en la idea de fortalecer al Estado capitalista como instrumento para enfrentar al imperialismo.

En Insurgencia obrera dimos cuenta de un proceso novedoso, el inicio de un fenómeno de ruptura con el orden burgués, que planteaba la urgencia de construir un partido revolucionario de la clase obrera, apoyándose en el surgimiento de organizaciones para la lucha de clases que cuestionaban al capitalismo y sus representaciones políticas.

El año 1975 recibió un tratamiento clave. Cuando comenzamos la elaboración del libro no existía casi información detallada sobre aquella extraordinaria huelga general política que derrotó al Plan Rodrigo, verdadero antecedente de la política económica implementada por la dictadura y, más tarde, por el menemismo. En ese sentido, Insurgencia obrera junto a La guerrilla fabril de Héctor Löbbe1 fueron pioneros en este campo de investigación histórica. En junio y julio de 1975, una vanguardia masiva de la clase obrera desafió a la burocracia sindical y empujó al conjunto de los trabajadores a protagonizar por primera vez en su historia una huelga general contra un gobierno peronista. Tampoco existía en ese entonces material bibliográfico sobre las coordinadoras, las organizaciones creadas por los trabajadores combativos para enfrentar a Isabel Perón, Celestino Rodrigo y José López Rega. La tarea de escribir este libro fue entonces también una labor de reconstrucción: ¿cuántas fábricas abarcaban las coordinadoras, qué influencia tuvieron, cuál era el papel de las comisiones internas y cuerpos de delegados, qué rol jugaron las corrientes políticas? fueron algunas de las preguntas que nos hicimos para traer al presente ese proceso de organización que apuntó a un doble poder fabril en un momento de aguda crisis capitalista.

La interpretación de los años ‘70 como un proceso revolucionario exigía, además, un balance de las fuerzas políticas y, en particular, de aquellas que actuaron en nombre de la clase obrera, la liberación nacional y el socialismo. Por un lado, se trataba de desmentir la visión voluntarista que desplazaba como sujeto peligroso a la clase obrera para depositarlo en las organizaciones que reivindicaban la lucha guerrillera y, por el otro, era necesario llegar a conclusiones tácticas y estratégicas que actualizaran la comprensión marxista del periodo.

Este punto de vista, anclado en la crítica a las estrategias políticas que emplearon aquellos que hablaron en nombre de la izquierda, intentaba saldar un debate ausente. Como militantes trotskistas comprendimos que era necesario un balance de las corrientes que hablaron en nombre de las ideas de la IV Internacional. Esta fue una gran falencia de los partidos que se reivindicaban del trotskismo y que se negaron a revisar críticamente su propia experiencia para preparar a las nuevas camadas militantes que nacieron a la vida política bajo el proceso de la restauración democrático-burguesa. Para nosotros, en cambio, era una tarea fundamental para plantear la actualidad teórica y estratégica del socialismo revolucionario.

Cuando publicamos la primera edición de Insurgencia obrera, el relato kirchnerista sobre los años ‘70 comenzaba a transformarse en uno de los principales instrumentos de legitimación política del gobierno y del régimen político. El rechazo popular a la casta política, como producto de la crisis vivida en 2001 con la caída del gobierno de la Alianza y la persistencia de la movilización democrática contra la impunidad a los genocidas, llevó a Néstor Kirchner a ensayar un giro en la doctrina del Estado respecto del genocidio. El 24 de marzo de 2004, el Presidente ordenó al entonces Jefe del Ejército retirar los cuadros de Jorge Rafael Videla y Reynaldo Bignone colgados en el Colegio Militar. Más tarde, frente a la ESMA pidió perdón por los crímenes cometidos por el terrorismo de Estado. Ese acto inauguró un cambio en la política de derechos humanos y la apropiación por parte del kirchnerismo de lo que el dirigente del PTS, Christian Castillo, denominó el tercer relato sobre los años ‘70.

Ese relato habíase constituido en rechazo a la teoría de los dos demonios, paradigma de la restauración democrático burguesa en 1983 sobre la base de la condena a la violencia de todo signo y de reivindicación de la tolerancia democrática. La persistencia de la impunidad y la degradación de la democracia burguesa argentina abonaron el surgimiento de ese tercer relato que puso el eje, a la hora de interpretar los años ‘70, en el rol jugado por las organizaciones guerrilleras. Sobre esta visión, Christian Castillo plantea que, a partir del 20º aniversario del golpe, comenzó a haber una

… reivindicación de la pertenencia y de la acción militante de los desaparecidos, un discurso sostenido hasta ese momento solamente por las Madres de Plaza de Mayo (en particular por el sector liderado por Hebe de Bonafini) y por los partidos de izquierda. Es así que se publicaron distintos libros y artículos reflejando la actividad militante de quienes luego fueron ‘desaparecidos’ por la dictadura, así como también diversos análisis del proceso y libros compilando documentos políticos de la época.

Este “tercer relato”, agrega Castillo,

… con la enorme diferencia respecto de los anteriores de reivindicar la militancia revolucionaria, también subestima las grandes acciones de masas protagonizadas por la clase obrera, tanto en el período previo al golpe como bajo la misma dictadura2.

El kirchnerismo hará propio este “tercer relato”, aunque con variantes. Partiendo de situar a su movimiento como continuidad histórica en la nueva etapa de la política de la izquierda peronista en los años ‘70, su relato rescataba fundamentalmente al gobierno de Héctor Cámpora como una oportunidad democrática desperdiciada por el acoso de la derecha, pero también por la impaciencia de la izquierda del peronismo.

Para el kirchnerismo era esencial reivindicar la alianza de clases que llevó al poder a Cámpora y, más tarde, a Juan Domingo Perón. Es habitual leer que para el kirchnerismo el motivo fundamental del golpe del ‘76 no fue la necesidad de derrotar a la clase trabajadora por el peligro que expresaba para el capitalismo argentino, sino el de acabar con un supuesto modelo industrial encarnado por el peronismo, para favorecer a los grandes grupos económicos de la burguesía diversificada y el capital financiero. Se trataba de un golpe antiperonista. Curiosamente el relato kirchnerista eludió siempre un tema fundamental: justamente había sido el peronismo el impulsor de la Triple A.

La apropiación del “tercer relato” por parte del kirchnerismo servirá para restaurar la legitimidad del peronismo, o de cierta lectura del peronismo, como movimiento político que bajo el menemismo había sido el responsable de la entrega nacional y la destrucción de las conquistas de los trabajadores durante la década de 1990. Promoviendo la nulidad de las leyes del perdón y el comienzo del juzgamiento a los genocidas, el kirchnerismo concitó el apoyo de un amplio arco de organizaciones de derechos humanos. La posterior adaptación de esos organismos al Estado y a la política oficial los llevó a una degradación, a punto tal que la organización más emblemática conducida por Hebe de Bonafini, quedó salpicada por la participación de Sergio Shocklender en un entramado de corrupción vinculado a la obra pública, provocándole un enorme daño al prestigio de esta organización nacida al calor de la resistencia a la dictadura.

Esta versión del “tercer relato” encumbrada a discurso oficial terminó por enterrar a la “teoría de los dos demonios”. El contexto en que se había impuesto esa teoría había sido el de la derrota de la clase obrera a manos de los genocidas y el del fracaso estrepitoso de la dictadura en Malvinas. La “teoría de los dos demonios” rescataba valores democrático-burgueses e institucionales caros a la historia de la Unión Cívica Radical que evitaba cuestionar el papel de Ricardo Balbín y de la mayoría del Partido Radical como impulsor del golpe de 1976 así como su participación con funcionarios civiles en la dictadura. El gobierno de Raúl Alfonsín desde su inicio se lanzó a rescatar a las FF.AA. cuestionadas por el genocidio, la ruina nacional y la guerra de Malvinas garantizando la impunidad de la camarilla militar. No iba a haber ni paredones ni tribunales populares, anunció de entrada y, a cambio, solo se juzgó a los cabecillas del golpe. Poco después el mismo gobierno alfonsinista –levantamientos de Semana Santa de por medio– sería autor de las nefastas leyes del perdón, el punto final y la obediencia debida.

El kirchnerismo representó otro momento de la restauración democrático-burguesa argentina. Su función política era contener a las masas luego del estallido de diciembre de 2001. Para lograrlo necesitaba incorporar de alguna manera las demandas populares que habían puesto en jaque a la casta política capitalista, y encontró en la reivindicación de los derechos humanos una bandera que le permitió avanzar en la colonización por parte del Estado de los movimientos que habían luchado contra la impunidad.

Desde aquella edición original de 2007 al día de hoy, el eje de la superestructura política argentina se ha corrido fundamentalmente hacia la derecha. En el terreno de los derechos humanos, el macrismo, aliado a la UCR y a Elisa Carrió en Cambiemos, busca instaurar un nuevo paradigma de la derecha argentina reivindicando para sí el republicanismo que caracterizara a los partidos políticos que apoyaron los golpes militares desde 1955 en adelante.

Lentamente el gobierno de Cambiemos va construyendo su propio “relato” sobre la década del ‘70 y la dictadura. El Secretario de Cultura del gobierno de CABA, Darío Lopérfido, afirmó que la cifra de 30.000 desaparecidos era falsa y se cuela cada vez en voz más alta la cuestión de que los temas del pasado reciente evitan hablar de los derechos humanos actuales, y que lo que se busca es la venganza, lejos de la justicia. La crítica, en boca de Cambiemos, a la estatización de la mayoría de los organismos de derechos humanos durante la era kirchnerista, y los hechos de corrupción que se suscitaron, abonan un retorno a una especie de teoría de los dos demonios edulcorada para el amplio arco no abiertamente de derecha de las capas medias.

No se condenan directamente los juicios a los genocidas llevados adelante durante la era kirchnerista. El mecanismo es más sinuoso. Los diarios Clarín y La Nación y los intelectuales nucleados en Club Político Argentino han lanzado la consigna de que es necesaria una “autocrítica” de quienes fueron integrantes de las organizaciones guerrilleras. El planteo no es novedoso: equiparando la violencia encarnada desde el aparato de Estado con la de la guerrilla, se repite que ya habría habido suficiente condena del terrorismo estatal y ahora estaría faltando la “contraparte”.

Respecto de los juicios a los militares genocidas, Graciela Fernández Meijide o Elisa Carrió, vienen insistiendo en que hay que implementar una política similar a la de Sudáfrica de “verdad por perdón”. Vale recordar que La Comisión de Verdad y Reconciliación (CVR) creada en 1995, implementada por el gobierno de Nelson Mandela y que finalizó su tarea en el año 2003 emprendió la tarea de elaborar un informe conteniendo violaciones de derechos humanos cometidas bajo el régimen del Apartheid. Respecto de las limitaciones de este proceso, en el artículo de Matías Cerezo “Sudáfrica: modelo para desarmar” puede leerse:

Una de las principales es que no se diferenciaron responsabilidades. Al no ser considerado el apartheid como delito de lesa humanidad, el perpetrador es igualado con el militante que participó en la resistencia al sistema. La figura del perpetrador aparece desligada del Estado.

Cerezo concluye:

El énfasis de la Comisión sobre la violencia obstaculiza una comprensión de los procesos sociales. (…) Se repitió constantemente que no había victimarios sino víctimas de un sistema represivo, tanto los blancos como los negros eran las víctimas del sistema. Mandela, cuando salió de la cárcel, sostuvo que su misión era liberar tanto al oprimido como al opresor. En el modelo sudafricano la religión, en este caso el Ubuntu, y su concepción de la reconciliación fue un recurso necesario para la construcción de una identidad nacional inclusiva a partir de la refundación de una nueva nación. Uno de sus objetivos fue el de promover la unidad nacional. La Comisión empleó una noción de “empate” que funcionó sobre la premisa de que se trataba de partes “iguales” en una lucha contra el apartheid y que ambas partes cometieron atrocidades semejantes. Cualquier semejanza con nuestra “teoría de los dos demonios” es pura coincidencia.

Los victimarios del apartheid consiguieron, gracias a la confesión de sus “pecados”, la impunidad. En nuestro país la impunidad de los genocidas y sus cómplices se transformó en una política de Estado que condicionó a la democracia burguesa. Los avances en los juicios en la última década fueron el producto de la movilización popular y, en ese sentido, una conquista democrática del pueblo argentino. Sin embargo, comprender esta situación no puede ocultar que los juicios también fueron parte del operativo de relegitimación del régimen democrático burgués. Por eso solo sentenciaron algunos cientos de personas para dejar impunes a miles de otras que participaron y colaboraron en un régimen criminal. Para Cambiemos no es un tema inocente. El gobierno macrista expresa una concentración de capitalistas y gerenciadores de los grandes grupos económicos que financiaron, se enriquecieron y adueñaron del país durante el llamado Proceso de Reorganización Nacional. Para Cambiemos, una nueva doctrina sobre los derechos humanos es funcional a encubrir el papel de los capitalistas argentinos.

Esta tercera edición de Insurgencia obrera en Argentina. Clasismo, coordinadoras interfabriles y estrategias de la izquierda sale a luz en un nuevo escenario político donde muchas de las fuerzas actuantes de los hechos narrados –capitalistas, burocracias sindicales, dirigentes políticos patronales– tienen su marca de origen en aquellas luchas pasadas y en el régimen genocida que quiso ahogar esta insurgencia en un baño de sangre. De la memoria de los explotados se trató de borrar todo recuerdo de sus luchas, de sus métodos, de su poder social. Se condenó la violencia revolucionaria y todo intento de manifestarse como clase mediante su propia política. La nueva edición que ofrecemos al público de trabajadores, estudiantes, mujeres y luchadores populares tiene el objetivo de poner en primer plano las lecciones del último gran ensayo revolucionario de la clase obrera argentina, para enriquecer sus luchas presentes bajo la eterna idea de tomar el cielo por asalto.

 

  1. Löbbe, Héctor, La guerrilla fabril: clase obrera e izquierda en la Coordinadora Interfabril de Zona Norte (1975-1976), Ediciones RyR, 2006.
  1. Christian Castillo, “Elementos para un ‘cuarto relato’ sobre el proceso revolucionario de los ‘70 y la dictadura militar”, Lucha de Clases 4, noviembre 2004.