La izquierda independiente carece de independencia (LVO 472)


La expropiación del 51% del paquete accionario de YPF, dio lugar a que la autodenominada “izquierda independiente” nucleada en la COMPA (donde se destacan el Frente Popular Darío Santillan y La Mella) se pronuncie en apoyo a la medida del gobierno por considerar que “La decisión del gobierno de Cristina de hacerse cargo del 51% de las acciones de Repsol-YPF resulta imprescindible para comenzar a revertir la entrega de YPF a capitales privados transnacionales (…) Ante este escenario, valoramos como un hecho positivo la recuperación del 51% de la empresa.”, (declaración pública de la COMPA).

Como se puede observar la “izquierda independiente” sostiene que la expropiación no sólo es un paso adelante sino también una condición para seguir avanzando en la recuperación de porciones de soberanía. Teniendo en cuenta que en toda la declaración la crítica al gobierno kirchnerista esta subordinada al apoyo a la medida, debemos concluir que consideran que es el mismo gobierno de CFK el instrumento útil para recuperar la “soberanía popular” (para usar el lenguaje de los compañeros). Para la COMPA “existen distintas referencias en América Latina, siendo la más importante de ellas la empresa PDVSA en Venezuela, que fue expropiada en un 100% por el gobierno bolivariano. Queda además pendiente resolver qué ocurrirá con casi el 70% del mercadopetrolero, hoy controlado por otras empresas”. Es decir que la “izquierda independiente” no sólo carece de independencia del gobierno burgués, que para ellos debería orientar al Estado capitalista a luchar contra los monopolios, sino que además carece de independencia del propio Estado burgués al que exalta como instrumento de gestión y de conquista de la soberanía popular. La COMPA espera que el kirchnerismo lleve adelante el programa “nacionalista burgués” de Chávez en Venezuela (o el de Evo Morales en Bolivia que al día de hoy reprime a los sindicatos movilizados). Este programa no fue otra cosa que el del salvataje del poder político y social de la burguesía y los terratenientes, regimentando al movimiento obrero, campesino y popular, apoyándose en las FFAA y utilizando en su auxilio el apoyo de cierta parte de la izquierda mundial que repite su retórica del socialismo del siglo XXI.

Los compañeros de la COMPA podrán decirnos que su declaración sostiene que “es fundamental abordar una perspectiva de avance en la construcción de soberanía popular, que incluye la recuperación y defensa del conjunto de nuestros bienes estratégicos, una proyección que enfrente el saqueo y la devastación social, económica y ambiental a partir de la movilización y la lucha y que nos permita ir por una YPF 100% pública con control popular”. Pero al carecer de independencia con respecto al gobierno, el planteo queda como un llamado a movilizarse para empujar al kirchnerismo más allá: “el debate y la movilización por un proyecto nacional y latinoamericano de soberanía energética -facilitados por el decreto presidencial- están abiertos y dependerán de la intervención popular.”. Lejos de proponer una política antiimperialista y de lucha de clases contra la burguesía nacional y sus representantes políticos, que son los responsables del sometimiento del país al imperialismo, la COMPA espera forzar al kirhcnerismo a que se transforme en la reencarnación del nacionalismo burgués. Olvidan que las fuerzas que lo representaron al nacionalismo burgués, como el peronismo, mostraron su fracaso en los ‘70 cuando se proponían como movimiento emancipador y posteriormente han sido responsables del neoliberalismo en los ‘90, no sólo en Argentina sino en toda América Latina. Apostar a su reconfiguración es apostar a la derrota de la nación oprimida. (Difícil conciliar estas posiciones de la COMPA con el discurso de algunos de sus componentes con respecto a que hay que hacer el socialismo desde abajo).

La posición del PTS y el FIT, en oposición a la de la COMPA, se ubica claramente desde la defensa de la independencia política de la clase obrera y el pueblo pobre, como condición indispensable para llevar adelante cualquier causa nacional. Denunciamos al gobierno burgués de CFK que aprovecha su enfrentamiento con Repsol para consolidar su proyecto bonapartista, reacondicionar sus alianzas internas con la burguesía y el imperialismo (buscando el apoyo del imperialismo yanqui en primer lugar) y suprimir la lucha de clases mediante la idea del Estado burgués como representante del interés nacional común.

Por ultimo, la COMPA plantea el “control popular” de YPF, en lugar del la consigna de control obrero que tiene el mérito de señalar claramente el sujeto y las organizaciones que pueden llevarlo a cabo. El único sentido de dicha formulación es no quedar pegados a la izquierda revolucionaria. La llamada “izquierda independiente” tiene más urgencia de dar fe de independencia con respecto a la izquierda partidaria que de la burguesía y sus gobiernos.

En cambio para el PTS y el FIT la izquierda deber ser independiente de la burguesía y sus representantes. Allí radica la diferencia.

Anuncios

Iconos y alcohol (Noé Jitrik)


Demián Paredes intenta, y a veces lo logra, hacerme compartir su fascinación por la figura de León Trotski, su vida, su obra y aun, y sobre todo para él, la trascendencia que tendría su pensamiento político en su proyección sobre el presente y el futuro de la sociedad, de la traumatizada y permanentemente en crisis sociedad marcada, determinada y sofocada por el capitalismo y los férreos sistemas que engendró. Esa fascinación ordena su vida, lo cual es sorprendente porque es joven y, como a muchos otros, esa tríada los atrae y los significa, responde a un deber ser moral muy fuerte que no se contradice en su caso con el mundo de deseos propios de la juventud: música, literatura, cine, amores, viajes, amigos y la larga serie de satisfactores que los seres humanos persiguen para sentir que pisan el suelo del vasto mundo.

Si bien yo había leído algunos libros de Trotski –el extraordinario Mi vida sobre todo– así como de sus comentadores y exegetas –Deutscher, Broué y Naville– distaba de conocer toda la vastedad de su escritura; Paredes me fue acercando otros en los que me detuve, de una manera u otra: una biografía de Lenin, sobre la cual escribí; las Actas del Juicio que se llevó a cabo en México, en 1938, presidido famosamente por el filósofo norteamericano John Dewey, productos de un plan editorial (Ediciones IPS) que, dada la dimensión de la obra, tiene para un rato largo y, en estos días, un par de artículos escritos en lo que podríamos considerar la segunda etapa de su curso vital: la primera, prerrevolucionaria, de formación y preparación fue la anterior a 1917, la segunda ya en el poder y en la oposición, la tercera en el exilio que va de 1927 a su muerte.

No me propongo considerar si hay o no unidad de pensamiento en los escritos que produjo incesantemente en las tres etapas; es más que probable que las condiciones exteriores propias de cada una determinaran el giro que tomaba su pensamiento y su actitud analítica –que las recorre a todas como una constante– así como su retórica y, en consecuencia, que haya diferencias importantes entre la masa de sus escritos, sin contar con el valor que le atribuía a la práctica de la escritura, en diapasón con una idea o concepción que se va instalando en la conciencia intelectual desde comienzos del siglo XVIII y se expande hasta las primeras décadas del XX.

Lo que, en particular, me suscita, es ese artículo de 1924, ahora recuperado. Hay que señalar, ante todo, que en ese año, en pleno ascenso de la influencia –o más bien apropiación– de Stalin en todos los organismos de Partido Comunista y él en la llamada “Oposición de Izquierda”, hablaba desde lo que podríamos llamar, al menos considerando este artículo, las finalidades de un cambio revolucionario en el proletariado urbano y campesino, como objetivo y consecuencia del sistema que la Revolución de Octubre había iniciado y que no le resultaba fácil implementar ni consolidar. Le preocupaban las formidables carencias culturales de un proletariado que, si bien había por eso mismo sido lo que había posibilitado la revolución ahora, en las vías de la construcción comunista, eran impedimentos, casi irreductibles zonas de alienación: llevar a ese proletariado tan particular a una conciencia política debía estar en el programa, pero, al mismo tiempo, exigía una respuesta que no podía ser mecánica ni ritual ni menos aún forzada.

El artículo, que salió publicado en Pravda, tiene una estructura argumentativa rigurosamente marxista: de una aclaración conceptual inicial desciende a un problema particular, examina sus rasgos y propone, imaginativamente, una solución. No tiene un tono admonitorio ni recriminatorio, más bien se parece a una invitación a pensar, nada extraordinario en sus escritos pero sí en relación con un contexto difícil, en plena crisis por la implantación de la “Nueva Política Económica”, que alguna urgencia tendría para el común de la gente, y las internas de un partido que pronto se vería ensangrentado por decisiones que llegarían a lo criminal. Y el problema, que seguramente todo político se plantea si no está tan sólo en el poder para su mero aprovechamiento, es cómo hacer para que el alcoholismo y la religión dejen de ser una rémora para la realización del programa de transformación de la sociedad que tiene como fin al ser humano.

La palabra “política” tiene dos sentidos o alcances según Trotski: uno general, amplio y que sale de su fondo semántico mismo, a saber que lo que marca la existencia misma de la sociedad es lo político o, como diríamos ahora, la politicidad: toda sociedad humana está fundada en ese concepto; el otro tiene que ver con una actividad precisa y particular, que para muchos es una vocación y para otros una profesión, sea cual fuere el sentido que se le da, y que busca formas que se quieren racionales y universales: el desideratum es que quienes son el objeto y los protagonistas y aun los beneficiarios de un cambio poderoso, o sea proletarios, como el que se propone realizar el grupo bolchevique, se incorporen a tales formas y contribuyan a fortalecerlas; implícitamente, que esa práctica no quede sólo en manos de un grupo de elegidos, o decididos, que por lo general proceden de la burguesía o de sus detractores iluminados, en uno u otro sentido. Lo que no se debe hacer, postula Trotski, es imponer tal incorporación. Pero ¿cómo hacer para lograrlo?

Apartar del alcoholismo y de la religión. Por algo una cosa y la otra tienen tanta fuerza y mueven multitudes, lo que no quiere decir que se las acepte complacida o resignadamente como, con cierta dosis de realismo o de cinismo, hicieron y hacen muchos que, o bien siempre lo habían aceptado, o bien no tuvieron más remedio que hacerlo, la soga en el cuello. El alcohol, razona Trotski, proporciona felicidad inmediata, autoconfirmación exaltada, olvido de las penurias, obnubilación intelectual, elusión de la muerte; la religión, a su vez, entretenimiento, contacto humano, alienación confortable, garantía de afecto, espacio tranquilizador de la fiesta: ni el alcohol es un bien indiscutible ni la religión necesariamente una comprensión de la trascendencia. Dicho esto, se le ocurre una salida realmente genial: el cine.

Es cierto que ya Lenin lo había exaltado: “De todas las artes el cine es para nosotros la más importante”, proclamó, seguramente en el contexto de las necesidades de hallar medios de propaganda eficaces para el proceso que se iniciaba y que necesitaba consolidarse. También lo es que ya existían salas de cine y en cantidad y algunas productoras rusas, pero todo indicaba que debían adaptarse, sin duda con pocas ganas, para satisfacer los objetivos revolucionarios. Y no menos cierto es que el enunciado de Trotski tuvo una ejecución tan sistemática como dirigida a otros fines en la férrea época de Stalin.

Pero volvamos a 1924. El cine era una realidad y ya había dado pruebas de su poder: ¿habría visto Trotski las películas de David Griffith, de Abel Gance o las del expresionismo alemán, el alucinante Gabinete del doctor Caligaris o El Golem? No lo puedo saber, pero, en todo caso, tiendo a pensar que cuando escribió sobre el asunto debía tenerlas en mente y de ahí que las considerara un eficaz medio para distraer, suspender hábitos y, sobre todo, para hacer entrar en dimensiones inesperadas y desconocidas de modo que el sabor del alcohol dejara de atraer, así sea por un momento, y la embriaguez eclesial reducirse a lo indispensable o irrenunciable que, sometido a ese examen de imaginario, terminaría por convertirse en un puro resto. Propone, sobre este razonamiento, instalar salas de cine cerca de las iglesias y las tabernas y no duda de que por el lado de la pantalla el ingreso a la política se produzca sin que obreros y campesinos que no quieren ser llevados a ella por la fuerza entren por propio desarrollo intelectual.

De aquí se sacan varias consecuencias. La primera es que Trotski tenía una mirada que podemos llamar “moderna”, sabía que pasaban cosas en el mundo cuyo valor no podía ser ignorado y que lo más inteligente era acercarse a ellas y apropiarse de lo que proporcionaban, imaginación, cambio, suspensión, distracción, fantasía. También que hay algo de utópico o de candoroso en la pretensión de quitar del alcoholismo y de la religión a una población más bien ruda y enemiga de que se toquen esas sagradas costumbres pero, en su favor, hay que reconocer que tanto él como quienes lo acompañaban en esa empresa de construir una nueva sociedad habían heredado del Romanticismo la caliente imagen de la utopía y les resultaba muy duro renunciar a ello (no le costó tanto a Stalin). Pero lo que me parece más importante todavía es que eso que le atribuye al cine puede aplicarse a toda manifestación artística y literaria y de lo cual surge algo análogo a una definición acerca de la función del arte. En esa idea de detener el saber de la experiencia concreta y cotidiana, sea cual fuere, proponiendo un pensar que se infiltre en las cabezas y las lleve a dejar entrar imágenes, dimensiones desconocidas de la realidad, posibilidades imaginarias, saltos al vacío conceptuales, residiría una esencial virtud, un poderoso agente de cambio que actúa en las sombras del inconsciente y que hace que los seres humanos comprendan más de lo que son y de lo que los rodea. El arte y la literatura, en suma, serían de acuerdo con esta lectura las puertas de entrada a un reino de libertad que operando en el sujeto y su experiencia estética momentánea se transmitiría a la sociedad en la que vive y le daría solidez a una voluntad consciente sin la cual ningún cambio podría tener fundamento.

Está fuera de mi alcance saber si Trotski conocía, y estimaba, lo que estaban haciendo los llamados “formalistas”, espontáneos descubridores de, al menos, las propiedades básicas de la materia literaria, o los suprematistas, que acarreaban la revolución a una idea de la pintura que cuestionaba seriamente el realismo transcriptivo; ambos intentos, así como la música que, como se sabe, introdujeron una mirada moderna, fueron en la era staliniana borrados y algunos de sus promotores terminaron en Siberia. Quizás algo de eso, así sea como resto, se puede ver en las discusiones de Trotski en México con André Breton y Diego Rivera. En todo caso, creo que no se puede desconectar la idea de 1924 de una problemática mayor, que atañe a la difícil cuestión de la función del arte, ese grano duro para toda reflexión sobre una cultura, sus necesidades y su forma en todo momento de su existencia. Y, por añadidura, que una reflexión como ésa pueda reconocerse en Trotski lo saca del encierro en el que se lo pone en un exclusivo coto de caza de una acción política que no termina de comprenderse muy bien.

Un beso entre hombres. Un mal ejemplo.


El camarada Ivan de Trelew me paso esta noticia (.http://www.clarin.com/deportes/Matias-Vouso-polemico-pico_0_688131336.html) En ella se señala que los jugadores Vuoso y Benitez del América de México serán sancionados por la Comisión disciplinaria de la liga mexicana por festejar la anotación de un penal con un beso -simulado- en la boca. El titularde dicha comisión, Alfonso Sabater. Sentencio que “No queremos que esto sea un ejemplo para nadie. No es un festejo apropiado para el público” y remato diciendo que “No es la imagen que queremos dar a los niños. Creo que eso no lo podemos tomar como un buen ejemplo“.

Evidentemente el señor Sabater y los miembros de la Liga Mexicana de fútbol consideren que la amoralidad del hecho es intolerable, aunque a dicha sociedad nunca se le ocurrió pronunciarse contra el secuestro, tortura, violación y asesinato de centenares de mujeres de todas las edades en Ciudad Juarez acometidos por sicarios al servicio de capitalistas locales, ni contra los crímenes aberrantes del narcotráfico y y las fuerzas represivas, ni que hablar de pronunciarse contra el abuso social de la burguesía y el poder político de México contra obreros y campesinos. Descartamos desde ya que la violencia de genero o el abuso sexual sean preocupaciones de los dirigentes del fútbol mexicano, ya que su preocupación es no difundir el “mal ejemplo” para “los niños” de dos hombres besándose. Quizás lo que seria aceptable para “los niños” en el caso de los dirigentes del fútbol mexicano sea el apaleamiento de los homosexuales y las mujeres desobedientes. El amor y el cariño, que se salen de la norma, de ninguna manera pueden ser mostrados como una realidad y una posibilidad, un derecho a elegir según el impulso del deseo, para la educación de “los niños”.

Ciertamente para la norma heterosexual, que tiene en el deporte sus mitos viriles, el afecto entre hombres es inaceptable o por lo menos su manifestación publica. La homosexualidad implícita en el deporte (historias abundan y el silencio en torno a la sexualidad de los deportistas es una condición impuesta por la condena social y la fuerza de la costumbre) no puede nunca ser explicita. Pero, reconozcamoslo, la condena al acto tiene el merito de no ser hipócrita. Cuando beso a mi novio en publico y hay niños cerca siempre me pregunto si no me voy a terminar comiendo una piña. Es la expresión brutal en todo caso del pensamiento judeo-cristiano y de la necesidad de regir los cuerpos que tiene la burguesía permeando a la sociedad con sus prejuicios.

MIGUEL SCHWAB, discurso


Hablaré poco, y seguramente no despegaría mis labios, si mi silencio no pudiera interpretarse como un cobarde asentimiento a la comedia que acaba de desarrollarse.

Denominar justicia a los procedimientos seguidos en este proceso sería una burla. No se ha hecho justicia ni podría hacerse, porque cuando una clase está enfrente de otra es una hipocresía y una maldad suponerlo tan solo.

Decís que la anarquía está procesada, y la anarquía es una doctrina hostil a la fuerza bruta, opuesta al presente criminal sistema de producción y distribución de la riqueza.

Me sentenciáis a muerte por escribir en la prensa y pronunciar discursos. El Ministero Público sabe tan bien como yo que mi supuesta conversación con Spies jamás existió. Sabe algo mejor que esto: sabe y conoce todas las bellezas del trabajo del que preparó aquella conversación. Cuando comparecí ante el juez al principio de este proceso, dos o tres policías declararon que sin duda alguna me habían visto en Haymarket cuando Parsons terminaba su discurso. Entonces se trataba ya de atribuirme el delito de arrojar la bomba. Al menos en los primeros telegramas que se dirigieron a Europa se dijo que yo había arrojado varias bombas sobre la policía. Más tarde se comprendió la inutilidad de esta acusación y entonces fue Schmaubelt el acusado …

… Habláis de una gigantesca conspiración. Un movimiento no es una conspiración, y nosotros todo lo hemos hecho a la luz del día. No hay secreto alguno en nuestra propaganda. Anunciamos de palabra y por escrito una próxima revolución, un cambio en el sistema de producción de todos los países industriales del mundo; y ese cambio viene, ese cambio no puede menos de llegar …

… Nosotros defendemos la anarquía y el comunismo, y ¿por qué? Porque si nosotros calláramos hablarían hasta las piedras. Todos los días se cometen asesinatos, los niños son sacrificados inhumanamente, las mujeres perecen a fuerza de trabajar y los hombres mueren lentamente, consumidos por sus rudas faenas; y no he visto jamás que las leyes castiguen estos crímenes.

… Como obrero que soy, he vivido entre los míos; he dormido en sus guardillas y en sus cuevas; he visto prostituirse la virtud a fuerza de privaciones y de miseria y morir de hambre hombres robustos por falta de trabajo. Pero esto lo había conocido en Europa y abrigaba la ilusión de que en la llamada tierra de la libertad no presenciaría estos tristes cuadros. Sin embargo he tenido ocasión de convencerme de lo contrario. En los grandes centros industriales de los Estados Unidos hay más miseria que en las naciones del viejo mundo. Miles de obreros viven en Chicago en habitaciones inmundas, sin ventilación ni espacio suficiente; dos y tres familias viven amontonadas en un solo cuarto y comen piltrafas de carne y algunos vegetales. Las enfermedades se ceban en los hombres, en las mujeres y en los niños, sobre todo en los infelices e inocentes niños. ¿Y no es esto horrible en una ciudad que se reputa civilizada?

… De ahí, pues, que haya aqui más socialistas nacionales que extranjeros, aunque la prensa capitalista afirme lo contrario con objeto de acusar a los últimos de traer la perturbación y el desorden.

El socialismo, tal como nosotros lo entendemos, significa que la tierra y las máquinas deben ser propiedad común del pueblo. La producción debe ser regulada y organizada por asociaciones de productores que suplan a las demandas del consumo. Bajo tal sistema todos los seres humanos habrán de disponer de medios suficientes para realizar un trabajo útil, y es indudable que nadie dejará de trabajar. Cuatro horas de trabajo cada día serían suficientes para producir todo lo necesario para una vida confortable, con arreglo a las estadísticas. Sobraría, pues, tiempo para dedicarse a las ciencias y al arte.

Tal es lo que el socialismo se propone. Hay quien díce que esto no es americano. Entonces será americano dejar al pueblo en la ignorancia, será americano explotar y robar al pobre, será americano fomentar la miseria y el crimen. ¿Qué han hecho los grandes partidos políticos por el pueblo? Prometer mucho y no hacer nada, excepto corromperlo comprando votos en los días de elección. Es natural, después de todo, que en un país donde la mujer tiene que vender su honor para vivir, el hombre venda el voto.

¿Qué es la anarquía?

Un estado social en el que todos los seres humanos obran bien por la sencilla razón de que es el bien y rechazan el mal porque es el mal. En una sociedad tal no son necesarias ni las leyes ni los mandatos. La anarquía está muerta, ha dicho el Procurador General. La Anarquía hasta hoy sólo existe como doctrina, y Mr. Grinnell no tiene poder para matar a una doctrina cualquiera. La anarquía es hoy una aspiración, pero una aspiración que se realizará más o menos pronto, no sé cuando, pero que se realizará indudablemente.

Es un error emplear la palabra anarquía como sinónimo de violencia, pues son cosas opuestas. En el presente estado social la violencia se emplea a cada momento, y por esto nosotros propagamos la violencia también, como un medio necesario de defensa.

La anarquía es el orden sin gobierno. Nosotros los anarquistas decimos que el anarquismo será el desenvolvimiento y la plenitud de la cooperación universal (comunismo). Decimos que cuando la pobreza haya sido eliminada y la educación sea integral y de derecho común, la razón será soberana. Decimos que el crimen pertenecerá al pasado, y que las maldades de aquellos que se extravíen podrán ser evitadas de distinto modo al de nuestros días. La mayor parte de los crímenes son debidos al sistema imperante, que produce la ignorancia y la miseria.

Nosotros los anarquistas creemos que se acercan los tiempos en que los explotados reclamarán sus derechos a los explotadores y creemos además que la mayoría del pueblo, con la ayuda de los rezagados de las ciudades y de las gentes sencillas del campo, se rebelarán contra la burguesía de hoy. La lucha, en nuestra opinión, es inevitable.

Albert Spies, discurso


Al dirigirme a este tribunal lo hago como representante de una clase enfrente de los de otra clase enemiga, y empezaré con las mismas palabras que un personaje veneciano pronunció hace cinco siglos ante el Consejo de los Diez en ocasión semejante:

Mi defensa es vuesIra acusación; mis pretendidos crímenes son vuestra historia. Se me acusa de complicidad en un asesinato y se me condena, a pesar de no presentar el Ministerio Público prueba alguna de que yo conozca al que arrojó la bomba ni siquiera de que en tal asunto haya tenido intervención alguna. Sólo el testimonio del procurador del Estado y de Bonfield y las contradictorias declaraciones de Thomson y de Gilmer, testigos pagados por la policía, pueden hacerme pasar como criminal. Y si no existe un hecho que pruebe mi participación o mi responsabilidad en el asunto de la bomba, el veredicto y su ejecución no son más que un crimen maquiavélicamente combinado y fríamente ejecutado, como tantos otros que registra la historia de las persecuciones políticas y religiosas. Se han cometido muchos crímenes jurídicos aún obrando de buena fe los representantes del Estado, creyendo realmente delincuentes a los sentenciados. En esta ocasión ni esa excusa existe. Por sí mismos los representantes del Estado han fabricado la mayor parte de los testimonios, y han elegido un jurado vicioso en su origen. Ante este tribunal, ante el público, yo acuso al Procurador del Estado y a Bonfield de conspiración infame para asesinarnos.

Referiré un incidente que arrojará bastante luz sobre la cuestión. La tarde del mitin de Haymarket, encontre a eso de las ocho a un tal Legner. Este joven me acompañó, no dejándome hasta el momento que bajé de la tribuna, unos cuantos segundos antes de estallar la bomba. El sabe que no vi a Schwab aquella tarde. Sabe también que no tuve la conversación que me atribuye Thomson. Sabe que no baje de la tribuna para encender la mecha de la bomba. ¿Por qué los honorables representantes del Estado, Grinnell y Bonfield, rechazan a este testigo que nada tiene de socialista? Porque probaría el perjurio de Thomson y la falsedad de Gilmer. El nombre de Legner estaba en la lista de los testigos presentados por el Ministerio Público. No fue, sin embargo, citado, y, la razón es obvia. Se le ofrecieron 500 duros porque abandonase la población, y rechazó indignado el ofrecimiento. Cuando yo preguntaba por Legner nadie sabía de él; ¡el honorable, el honorabilísimo Grinnell me contestaba que él mismo lo había buscado sin conseguir encontrarle! Tres semanas después supe que aquel joven había sido conducido por dos policías a Buffalo, Nueva York. ¡Juzgad quiénes son los asesinos!

Si yo hubiera arrojado la bomba o hubiera sido causa de que se arrojara, o hubiera siquiera sabido algo de ello, no vacilaría en afirmarlo aquí. Cierto que murieron algunos hombres y fueron heridos otros más. ¡Pero así se salvó la vida a centenares de pacíficos ciudadanos! Por esa bomba, en lugar de centenares de viudas y de huérfanos, no hay hoy más que unas cuantas vidas y algunos huérfanos.

Más, decís, habéis publicado artículos sobre la fabricación de dinamita. Y bien; todos los periódicos los han publicado, entre ellos los titulados Tribune y Times, de donde yo los trasladé, en algunas ocasiones, al Arbeiter Zeitung. ¿Por qué no traéis a la barra a los editores de aquellos periódicos?

Me acusáis también de no ser ciudadano de este país. Resido aquí hace tanto tiempo como Grinnell, y soy tan buen ciudadano como él, cuando menos, aunque no quisiera ser comparado con tal personaje.

Grinnell ha apelado innecesariamente al patriotismo del jurado, y yo voy a contestarle con las palabras de un literato inglés: ¡EI patriotismo es el último refugio de los infames!

¿Qué hemos dicho en nuestros discursos y en nuestros escritos? Hemos explicado al pueblo sus condiciones y relaciones sociales; le hemos hecho ver los fenómenos sociales y las circunstancias y leyes bajo las cuales se desenvuelven; por medio de la investigación científica hemos probado hasta la saciedad que el sistema del salario es la causa de todas las iniquidades tan monstruosas que claman al cielo. Nosotros hemos dicho además que el sistema del salario, como forma específica del desenvolvimiento social, habría de dejar paso, por necesidad lógica, a formas más elevadas de civilización; que dicho sistema preparaba el camino y favorecía la fundación de un sistema cooperativo universal, que tal es el SOCIALISMO. Que tal o cual teoría, tal o cual diseño de mejoramiento futuro, no eran materia de elección, sino de necesidad histórica, y que para nosotros la tendencia del progreso era la del ANARQUISMO, esto es, la de una sociedad libre sin clases ni gobernantes, una sociedad de soberanos en la que la libertad y la igualdad económica de todos produciría un equilibrio estable como base y condición del orden natural.

Grinnell ha dicho repetidas veces que es la anarquía la que se trata de sojuzgar. Pues bien; la teoría anarquista pertenece a la filosofía especulativa. Nada se habló de la anarquía en el mitin de Haymarket. En este mitin sólo se trató de la reducción de horas de trabajo. Pero insistid: ¡Es la anarquía la que se juzga! Si así es, por vuestro honor, que me agrada: yo me sentencio porque soy anarquista. Yo creo, como Buckle, como Paine, como Jefferson, como Emerson y Spencer y muchos otros grandes pensadores del siglo, que el estado de castas y de clases, el estado donde unas clases viven a expensas del trabajo de otra clase -a lo cual llamáis orden-, yo creo, sí, que esta bárbara forma de la organización social, con sus robos y sus asesinatos legales, está próxima a desaparecer y dejará pronto paso a una sociedad libre, a la asociación voluntaria o hermandad universal, si lo preferís. ¡Podéis, pues, sentenciarme, honorable juez, pero que al menos se sepa que en Illinois ocho hombres fueron sentenciados a muerte por creer en un bienestar futuro, por no perder la fe en el último triunfo de la Libertad y de la Justicia!

Nosotros hemos predicado el empleo de la dinamita. Sí; nosotros hemos propagado lo que la historia enseña, que las clases gobernantes actuales no han de prestar más atención que su predecesoras a la poderosa voz de la razón, que aquéllas apelarán a la fuerza bruta para detener la rápida carrera del progreso. ¿Es o no verdad lo que hemos dicho?

Grinnell ha repetido varias veces que está en un país adelantado. ¡El veredicto corrobora tal aserto!

Este veredicto lanzado contra nosotros es el anatema de las clases ricas sobre sus expoliadas víctimas, el inmenso ejército de los asalariados. Pero si creéis que ahorcándonos podéis contener el movimiento obrero, ese movimiento constante en que se agitan millones de hombres que viven en la miseria, los esclavos del salario; si esperáis salvación y lo creéis, ¡ahorcadnos …! Aquí os halláis sobre un volcán, y allá y acullá y debajo y al lado y en todas partes fermenta la Revolución. Es un fuego subterráneo que todo lo mina. Vosotros no podéis entender esto. No créis en las artes diabólicas como nuestros antecesores, pero creéis en las conspiraciones, creéis que todo esto es la obra de los conspiradores. Os asemejáis al niño que busca su imagen detrás del espejo. Lo que veis en nuestro movimiento, lo que os asusta, es el reflejo de vuestra maligna conciencia. ¿Queréis destruir a los agitadores? Pues aniquilad a los patronos que amasan sus fortunas con el trabajo de los obreros, acabad con los terratenientes que amontonan sus tesoros con las rentas que arrancan a los miserables y escuálidos labradores, suprimid las máquinas que revolucionan la industria y la agricultura, que multiplican la producción, arruinan al productor y enriquecen a las naciones; mientras el creador de todas esas cosas ande en medio, mientras el Estado prevalezca, el hambre será el suplicio social. Suprimid el ferrocarril, el telégrafo, el teléfono, la navegación y el vapor, suprimíos vosotros mismos, porque excitáis el espíritu revolucionario …

… ¡Vosotros y sólo vosotros sois los conspiradores y los agitadores!

Ya he expuesto mis ideas. Ellas constituyen una parte de mí mismo. No puedo prescindir de ellas, y aunque quisiera no podría. Y si pensáis que habréis de aniquilar estas ideas, que ganan más y más terreno cada día, mandándonos a la horca; si una vez más aplicáis la pena de muerte por atreverse a decir la verdad -y os desafiamos a que demostréis que hemos mentido alguna vez-, yo os digo: si la muerte es la pena que imponéis por proclamar la verdad, entonces estoy dispuesto a pagar tan costoso precio. ¡Ahorcadnos! La verdad crucificada en Sócrates, en Crísto, en Giordano Bruno, en Juan de Huss, en Galileo, vive todavía; éstos y otros muchos nos han precedido en el pasado. ¡Nosotros estamos prontos a seguirles!

1º de mayo. José Martí


…salen de sus celdas. Se dan la mano, sonríen. Les leen la sentencia, les sujetan las manos por la espalda con esposas, les ciñen los brazos al cuerpo con una faja de cuero y les ponen una mortaja blanca como la túnica de los catecúmenos cristianos. Abajo está la concurrencia, sentada en hilera de sillas delante del cadalso como en un teatro… Firmeza en el rostro de Fischer, plegaria en el de Spies, orgullo en el del Parsons, Engel hace un chiste a propósito de su capucha, Spies grita: “la voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora». Les bajan las capuchas, luego una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen y se balancean en una danza espantable…

¿Dónde está Trotski? (http://www.publico.es/culturas/430015/donde-esta-trotski)


Los “enemigos del pueblo soviético” morían dos veces: una al ser fusilados o enviados al GULAG, y otra al desaparecer de las imágenes oficiales por el arte de magia de la manipulación fotográfica.

“Yo creo que fue iniciativa personal de Stalin, que, empujado por el miedo, decidió liquidar no sólo físicamente a sus rivales, sino también cualquier rastro de su personalidad”, aseguró Irina Galkova, comisaria de la exposición fotográfica “El comisario desaparece”.

La muestra es un repaso de la ignominia de las purgas estalinistas, que tuvieron como víctimas tanto a dirigentes bolcheviques (Trotski, Kámenev, Zinoviev, Bujarin o Yezhov), como a grises comisarios y a millones de inocentes ciudadanos.

“Antes no existía el ‘photoshop’, por lo que los soviéticos no tenían por qué sospechar que esas fotos oficiales habían sido retocadas. Ahora, tendrán la oportunidad de ver las imágenes originales”, añadió Galkova.

El Museo del GULAG de Moscú es el escenario ideal para albergar 150 de los cientos de imágenes recogidas por el artista británico David King, quien decidió crear la colección cuando en un viaje a la Unión Soviética en 1970 intentó encontrar fotos de León Trotski.

“¿Y para qué necesita usted a Trotski? Para la revolución, Trotski es una figura insignificante. En cambio, Stalin es otra cosa“, le dijeron en una visita al archivo estatal de documentos fotográficos de la capital soviética.

Entonces, cayó en la cuenta de que Trotski no sólo había desaparecido de las conversaciones diarias, sino también del imaginario colectivo nacional, ya que era casi imposible encontrar su rostro fotografiado.

“Los mataban dos veces”, concluyó.

El caso más famoso de falsificación fotográfica y, por tanto, histórica, es el famoso discurso pronunciado en mayo de 1920 por Lenin, que se dirige enérgicamente al pueblo subido en un estrado de madera, en cuyas escaleras se encuentran Trotski y Kámenev.

Cuando ambos cayeron en desgracia, los censores soviéticos borraron sus imágenes de la foto, en un intento de borrar el mismo recuerdo de ambos dirigentes bolcheviques para que no hicieran sombra al único sucesor del fundador del Estado totalitario: Stalin.

La tenacidad de los obsesivos censores refleja mejor que cualquier otro documento histórico el ánimo de su tiempo, como es el caso de la foto de 1926 en la que Stalin posa junto a otros cuatro dirigentes comunistas: Antípov, Kírov, Shvernik y Komarov.

En los años siguientes, según se recrudecían las luchas intestinas por el poder tras la muerte de Lenin, cada uno de los compañeros de viaje de Stalin fueron desvaneciéndose, hasta que éste se quedó sólo en la foto y en el Kremlin.

Nikolái Yezhov es sin lugar a dudas uno de los personajes más siniestros de la historia soviética, ya que, al frente de la NKVD, precursora del KGB, dirigió las represiones estalinistas hasta su detención en 1939.

Su misma presencia se volvió incómoda para el tirano, quien temía que se le acusase directamente de las matanzas, por lo que ordenó su ejecución en 1940, y fotos como en la que aparecen juntos supervisando las obras del canal del Volga, fue retocada y Yezhov desapareció de la historiografía oficial.

El retocado de fotos se convirtió en una auténtica industria, en la que tanto se borraban las arrugas y el ceño fruncido del rostro de Stalin, como los papeles tirados en el empedrado por el que caminaban los dirigentes, como compañeros de Lenin de la lucha clandestina contra los zares con los que acabó enemistándose.

Continuamente de los museos soviéticos se retiraban por motivos políticos fotografías, que eran tratadas con escalpelo y pulverizadores de tinta, tras lo que retornaban ya retocadas, de forma que sólo los más avezados notaban los cambios y las ausencias.

En particular, la exposición cuenta la historia del fotógrafo y diseñador soviético Alexandr Rodchenko, quien fue enviado en 1934 a Uzbekistán para realizar un álbum para el décimo aniversario de la inclusión de la república centroasiática en la URSS.

Tres años después el álbum fue requisado, ya que incluía las imágenes de muchos dirigentes que habían sido fusilados o deportados, y Rodchenko tuvo que emborronar con tinta negra sus rostros, que, como se puede apreciar en la muestra, parece que les han arrebatado el alma.

Los estalinistas acuñaron el concepto de “responsabilidad personal”, por lo que la misma tenencia de fotos de “enemigos del pueblo” podía acarrear penas de cárcel a su propietario, por lo que los ciudadanos soviéticos se apresuraron a contribuir activamente a la campaña de falsificación.

En su mayoría, esos personajes históricos no volvieron a ver la luz hasta la Perestroika o, en el peor de los casos, hasta la caída de la Unión Soviética, aunque unos pocos fueron rehabilitados tras la muerte de Stalin en 1953.