Una maldita pastoral (Juan Forn)


En 1999, la revista Time la eligió desde su tapa como la canción más importante del siglo XX, “la Marsellesa de la lucha contra la segregación racial”, pero sesenta años antes, cuando Billie Holiday la estrenó, la opinión había sido levemente diferente: en un pequeño suelto, la revista lamentaba que la politización hubiese llegado al jazz, e incluso daban a entender que Billie Holiday la cantaba y la había grabado sin entender la letra. La letra decía: “Un fruto extraño cuelga de los árboles del galante Sur / un cuerpo negro que se balancea en la brisa como en una pastoral / los ojos saltones, la boca en una mueca / el aroma dulzón de las magnolias y la carne quemada / que a los cuervos les gusta picotear / a la lluvia empapar y al viento balancear / es el fruto de una amarga cosecha”. Se refería a una foto que había aparecido con escándalo en un diario en 1939: mostraba el cadáver de un negro ahorcado y carbonizado colgando de un árbol en medio del campo.

El autor de la canción no era negro ni vivía en el Sur. Era judío y comunista y maestro de escuela en el Bronx. Se llamaba Abel Meeropol. Escribía canciones en sus ratos libres con el seudónimo Lewis Allan. El día que vio la foto del negro linchado escribió aquellas líneas, que envió como poema a The New Masses, el diario del PC norteamericano, y además le puso música y empezó a tocarla en los mitines del partido. Esas reuniones se hacían los lunes en el Café Society, un bar en Greenwich Village en cuyas paredes había murales defendiendo la causa republicana de la Guerra Civil Española y un Hitler simiesco colgando del techo. El Café Society era uno de los pocos lugares públicos de la ciudad donde los músicos negros que tocaban de martes a domingos podían entrar por la puerta principal y no por la cocina. El Café Society fue el primer lugar fuera de Harlem donde cantó en vivo Billie Holiday. Un lunes que había estado ensayando, el dueño del café le rogó que se quedara al mitin para oír la canción, a ver si le interesaba para su repertorio. Billie no pareció muy impresionada pero consultó con sus músicos y dijo que podía hacerla, aunque no a esa manera blanquiñosa (Meeropol la tocaba a la manera de las canciones de Brecht y Kurt Weill). Cuando le presentaron al autor, sólo le preguntó qué significaba pastoral.

El dueño del Café Society quería que Billie cerrara su show con esa canción, que cuando sonaran los primeros acordes se apagaran todas las luces del local (menos un foco que daba en la cara de Billie) y se interrumpiera todo el servicio del bar, las mesas y la cocina, para impedir el menor ruido. Con el último acorde del piano ese foco debía apagarse para que Billie desapareciera del escenario, y nunca volviera a saludar, así los espectadores se llevarían la canción en las entrañas, sin paliativos. A los músicos les pareció demasiado: Billie la interpretaba en mitad del show y la banda apenas daba tiempo a la audiencia de reponerse cuando arrancaba con los primeros compases del tema siguiente. Pero la estremecedora manera en que la cantaba ella, con los dientes apretados (“como si destripara cada palabra que salía de su boca”, decía Hal Roach, el baterista de la banda) corrió como un reguero de pólvora por Nueva York y los shows se hacían a sala llena.

La Columbia, el sello que le sacaba los discos a Billie, no quiso saber nada de grabársela, después del suelto de Time. Pero ella la grabó igual, para un sello mucho más pequeño, Commodore Records. Los discos de Commodore se vendían a un precio tres veces más caro que los de los sellos importantes (imposible competir con los costos) y la canción era muy cortita, así que, para justificar el precio, se le agregó una obertura instrumental al principio, porque al final no se le podía agregar nada. En dos semanas se vendieron más de diez mil placas. Los críticos de jazz la snobearon: Downbeat dijo que no era una canción para el estilo de Holiday; John Hammond dijo que era lo peor que pudo pasarle artísticamente a Billie. También desde la comunidad negra se alzaron voces de reproche: decían que era una canción para blancos progresistas más que para negros, por el precio del disco, porque sólo se podía conseguir en Nueva York y porque ninguna radio se atrevía a pasarla. Sin embargo, cada vez que Billie la cantaba (y la siguió cantando el resto de su vida, aunque sólo en los bises, las veces que le daba el cuerpo o el alma para hacer bises), los camareros impedían a los oyentes encender un cigarrillo siquiera.

En su autobiografía, Lady sings the blues (que, como es bien sabido, escribió enteramente un fantasma llamado William Dufty), Billie aparece diciendo que cuando escuchó “Strange Fruit” por primera vez fue como si la hubiese escrito ella, que se acordó al instante de cuando su padre murió en la calle de neumonía porque ningún hospital de Dallas quiso cobijarlo, que la mayoría de los clubes donde se presentaba le impedían por contrato interpretarla y que las veces que la interpretó en el Sur la echaron de la ciudad, pero es bien conocido el comentario que hizo Billie sobre esa autobiografía (“No sé ni qué digo ahí, no pude ni leer el maldito libro”) y cuánto odiaba el dramatismo que le adjudicaban. “No hay nada sentimental en mí”, le oyó decir Elizabeth Hardwick una vez (porque Billie Holiday nunca le hablaba a nadie, siempre hablaba como si estuviera sola, aunque tuviera siempre gente alrededor, para servirle whisky, para traerle heroína, para encenderle el cigarrillo, para vestirla y desvestirla). Cuando le preguntaban de dónde venía el dramatismo que imprimía a las canciones, contestaba: “Del cuarto frío y oscuro en donde nos tuvieron esperando hasta que nos dejaron subir a tocar”. Según su pianista Mal Waldron, Billie esperaba sin hablar con nadie, fumando y bebiendo sorbitos de whisky, envuelta en un tapado largo de piel en el que parecía una mezcla de cosaco y de pantera, mientras los músicos rogaban que no se escapara a inyectarse heroína. A los treinta empezó a preguntarse en voz alta si había tenido una vida muy larga o muy corta; se lo siguió preguntando hasta los cuarenta y cuatro. Esos catorce años fueron un prolongado e impúdico derrumbe, pero ella siempre se obstinó en repetir que no hacía a nadie responsable por sus elecciones. Al último que se lo dijo fue al policía que la custodiaba a los pies de la cama de hospital donde murió, porque en 1959 era delito punible inyectarse heroína, y la moribunda era reincidente y estaba en libertad condicional. Nueve meses antes del fin, estaba reponiéndose de una condena de ocho meses en prisión en casa de la poeta Maya Angelou en Harlem, y una noche le cantó a capella “Strange Fruit” al hijo de su anfitriona. Cuenta Angelou que cuando terminó la canción y oyó la voz de su hijo preguntándole a Billie qué significaba pastoral, ella contestó: “Es cuando agarran a un negrito como tú, le cortan los huevitos, se los meten por la garganta y lo dejan colgando de un árbol. Eso es una maldita pastoral, querido, y no dejes que nadie te haga creer otra cosa”.

Anuncios

Apunten contra el piquete


Primero fue Sergio Berni quien arremetió contra los piquetes, abriendo la puerta de la amenaza represiva. “No sé cómo desalojar un piquete en forma pacífica” declaro el carapintada K en tono marcial. Después tomaron la posta desde la oposición peronista, el denarvaismo en boca de Gustavo Ferrari:  “Es insólito que el derecho legítimo de algunos a reclamar pisotee el derecho de muchos más a circular libremente”.  Darío Gisutozi intendente de Almirante Brown y principal aliado de Sergio Massa sostuvo directamente que “Nuestro objetivo es construir una Argentina en paz y en armonía y los piquetes generan todo lo contrario, son una provocación social que producen malestar, irritación y graves perjuicios a miles y miles de ciudadanos. Por eso estamos trabajando en un proyecto para terminar con los piquetes como modalidad de protesta”, adelantando lo que el intendente de Tigre tiene por programa contra la protesta social.

Berni representa un curso político del kirchnerismo para enfrentar la protesta social. El procesamiento de miles de luchadores, el asesinato de los Qom y los sin techo, así como la represión hacia los obreros de Kraft en el 2009 o recientemente a las obreras de Kromberg que cortaban la Panamericana reclamando por sus derechos (al margen, que el gobierno que hace campaña diciendo que su política amplia derechos, reprimir a las obreras y el pueblo pobre que piden derechos, desnuda su carácter real) son una muestra que lo de Berni no constituye una bravuconada sino una política de Estado. Por si quedaban dudas la designación del partícipe del genocidio Cesar Milani en el mando militar (cierto humor dice que cambia el relato de los derechos humanos, por el de derechos y humanos) reafirma el sentido de la flecha. El kirhcnerismo hace suyo el discurso de orden público y alinea sin chistar a los grupos de DDHH afines que salen a incinerarse en defensa de Milani y la política represiva. De esta manera el kirchnerismo habilita que la oposición situada a su derecha radicalice una posición represiva y muestre los dientes pidiendo más orden y señalando como enemigo a los piquetes. (Como nota, el denarvaismo se presenta en alianza con Moyano, quien no hace poco se despachó contra los “planes descansar”. Lo grave es que la burocracia declara así su enemistad contra los pobres y los piquetes como método de acción de la clase obrera, mostrando el papel reaccionario que juegan como dirección de los trabajadores).

El piquete vuelve a estar en el centro del debate público. Con la crisis del 2001 el piquete se generalizo entre todas las fracciones sociales como forma de protesta. Los nuevos piquetes que indignan a la Argentina burguesa no solo representan la acción de los movimientos sociales, el piquete ha sido  recuperado crecientemente por las fracciones militantes de la clase obrera para garantizar el derecho de huelga (es decir de paralizar la producción y circulación de las mercancías) y la visibilidad publica de los conflictos. Para los funcionarios y políticos capitalistas –más allá de los matices k y anti k coinciden discursivamente en ello- el piquete es una acción extorsiva donde un grupo minoritario  se impone al interés social que es asociado a la circulación de las personas y mercancías (es decir del producto y los productores sociales). Pero el interés social de la libre circulación es el interés del capitalista y su Estado de mantener la producción derrotando la protesta, en otras palabras de imponer el orden y la disciplina social. La pretensión de huelgas pasivas y protestas sin interrumpir la circulación, es una imposición que intenta avanzar contra el derecho de resistencia y lucha adquiridos por los trabajadores a los largo de su historia y se inscribe en las tradiciones nacionales de la burocracia sindical peronista que hace de la huelga pasiva y las marchas de presión un modus operandi. En este blog y en las páginas de La Verdad Obrera (https://facundoaguirre.wordpress.com/2012/11/25/piquete-huelga-violencia-y-derecho/) ya hemos rescatado la idea de Walter Benjamin (https://facundoaguirre.wordpress.com/2012/11/22/para-una-critica-de-la-violencia-walter-benjamin/) que explica como “la violencia se presenta, como extorsión, en una omisión como la antedicha, cuando se produce respecto a la fundamental disposición a retomar como antes la acción interrumpida, en ciertas condiciones que no tienen absolutamente nada que ver con ella o modifican sólo algún aspecto exterior. Y en este sentido, según la concepción de la clase obrera – opuesta a la del estado-, el derecho de huelga es el derecho a usar la violencia para imponer determinados propósitos”. Es decir que desde el punto de vista proletario el piquete está unido al derecho de huelga porque es su acción la que permite su efectividad evitando que las mercancías y las personas circulen libremente. Para la clase obrera y los pobres funda su legitimidad en sus necesidades, en la lucha por sus demandas y constituye por lo tanto un derecho al cual no puede renunciar para satisfacerlas.

El retorno del sujeto peligroso (por Ruth Werner y Facundo Aguirre)


En tan sólo ocho meses ha cambiado por completo el escenario de la lucha de clases en Sudamérica, destacándose la intervención de la clase obrera como uno de los ejes del proceso social. Veamos:

Argentina. 20 de noviembre de 2012. El llamado al paro general de parte de la CGT de Hugo Moyano, que fue la pieza central de la gobernabilidad de los años kirchneristas después de la rebelión de diciembre de 2001, es aprovechado por la clase obrera para paralizar el país. Comienza un proceso en la conciencia de sectores de los trabajadores que expresan así su oposición al gobierno y que hoy tiene su expresión en cientos de conflictos en todo el país. El 20N mostró que las organizaciones clasistas conquistadas por la izquierda en la etapa anterior pudieron jugar un papel protagónico en los piquetes cortando calles y rutas que colaboraron a que sectores de los trabajadores no enrolados en la CGT Moyano no fueran a trabajar y pudiera expresarse el descontento generalizado. Sin embargo, la política de la burocracia moyanista no era otra que jugar a la lucha un rato para rápidamente, abandonar la calle y subordinarse a la oposición peronista de derecha al gobierno, de cara a la campaña electoral. Lo dinámico ahora es la crisis política. El kirchnerismo se enfrenta al desafío de un sector del aparato territorial del peronismo bonaerense y de una alianza entre los restos del duhaldismo con la burocracia sindical. En la división del peronismo y de su burocracia se proyecta la perspectiva de una crisis nacional, a condición de que la clase obrera intervenga como un factor político con sus demandas y métodos. El fenómeno de luchas obreras crecientes señalan la posibilidad de que se desarrolle una recomposición de las organizaciones de base del movimiento obrero que por el desprestigio de las viejas dirigencias sindicales para representar los intereses del conjunto de los trabajadores ponga al orden del día la autoorganización y el agrupamiento del activismo sobre líneas clasistas y anti burocráticas donde la izquierda revolucionaria tiene que actuar decididamente.

Bolivia. Mayo de 2013. Los trabajadores de Bolivia, con los mineros, maestros, trabajadores de salud y fabriles a la vanguardia, inician un proceso de lucha que tiene su pico en los 15 días de huelga general con bloqueos de caminos: una gran acción obrera independiente que enfrenta la ley de Pensiones del gobierno de Evo Morales. La clase obrera se ha recuperado totalmente de la dura derrota recibida durante el ciclo neoliberal. Esta vez la lucha de clases une a miles y miles de trabajadores en las calles. Como decimos en este artículo “Durante los 15 días de lucha, cientos de miles de trabajadores ocuparon entre 35 y 40 puntos de bloqueo en rutas nacionales, movilizaciones masivas en todos y en cada uno de los departamentos, huelgas en magisterio, salud, y algunas empresas mineras como fabriles muestran que el sujeto social al que se dio por muerto, por acabado, está mostrando que está vivo y que empieza a recuperar una capacidad de lucha que no se veía en estas dos décadas”. El proceso desenmascara al gobierno de Evo Morales que debió recurrir a la movilización de la burocracia campesina e indígena para hacerle frente al poder en las calles de los trabajadores, se prohíbe el derecho de huelga y se detienen a cientos de trabajadores y lanzan una campaña de calumnias contra la izquierda trotskista acusándola de conspirar para un golpe de Estado. La denuncia al trotskismo esconde un ataque más general a una tendencia subjetiva de gran importancia para uno de los proletariados más combativos y revolucionarios de Nuestra América, el de la formación de un Partido de los Trabajadores basado en los sindicatos mineros, que, a pesar de la dura lucha política en su interior contra las tendencias al reformismo y la conciliación de parte de las direcciones sindicales, expresa un avance en la constitución de la clase obrera boliviana como eje de una oposición de clase y por izquierda al gobierno de Evo Morales.

Brasil: 11 de julio de 2013. Se cumple el paro llamado por la CUT y otras organizaciones gremiales. Los millones de jóvenes, estudiantes y sectores de las clases medias que se movilizaron contra la deficiencia del transporte, la corrupción gubernamental en un Brasil de violentas desigualdades sociales, abrieron el camino a la irrupción de un sujeto mucho más peligroso. La clave de la jornada son los trabajadores, la base social por excelencia del gobierno del PT. Metalúrgicos, petroleros, portuarios bancarios, trabajadores de los comercios. Pese a la política de la dirección petista de la CUT que se juega a evitar una lucha contundente, las movilizaciones, en muchas oportunidades, se dieron más allá de las directivas de la burocracia sindical. Como los obreros de la General Motors, que improvisan barricadas bloqueando las autopistas; o los miles que fueron a las calles en distintas ciudades del país.

Chile: 11 de julio de 2013. Se produce la movilización de trabajadores más grande desde la caída de la dictadura pinochetista. La CUT (Central Unitaria de Trabajadores), alineada por el PC, trató de controlar burocráticamente impidiendo que se sumen los trabajadores privados al paro nacional. Pero la jornada se transforma en una gran acción obrera combativa a la que se suma el movimiento estudiantil. 150 mil personas salen a manifestar. Es un hecho también el surgimiento de vanguardia obrera que es la destacada protagonista de las barricadas que se extienden por varias comunas, y en varias oportunidades enfrentan a los carabineros. Todos apuntan contra el modelo económico, que ha comenzado a hacer agua, contra el sistema de salud, educacional y el sistema previsional chileno. Como dicen nuestros compañeros del PTR de Chile “La unidad obrero estudiantil sigue avanzando en las calles, con el paro y movilización del 26 de junio y el Paro Nacional con movilización del 11 de julio. La lucha de clases continua su tendencia a intensificarse. Toda la herencia de la dictadura, conservada y profundizada por la Concertación y la derecha, cruje”. Es un hecho también el surgimiento de vanguardia obrera que es la destacada protagonista de las barricadas que se extienden por varias comunas, y en varias oportunidades enfrentan a los carabineros.

A modo de conclusión: los acontecimientos recientes en Brasil anuncian que ha comenzado a moverse un gigante dormido: el proletariado brasilero. Pero su irrupción no constituye un rayo en cielo sereno. Se inscribe dentro de la respuesta que sectores de masas están dando frente a los embates de la crisis capitalista mundial. Son la expresión en el subcontinente de las enormes movilizaciones que vimos en Turquía o Egipto (donde el proceso es más agudo), es parte de la emergencia juvenil que crece en varios países, donde también los trabajadores comienzan a intervenir. Sin embargo, el fenómeno que compromete al Sur de América Latina tiene algo distintivo: la clase obrera, en tan sólo ocho meses, se ha posicionado como uno de los destacamentos fundamentales de la lucha de clases. El resurgir de la clase obrera ha dado nueva fuerza a los sindicatos como factor político. Debilitados en la fase neoliberal por la desocupación y la división profunda de las filas obreras -de las cuales son co-responsables los burócratas sindicales- y vigorizados relativamente por la recomposición objetiva de la fuerzas obreras en el proceso de producción, van al frente pero con direcciones burocráticas y reformistas corrompidas y en muchos casos deslegitimadas ante sus bases.
En Brasil, Argentina y Bolivia, los trabajadores, con mayor o menor percepción política, comienzan a enfrentar a gobiernos posneoliberales progresistas que cumplen su ciclo y que tuvieron por función contener la oleada de rebeliones sociales de principios de siglo XXI. Un cambio en la subjetividad de grandes franjas de los trabajadores que abre posibilidades para el fortalecimiento de las organizaciones de base de los trabajadores, de las tendencias a la autoorganización, a la unidad obrera y popular y la independencia política de clase. En cambio en Chile la clase obrera pelea contra el gobierno del derechista Piñeyra y a un régimen heredado del pinochetismo que pese a los intentos de autorreforma permanece en el anacronismo. Pero quizás la experiencia que comienzan a hacer sus hermanos de clase cruzando las fronteras permita a franjas del proletariado chileno no caer en la trampa del progresismo.
Cabe señalar que este nuevo movimiento obrero sudamericano entra en acción cuando la crisis capitalista internacional no afecta aún de frente a las economías regionales y su agenda de demandas tiene más que ver con la defensa de posiciones sociales recientemente conquistadas o derechos postergados más que con un ataque directo de los capitalistas a sus condiciones de vida, desmintiendo la visión vulgar que sólo asocia el resurgimiento de los trabajadores a la catástrofe económica.
El proletariado sudamericano vuelve a ponerse en movimiento contestando con la lucha de clases a las teorías posmodernas que liquidaron el carácter revolucionario de la clase obrera como sujeto emancipador. Hoy vuelve al escenario -aunque ciertamente con enormes contradicciones- pero no como una estrella fugaz que se pierde en el horizonte: es una potencia que comienza a afirmar su presencia para quedarse. En los ‘90 en el auge del neoliberalismo se dio por terminado el papel subversivo de la clase obrera junto al fin de las ideologías. Sobre finales del siglo XX la “multitud” reemplazaba a la clase obrera como sujeto emancipador según rezaban las teorías autonomistas que poco tardaron en sucumbir al “encanto” de los gobiernos progresistas del Cono Sur, erigiendo a la alianza entre los movimientos sociales y los estados burgueses semicoloniales como sujeto de cambio. Hoy se escriben páginas y páginas sobre Brasil y la emergencia de las clases medias señalando el espíritu de los “indignados” donde pareciera retornar la “multitud” sin percatarse del fenómeno profundo de la lucha de clases proletaria. Es una visión tranquilizadora que hace propio el sentido común de la burguesía. Reconocerlo no significa negar la importancia de las movilizaciones sociales de las clases medias y la juventud ante la crisis de los gobiernos pos neoliberales. Sino entender que esa clase media que en Brasil salió a la calle a cuestionar por izquierda al gobierno del PT ha permitido que el sujeto peligroso de sus primeros pasos. Recordemos que el revolucionario argentino Liborio Justo supo señalar que de la unidad del proletariado del Brasil y la Argentina se podían entrever las fuerzas impulsoras de la revolución social en el Cono Sur de Nuestra América.
Asistimos entonces a los primeros pasos de un gigante, no exento de contradicciones, desvíos y retrocesos. Para los revolucionarios el surgimiento de la clase obrera plantea la posibilidad de que tomen cuerpo vanguardias militantes que sienten las bases para construir partidos revolucionarios insertos en la clase obrera. La izquierda marxista tiene que trabajar en la perspectiva de unir a la clase trabajadora, de recuperar los sindicatos como herramientas de combate mediante la expulsión de la burocracia de los sindicatos y de la autoorganización obrera y popular, elaborando un programa que una a todos los oprimidos, las clases medias y campesinos pobres contra su enemigo común, el capitalismo, su Estado y sus agentes políticos. Del resurgimiento independiente de la clase obrera dependerá la reconstrucción de un marxismo revolucionario que guíe la lucha de clases por venir.

El alma rusa (por Juan Forn)


Miren esa vieja mujer que acepta sin chistar el turno noche en una fábrica soviética de provincias y va de máquina en máquina por ese taller desierto moviendo los labios inaudiblemente. ¿Saben qué está haciendo? Está recitando para sí los poemas de su marido. Eso hace hora tras hora, noche tras noche. Tiene en su cabeza más de mil poemas, y una sola misión en la vida: preservarlos en su memoria. La única manera de mantenerse con vida que tiene la viuda de un enemigo del pueblo es hacerse invisible al largo brazo del aparato represor soviético, y eso viene haciendo Nadiezhda Mandelstam desde que Stalin mandó a su marido a morir en Siberia en 1938. No puede vivir en ninguna ciudad grande de la URSS, tiene que huir a la menor señal de que alguien pueda denunciarla, en cada nuevo destino acepta los trabajos que nadie más quiere y sobrevive malamente, recitando todo el tiempo para sí, uno tras otro, los poemas de su marido.

Parte de esta historia ya la conté: el poeta Ossip Mandelstam compuso un epigrama vitriólico contra Stalin, sus amigos le pidieron horrorizados que no lo repitiese más (“Eso no es un poema; es una sentencia de muerte en 16 versos”), Stalin se enteró y lo hizo encarcelar en la Lubjanka y, cuando ya se temía lo peor, Mandelstam sólo fue desterrado al norte, una condena “vegetariana” (Stalin aceptó a regañadientes el ruego de Bujarin: “Hay que ser cautelosos con los poetas; la historia está siempre de su lado”). Mandelstam partió al destierro con Nadiezhda, pasaron cuatro años de penurias, el plan era que se quebrara solo, de a poco: le impedían trabajar o le daban encargos humillantes. A fines de 1937, con la soga al cuello, aceptó lo inaceptable: se sentó a escribir una segunda oda a Stalin. Quería apurar su condena y quería salvar a su mujer de la aniquilación. Intentó hacer un poema que dijese lo que era Stalin para él y que a la vez conformara a las autoridades. “Trató de afinarse como un instrumento, someterse con toda conciencia a la hipnosis general hasta dejarse embrujar por las palabras de la liturgia. Un salvaje experimento, por el que quizá yo no fui aniquilada”, escribió Nadiezhda treinta años después. Mandelstam logró entender como pocos la lógica del aparato represivo que se estaba construyendo: ya en 1922, poco antes de que se le prohibiera publicar, había sido invitado por Andreiev a colaborar en “la organización más grande y poderosa de la URSS, y todo se basará en la palabra, ¿quieres ser uno de los nuestros?”. Hablaba, por supuesto, de la Cheka, que luego sería el GPU, y luego la NKVD, y luego la KGB. “Hazte invisible. Si no te ven, si logras que se olviden de ti, acaso sobrevivas”, le dijo Ossip a Nadiezhda antes de que se lo llevaran a Siberia. Y eso hizo ella, durante los siguientes treinta años.

Recapitulemos su vida: tenía veinte cuando se casó y veintidós cuando a su marido le prohibieron publicar; durante diecisiete años fue la amanuense de cada poema de él, porque Mandelstam tenía una manera muy particular de escribir, que se intensificó cuando empezaron a perseguirlo: nunca necesitó mesa, escribía caminando (si podía, al aire libre; en caso contrario, yendo y viniendo por la habitación), después le dictaba a Nadiezhda, después escondían esas copias clandestinas con personas de su máxima confianza, después le hacía recitar a ella cada poema que se iba acumulando, porque esas copias podían ser incautadas. Imaginen diecisiete años de poemas acumulándose y después otros treinta, cuando ya era viuda, repitiendo esos poemas uno por uno, día por día, para que no se deshicieran en su memoria, hasta que vino el deshielo de Kruschev y los poemas de Ossip estuvieron a salvo.

Y entonces, cuando tenía sesenta y siete años, y pesaba apenas cuarenta y cinco kilos, y tenía que subir cada mañana cinco pisos por escalera los baldes de agua que necesitara esa jornada, Nadiezhda Mandelstam se sentó a escribir sus memorias, su versión de los hechos, un relevamiento asombroso de lo que había ocurrido en Rusia en todos esos años (en qué resquicios se refugiaba la dignidad cuando todo incitaba a la indignidad) y, a la vez, un testimonio extraordinario de lo que es vivir al lado de un poeta, respirar el aire que respira, asistir al momento en que una vibración interna pone en movimiento sus labios y sus piernas y no cesa hasta que el poema encuentra sus palabras definitivas y se desprende de su creador. Mandelstam decía que las alucinaciones auditivas eran una especie de enfermedad profesional para el poeta. También decía: “Canto cuando la conciencia no me hace trampa”. Por eso sus poemas son todos tan breves, y tan musicales también, como si cada uno de ellos existiera de antes, como si se tratara nomás de captar cada una de sus líneas con suma atención, encontrar las palabras precisas que los formaban y luego eliminar hasta el último vestigio de hojarasca, para que el poema fuera imposible de olvidar.

Cuando Nadiezhda pudo volver a Moscú y dejar de ser invisible, en los años en que escribía sin decirle a nadie las seiscientas páginas de sus memorias (que tituló Contra toda esperanza: contra toda esperanza de que sus compatriotas alcanzaran a ver alguna vez la enormidad de lo que habían padecido), se le empezaron a acercar tímidamente personas que habían guardado clandestinamente originales de Mandelstam que en su momento habían sido rechazados en revistas y editoriales. También se le acercaron sobrevivientes del gulag, que habían visto a su marido antes de que muriera en Siberia. Uno de ellos le contó que, en el calabozo de los condenados a muerte en Kolymá, estaban arañadas en la pared dos líneas de un poema suyo y que Mandelstam estuvo “contento y tranquilo unos días” cuando lo supo. Nadiezhda le pide al veterano de Kolymá que repita los versos. “¿Será posible que yo aún exista realmente / que esto que llega es la muerte verdadera?”, recita él. Nadiezhda entiende al instante la reacción de su marido: ella también ha sentido alivio al constatar que el poema no había padecido las deformaciones habituales que producía el boca en boca. Poco antes, en sus memorias, cuenta que iba en un colectivo lleno en Moscú que saltó al pasar por un pozo; ella se agarró del brazo de la persona que tenía al lado para no caerse y, al darse cuenta de que era otra viejita igual de esmirriada e inmaterial que ella, le pidió perdón con vergüenza, pero la otra viejita le contestó: “No es nada. Las mujeres como usted y como yo somos de hierro”. Dice Joseph Brodsky, que llegó a conocerla bien en esa época, que la última vez que la vio fue sentada fumando en un rincón de la ínfima cocina que habitaba en Moscú: “Era invierno y estaba haciéndose de noche a las tres de la tarde y lo único que se llegaba a ver era el leve resplandor de la brasa de su cigarrillo y de sus ojos. El resto, el diminuto cuerpo encogido bajo un chal, el óvalo pálido de su rostro y su cabello ceniciento estaban sumidos en la oscuridad. Recordaba a los restos de un gran incendio, unas ascuas que se encienden si las tocas”.

Cómo decir poesía (por Leonard Cohen)


Por ejemplo la palabra “mariposa”. Para usar esta palabra no hace falta aligerar la voz, ni dotarla de pequeñas alas empolvadas, ni inventar un día soleado o un campo de narcisos, ni estar enamorado, ni estar enamorado de las mariposas. La palabra “mariposa” no es una mariposa de verdad. Está la palabra y está la mariposa. La gente tendrá todo el derecho a reírse de ti si confundes estos dos conceptos. No le des tanta importancia a la palabra. ¿Qué quieres transmitir, que amas a las mariposas con más perfección que nadie o que entiendes realmente su naturaleza? La palabra “mariposa” no es más que un dato. No te da pie a revolotear, elevarte, proteger las flores, simbolizar la belleza y la fragilidad o interpretar de alguna forma a una mariposa. No representes las palabras. No representes nunca las palabras. No intentes nunca despegar del suelo cuando hables de volar, ni gires la cabeza y cierres los ojos cuando hables de la muerte. No me mires con ojos ardientes cuando hables del amor. Si quieres impresionarme al hablar del amor, métete la mano en el bolsillo o debajo del vestido y acaríciate. Si tu ambición y tu hambre de aplausos te han llevado a hablar del amor, debes aprender a hacerlo sin desacreditarte a ti mismo ni lo que dices. ¿Qué expresión podría definir a nuestra época? Nuestra época no tolera expresión alguna. Todos hemos visto fotografías de madres asiáticas desoladas, así que no nos interesa la agonía de tus órganos achacosos. Nada de lo que puedas expresar con tu cara tiene parangón con el horror de nuestro tiempo. No lo intentes siquiera. Sólo merecerías el desprecio de los que han sido tocados en lo más hondo. Todos hemos visto noticieros con seres humanos embargados por el dolor y la desazón. Todos sabemos que comes como Dios manda y que hasta te pagan para que te subas a un escenario. Estás tocando para gente que ha vivido catástrofes, así que tranquilízate. Di las palabras, transmite los datos y hazte a un lado. Todos sabemos que sufres. No puedes contarle al público todo lo que sabes del amor en cada verso de amor que digas. Hazte a un lado: la gente sabrá lo que tú sabes porque ya lo sabía. No tienes nada que enseñarles. No eres más hermoso que ellos. Ni más sabio. No les grites. No fuerces una entrada en seco. Eso es sexo mal practicado. Si muestras el contorno de tus genitales, entrega lo que prometes. Y recuerda que, en el fondo, la gente no quiere acróbatas en la cama. ¿Qué necesitamos? Estar cerca del hombre natural, estar cerca de la mujer natural. No quieras ser un cantante venerado por un público numeroso y leal que desde siempre ha seguido los altibajos de tu carrera. Las bombas, lanzallamas y demás mierdas han destruido algo más que árboles y poblados. También han destruido los escenarios. ¿Acaso creías que tu profesión iba a escapar de la destrucción general? Ya no hay escenarios. Ya no hay candilejas. Estás entre la gente, por lo tanto sé modesto. Di las palabras, transmite los datos y hazte a un lado. Quédate solo. Quédate en tu habitación. No montes un número. Se trata de un paisaje interior. Está dentro y es privado. Respeta la intimidad de tus textos, pues fueron escritos en silencio. La valentía de la interpretación es decirlos. La disciplina de la interpretación es no violarlos. Deja que el público sienta tu amor por la intimidad aunque ésta no exista. Sé una buena puta. El poema no es un slogan. No puede promocionarte. No puede fomentar tu reputación de sensible. No eres un semental. No eres un ladrón de corazones. Tanto gangster del amor y tanta tontería. Eres un estudiante de disciplina. No representes las palabras. Las palabras mueren cuando las representas, se marchitan, y no nos queda más que tu ambición. Di las palabras con la precisión exacta con que comprobarías la ropa de tu colada. No te conmuevas con una blusa de encaje. Unas braguitas no tienen por qué ponértela dura. No tiembles al ver una toalla. Las sábanas no han de dibujar una expresión de ensueño alrededor de tus ojos. No hace falta que llores en el pañuelo. Los calcetines no están ahí para evocarte extraños y lejanos viajes. No es más que tu colada. No es más que tu ropa. No seas un mirón escudriñando a través de ella. Limítate a llevarla puesta. El poema es mera información. Es la Constitución de la patria interna. Si lo declamas y lo hinchas con nobles intenciones, no eres mejor que esos políticos que tanto desprecias. No haces más que agitar una bandera y llamar patéticamente a la patriotería emocional. Piensa en las palabras como ciencia, no como arte. Son un informe. Es como si dieras una conferencia en la Federación de Montañismo. Las personas que te escuchan conocen todos los riesgos de la escalada, y te honran dando por sentado que lo sabes. Si se los pasas por la cara, estás insultando la hospitalidad que te ofrecen. Infórmales de la altitud de la montaña, describe el equipo que utilizaste, especifica el tipo de superficie y fija el tiempo que duró la escalada. No busques dejar al público boquiabierto. Si el público se queda boquiabierto, no será debido a tu apreciación de los hechos, sino a la suya. Tu mérito estará en la estadística y no en las inflexiones de tu voz ni en los ademanes enérgicos de tus manos. Estará en los datos y en la tranquila organización de tu presencia. Evita las fiorituras. No temas ser débil. No te avergüences de estar cansado. Tienes buen aspecto cuando estás cansado. Parece como si pudieras seguir y seguir sin parar. Y ahora ven a mis brazos. Eres la imagen de mi belleza.

Declaración de Edward Snowden desde Moscú


Hace una semana me fui de Hong Kong después de que quedó claro que mi libertad y mi seguridad estaban amenazadas por revelar la verdad. Mi libertad continúa debido a los esfuerzos de los nuevos y viejos amigos, familiares y otras personas que nunca he conocido y probablemente nunca conoceré. Confié en ellos con mi vida y me devolvieron esa confianza con una fe en mí que siempre estaré agradecido.

El jueves, el presidente Obama declaró ante el mundo que no iba a permitir ningún “teje y maneje” (tironeo) diplomático sobre mi caso. Sin embargo, ahora se ha informado que después de haber prometido no hacerlo, el Presidente ordenó a su vicepresidente presionar a los dirigentes de las naciones a las cuales he solicitado protección para que nieguen mis peticiones de asilo.

Este tipo de engaño de un líder mundial no es justicia, como tampoco lo es la pena extralegal del exilio. Estas son las viejas y burdas herramientas de la agresión política. Su propósito es asustar, no a mí, sino a los que quieren venir tras de mí.

Durante décadas, los Estados Unidos de América han sido uno de los más fuertes defensores del derecho humano de solicitud de asilo. Lamentablemente, este derecho, diseñado y votado por los Estados Unidos en el artículo 14 de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, está siendo ahora rechazado por el actual gobierno de mi país.

La administración Obama ha adoptado la estrategia de utilizar la ciudadanía como un arma. Aunque yo no estoy condenado a nada, se ha revocado unilateralmente mi pasaporte, dejándome como un apátrida. Sin ningún tipo de orden judicial, la administración pretende ahora impedirme ejercer un derecho fundamental. Un derecho que pertenece a todos. El derecho a solicitar asilo.

Finalmente, la administración de Obama no tiene temor de los denunciantes como yo, como Bradley Manning o Thomas Drake. Somos dejados apátridas, somos encarcelados, o sin posibilidades de poder. No, la administración de Obama tiene miedo de ustedes. Tiene miedo de una sociedad informada, de un publico enojado que exija al gobierno constitucional lo que se le prometió -y que debería ser.

Sigo indoblegable en mis convicciones e impresionado por los esfuerzos realizados por tanta gente.

1º de julio de 2013

Robert Fisk: sobre el golpe de estado en Egipto


Un ejercito que se dice del pueblo

El ejército está a cargo. Llámelo un golpe si le gusta. Pero el ejército egipcio –o el infame Consejo Supremo de las fuerzas armadas, como debemos llamarlo nuevamente– está ahora gobernando Egipto. Con amenazas al comienzo, luego con tropas en las calles de El Cairo. Caminos bloqueados. Alambre de púas. Tropas alrededor de la estación de radio. Mohamed Mursi todavía presidente lo habrá llamado un “golpe” y reclamado la vieja superioridad moral (legitimidad. democracia, etc.), pero antes de que viéramos a los soldados en la ciudad, les estaba rogando a los generales para que “volvieran a las barracas”.

Ridículo: los generales no tenían que dejar sus barracas para instalar el miedo a Dios (metafórico o real) en su administración colapsante. Mursi habló de derramamiento de sangre. También lo hizo el ejército. Esto era algo deprimente. Era miserable que la gente libre aplaudiera una intervención militar, aunque los opositores de Mursi afirmarían que sus libertades habían sido traicionadas. Pero alientan a los soldados para que tomen el lugar de los políticos. Ambos lados pueden agitar la bandera egipcia, que es roja, blanca y negra. El color del caqui no es un sustituto.

Tampoco desaparecerá la Hermandad Musulmana, sea el que fuere el destino de Mursi. Risiblemente puede haber estado en el poder, lamentables fueron sus discursos, pero el mejor partido político organizado en Egipto sabe cómo sobrevivir en la adversidad. La Hermandad es la más malinterpretada, o quizá la más deliberadamente malinterpretada institución en la historia moderna egipcia. Lejos de ser un partido islamista, sus raíces siempre fueron de derecha más que religiosas y bajo Hassan al Banna estaba dispuesto a tolerar al rey Faruk y sus señores feudales egipcios siembre que vivieran detrás de su fachada islámica.

Aun cuando la revolución de 2011 estaba en la cima y millones de manifestantes anti Mubarak hubieran entrado a la plaza Tahrir, la Hermandad estaba ocupada tratando de negociar con Mubarak, con la esperanza de encontrar migajas en la mesa para ellos mismos. El liderazgo de la Hermandad nunca estuvo al lado del pueblo durante el levantamiento de Egipto. Este rol lo cumplía la base secular más fuerte de Egipto, el movimiento sindical, especialmente los trabajadores de algodón de Mahalla, al norte de El Cairo.

Inclusive la guerra de Nasser con la Hermandad fue menos sobre religión que sobre seguridad; el liderazgo del original Movimiento de Oficiales Libres encontró que el Hermandad era el único partido capaz de infiltrarse en el ejército, una lección que los generales egipcios de hoy se han tomado a pecho. Si la Hermandad Musulmana es nuevamente prohibida, como lo fue bajo Nasser y bajo Sadat y bajo Mubarak. no perderá su apoyo dentro de las fuerzas armadas. Sadat fue asesinado por un islamista que no pertenecía a la Hermandad, llamado Khaled el Islambouki, pero también era un teniente en el ejército egipcio.

Sayyed Qutub, el líder de los Hermanos Musulmanes, atacó a Nasser por liderar a su gente hacia la pre islámica edad de la ignorancia (‘jahiliya), pero el partido estaba más ejercitado por la creciente relación de Egipto con la atea Unión Soviética. Qutub fue colgado. Pero aun perseguido, prohibido oficialmente, el partido aprendió –como todas las organizaciones clandestinas con una ideología– cómo organizarse políticamente, socialmente y también militarmente.

El ejército, como dicen, pertenece al pueblo. Mohamed el Baradei, el ex inspector nuclear de la ONU y laureado Nobel y ahora líder de la oposición, me dijo durante el levantamiento de 2011 que “en última instancia el ejército egipcio estará con el pueblo. Al final del día, después de que todos se quiten el uniforme, forman parte del pueblo, con algunos problemas, la misma represión, la misma incapacidad de tener una vida decente. De manera que no creo que vayan a dispararle a su pueblo”.

Pero eso era entonces y esto es ahora. Mursi puede haber adoptado la seudoparafernalia de un dictador –por cierto, habló como Mubarak el martes, inclusive profirió amenazas contra la prensa–, pero fue elegido legalmente, como nos decía todo el tiempo, y la legitimidad es lo que le gusta al ejército afirmar que está defendiendo. En 2011, el “pueblo” estaba contra Mubarak. Ahora el “pueblo” está unos contra otros. ¿Puede el ejército egipcio, los héroes del cruce del Canal de Suez en 1973, pararse entre los dos, cuando ellos mismos se han convertido –enfrentémoslo– en “el pueblo” en ambos lados?

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12. Traducción: Celita Doyhambéhère.