Marcelo Benítez: “La existencia del Frente de Liberación Homosexual desmentía que éramos enfermos”


Gran nota. hermosa reconstrucción histórica y política de un luchador y de un movimiento que sento las bases de la lucha por la liberación sexual en Argentina. Me llama la atención que a pesar del papel conservador de la izquierda esta presente en la experiencia y propósitos del FLH. Igual creo que existe una diferencia entre los Montoneros que repudiaron abiertamente al FLH y por ejemplo el PST que prestaba sus locales, pero lo hacia condicionadamente, y aunque abrió las discusiones del feminismo no lo transformo en una actitud política para enfrentar a los prejuicios reaccionarios de la clase obrera. Pero lo que me sale rescatar de esa relación izquierda-FLH es que los militantes del FLH no se concebían solo como militantes de la disidencia sexual sino como parte del proceso político y de lucha de clases que inicio el Cordobazo. El FLH nace de revueltas como Stonwell e insurrecciones populares. Me quede con ganas de saber más como se proceso esa situación en la construcción política y teórica de aquella vanguardia. Queda decir que a pesar de que soy más joven me identifico con Benitez y esa idea de que somos los últimos homosexuales. Basta de buscar ser parte de la sociedad burguesa, busquemos destruirla.

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Cris Miró me enamoró


Era hermosa. Ayer hubiera cumplido cincuenta años. Su sensualidad desbordante la transformaba en un imań. La belleza del deseo la transformaba en una mujer única aún para los propios cánones de la femineidad heterosexual. En los 90 me enamoré de Cris Miró.

Dedicado a mi novio trans Tom.

Me atraía su fina carita y una voz que sabía interpretar la tonada de lo distintivo. En aquellos años reconozco que amaba profundamente a las travestis, me enloquecían y su sola presencia despertaba en mí una mezcla de deseo lujurioso y envidia. En su marginalidad, en su elección a contrapelo de la norma, en su bravura para hacerse cargo del sentir y el deseo, eran libres y salvajes figuras de lo que aún era intragable para una moral pacata. En ese sentido, para mí, Cris Miró era una especie de Marilyn Monroe de las travestis argentinas.

Cris tenía talento. Había estudiado teatro con Alejandra Boero y baile con Julio Bocca. Ciertamente contaba con las ventajas de la posición social. Cris era una travesti venida de una familia relativamente acomodada lo cual facilitó en algo su existencia. Aún así era travesti. Una energúmena como Mirtha Legrand la basureaba en vivo en sus almuerzos tratándola de hombre no asumido. El lenguaje común anteponía el término ’’él’’ a la palabra travesti para subrayar su carácter originariamente varonil. Mujer con pene, hombre con tetas y la degradación para quienes eran deseadas en secreto, se las gozaba recurriendo a la más abyecta prostitución y se las aborrecía en público.

Cris Miró logró abrir las puertas del mundo de la farándula al travestismo argentino. Fue la sucesora de Batato Barea y la predecesora de Flor de la V. A diferencia de Batato, que junto a Humberto Tortonese y Alejandro Urdapilleta, sacudían con un desparpajo hermosamente inmoral las noches intoxicadas del under porteño, Cris Miró fue un producto cultural del menemismo. De un país que vio hundir sus antiguos valores e instituciones luego de un genocidio de clase, de una guerra nacional perdida cobardemente y de un gobierno peronista que llevó adelante con velas desplegadas el programa de entrega y destrucción del andamiaje social de la segunda mitad del siglo XX dictado por el imperialismo. En ese desparpajo neoliberal, donde reinaba la corrupción y el sálvese quien pueda, donde la moral se hundía porque era desmentida en cada acto de las clases dominantes, Cris Miró representaba la integración al mundo de la farándula, a la fantasía de los ricos y famosos, del travestismo. En eso se parece más a Flor de la V; fue la primer travesti popular del status quo social del neoliberalismo. A pesar de su formación actoral sólo consiguió destacarse en obras de los hermanos Sofovich, dignas de un tacho de basura más que de la critica cultural.

Aún así amábamos a Cris y deseábamos una noche en su cama, el susurro de su voz, el elixir de su piel por la mañana. Envidiábamos y odiábamos a Guillote (Coppola) y Diegote (Maradona) que en sus fiestas regadas de champagne y cocaína tenían a nuestra Cris por compañía.

El maldito SIDA probablemente (nunca lo reconocieron así sus familiares) o lo que mierda haya sido, nos privó de verla crecer y quizás sobreponerse a los estereotipos de mujer gatuna que la farándula le exigía. Qué se yo, quizás hubiera sido una vieja de mierda que sólo se dedicó a hacer guita. No lo sé. Sólo sé que reinaba en mis fantasías como una novia imposible de obtener a la cual hubiera llevado orgulloso de la mano allí donde el prejuicio fuera más brutal.

Un brindis por la memoria de aquellos amores imposibles que poblaron alguna vez nuestros corazones. Por aquellas que a pesar de los límites de su tiempo y de la ideología imperante corrieron el velo de la heteronorma animando a muchas y muchos a asumirse según su deseo.

Seropositivo (versión La Izquierda Diario)


http://www.laizquierdadiario.com/Seropositivo

Me contagié HIV en diciembre de 1999 y me lo detectaron para enero del año siguiente. Recuerdo estar parado frente a un espejo observando dos ganglios inflamados detrás de las orejas con la seguridad de haberme contagiado el “bicho” tal cual lo llamaba -y llamo- coloquialmente. Mi hermana se contagió HIV en el año 1986 y los ganglios fueron una de sus manifestaciones, así que rápidamente asocié mis propios ganglios inflamados con la infección de HIV. Los primeros estudios me los hice en el Hospital Durand, donde unos burócratas sin ningún tipo de sensibilidad me entregaron un papel escrito en birome donde indicaba el resultado del primer Elisa: positivo. Recuerdo que estaban frente a mí el infectólogo –un personaje extraño- y dos psicólogas a las que no di posibilidad de pronunciar palabras. Fui a mi casa y unos compañeros que vivían conmigo me sometieron a un interrogatorio sobre mi situación sin darse cuenta del shock que me conmovía.

A la semana entrante ya había comenzado mi relación con el servicio de infectología del Hospital Ramos Mejía, donde me atendí por 13 años hasta que comencé a hacerlo en el Sanatorio Anchorena, gracias a mi flamante obra social. Debo decir que si bien ciertamente en este último lado la atención medica y los estudios se me brindan casi sin dificultades, es en el Ramos Mejía donde encontré un equipo médico de excelencia que supo entenderme y contenerme aunque sin los recursos necesarios para una atención eficiente, sobre todo Leonardo y Guillermo, mis médicos en la odisea del Hospital publico. También debo reconocer que mi actual infectólogo, el doctor Javier Actlas, es un capo en lo suyo y un tipo que me tira la mejor onda cada vez que lo tengo que consultar. Pero institucionalmente se nota la diferencia entre la lógica privada de la facturación y la lógica pública de un equipo que además realiza investigación pese a la escasez de recursos y los vicios burocráticos. Producto de mi experiencia clínica -para llamarlo de alguna manera- también hice carne la denuncia de Michel Foucault señalando que la medicina es uno de los poderes seculares, un mecanismo de control social y de patologización de las conductas humanas que alimenta una mirada social condenatoria.

Cuando me entere del HIV encontré las más diversas respuestas humanas. Desde la pena a la indiferencia, desde la comprensión y el cariño más profundo, hasta la hipocresía, la sobreactuación y críticas de mala leche que sonaban a pase de facturas. Mis sentimientos iban desde la sensación de que la vida se me escapaba hasta la desolación más absoluta, una sensación de abandono y derrota que fue cediendo poco a poco hasta transformarse en un replanteamiento del proyecto de vida que llevaba adelante. En esos días encontré camaradas y amigos que me bancaron y amores que se jugaron a los cuales debo el haberme mantenido lúcido y en pie. Así como dejé de lado y me dejaron de lado personas que aprovecharon la volteada para enlodarme de la peor manera. Tardé poco en comprender que se trataba de un traspié. En ese sentido la militancia política revolucionaria fue un punto de apoyo fundamental, ya que a partir de allí pude reorganizar mis pensamientos y prioridades.

¿Por qué me contagié HIV viniendo de una familia donde existía tal antecedente? Supongo que por la represión sexual y cultural, por las pulsiones de muerte que contiene la cultura, que me empujaba a la promiscuidad clandestina de las teteras y las fiestas sexuales con desconocidos y al uso excesivo de las drogas como vía de supresión de la represión.

Con respecto a los prejuicios sociales siempre encontré en la mirada del otro esa mezcla de pena y castigo del prejuicio que asocia al HIV con el descontrol y las formas de vida y sexualidad normativas. Siempre choqué, aun en los ámbitos de la militancia revolucionaria, con el deber de informar sobre mi situación como seropositivo a cualquier persona con quien quisiera tener una relación, el explicar los peligros reales y supuestos de la transmisión de la enfermedad y las crisis ajenas con respecto a la misma. Tardé en comprender que la portación del HIV no solo niega derechos en el ámbito laboral –donde generalmente es necesario ocultar una enfermedad de esta naturaleza- sino que coloca al seropositivo en la situación de ciudadano marcado por una invisible estrella de David que determina la mirada ajena y su comportamiento frente a uno. Hoy simplemente lo rechazo. Mi obligación es cuidarme y la de quienes quieren tener relaciones conmigo es cuidarse. No acepto ningún tipo de responsabilidad por los prejuicios ajenos (algo difícil, aun personas que me quieren o quisieron tuvieron alguna vez el temor de estar amenazados por mi salud y desde ahí ponían una frontera invisible que solo el tiempo y la explicación propia y científica pudo disipar). Hago valer mi derecho al goce como cualquier mortal. Pero además, exijo el reconocimiento de mi derecho a trabajar y vivir dignamente y en caso de que la salud me lo impidiera exijo el derecho de las personas seropositivas a recibir un subsidio digno y atención médica gratuita para poder vivir.

Me parece que uno de los peores daños al portador de HIV reside en que la pena ajena y la marginalización empujan al mismo a desubjetivarse y utilizar el virus como una forma de disculparse y abrirse puertas, o de explicar cualquier conducta, así como hacen los adictos culpando a las drogas de sus actos.

Una de las cuestiones más difíciles para el seropositivo, por lo menos desde mi experiencia, es el apego al tratamiento. Los antirretrovirales son verdaderas bombas en el organismo que te enferman y te hacen sentir mal. Recuerdo que cuando comencé el tratamiento y tomaba aproximadamente 20 pastillas diarias sudaba químicos, y eso me ponía de mal humor. Yo sinceramente soy un paciente problemático. No tolero las medicaciones, mis estados de ánimo influyen siempre en el deseo o no de tratarme y la dependencia de los médicos me rebelan continuamente. Esta actitud ha puesto en riesgo mi salud y permitió que el virus avanzara el organismo hasta dar lugar al SIDA, que es la fase de enfermedad del sistema inmunológico. Llegado a ese punto es que reacciono apegándome nuevamente a aquello que me mantenga vivo. El año 2013 estuve tres veces internado producto de infecciones oportunistas y la pasé mal anímica y físicamente, tirado en una cama, con agotamiento permanente, asustado de lo que podría pasar. Fue el amor de mis compañeros de vida, mi hija y los amigos lo que me permitió pasar el chubasco e intentar retomar una vida plena.

Siempre hay un beneficio secundario del sintoma que nos ofrece un punto de apoyo para seguir adelante. El HIV me ayudó, en su momento, a reorientar mi vida en profundizar los proyectos que podían potenciar mi eros, la pulsión de vida. En mi experiencia fue la militancia revolucionaria el elemento dinamizador. Un déficit fue que nunca busqué vincular mi enfermedad a una política y práctica para combatir los prejuicios, la falta de derechos y la marginalidad que las personas viviendo con HIV padecemos y sentimos. No lo considero un error, porque siempre pensé la política en términos de proyectos de emancipación y no solamente como articulación de prácticas reivindicativas; pero sí una falencia. Haber puesto el HIV y la lucha contra las inequidades que sufrimos los seropositivos podría haber permitido en mis ámbitos de militancia abrir la reflexión teórica y a una práctica política parcial, pero nueva. Fue a partir de mi decisión de salir completamente del closset hace unos pocos años que empecé a pensar y discutir más abiertamente desde la defensa y apoyo a las políticas de la igualdad y emancipación sexual, del derecho de los consumidores de drogas y las políticas sanitarias para los portadores de HIV.

La política llevó a reafirmarme en la idea de que en el capitalismo, en una sociedad dividida en clases, en una cultura alimentada por el fetichismo de la mercancía y la obediencia ciega a los mandatos que imparte, solo la militancia revolucionaria vincula la problemática de los oprimidos y desheredados a un proyecto emancipador que restituya a los seres humanos el control de los medios de producción y la responsabilidad sobre sus actos.

 

La moral prohibicionista y las libertades negadas (La izquierda diario)


El prohibicionismo es la doctrina que rige la supuesta lucha contra el narcotráfico. Su origen data del año 1920 cuando en los EE.UU un mormón y un alcohólico logran imponer la doctrina prohibicionista sobre el consumo de alcohol y drogas, apelando al racismo que endilgaba a cada tipo racial o nacional una tipología que unía criminalidad y adicción.

El objetivo era imponer valores morales y de salubridad pública y dar a la naciente industria de los laboratorios medicinales el monopolio sobre un negocio rentable.

El prohibicionismo original, lejos de terminar con la criminalidad, terminó creando a las mafias que se dedicaban al tráfico de alcohol con figuras legendarias como Lucky Luciano y Al Capone, entre otros. Mafias que a su vez eran protegidas por el poder político y las fuerzas policiales. Caído el prohibicionismo sobre el alcohol a principios de los ’30, este continuó rigiendo para el uso de drogas. La internalicionalización del prohibicionismo llevó a la internacionalización de las mafias ligadas al tráfico de drogas.

En la década del ’70 se impone la doctrina Nixon sobre el narcotráfico que declara la guerra contra las drogas como política de Estado y es la avanzada de una política imperial que se impone para legitimar intervenciones militares cuyo ejemplo máximo es el Plan Colombia. De la lucha contra el narco colombiano encabezado por el mítico líder del Cartel de Medellín, se pasó a la lucha contra la supuesta narco-guerrilla de las FARC armando hasta los dientes a las Fuerzas Armadas colombianas. En Argentina la doctrina Nixon fue impulsada por el “brujo” José López Rega y se convirtió en política de Estado desde los oscuros tiempos de las Tres A, hasta nuestros días.

Los argumentos prohibicionistas unen criminalidad, pobreza y drogadicción como un mismo flagelo. Pero si el gran crimen del narco es patrimonio de mafias mixtas privadas y policiales, el delito común y el delito contra la vida en los sectores más empobrecidos de la población, tienen su motor no en el consumo de drogas, cuestión reconocida hasta por el mismísimo Sergio Berni, sino en las condiciones de vida degradantes que empujan a millones a la marginalidad.

Los estudios actuales apuntan a decir que el alcohol es la principal causa de muerte y productora de violencia de todas las adicciones. En eso coinciden tanto los funcionarios como Molina y los prohibicionistas. Cuidémonos que el prohibicionismo y su contracara progresista no vayan a pretender también legislar regresivamente sobre el derecho de las personas a consumir alcohol.

La criminalización y patologización del consumidor de drogas, van acompañadas de la estigmatización y discriminación correspondiente. Hay empresas que controlan el consumo de sustancias de sus trabajadores en el tiempo libre, controlando sus cuerpos no sólo en el tiempo de trabajo sino fuera de él. La legalización de todas las drogas y una política sanitaria basada en recursos suficientes para la atención de los consumidores en riesgo y la disminución de los daños físicos, son un derecho y una libertad todavía pendientes para los consumidores de drogas.

Criminalizar (o no) es la cuestión (La izquierda Diario)


Las declaraciones del titular de la SEDRONAR, el sacerdote Juan Carlos Molina, que dijo a FM Nacional Rock que “habilitaría el consumo de todo y abriría centros (de contención y asistencia para adictos) […] estamos hablando de la no criminalización (del consumidor, NdR). Hay que legalizar lo que hoy es ley, una ley de hecho”, generó una respuesta a favor de la penalización del consumo de drogas que tuvo como principal vocera a la Iglesia católica.

El padre Pepe, un cura conocido por su relación cercana al papa Francisco, declaró que los dichos de Molina fueron “un comentario inapropiado. No estoy de acuerdo con la despenalización, y el Papa, tampoco”. Advirtió, además, que el argumento de no criminalizar planteado por Molina era falso porque “no criminalizar al adicto es lo que hacemos nosotros. Criminalizan al adicto cuando nació en un barrio donde no hay colegios, donde es muy común acceder a un arma; se criminaliza cuando se abandona a las poblaciones y los narcos tienen su territorio propio. Creo que este tema es un tema federal y hay que convocar a las provincias”.

Las declaraciones del padre Pepe, como vocero de la voluntad vaticana, parten del presupuesto de que los curas tienen el derecho a ejercer una censura moral sobre lo que se puede o no se puede debatir en la Argentina con respecto a las cuestiones que hacen a las decisiones de vida de las personas. Es el mismo veto eclesiástico que impide que se discuta y legisle sobre el aborto (en este planteo coincide la presidenta Cristina Fernández de Kirchner) y que intentó frenar, en su momento, el matrimonio igualitario o la ley de identidad de género. La Iglesia ve amenazado el dogma que le permite legitimar culturalmente su papel de guía moral financiado con los dineros públicos. En este sentido, es ilustrativo el argumento de tipo medieval de Claudio Izaguirre, presidente de la Asociación Antidrogas de Argentina, quien dijo a Radio 10 respecto al hombre de la SEDRONAR que “Molina que se puso feliz de que Soros lo nombre. No se puede amar a dos reyes, o se ama a Dios o se ama el dinero” (en referencia al multimillonario George Soros, quien brega por la despenalización de las drogas en términos de generar un mercado de consumo más para la rentabilidad capitalista).

El padre Pepe, por su parte, utiliza la pobreza como excusa del prohibicionismo porque considera a los pobres sin derecho a decidir, sujetos que deben ser tutelados por el Estado o los curas de la Iglesia. Una mezcla de oscurantismo y argumentos de sociedades de beneficencia que ocultan cómo el consumo de drogas en los sectores más pobres permite un escape a condiciones de existencia degradantes y ofrece una fuente de ingresos para los jóvenes marginales. Son estas condiciones las que permiten al narcotráfico tener anclaje en las barriadas empobrecidas y en las villas de emergencia, amparados siempre por la complicidad política y policial.

Para el padre Molina, la no criminalización del consumo se explicaría en tres niveles: “Tengo tres argumentos para pelearlo. Hoy el Estado está presente, estamos trabajando para que aquellos que consumen tengan asistencia. El segundo es la no criminalización (del consumidor de drogas prohibidas), sacarle (trabajo) a la Policía y a los juzgados, que se le agarran con el más débil. Y el tercero es económico, para que los recursos vayan donde tengan que estar”.

La supuesta presencia del Estado para asistir a los consumidores de drogas choca con la realidad de hospitales sin insumos, trabajadores mal pagos y asistencia médica deficitaria en todos los niveles, cuestión que se agrava aún más en las provincias. Pero, además, la presencia del Estado en el tema del consumo de drogas sigue rigiéndose, más allá del fallo de la Corte Suprema que despenaliza de hecho el consumo, por la represión policial, como reconoció el propio jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, afirmando que se “persigue a los perejiles”, y recurriendo a la patologización, que es la cara jurídico-forense de la criminalización del consumo. Hasta ahora se han congelado todos los debates para incorporar dentro del marco de la despenalización el proyecto para implementar políticas de reducción de daños que tiendan a disminuir los posibles efectos nocivos del consumo de droga en las personas, respetando la autonomía en las decisiones del consumidor.

El sacerdote Molina pide que las fuerzas policiales se dediquen a combatir el narcotráfico, pero como demuestran las denuncias y procesos contra las cúpulas policiales de Córdoba y Santa Fe, el narcotráfico es un negocio compartido y tutelado por las mafias policiales. En el caso de Santa Fe, el propio Gobierno provincial, encabezado por Bonfatti, está sospechado de haber recibido dinero narco en su campaña. Denuncia que en su momento salpicó al Gobierno nacional cuando el extitular de la SEDRONAR, José Ramón Granero, fue imputado por la jueza Servini de Cubría por el caso del tráfico de efedrina.

Lemebel por Lemebel


Autoentrevista de Pedro Lemebel.

(Frívolas, cadavéricas y ambulantes)

En el gueto homosexual siempre se sabe quién es VIH positivo, los rumores corren rápido, las carteras que se abren de improviso, los papeles y remedios tirados por el suelo. Y no falta la intrusa que ayuda a recoger preguntando: ¿Y este certificado médico? ¿Y tanto remedio y pastillas? ¿Y estas jeringas niña? No me digas que eres adicta.

En estos lugares, donde anida fugaz la juerga coliza: organizaciones para la prevención, movimientos políticos reivindicativos, eventos culturales, desfiles de modas, peluquerías y discothéques, nunca falta la indirecta, la talla, el conchazo que vocea alaraco la palidez repentina de la amiga que viene entrando. ¡Te queda regio el sarcoma linda! Así, los enfermos se confunden con los sanos y el estigma sidático pasa por una cotidianeidad de club, por una familiaridad compinche que frivoliza el drama. Y esta forma de enfrentar la epidemia pareciera ser el mejor antídoto para la depresión y la soledad, que en última instancia es lo que termina por destruir al infectado.

En uno de estos lugares, al calor delirante de la farra marucha, es fácil encontrar una loca positiva que acceda a contestar algunas preguntas sobre el tema, sin la mascarada cristiana de la entrevista televisiva, sin ese tono masculino que adoptan los enfermos frente a las cámaras, para no ser segregados doblemente. Más bien jugando un poco con el aura star de la epidemia, así, revertir el testimonio, el indigno interrogatorio que siempre coloca en el banquillo de los acusados al homosexual portador.

-¿Por qué portador?

-Tiene que ver con puerta.

-¿Cómo es eso?

-La mía es una reja, pero no de cárcel ni de encierro. Es una reja de jardín llena de florcitas y pájaros.

-¿Barroca?

-No sé lo que es eso, puede ser, una verja llena de cardenales.

-¿Y adónde conduce?

-Al jardín del amor.

-¿Se abre?

-Siempre está abierta de par en par.

-¿Y qué hay en el jardín?

-Un asiento también de fierro, igual que la reja llena de…

-Pájaros y florcitas.

-Y también corazones.

-¿Partidos?

-Bueno un poquito, alguna trizadura por aquí, otra por acá, pero sin flechas. Eso del angelito cupido es cuento hétero, en vez de flechas, jeringas.

-¡Uy qué heavy!

-¿Qué tanto? Si los pinchazos ahora me excitan.

-Bueno, estábamos en el amor. El jardín portador del amor. ¿No crees que te corres del tema?

-Siempre, nunca tienen que saber lo que estás pensando.

-¿En qué estás pensando?

-Yo no pienso, soy una muñeca parlante. Como esas Barbys que dicen 1 love you.

-¿Hablas inglés?

-El sida habla inglés.

-¿Cómo es eso?

-Tú dices Darling, I must die (cariño, debo morir) y no lo sientes, no sientes lo que dices, no te duele, repites la propaganda gringa. A ellos les duele.

-¿Y a ti?

-Casi nada, hay muchas cosas por las que vivir. El mismo sida es una razón para vivir. Yo tengo sida y eso es una razón para amar la vida. La gente sana no tiene por qué amar la vida, y cada minuto se les escapa como una cañería rota.

-¿Es un privilegio?

-Completamente, me hace especial, seductoramente especial. Además tengo todas las garantías.

-¿Cómo así?

-Mira, como portador, tengo médico, sicólogo, dentista, gratis. Estudio gratis. A quien le cuento el drama se compadece y me dice al tiro que sí a lo que pido.

-Menos al amor.

-Bueno, a la gente le gusta que tú te mueras, se sienten más vivos, más seguros. Pero los portadores estamos más allá del amor. Sabemos más de la vida, pero por descuentos. Este mismo minuto yo soy más feliz porque no habrá otro.

-Nunca hay otro para nadie.

-Pero no es lo mismo; tú verás nevar alguna vez si vas a Farellones o a otra parte donde van los ricos. Pero yo nunca, porque puede que ya no esté. Y esa nieve se derrite siempre antes que yo llegue. Es un sueño que siempre tengo. Pongo la mano para recibir un copo y me cae agua. ¿Te fijas? Algo siempre está partiendo.

-¿Cómo una carrera contra el tiempo?

-Se me evapora el alma antes de llegar.

-¿Cómo la canción?

-Claro, pero sin música. Los deseos, las ganas. Ahí estamos tratando de agarrarlos.

-¿Y ser viejo?

-Bueno, ahí tienes otra garantía. Nunca seré vieja, como las estrellas. Me recordarán siempre joven.

-¿Y si encuentran el remedio?

-Me muero igual, porque de aquí a que llegue a Latinoamérica, y a qué precio. ¿Te imaginas lo que va a costar? Como siempre, se salvan las ricas primero.

-Como el AZT

-Sí, pero para mí, el AZT es como la silicona, te alarga, te agranda, te engorda, te pone unos tiempos más de duración. Hay travestis que se lo inyectan ellos solos.

-¿El AZT?

-No, la silicona. En la Sota de Talca, un travesti me dijo que estaba esperando la bencina para el avión. Y yo pensé que era el AZT. No niña, me dijo, es para las pechugas. ¿Y cómo lo haces? En una clínica supongo. Nada que ver, no tengo plata para eso. Me compro dos botellas de pisco, me tomo una, cuando estoy raja de curá con un gillete me corto aquí. Mira, abajo del pezón. Ahí no hay muchas venas y no sangra tanto. ¿Y? Cachay que la silicona es como jalea. Como esas lágrimas de mar que hay en la playa. Bueno, te la metes por el tajo y después con una aguja con hilo te hacís la costura. ¿Y la otra botella de pisco? Te la echaí en la herida y te tomaí el resto. Quedaí muerta de cocida, después el peso de la silicona cae y te tapa la cicatriz, no se nota. ¿Veí?

-Eso era en Talca. ¿Hay mucho sida por allá?

-Igual que en todas partes. Ahí supe que los travestis le dicen la sombra.

-¿Cómo?

-Se pegó la sombra dicen. Es bonito fija té. Es como la sombra de los ojos. ¿Te Fijas que todos los que tenemos sida, tenemos una mirada matadora?

-Sin regreso…

-¿Te fijas que algo se va cuando dejas de mirarme? Algo se rompe. Mírame

-Te estoy mirando.

-No, no me estás mirando a mí, estás mirando mi muerte. La muerte tomó vacaciones en mis ojos.

-¿Por qué tanta poesía? ¿Te ablanda el drama? ¿Es más soportable?

-Mira, yo no hablo de poesía, más bien de poseída.

-¿Y escribes?

-A veces, en esos días abochornados cuando está a punto de llover. Me gustaría que estuviera lloviendo cuando… Cuando me llegue la hora pues, las flores duran más tiempo con el agua.

Somos Femen, las desnudas tropas de choque del feminismo (Inna Shevchenko)


21/04/13
 
 
Femen está en guerra con un patriarcado que contempla a las mujeres como objetos sexuales. ¿De qué armas disponemos? De nuestros pechos desnudos.
Femen es nuestro intento de repensar la historia del feminismo en su conjunto. Creemos que si se les deja como propósito vital a las mujeres poco más que satisfacer deseos sexuales, entonces nuestra sexualidad debe politizarse. No estamos negando nuestro potencial de ser tratadas como objetos sexuales. Por el contrario, tomamos nuestra sexualidad en nuestras manos, volviéndola contra nuestro enemigo. Estamos transformando la subordinación sexual femenina en agresión, y empezando por tanto la guerra de verdad.
Que nadie se confunda: estamos en guerra. Es esta una guerra ideológica, una guerra del tradicionalismo contra la modernidad, de la opresión contra la libertad, de la dictadura contra el derecho a la libertad de expresión. Tomamos como blanco las tres manifestaciones principales del patriarcado: la religión, la industria del sexo y la dictadura.
“No tuve tiempo de ver si parecían o no atractivas, si eran rubias o no”, esas fueron las palabras de Putin después de nuestra acción más reciente de distracción, cuando las activistas de Femen se enfrentaron a él en Hannover, gritándole a la cara: “¡Que te jodan, dictador!”. Putin se apresuró a sonreír, pero un funcionario del Kremlin ya andaba pidiendo que Alemania castigara a nuestras activistas. En un lapso de media hora se abrieron cuatro procedimientos judiciales contra las asaltantes del dictador.
Esta es nuestra realidad. Las activistas de Femen sufren detenciones, palizas o incluso secuestros, como nos sucedió en Bielorrusia después de la protesta nuestra que ponían en ridículo al presidente Alexander Lukashenko en Minsk.
Al machismo se le puede derrotar mediante la rebelión femenina. Ningún líder autoritario está interesado en la opinión pública, que puede perjudicarle personalmente. Las tácticas de Femen se proponen justamente eso: lastimarle y humillarle personalmente. Tirarle zapatos a Bush no es nada comparado con nuestro ataque contra Putin. Antes nunca se había encontrado su cuerpo sagrado, protegido por docenas de guardas de seguridad profesionales, tan en peligro.
Éramos todavía unas aficionadas cuando nos manifestamos contra Putin en Kiev en 2011, a docenas de kilómetros de distancia de nuestro blanco. Pero mejoramos nuestras habilidades cuando sitiamos el colegio electoral en Moscú en 2012, sólo 20 minutos después de que se marchara Putin del lugar. Un año más tarde, nos enfrentamos a él desnudando nuestros pechos como desafío.
Putin es un homófobo y un oligarca que encarna la fusión de Iglesia y Estado, poniendo sus intereses personales por delante de los de 150 millones de personas en ese proceso. Recientemente anunció que  Rusia no es país para los gays, tal como George H. W. Bush afirmó en su día que los EE. UU. no son país para ateos. Putin no se para en eso, de modo que vamos nosotras a pararle a él.
¿Cómo, se preguntan ustedes? Sí, queridos lectores, ¡sólo con nuestros pechos desnudos! Respondemos tumbando al gran oligarca y sus payasos del servicio de seguridad, y con ellos, la imagen que tan cuidadosamente ha ido cultivando.
Femen constituye un inmenso experimento. Cada día encontramos nuevos modos de destruir el patriarcado, nuevas palabras con las que responder a nuestros oponentes. Apelamos a una revuelta sexual global contra el sistema. No podemos contarles nuestros planes más inminentes, o cuál será el resultado final de nuestra lucha, pero trabajamos en ellos las 24 horas del día. Lo único que puedo decirles con seguridad a todos aquellos contra los que luchamos es que no vamos a dejaros que consagréis como culto la mierda que sois.
Inna Shevchenko es activista y dirigente del movimiento internacional de mujeres Femen