La guerrilla en los ‘70: elementos para un balance (Ruth Werner, Facundo Aguirre)


En torno al debate sobre los ‘70 el gobierno de Macri lleva a cabo un claro giro a la derecha. Cambiemos se divide en un ala mayoritaria que busca volver a la “teoría de los dos demonios”; y otra, minoritaria pero intensa, negacionista del genocidio, que culpa a la guerrilla de iniciar una “guerra revolucionaria” contra un gobierno democrático. En estas concepciones el desafío revolucionario se reduce a la acción de la guerrilla. Impugnando por derecha su accionar, se busca condenar la movilización revolucionaria de las masas, minimizada en estos “relatos”. Se borra así la centralidad de los grandes acontecimientos protagonizados por los trabajadores, el movimiento estudiantil y popular y la existencia de una amplia vanguardia obrera y juvenil que sobrepasaba a los sectores encuadrados en la guerrilla.

Por el peso que ocupan las organizaciones armadas en el discurso de los divulgadores del PRO y su papel en los ‘70, es necesario volver sobre el balance estratégico de la guerrilla. Lo hacemos con el respeto que nos merecen sus luchadores caídos, a quienes consideramos equivocados en su estrategia política.

El Cordobazo

El 29 de mayo de 1969 la clase obrera acaudillando al movimiento estudiantil y a sectores populares protagoniza el Cordobazo, una acción histórica independiente de las masas.La semi insurrección abre una etapa revolucionaria que solo será cerrada por el golpe genocida y que incluye fenómenos de lucha de clases y violencia de masas: levantamientos en varias provincias (los “azos”), ocupación de fábricas con toma de rehenes, surgimiento del clasismo, de las “ligas agrarias”, tomas de universidades y edificios públicos, “huelgas salvajes” contra el pacto social de Perón, enfrentamientos con las bandas fascistas de las Tres A, la huelga general política de julio de 1975 contra el gobierno de Isabel Perón. Estos sucesos, podríamos decir parafraseando a León Trotsky que son hitos de “la historia de la irrupción violenta de las masas en el gobierno de sus propios destinos”1. En este marco, la guerrilla surge como un actor político importante nutriéndose de la radicalización de sectores de la vanguardia obrera y la juventud estudiantil y plebeya, siendo Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo las organizaciones más importantes.

En los ‘70 la intensa lucha de clases dio lugar a variadas manifestaciones de enfrentamientos violentos entre las clases, que tuvo elementos de una “guerra civil” de baja intensidad, pero nunca se llegó a un proceso de guerra civil abierta. La acción de la guerrilla, por su parte, pasó de ser vista como parte de la resistencia a los gobiernos dictatoriales de la “revolución argentina” a un enfrentamiento de aparatos con las fuerzas represivas bajo los gobiernos peronistas. Luego del golpe, aunque siguió operando, fueron víctimas del genocidio, con una asimetría completa de fuerzas respecto del aparato represivo del Estado terrorista. Mientras los guerrilleros no superaban los 5.000, según datos del período 1977-1979, las FF. AA. contaban con 154.262 efectivos militares, de los cuales el Ejército tenía el 62,59 %, la Armada el 25,28 % y la Fuerza Aérea el 12,13 %2. Eso sin contar las fuerzas policiales y las bandas para estatales de la Triple A que se incorporaron al operativo represivo. El discurso de los militares que definen lo acontecido como “guerra sucia” oculta que el terror genocida se desplegó sobre un arco social y político infinitamente más amplio que la guerrilla. El terror del Estado buscó imponer un disciplinamiento social generalizado sobre la clase obrera y las masas populares, a la vez que aniquilar a sus sectores de vanguardia.

Ante la radicalización política y el ascenso generados por el Cordobazo, la clase dominante buscó erradicar la amenaza revolucionaria. La primera carta fue la de apelar al retorno de Juan Domingo Perón, que concitaba gran apoyo del movimiento de masas y poner fin a la proscripción del peronismo. A partir de la negociación del Gran Acuerdo Nacional, se instrumenta una serie de políticas para desviar el proceso revolucionario. Ya en el gobierno Perón montó una política de “contención”, apelando al Pacto Social para controlar al movimiento de masas, mientras iniciaba con las Tres A (Alianza Anticomunista Argentina) un ataque a la vanguardia obrera y popular y a las organizaciones guerrilleras, incluyendo la izquierda peronista agrupada en la Tendencia Revolucionaria y Montoneros. Con Isabel Perón y López Rega, aun en los límites de una democracia burguesa degradada y restringida, llegaba al poder un régimen bonapartista abierto, que dará rienda suelta a las Tres A. Pese a los golpes a la vanguardia, el movimiento de masas protagonizará en junio-julio de 1975 un proceso huelguístico que jaqueará al gobierno de Isabel. El peronismo había fracasado en derrotar el proceso revolucionario. La burguesía apelará al golpe de Estado y al genocidio.

En este contexto revolucionario, por el rol que jugó el peronismo y su burocracia sindical, la principal tarea de la izquierda era luchar por la organización política independiente de los trabajadores, para desarrollar hasta el final su auto organización y las tendencias insurreccionales que anidaban en el movimiento de masas. No fue esa la orientación de Montoneros y el ERP.

Montoneros

Montoneros irrumpe públicamente el 29/5/1970 con el secuestro del Gral. Pedro Eugenio Aramburu, cabeza de la revolución “fusiladora” de 1955. Desde su origen, la organización empalma con Perón a quien cree convencer de luchar por la “Patria socialista”. Así detallaban su estrategia:

Tenemos clara una doctrina y clara una teoría de la cual extraemos como conclusión una estrategia también clara: el único camino posible para que el pueblo tome el poder para instaurar el socialismo nacional, es la guerra revolucionaria total, nacional y prolongada, que tiene como eje fundamental y motor al peronismo. El método a seguir es la guerra de guerrillas urbana y rural3.

Durante el gobierno del Gral. Lanusse, Perón alentará a Montoneros a quienes llamará sus “formaciones especiales”. Para el líder eran un instrumento de presión in extremis:

La vía de la lucha armada es imprescindible. Cada vez que los muchachos dan un golpe, patean para nuestro lado la mesa de negociaciones y fortalecen la posición de los que buscan una salida electoral limpia y clara (…)4.

Perón negoció una salida política para desviar la insurgencia obrera y popular hacia la vía electoral. Los Montoneros serán la columna vertebral de la campaña de Héctor Cámpora que llevó al peronismo al gobierno en mayo de 1973.

Montoneros era partidario del “socialismo nacional” planteando que la “contradicción principal” en nuestro país era el enfrentamiento entre “nación y el imperialismo”. Proponían un Frente de Liberación Nacional integrado por

…todos los sectores sociales dispuestos a luchar contra el capital extranjero, desde los pequeños propietarios rurales de las ligas agrarias hasta los empresarios nacionales que estén contra los monopolios, hasta los radicales, socialistas, democristianos y comunistas que efectivamente luchen por la liberación5.

El FreJuLi que llevó al poder a Cámpora era su “modelo”. En ese momento compartían el gobierno la derecha peronista, la burocracia sindical, los empresarios de la CGE y subordinada, la izquierda peronista. Su programa económico se rticulaba alrededor del “Pacto Social”, rubricado por la CGT, diversas cámaras empresariales (de la CGE a la UIA y la Sociedad Rural). El 20/6/1973, la masacre de Ezeiza protagonizada por las bandas de José Ignacio Rucci y José López Rega terminó prácticamente con el gobierno de Cámpora y el romance montonero con Perón. La matanza fue avalada de hecho por el General.

Ya con Perón en el gobierno se inician los golpes que destituyen a los gobernadores afines a la Tendencia Revolucionaria del peronismo. En Córdoba, cuando durante el Navarrazo, la policía y las bandas de la burocracia de las 62 Organizaciones atacaban a la vanguardia obrera y popular, Montoneros no impulsará el frente único obrero apelando a los sindicatos combativos para ejercer la defensa del gobierno de Obregón Cano. Tampoco denunciaron el papel de Perón. La respuesta fue profundizar una guerra de “aparatos” contra la derecha peronista. Ya anteriormente el asesinato de Rucci llevó a Perón a lanzar la línea de aniquilar la “infiltración” en el peronismo6. Bajo el gobierno de Isabel, Montoneros desde la clandestinidad retomará abiertamente las armas y los atentados terroristas.

Durante los gobiernos peronistas Montoneros tampoco enfrentó el Pacto Social, llave maestra para poner fin al ascenso revolucionario, junto a las bandas fascistas. En una situación donde pese a estar prohibidas las huelgas, la vanguardia obrera desde las comisiones internas fabriles protagonizaba rebeliones antiburocráticas para defender sus derechos, su política era la de no chocar con Perón. Después de su ruptura con el gobierno de Isabel nunca dejará su referencia al “programa del 11 de marzo de 1973”, el que llevó al gobierno al FreJuLi.

PRT-ERP

El ERP se funda el 30 de julio de 1970 en el V Congreso del PRT donde definieron que

…las FF. AA del régimen solo pueden ser derrotadas oponiéndoles un ejército revolucionario (…) nuestra guerra revolucionaria adquirirá formas guerrilleras, urbanas y rurales, extendida a distintas ciudades y zonas campesinas, sobre la base de cuya ampliación y extensión política y militar será posible pasar a la guerra de movimientos en el campo y a la constitución de importantes unidades estratégicas en las ciudades (…) el otro principio fundamental de la guerra revolucionaria a aplicar por nuestra Fuerza militar es la ejecución de operaciones militares con una línea de masas, es decir, orientadas hacia la movilización de las masas y su participación directa o indirecta en la guerra7.

En la cita puede verse que el rol de las acciones de masas es auxiliar a la guerra de movimientos en el campo y la formación de unidades estratégicas en las ciudades. En otras palabras, la lucha de clases, las acciones revolucionarias de masas se subordinan a la agenda guerrillera.

Con el peronismo en el gobierno, el ERP fue el primero en romper la tregua militar con el copamiento del Comando de Sanidad (septiembre/73) y la toma del cuartel de Azul (enero/74). Perón venía de arañar el 62 % de los votos en la elección presidencial. En respuesta endureció el Código Penal contra los luchadores obreros y expulsó a los diputados de la Juventud Peronista por TV.

Ante el Pacto social y el accionar de las Tres A era vital impulsar el frente único de las organizaciones de lucha así como formar grupos de autodefensa desde las fábricas para enfrentar los ataques fascistas. En esta situación, los partidarios del PRT-ERP se opondrán junto a Agustín Tosco, a constituir una coordinadora nacional de las organizaciones obreras combativas en el plenario de la UOM Villa Constitución en abril del ‘74 para unir fuerzas contra el Pacto Social. También rechazaban las consignas de autodefensa obrera y popular:

La formación de las milicias de autodefensa, (…), es un problema serio, delicado, que exige una política prudente (…). Los espontaneístas, con su irresponsabilidad y ligereza característica gustan plantear sin ton ni son ante cada movilización obrera y popular por pequeña y aislada que sea, la formación inmediata de milicias de autodefensa. (…) sectores proletarios y populares de vanguardia, plenos de combatividad, pueden caer bajo la influencia de esta hermosa consigna y llegar a la formación apresurada de tales milicias (…) Las milicias de autodefensa son parte esencial en el armamento obrero y popular, constituyen sólidos pilares en la edificación de las fuerzas armadas revolucionarias, pero por su amplio carácter de masas sólo pueden surgir de una profunda y total movilización del pueblo en zonas de guerrilla o zonas liberadas8.

En otras palabras no es la revolución quien hace el ejército, sino el ejército quien hace la revolución. Sustituísmo del movimiento de masas.

Como parte de esta concepción el ERP pondrá parte importante de sus esfuerzos en la creación de un foco rural en Tucumán, la Compañía del Monte Ramón Rosa Jiménez. La idea era lograr una zona liberada, enfrentar al ejército, ser reconocido como fuerza beligerante y eventualmente provocar la intervención directa del imperialismo para generar una guerra patriótica contra el enemigo extranjero. El experimento resultará un rotundo fracaso y será prácticamente aniquilado por el Operativo Independencia. Cuando las energías de la dirección del ERP estaban concentradas en Tucumán, la clase obrera protagonizará la huelga general de 1975, la primera contra un gobierno peronista.

ERP y el FAS

EL PRT-ERP promovía, junto a la construcción del partido y el ejército revolucionarios, la creación de una herramienta política amplia,un frente antiimperialista con una orientación frente populista. En esta perspectiva impulsará el FAS (Frente Antiimperialista por el Socialismo):

Básicamente un frente es una unión o alianza de clases para concretar el logro de objetivos que son comunes (…) Esto no quiere decir que el FAS sea ya el Frente de Liberación Nacional y Social que nuestro pueblo necesita. Para ello será necesario un largo proceso. Tendrán que concurrir a la constitución definitiva del Frente los compañeros que actualmente militan en el Peronismo de Base, en Montoneros, JP, Partido Comunista, Juventud Radical y otras corrientes populares.

El PRT-ERP concluía que “el Frente de Liberación Nacional y Social, cuyo embrión en nuestra Patria es el FAS, tiene un carácter estratégico y permanente”9. Ante la crisis terminal del gobierno de Isabel en julio de 1975, el PRT avanzará en esta orientación llamando a imponer una salida política común a Montoneros, partidario de reconstruir el FrejuLi y al PC, partidario del cogobierno cívico-militar.

Enfrentamiento de aparatos

Con la muerte de Perón, en julio de 1974, el enfrentamiento entre revolución y contrarrevolución se agudizó. En medio de una crisis económica sin precedentes el peronismo intentaba mantener a Isabel en el gobierno y el Pacto Social a los tiros contra una aguda lucha de clases que irá creciendo hasta explotar en junio y julio de 1975. El movimiento obrero protagonizará una extraordinaria huelga general política que expulsará del poder a López Rega y al ministro de Economía, Celestino Rodrigo. Será el principio del fin del peronismo como fuerza de contención.

Los Montoneros tenían mucha influencia vía la Juventud Trabajadora Peronista en las coordinadoras interfabriles que reunían a las fábricas combativas y antiburocráticas de la Capital y el conurbano bonaerense. El PRT-ERP influenciaba en menor medida, su peso central era en Córdoba. Sin embargo la intervención de estas corrientes en los sucesos de junio y julio, fue abstencionista en cuanto a la cuestión del poder, negándose a elevar la lucha por las paritarias a un combate por la caída de Isabel y a desarrollar a las coordinadoras como organismos de doble poder.

Posteriormente, Montoneros se lanzó al copamiento de cuarteles como con el asalto al Regimiento de Infantería de Monte 29, en Formosa (5/10/75). El ex dirigente montonero Roberto Perdía explicaba así la decisión: “El golpe de Estado ya tenía fecha. La idea fue la de conformar una fuerza armada y demostrarle al propio Ejército que teníamos condiciones para operar (…)”10. En similar sintonía el ERP, se lanzará al asalto del Batallón Depósito de Arsenales 601 Domingo Viejobueno, en Monte Chingolo, en diciembre de 1975. Una aventura que será un duro golpe para la fuerza de Mario Roberto Santucho.

Pasado y presente

La derecha argentina partidaria tanto del negacionismo como de la versión más reaccionaria de la teoría de los dos demonios, hunde sus raíces en los grupos económicos que se hicieron dominantes durante la dictadura y los partidos políticos que fueron cómplices. En nombre de la “reconciliación nacional” y la democracia burguesa como valor supremo, se falsea la historia. Se condena la violencia guerrillera como excusa para impugnar todo tipo de movilización revolucionaria, se busca borrar el accionar de las clases explotadas de la memoria histórica y naturalizar el poder de la burguesía.

Recrear los debates estratégicos del ultimo gran ensayo revolucionario de la clase trabajadora, tiene por fin reconstruir la conciencia de clase de las nuevas generaciones para que la lucha no empiece de cero. Se trata también de recuperar para el pensamiento y acción de las masas explotadas el derecho sagrado a la insurrección contra sus opresores. Nuestra crítica a la guerrilla no está realizada desde una perspectiva pacifista sino partiendo de la premisa que un gobierno de los trabajadores en ruptura con el capitalismo solo podrá ser conquistado con la movilización revolucionaria de la clase trabajadora y los oprimidos. Para lograr este objetivo es necesaria la construcción de un gran partido revolucionario de la clase trabajadora.

Trotsky, L., prólogo a Historia de la revolución rusa, http://www.marxists.org, 1932.
Centro de Estudios Nueva Mayoría, “Evolución de los efectivos de las FF. AA. (1858-1997)”, Cuaderno 262, Buenos Aires, 1997.
Ver “Montoneros. Documentos internos, resoluciones, comunicados y partes de guerra”, http://www.elortiba.org.
Citado en Pigna, F., “La política en los .70”, http://www.elhistoriador.com.ar.
Bascheti, R., Documentos de la resistencia peronista.1973/1976, Buenos Aires, De la Campana, 1997.
Documento Reservado del Consejo Superior Peronista, 1/10/1973, http://www.elortiba.org.
Citado en Carreras, J., capítulo 7 de Movimientos revolucionarios armados en la Argentina. De los uturuncos y el FRIP a Montoneros y el ERP, 2001, http://www.elortiba.org.
Santucho, M.R., Poder burgués y poder revolucionario, http://www.marxists.org, 1974.
PRT, “Perspectivas del Frente de Liberación”, http://www.archivochile.com, enero, 1974.
Ragendorfer, R., “Perón quiso prepararnos para tomar el poder. Entrevista a R. Perdía”, Tiempo Argentino, 5/5/2013.

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El año I de la Revolución Rusa (Victor Serge)


En vísperas del 100 aniversario de la revolución Rusa, la fantástica obra de Victor Serge. Ver a continuación.

Prólogo
He procurado presentar en este libro un cuadro verídico, vivo y razonado, de las primeras
luchas de la revolución socialista rusa. Siendo mi principal deseo el poner de relieve ante los
ojos de los proletarios las enseñanzas de una de las épocas más grandes y decisivas de la
lucha de clases en los tiempos modernos, no me era posible hacer otra cosa que exponer el
punto de vista de los revolucionarios proletarios. Esta actitud mía tendrá para el lector
ajeno a las doctrinas comunistas la ventaja de darle a conocer cómo comprendían y cómo
comprenden la revolución quienes la hicieron.
La pretendida imparcialidad de los historiadores no pasa de ser una leyenda,
destinada a consolidar ciertas convicciones útiles. Bastarían para destruir esta leyenda, si
ello fuese necesario, las obras que se han publicado acerca de la gran guerra. El historiador
pertenece siempre “a su tiempo”, es decir, a su clase social, a su país, a su medio político.
Sólo la no disimulada parcialidad del historiador proletario es hoy compatible con la mayor
preocupación por la verdad. Porque únicamente la clase obrera obtendría toda clase de
ventajas, en toda clase de circunstancias, del conocimiento de la verdad. Nada tiene que
ocultar, en la historia por lo menos. Las mentiras sociales siempre han servido, y sirven
todavía, para engañaría. Ella las refuta para vencer, y vence refutándolas. No han faltado,
sin duda, algunos historiadores proletarios que han acomodado la historia a ciertas
preocupaciones de actualidad política. Al hacerlo se han plegado a tradiciones que no son
las suyas y han sacrificado los intereses superiores y permanentes de su clase a ciertos
intereses parciales y pasajeros. Me he guardado mucho de imitarlos. Si acaso he llegado a
deformar la verdad en algunos puntos, lo que es probable, ha sido sin darme cuenta, por no
disponer de datos suficientes o por error.
Tal cual es este libro resultará, sin duda alguna, muy imperfecto. Absorto en otros
trabajos, entregado a la vida de militante en una época bastante accidentada, no he
dispuesto nunca del ocio tranquilo que es necesario para el estudio de la historia. Por
idénticas razones, no suelen, los que hacen la historia, tener la oportunidad de escribirla.
Por otra parte, tampoco la materia se encuentra a punto. Los hechos son demasiado
recientes, demasiado palpitantes; las cenizas del brasero están calientes todavía, queman si
se acerca a ellas la mano… Existe en Rusia, acerca de la revolución de octubre, una literatura
más abundante que rica. Memorias, relatos, notas, documentos y estudios parciales salen
profusamente a la luz pública. Pero es necesario confesar que no hay nada más difícil que
sacar partido de esta inmensa documentación, demasiado subordinada a propósitos de
– 4 –
agitación, y en la que faltan casi por completo las obras sistemáticas, de conjunto. La
historia de los partidos, de la guerra civil, del Ejército rojo, del terror, de las organizaciones
obreras, no ha llegado siquiera a esbozarse. No se ha publicado en la URSS -y no hay por
qué sorprenderse de ello- una historia a fondo de la revolución, aparte de algunas obras que
sólo son un compendio de la misma. Los únicos que han abordado a fondo algunos de los
problemas que a ellos les afectan son los escritores militares. En estas condiciones, las
memorias, a las que es indispensable recurrir, presentan grandes fallas. Los revolucionarios
no pasan de ser, en el mejor de los casos, unos medianos cronistas; además, casi siempre
han tomado la pluma con un fin preconcebido, a saber: conmemorar algún aniversario,
rendir homenajes, polemizar y aun deformar la historia de acuerdo con las conveniencias de
determinados intereses del momento. Los trabajos parciales, como, por ejemplo, las
monografías locales, presentan pocas garantías científicas. Trascrito por celula2.
Me he esforzado, pues, por buscar el rasgo característico aprovechando la mayor
parte de esta documentación. Para dar al lector elementos muy concretos de apreciación he
reproducido profusamente detalles y citas. Me he limitado a indicar mis fuentes de
información cuando he aprovechado ciertos trabajos anteriores que ofrecen un valor real, y
cuando he creído útil subrayar la autoridad de un testimonio, y, finalmente, con el
propósito de facilitar al lector el trabajo de investigación. Izquierda Revolucionaria
He de proseguir estos trabajos en cuanto me sea posible. Quedaré muy reconocido a
los lectores que reclamen mi atención sobre los puntos incompletos de esta obra, así como
sobre aquellos temas que crean conveniente esclarecer. Conviene que fijemos aquí lo que
representa el año I en la historia de la revolución.
El año I de la revolución proletaria -o sea, de la República de los Soviets- empieza el
7 de noviembre de 1917 (el 25 de octubre, según el antiguo-calendario) y se cierra, como es
natural, el 7 de noviembre de 1918, en el momento en que estalla la esperada revolución
alemana.
Existe una coincidencia casi perfecta entre el calendario y la primera fase del drama
histórico, que se inicia con la insurrección victoriosa y termina con la extensión de la
revolución a la Europa central. Vemos entonces plantearse, por primera vez, todos los
problemas que está llamada a resolver la dictadura del proletariado: organización de los
abastecimientos, organización de la producción, defensa interior y exterior, actitud hacia las
clases medias, los intelectuales, los campesinos, y vida del partido y de los Soviets.
– 5 –
Propondríamos que se llamase a esta primera fase las conquistas del proletariado, a saber:
toma del poder, conquista del territorio, conquista de la producción, creación del Estado y
del ejército, conquista del derecho a la vida…
La revolución alemana abre la fase siguiente, la de la lucha internacional (o más
concretamente, la de la defensa armada -defensa agresiva en ciertos momentos- del hogar de la revolución
internacional). En 1919 se forma la primera coalición contra la República de los Soviets.
Pareciendo a los aliados insuficiente el bloqueo, fomentan la formación de Estados
contrarevolucionarios en Siberia, en Arkhangelsk, en el Mediodía, en el Cáucaso. Durante
el mes de octubre de 1919, al finalizar el año II, la República, asaltada por ejércitos blancos,
parece estar a punto de sucumbir. Kolechak avanza sobre el río Volga; Denikin, después de
invadir Ucrania, avanza sobre Moscú; Yudenich avanza sobre Petrogrado, apoyándose en
una escuadra inglesa. Un milagro de energía da la victoria a la revolución. Continúan
reinando el hambre, las agresiones, el terror, el régimen heroico, implacable y ascético del
“comunismo de guerra”. Al año siguiente, en el momento en que acaba de decretarse el fin
del terror, la coalición europea lanza a Polonia contra los Soviets. El Ejército rojo llega al
pie de las murallas de Varsovia, en el momento mismo en que la Internacional Comunista
celebra en Moscú su segundo congreso, y alza sobre Europa la amenaza de una nueva crisis
revolucionara. Termina este período en los meses de noviembre-diciembre de 1920 con la
derrota de Wrangel en Crimea y con la paz con Polonia. Parece haber terminado la guerra
civil, pero el levantamiento de los campesinos y la insurrección de Cronstadt ponen
brutalmente de manifiesto el grave conflicto entre el régimen socialista y las masas del
campo.
En 1921 se abre una tercera fase, que podríamos llamar la de la reconstrucción económica,
que se inicia con la nueva política económica (llamada, en abreviatura, la NEP) y que acaba
en 1925-26 con la vuelta de la producción al nivel de la anteguerra (aunque con una cifra de
población superior). Recordemos en breves palabras en qué consistía la NEP. Después de
las derrotas sufridas por las clases obreras de Europa, la dictadura del proletariado se vio
forzada a realizar determinadas concesiones económicas a la pequeña burguesía rural. Estas
concesiones fueron la abolición del monopolio del trigo, la libertad de comercio y la
tolerancia, dentro de ciertos límites, del capital privado. El Estado socialista conservó todas
las posiciones dominantes en el campo económico y no hizo concesión alguna en el terreno
de la política. Esta importante “retirada” -la palabra es de Lenin-, cuya finalidad fue la de
preparar el avance ulterior hacia el socialismo, pacificó el país e hizo más fácil su
reconstrucción.
– 6 –
A partir de 1925~26 entra la historia de la revolución proletaria de Rusia en una
cuarta fase. Ha llegado a buen término la reconstrucción económica, lo que constituye un
triunfo admirable cuando apenas han pasado cinco años desde la terminación de la guerra
civil, en un país duramente castigado y abandonado a sus propias fuerzas. De allí en
adelante se hace necesario ampliar la producción, se impone alcanzar el nivel de la
producción de los grandes países capitalistas. Todos los problemas aparecen planteados a la
luz de un nuevo día. Estamos en la fase de la industrialización. Se reanuda, cada día con
mayor aspereza, la lucha de clases. Se agravan los males de una revolución proletaria
contenida dentro de las fronteras nacionales y rodeada de países capitalistas. Pero ése es el
presente, la vida, la lucha. Nada mejor para facilitar su comprensión que el conocimiento de
los comienzos heroicos de la revolución, en el curso de los cuales se templaron los
hombres, se concretaron las ideas y se crearon las instituciones.
Doce años han transcurrido desde que tuvieron lugar los acontecimientos que
estudiamos en este libro. La República proletaria fundada por la insurrección del 7 de
noviembre de 1917 vive aún. La clase obrera ha demostrado en Rusia que es capaz de
ejercer el poder, de organizar la producción, de resistir victoriosamente a los enemigos del
exterior y del interior, y que posee la perseverancia necesaria para el cumplimiento de su
misión histórica -que no es otra que la de construir una sociedad nueva-, y esto en las
condiciones más ingratas. Los tanteos y errores de los hombres, las disensiones y las luchas
políticas, lejos de esfumar ante nuestra mirada esta gran realidad, deben servir para
resaltaría más. La revolución proletaria sigue adelante. Este hecho impone un doble deber a
quienes no tienen intereses de clase opuestos a ella: en el interior -es decir, dentro de la
URSS y del movimiento obrero revolucionario internacional-, el de poner sus fuerzas al
servicio de la revolución, combatiendo los males que padece, aprendiendo a defenderla
contra sus propias faltas, esforzándose por contribuir a la elaboración y a la aplicación
incesante de una política inspirada en los intereses superiores del proletariado mundial; en
el exterior, el de defender a la primera República de los Trabajadores, el de velar por su
seguridad, seguir sus trabajos y sus luchas para extraer de ahí las enseñanzas que han de
iluminar mañana a otros pueblos los caminos que conducen a la transformación del
mundo.
Habiendo escrito la mayor parte de este libro en la URSS, lamento no haber podido
consultar las muchas obras importantes aparecidas recientemente en el extranjero. Me fue
completamente imposible tenerlas a la mano.
Enero de 1930.

Continuar aquí: el20ano20i20de20la20revolucion20rusa

Comentario sobre: La imperiosa actualidad de la estrategia


Excelente articulo que historiza, analiza y actualiza los debates sobre la estrategia y la política militar revolucionaria. Me parece interesantisimo el recorrido histórico que marca de los debates militares dentro del marxismo y del salto que pega en manos de Lenin. Pensando en este punto particular, me gustaría acotar que Karl Schmidt no solo reconoce la importancia fundamental de la lectura que hace Lenin de Clausewitz, sino que señala que la respuesta contrarrevolucionaria es apelar a una guerra total contra la revolución donde incluso hay que combatir al partisano con los métodos del partisano, es decir apelando al fascismo y el uso de las fuerzas clandestinas dentro del estado para derrotar a las masas.
Por otra parte el articulo salda cuentas con la concepción foucaltiana de la guerra civil permanente que se basa en el concepto de que la política es la continuación de la guerra por otros medios. Porque más allá de los mecanismo de la dominación, los mismos tienen una base de clase y una relación de fuerzas determinadas que son la base de la política. Pero me pareció más profunda y lograda la critica a Giorgio Agamben y su teoría del “estado de excepción”. Me parece que toma bien la deshistorización del estado de excepción que hace Agamben autonomizandolo de las situaciones que lo producen, es decir de las condiciones particulares que dan origen a la recurrencia del bonapartismo. Y me parece un acierto porque Agamben historiza profundamente el concepto de estado de excepción y su origen en las medidas excepcionales de la Francia revolucionaria o en el Imperium de Roma, pero lo deshistoriza en su función histórica en las situaciones concretas. También me lleva a una reflexión. Agamben se apoya en su concepción en la definición de Walter Benjamin de que el estado de excepción es la regla. Lo hace precisamente haciendo abstracción de la definición del pensador marxista quien analiza el avance del nazismo, el fascismo y el estalinismo.
Por otro lado, Mao Tse Tung es quien en el campo de la estrategia política plantea la inversión del principio clausetwiziano sobre guerra y política. Y es teoricamente la justificación de las alianzas polícas con el Kuomintang, bajo el supuesto de las necesidades militares de la guerra antijaponesa y posteriormente del bonapartismo estalinista de los partidos ejércitos guerrilleros que sostiene que el poder esta exclusivamente en la punta del fusil, reproduciendo su lógica como forma régimen del Estado surgido de la revolución de 1949.
Considero ésto el aporte fundamental que se complementa con una lapidaria critica a las estrategias de la “nueva izquierda” posibilista y el abandono de la estrategia revolucionaria por parte del pensamiento izquierdista actual.
Felicito a los camaradas por este valioso trabajo que prepara a la nueva generación revolucionaria para resolver el trauma epistemologico sobre la estrategia política y la violencia revolucionaria, que ha producido la ausencia de revoluciones en las ultimas tres décadas.
Adelanto la Introducción del libro “El marxismo del siglo XX y el arte militar”, libro cuyos autores son Matías Maiello y el que suscribe, Emilio Albamonte, que será publicado a principios del 2017 por ediciones IPS.
Prólogo
La imperiosa actualidad de la estrategia
“Aquel que piense que es necesario renunciar a la lucha física, debe renunciar a toda lucha, pues el espíritu no vive sin la carne.” (León Trotsky, ¿A dónde va Francia?)
“La victoria de ningún modo es el fruto sazonado de la ‘madurez’ del proletariado. La victoria es una tarea estratégica.” (León Trotsky, Clase, Partido y Dirección)
A principios de la década del 1960, el jurista reaccionario alemán Carl Schmitt, señalaba en su Teoría del Partisano: “Lenin fue un gran conocedor y admirador de Clausewitz. Estudió el libro De la Guerra durante la Primera Guerra Mundial, en el año 1915, de un modo intensivo, extrayendo pasajes en alemán, haciendo notas al margen en ruso con subrayados y signos de admiración que incorporó a su cuaderno de notas, la Tetradka. De este modo, redactó uno de los más extraordinarios documentos de la Historia del mundo y de las ideas.”[1]
Schmitt no es inocente, destaca la relación entre el marxismo y Clausewitz para mostrar el carácter revolucionario del bolchevismo con el objetivo de contraponerle una estrategia conscientemente contrarrevolucionaria. Sin embargo, lo cierto es que la apropiación del pensamiento estratégico será un punto clave para la acción revolucionaria de los bolcheviques y la III Internacional que marcará el curso del siglo XX.
Una afirmación similar pero con el resultado inverso adoptan los teóricos “posmarxistas”, Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. En Hegemonía y Estrategia Socialista, destacan la relación entre el marxismo y Clausewitz para impugnar al marxismo revolucionario. “La lucha política –dicen– sigue siendo, finalmente, un juego suma–cero entre las clases. […]. No es exagerado decir que la concepción marxista de la política, de Kautsky a Lenin, reposa sobre un imaginario que depende en gran medida de Clausewitz”[2].
Desde luego, Lenin no fue el primer lector de Clausewitz, ni de los clásicos del pensamiento militar dentro del marxismo, menos aún el primero en sumergirse en el arte de la estrategia y los problemas militares. Tampoco Kautsky y Lenin tenían la misma concepción de estrategia, ni la misma visión de la relación entre lo político y lo militar en el marxismo. Sin embargo, bajo el nombre de Clausewitz, tanto el señalamiento de Schmitt como el de Laclau y Mouffe aluden a un núcleo central del marxismo revolucionario.
Marx y Engels pudieron formarse una amplia visión sobre cuestiones militares. En particular sobre Clausewitz sus primeras lecturas se dan, muy probablemente, en el contexto de las revoluciones de 1848. Pero sus estudios y lecturas van mucho más allá del autor de De la Guerra. Comprenden toda una serie de autores que van desde Maquiavelo hasta Montecuccoli, desde Jomini hasta Chahrmützel, desde Surorov hasta von Hofstetter y Barclay de Tolly, desde Willisen hasta Küntzel y Napier.[3] Engels, por su parte, será especialmente prolífico en este terreno, además de contar con la experiencia personal de los combates militares de 1849 que atravesaron Baden y el Palatinado[4].
A comienzos del siglo XX, dentro de la Segunda Internacional, serán Jean Jaurès y Franz Mehring los primeros en desarrollar obras comprensivas sobre cuestiones militares. El primero con su clásico L’Armée Nouvelle (El Nuevo Ejército) y otros escritos, donde bajo una interpretación en clave de “defensa pasiva” de la obra de Clausewitz, se propone desde una estrategia pacifista combatir el chovinismo, el revanchismo, y el napoleonismo que primaba en las fuerzas armadas francesas de aquel entonces.
En el caso de la obra de Mehring, constituirá una bisagra para la introducción de los temas militares en los debates de la socialdemocracia alemana e internacional. Autor de una amplia obra sobre cuestiones militares compilada en gran parte en los dos volúmenes de Krieg und Politik (Guerra y Política)[5], será uno de los principales introductores de Clausewitz en el marxismo del siglo XX. Así como también de Hans Delbrück, el destacado historiador militar que le fue contemporáneo; sobre el cual volveremos en las páginas de este libro.[6]
A diferencia de Jaurès que se proponía una reforma del ejército francés, Mehring, militante del ala izquierda de la Segunda Internacional, tenía como objetivo sumergirse en el fenómeno de la guerra para desarrollar una comprensión marxista de la misma a partir de las elaboraciones de Engels y de Clausewitz.
Sin embargo, en su amplio abordaje, Mehring no consideró la hipótesis de que la apropiación crítica de la obra de Clausewitz pusiese ser una herramienta para enriquecer el desarrollo de la estrategia revolucionaria en la acción en la lucha de clases. Esta innovación le corresponderá a Lenin en primer lugar, y luego a Trotsky.
Tanto Lenin como Trotsky[7], buscarán en los teóricos militares respuestas a los interrogantes que había dejado planteada la revolución rusa de 1905. El curso hacia la Primera Guerra Mundial no hará más que profundizar aquel interés frente a la renovada proximidad del enfrentamiento entre revolución y contrarrevolución.
No serán los únicos. Karl Kautsky, como señalan Laclau y Mouffe también participará de aquella apropiación. Pero a diferencia de Lenin y de Trotsky, la estrategia militar era para Kautsky, sobre todo una fuente de metáforas para la política. Como desarrollamos en este volumen, su apropiación de Delbrück y su teoría de las dos estrategias, la “guerra de desgaste” (Ermattungsstrategie) y la “guerra de abatimiento” (Niederwerfungsstrategie), estará al servicio de combatir las críticas de Rosa Luxemburgo a la pérdida del carácter revolucionario de la Socialdemocracia Alemana.[8]
La innovación de Lenin, a partir de sus cuadernos de 1915, consiste en una apropiación crítica de Clausewitz comprensiva de las relaciones entre guerra y política para la estrategia revolucionaria. Esto lo convirtió en el primer intérprete político de De la Guerra, como señala Michael Howard[9], uno de los más prominentes especialistas y traductor de la obra del general prusiano.
Es difícil valorar cabalmente la magnitud de esta innovación para el marxismo. Sus consecuencias fueron amplias y perdurables, en esto tanto Schmitt como Laclau y Mouffe tienen razón. En primer lugar para la conducción de la revolución rusa al triunfo, y luego para desarrollar enormemente el arsenal táctico y estratégico del marxismo revolucionario para enfrentar el desafío de la revolución en las estructuras sociopolíticas mucho más complejas de Occidente.
León Trotsky, retrospectivamente señala al respecto: “La idea de una estrategia revolucionaria se consolidó en los años de posguerra, al principio, indudablemente, gracias a la afluencia de la terminología militar, pero no por puro azar. Antes de la guerra no habíamos hablado más que de la táctica del partido proletario; esta concepción correspondía con exactitud suficiente a los métodos parlamentarios y sindicales predominantes entonces…”[10]
Sobre esta base tuvo lugar uno de los desarrollos más importantes del todo el marxismo del siglo XX. Sin embargo, ni en la historia en general y mucho menos en la historia de las organizaciones revolucionarias se trata de una línea del progreso continuo. Como diría Goethe, para conservar lo que se posee es necesario conquistarlo cada vez de nueva cuenta.
En el camino de recuperar aquel arsenal teórico-práctico para el marxismo revolucionario del siglo XXI nos encontramos ante tres negaciones de la estrategia: una histórica referida a la discontinuidad revolucionaria[11], otra teórica que fundamenta explícitamente el pensamiento “antiestratégico”, y por último, una política que podemos ver en las más recientes experiencias de la lucha de clases. Comenzaremos por la primera.
El devenir de un “trauma epistemológico”
Analizando las consecuencias para el movimiento marxista de la derrota de la Comuna de París en 1871, Robeto Jacoby señalaba que: “Se produjo una especie de trauma epistemológico: no se logró una reestructuración de la teoría de la revolución proletaria en las nuevas condiciones histórico-sociales”[12]. Producto de esta crisis, Jacoby resalta que el problema militar había prácticamente desaparecido de la reflexión hasta los primeros años del siglo XX. Y así fue.
En la actualidad podemos ver puntos de contacto con aquella situación. A ocho años del inicio de la crisis capitalista internacional cruje el andamiaje del orden mundial capitalista que dominó durante los últimos 30 años, quedando simbolizado en la llegada a la presidencia de EE.UU. de Donald Trump. Se suceden toda una serie de nuevos fenómenos políticos -polarización, “neorreformismos” y ascenso de la derecha-, de la lucha de clases -como en Francia en 2016, antes Grecia, en 2011 Medio Oriente y el Norte de África atravesados por la “Primavera Árabe”-, también fenómenos aberrantes como el terrorismo yihadista, en el marco de crecientes tensiones geopolíticas.
Sin embargo, el punto de partida de esta nueva etapa, cuyos contornos comienzan a delinearse, son más de tres décadas sin revoluciones, aunque no exentas de procesos agudos de la lucha de clases (levantamientos, jornadas revolucionarias, etc.), que han marcado el retroceso de la reflexión estratégica. Un efecto similar, aunque sobre la base de fenómenos distintos, al que se dio luego de la Comuna de París de 1871.
Retomando a Jacoby, Pablo Bonavena y Flabián Nievas, traen aquella reflexión sobre el “trauma epistemológico” a la actualidad, haciendo un señalamiento más que pertinente. “El marxismo actual –dicen-, al menos muchas veces, pareciera que se ha vuelto ‘pacifista’. Incluso las organizaciones que abrevan en el leninismo transmiten frecuentemente la misma sensación, sin darse cuenta necesariamente que de esta manera estarían renunciando a las aspiraciones revolucionarias.”[13]
Y agregan, respecto a las causas de este fenómeno: “En los inicios del siglo XXI estamos, en este plano, en una situación análoga a la vivida en aquellos años que siguieron al revés sufrido en la Comuna. El efecto de la derrota de la revolución en el mundo en general y en nuestro país [Argentina] en particular ha erradicado el tema de la agenda marxista.”[14]
Ahora bien, sin duda la derrota del último asenso de la lucha de clases a escala internacional (1968-1981) y la ofensiva capitalista posterior fueron claves, sin embargo el trasfondo es más amplio. En los orígenes del actual “pacifismo”, no solo se encuentran las estrategias de conciliación de clases -de los Partidos Comunistas stalinizados o del “eurocomunismo” posterior- sino también el militarismo de las “estrategias” guerrilleras que bregaron por la construcción de “partidos-ejércitos” en la periferia capitalista.
Esta situación afectó también a las corrientes marxistas referenciadas en Trotsky. La IV Internacional después de la Segunda Guerra Mundial quedó diezmada, entre la persecución del fascismo, el stalinismo y el imperialismo “democrático”. En este marco, se produjo un quiebre en la unidad entre programa y estrategia. El resultado de esta separación fue la adaptación a otras estrategias fortalecidas en la posguerra, la de los Partidos Comunistas europeos, la del nacionalismo burgués, o la guerrilla.
Esta deriva estratégica se profundizó luego de la derrota, y en la actualidad la primacía es del pacifismo y la adaptación a los neorreformismos. Es que a diferencia de la derrota histórica que sufrió el proletariado con la Comuna de París, donde los heroicos comuneros batallaron a muerte contra el ejército francés apoyado por el ejército prusiano, y que sirvió de ejemplo e inspiración para las nuevas generaciones de revolucionarios, en las últimas tres décadas los trabajadores vieron cómo sus propias organizaciones se les volvían en contra plegándose a la ofensiva neoliberal y a la restauración capitalista en los Estados donde se había expropiado a la burguesía.[15]
Sin duda, para la reconstrucción del marxismo revolucionario en el siglo XXI es necesario, como planteaba Daniel Bensaïd “deshacer la amalgama entre stalinismo y comunismo, liberar a los vivos del peso de los muertos”[16]. Pero no es suficiente, es preciso reestablecer la unidad entre el programa marxista y la estrategia revolucionaria. Solo de esta forma puede recobrar el lugar que le corresponde la relación entre estrategia, marxismo y la cuestión militar.
Este es el objetivo del presente libro. De ahí el abordaje que encontrará el lector sobre la relación entre “posición” y “maniobra”, sobre las tácticas como el “frente único obrero”, el “gobierno obrero”, las complejas relaciones entre defensiva y ofensiva, los desarrollos sobre el “arte de la insurrección” en Oriente y en Occidente, y la subsecuente problemática de las milicias obreras y la política hacía el ejército, así como la experiencia de la propia construcción del Ejército Rojo en la Revolución Rusa, entre muchos otros aspectos.
A su vez, otra parte del presente volumen está dedicada a los problemas de “gran estrategia” o estrategia global, que hacen al desarrollo internacional de la revolución, sin los cuales no puede comprenderse la lucha de estrategias en el siglo XX y la que plantea el siglo XXI. En especial a la teoría-programa de la revolución permanente como puente entre la conquista del poder en Estados particulares y el “fin político” de la lucha por el comunismo a través del desarrollo internacional de la revolución. Un arsenal estratégico que no casualmente se encuentra hoy oculto bajo siete llaves.
Estos son algunos de los temas que abordaremos ligados a los principales procesos revolucionarios del siglo, tanto en “Oriente”, las revoluciones rusas, china, indochina, cubana, como en “Occidente”, muy especialmente en Alemania, pero también Inglaterra, Francia, la revolución española, los procesos en Europa “occidental” a la salida de la segunda posguerra, así como aquellos contra la burocracia stalinista, la llamada “guerra fría”, el ascenso iniciado por el Mayo Francés, y los procesos de finales de los ’80 y principios de los ’90 que concluyeron con la restauración capitalista.
El lector los encontrará articulados en torno a los principales debates que atravesaron al marxismo del siglo XX. Las discusiones entre Kautsky y Rosa Luxemburgo, los desarrollos de Lenin, la gran obra sobre temas militares de Trotsky, abordada conjuntamente con sus desarrollos sobre la revolución en Occidente, así como los de Antonio Gramsci y sus intérpretes actuales. Las principales polémicas entre los marxistas referenciados en Trotsky luego de la Segunda Guerra Mundial como Ernest Mandel, Michel Pablo, Nahuel Moreno, entre otros. Las elaboraciones de Isaac Deutscher y su escuela. Así como también el abordaje de los representantes de otras estrategias, como Mao Tse Tung, Vo Nguyen Giap, o el “Che” Guevara.
Siendo que han pasado tantos años sin revolución, el lector podrá preguntarse si está entonces frente a un libro de historia. Efectivamente hay una historia detrás y es parte de lo que es necesario conocer, pero la respuesta es negativa. Lo que encontrará en estas páginas, es una indagación constante, un contrapunto permanente con los debates y las preguntas que atraviesan hoy al marxismo y a la perspectiva de la revolución obrera y socialista en el siglo XXI.
La guerra sigue siendo un medio para un fin político
Como señalaba Trotsky en polémica con el stalinismo a mediados de la década de 1930: “Aquel que piense que es necesario renunciar a la lucha física, debe renunciar a toda lucha, pues el espíritu no vive sin la carne. De acuerdo a la magnífica expresión del teórico militar Clausewitz, la guerra es la continuación de la política por otros medios. Esta definición también se aplica plenamente a la guerra civil. La lucha física no es sino uno de los ‘otros medios’ de la lucha política.”[17]
Y agregaba: “Es inútil oponer una a la otra, pues es imposible detener voluntariamente la lucha política cuando, por la fuerza de las necesidades internas, se transforma en lucha física. El deber de un partido revolucionario es prever la inevitabilidad de la transformación de la política en conflicto armado declarado y prepararse con todas sus fuerzas para ese momento, como se preparan para él las clases dominantes.”[18]
En este punto nos topamos en la actualidad con la segunda de las negaciones de la estrategia a la que nos queremos referir, que opera en el plano teórico a través de la trivialización de temas como la “guerra civil”, el “estado de excepción”, y más en general de la guerra en sí misma y las cuestiones relacionadas con ella. Su precursor fue Michael Foucault.
Según el filósofo francés, asiduo lector de Clausewitz, era necesario invertir aquella fórmula del general prusiano según la cual la guerra es la continuación de la política por otros medios. Decía Foucault: “Tendríamos, pues, frente a la primera hipótesis -el mecanismo de poder es esencialmente la represión- una segunda hipótesis que sería: el poder es la guerra continuada por otros medios. En este punto invertiríamos la proposición de Clausewitz y diríamos que la política es la guerra continuada por otros medios.”[19]
La inversión foucaultiana, que abordamos en el primer capítulo de este libro, produce una indiferenciación entre la violencia física y moral que borra los conceptos de “guerra” y “paz”. La “paz civil” pasa a ser una simple secuela de la guerra y el ejercicio del poder se identifica con una guerra continua. Paralelamente, el filósofo francés atribuye a la Modernidad el pasaje del apotegma “hacer morir y dejar vivir” al actual “hacer vivir y dejar morir”. Donde el poder moderno reposa en producir y gestionar la vida dando inicio a la era del “biopoder”.
La tesis del biopoder se hace eco del espectacular desarrollo de los mecanismos de control social, que desde su formulación original hasta la actualidad no hicieron más que incrementarse. Sin embargo, tras la omnipresencia de un control uniforme, el planteo de Foucault oculta las asimetrías y las desigualdades sociales, ya sea frente a la enfermedad o frente a la propia vigilancia policial, y por sobre todo, la lógica policial unilateral deja de lado todo antagonismo de clase. Queda borrada toda distinción de las formas de dominación y regímenes políticos bajo la categoría de un totalitarismo todopoderoso.[20]
Este pasaje del poder soberano a la gestión de la vida del biopoder, diríamos que corresponde a la generalización teórica de las condiciones propias de la derrota del ascenso de masas internacional iniciado en 1968. La ausencia de revolución por más de tres décadas, así como la ofensiva neoliberal, fueron terreno fértil para la idea de una “guerra civil permanente” sin guerra civil, es decir, sin oponente. Donde el poder “se ejerce y solo existe en acto”, se trata de “una relación de fuerza en sí mismo”, “es esencialmente lo que reprime”[21].
La consecuencia más importante de estas formulaciones es que, como señalara Perry Anderson: “Una vez hipostasiado como nuevo primer principio […] el poder pierde cualquier determinación histórica: ya no hay detentadores específicos de poder, ni metas específicas a las que sirva su ejercicio.”[22]
La continuación de este derrotero tiene su expresión contemporánea más prolífica en el filósofo italiano Giorgio Agamben. Uno de los ejes de su trabajo gira en torno a la figura de “Estado de excepción”[23], tomando como referencia las elaboraciones de Carl Schmitt, en el cual el soberano está al mismo tiempo, fuera y dentro del ordenamiento jurídico, es el que decide “legalmente” la suspensión del orden legal.
En un sentido similar al que señalábamos con Foucault, podemos decir que Agamben está dando cuenta del fenómeno que atraviesa la política actual, donde se oscurece crecientemente la frontera entre el derecho y el no-derecho, y se legaliza en forma generalizada la arbitrariedad del poder. Tendencias al bonapartismo las denominaríamos en términos marxistas, las cuales a partir de la crisis mundial vemos acrecentarse incluso en los países del centro capitalista.
Sin embargo, también Agamben va más allá, la excepción tiende a transformarse en regla, lo cual pone en cuestión los límites y la estructura del Estado. De ahí que señale que: “La estructura de la excepción […] parece ser […] consustancial con la política occidental”[24]. La consecuencia al igual que en Foucault, es deshistorizar, en este caso el estado de excepción, como una característica permanente de la política occidental opacando sus causas y los objetivos que persigue en la situación determinada.
Esto último de más está decir que es fundamental. Por ejemplo en Francia, el gobierno de Hollande hizo norma del estado de excepción bajo el argumento de combatir al terrorismo. Sin embargo, el país galo no viene siendo solo el epicentro de aberrantes atentados terroristas contra la población civil, sino que en 2016 estuvo atravesado por uno de los mayores procesos de movilización juvenil y obrera desde el Mayo del ’68, y el estado de excepción tiene entre sus principales objetivos disciplinar al movimiento de masas.[25]
A su vez, recientemente el filósofo italiano ha publicado un opúsculo titulado La guerra civil. Para una teoría política de la stasis, como última entrega de su obra Homo Sacer[26]. Dos conferencias que habían sido pronunciadas originalmente en 2001 luego de los atentados del 11S donde arriba a conclusiones categóricas sobre la guerra civil.
“La forma –señala- que la guerra civil ha asumido hoy en la historia mundial es el terrorismo”[27], y agrega: “El terrorismo es la ‘guerra civil mundial’ que inviste de vez en cuando esta o aquella zona del espacio planetario”[28]. Esto vendría a confirmar, para Agamben, el diagnóstico de Foucault de la política moderna como biopolítica, siendo que “el terrorismo mundial es la forma que asume la guerra civil cuando la vida como tal deviene la puesta en juego de la política.”[29]
El concepto de guerra civil mundial tiene larga data, Agamben lo referencia en Schmitt[30] y en Hannah Arendt quién lo formulara en su clásico On Revolution en referencia a la Segunda Guerra Mundial. Ya para aquel entonces, como desarrollamos en el presente libro, se trataba de un concepto problemático que diluía el carácter imperialista de la guerra frente a otras dicotomías como “democracia versus totalitarismo”, con toda la serie de consecuencias estratégicas que se desprenden de ello. Más problemática aún es hoy en Agamben.
En la “guerra civil mundial” de Agamben, como señala Emmanuel Barot, quedan en la oscuridad las guerras actuales que libran los Estados específicos en Medio Oriente y sus objetivos imperialistas, sin las cuales el fenómeno del terrorismo actual, como el Estado Islámico, es incomprensible. Contra aquellas tesis, desde el 2001 cuando el filósofo italiano las pronunció originalmente hasta la actualidad, la implicación de los Estados en este tipo de guerras, no solo por procuración sino en forma directa no ha hecho más que acentuarse. Solo es necesario ver el desarrollo de la guerra en Siria[31], o el derrotero que tuvo la guerra en Ucrania.
La inversión foucaultiana de la fórmula de Clausewitz, el dominio absoluto del “biopoder”, el “estado de excepción” como estructura consustancial de la política occidental, la “guerra civil mundial”, no hacen más que ocultar los objetivos de la dominación y sus detentadores reales, así como el papel del Estado capitalista y los antagonismos de clase en el marco de la actual crisis mundial capitalista.
De esta forma evitan discernir la guerra civil y el conflicto armado en su especificidad. Al teorizar sobre una guerra o una “excepción” indeterminada e identificarlas con la política, terminan oponiéndola a la guerra en toda su dimensión, y así, la continuidad entre política y guerra pierde cualquier significación estratégica.
Se trata de un problema de primer orden para la estrategia revolucionaria, si como señalábamos con Trotsky, es necesario justamente prever la transformación de la política en conflicto armado y prepararse para ese momento como lo hacen las propias clases dominantes.
La negación de la estrategia
Daniel Bensaïd señala en su libro Elogio a la Política Profana cómo luego de la derrota de los procesos que atravesaron Europa a finales de los ’60 (Mayo Francés, Primavera de Praga, etc.) y la primera parte de los ’70 (Revolución Portuguesa) comenzó “un movimiento de retirada y deserción del campo estratégico”[32], encabezado por Foucault y Deleuze.
Foucault proclama que “donde hay poder hay resistencia”[33]. Pero se trata de una idea de resistencia que confirma el repliegue de la cuestión del Estado, que ya no es concebido como el aparato armado especial garante de las relaciones de la dominación capitalista, sino como una relación de poder entre muchas otras. La estrategia, como dice Bensaïd, queda reducida a cero, diluida en una suma de resistencias, sin posibilidad de victoria posible.
Como señala Clausewitz, la defensa absoluta, la pura resistencia, “contradice completamente el concepto de guerra; pues en tal caso, la guerra no sería realizada más que por uno de los bandos”[34]. Y efectivamente en la era del bipoder, para Foucault, el poder pasa a ser “aquello que reprime”. La guerra que se continúa en la política, según su inversión de Clausewitz, es una “guerra” unilateral.
Continuando la zaga del biopoder, Agamben nos presenta el “campo de concentración” como el “paradigma biopolítico de Occidente”[35]. Es un hecho que hoy no solo se trata de la existencia de campos de concentración como el de Guantánamo, sino que vemos la proliferación de aquellos conocidos bajo del eufemismo de “campos de refugiados” que pueblan Europa, donde son detenidos cientos de miles de personas que huyen de la guerra y el hambre. Sin embargo, Agamben avanza hacía la trivialización cuando el “campo de concentración” pasa a ser el emblema de una lógica generalizada de concentración que va desde la seguridad social hasta la arquitectura pasando por las instituciones educativas y deportivas, y que enfrenta el poder soberano a la vida desnuda, sin mediaciones. El poder no tiene frente a él más que la nuda vida.
Este tipo de fatalismo, más o menos resignado convive en la actualidad con teorías que hacen gala de un voluntarismo arbitrario, que podemos ver en autores como Tony Negri o Alain Badiou. Este último bajo la forma del “acontecimiento”, que “abre la posibilidad de lo que desde el estricto punto de vista de la composición de esa situación o de la legalidad de ese mundo, es propiamente imposible”[36]. Se trata de una reacción desde un maoísmo idílico a los acomodamientos sin principios de la “realpolik”. Sobre la base de concebir al comunismo no como un objetivo político sino como una “Idea” con mayúscula a la manera kantiana, rechaza la confrontación real y la prueba de la práctica.[37]
En el caso de Negri, la idea de un “comunismo aquí y ahora” se basa en el embellecimiento de las transformaciones consecuencia del neoliberalismo capaces de ser “constitutiva[s] de sujetos sociales independientes y autónomos”, donde “la contradicción que opone esta nueva subjetividad a la dominación capitalista […] ya no será dialéctica sino alternativa”[38]. Un planteo cuyas raíces más o menos lejanas se remontan al operaismo desarrollado como reacción frente a la burocracia del Partido Comunista Italiano.
En ambos casos se trata de negaciones “voluntaristas” de la estrategia. Sin embargo, tanto la voluntad pura como la potencia, más allá de la teoría se mantienen atrapadas por la realidad de las relaciones de fuerza entre las clases y por las burocracias sindicales, políticas, de los “movimientos”, que no tienen a bien someterse a la hegemonía del “general intellect” o a la “idea reguladora” del comunismo.
Esta realidad, siempre tan prosaica, nos entregó una curiosa fotografía. Tanto el fatalismo de Agamben, como los diferentes voluntarismos de Badiou y Negri, e incluso una parte de la izquierda que se reivindica revolucionaria pero sufre aquel “trauma epistemológico” al que referíamos al principio[39] confluyeron detrás del apoyo electoral al principal fenómeno neoreformista que ha dado la situación hasta el momento: la Coalición de Izquierda Radical griega, más conocida como Syriza.
Esto nos introduce en la tercera negación de la estrategia a la que queríamos referirnos, la más directamente política.
Las situaciones revolucionarias no caen del cielo
Venimos de más de tres décadas sin revoluciones. Más arriba señalábamos algunas de las causas que lo explican. El desarrollo de la crisis capitalista internacional ha cambiado el escenario. Ya se han dado situaciones agudas de la lucha de clases, que son fundamentales para la reflexión estratégica actual. Grecia es un ejemplo, no el único por supuesto. Egipto es otro gran laboratorio, uno más “oriental” que “occidental”, según las categorías políticas de la III Internacional.
En el escenario “oriental” de Egipto, una situación prerrevolucionaria devino en situación contrarrevolucionaria[40]. En el escenario “occidental” de Grecia, los mecanismos de la democracia burguesa resistieron el embate de la crisis y la lucha de clases hasta el momento; claro que con el saldo del hundimiento de los partidos tradicionales y catapultando al gobierno a Syriza.
Ahora bien, las situaciones de crisis profunda que llevan a la lucha de clases no son sinónimo de revolución, y menos que menos de un resultado revolucionario. “Una situación revolucionaria –decía con razón Trotsky- se forma por la acción reciproca de factores objetivos y subjetivos”, y agrega que “no cae del cielo; se forma en la lucha de ciases”.[41] Y en este marco, la actitud de las direcciones del movimiento de masas es el factor subjetivo de primer orden.
El ejemplo griego nos permite ver hoy aquella relación entre factores objetivos y subjetivos de la que habla Trotsky. Pablo Iglesias, principal referente de Podemos, al ser interpelado sobre la transformación de Syriza en un gobierno aplicador de los ajustes de la Unión Europea afirmaba que la formación griega no tuvo otra alternativa que seguir el curso que siguió. Desde luego, al defender a Syriza estaba pensando en el futuro de Podemos en el Estado Español.
“El problema –decía Iglesias- es que todavía se tiene que verificar que alguien desde un estado puede plantear semejante desafío […] si nosotros gobernando vamos a hacer una cosa dura de repente tienes a buena parte del ejército, del aparato de la policía, a todos los medios de comunicación […] tienes a todo contra ti, absolutamente todo. Y un sistema parlamentario, en el que cómo aseguras tú una mayoría absoluta, es muy difícil […] Para empezar habría que haber llegado a un acuerdo con el Partido Socialista.”[42]
Efectivamente aquí se encuentran esbozados sencillamente los dos caminos estratégicos existentes. El primero, el defendido por Iglesias: actuar dentro de los marcos impuestos por la Troika[43] desde un discurso y una “cultura” de izquierda en general. Algo parecido podemos encontrar en el reciente folleto Construir Pueblo[44] de Íñigo Errejón y Chantal Mouffe, o en Disputar la Democracia[45] del propio Pablo Iglesias. Es decir, el recorrido de Syriza, ya sea con mayores o menores márgenes de maniobra.[46]
El segundo es el de enfrentar a las instituciones de la UE y atacar los intereses capitalistas, que implica prepararse para enfrenta “a buena parte del ejército, la policía, los medios de comunicación”, etc., así como conquistar nuevas formas democráticas de expresión de las mayorías, superiores al parlamentarismo, entre otras cuestiones.
En el primer caso no hay estrategia en el sentido clausewitziano del término, entendida como la utilización de los combates tácticos parciales con el fin de imponer la voluntad al enemigo; o como decía Trotsky, el arte de vencer, de hacerse con el mando. Al contrario, se trata simplemente de administrar lo más benévolamente posible la realización de intereses ajenos, es decir, del capitalismo. Como demostró Grecia, los márgenes permitidos para aquella benevolencia son particularmente estrechos en el marco de la crisis mundial.
El camino de la estrategia no comienza el día del “asalto al Palacio de Invierno”. Tampoco consiste esperar “la crisis final del capitalismo”. El pensamiento mágico no tiene lugar cuando hablamos de relaciones de fuerzas. De ahí el insustituible trabajo de la estrategia, que consiste en la articulación de volúmenes de fuerza para el combate.
En el caso griego podemos ver dos elementos claves donde las direcciones oficiales del movimiento de masas tuvieron un papel negativo fundamental: el Frente Único, es decir, la posibilidad de presentar un frente común de los trabajadores en la acción ante los ataques capitalistas, y la autodefensa necesaria para el desarrollo de la lucha.
El Frente Único defensivo, sin el cual el Frente Único ofensivo y los Soviets son impensables, fue uno de los grandes ausentes durante todo el primer ciclo de lucha de clases que va desde el 2010 hasta 2012, con decenas de huelgas generales, movilizaciones de masas y enfrentamientos con la policía.
Las direcciones sindicales fueron enemigas principales de desarrollar un Frente Único defensivo contra los ataques de los sucesivos gobiernos agentes de la Troika. En el caso de los sectores mayoritarios de la burocracia, con su política de subordinación al PASOK y a otros partidos patronales. Frente a éstos Syriza, sin una influencia significativa en el movimiento obrero, y menos aún una política contrapuesta, no representó ninguna alternativa. En el otro extremo, con una combinación de sectarismo y oportunismo en el caso de la central obrera orientada por el Partido Comunista Griego (PAME) que se negó explícitamente a la unidad en la acción. Cada uno a su manera fue enemigo de que se materialice el frente único necesario para derrotar los planes de austeridad a pesar las más de 30 huelgas generales.
Otro tanto podríamos decir sobre los problemas de la autodefensa. Cómo dice Iglesias, el camino alternativo a la aceptación de los marcos impuestos por la Unión Europea, implica entre otras cosas prepararse para enfrentar a las fuerzas represivas del Estado burgués. Al igual que la mayoría de las cuestiones estratégicas no se resuelven el día de la toma del poder.
Como señala Trotsky, los trabajadores tienen que saber que cuanto más fuerte sea su lucha más fuerte será el contraataque del capital. Según la escala de la lucha y el nivel de enfrentamiento, es la creación de destacamentos obreros de autodefensa, comenzando desde la puesta en pie de piquetes de huelga para una lucha particular hasta la conformación de milicias obreras cuando los enfrentamientos se hacen más agudos.
En el caso griego, la defensa frente los ataques de las bandas neonazis de Aurora Dorada, planteaba en forma embrionaria la cuestión de la organización de la autodefensa. Lo mismo podemos decir de los “piquetes de huelga” en torno a las huelgas generales que se desarrollaron, y sobre todo, si estas hubieran tenido una perspectiva clara de combate, y no de medidas aisladas, lo que hubiera hecho más dura aún la represión.
La “solución” de Syriza a este problema para llegar al gobierno, llevando hasta el final el planteo de Iglesias, fue entregar el control del ejército y la policía a una formación de la derecha nacionalista y xenófoba, ANEL, a través de una coalición parlamentaria y el otorgamiento del ministerio de defensa.
De conjunto, tanto el Frente Único como la autodefensa, eran indispensables para incidir sobre la relación de fuerzas, y por ende para el desarrollo de una situación revolucionaria. De aquí el señalamiento de Trotsky sobre que una situación revolucionaria no surge ex nihilo sino que se construye en la lucha de clases.
La clase obrera y el movimiento de masas en Grecia dieron muestras enormes de combatividad y disposición al combate, muy especialmente entre 2010 y 2012. A pesar de ello, como es evidente, no impuso el Frente Único o desarrolló organismos de autodefensa a pesar de sus direcciones, mostrando que la radicalización que hubo fue ciertamente embrionaria.
Para quién se conforme con este tipo de explicaciones el presente libro carece totalmente de sentido. La discusión puesta exclusivamente en estos términos, por fuera de la acción de las direcciones realmente existentes, de las burocracias políticas y sindicales del movimiento de masas, es la pura negación de la estrategia. Tan ridícula como la pretensión de analizar el resultado de una guerra sin evaluar la estrategia y la táctica de los Estados Mayores.
Como podemos ver en los debates de la III Internacional, desarrollados en el presente libro a partir del contrapunto entre Gramsci y Trotsky, la táctica del Frente Único Obrero parte de la constatación –reiterada constantemente en la historia- del papel central de las burocracias políticas y sindicales –incluidas las reformistas- como garantes de la división del movimiento obrero frente al capital.
De aquí que la constitución del Frente Único, y más aún su desarrollo, es obra de la estrategia. Es decir, depende de la existencia de una organización revolucionaria dispuesta a pelear por él. Es importante aclarar, nuevamente, que no se trata de una proclamación en abstracto, sino de la articulación de determinados volúmenes de fuerza material suficientes para imponerlo, así como para aprovecharlo estratégicamente desarrollando una lucha de tendencias al interior del Frente Único para atraer a sectores de masas hacia una estrategia y un programa revolucionario en base a la experiencia en común.
En el caso griego, sin embargo, solo las direcciones tradicionales, de la burocracia ligada al PASOK o el Partido Comunista, y políticamente Syriza, contaban con fuerzas suficientes para determinar la situación, las cuales utilizaron para boicotear el desarrollo del Frente Único. No hubo una fuerza revolucionaria organizada con peso suficiente en el movimiento obrero para presentar batalla.
Esta configuración resultante, muestra por la negativa el carácter indispensable del trabajo de la estrategia, tanto previamente como durante el proceso, el cual no solo incluyó el desarrollo de los elementos de la lucha de clases que señalábamos antes sino que se plasmó en el masivo pronunciamiento por el No al memorándum de la Troika en 2015.
La miseria de la política sin estrategia
Mucho se ha escrito en torno a Syriza y sus posibilidades de constituir un “gobierno de izquierda” luego de décadas de dominio en Europa de lo que Tariq Ali llamó el “extremo centro”[47] político incluyendo por igual a socialdemócratas y conservadores.
A poco de llegar al gobierno en enero de 2015, el ex-miembro del Comité Central de Syriza y de la ex-Plataforma de Izquierda, Stathis Kouvelakis, sostenía que lo que estábamos viendo era la consecución de la “estrategia de ‘guerra de posiciones’” de Gramsci que, según él, “Nicos Poulantzas y la tradición eurocomunista reformularon como la ‘vía democrática al socialismo’”[48]. A la inversa, tan pronto como en Julio de aquel mismo año se encontraba dando cuenta de “un desenlace completamente desastroso para un experimento político que dio esperanza a millones de personas luchando en Europa como en otras partes del mundo”[49].
Efectivamente, el 6 de julio de 2015, la gran mayoría del pueblo griego votó en un referéndum organizado por Syriza el rechazó a la Troika. En el marco de una campaña de aterrorizamiento internacional protagonizada por todas las fuerzas burguesas, sus gobiernos y sus medios de comunicación, un 61% de los votantes votaron por el NO. Este porcentaje superó el 70% en los principales barrios obreros de la Atenas, y entre los jóvenes rondó el 80%.[50] Mostrando la evolución de la experiencia de las masas con la Troika y sus agentes locales.
La acción de Syriza luego de este pronunciamiento terminó de expresar la bancarrota del neorreformismo. Contra el voto ampliamente mayoritario de la población selló el acuerdo con la Troika. Negándose a atacar la propiedad capitalista, Syriza se convirtió en pocos meses en la administradora “de izquierda” de los planes de austeridad y de un plan privatizaciones sin precedentes, en el marco de una catástrofe social que incluye una tasa de desocupación que ronda el 24%, que asciende en la juventud a más del 46%[51], con un cuarto de la población en la pobreza.
Volviendo a Kouvelakis, y más allá de aquellas consideraciones sobre la “guerra de posición” –un debate que el lector encontrar por demás desarrollado en el libro-, lo cierto es que como representante del ala izquierda de Syriza es expresión de una extendida ilusión de que es posible un carril intermedio entre una estrategia de ruptura decidida con el capitalismo y la gestión –“de izquierda”- de lo existente que veíamos con Iglesias. La misma ilusión que en al interior de Podemos refleja el agrupamiento “Anticapitalistas”.
La explicación de Kouvelakis sobre la evolución de la situación en Grecia y el ascenso de Syriza, es la siguiente: “Los 32 días de huelgas generales, los cientos de miles de personas tomando las calles, no han parado una sola medida de los ‘memorandos’ de austeridad.” Y a renglón seguido agrega: “Un punto de vista político era necesario, esa conciencia fue la que preparó el terreno para el momento de la iniciativa política. Syriza capturó la imaginación de las personas, proporcionando una traducción política que faltaba hasta el momento.”[52]
Es ilustrativo ver cómo concibe el ascenso de Syriza al gobierno como la traducción política de la impotencia en la lucha de clases, que “no ha parado ni una sola medida de austeridad”, y cómo lo hace sin siquiera reparar en ello. Desde esta óptica, a la hora de sacar las conclusiones sobre el fracaso de Syriza, el error fundamental para Kouvelakis fue “pensar que se podría obtener algo negociando con las instituciones europeas en ausencia de un plan b, ausencia cuyas consecuencias están siendo sentidas de manera muy fuerte y devastadora en este momento”[53].
Un “plan b” que no pasaba de la salida del euro acompañada de algunas medidas neokeinesianas sobre la base de una la devaluación monetaria[54], y que buscaba emular “rebotes” económicos como el que se produjo en Argentina bajo el kirchnerismo. Pero Grecia demuestra que el viento en cola que sustentó por una década a los gobiernos “posneoliberales” en América Latina luego de importantes levantamientos de masas, es cosa del pasado en el marco de la crisis mundial.
Para el referente de la ex-Plataforma de Izquierda, la pegunta no es por qué, las más de 30 huelgas generales no lograron nada. Aunque habla de “guerra de posición” en Gramsci, tampoco se pregunta si los trabajadores pudieron presentar un Frente Único defensivo en el combate contra la Troika, ni que hablar de la autodefensa, ya que en este caso defiende explícitamente el acuerdo con ANEL. No se trata de nada de esto, sino de no haber tenido un plan de salida del Euro para negociar más duro con la Troika.
Desde luego Kouvelakis no expresa en este sentido una visión original, sino la de toda una escuela de pensamiento de larga data. “La misión de esta escuela estratégica –decía Trotsky en referencia a otros representantes- consiste en obtener por la maniobra todo lo que solo puede dar la fuerza revolucionaria de la lucha obrera.”[55]
Lo cierto es que el ascenso electoral de Syriza entre 2012 y 2015 fue la traducción de la progresiva impotencia a la que iba llegado la lucha del movimiento de masas, dividido y desgastado por las burocracias sindicales y políticas en decenas y decenas de acciones con un efecto sobre la relación de fuerzas tendencialmente decreciente y finalmente cercano a cero. Esta es la relación precisa si abordamos el problema desde el punto de vista de la estrategia.
En cuanto a la dinámica, es similar a la que Trotsky analizaba para Francia en 1922. “Los Disidentes[56] reformistas –decía- son los agentes del ‘bloque de izquierda’ en la clase obrera. Sus éxitos serán mayores en la medida en que haga menos pie entre los trabajadores la idea y la práctica de un frente único contra la burguesía. Un sector de los obreros, desorientado por la guerra y por la demora de la llegada de la revolución, puede aventurarse a apoyar al ‘bloque de izquierda’ como un mal menor, en la creencia de que no arriesga nada, y por qué no ve otro camino.”[57] Es decir, en situaciones que aún no están marcadas por el enfrentamiento entre revolución y contrarrevolución, cuanto menor es el desarrollo del frente único contra la burguesía en la lucha de clases, más se fortalecen variantes políticas reformistas de colaboración de clase.
Desde este punto de vista, la dinámica que plantea Kouvelakis, es la inversa a la que podría llevar a un gobierno obrero anticapitalista y antiburgués, ya que la misma depende del más amplio desarrollo del frente único defensivo como base para el pasaje al frente único ofensivo, incluyendo los Soviets o Consejos, como la expresión organizada del Frente Único.
En esta articulación estratégica entre posición y maniobra es en la que se basó la III Internacional para la formulación de la táctica de “gobierno obrero” que tiene como principal característica desarmar a la burguesía y armar al proletariado. En el libro desarrollamos los importantes debates sobre este punto que tuvieron lugar alrededor de la experiencia “occidental” de la revolución alemana de 1923, y que a pesar del escaso estudio posterior, marcaron un punto de inflexión en la reflexión estratégica del marxismo.
El contundente resultado del referéndum contra la austeridad y la Troika constituyó una gran oportunidad perdida para revertir aquella dinámica, para lo cual podría haber cumplido un papel fundamental la táctica de “gobierno obrero”.
Un gobierno obrero en Grecia en 2015, podría haber aprovechado la voluntad que luego expresó el referéndum para imponer medidas de autodefensa fundamentales frente al pasaje a la “acción directa” de los grandes bancos y la Troika mediante la fuga masiva de capitales, que como el propio Kouvelakis señala modificó vertiginosamente la relación de fuerzas[58]. Y sobre esta base implementar el no pago de la deuda externa. Otro tanto podríamos decir respecto al 30% empresas que cerraron y su expropiación bajo control obrero, entre otras medidas.
Desde luego, este tipo de medidas de ruptura con el capitalismo necesariamente implican preparar el combate. El llamado internacional a la más amplia movilización por la anulación de la deuda griega, que no solo Syriza no planteó sino que Podemos desde el Estado Español se pronunció preventivamente en contra[59]. El repudio a la Troika hubiera concitado enorme simpatía en Europa, la que luego se terminó expresando por derecha, por ejemplo, en el Brexit. A su vez, aquel 61% que se expresó por el No al memorándum de la austeridad era la base para la creación de organismos de autoorganización, así como de autodefensa, para poder derrotar la resistencia de los capitalistas y sus fuerzas represivas. Desde luego esto abre a muchos de los problemas estratégicos que desarrollamos en el presente libro: la insurrección, la guerra civil y la extensión internacional de la revolución.
Ahora bien, sin dudas la primera condición para una dinámica de este tipo es la constitución de una fuerza material capaz de influenciar en los acontecimientos y construir una alternativa revolucionaria al neorreformismo, encarnado en Syriza. Sin este objetivo, siguiendo la lógica enunciada por Kouvelakis, la Plataforma de Izquierda que llegó a constituir el 30% de la organización, para mediados de 2015 quedó reducida a su mínima expresión. Pero incluso, quienes de algún modo se lo plantearon, como la Coalición de Izquierda Anticapitalista, Antarsya, principal coalición a la izquierda de Syriza y el PC, carecieron de fuerza material e influencia significativa.
La experiencia griega es una muestra de la necesidad del trabajo de la estrategia para que en los momentos decisivos el resultado no esté definido de antemano producto de la impotencia y/o inexistencia de una alternativa revolucionaria.
La estrategia y el arte de “crear poder”
La disposición a la lucha mostrada por los trabajadores y la juventud griega contrastó con el derrotero de sus direcciones, en primer lugar, la del neorreformismo de Syriza. Podemos se apresta a emular este recorrido en el Estado Español aunque con menor éxito hasta el momento. En ambos casos, la “relación de fuerzas” es transformada en una abstracción de la cual solo se puede dar cuenta. Demuestran más predisposición a alterarla, las derechas como el Frente Nacional en Francia, el UKIP en Gran Bretaña, o el propio Donald Trump en EEUU, entre otros, incluyendo la derecha brasilera que instrumentó un golpe institucional para hacerse del gobierno.
Pero no se trata solo de Syriza o Podemos. Por ejemplo, a finales de 2016, en el marco de la crisis del PT, el Partido Socialismo y Libertad (PSOL) de Brasil con Marcelo Freixo a la cabeza estuvo en la pelea por llegar[60] al gobierno municipal de Río de Janeiro, una de las ciudades más importantes de América Latina, que viene de importantes procesos de luchas docentes, obreras, estudiantiles. ¿Qué hubiera hecho el PSOL de salir victorioso en aquella elección?
Su búsqueda de acuerdos con empresarios, la intención de respetar la Ley de Responsabilidad Fiscal, etc. hacen suponer un camino parecido al de Syriza. Sin embargo, el movimiento que se expresó en la votación de Río, planteaba la posibilidad de un curso alternativo de ruptura con el capitalismo donde la ciudad se transformase en un bastión revolucionario para el resto del país. Desde luego, esta segunda opción nos devuelve a los problemas de estrategia y táctica, a la modificación –y no a la administración- de la relación de fuerzas.
Cuanto más agudos son los procesos de la lucha de clases, más “el desarrollo de las fuerzas -decía Trotsky- no cesa de modificarse rápidamente bajo el impacto de los cambios de la conciencia del proletariado, de tal manera que las capas avanzadas atraen a las más atrasadas, y la clase adquiere confianza en sus propias fuerzas.” Y agregaba: “El principal elemento, vital, de este proceso es el partido, de la misma forma que el elemento principal y vital del partido es su dirección.”[61]
Desde este punto de vista, la experiencia griega, también mostró el rotundo fracaso de las “alas izquierdas” del neorreformismo, que en el caso de Syriza, como decíamos, llegó a representar el 30% de la organización. Según Kouvelakis, la Coalición de la Izquierda Radical griega mostraba un nuevo modelo de partido a seguir, “una organización pluralista, que incluye varios tipos de tradiciones de la izquierda radical, comunistas, trotskistas, maoístas, movimientistas y algunos socialdemócratas de izquierda. Debe ser visto como un proyecto para la recomposición de la izquierda radical.”[62] Pero, lo cierto es que no solo no recompuso a la “izquierda radical” sino que plasmó su rotundo retroceso.
Luego del triunfo del “No” en el referéndum, 15 diputados de la Plataforma de Izquierda votaron a favor del acuerdo con la Troika, bajo el argumento que de lo contrario el gobierno de Tsipras perdería la mayoría. Sus miembros que ocupaban cargos y votaron en contra fueron removidos del gobierno. A pesar de ello y de la represión gubernamental a las protestas contra el acuerdo, la Plataforma de Izquierda continuó en Syriza para romper pocas semanas antes de las elecciones de septiembre de 2015. Su nueva formación Unidad Popular, encabezada por 25 diputados, obtuvo en aquellas elecciones menos del 3% de los votos quedando afuera del parlamento heleno. Toda una postal de su impotencia.
Ahora bien, qué sucedió con los sectores organizados independientemente de Syriza como Antarsya. En una polémica con Stathis Kouvelakis, el dirigente de la corriente internacional referenciada en Socialist Workers Party británico, Alex Callinicos, señalaba: “La última vez que debatimos, Stathis habló de Antarsya, el frente de la izquierda anticapitalista, en el cual participan nuestros compañeros del SWP. Habló de que Antarsya había sido estratégicamente derrotada [en alusión a su falta de influencia en sectores de masas]. Pero para ser honestos ¿qué podemos decir de Syriza hoy? ¿No ha sido estratégicamente derrotada? ¿Qué pasa con la plataforma de izquierda? No creo que la actuación de la plataforma de izquierda […] sea nada de lo que podamos estar orgullosos.”[63]
Evidentemente Callinicos tiene razón en lo que respecta a la Plataforma de Izquierda, sin embargo, no responde al señalamiento de Kouvelakis sobre la debilidad mostrada por Antarsya en el proceso griego[64]. “Aquellos –decía Kouvelakis- que creen en la hipótesis de que ‘los reformistas fracasarán y la vanguardia revolucionaria estará esperando en los flancos para dirigir las masas a la victoria’, están viviendo fuera de la realidad.”[65] Y en esta afirmación hay que reconocer que el representante de la izquierda de Syriza tiene razón.
En este sentido, el presente libro, las problemáticas que aborda, las preguntas que lo motorizan, están ligadas al combate por la construcción de partidos revolucionarios, a nivel nacional e internacional, como parte del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS) en Argentina y la Fracción Trotskysta – Cuarta Internacional (FT-CI) a nivel internacional. Constituye un intento de sacar lecciones de la historia y de la propia experiencia, tanto de los triunfos como de las derrotas y las frustraciones, en la búsqueda por aprender a articular aquellos “volúmenes de fuerza para el combate” para que, parafraseando a Clausewitz cuando la burguesía eche mano a la espada no terminemos saliéndole al cruce con una ceremonia.
Es lo que intentamos hacer desde la experiencia del PTS como parte del Frente de Izquierda y de los Trabajadores (FIT) en Argentina[66] -un frente de independencia de clase que sostiene la perspectiva de un gobierno de trabajadores de ruptura con el capitalismo-. Poner en pie una fuerza material hegemónica a partir de los principales combates y procesos de organización de la clase obrera –así como del movimiento estudiantil y de mujeres- buscando desarrollar fracciones revolucionarias en su interior, mediante la articulación de los diferentes métodos y formas de lucha (la acción parlamentaria y extraparlamentaria, clandestina y abierta, la lucha contra la burocracia, el Frente Único, etc.).
Esto nos lleva a una última consideración de carácter más general, que hace también al sentido del presente libro. Las condiciones subjetivas para el triunfo revolucionario, no se forjan como rayo en el cielo sereno en los momentos decisivos, sino desde los mismos combates cotidianos. En este sentido es útil retomar la formulación de Lawrence Freedman cuando dice que: “la estrategia es el arte político central. Se refiere a lograr más de una situación determinada de lo que ofrecía la relación de fuerzas iniciales. Es el arte de crear poder.”[67]
El marxismo, a diferencia, de planteos como los de Foucault, no invierte la fórmula clausewitziana sobre que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Sin embargo, como desarrollamos en el libro, a diferencia de Clausewitz, su concepto de política, en lo que a las sociedades de clase se refiere, está indisolublemente ligado al concepto de lucha de clases al interior de las fronteras estales, y a su vez tiene un carácter internacional.
Como señala correctamente el filósofo y sociólogo francés Raymond Aron, “En el marxismo de Lenin, el Estado y la ley derivan también de la violencia física más o menos camuflada. Toda paz, en una sociedad de clases, disimula la lucha”[68]. Así es que reserva el concepto de guerra para la violencia física cuando adquiere un papel no solo determinante sino también preponderante. Sin embargo, al interpretar la política en términos de lucha de clases, el enfrentamiento físico también es objeto de análisis en los periodos caracterizados como “de paz”.
Cada lucha seria, ya sea una huelga o conflicto parcial de la lucha de clases, cada enfrentamiento significativo con las burocracias políticas o sindicales, plantea un momento de medición de relación de fuerzas materiales. Del resultado de esos combates, incluso físicos, de la diferencia entre la relación de fuerzas inicial y la posterior, surge el desarrollo de la fuerza propia de un partido revolucionario capaz de encarar los combates futuros.
Por un lado, este proceso, desde luego, comprende triunfos y derrotas, ya que la elección de las condiciones del combate no depende exclusivamente de uno de los actores en conflicto. El trabajo de la estrategia siempre opera sobre las probabilidades, no da garantías de victoria, si así fuera la lucha sería innecesaria. Por otro lado, aquella fuerza propia, no surge de los resultados de los combates en forma automática o espontánea. Como señala el estratega militar norteamericano Edward Luttwak, “la victoria confunde; la derrota educa”[69]. De ahí que parte del trabajo de la estrategia sea el estudio escrupuloso de los combates anteriores, tanto para evitar la “confusión” como efecto de los triunfos, como para extraer las lecciones de las derrotas, cuestión fundamental para los posteriores enfrentamientos.
En estos combates, al contrario de lo que señalan Laclau y Mouffe sobre que la introducción del pensamiento de Clausewitz, no haría más que poner un “límite a la lógica deconstructiva de la hegemonía”, de una hegemonía en abstracto, la importancia de retomar el pensamiento estratégico está directamente relacionada con dar cuenta cabalmente de las fuerzas materiales en las cuales se encarna la hegemonía burguesa al interior de la clase obrera y sus potenciales aliados, y de extraer las consecuencias que se desprenden de ello.
Esto devino cada vez más fundamental desde la segunda mitad del siglo XX que vio el desarrollo sin precedentes de la burocracia política, sindical y de todo tipo en el propio movimiento obrero -así como en los movimientos sociales, de mujeres, estudiantil, etc.-. Lo que se traduce hoy, en el caso de la clase obrera, en que por un lado, nunca en la historia haya estado tan extendida a nivel mundial como en la actualidad y, sin embargo, nunca haya estado tan dividida y fragmentada[70].
La lucha constante contra estas burocracias como garantes de la dominación capitalista es un prerrequisito para la constitución de la clase obrera en clase independiente, y desde luego para la lucha por la hegemonía. Frente a aquellas fuerzas materiales, se trata de “crear poder” también material capaz de encarar los enfrentamientos decisivos.
La victoria es una tarea estratégica
El orden mundial que enmarcó la ofensiva imperialista de las últimas tres décadas, bajo el eufemismo de la “globalización”, se resquebraja paulatinamente al calor de más de un lustro de crisis capitalista internacional. El trabajo de la estrategia para desarrollar aquellas fuerzas materiales no es solo una opción sino una necesidad inmediata.
De su ausencia se desprenden consecuencias cada vez más significativas. En Grecia se demostró como la combatividad del movimiento obrero y popular puede ser dilapidada en manos del neorreformismo. Acontecimientos posteriores como triunfo del Brexit con el xenófobo UKIP como principal vocero, o el ascenso de Donald Trump a la presidencia de EE.UU. mostraron como ante la ausencia de alternativas independientes la clase obrera termina dividida entre variantes burguesas, con sectores que apoyan a demagogos de derecha, como en las antiguas zonas industriales de la zona del noreste de Inglaterra en el caso del Brexit, o del llamado “Rust Belt” del medio oeste en las presidenciales norteamericanas. Un capítulo aparte merecería el proceso en Egipto, cuyo resultado contrarrevolucionario se encuentra a la vista y tuvo consecuencias sobre la evolución de conjunto de lo que fue la “Primavera Árabe”.
En su momento alertaba Trotsky sobre el peligro de considerar “los grandes combates del proletariado sólo como acontecimientos objetivos, como expresión de la ‘crisis general del capitalismo’ y no como experiencia estratégica del proletariado”[71]. Extraer las lecciones de los procesos que ya se han desarrollado al calor de la crisis son fundamentales para la preparación subjetiva hacía los nuevos enfrentamientos.
La crisis mundial va a seguir dando procesos agudos de la lucha de clases, la cuestión es si esas oportunidades van a abrir paso a la revolución y el socialismo en el siglo XXI o al triunfo de la derecha y eventualmente al fascismo.
Como señalaba Trotsky, en uno de sus escritos tal vez más importantes: “La victoria de ningún modo es el fruto sazonado de la ‘madurez’ del proletariado. La victoria es una tarea estratégica.”[72] Y agregaba: “Si el partido bolchevique hubiera fracasado en esta tarea, no se hubiera podido siquiera hablar del triunfo de la revolución proletaria. Los soviets hubieran sido aplastados por la contrarrevolución y los minúsculos sabios de todos los países hubieran escrito artículos y libros planteando que solo visionarios sin fundamento podrían soñar en Rusia con la dictadura del proletariado, siendo como era, tan pequeño numéricamente y tan inmaduro”[73].
Esta quizá sea una de las principales conclusiones que, a cien años de la Revolución Rusa, nos deja la experiencia del siglo XX para el nuevo siglo que ha comenzado. La misma es el punto de partida del trabajo que el lector tiene en sus manos.
[1] Schmitt, Carl, Teoría del Partisano. Observaciones al Concepto de lo Político, Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1966, p. 72.
[2] Laclau, Ernesto y Mouffe, Chantal, Hegemonía y Estrategia Socialista, Bs. As., FCE, 2011, p. 104.
[3] Cfr. Ancona, Clemente, “La influencia de De la Guerra de Clausewitz en el pensamiento marxista de Marx a Lenin”, en AA.VV, Clausewitz en el pensamiento marxista, México, Pasado y Presente, 1979.
[4] Cfr. Claudín, Fernando, Marx, Engels, y la Revolución de 1848, España, Siglo XXI, 1985.
[5] Nos referimos a: Mehring, Franz, Krieg und Politik, Berlin, Verlag des Ministeriums für nat. Verteidigung, 1959-1961.
[6] Especialmente abordado en Mehring, Franz, “Eine Geschichte der Kriegskunst”, Die Neue Zeit Ergänzungsheft Nr. 4, 16 Oktober 1908. Disponible en: sites.google.com/site/sozialistisch… . Cfr. Anderson, Perry, Las Antinomias de Antonio Gramsci, México, Fontamara, 1991.
[7] Cfr. Nelson, H. W., León Trotsky y el Arte de la Insurrección (1905-1917), Bs. As., Ediciones IPS-CEIP, 2016.
[8] Cfr. Capítulo 1 del presente libro.
[9] Cfr. Howard, Michael, Clausewitz. A very short introduction, Oxford, Oxford University Press, 2002.
[10] Trotsky, León, Stalin el gran organizador de derrotas. La III Internacional después de Lenin, Bs. As., Ediciones IPS, 2012, p. 131.
[11] Sobre continuidad y discontinuidad revolucionaria, cfr. Albamonte, Emilio, y Maiello, Matías, “En los Límites de la Restauración Burguesa”, en Estrategia Internacional n° 27, febrero 2011.
[12] Jacoby, Roberto, El Cielo por Asalto, p. 27. Editado por la Cátedra “Sociología de la Guerra” (UBA). Disponible en: https://sites.google.com/site/socio…
[13] Bonavena, Pablo, y Nievas, Flabián, La guerra y la revolución. Reflexiones en torno a la conformación de una agenda teórica marxista. VII Jornadas de Sociología. Facultad de Ciencias Sociales UBA, Bs. As., 2007.
[14] Ídem.
[15] No solo las diferentes burocracias stalinistas o maoístas se pusieron a la cabeza de la restauración en los Estados donde se había expropiado a la burguesía y se transformaron ellas mismas en parte de las nuevas burguesías, sino que fueron, en muchos casos, las implementadoras de los planes del FMI. En los Estados capitalistas, la socialdemocracia, que a partir del estallido de la Primera Guerra Mundial había demostrado en repetidas oportunidades su carácter políticamente contrarrevolucionario, pero había mantenido un papel reformista en lo social, se transformó en agente directo de la ofensiva capitalista como implementadora de las contrarreformas neoliberales. Los Partidos Comunistas siguieron un curso parecido, siendo parte en varias oportunidades de gobiernos “social liberales” en alianza con los PS.
[16] Bensaïd, Daniel, Trotskismos, Madrid, El Viejo Topo, 2007.
[17] Trotsky, León, ¿A dónde va Francia?, Bs. As., Ediciones IPS, 2013, p. 64.
[18] Ídem.
[19] Foucault, Michel, Defender la Sociedad, Bs.As., FCE, 2001, pp. 28-29.
[20] Cfr. Bensaïd, Daniel, Elogio de la Política Profana, Barcelona, Ediciones Península, 2009, p. 69.
[21] Foucault, Michel, op. cit., p. 28.
[22] Anderson, Perry, Tras las huellas del Materialismo Histórico, México, Siglo XXI, 2004, p.59.
[23] Cfr. Agamben, Giorgio, Estado de Excepción, Bs. As., Adriana Hidalgo editora, 2007.
[24] Agamben, Giorgio, Homo Sacer. El Poder Soberano y la Nuda Vida, España, Pre-Textos, 2006, p. 16.
[25] La extrapolación de Agamben contrasta incluso con sus fuentes, tanto con las elaboraciones de un contrarrevolucionario como Carl Schmitt, como con las de Walter Benjamin en su intento de pensar la revolución. En ambos casos, sus reflexiones sobre el estado excepción se encontraban completamente imbuidas de las características de la etapa que atravesó la primera mitad del siglo XX, signada por la guerra mundial y el enfrentamiento directo entre revolución y contrarrevolución.
[26] En las conferencias desarrolla una genealogía de la noción de “guerra civil” (“stasis” en griego) desde la Antigüedad griega hasta hoy, pasando por Thomas Hobbes, teórico monárquico inglés del siglo XVII. Para una crítica al abordaje de “stasis” de Agamben, cfr. Barot, Emmanuel, “¿Estamos en estado de ‘guerra civil mundial’?”, Ideas de Izquierda nº 21, Julio de 2015.
[27] Agamben, Giorgio, Stasis. La Guerra Civile come Paradigma Politico, Italia, Bollati Boringhieri editore, 2015, p. 31.
[28] Ibídem, p. 32.
[29] Ibídem, p. 31-32.
[30] Schmitt utiliza “guerra civil mundial” en forma específica para señalar el desarrollo de la revolución a partir de la Primera Guerra Mundial: “La verdadera enemistad surgió recién de la guerra misma que comenzó como una guerra convencional entre Estados sujetos al Derecho Internacional Europeo y terminó en la guerra civil mundial de la enemistad clasista revolucionaria” (Schmitt, Carl, Teoría del Partisano. Observaciones al Concepto de lo Político, op. cit., p. 130). Tampoco guarda relación con el planteo de Agamben en la actualidad.
[31] Cfr. Cinatti, Claudia, “El mapa de la guerra civil en Siria”, en Ideas de Izquierda nº 33, Septiembre de 2016.
[32] Bensaïd, Daniel, Elogio de la Política Profana, op. cit., p. 163.
[33] Foucault, Michel, Historia de la Sexualidad, México, Siglo XXI, p.116.
[34] Clausewitz, Carl von, De la Guerra, Tomo III, Bs. As., Círculo Militar, 1969, p. 11.
[35] Agamben, Giorgio, Homo Sacer. El Poder Soberano y la Nuda Vida, op. cit., p. 230.
[36] Badiou, Alain, “La Idea de Comunismo”, en AA.VV., Sobre la Idea del Comunismo, Bs. As., Paidós, 2010, p. 23.
[37] Cfr. Bensaïd, Daniel, Resistencias, p. 119
[38] Lazzarato, Maurizio, y Negri, Antonio, Trabajo Inmaterial. Formas de Vida y Producción de Subjetividad, Rio de Janeiro, DP&A editora, 2001, p. 16 (Disponible en http://www.rebelion.org/docs/121986.pdf). Cfr. Castillo, Christian, Estado, Poder y Comunismo, Bs. As., Imago Mundi, 2003.
[39] Agamben, Negri y Badiou, junto con una parte importante de la intelectualidad de izquierda europea, se pronunciaron en apoyo a Syriza, desde una óptica “europeísta” y exigiendo el respeto a la “soberanía popular” dentro de la Unión Europea, afirmando: “nos batimos junto a los electores y los militantes de SYRIZA: no es por la desaparición de Europa, sino por su refundación”. También sectores de la izquierda trotskista como, por ejemplo, el Partido Obrero de Argentina, llamaron al voto por Syriza en aquel entonces, bajo el llamado a constituir un “gobierno de toda la izquierda” al que estaría dado exigirle que rompa con el imperialismo y la Unión Europea, que tome medidas anticapitalistas e “impulse”, nada más ni nada menos, que la conformación de un “gobierno de trabajadores”. Syriza llegó al poder años después pero claramente no para “refundar Europa” -en ningún sentido-, y menos que menos para abrir el camino a un “gobierno de trabajadores”, sino para aplicar la austeridad de la Troika.
[40] La evolución del proceso en Egipto implicaría un trabajo aparte que excede este prólogo. Sobre el tema: cfr. Cinatti, Claudia, “La ‘primavera árabe’ y el fin de la ilusión democrática (burguesa)”, Ideas de Izquierda N° 3, Septiembre de 2013.
[41] Trotsky, León, ¿A dónde va Francia?, op. cit., pp. 80 y 84.
[42] “Fort Apache – ¿Qué pasa con Grecia?”, 8 de Octubre de 2016, en https://www.youtube.com/watch?v=BpKBKQ8lmpI&t=142s
[43] Alusión a tres instituciones: la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional.
[44] Errejón, Íñigo, y Mouffe, Chantal, Construir Pueblo. Hegemonía y radicalización de la democracia, Barcelona, Icaria, 2015.
[45] Iglesias, Pablo, Disputar la Democracia. Política para tiempos de crisis, Bs. As., Akal, 2015.
[46] Martínez L., Josefina, y Lotito, Diego, “Syriza, Podemos y la ilusión socialdemócrata”, en Ideas de Izquierda n° 17 marzo 2015.
[47] Ali, Tariq, Extremo centro, Madrid, Alianza editorial, 2015.
[48] “Syriza y la estrategia socialista – Exposición de Stathis Kouvelakis”, en http://www.democraciasocialista.org/?p=4393, 25 de febrero de 2015.
[49] “Debate Kouvelakis – Callinicos: Syriza en el poder: ¿hacia dónde va Grecia?”, en http://www.democraciasocialista.org/?p=4792, 11 de julio de 2015.
[50] Maiello, Matías, “Triunfo del NO en el referéndum griego: dos paradojas y una disyuntiva estratégica”, en www.laizquierdadiario.com, 6 de julio de 2015.
[51] Datos para noviembre de 2016 según el servicio nacional de estadísticas griego.
[52] “Syriza y la estrategia socialista – Exposición de Stathis Kouvelakis”, op. cit.
[53] “Debate Kouvelakis – Callinicos: Syriza en el poder: ¿hacia dónde va Grecia?”, op. cit.
[54] Bach, Paula, “Syriza: el fin de la utopía reformista”, en www.laizquierdadiario.com, 19 de julio de 2015.
[55] Trotsky, León, Stalin, el gran organizador de derrotas. La III Internacional después de Lenin, op. cit., p.173.
[56] Refiere a la minoría del Partido Socialista Francés (también llamado SFIO, Sección Francesa de la Internacional Obrera) que en la convención de Tours de 1920 se opone a la mayoría, partidaria de la Internacional Comunista que funda el Partido Comunista Francés. Los “Disidentes” rompen y posteriormente refundarán el Partido Socialista.
[57] Trotsky, León, Los Primeros 5 años de la Internacional Comunista, Bs. As., Ediciones IPS-CEIP, 2016, p. 424.
[58] Cfr. “Debate Kouvelakis – Callinicos: Syriza en el poder: ¿hacia dónde va Grecia?”, op. cit.
[59] Martínez L., Josefina, “Si Podemos llega al gobierno, no perdonaría la deuda a Grecia”, en www.laizquierdadiario.com , 25 de febrero de 2015.
[60] Obtuvo en el balotaje el 41% de los votos.
[61] Trotsky, León, “Clase, Partido y Dirección”, en Escritos sobre la revolución española [1930-1940], Bs. As., Ediciones IPS, 2014.
[62] “Syriza y la estrategia socialista – Exposición de Stathis Kouvelakis”, en op. cit.
[63] “Debate Kouvelakis – Callinicos: Syriza en el poder: ¿hacia dónde va Grecia?”, op. cit.
[64] La conformación de Unidad Popular, no solo dejó plasmada la impotencia del ala izquierda de Syriza, sino que este fracaso estuvo acompañado por parte de las organizaciones que conformaban Antarsya que dejaron la organización para unirse a la UP. Es decir, no solo la debilidad de Antarsya la hizo incapaz de provocar una división progresiva de Syriza, sino que ella misma se debilitó aún más frente quienes se proponían reeditar un Syriza “de los orígenes”. Nos referimos a las organizaciones: la mayoría de ARAN (Recomposición de Izquierda) que era el tercer grupo más grande que formó parte de ANTARSYA, referenciados teóricamente en Althusser, Poulantzas y Gramsci; y a ARAS (Grupo Anticapitalista de izquierda), grupo más pequeños que tiene sus orígenes en el movimiento estudiantil de la década de 1980, con ideología althusseriana. Ambos terminaron por afiliarse a Unidad Popular mostrando la debilidad de los fundamentos programáticos y estratégicos de Antarsya.
[65] “Syriza y la estrategia socialista – Exposición de Stathis Kouvelakis”, en op. cit.
[66] El FIT, está integrado por tres organizaciones que se reivindican trotskytas, el PTS, el Partido Obrero, e Izquierda Socialista. Se ha consolidado como referencia permanente de un sector de masas durante los últimos 5 años y en un acto en un estadio de futbol a finales de 2016 ha movilizado a más de 20 mil personas. Cfr. Castillo, Christian, “El gobierno de los CEO, el ‘decisionismo’ macrista y los desafíos de la izquierda”, en Estrategia Internacional nº29, Enero de 2016.
[67] Freedman, Lawrence, Strategy. A History, New York, Oxford University Press, 2013, p. xii.
[68] Aron, Raymond, Pensar la Guerra, Clausewitz, Tomo II La Era Planetaria, Bs. As., Instituto de Publicaciones Navales, 1987, p. 48.
[69] Luttwak, Edward, Para Bellum. La Estrategia de la Paz y de la Guerra, Madrid, Siglo XXI, 2005, p. 29.
[70] Albamonte, Emilio, y Maiello, Matías, “En los límites de la Restauración Burguesa”, en op. cit.
[71] Trotsky, León, Stalin, el gran organizador de derrotas. La III Internacional después de Lenin, op. cit., p. 133.
[72] Trotsky, León, “Clase, Partido y Dirección”, en op. cit.
[73] Ídem.

La actualidad del debate setentista


http://www.laizquierdadiario.com/ideasdeizquierda/la-actualidad-del-debate-setentista/

TERCERA EDICIÓN DE INSURGENCIA OBRERA EN ARGENTINA

Acaba de publicarse la tercera edición de Insurgencia obrera en la Argentina, 1969-1976. Clasismo, coordinadoras interfabriles y estrategias de la izquierda, de Ediciones IPS-CEIP. Aquí presentamos un extracto del nuevo prólogo que escribieron los autores para un libro que sale a la luz cuando otra vez están en discusión los balances sobre el último ensayo revolucionario en Argentina.

RUTH WERNER Y FACUNDO AGUIRRE

Número 31, julio 2016.

Al momento de escribir el prólogo de esta tercera edición de Insurgencia obrera, la situación política argentina ha variado sustancialmente con respecto a su primera aparición en 2007.

En esa oportunidad, nos habíamos propuesto restituir el lugar de la clase obrera y de la lucha de clases en el proceso social y político abierto en Argentina después del Cordobazo. Desde la elección de su título buscábamos señalar que el sujeto peligroso para los intereses capitalistas radicaba en la clase obrera, en su lucha y autoorganización. El período setentista había sido inaugurado por una del poder en Argentina. La resolución trágica a este interrogante fue el golpe genocida del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional.

Tuvimos el objetivo de destacar las experiencias de lucha y autoorganización de la clase obrera relevando sus procesos más avanzados y la tendencia a conquistar la independencia de clase. Rescatábamos los elementos políticos y de lucha que prefiguraban nuevas formas de organización de una clase obrera cuya dirección desde 1945 había sido el peronismo y su burocracia sindical. El nacionalismo burgués adoctrinó durante todo este insurrección de masas acaudillada por la clase trabajadora, y esa misma clase entre 1969 y 1976 protagonizó una seguidilla de levantamientos, huelgas salvajes, tomas de fábricas con rehenes, enfrentamientos violentos con la fuerza del régimen, persecución fascista de la Triple A y de la burocracia sindical, y una huelga general en junio-julio de 1975 que dio luz a un doble poder a nivel fabril: las coordinadoras interfabriles de Capital Federal, Gran Buenos Aires, La Plata, Berisso, Ensenada y Córdoba. En aquellas jornadas se abrió una crisis revolucionaria que puso al orden del día la cuestión de quién era el dueño periodo en el discurso de la colaboración de clases y en la idea de fortalecer al Estado capitalista como instrumento para enfrentar al imperialismo.

En Insurgencia obrera dimos cuenta de un proceso novedoso, el inicio de un fenómeno de ruptura con el orden burgués, que planteaba la urgencia de construir un partido revolucionario de la clase obrera, apoyándose en el surgimiento de organizaciones para la lucha de clases que cuestionaban al capitalismo y sus representaciones políticas.

El año 1975 recibió un tratamiento clave. Cuando comenzamos la elaboración del libro no existía casi información detallada sobre aquella extraordinaria huelga general política que derrotó al Plan Rodrigo, verdadero antecedente de la política económica implementada por la dictadura y, más tarde, por el menemismo. En ese sentido, Insurgencia obrera junto a La guerrilla fabril de Héctor Löbbe1 fueron pioneros en este campo de investigación histórica. En junio y julio de 1975, una vanguardia masiva de la clase obrera desafió a la burocracia sindical y empujó al conjunto de los trabajadores a protagonizar por primera vez en su historia una huelga general contra un gobierno peronista. Tampoco existía en ese entonces material bibliográfico sobre las coordinadoras, las organizaciones creadas por los trabajadores combativos para enfrentar a Isabel Perón, Celestino Rodrigo y José López Rega. La tarea de escribir este libro fue entonces también una labor de reconstrucción: ¿cuántas fábricas abarcaban las coordinadoras, qué influencia tuvieron, cuál era el papel de las comisiones internas y cuerpos de delegados, qué rol jugaron las corrientes políticas? fueron algunas de las preguntas que nos hicimos para traer al presente ese proceso de organización que apuntó a un doble poder fabril en un momento de aguda crisis capitalista.

La interpretación de los años ‘70 como un proceso revolucionario exigía, además, un balance de las fuerzas políticas y, en particular, de aquellas que actuaron en nombre de la clase obrera, la liberación nacional y el socialismo. Por un lado, se trataba de desmentir la visión voluntarista que desplazaba como sujeto peligroso a la clase obrera para depositarlo en las organizaciones que reivindicaban la lucha guerrillera y, por el otro, era necesario llegar a conclusiones tácticas y estratégicas que actualizaran la comprensión marxista del periodo.

Este punto de vista, anclado en la crítica a las estrategias políticas que emplearon aquellos que hablaron en nombre de la izquierda, intentaba saldar un debate ausente. Como militantes trotskistas comprendimos que era necesario un balance de las corrientes que hablaron en nombre de las ideas de la IV Internacional. Esta fue una gran falencia de los partidos que se reivindicaban del trotskismo y que se negaron a revisar críticamente su propia experiencia para preparar a las nuevas camadas militantes que nacieron a la vida política bajo el proceso de la restauración democrático-burguesa. Para nosotros, en cambio, era una tarea fundamental para plantear la actualidad teórica y estratégica del socialismo revolucionario.

Cuando publicamos la primera edición de Insurgencia obrera, el relato kirchnerista sobre los años ‘70 comenzaba a transformarse en uno de los principales instrumentos de legitimación política del gobierno y del régimen político. El rechazo popular a la casta política, como producto de la crisis vivida en 2001 con la caída del gobierno de la Alianza y la persistencia de la movilización democrática contra la impunidad a los genocidas, llevó a Néstor Kirchner a ensayar un giro en la doctrina del Estado respecto del genocidio. El 24 de marzo de 2004, el Presidente ordenó al entonces Jefe del Ejército retirar los cuadros de Jorge Rafael Videla y Reynaldo Bignone colgados en el Colegio Militar. Más tarde, frente a la ESMA pidió perdón por los crímenes cometidos por el terrorismo de Estado. Ese acto inauguró un cambio en la política de derechos humanos y la apropiación por parte del kirchnerismo de lo que el dirigente del PTS, Christian Castillo, denominó el tercer relato sobre los años ‘70.

Ese relato habíase constituido en rechazo a la teoría de los dos demonios, paradigma de la restauración democrático burguesa en 1983 sobre la base de la condena a la violencia de todo signo y de reivindicación de la tolerancia democrática. La persistencia de la impunidad y la degradación de la democracia burguesa argentina abonaron el surgimiento de ese tercer relato que puso el eje, a la hora de interpretar los años ‘70, en el rol jugado por las organizaciones guerrilleras. Sobre esta visión, Christian Castillo plantea que, a partir del 20º aniversario del golpe, comenzó a haber una

… reivindicación de la pertenencia y de la acción militante de los desaparecidos, un discurso sostenido hasta ese momento solamente por las Madres de Plaza de Mayo (en particular por el sector liderado por Hebe de Bonafini) y por los partidos de izquierda. Es así que se publicaron distintos libros y artículos reflejando la actividad militante de quienes luego fueron ‘desaparecidos’ por la dictadura, así como también diversos análisis del proceso y libros compilando documentos políticos de la época.

Este “tercer relato”, agrega Castillo,

… con la enorme diferencia respecto de los anteriores de reivindicar la militancia revolucionaria, también subestima las grandes acciones de masas protagonizadas por la clase obrera, tanto en el período previo al golpe como bajo la misma dictadura2.

El kirchnerismo hará propio este “tercer relato”, aunque con variantes. Partiendo de situar a su movimiento como continuidad histórica en la nueva etapa de la política de la izquierda peronista en los años ‘70, su relato rescataba fundamentalmente al gobierno de Héctor Cámpora como una oportunidad democrática desperdiciada por el acoso de la derecha, pero también por la impaciencia de la izquierda del peronismo.

Para el kirchnerismo era esencial reivindicar la alianza de clases que llevó al poder a Cámpora y, más tarde, a Juan Domingo Perón. Es habitual leer que para el kirchnerismo el motivo fundamental del golpe del ‘76 no fue la necesidad de derrotar a la clase trabajadora por el peligro que expresaba para el capitalismo argentino, sino el de acabar con un supuesto modelo industrial encarnado por el peronismo, para favorecer a los grandes grupos económicos de la burguesía diversificada y el capital financiero. Se trataba de un golpe antiperonista. Curiosamente el relato kirchnerista eludió siempre un tema fundamental: justamente había sido el peronismo el impulsor de la Triple A.

La apropiación del “tercer relato” por parte del kirchnerismo servirá para restaurar la legitimidad del peronismo, o de cierta lectura del peronismo, como movimiento político que bajo el menemismo había sido el responsable de la entrega nacional y la destrucción de las conquistas de los trabajadores durante la década de 1990. Promoviendo la nulidad de las leyes del perdón y el comienzo del juzgamiento a los genocidas, el kirchnerismo concitó el apoyo de un amplio arco de organizaciones de derechos humanos. La posterior adaptación de esos organismos al Estado y a la política oficial los llevó a una degradación, a punto tal que la organización más emblemática conducida por Hebe de Bonafini, quedó salpicada por la participación de Sergio Shocklender en un entramado de corrupción vinculado a la obra pública, provocándole un enorme daño al prestigio de esta organización nacida al calor de la resistencia a la dictadura.

Esta versión del “tercer relato” encumbrada a discurso oficial terminó por enterrar a la “teoría de los dos demonios”. El contexto en que se había impuesto esa teoría había sido el de la derrota de la clase obrera a manos de los genocidas y el del fracaso estrepitoso de la dictadura en Malvinas. La “teoría de los dos demonios” rescataba valores democrático-burgueses e institucionales caros a la historia de la Unión Cívica Radical que evitaba cuestionar el papel de Ricardo Balbín y de la mayoría del Partido Radical como impulsor del golpe de 1976 así como su participación con funcionarios civiles en la dictadura. El gobierno de Raúl Alfonsín desde su inicio se lanzó a rescatar a las FF.AA. cuestionadas por el genocidio, la ruina nacional y la guerra de Malvinas garantizando la impunidad de la camarilla militar. No iba a haber ni paredones ni tribunales populares, anunció de entrada y, a cambio, solo se juzgó a los cabecillas del golpe. Poco después el mismo gobierno alfonsinista –levantamientos de Semana Santa de por medio– sería autor de las nefastas leyes del perdón, el punto final y la obediencia debida.

El kirchnerismo representó otro momento de la restauración democrático-burguesa argentina. Su función política era contener a las masas luego del estallido de diciembre de 2001. Para lograrlo necesitaba incorporar de alguna manera las demandas populares que habían puesto en jaque a la casta política capitalista, y encontró en la reivindicación de los derechos humanos una bandera que le permitió avanzar en la colonización por parte del Estado de los movimientos que habían luchado contra la impunidad.

Desde aquella edición original de 2007 al día de hoy, el eje de la superestructura política argentina se ha corrido fundamentalmente hacia la derecha. En el terreno de los derechos humanos, el macrismo, aliado a la UCR y a Elisa Carrió en Cambiemos, busca instaurar un nuevo paradigma de la derecha argentina reivindicando para sí el republicanismo que caracterizara a los partidos políticos que apoyaron los golpes militares desde 1955 en adelante.

Lentamente el gobierno de Cambiemos va construyendo su propio “relato” sobre la década del ‘70 y la dictadura. El Secretario de Cultura del gobierno de CABA, Darío Lopérfido, afirmó que la cifra de 30.000 desaparecidos era falsa y se cuela cada vez en voz más alta la cuestión de que los temas del pasado reciente evitan hablar de los derechos humanos actuales, y que lo que se busca es la venganza, lejos de la justicia. La crítica, en boca de Cambiemos, a la estatización de la mayoría de los organismos de derechos humanos durante la era kirchnerista, y los hechos de corrupción que se suscitaron, abonan un retorno a una especie de teoría de los dos demonios edulcorada para el amplio arco no abiertamente de derecha de las capas medias.

No se condenan directamente los juicios a los genocidas llevados adelante durante la era kirchnerista. El mecanismo es más sinuoso. Los diarios Clarín y La Nación y los intelectuales nucleados en Club Político Argentino han lanzado la consigna de que es necesaria una “autocrítica” de quienes fueron integrantes de las organizaciones guerrilleras. El planteo no es novedoso: equiparando la violencia encarnada desde el aparato de Estado con la de la guerrilla, se repite que ya habría habido suficiente condena del terrorismo estatal y ahora estaría faltando la “contraparte”.

Respecto de los juicios a los militares genocidas, Graciela Fernández Meijide o Elisa Carrió, vienen insistiendo en que hay que implementar una política similar a la de Sudáfrica de “verdad por perdón”. Vale recordar que La Comisión de Verdad y Reconciliación (CVR) creada en 1995, implementada por el gobierno de Nelson Mandela y que finalizó su tarea en el año 2003 emprendió la tarea de elaborar un informe conteniendo violaciones de derechos humanos cometidas bajo el régimen del Apartheid. Respecto de las limitaciones de este proceso, en el artículo de Matías Cerezo “Sudáfrica: modelo para desarmar” puede leerse:

Una de las principales es que no se diferenciaron responsabilidades. Al no ser considerado el apartheid como delito de lesa humanidad, el perpetrador es igualado con el militante que participó en la resistencia al sistema. La figura del perpetrador aparece desligada del Estado.

Cerezo concluye:

El énfasis de la Comisión sobre la violencia obstaculiza una comprensión de los procesos sociales. (…) Se repitió constantemente que no había victimarios sino víctimas de un sistema represivo, tanto los blancos como los negros eran las víctimas del sistema. Mandela, cuando salió de la cárcel, sostuvo que su misión era liberar tanto al oprimido como al opresor. En el modelo sudafricano la religión, en este caso el Ubuntu, y su concepción de la reconciliación fue un recurso necesario para la construcción de una identidad nacional inclusiva a partir de la refundación de una nueva nación. Uno de sus objetivos fue el de promover la unidad nacional. La Comisión empleó una noción de “empate” que funcionó sobre la premisa de que se trataba de partes “iguales” en una lucha contra el apartheid y que ambas partes cometieron atrocidades semejantes. Cualquier semejanza con nuestra “teoría de los dos demonios” es pura coincidencia.

Los victimarios del apartheid consiguieron, gracias a la confesión de sus “pecados”, la impunidad. En nuestro país la impunidad de los genocidas y sus cómplices se transformó en una política de Estado que condicionó a la democracia burguesa. Los avances en los juicios en la última década fueron el producto de la movilización popular y, en ese sentido, una conquista democrática del pueblo argentino. Sin embargo, comprender esta situación no puede ocultar que los juicios también fueron parte del operativo de relegitimación del régimen democrático burgués. Por eso solo sentenciaron algunos cientos de personas para dejar impunes a miles de otras que participaron y colaboraron en un régimen criminal. Para Cambiemos no es un tema inocente. El gobierno macrista expresa una concentración de capitalistas y gerenciadores de los grandes grupos económicos que financiaron, se enriquecieron y adueñaron del país durante el llamado Proceso de Reorganización Nacional. Para Cambiemos, una nueva doctrina sobre los derechos humanos es funcional a encubrir el papel de los capitalistas argentinos.

Esta tercera edición de Insurgencia obrera en Argentina. Clasismo, coordinadoras interfabriles y estrategias de la izquierda sale a luz en un nuevo escenario político donde muchas de las fuerzas actuantes de los hechos narrados –capitalistas, burocracias sindicales, dirigentes políticos patronales– tienen su marca de origen en aquellas luchas pasadas y en el régimen genocida que quiso ahogar esta insurgencia en un baño de sangre. De la memoria de los explotados se trató de borrar todo recuerdo de sus luchas, de sus métodos, de su poder social. Se condenó la violencia revolucionaria y todo intento de manifestarse como clase mediante su propia política. La nueva edición que ofrecemos al público de trabajadores, estudiantes, mujeres y luchadores populares tiene el objetivo de poner en primer plano las lecciones del último gran ensayo revolucionario de la clase obrera argentina, para enriquecer sus luchas presentes bajo la eterna idea de tomar el cielo por asalto.

 

  1. Löbbe, Héctor, La guerrilla fabril: clase obrera e izquierda en la Coordinadora Interfabril de Zona Norte (1975-1976), Ediciones RyR, 2006.
  1. Christian Castillo, “Elementos para un ‘cuarto relato’ sobre el proceso revolucionario de los ‘70 y la dictadura militar”, Lucha de Clases 4, noviembre 2004.

Atilio Boron y el closet de los argumentos estalinistas (Facundo Aguirre-Hernan Aragon)


Atilio Boron vuelve a hacer campaña por Daniel Scioli, militando contra la izquierda y el voto en blanco.

En un articulo anterior criticábamos su postura de llamar a votar al “mal menor”. En esta ocasión Atilio Borón sostiene que votar en blanco es “votar al imperialismo”.

Recurriendo a un viejo método estalinista, ahora resulta que los trotskistas pasamos de no comprender las diferencias entre ambos candidatos a ser agentes del enemigo. No es de extrañar. Borón es un hombre vinculado al Partido Comunista Argentino, partido que tiene en su haber el apoyo a la dictadura del genocida Videla como “mal menor” frente al peligro “pinochetista”.

Para el politicologo, el voto a Daniel Scioli es “desafortunadamente, el único instrumento con el que contamos para impedir un resultado que sería catastrófico para nuestro país, para las perspectivas de la izquierda en la Argentina y para la continuidad de las luchas antiimperialistas en América Latina”.

Borón nos trata de convencer de un supuesto proceso antiimperialista en curso en América Latina y, en esa construcción artificial, donde los capitanes de este proceso son Dilma Russeff, Rafael Correa entre otros, Scioli entraría como el candidato que vendría a liderar la lucha contra el candidato directo de la Embajada Norteamericana.

Un argumento curioso que lleva a Boron a recrear la antinomia “Braden o Perón”, modelo 2015. Pero a diferencia del gorilismo comunista del 45, ahora el llamado es a alistarse en el bando “del conservadorismo popular de viejo arraigo en la Argentina”, como define al Sciolismo.

Boron no solo toma del PC su método sino también su concepción política. A lo largo de su historia el PCA siempre optó por un campo burgués contra otro. Así en el 45 se alineó con Braden y en el 55 con los Comandos Libertadores contra Perón. En 1973, dejando atrás su antiguo gorilismo, el PC llamó a votar a la fórmula Perón-Perón (que gobernó con las bandas fascistas de las Tres A), como expresión del “proceso antiimperialista”. Estamos tentados a jugar con las semejanzas. Scioli hace eje en un Pacto Social cuyo contenido es un ajuste consensuado y sostenido por un fuerte brazo represivo, para lo cual alistó al carapintada Sergio Berni, el manodurista menemista y dueño de “El Mangrullo”, Alejandro Granados y Mario Casal.

Para justificar su opción, Borón acusa al FIT de no ver diferencias entre Scioli y Macri. Este es otro burdo argumento extraído de un manual de falsificaciones editado por la extinta Editorial Anteo del PCA.

Los socialistas no usamos las diferencias que existen entre los distintos partidos burgueses para establecer alianzas que liquiden la política independiente de los trabajadores y la izquierda. Por el contrario, las tenemos en cuenta para establecer el contenido de la denuncia especifica de cada fracción y buscar el diálogo con su base obrera y popular. Nos sirve para definir una táctica de unidad de acción en caso de que recurra a la movilización de las masas con el fin de enfrentar a la reacción o al imperialismo. Nada de eso sucede en este balotaje, donde las diferencias son insustanciales y lo que prima es el acuerdo burgués en torno al ajuste y la represión y si algo se discute, es como llevar a cabo la exigencia de los capitalistas de descargar la crisis sobre los trabajadores y el pueblo pobre.

Boron tiene que seguir falseando y decir que es obvio que Scioli no podrá gobernar sin atender los reclamos de la base social que lo votó. Se puede tomar el mismo caso que cita Boron, el de Alfonsín que no era lo mismo que Italo Luder, pero al igual que el antiguo candidato del PJ, traicionó sus promesas electorales y se dedicó a rescatar a las FFAA y otorgarle un manto de impunidad a los genocidas. Lo mismo sucedió con la Alianza que continuó con las políticas del menemismo y todo indica que Daniel Scioli se situará claramente a la derecha de un kirchnerismo ya de por sí bastante derechizado, como el mismo autor reconoce en sus balances.

La izquierda advierte esta trampa y por eso es catalogada de “sectaria y abstencionista”. Seguramente es mucho más redituable ser un izquierdista “amplio y heterogéneo” como propone Boron, para poder colaborar directamente con la burguesía y sus instituciones como siempre predico el Partido Comunista. No olvidemos que Borón supo acompañar durante algún tiempo a Oscar Shuberoff como vice rector de la UBA en tiempos de dominio y corruptela universitaria de la UCR y Franja Morada.

Para continuar con el desarrollo de su posición, Borón tiene que insistir con la amalgama y la falsificación. Pero en este caso, se trata de una falsificación más que risueña.

Primero nos dice que no denunciamos ni nombramos al imperialismo, cuando fue el FIT la única fuerza que denunció la entrega de Vaca Muerta a Chevron, la colaboración de las FFAA argentinas en la ocupación imperialista de Haíti y la intención del candidato del FpV de pagarle a los fondos buitres, tal como sostuviera su vocero Uturbey.

Después Borón nos dice que con Macri se viene el ajuste y la represión salvaje y que “los incidentes del Borda o el violento desalojo del Parque Indoamericano son botones de muestra de ello”. No podemos más que estar de acuerdo con esta afirmación. ¿Y con Scioli?

Borón nos responde: “es muy probable que Scioli seguirá con la política kirchnerista de no reprimir la protesta social”. ¡Pero el mismo candidato del FpV le cierra la boca cuando afirma que se ocupará de poner “orden en las calles” para “no joderle más la vida a la gente”! Scioli ha dedicado un spot entero de su campaña a asegurar que él tiene la misma agenda que Sergio Massa en materia de seguridad.

Borón ya desbarranco lo suficiente, pero así y todo no puede parar. Ahora acusa al votoblanquismo de pasivo, y pone el ejemplo de los radicales de inicios del siglo XX que se levantaban en armas contra el régimen oligárquico que, entre otras cosas, le impedía a la UCR presentarse a elecciones. “La consigna del voto en blanco es estéril, porque no va acompañada por alguna acción de masas de repudio a la trampa de Macri-Scioli: no hay convocatoria a ocupar fábricas, a cortar rutas, invadir campos, organizar acampes, bloquear puertos o algo por el estilo”, nos dice.

El académico está encendidísimo, y revuelve los placares estalinistas para vestirse con todo argumento que encuentra: “Posa de ultraizquierdista y así podrás justificar tu política derechista”.

¿Qué más le podemos decir? Si es ridículo “levantarse en armas” contra un balotaje, más ridículo aún es pensar que se puede enfrentar el ajuste y a la derecha con la papeleta electoral de “Scioli presidente”.

El FIT, que es un agrupamiento ni ultraizquierdista ni sectario, está haciendo una campaña pública explicando porque votar en blanco es la única forma de enfrentar a la derecha. Cientos de intelectuales y artistas se han pronunciado por ella.

Nicolás del Caño, hizo las peticiones correspondientes para que la “tercera posición” del voto en blanco pueda tener el derecho de expresarse en los espacios propios de una campaña electoral como tiene Scioli y Macri. Cualquier demócrata o “marxista” como asimismo se titula Boron, debería apoyar una demanda democrática tan elemental.

Añoranzas de Codovilla

En su nota Atilio Boron acusa a los trotskistas de profesar “un profundo rechazo hacia las “revoluciones realmente existentes”.

“Nunca aceptó a la Revolución Cubana y experiencias como las del chavismo, la boliviana o la ecuatoriana han sido permanente objeto de sus enojosas diatribas, solo comparables a las que disparan los agentes de la derecha. Cultivan la malsana ficción de una revolución que sólo existe en su imaginación; una revolución tan clara y límpida, y ausente de toda contradicción, que más que un tumultuoso proceso histórico se parece a un teorema de la trigonometría. Por eso son implacables críticos de la Revolución Rusa, la China, la Vietnamita, la sandinista, aparte de las arriba mencionadas”.

Los trotskistas, a diferencia de los estalinistas argentinos, militamos desde el primer día en defensa de la Revolución Cubana. Simple y sencillamente discutimos su dirección, enfrentamos la burocratización y la subordinación del castrismo con la política del Kremlin, que entre otras cosas llevo al régimen cubano a silenciar sus criticas contra la dictadura genocida en Argentina. En la actualidad denunciamos el carácter restauracionista de la política de la burocracia castrista. Nosotros defendemos la revolución, Borón al castrismo. Por otra parte, el chavismo, Evo Morales y la revolución ciudadana de Correa los caracterizamos por su política de clase, sin engaños, como gobiernos de tipo nacionalista burgués que han reorganizado el Estado capitalista en sus países impidiendo revoluciones sociales que expresen el poder de la clase obrera y el pueblo pobre.

Pero fundamentalmente el trotskismo se caracteriza por ser un implacable crítico de las dictaduras burocráticas estalinistas que hundieron y enlodaron las grandes revoluciones del siglo XX y la causa del socialismo internacional. Los trotskistas nos opusimos, y pagamos con nuestras vidas dicha oposición, al estalinismo, los gulags y el estrangulamiento de la revolución mundial en nombre de la colaboración con la burguesía.

Es precisamente eso lo que molesta profundamente a Borón y al Partido Comunista. Lejanos los tiempos en que la critica trotskista podía ser acallada con los métodos de don Vitorio Codovilla, el académico izquierdista defensor del carácter progresista del menemista Scioli apela a los métodos literarios de sus predecesores.

El PST en la mira de las Tres A. Un debate con la política del “Frente democrático” (Ruth Werner y Facundo Aguirre)


El PST fue una de las primeras organizaciones de izquierda atacada por las bandas criminales de la ultraderecha. A lo largo de 1974 la Triple A atentó contra los locales de esta organización en varios puntos del Gran Buenos Aires, como Beccar, Morón y La Plata, así como en Mendoza, Córdoba, Tucumán y Rosario. El 7 de mayo de ese año, fue asesinado, a manos de una patota de la UOM de Vicente López, Inocencio Fernández, militante del PST y subdelegado de la Fundición Cormasa. Un segundo golpe ocurrirá en Gral. Pacheco, el 29 de mayo. Quince matones de la Triple A tirotearon el local del PST y secuestraron a seis militantes, asesinando posteriormente a tres. Eran Oscar Dalmacio Meza, delegado de ASTARSA, Mario Zidda, dirigente estudiantil de la Escuela Nacional de Educación Técnica, y Antonio Moses, obrero de Wobron. Estos asesinatos fueron bautizados como “la masacre de Pacheco”. El atentado al local de un partido legal, constituía un salto en el ataque fascista y logró repercusión en los medios nacionales. El velatorio se transformó en un gran acto de repudio a las bandas de ultraderecha donde participaron numerosas corrientes políticas. Allí, el dirigente del PST, Nahuel Moreno, planteó que a los golpes de la ultraderecha había que oponer, “las brigadas o piquetes antifascistas, obreros y populares” [1]. Apelaba a la táctica clásica del marxismo en el combate contra los grupos de choque fascistas. Sin embargo, esta posición no será sostenida en el tiempo y la orientación central para oponerse a la Triple A será la del apoyo a la iniciativa de la UCR y el Partido Comunista de peticionar el fin de la violencia ante Perón a través del Grupo de los 8 [2].

Presentamos la primera parte de un artículo donde nos centraremos en criticar la política de acuerdos del PST con el Grupo de los 8 ante la Triple A.

El PST y el Grupo de los 8

El acercamiento del PST al Grupo de los 8 remite a la solicitada frente al golpe policial cordobés conocido como Navarrazo firmada por la Unión Cívica Radical, el Partido Comunista, el Partido Intransigente, el Partido Revolucionario Cristiano, el Partido Demócrata Progresista, el Partido Socialista Popular, la Unión Del Pueblo Adelante, (UDELPA), la UDELPA Liberación Nacional y el propio PST, que más tarde retirará su firma producto del debate interno. La solicitada, publicada el 22 de marzo de 1974, repudiaba el golpe policial manifestando “no ahorrar actitudes y esfuerzos para mantener y consolidar el proceso de institucionalización del país, en el régimen de la democracia y en la práctica de la convivencia y el diálogo constructivo (…)” [3].

En el Navarrazo las bandas de la derecha peronista y la policía destituyen al gobernador cordobés, Ricardo Obregón Cano, afín a la Tendencia del peronismo, con una asonada que incluyó el ataque a los sindicatos combativos como Luz y Fuerza y SMATA. El golpe fue avalado por Perón y tenía por fin echar a un gobernador legítimamente electo para avanzar en liquidar las posiciones de la izquierda en los sindicatos. Ante estos objetivos la declaración de los 8 era una capitulación que indultaba al gobierno peronista.

El tercer gobierno de Perón, más allá de un funcionamiento formal de las instituciones del régimen democrático burgués, tenía un marcado signo bonapartista represivo. El bonapartismo sui géneris del primer peronismo, que ofrecía una tibia resistencia al imperialismo, dio paso en 1973 a un intento de arbitrar entre las clases con la política del Pacto Social diseñada por su ministro de Economía José Ber Gelbard. Pero el éxito del pacto dependía, en gran medida, de poner fin a la actividad insurgente de la clase obrera. Perón debía lidiar con el proceso iniciado en el Cordobazo y se proponía negociar la posición de la raquítica burguesía nacional frente al imperialismo, derrotando, como moneda de cambio, a la vanguardia de los trabajadores y la juventud. Se basaba en el apoyo masivo de la clase obrera, en una mayoría parlamentaria, en el alineamiento del peronismo con su figura, incluida su ala izquierda, pero fundamentalmente, en la decisión de la burocracia sindical de imponer el orden fabril con el matonaje y en el accionar de las bandas de ultraderecha.

El Grupo de los 8 silenciaba que el Navarrazo y la seguidilla destituyente contra los gobernadores afines a la Tendencia eran promovidos por el propio Perón, que violaba la legalidad democrática para ajustar cuentas con la vanguardia obrera y la oposición interna del peronismo. El mismo Perón, al que el Grupo de los 8 le pedía que ponga fin a la violencia política, había echado por televisión a los diputados de la Tendencia que se oponían a la votación de un nuevo Código Penal más represivo. A ese gobierno la declaración le solicitaba que se sumara a la defensa de la “institucionalidad democrática”.

Ante el debate interno generado por la adhesión a la solicitada y la participación junto al grupo de los 8 en las reuniones con Perón [4], la dirección del PST explicó que Juan Carlos Coral, figura pública del partido, fue al encuentro a hacer “Cinco planteos socialistas al gobierno de Perón”. Estos eran: “1) Parar la mano a la escalada represiva, 2) Parar la mano a la burocracia sindical, 3) Parar la mano a la ley de prescindibilidad, 4) Parar la mano a la explotación y la burla salarial, 5) Parar la mano al imperialismo” [5]. Estos puntos entran en la lógica de exigir a Perón el fin de la escalada represiva que él encabezaba. Pero además la solicitada, que se anclaba en la defensa de la institucionalidad burguesa, poco tenía que ver con los planteos declarados. En un documento posterior, Nahuel Moreno explicará que:

El significado profundo de “los 9” y de sus entrevistas es el de un acuerdo contra los grupos fascistizantes, contra todo intento de golpe de Estado (…) es un acuerdo con partidos burgueses que están en contra que se rompa el estatus quo; están tan en contra de una situación prerrevolucionaria como de una contrarrevolucionaria [6].

Para el PST el Grupo de los 8 o 9 (si se agrega al mismo PST) expresa la existencia de grietas en las alturas que hay que aprovechar para impulsar la unidad de las “fuerzas democráticas”. En su periódico sostenían que “(los acuerdos) giran esencialmente alrededor de dos puntos: defensa de las libertades democráticas (…) amenazadas por los grupos fascistas, y repudio a estos grupos terroristas de derecha” [7]. El PST justificó el acuerdo con la UCR y el PC como un rodeo para que surgieran brigadas de autodefensa. En sus palabras, se trataba de:

…presionar a todos los partidos que repudiaban a todos los grupos de derecha para realizar un acto conjunto. (…) Si logramos imponer la realización, no de uno, sino de una seguidilla de actos (…) nos acercaremos automáticamente a la lucha común en las calles. Cada acto plantea, (…) la necesidad de defenderlo. Esta defensa, inevitablemente, debe surgir de un acuerdo entre los distintos partidos que participen. Si esos acuerdos, por la propia dinámica de los actos, tienden a repetirse con frecuencia, la formación de brigadas antifascistas, comenzará a imponerse como necesidad ineludible de la actividad que planteamos. Ese es el nudo de nuestra estrategia actual frente al peligro fascista y el eje permanente de nuestra política dentro de los 9 [8].

La unidad de acción al decir de León Trotsky es válida “hasta con el diablo y su abuela” [9] y responde al objetivo práctico de desarrollar la movilización, y en el caso de la lucha contra el fascismo, de organizar la autodefensa. El grupo de los 8 no tenía por objeto combatir al fascismo en las calles sino pedirle a un gobierno bonapartista que le ponga freno. No buscaba desarrollar actos y movilizaciones sino fortalecer las instituciones democráticas que eran impotentes para frenar la ofensiva de las bandas fascistas. La lucha contra el gobierno no era el objetivo de la UCR y el PC. El PC había votado la fórmula Perón-Perón y el ministro de Economía José Ber Gelbard era un afiliado secreto del PC. Por su parte la UCR promovía una política afín a la “unidad nacional” impulsada por Perón. En todo caso denunciaba los “excesos” de la Triple A, que no es lo mismo que denunciar al gobierno de la Triple A.

¿Qué hacer ante el Navarrazo?

En febrero de 1974 el Navarrazo buscó sentar las bases de una política que incluía las armas de la guerra civil para dar una dura derrota a la vanguardia en Córdoba y a nivel nacional. Gran parte de la izquierda lo consideró un “anti-Cordobazo”. Una importante cantidad de sindicatos y comisiones internas habían sido sustraídas al control de la burocracia peronista y buena parte de la clase obrera cordobesa, desde Luz y Fuerza, el SMATA, el sindicato de Perkins, el de Prensa, el gremio docente y la UTA, estaban dirigidos o contaban con peso de las corrientes de izquierda, el reformismo de Tosco, el PCR, el peronismo combativo y Montoneros, el PRT-ERP y en menor medida el trotskismo.

La declaración del Grupo de los 8 desnuda la debilidad política del PST que se ubica en el terreno de la defensa de la continuidad constitucional y no en el de la preparación del combate de las organizaciones obreras. Para el trotskismo, la defensa de las libertades democráticas tiene como fin defender a las organizaciones del proletariado, entendidas éstas como las instituciones de la democracia obrera en los marcos de la sociedad burguesa. La lucha contra el fascismo y por la defensa de las libertades amenazadas busca organizar alrededor de las demandas democráticas la lucha de clases, a fin de orientarla contra el capital y su Estado. Explicando su política de “Frente democrático” el PST sostendrá:

¿Frente único obrero con los sindicatos peronistas, únicas organizaciones de masas que existen? Pero ocurre que todo un ‘sector del fascismo’ se nutre de los sindicatos peronistas que a su vez apoyan al gobierno igual que los obreros. Entonces, ¿frente único con los sindicatos peronistas contra los sindicatos peronistas? [10].

El argumento tiene un punto de razón ya que era correcto señalar que la burocracia sindical peronista integraba las bandas fascistas y por lo tanto era impensable un frente único obrero nacional que incluyera a los grandes sindicatos de masas. Sin embargo esta realidad no inhibe la política marxista clásica ante el fascismo. Existía una extendida red de organizaciones obreras locales y a nivel de fábricas, además de las corrientes de izquierda amenazadas por la ultraderecha. Estas fuerzas tenían capacidad de coordinar sus acciones y plantearse el frente único de la amplia vanguardia obrera y la izquierda para promover la movilización en defensa de las libertades democráticas y la autodefensa de la clase trabajadora. Si esto no sucedió se debió a un problema de dirección.

En Córdoba la acumulación de fuerzas de la vanguardia y la izquierda pesaba decisivamente en los sindicatos de masas. La política clásica del frente único y la autodefensa obrera de la provincia era realista y tenía múltiples filos. Por un lado permitía oponer a las fuerzas fascistas de la policía, de las bandas de ultraderecha de los sindicatos y del peronismo, una fuerza social poderosa, que había protagonizado grandes combates de clase. La condición para hacerlo era la de enfrentar decididamente al gobierno de Perón, una política que ni Obregón Cano, ni Atilio López, ni Agustín Tosco, ni René Salamanca, ni los Montoneros estaban dispuestos a asumir.

La agitación del frente único en la vanguardia obrera y la izquierda brindaba la posibilidad de oponer al guerrillerismo, cuya línea era formar un aparato militar separado de las masas, una fuerza armada basada en las organizaciones obreras, revalorizando los piquetes como la base de la milicia proletaria [11]. La formación de un frente único de los sindicatos dirigidos por la izquierda y los sectores combativos, la creación de organizaciones comunes de combate, era una alternativa para desarrollar sobre otra base la lucha de clases y un rodeo para convencer a los obreros peronistas de defender activamente sus organizaciones enfrentando al gobierno. El PST denunciaba correctamente el papel desmovilizador del guerrillerismo y las direcciones reformistas pero a su vez se adaptaba al abstencionismo. El argumento de que estas direcciones no querían organizar el frente único obrero antifascista no invalida la crítica al PST por abandonar la agitación de una política para crear organizaciones de combate de la clase obrera. La exigencia pública a las direcciones reformistas permitía no solo desenmascarar su papel sino avanzar en construir fracciones revolucionarias en los sindicatos más combativos del país para concretar, allí donde estuvieran dadas las condiciones, la organización de la autodefensa.

El Plenario convocado por los metalúrgicos de Villa Constitución en abril de 1974, luego del primer Villazo, planteó la posibilidad de coordinar las organizaciones obreras combativas a nivel nacional contra el Pacto Social y las bandas fascistas. En esta ocasión el PST acertó en exigir a las direcciones convocantes (Tosco, Ongaro, Salamanca) la formación de una coordinadora nacional para unir a la vanguardia obrera. El Encuentro fue boicoteado por Montoneros, que se negaba a enfrentar a Perón. El PC, que influenciaba fuertemente (junto al PRT) a Agustín Tosco, boicoteó la posibilidad de que surgiera una coordinadora para no cerrar las puertas al peronismo de izquierda. Las direcciones convocantes cedieron a la presión de no enfrentar al peronismo y desperdiciaron la posibilidad de que surgiera no sólo una alternativa de dirección a la burocracia sindical sino también de poner en pie organizaciones de combate comunes, política que hubiera permitido golpear a las fuerzas de choque del gobierno de Perón así como desenmascararlo.

El Plenario de Villa Constitución no sucede en cualquier momento del período revolucionario de los 70. El triunfo de los metalúrgicos constituía un abierto desafío al Pacto Social. A semanas del Navarrazo, podía haber sido un punto de inflexión al retroceso de la vanguardia cordobesa, a condición de que todos los actores se hubiesen decidido a golpear juntos contra el Pacto Social y las bandas fascistas. La expulsión de los Montoneros y la defensa de la burocracia sindical que hizo Perón el 1° de Mayo de 1974, a diez días del Plenario, muestra la tragedia de la política de la izquierda reformista.

La política del PST confundía la unidad de acción contra el fascismo con el frente democrático con el reformismo y la oposición burguesa que se proponía rescatar a instituciones impotentes. Fue una renuncia al método de la lucha de clases para luchar contra las bandas fascistas.


[1] Extractos del discurso de Nahuel Moreno:” (…) No queremos la unidad de acción para acompañar nuestro cortejo. ¡La queremos para aplastar al fascismo y para hacer el desfile de la victoria! Nosotros consideramos indispensable esa unidad de acción frente a los enemigos fascistas. (…) empecemos a constituir las brigadas o piquetes antifascistas, obreros y populares, que serán la herramienta con la cual abatamos definitivamente a las bandas fascistas en nuestro país”. Avanzada Socialista 106, 4/6/1974.

[2] El grupo de los 8 estaba constituido por la UCR, el PC, el PI, el PRC, el PDP, el PSP, UDELPA y UDELPA Liberación Nacional.

[3] Solicitada del Grupo de los 8 aparecida en diarios de la Ciudad de Buenos Aires.

[4] Además de la discusión interna el PST recibió críticas de la tendencia mayoritaria del Secretariado Unificado de la IV Internacional, del cual era parte, y del grupo Política Obrera.

[5] Avanzada Socialista 99.

[6] “¿Es ya contrarrevolucionario el gobierno?”, Documentos y análisis del Partido Socialista de los Trabajadores de noviembre de 1974 a fines de 1975. El peronismo en su crisis definitiva. Noviembre, 1974.

[7] Avanzada Socialista 104.

[8] “¿Es ya contrarrevolucionario el gobierno?”, Ídem.

[9] León Trotsky, “El frente Único defensivo. Carta a un obrero socialdemócrata”, CEIP León Trotsky.

[10] “¿Es ya contrarrevolucionario el gobierno?”, Ídem.

[11] “Los piquetes de huelga constituyen las células fundamentales del ejército proletario. (…) Por eso, para cada huelga o manifestación callejera, hay que propagar la necesidad de crear grupos obreros de autodefensa”. León Trotsky, El Programa de Transición y la fundación de la IV Internacional (comp.), Buenos Aires, Ediciones IPS, 2008.


http://www.laizquierdadiario.com/Las-concepciones-guevaristas

El 8 de octubre de 1967, en la Quebrada del Yuro, Ernesto Che Guevara, cae herido y es capturado por los soldados del ejército boliviano. Trasladado hasta el poblado de La Higuera, alojado en una escuela, es ejecutado el 9 de octubre por orden directa del presidente de Bolivia general René Barrientos, quien obedecía a los mandatos directos del embajador norteamericano Henderson.

La revolución cubana, las concepciones del Che Guevara y su propio ejemplo combatiente, fueron una fuente de inspiración para la generación militante de los ’60 y ’70. Su fuerza radicaba en que la vía cubana de lucha guerrillera, pregonada por el Che, significaba una ruptura radical con el reformismo de la izquierda tradicionaL representada por el stalinismo y la socialdemocracia. Guevara supo identificar contra las políticas de conciliación de clases de este reformismo, a la burguesía nacional, como agente del imperialismo a enfrentar, con su famosa afirmación de “revolución socialista o caricatura de revolución”. Su llamado a hacer “Dos, tres, muchos Vietnam” se convirtió en grito de guerra contra el imperialismo pero también contra la política de coexistencia pacífica del Kremlin.

Pero la trágica suerte de la guerrilla del Che en Bolivia demostró que la estrategia de la guerra de guerrillas erraba de plano en las tareas y métodos planteados en la revolución latinoamericana y mundial. En la misma Bolivia que vio caer al Che, va a ser el proletariado minero, a quien el Che no dio ningún valor en su estrategia guerrillera, el que se va a armar por sus propios medios en 1969 para dar lugar al “bienio revolucionario” que los tendrá como protagonistas creando instituciones de poder como el Comando Político de la Clase Obrera y del Pueblo en octubre de 1970 y luego la mítica Asamblea Popular que sesionará por primera vez en junio de 1971.

Sustitucionismo guerrillerista o autoorganización obrera y campesina

La concepción del Che, radical en cuanto a la ruptura con la burguesía y en replantear el problema de la violencia para la toma del poder, es, sin embargo, completamente equivocada en cómo luchar contra la burguesía. El eje de su estrategia es construir ejércitos guerrilleros, de base rural y campesina, que lleven a cabo la “guerra revolucionaria”.

El Che se basa en una conclusión unilateral del proceso cubano para definir su estrategia política: “Consideramos que tres aportaciones fundamentales hizo la Revolución Cubana a la mecánica de los movimientos revolucionarios en América, son ellas:

1. Las fuerzas populares pueden ganar una guerra contra el ejército.

2. No siempre hay que esperar a que se den todas las condiciones para la revolución; el foco insurreccional puede crearlas.

3. En la América subdesarrollada el terreno de la lucha armada debe ser fundamentalmente el campo.”

(La guerra de guerrillas)

Para el Che, la iniciativa revolucionaria se reduce a la creación de un foco guerrillero que impulse la lucha armada contra el ejército burgués. Plantea que “núcleos relativamente pequeños de personas eligen lugares favorables para la guerra de guerrillas” (Guerra de guerrillas: un método). Su simple existencia, crea condiciones revolucionarias. El marxismo desentrañó, estudiando las revoluciones sociales del siglo XIX y XX, que las condiciones revolucionarias en momentos de crisis aguda de la sociedad burguesa, y que las grietas generadas en la misma, permiten la movilización revolucionaria de los explotados. Una fuerza fundamental con la que la burguesía domina a la clase obrera y el pueblo pobre, y le impide llegar a la conciencia de que para imponer su voluntad tiene que enfrentar armas en mano mediante la insurrección al Estado burgués, son las direcciones burocráticas de las masas. Éstas actúan como un factor retardatario predicando la conciliación con el capital; esas direcciones son la principal fuerza a superar para que la conciencia de las masas esté a tono con las condiciones revolucionarias producto de la crisis de la sociedad. En este sentido las tareas de preparación, el impulso de la autoorganización, la participación en las luchas cotidianas de las masas, la lucha política contra el reformismo, moldear la conciencia obrera, la selección de activistas y dirigentes en los combates cotidianos de los trabajadores y el pueblo, son ajenas al pensamiento guevarista.

Campo versus ciudad. Clase obrera y campesinado

La concepción del Che sitúa la lucha armada en el campo y establece que el sujeto de la misma es el campesino: “en las condiciones actuales de América (…) los lugares que ofrecían condiciones ideales para la lucha eran campestres y por lo tanto la base de las reivindicaciones sociales que levantará el guerrillero será el cambio de la estructura de la propiedad agraria” (La guerra de guerrillas). El Che es claro en este punto: “el guerrillero es, fundamentalmente y antes que nada, un revolucionario agrario” (Qué es un guerrillero). Correctamente, el Che señala que una de las tareas que impulsaran el desarrollo de la lucha revolucionaria en las semicolonias es la lucha por la tierra. Sin embargo, sobrevalora al campesinado e ignora que es estructuralmente débil y dependiente de la burguesía. La experiencia histórica en América Latina demostró que en su lucha contra el capital, el campesinado sólo logra independencia de la burguesía en alianza con el proletariado urbano y rural. Cuba es un ejemplo, la revolución agraria sólo fue posible mediante la expropiación de la burguesía, es decir, llevando adelante el programa político de la clase obrera socialista. Cuestión que no era el programa original del M26 cuyo lema era: “Vergüenza contra dinero” y no el enfrentamiento abierto al capital.

El dogma guevarista comete así dos errores:

1- Sitúa sus expectativas en despertar a una clase, el campesinado, que por su condición estructural no puede orientar sus luchas de forma independiente de la burguesía, si no es dirigido por la clase obrera.

2- Abandona la lucha por la independencia política obrera, condición para que los trabajadores puedan encabezar la alianza obrera y campesina. Es una consecuencia de desertar de las ciudades como terreno de combate donde residen la industria y los servicios, amén del poder político, reforzando así el poder burgués en las metrópolis.

Gradualismo y burocrátismo

La concepción guerrillera del Che es también gradualista, ya que los tiempos de la lucha de clases y de la guerra revolucionaria, que se desarrolla en las condiciones que crea el foco, son distintos. Mientras la lucha de clases dicta sus tiempos y sintetiza fases al calor de la evolución política de la clase obrera y las masas que se auto-determinan, el guerrillerismo tiene tiempos prolongados que se imponen, muchas veces sobre las necesidades reales del movimiento de masas, que a su vez es quien sufre las consecuencias de la represión que el Estado desata como represalia por las acciones guerrilleras. La concepción guerrillerista es por ende burocrática, ya que la constitución de un ejército exige, además, la más férrea disciplina y el mando de los comandantes, y la subordinación de las masas al tiempo del ejercito guerrillero. Es además burocrática en cuanto a la organización de los revolucionarios ya que para el Che “La organización militar se hace sobre la base de un jefe (…) que nombre a su vez los diferentes comandantes de regiones o de zonas, con potestad éstos para gobernar su territorio de acción”. Sobre esta base, Guevara concibe la disciplina que “debe ser (…) una de las bases de acción de la fuerza guerrillera (…) Cuando esta disciplina se rompe hay que castigar siempre al que lo hizo (…), castigarlo drásticamente y aplicar el castigo donde duela”.

Esa concepción es opuesta a la idea leninista del centralismo democrático que concibe la disciplina como la necesaria unidad en la acción de los revolucionarios producto del debate democrático entre los militantes. La democracia interna de un partido revolucionario está íntimamente ligada a la lucha contra las direcciones traidoras y conciliadoras y a impulsar la creación de organizaciones democráticas de obreros y campesinos. Sobre esa base se puede adquirir una disciplina común en el combate y concebir el nuevo estado como una creación de las masas autodeterminadas, y al partido revolucionario como dirección de ese proceso vivo.

Guevarismo, stalinismo y trotskismo

El pensamiento de Guevara es en cierto sentido un producto del dominio del stalinismo en el movimiento obrero en la segunda mitad del siglo XX y como tal se colocaba en la línea de continuidad de la senda que marcaba la Revolución China e Indochina en la segunda posguerra. Estas revoluciones de base campesina llevaron al poder a partidos-ejércitos y dieron lugar a Estados Obreros, deformados donde el poder quedo en manos de una burocracia desde su origen. El Che tomó como propia la idea de la guerra popular prolongada y concebía la construcción del Estado obrero burocráticamente: de arriba hacia abajo, con un partido único, dándole un valor nulo a la democracia política para las masas.

Guevara se oponía a la coexistencia pacífica que sostenía la URSS, denunciaba las relaciones económicas desiguales que establecían los soviéticos y bregaba por un programa de industrialización para salir del monocultivo en oposición al Kremlin, pero por su propia concepción burocrática fue incapaz de oponerse hasta el final al stalinismo.

Ante el fracaso del mal llamado “socialismo real” la recuperación de la idea de la autodeterminación de las masas que siempre defendió el trotskismo, y la superación de las concepciones sustituistas y burocráticas, son indispensables para encarar la lucha de las nuevas generaciones por la revolución y el socialismo. En este sentido, el balance crítico del Che Guevara no empaña nuestro respeto por el revolucionario que dio la vida por lo que consideraba correcto, sino que lo revaloriza para extraer lecciones militantes y aprender de las derrotas.